El arte de volar hacia atrás en el tiempo

EL ANACRONOPETE1

Portada de El Anacronópete, de Enrique Gaspar y Rimbau, 1887

Los habitantes de la Noosfera que admiramos la curiosidad, siguiendo fielmente a Aristóteles, nos aficionamos a volar hacia atrás en el tiempo para investigar cosas de la vida, a modo y manera de los protagonistas de la zarzuela de Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902), autor teatral y diplomático español, que escribió en 1881 y que llevaba un título apasionante para la época: “Viaje hacia atrás verificado en el tiempo desde el último tercio del siglo XIX hasta el caos”, nunca publicada o representada, pero que seis años después, 1887, se convirtió en una novela, El anacronópete, que desarrollaba la idea de viajar por el tiempo con una máquina diseñada expresamente para este curioso menester.

Me ha parecido extraordinario descubrir esta obra, antecesora de la que sí ha marcado una época muy vinculada con las historias de viajes de Julio Verne, La máquina del tiempo, de Herbert George Wells, publicada en 1895, es decir, ocho años después de la obra de Gaspar. Efectivamente, me he puesto manos a la obra, mejor dicho, me he echado a volar hacia atrás en el tiempo y he tenido la paciencia de leerme la novela para aprender su técnica, algo así como si quisiera viajar hacia la búsqueda del tiempo perdido y descubrir lagunas en mi intrahistoria que jamás me han contado. Tengo que aclarar que acostumbro a viajar hacia adelante, como se puede leer en profundidad en este cuaderno de digital que busca islas desconocidas, siguiendo también la recomendación de Antonio Tabucchi, cuando un día ya lejano me ayudó a seguir navegando en la búsqueda incesante de la Isla Desconocida, leyendo una obra cumbre de su literatura de compromiso activo, Sostiene Pereira, porque aprendí, de nuevo, que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, es decir, frecuentando el futuro, tal y como recomendaba el Dr. Cardoso al Sr. Pereira: “[… ] deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”.

Sintetizando mucho la obra de Gaspar, el anacronópete es una caja enorme de hierro fundido, “que navega gracias a la electricidad, que mueve cuatro grandes cucharas mecánicas para desplazarse, además de otra maquinaria que incluye la producción del fluido García, que hace que los pasajeros no rejuvenezcan cuando viajan hacia atrás en el tiempo. La máquina también incluye toda clase de comodidades en su interior y, entre otras maravillas, escobas que barren solas. La máquina sirve de excusa para una historia en tres actos en los que uno de los protagonistas, don Sindulfo García, científico de Zaragoza e inventor del ingenio, su amigo y ayudante Benjamín, la sobrina y pupila Clarita, la sirvienta, el capitán Luis, el amor de Clarita, unos cuantos húsares y algunas mujeres francesas de vida alegre se desplazan en el tiempo. En el primer acto salen de París, de la Exposición Universal y viajan hasta la batalla de Tetuán en 1860. Acaban por regresar a París el día anterior de su salida, donde desembarcan unas señoritas francesas rejuvenecidas. En el segundo acto se vuelve de nuevo a viajar hacia el pasado, parándose en diversos momentos históricos como Granada en 1492 o Rávena en el 690 para avituallamiento. Acaban en la China del siglo III donde sufren algunas aventuras, consiguiendo escapar bajo el mando de Benjamín. Los personajes evolucionan, con Benjamín obsesionado por la vida eterna, don Sindulfo loco de celos por Clarita, y Clarita enamorada del capitán Luis. En el tercer acto, con una parada en la Pompeya del Vesubio en el año 79, llegan al siglo XXX a. C., los tiempos de Noé. Allí descubren el secreto de la vida eterna en Dios. Finalmente, don Sindulfo, enloquecido acelera el anacronópete, que estalla al llegar al día de la creación” (1).

