Debemos alzar las palabras, no la voz

Éramos científicos, filósofos, cuentacuentos. Las preguntas buscaban respuestas y más preguntas. Encontrábamos nuestro lugar en el universo, pero limitábamos con imperios en guerra […] Durante miles de años las fronteras no dejaron de redefinirse. Nos gobernaron poderosos hombres como Ciro el grande de Persia, Alejandro Magno de Macedonia, el Imperio Maurya, Gengis Khan… y así uno tras otro. Siempre se derramaba sangre, y siempre había supervivientes. Porque todo se repite una y otra vez. Todo cambia, Parvana, las historias nos recuerdan eso.

Nurullah, padre de Parvana

En un país que empieza a vivir estos días una experiencia de oportunidades y sueños por alcanzar, debemos alzar las palabras, no la voz, porque “es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos”. Salvando lo que haya que salvar, lo he leído en un artículo precioso (1) sobre una película de animación, El pan de la guerra, que no ha entrado en los circuitos comerciales, porque su argumento no desata -desgraciadamente- pasión alguna. Nos sacia el entretenimiento del mercado puro y duro y las multinacionales del sector saben que con eso muchos millones de personas tienen bastante.

Me refiero a una película dirigida por Nora Twomey, cofundadora del estudio irlandés Cartoon Saloon, basada en una novela de Deborah Ellis y nominada a los Oscar 2018, que describe las desventuras de Parvana, una joven que lucha por sobrevivir en un Kabul bajo control talibán. Nos pilla muy lejos esa historia, pero no comprendemos que la historia de lo que allí ocurrió hace millones de años nos afecta en la actualidad, porque sus ancestros modelaron una forma de ser y estar en el mundo, muy actual y cercana.

El artículo es hermoso en su fondo y forma. Al menos, se rescata una forma de contar relatos mediante el cine animado de siempre: “En los últimos años, Saloon Cartoon se ha confirmado como el estudio de animación tradicional de más prestigio del mercado europeo. Y, sin embargo, todas sus películas hablan en pasado porque tienen el mismo propósito: recuperar y renovar. Traducir al audiovisual contemporáneo la tradición oral olvidada de culturas pretéritas. Films con vocación de cuento”.

Creo que necesitamos rescatar las historias de nuestros antepasados en este país, con el encanto que lo hacen en la citada película, tal y como lo explica el padre de Parva en las primeras escenas: “Las historias perduran en el corazón incluso cuando todos nos hemos ido. Nuestra gente lleva contándolas toda la vida, desde que éramos Partia y Jorasán. Una tierra partida por la cordillera del Hindu Kush, abrasada por la mirada ardiente del desierto del norte. Escombros chamuscados y cumbres congeladas”.

Parvana

Recuperar y renovar. Apenas tenemos espacios para hablar y contarnos cosas cuando nuestro corazón anonadado gime. En tiempos tan modernos de usar y tirar todo, viene bien intentar explorar estas experiencias, debiéndose hacer operaciones rescate de lo que decían y contaban nuestros antepasados sentados en las aceras de sus barrios. Un ejemplo vale a veces más que mil palabras. Recuerdo cómo la urbanista americana Jane Jacobs contaba en “Muerte y vida en las grandes ciudades americanas” la posibilidad de estudiar la complejidad creciente de las ciudades y cómo la creación de los barrios, antes de que estallara el boom inmobiliario, traducía comportamientos sociales de marcado interés. Basta analizar el comportamiento social de cualquier ciudad, la mía propia, Sevilla, para comprender correctamente las tesis de Jacobs en toda su extensión. La gran paradoja actual es que las agrupaciones de viviendas o “muriendas”, como las llamaba uno de mis maestros de juventud, ya no se desarrollan como fenómeno social de la complejidad social de unos grupos sociales, sino que se diseñan en gabinetes de estudio, muchas veces de especulación pura y dura, que obedece a otros patrones alejados de las tesis de Jacobs. La nostalgia de las familias sevillanas que solo vuelven a sus barrios de origen con motivo de las procesiones de Semana Santa, traduce muy bien el desencanto que podría producir a esta investigadora natural, sin formación académica especializada, el desmantelamiento de este fenómeno social de la vida en las aceras, habiendo sido defensora a ultranza de esta forma de convivencia: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calle y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (2).

No digamos nada cuando esta realidad del silencio impuesto por las guerras y las bombas, como en Kabul o Siria, destroza cualquier capacidad de transmitir palabras a los demás, escucharlas y procurar conservarlas en lo más profundo del corazón. Necesitamos ver esta película, El pan de la guerra, para comprender que la historia merece un respeto reverencial por lo que han transmitido a través de los siglos nuestros antepasados. Con el compromiso social del cine, por ejemplo, con ejemplos tan maravillosos como la trayectoria profesional de este estudio irlandés, aunque seamos tan necios que, al no incluirla en los circuitos de distribución en todo el mundo, estemos confundiendo una vez más, como necios, que es lo mismo valor y precio.

Lo sintetiza muy bien el artículo citado: “Con la animación como herramienta, Cartoon Saloon vuelve a manifestarse como una alternativa de cada vez más calado al relato hegemónico estadounidense. Y, esta vez, transmite con una fuerza emocional irresistible el recado inaplazable que uno de sus personajes resume sucintamente: cuando todo vaya mal “alza las palabras, no la voz. Es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos”. Impecable, porque la historia siempre nos recuerda el misterio silencioso de las palabras que se quedan con nosotros.

Sevilla, 10/VI/2018

(1) https://www.eldiario.es/cultura/cine/guerra-animada-temporada-estrenado-cines_0_779372389.html

(2) https://joseantoniocobena.com/2006/04/29/las-aceras-de-jane-jacobs-in-memoriam/

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