Una historia triste de libros robados

He leído una historia preciosa y triste al mismo tiempo porque, como ocurre muchas veces en la vida ordinaria, todo depende del color con el que se mire lo que sucede a nuestro alrededor. He conocido que en la Biblioteca Central y Regional de Berlín (ZLB), se está llevando a cabo una acción testimonial y humana, cargada de sentimiento y respeto hacia las víctimas del exterminio nazi, a través del proyecto de devolución a sus legítimos dueños de más de tres millones de libros incautados en Alemania que quedaron en instituciones públicas del III Reich y que actualmente siguen ocupando un lugar en sus estanterías.

El protagonista de esta historia se llama Sebastian Finsterwalder, bibliotecario en la ZLB, que aborda con paciencia benedictina la labor de identificación de “huellas” de cada libro expoliado, de sus legítimos dueños, examinándolos a través de anotaciones, dibujos y señales que puedan llevar a la devolución de cada ejemplar por respeto a la memoria histórica de unos años en un país y en un régimen de cuyos nombres no quiero ahora acordarme. Precisamente, me ha impactado conocer a través de un excelente artículo publicado en diario.es, la referencia a un ejemplar de El Quijote, un ejemplar en español que se encuentra entre los libros a devolver: “[…] una edición impresa en Leipzig fechada en 1874”.

ZLB BERLIN

Biblioteca Central y Regional de Berlín (ZLB),

En una reciente lectura de un libro extraordinario de Alberto Manguel, localicé una cita de un diccionario del siglo VII antes de Cristo que nos indica la importancia de la permanencia de un libro en el lugar en el que lo sitúa su legítimo dueño: “Que Is^tar bendiga al lector que no altere esta tablilla ni la coloque en otro lugar de la biblioteca, y se alce airada contra aquel que ose retirarla de este edificio”. Se puede entrever el respeto reverencial que la historia ha manifestado siempre sobre el cuidado exquisito hacia los libros. Es lo que con el paso de los siglos se ha expresado en roman paladino sobre la “distracción” consciente de los libros, en los que se manifestaba incluso la reserva de excomunión a quien hiciera tal cosa.

No olvido nunca el mensaje de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, por su ilusión de poner una librería que le jugaría al final una mala pasada por la invasión nazi en Italia, teniendo que explicar a su hijo Josué, de nombre hebreo, qué cartel van a poner en la librería para prohibir determinadas entradas como la que han leído al detenerse en un escaparate para ver un posible regalo para su madre: prohibida la entrada a hebreos y perros. Para quitar hierro a la dramática situación que está viviendo con su hijo, lo resuelve con una respuesta genial:

Josué – Pero nosotros dejamos entrar a todo el mundo en la librería.

Guido: ¡No, mañana mismo también pondremos un cartel!. A ver dime algo que te caiga mal.

Josué: las arañas. ¿Y a ti?

Guido – ¡A mí, los visigodos! A partir de mañana vamos a poner un cartel que diga. “prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos”. Me tienen frito los visigodos. Se acabó.

Guido era un  judío pobre que tenía tres ilusiones en su vida humilde: abrir una librería, comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). Todo quedaría en nada excepto su dignidad humana y el ejemplo para su hijo en el campo de concentración, sin libros ya, casi sin nada.

Que los libros incautados por el III Reich permanezcan en la Biblioteca Central de Berlín, es una oportunidad de reencuentro con las familias de sus propietarios, básicamente por el tiempo transcurrido. Escenas de quema de libros por las facciones políticas fascistas de cualquier cuño, han impresionado muchas retinas, películas fotográficas y de cine. Lo que se ha demostrado siempre es que los libros arden mal, como nos enseña Manuel Rivas en un libro homónimo que inicia su narración en el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 contra la República, periodo histórico en nuestro país, en el que lo que verdaderamente se quería quemar era la ideología republicana, con escaso éxito, fundamentalmente porque el alma busca siempre refugio en la dignidad humana, un cortafuegos que suele encontrar su sitio en libros preciosos para comprender la imprescindible condición humana de la libertad. Para que no se olvide.

Sevilla, 30/V/2019