Wiphala

Los días previos al quinto aniversario del atentado terrorista sobre las Torres Gemelas, están siendo caldo de cultivo para los alentadores apocalípticos que conviven con nosotros mucho más cerca de lo que creemos. Y en este medio hostil, por definición, vislumbré ayer, de nuevo, la realidad de luchar constantemente, de forma celular, por la realidad que recordé el año de la toma de posesión del presidente Lula, en Brasil, cuando manifestaba en los discursos iniciáticos de su actividad  que “otro mundo es posible”. Este recuerdo vino a colación por una noticia que leí en la prensa diaria, sobre la celebración de la 1ª Bienal Internacional del Fin del Mundo, que se celebrará en la ciudad austral de Ushuaia a partir de marzo de 2007. En el acto de presentación del evento, que se llevó a cabo el martes pasado, el canciller Jorge Taiana definió así, textualmente, dicha celebración: “Pensar que otro mundo es posible desde otro mundo”. La Bienal presenta la particularidad de que conectará a los dos polos del planeta, ya que desde la ciudad argentina podrán seguirse actividades culturales desarrolladas en paralelo en Canadá y la Laponia finlandesa.

Fin del mundo. Son palabras que no suelen dejar tranquilo a nadie. Pero en el fondo de la noticia capté un mensaje que me ha hecho pensar en positivo. Verás. Decía la noticia de agencia que los artistas van a “invadir” el paisaje. Además, “Frente a la bahía de Ushuaia se izarán 2.000 banderas realizadas por artistas argentinos con diferentes materiales y que tendrán como denominador común su relación con la wiphala, la bandera indígena que ha hecho famosa en todo el mundo el presidente boliviano, Evo Morales”. Y una vez más, ignorante de tantas cosas, me puse a verificar qué es la wiphala. Tengo que decir a estas alturas del análisis efectuado que las conclusiones son muy esperanzadoras. Me ha entusiasmado el concepto “wiphala” y todo lo que lo rodea. He intentado comprender bien cómo una bandera es la eclosión de un conocimiento y de unos sentimientos y emociones y no al revés. He leído con atención el significado de la bandera “wiphala”, sus cuarenta y nueve cuadros, su lección de humanidad y ciencia aplicada. Maravilloso.

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He consultado el diccionario que describe el fondo y la forma del lenguaje   “aymará”, donde aparece la voz (siempre me ha gustado denominar así a las palabras) “wiphala”: Símbolo andino que representa la pluralidad de naciones, lengua, culturas y pensamientos. Bandera. Y este hecho de pluralidad conocida y sentida me ha permitido entrar en el conocimiento de la misma. He comprendido que la Wiphala es bastante más que la bandera y el emblema de la nación Andina y de los Aymara Quishwa, es la representación de su filosofía andina y, actualmente, el símbolo de la resurrección de la cultura que fluyó de los primordiales Cuatro Estados del Tiwantinsuyo.

En la página web consultada, he aprendido que los cuarenta y nueve espacios (cuadros) utilizan los siete colores del arco iris. En el centro está atravesada por una franja de siete cuadrados blancos que simbolizan las Markas y Suyus, es decir la colectividad y la unidad en la diversidad geográfica y étnica de los Andes. Esta franja representa también al principio de la dualidad, así como la complementariedad de los opuestos, por lo tanto unión de los espacios; y así la oposición complementaria o fuerza de la dualidad, es decir: fertilidad, unión de los seres y, por consiguiente, la transformación de la naturaleza y los humanos que implica el camino vital, y la búsqueda a la que éste nos impulsa.

He conocido, por primera vez, que los cuatro lados de la Wiphala conmemoran tanto a los Cuatro Hermanos Míticos; Ayar-kachi, Ayar-uchu, Ayar-laq’a y Ayar-k’allku, quienes fueron los precursores de los Cuatro Estados originales del Tawantinsuyu, como el símbolo del calendario Cósmico de los Aymará Quishwa; las cuatro épocas del año divididas por las cuatro festividades que las conmemoran: JUYPHI-PACHA o estación fría, LAPAKA-PACHA, estación del calor, JALLU-PACH-A, estación de la lluvia, y finalmente, AWTI-PACHA o estación seca.

