El pianista de la llama eterna

Sevilla, 5/XI/2020

“El pianista de los disturbios de Barcelona dice que siguió tocando por obligación con su público”. Así se leía en el titular de una noticia en La Vanguardia del pasado 3 de noviembre, comentando lo ocurrido el viernes 31 de octubre, cuando saltó al mundo un vídeo de un pianista callejero, Peter Geddes, interpretando “Eternal Flame”, que conocimos en 1988 a través del conjunto The Bangles, mientras que a su espalda se estaban desarrollando momentos de tensión extrema en las manifestaciones de Barcelona por la entrada en vigor de las últimas restricciones implantadas con motivo de la pandemia. Todos recordamos inmediatamente a la famosa orquesta del Titanic, que no dejó de tocar mientras se hundía de forma irremisible el barco.

Las imágenes eran un símbolo del papel que ha desempeñado siempre la música ante las adversidades y que sigue haciéndolo en la actualidad frente al coronavirus y sus circunstancias: “Si había gente que tenía la voluntad y el coraje de escucharme, yo tenía que tocar”. Así de rotundo se manifestó Peter Geddes ante el asombro de sus interlocutores. De fuentes bien informadas se sabe que él no ha visto la película pero está convencido de que “el artista tiene un destino del que no puede escapar y debe seguir mientras un barco se hunde o habiendo una manifestación”, es decir, conoce muy bien el rol de la música en la vida de los intérpretes que ofrecen esta manifestación artística al mundo. Lo resumía muy bien a La Vanguardia: “Además, sentí que debía proteger a la gente abrazándola con música”. Comprendí mejor que nunca el aserto que me acompaña desde hace ya varios años: musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor.

Esta situación me ha recordado a un pianista japonés, Mitsunori Yagawa (68 años), vinculado con una historia, triste y sugerente a la vez, de un piano Yamaha superviviente del ataque nuclear de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Como testigo de cargo, el piano todavía mantiene niveles bajos de radiación y se observan en su lacado negro restos de cristales que saltaron por la onda expansiva de la bomba al estar en su radio de acción. Creo que es una imagen inquietante que nos recuerda algo que pervive a través de los siglos, como expresión de paz en momentos de sufrimiento para las personas. Lo sigue siendo en los mensajes de la frase enunciada anteriormente sobre qué es la música, porque ese piano, testigo vivo de una historia que no se debería haber contado jamás, nos entrega alegría a través de composiciones interpretadas por manos maestras. Al mismo tiempo, es medicina para el dolor de la memoria no olvidada. Mitsunori Yagawa manifestó en 2017 (1) que “Durante el bombardeo de Hiroshima, todo lo que había en los dos kilómetros de la zona cero fue quemado y destruido. Este piano estaba dentro de este límite y sobrevivió milagrosamente”. Él ha restaurado el piano y ha tocado en innumerables conciertos por la paz.

El piano tiene un nombre propio: Hibaku piano (el piano bombardeado). Para que no lo olvidemos, aunque se esfuerza, en los conciertos actuales, en entregarnos algo que siempre lleva dentro desde su fabricación en 1938. Los supervivientes que estaban cerca del piano callan todavía hoy porque no quieren hablar de aquella desolación. Entre ellos, el padre de Mitsunori Yagawa. Pero él nos muestra a través de la música la otra cara del horror, con objeto de que no se repita esa página tan triste en la historia de la humanidad. Salvando lo que hay que salvar, más allá de la historia de este Hibaku Piano (piano bombardeado) o de los músicos que tocaban hasta su muerte en el Titanic, Peter Geddes ha cumplido su misión en Barcelona, lanzando un mensaje de paz al mundo: “el artista tiene un destino del que no puede escapar y debe seguir mientras un barco se hunde o habiendo una manifestación”.

Vuelvo a escuchar a Peter interpretando “Eternal Flame”, La llama eterna, poniendo letra al estribillo que recuerdo todavía de aquella canción en días de coronavirus, teniendo muy presentes a las personas que queremos, cerrando los ojos, dando la mano a los más próximos, porque cuando estamos en momentos de paz podemos contemplar la llama eterna de la vida que nunca se apaga. Todo muy lejos de la realidad triste que aquella noche de octubre, en Barcelona, intentaba recomponer con música un pianista de paz, no de disturbios, Peter Geddes. Al fin y al cabo, el piano de Hiroshima y el de Geddes tienen algo en común: alma. También, quienes acarician sus teclas.

(1) https://www.clarin.com/mundo/piano-sobrevivio-bomba-atomica-hiroshima-sonara-manana-oslo_0_SyFTk65ZM.html

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