Mascarón de proa / 2. La Guillermina

GUILLERMINA

La Guillermina / Fotograma del documental Una casa en la arena. Universidad Católica de Chile

Sevilla, 10/VII/2019

Decidí un día ya lejano pensar en las historias asociadas a los mascarones de proa y… de popa, que también existen, porque han visitado mares y océanos de todo el mundo, con múltiples singladuras jamás contadas. ¡Cuánto habrán visto y oído a través de los susurros de las olas o en noches de tormenta! Cuando analizaba esta predilección de Neruda, al iniciar la singladura personal de julio desde la amura de babor de La Isla Desconocida de José Saramago, conocí la historia de La Guillermina, una mascarona especial que sigue presidiendo su despacho en Isla Negra con una mirada enigmática: “[…] Fue una de las últimas piezas que Neruda adquirió. La compró en Perú y al no tener mayores referencias de su origen, decidió bautizarla con el nombre de la niña que lo deslumbró en su infancia sureña y a quien dedicó el poema “Dónde estará la Guillermina?” (1), publicado por primera vez en Estravagario (Losada, 1958):

Cuando mi hermana la invitó
y yo salí a abrirle la puerta,
entró el sol, entraron estrellas,
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.

Yo tenía catorce años
y era orgullosamente oscuro,
delgado, ceñido y fruncido,
funeral y ceremonioso:
yo vivía con las arañas
humedecido por el bosque
me conocían los coleópteros
y las abejas tricolores,
yo dormía con las perdices
sumergido bajo la menta.

Entonces entró la Guillermina
con dos relámpagos azules
que me atravesaron el pelo
y me clavaron como espadas
contra los muros del invierno.

Esto sucedió en Temuco.
Allá en el Sur, en la frontera.

Han pasado lentos los años
pisando como paquidermos,
ladrando como zorros locos,
han pasado impuros los años
crecientes, raídos, mortuorios,
y yo anduve de nube en nube,
de tierra en tierra, de ojo en ojo,
mientras la lluvia en la frontera
caía, con el mismo traje.

Mi corazón ha caminado
con intransferibles zapatos,
y he digerido las espinas:
no tuve tregua donde estuve:
donde yo pegué me pegaron,
donde me mataron caí
y resucité con frescura
y luego y luego y luego y luego,
es tan largo contar las cosas.

No tengo nada que añadir.

Vine a vivir en este mundo.

Dónde estará la Guillermina?

La Guillermina conoce Madrid, mar adentro. Vino en marzo de 1995, con motivo de una exposición que se celebró del 10 de marzo al 2 de abril, Neruda regresa a España, inaugurada por el presidente chileno Eduardo Frei: “El escritor escribía poesías para sus mascarones, la mayor parte del siglo XVIII y unos pocos del XIX, once mujeres y tres varones, más dos cabezas, todos de proa, menos dos, de popa. De ellos, se pueden ver ahora en Madrid La Guillermina (que el poeta encontró en Lima: antes de verla le dijeron que era una santa o una mona); Jenny Lind (actriz y cantante sueca, supuesta amante de Hans Christian Andersen); La sirena de Glasgow; La sin nombre y La María Celeste, que llora a través de la madera de encina (“durante el largo invierno algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas”, escribió Neruda. “La humedad concentrada’, dicen los escepticistas. ‘Un milagro’, digo yo, con respeto… Pero, ¿por qué llora?”). También se exponen los dos ángeles trompeteros que, junto a los mascarones, ocupan en Isla Negra la habitación principal, desde cuya ventana las figuras se asoman al Océano Pacífico y observan a diario el paso a ras del mar de bandadas de patos, alcatraces y gaviotas” (2).

Hoy la hemos localizado de nuevo en su casa, en Isla Negra, durmiendo en el regazo del niño Neruda que siempre fue, tal y como nos lo contó hace ya muchos años: “Un niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega ha perdido para siempre el niño que vivió en el y al que extrañará terriblemente”. No tengo nada más que añadir. Así es La Guillermina, surcando mares de ensueño con sus dos relámpagos azules. Además, lo dijo el poeta para quien lo quisiera escuchar, el día que la conoció: no era una santa. Lo decían también los marineros que la veían a diario en una embarcación anónima, porque se había enfrentado a los dioses y demonios del mar, bajo el bauprés, oteándolo todo. Hasta hoy.

(1) https://www.emol.com/especiales/neruda/20000610.htm

(2) https://elpais.com/diario/1995/03/08/cultura/794617211_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

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