Convendría decretar ya el estado de optimismo

Mariano Pozo, El vendedor de globos

Sevilla, 30/VII/2021

Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Mario Benedetti (1920-2009), en Rincón de haikus.

Visto lo visto, creo que ha llegado el momento de que el Gobierno correspondiente decrete ya el estado de optimismo. Lo necesitamos, pero también hablo ahora de los pesimistas, tal y como lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti (1) en 1999, reforzando la quintaesencia de los optimistas que evalúan la vida a diario, emitiendo juicios bien informados: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Efectivamente, ante la situación actual del país desde la perspectiva política, ante anuncios a bombo y platillo de la salida del túnel de la pandemia, con grandes inyecciones de diario europeo e inmejorables cifras de salidas del paro hasta casi ayer en ascenso galopante, estamos obligatoriamente obligados a informarnos bien de lo que sucede, caminando por las grandes alamedas de la transparencia que todos los días hay que buscar, no vaya a ser que nos ocurra lo mismo que a Diógenes de Sinope, prototipo de la escuela cínica, cuando “buscaba a un hombre”. Un día estaba en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Pesimismo en estado puro. Otra cosa es que, en plan pesimista total, sepamos detectar algo importante en política: localizar los elementos de verdad en todo lo que se mueve en este ámbito “optimista”, informarnos bien como optimistas natos que somos, porque en ese mundillo político corre la voz de algunos pájaros de mal agüero que confirman que si algunos políticos dijeran alguna vez la verdad…, mentirían.

El optimismo tiene mala prensa desde la llegada a nuestro país de la palabra, tal y como se demuestra en un breve recorrido que he hecho por un camino que suelo recorrer con frecuencia, el de los diccionarios de nuestra lengua. La primera referencia de la palabra “optimismo” en nuestro país data del año 1787 en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […] (Tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, editado en Madrid por la Viuda de Ibarra) y es muy significativa porque textualmente dice que “optimismo” significa “una secta, que no es otra cosa sino un materialismo rebozado o un espinosismo espiritual, siendo los “optimistas” los seguidores de esta secta, abundando en este marcado carácter sectario de la palabra y de sus seguidores, es decir, los que siguen el optimismo y que “de Leibniz y Malebranche se dice que fueron de los más señalados optimistas”. Hay que esperar hasta 1852, para que el Diccionario de la Lengua Española (RAE) recoja por primera vez el término con la siguiente acepción: “Sistema filosófico que defiende que todo lo que existe es lo mejor posible” y que en el uso común “se toma el empeño de aspirar en todas las materias a una perfección suma y por lo general impracticable”. Siguió durante bastante tiempo este lema con el tratamiento de Sistema, hasta nuestros días, cuando el vocablo significa, escuetamente, lo siguiente: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable” y, como doctrina filosófica, “Doctrina que atribuye al universo la mayor perfección posible”, llevada a cabo por un ser “infinitamente” perfecto (Dios o dioses). Un recorrido tortuoso pero en el que me he detenido a analizar el carácter de secta y sectarios a todos los que profesaban el optimismo, obviamente por la represión social existente ante los “desmanes filosóficos” de los pensadores de la época, entre los que se encontraban junto a los citados, obviamente, Spinoza, de ahí la definición de optimismo, en el siglo XVIII, como “materialismo rebozado” y espinosismo {sic] espiritual”.  Es interesante señalar que es en 1899 cuando por primera vez se deja de hablar de lo “impracticable” ligado al optimismo y se recoge exactamente esta acepción que ha perdurado hasta nuestros días: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”.

Un ejemplo nos puede ayudar a comprender lo expuesto anteriormente. Siguiendo con el contexto de las tradiciones sociales donde se enmarca el optimismo de todos y de cada uno, podemos tomar el ejemplo del momento en el que comienza el año, normalmente en la ceremonia de las uvas, en el que existe una corriente de opinión extendida sobre listas de realidades y deseos personales, de naturaleza buena y optimista, que confeccionamos rápidamente en el fragor de las campanadas y que poco a poco se van confirmando o no en la medida que avanza el año y miramos con cierto desasosiego por el retrovisor de la vida los compromisos adquiridos. Por ejemplo, vemos que la dialéctica de la vida real se hace fuerte finalmente y en concreto, la del optimismo y la de la apatía. Estando de acuerdo con Benedetti en que ser optimista es la confirmación sublime de lo que significa ser un pesimista bien informado, se antoja ahora recordar que para pensadores de la escuela de Frankfort, serlo es una “obligación moral”, algo así como un imperativo categórico a la manera de Kant. Ser o no ser optimista, esa es la cuestión. No queda otra, porque sabemos que es lo que hay y ante eso la mayoría dice que no se puede hacer nada, siendo esta afirmación categórica un craso error. Queramos o no, hablamos también de sueños y ya sabemos que los sueños, sueños son. Optimismo en estado puro.