La simbología de los Siete Colores del Arco Iris, también son una lección de historia sentida y transmitida:
• ROJO; representa al planeta Tierra (aka-pacha) así como al conocimiento de los AMAWTAS.
• NARANJA; representa la sociedad; expresa la preservación y procreación de la especie; así como salud y los conocimientos de la medicina; también a la educación y juventud.
• AMARILLO; Energía y fuerza (ch’ama-pacha), doctrina del Pacha-kama y Pacha-mama; dualidad; leyes y normas de la práctica colectiva.
• BLANCO; representa al tiempo y a su dialéctica (jaya-pacha), transformación; el arte y el trabajo, reciprocidad.
• VERDE; Para algunos representa a la economía y la producción andina; riquezas naturales, Tierra y territorialidad, así como la flora y fauna que es también considerada un don.
• AZUL; Espacio cósmico, el infinito (araxa- pacha), es la expresión de los sistemas estelares y de los fenómenos naturales.
• VIOLETA; Expresión del pueblo y del poder comunitario; estado, organizaciones sociales, intercambio.

Para interpretar la simbología matemática de la Whipala, debemos remontarnos a la idea del calendario, el cual podemos leer de tres maneras complementarias: Verticalmente, horizontalmente y diagonalmente, lo cual conforma el AWAKU andino. La parte superior de la Wiphala se identifica con el Sol, el día y la parte de inferior con la Luna, es decir, la noche. La Wiphala permite que a través del cálculo matemático sean previstas las fechas de los equinoccios, solsticios y eclipses. En el calendario andino la “Luna anual” tiene trece meses divididos en 28 días, entretanto el “Sol anual” tiene 12 meses constituidos por 8 meses de 30 días más cuatro de 31 jornadas, lo cual al sumarse nos da un total de 364 días, más un día; el llamado JACH’A-URU o Día Grande.

Recuerdo una vez más, aquél cuento paradójico de Monterroso, El eclipse: Por mucho que el bendito fray Bartolomé Arrazola intentaba persuadir a los indígenas de una selva de Guatemala para que no le mataran: “si me matáis –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca”, éstos lo tuvieron claro desde el principio ante un propagador de la fe y del más allá. Aquellos primeros pobladores de Guatemala, mucho antes que los conquistadores “españoles” llegados allí gracias al mar, decidieron acabar con estas monsergas del fraile, sacrificándolo en la piedra  de los ritos, comenzando inmediatamente a recitar una por una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses lunares y solares, demostrando que eran excelentes astrónomos, tal y como “la comunidad maya había previsto y anotado en sus códices sin la ayuda de Aristóteles”. Es decir, ya estaban allí antes de que fray Bartolomé Arrazola intentara persuadirles de la bondad de los poderes divinos traídos desde la España de Carlos V.

Ante la inteligencia demostrada por los aymará, he comprobado igualmente, que en su diccionario también se encuentran voces que han proclamado a lo largo de los siglos la experiencia maravillosa de poder ser inteligentes actuando. He obtenido algunos ejemplos: Amuyt´a (sustantivo): inteligencia; Amuyayaña (verbo): hacer reflexionar a las personas; Amuykipaña (v.): revisar, considerar; Amuynaqaña (v.): pensar mucho en algo; Amuyt´asiña (v.): recordarse, con cautela; Amuyu (s.): pensamiento, idea; Amuyuni (s.): persona que tiene idea, consciente, inteligente.

Por ello, al finalizar la lectura del artículo y volver a leer a los cronistas del miedo del 11-F o de cualquier fecha próxima o lejana, viendo también un documental sobre Bin Laden y escuchando de fondo los vaticinios de las últimas voces profundas, he vuelto a pensar en Lula, en su otro mundo posible, en las personas que sonríen a los senegaleses de mirada perdida y en la preciosa historia de la bandera Wiphala.

Por cierto. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, encontré unas palabras sorprendentes en lenguaje aymará: Tanta sarañani. Me impresionó su significado en esta lengua celtibérica y obligada a conocer a los indígenas aymará, que acusa tanto cansancio para narrar los desastres: iremos juntos. Me encantaría celebrar así el acontecimiento de Ushuaia, porque el fin del mundo sería mucho más relativo.

Sevilla, 9/IX/2006

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