Malva Marina, un lamento siempre vivo en Pablo Neruda

Mural con los primeros versos de Neruda dedicados a La casa de las flores, en Madrid, donde nació su hija Malva Marina, en 1934

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Sevilla, 20/IX/2021

He visto en los últimos días cómo circulaban en las redes sociales comentarios sobre el supuesto abandono de Malva Marina, por parte de su padre, el poeta Pablo Neruda y la nula relación con ella en su vida y obra poética, dado que desde diversas ópticas no hay reparo alguno en descalificar de forma despiadada al premio Nobel de Literatura de 1971. Esta controversia se reavivó en 2018 con motivo de la publicación de la novela de Hagar Peeters, Malva (1), que fue traducida al español en 2017 y publicada el año siguiente por una editorial colombiana excelente, Rey Naranjo Editores.

Por los motivos expuestos anteriormente, decidí adentrarme en la verdadera historia de lo ocurrido entre Neruda y su hija, Malva Marina, sobre todo para salvar su recorrido histórico y su buen nombre, mucho más allá de averiguar la trastienda de lo que verdaderamente ocurrió que siempre será muy difícil descifrar en su texto y contexto histórico. Por esta razón de la razón y del corazón, he escrito las páginas que siguen, porque Neruda merece mi respeto integral e íntegro, fundamentalmente porque la condición humana me ha enseñado a lo largo de la historia que no soy nadie para calificar superficialmente o de oídas los actos de los otros, sino que sólo debo examinarlos y quedarme con lo bueno. La trastienda de la miseria humana no me interesa y siempre dejo para la historia el análisis de determinadas actitudes que no deben trascender más allá del terreno de la intimidad y de la privacidad del alma humana.

A partir de aquí, todos los puntos y aparte de este artículo van a permitir reiniciar la siguiente frase con las mismas palabras, a modo de estribillo: Es verdad que… Así hasta el final, para que una vez leído todo, podamos asegurarnos de que al buen entendedor con palabras basta, sobre todo si son objetivas y basadas en datos y hechos constatables.

Es verdad que en sus Memorias, Confieso que he vivido (2), incompletas porque no pudo finalizarlas por su fallecimiento en 1973, Neruda comenta que su soledad se “redobló” en Batavia (Java), en su destino consular y que eso le llevó a pensar en casarse, ofreciendo detalles de la que sería su primera esposa, María Antonieta Agenaar [sic, sin “h” en el apellido], “una criolla, vale decir holandesa con unas gotas de sangre malaya, que me gustaba mucho. Era una mujer alta y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras”. Sería unos años después la madre de su hija Malva Marina. Quizás sean las palabras de presentación de estas memorias íntimas las que nos ofrezcan las claves de sus aparentes “olvidos”, como se ha dicho tantas veces sobre la ausencia en su obra de referencia alguna a su hija Malva Marina: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido. Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros. De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

Es verdad que en la biografía oficial de Neruda (Fundación Neruda) he recogido los datos siguientes de la relación de Neruda con su primera esposa y madre de Malva Marina, María Antonieta Hagenaar [Maruca, como la llamaba familiarmente Neruda], iluminando el contexto de su relación de pareja:

1930

  • 5 de mayo: es nombrado cónsul de elección en Singapur y Batavia, Java.
  • Junio: viaja a Singapur, y luego a Batavia donde asume sus nuevas funciones.
  • 6 de diciembre: se casa con María Antonieta Hagenaar Vogelzang.

1932

  • A comienzos de febrero y después de un viaje por mar de dos meses, arriba a Chile en compañía de su mujer.

1934

  • 5 de mayo: sale hacia España, acompañado de su mujer que espera un hijo. A fines de mayo asume el cargo consular en Barcelona.
  • 1 de junio: viaja a Madrid donde se reencuentra con Federico García Lorca y otros poetas de la generación del 27, entre los que hará grandes amistades, especialmente con Rafael Alberti y Miguel Hernández. Realiza frecuentes viajes entre Barcelona y Madrid.
  • 18 de agosto: en Madrid nace su hija Malva Marina Trinidad después de largas complicaciones en el parto. La niña padece de hidrocefalia. Conoce a Delia del Carril, quien más tarde se convertirá en su segunda esposa. A comienzos de diciembre fija su residencia en Madrid.
  • 6 de diciembre: es presentado por Federico García Lorca en la Universidad de Madrid, donde da un recital y una conferencia.
  • 19 de diciembre: es nombrado cónsul agregado a la embajada de Chile en Madrid, cargo paralelo al de sus labores consulares en Barcelona.

1936

  • Diciembre: viaja a Marsella con su esposa, María Antonieta Hagenaar y su hija, Malva Marina. Más tarde, ambas se irán a Montecarlo; después, ya en 1937, se trasladarán a Holanda. El gobierno chileno, aduciendo falta de garantías para el funcionamiento del Consulado en Madrid, opta por cerrarlo. Neruda no es destinado a ningún otro cargo. Su apoyo a la causa republicana había provocado diversas críticas y acusaciones en su contra, entre otros, del embajador Aurelio Núñez Morgado.

1939

  • Noviembre: viaja a Holanda para visitar a Maruca Hagenaar y a su hija Malva Marina.
  • Comienzos de diciembre: se embarca junto a Delia del Carril, de regreso a Chile.