Por otra parte, vemos cómo la apatía, es decir, la incapacidad de sentir algo hacia lo o los demás (a-patía), inunda la sociedad de consumo, que es la única que garantiza llevarnos a casa la supuesta felicidad con cosas, los llamados productos de la mercadotecnia, porque la cansina apatía no nos mueve ideológicamente para hacer casi nada, confundiéndonos en la noche de la tibieza social: “a mí que no me llamen”. Además, las cosas importantes no son cosas y si el movimiento ante cualquier llamamiento social se plantea alguna vez hacia la participación política como ciudadanos ejemplares, ahí sí que muchos no irán nunca, porque la mayoría social piensa que la política ya no sirve para transformar nada -todos los políticos son iguales-, sino para que unos cuantos se forren cada día más a costa del presupuesto nacional al que aportamos todos. Mejor dicho, casi todos, porque otros muchos -que son legión- todavía piensan que la contribución social mediante impuestos es cosa de otros. Otra vez: “a mí que no me llamen”. Apatía total.

Axel Honneth, director de la Escuela de Frankfort, lo manifestó en 2015 en una entrevista que recuerdo perfectamente, al abordar la apatía política: “Significa que la gente no está lo suficientemente comprometida en las prácticas democráticas. Prefiere el consumismo, la evasión; el mundo privado frente al compromiso público. Se trata de explicar la tendencia y por qué hay periodos en los que la gente deja de ser apática y se compromete. Por ejemplo, el caso Dreyfus: todo el mundo estaba comprometido públicamente. Hubo momentos en Alemania en los que no se podía evitar el compromiso, ¿por qué hoy hay tanta apatía? Creo que tiene que ver con una frustración derivada de la creencia de que la política no tiene capacidad de transformación social. Hay un conservadurismo que parece afirmar que la política es incapaz de romper el poder del capitalismo financiero, que no hay salida” (2).

¿Existe solución? Con el bálsamo de Fierabrás no, porque no existe, aunque algunos esperan que Amazon nos traiga cualquier día el optimismo empaquetado para regalo y por un puñado de dólares/euros, pero sí cambiando el chip de la responsabilidad social, que es una mezcla de respuesta (respuestabilidad, si se pudiera admitir el lema por la RAE) movida por el conocimiento libre y la ética como suelo firme que debe justificar siempre en libertad todos los actos humanos. Hay que abandonar el sofá convertido en tribuna donde se solucionan sentados todos los problemas de la sociedad y bajar a la calle, como dicen los italianos: scendere in piazza, porque la cosa pública que se ventila es muy seria. Es una forma muy digna de colaborar socialmente con el optimismo generalizado.

Los pesimistas bien informados, es decir, los optimistas, sabemos que lo único que nos queda es el compromiso ético de aplicar el principio de realidad, es decir, las cosas más importantes (que no son cosas…) no son solo como son y cómo las dibujan otros, que siempre son los mismos, los apáticos de cualquier signo o color, sino como queramos entre todos que sean. Según Freud, el principio de realidad junto al del placer legítimo, que lo modifica en muchas ocasiones, rige el funcionamiento mental. En la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. Si nos movemos y participamos socialmente en el cambio “político” al que aspiramos, de tal forma que llegue a ser transformación social, dejaremos de ser voces que claman en los desiertos de la apatía social que nos invade de forma galopante, silente y manifiesta, por todas partes. Blindaremos el optimismo como la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”, que nos legitima como pesimistas bien informados. Esa es la cuestión, porque la búsqueda de la satisfacción legítima en nuestras vidas que nos ofrece el optimismo ya no se efectuará por los caminos más cortos, sino mediante los rodeos que nos impone la vida a través de las adversidades, tomando conciencia de que muchas veces hay que aplazar sus resultados en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. De ahí la necesidad de que se decrete a corto plazo el estado de optimismo. Lo necesitamos.

Una cosa más, como decía Steve Jobs en sus presentaciones: el optimismo puede ser sólo un conjuntos de globos que acaban explotando y nos podemos quedar sin nada en las manos, en los sueños, en el alma si no estamos atentos a la ética de vivir despiertos. Ese es el motivo de por qué he escogido la imagen que abre estas palabras. En 2018 visité en Antequera (Málaga) una exposición itinerante del fotógrafo malagueño, Mariano Pozo, con un título muy sugerente: Capítulos vividos, colgada en el patio principal de la Biblioteca Municipal, una colección de imágenes que conformaban una forma de entender su Ítaca particular. Entre ellas me detuve bastante tiempo en una, El vendedor de globos, que me devolvió la esperanza de continuar el viaje hacia las Ítacas de mi vida, las guías de mi optimismo esencial. Era la imagen de una persona vendiendo ilusiones en la Semana Santa de Málaga, que corre por las calles de la ciudad rodeado de la magia suficiente como para alegrar la vida de niñas y niños en Andalucía, en ese caso y extrapolable a otros, en la edad en la que inician sus viajes a sus Ítacas tan diminutas, en momentos en que sería más importante recordarles al Jesús de la mar que al del madero, haciendo caso siempre a Machado, un pesimista bien informado, que hizo un camino impecable de dignidad hacia su Ítaca tan particular. Para no olvidarlo.

(1) Benedetti, Mario (2001). Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

(2) Arroyo, Francesc (2015, 22 de abril). Axel Honneth: “El optimismo es una obligación moral”El País.com.

NOTA: la imagen se recuperó el 14 de septiembre de 2016 de: https://cronopiolandia.wordpress.com/category/mario-benedetti/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.