A pesar de estos hallazgos excelentes para buscar la razón de ser del mundo, nada es comparable a la mejor máquina del tiempo que existe y que se llama cerebro humano. Me ha sorprendido siempre el viaje hacia atrás que emprende nuestra memoria ante situaciones inexplicables, gracias a una estructura cerebral maravillosa: el hipocampo. Lo escribí con detalle en homenaje a un maestro en mi vida, el profesor Oliver Sacks, cuando nos entregó en 2015 un mensaje sereno sobre su realidad vital, a los 81 años, cuando supo que un cáncer lo aproximaba a una realidad insoslayable, porque todo tiene su tiempo, en un artículo sobrecogedor publicado en el New York Times con un título premonitorio: Mi propia vida.

Recupero lo que escribí entonces al convertirme durante un corto periodo de tiempo en un anacronópete digital, que también existe, porque en esta fase vital de los que alcanzamos la mayoría de edad en el sentido más pleno de mayoría, él descubrió en senectud la memoria alojada en el cerebro de cada persona y sus manifestaciones a lo largo de la vida, que se enriquece con el paso de los años. Así lo ha dejado patente en un artículo extraordinario, Habla la memoria, que centra muy bien el poder real de la dialéctica permanente entre la memoria histórica y la narrativa. Más aún, si se deja hablar a la memoria, de su profundidad histórica, de lo que esconde (sin ser plenamente conscientes de ello) a través de la criptomnesia, que protege de forma sabia determinados olvidos: “Nosotros como seres humanos hemos desarrollado sistemas de memoria que tienen fallos, fragilidades e imperfecciones” […] “La indiferencia sobre las fuentes nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos cuentan, lo que dicen otros y pensar, escribir y pintar, de una forma tan rica y tan intensa como si fuesen experiencias primarias. Nos permite ver y escuchar con los ojos y los oídos de otros, entrar en la mente de los demás, asimilar el arte y la ciencia y la religión de toda una cultura”. Cita a Holmes de forma muy gráfica para explicar el potencial de la memoria enriquecida con las experiencias de la vida, citando la cleptomanía literaria que sufría Coleridge: “sus autores alemanes le dieron apoyo y consuelo: en una metáfora que utiliza a menudo él mismo, [sus textos] se entrelazaron alrededor de ellos como la hiedra alrededor de un roble¨. Muchas veces, nos enredamos en personas y sucesos que encadenan historias que no nos pertenecen en realidad, pero que las llegamos a hacer nuestras.

La memoria supera a las máquinas del tiempo. Hay que dejar hablar a la memoria, que no es un ordenador al uso. Sus imperfecciones son nuestra seña de identidad humana, tal y como lo explicaba Oliver Sacks, porque la sana indiferencia a las fuentes “nos permite asimilar lo que leemos, lo que nos dicen, lo que otros dicen y piensan escribir y pintar, tan intensa y ricamente como si fueran experiencias primarias. Nos permite ver y escuchar con otros ojos y oídos, para entrar en otras mentes, para asimilar el arte, la ciencia y la religión de todas las culturas, para celebrar y contribuir a la mente común, la mancomunidad general del conocimiento. Este tipo de intercambio y participación, esta comunión, no sería posible si todos nuestros conocimientos, nuestros recuerdos, estuvieran perfectamente marcados e identificados como privados, exclusivamente nuestros. La memoria es dialógica y surge no sólo de la experiencia directa, sino de la relación de muchas mentes”.

Algo así como la experiencia actual de la Noosfera, al unirse en una gran malla humana los cerebros pensantes del mundo en el que vivimos, entrelazando las memorias históricas y las narrativas de los internautas como “la hiedra rodea a un roble”. Es justo decir que gracias también a la memoria de Oliver Sacks, que tantas veces nos ha acompañado para comprender mejor la ceguera al color con el que solemos contemplar nuestras vidas cuando se instalan en un gris perpetuo y en viajes hacia ninguna parte. La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás, aunque a veces disfrutemos con experiencias tan aleccionadoras como las que diseñó Enrique Gaspar y Rimbau en su maravillosa máquina del tiempo para anacronópetes digitales, aunque volando hacia atrás en el tiempo no tuviera en 1881 conciencia de ello. O sí, porque solo sabemos que aquello…, ocurrió mañana.

Sevilla, 10/IX/2018

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gaspar_y_Rimbau#El_anacron.C3.B3pete