Mascarón de proa / 1. María Celeste

Sevilla, 8/VII/2019

Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, el verano es un tiempo propicio para navegar en libertad. Inicio con este motivo una serie dedicada a un elemento característico de las embarcaciones antiguas, los mascarones y las mascaronas, por igual, que daban brillo y esplendor a significantes de quienes surcaban los mares del mundo.  Pablo Neruda amaba estas piezas marítimas, formando parte esencial de su casa en Isla Negra, en su amado Chile. Dicen los sabios del lugar y del tiempo marítimo que los mascarones de proa pretendían siempre calmar la ira divina a través de figuras amables que estaban autorizadas a romper continuamente las olas. Iban por delante, sin complejos, abriendo surcos marítimos en viajes apasionantes cuando, sobre todo, buscaban islas desconocidas. Voy a surcar también diversos mares de vida a través de ríos que buscan siempre el mar para culminar viajes fascinantes. Para mí, el más importante de todos: el de la palabra que nos queda a través del tiempo.

Jorge Manrique me lo recuerda a través de una copla preciosa, con el mascarón de proa de palabras sentidas: Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir: / allí van los señoríos, / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos; / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos.

La niña de madera no llegó caminando:
allí de pronto estuvo sentada en los ladrillos,
viejas flores del mar cubrían su cabeza,
su mirada tenía tristeza de raíces.
 
Allí quedó mirando nuestras vidas abiertas,
el ir y ser y andar y volver por la tierra,
el día destiñendo sus pétalos graduales.
Vigilaba sin vernos la niña de madera.

Pablo Neruda, de Mascarón de Proa – Soneto LXVIII

Pablo Neruda amaba a los mascarones y mascaronas de proa. En su casa de Isla Negra vivían con él la Medusa, la María Celeste, la Guillermina, la Rapa Nui y la Venus Cabalgante, entre otros y otras desafiantes figuras de mares surcados en vigilancia perpetua. De esta colección, destacaba sobre todas María Celeste, de cuya historia nos ofrece Neruda tres variaciones sobre el mismo tema. La primera, en Una casa en la arena, editado en 1966 en Barcelona: “Alain y yo la sacamos del mercado de las Pulgas donde yacía bajo siete capas de olvido. En verdad costaba trabajo divisarla entre camas desmanteladas, fierros torcidos. La llevamos en aquel coche de Alain, encima, amarrada, y luego en un cajón, tardando mucho, llegó a Puerto San Antonio. Solimano la rescató de la aduana, invicta, y me la trajo hasta Isla Negra. Pero yo la había olvidado. O tal vez conservé el recuerdo de aquella aparición polvorienta entre la ferraille. Sólo cuando destaparon la pequeña caja sentimos el asombro de su imponderable presencia. Fue hecha de madera oscura y tan perfectamente dulce! Y se la lleva el viento que levanta su túnica! Y entre la juventud de sus senos un broche le resguarda el escote. Tiene dos ojos ansiosos en la cabeza levantada contra el aire. Durante el largo invierno de Isla Negra algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas, sin caer. La humedad concentrada, dicen los escepticistas. Un milagro, digo yo, con respeto. No le seco sus lágrimas, que no son muchas, pero que como topacios le brillan en el rostro. No se las seco porque me acostumbré a su llanto, tan escondido y recatado, como si no debiera advertirse. Y luego pasan los meses fríos, llega el sol, y el dulce rostro de María Celeste sonríe suave como la primavera. Pero ¿por qué llora?”.

La segunda variación tiene su encanto especial al darnos a conocer la predilección que sentía Salvador Allende sobre aquella enigmática joven, tal y como lo cuenta en Confieso que he vivido: “Yo tengo mascarones y mascaronas. La más pequeña y deliciosa, que muchas veces Salvador Allende me ha tratado de arrebatar, se llama María Celeste. Perteneció a un navío francés, de menor tamaño, y posiblemente no navegó sino en las aguas del Sena. Es de color oscuro, tallado en encina; con tantos años se volvió morena para siempre. Es una mujer pequeña que parece volar con las señales del viento talladas en sus bellas vestiduras del Segundo Imperio. Sobre los hoyuelos de sus mejillas, los ojos de loza miran el horizonte. Y, aunque parezca extraño, estos ojos lloran durante el invierno, todos los años. Nadie puede explicárselo. La madera tostada tendrá tal vez alguna impregnación que recoge la humedad. Pero lo cierto es que estos ojos franceses lloran en invierno y que yo veo todos los años las preciosas lágrimas bajar por el pequeño rostro de María Celeste”.

Decía Neruda que “A plena luz de sol sucede el día, / el día sol, el silencioso sello / extendido en los campos del camino. / Yo soy un hombre luz, con tanta rosa, / con tanta claridad destinada / que llegaré a morirme de fulgor”.  Este precioso poema, El Sol, me recuerda en este estío tan especial para el país que hay que agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería”. Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria.

Lo repito una y mil veces: ¡qué tarea política tan hermosa para un ciudadano que ama su ciudad, cumplir con sus deberes diurnos, a plena luz del día, aprovechando el estío, tiempo de luz porque el sol se queda quieto durante mucho tiempo, abriendo ventanas para la libertad, muy comprometido con la propaganda de cristalería por donde pasan rayos de luz teñidos de colores! Es verdad que a veces nos encarga la vida tareas casi imposibles, a personas que aparecemos en el mundo como “enlutados de origen”, sin luz, según Neruda: “A veces pienso imitar la humildad / y pedir que perdonen mi alegría / pero no tengo tiempo: es necesario / llegar temprano y correr a otra parte / sin más motivo que la luz de hoy, / mi propia luz o la luz de la noche: / y cuando ya extendí la claridad / en ese punto o en otro cualquiera / me dicen que está oscuro en el Perú, / que no salió la luz en Patagonia”.

Comprendo a Neruda, mucho más cuando sé que le gustaba contemplar los ojos de María Celeste, su mascarón de proa preferido, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Que sonreía siempre cuando llegaba el sol. Hoy, en un día largo y con un sol quieto en este verano de 2019, no quiero que los tristes y tibios de siempre perdonen mis sueños y mi utopía, porque no tengo tiempo. La luz de este solsticio, con el sol quieto pero generoso, me ofrece la posibilidad de llegar temprano y navegar hacia otra parte sin más motivo que aprovechar la claridad del día, sabiendo que se rumorea que está oscuro en este país y que a veces no sale la luz en Andalucía. Durante el verano, cuando María Celeste no llora, se queda “mirando nuestras vidas abiertas, / el ir y ser y andar y volver por la tierra, / el día destiñendo sus pétalos graduales”. Eso sí, vigila sin vernos la niña de madera.

THE END2

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

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