El hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre

Cuando el sábado pasado escuchaba a un niño de 14 años, Jaime Infante, interpretar el tema principal de la película de Spielberg, La lista de Schindler, en el programa Prodigios, comprendí mejor que nunca que el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, reinterpretando a Thomas Hobbes. Aquella frase fue trending topic, es decir, marcó tendencia en el siglo XVII, copiándola de Plauto (254-184 a. C.): el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus), aunque en la construcción del comediógrafo latino la frase era más aleccionadora todavía: lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.

Desde entonces no he dejado de dar vueltas a la posibilidad que existe siempre de arrancar de nuestras personas de secreto el lado más amable, incluso en precampaña electoral. Por esta razón, escuchando a Itzhak Perlman, he vuelto a recordar un artículo que escribí en 2014 refiriéndome a este aserto de Hobbes, pero donde sacaba una conclusión importante: el hombre, si quiere, puede ser una hormiga para el hombre. Entre lobos y hormigas anda el juego.

La especie marca tendencia y la humana de manera especial, aunque nos diferenciemos muy poco de las hormigas. Somos muchos seres vivos sobre la tierra y las hormigas también y los que nos une es que vivimos muchos años y el factor reproductivo funciona hasta determinados límites, fundamentalmente por desórdenes internos sociales y por el cambio de hábitat. Lauren Keller, presidente de la Sociedad Europea de Biología Evolutiva y el mejor amigo de las hormigas, lo ha manifestado en diversas ocasiones: “Sí, las hormigas viven muchos años. El récord lo tiene la hormiga reina de una especie en concreto que vive hasta 28 años, lo cual es muchísimo para ser un insecto, cuya vida suele contarse por días o semanas. Equivaldría a que un primate viviera 4.000 años. En otras especies de hormigas las reinas suelen vivir entre diez y 15 años”.

Precisamente, la longevidad es el resultado de que siendo tantas se organicen perfectamente, “viven como un grupo, trabajan para el grupo, colaboran, se protegen, se ayudan, hasta pueden fabricar medicamentos para evitar que ciertas bacterias se propaguen en el interior de una colonia. Es lo mismo que ha ocurrido con el ser humano”. Fascinante. Así, siglos y siglos, desde que unos africanos salieron a dar una vuelta por el mundo hace millones de años, al igual que las hormigas, que también viajaron y mucho. Hasta que la división del trabajo llegó a la sociedad humana, extrapolada de lo que ya venían haciendo hace millones de años las hormigas, tan pequeñas y laboriosas ellas. Y este descubrimiento trajo soluciones y problemas sociales, porque la unión hace la fuerza, en palabras de Keller: “Todo ello mejora enormemente la productividad, surgen las ciudades modernas y todo esto, unido a las mejoras en la sanidad y la higiene, dispara en muy poco tiempo la población mundial. En 1930 ya había unos 2.000 millones de personas en el mundo, y eso no es nada: hoy hay más de 7.000 millones, y ciudades con más de diez y veinte millones de personas. Como se suele decir, la unión hace la fuerza”.

Y surgen los problemas de convivencia, la dialéctica entre el lobo y las hormigas, por ejemplo: “Y surgen los conflictos, que ya tienen una base genética en las hormigas: “Existen rebeliones internas en las colonias y guerras entre hormigas, cuando combaten por un mismo espacio. Por ejemplo, esto se está dando con las especies invasoras que están llegando a Europa sobre todo de América Latina, y estas especies son muy agresivas y luchan contra las hormigas europeas. Y también hay una base genética para el conflicto”.

Tenemos hormigas para rato, porque a pesar de que intentemos imitarlas hasta la saciedad, cosa que no nos iría mal en principio, tenemos que asumir como la cigarra altiva de la famosa fábula de Esopo que saben más que nosotros, porque saben hacer las cosas muy bien, porque cunde el ejemplo entre ellas del trabajo bien hecho y, curiosamente, se admiran unas a otras. Además, parecen inmortales “como especie prácticamente sí que lo son, han sido capaces de sobrevivir a todo y lo seguirán haciendo”, dice Keller. Y sobrevivirán al ser humano, tan altivo él, porque siguiendo a Plauto el ser humano suele desconocer a los demás con frecuencia, cosa que no hacen las hormigas. Debería cundir su ejemplo hasta hacerse real esta nueva experiencia, es decir, poder gritar a los cuatro vientos: homo homini formica o lo que es lo mismo, las personas son como las hormigas para las mismas personas, porque trabajan, viven, se ilusionan y comparten todo con los demás. A pesar de las castas, por mera necesidad política, en el sentido más puro del término.

He vuelto a escuchar el tema precioso de La lista de Schindler, en una versión extraordinaria por la conjunción de John Williams, el compositor de esta obra maravillosa y la interpretación magistral del que considero uno de los mejores violinistas de la historia de la música que aún comparte vida con nosotros: Itzhak Perlman. Escucharlo y sentirlo al mismo tiempo nos permite comprender que, efectivamente, el hombre, si quiere, no es un lobo para el hombre, porque todo lo humano no nos es ajeno, es más, nos pertenece.

Sevilla, 27/III/2019