Una quincena especial / 11. No olvido ahora a Italia

Sevilla, 25/III/2020, Día Undécimo

Vivir en Italia fue una bocanada de libertad en mis años jóvenes, los que cantaba Cliff Richard y coreábamos juntos y en unión en mi colegio, defendiendo (solo algunos) la bandera de la santa tradición. Menos mal que Dios nos recogió a tiempo a los más inquietos y pudimos disfrutar de libertades durante bastantes meses del 68, en un país como Italia, tan contradictorio, pero que para mí fue el bálsamo de Fierabrás de aquella época. Aquella experiencia la viví en la zona más azotada hoy por el coronavirus, en la región de Lombardía, muy cerca del lago de Garda y, concretamente, de Sirmione sul Garda, el lugar tan querido y cantado en el poemario de Catulo.

Años más tarde, volví a Roma, peligro para caminantes, donde viví casi dos años y nunca he olvidado lo que pensé al comenzar a bajar la escalerilla de aquel avión majestuoso que me llevó un día ya lejano junto a Leonardo da Vinci, su aeropuerto: “Roma: tu lectura al revés, amor me entrega, algo es”, aunque llevaba grabada a fuego, en el corazón, una estrofa final de un poema de Rafael Alberti que nunca he olvidado: “Dejé por ti todo lo que era mío. Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte”.

No olvido mi cariño especial a Italia porque me acogió como solo ese país sabe hacer con los que lo aman. Estos días están sufriendo el peor azote del coronavirus, con cifras abrumadoras de contagios y fallecimientos. En este contexto de desolación y dolor compartido, he recuperado de la banda sonora de mi vida en Italia una canción magistral, Caruso, que me emociona siempre de la misma forma, en su letra y música, un homenaje a Enrico Caruso, que hoy leo entrelíneas asomado al balcón de la vida, pensando que Italia es ahora la joven de ojos verdes, como el mar, que tanto amó aquel cantor en una breve estancia en Sorrento.

Pavarotti canta Caruso junto a Lucio Dalla, su autor. Sigo atentamente su mensaje en el italiano sentido, napolitano, que guardo en mi corazón anclado en la gruta azul de Tiberio. La voz de ambos cantores (cantante es el que puede y cantor el que debe, según aprendí de Facundo Cabral), me permiten volver a Italia porque está siempre en el corazón de mi persona de secreto. Deseo hoy más que nunca compartir estos momentos tan bellos, sobre todo cuando estamos en tiempos de turbación del alma y la música es compañera en la alegría y medicina en el dolor.

Cuando vivía en Roma, Lucio Dalla sonaba ya en mi radiocasete Grundig junto a otros “cantores”: Franco Battiato, Francesco di Gregori y Fabrizio di André. Dalla compuso “Caruso” en 1986, en homenaje al tenor napolitano, inspirada en historias sobre la muerte de Enrico Caruso que le contaron los propietarios de un hotel de Sorrento [Vesubio Albergo] en el que se alojó una vez que se vio obligado a hacer una escala allí con su barco. Dalla pasó la noche en la misma habitación en que, muchos años antes, Caruso había pasado algunos de sus últimos días. Los propietarios del hotel le hablaron de la pasión que por aquel entonces Caruso sentía por una joven a quien le estaba dando lecciones de canto. Y escribió estas bellas palabras:

Aquí donde el mar reluce
y sopla fuerte el viento,
sobre una vieja terraza
frente al golfo de Sorrento,
un hombre abraza a una joven
después de haber llorado
luego se aclara la voz
y vuelve a dar comienzo al canto.

Te quiero mucho,
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Vio las luces dentro del mar,
pensó en las noches allí en América,
pero sólo eran lámparas
y la blanca estela de una hélice.
Sintió el dolor en la música,
se levantó del piano
pero cuando vio la luna salir tras una nube
le pareció dulce incluso la muerte.
Miró a los ojos la muchacha,
esos ojos tan verdes como el mar,
luego de repente salió una lágrima
y él creyó que se ahogaba.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Fuerza de la lírica
donde cada drama es algo falso,
donde con un buen maquillaje y con la mímica
puedes llegar a ser otro.
Pero los dos ojos que te miran
tan cercanos y tan auténticos,
te hacen olvidar palabras,
confunden pensamientos.

Así todo parece tan pequeño,
también las noches allí en América
miras atrás y ves tu vida
como la estela de una hélice.
Sí, es la vida que se acaba
sin embargo él no lo pensó tanto
por el contrario, se sentía ya feliz
y volvió a comenzar su canto.

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

Te quiero mucho
pero mucho, mucho, sabes…
es una cadena ahora
que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

En estos días, me acerco a un puerto imaginario a bordo de “La isla desconocida”, el barco del cuento de Saramago, intentando asimilar como Caruso que lo único importante en la vida es descubrir el amor y salir de uno mismo para poder descubrir a los demás: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…” (1).

Hoy, Italia sigue dándome a cambio de mis penas por lo que está sucediendo allí y acá, en cualquier parte del mundo, tanto como yo un día, siendo muy joven, dejé para tenerla: Te quiero mucho / pero mucho, mucho, sabes… / es una cadena ahora / que se diluye como la sangre en las venas, sabes…

(1) https://joseantoniocobena.com/2015/04/06/en-busca-de-islas-desconocidas/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

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