1942

  • 3 de mayo: en el Periódico Oficial de Cuernavaca se publica el edicto de divorcio de Neruda de María Antonieta Hagenaar.

1943

  • 2 de marzo: en Holanda, nación ocupada por los alemanes, muere su hija Malva Marina “sin sufrimiento”, como dice el cable en el que se comunica la noticia desde Suiza.
  • 2 de julio: contrae matrimonio con Delia del Carril, en la ciudad de Tetecala, estado de Morelos. Posteriormente este enlace será declarado ilegal por los tribunales chilenos.

Es verdad que en la obra Residencia en la tierra (3), revisada por última vez durante su estancia en Madrid, Neruda publica unos poemas que se relacionan perfectamente con el entorno del nacimiento de su hija Malva Marina en Madrid, en 1934, en los que estuvo muy cerca de los poetas Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, destacando la cita expresa de Malva Marina en la Oda a Federico García Lorca, como se recoge a continuación. He respetado el orden cronológico de la publicación de los cuatro poemas siguientes, en los que los tres primeros tienen una solución de continuidad asociados a la enfermedad de su hija y el dolor que sufrían en esos momentos.

Maternidad

¿Por qué te precipitas hacia la maternidad y verificas
tu ácido oscuro con gramos a menudo fatales?
¡El porvenir de las rosas ha llegado! ¡El tiempo
de la red y el relámpago! ¡Las suaves peticiones
de las hojas perdidamente alimentadas!
Un río roto en desmesura
recorre habitaciones y canastos
infundiendo pasiones y desgracias
con su pesado líquido y su golpe de gotas.

Se trata de una súbita estación
que puebla ciertos huesos, ciertas manos,
ciertos trajes marinos.

Y ya que su destello hace variar las rosas
dándoles pan y piedras y rocío,
oh madre oscura, ven,
con una máscara en la mano izquierda
y con los brazos llenos de sollozos.

Por corredores donde nadie ha muerto
quiero que pases, por un mar sin peces,
sin escamas, sin náufragos,
por un hotel sin pasos,
por un túnel sin humo.

Es para ti este mundo en que no nace nadie,
en que no existen
ni la corona muerta ni la flor uterina,
es tuyo este planeta lleno de piel y piedras.

Hay sombra allí para todas las vidas.
Hay círculos de leche y edificios de sangre,
y torres de aire verde.
Hay silencio en los muros, y grandes vacas pálidas
con pezuñas de vino.

Hay sombra allí para que continúe
el diente en la mandíbula y un labio frente a otro,
y para que tu boca pueda hablar sin morirse,
y para que tu sangre no se derrumbe en vano.

Oh madre oscura, hiéreme
con diez cuchillos en el corazón,
hacia ese lado, hacia ese tiempo claro,
hacia esa primavera sin cenizas.

Hasta que rompas sus negras maderas
llama en mi corazón, hasta que un mapa
de sangre y de cabellos desbordados
manche los agujeros y la sombra,
hasta que lloren sus vidrios golpea,
hasta que se derramen sus agujas

La sangre tiene dedos y abre túneles
debajo de la tierra.

Enfermedades en mi casa

Cuando el deseo de alegría con sus dientes de rosa
escarba los azufres caídos durante muchos meses
y su red natural, sus cabellos sonando
a mis habitaciones extinguidas con ronco paso llegan,
allí la rosa de alambre maldito
golpea con arañas las paredes
y las uñas del cielo se acumulan,
de tal modo que no se puede salir, que no se puede digerir
un asunto estimable,
es tanta la niebla, la vaga niebla cagada de los pájaros,
es tanto el humo convertido en vinagre
y el agrio aire que horada las escalas:
en ese instante en que el día se cae con las plumas deshechas,
no hay sino llanto, nada más que llanto,
porque sólo sufrir, solamente sufrir,
y nada más que llanto.
El mar se ha puesto a golpear por años una pata de pájaro,
y la sal golpea y la espuma devora,
las raíces de un árbol sujetan una mano de niña,
más grande que una mano del cielo,
y todo el año trabajan, cada día de luna
sube sangre de niña hacia las hojas manchadas por la luna,
y hay un planeta de terribles dientes
envenenando el agua en que caen los niños,
cuando es de noche, y no hay sino la muerte,
solamente la muerte, y nada más que el llanto.

Como un grano de trigo en el silencio, pero
a quién pedir piedad por un grano de trigo?
Ved cómo están las cosas: tantos trenes,
tantos hospitales con rodillas quebradas,
tantas tiendas con gentes moribundas:
entonces, cómo?, cuándo?,
a quién pedir por unos ojos del color de un mes frío,
y por un corazón del tamaño del trigo que vacila?
No hay sino ruedas y consideraciones,
alimentos progresivamente distribuidos,
líneas de estrellas, copas
en donde nada cae, sino sólo la noche,
nada más que la muerte.

Hay que sostener los pasos rotos.
Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde
una cosa quemada con llamas de humedad,
una cosa entre trapos tristes como la lluvia,
algo que arde y solloza,
un síntoma, un silencio.
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías que el destino corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.

Ayudadme, hojas que mi corazón ha adorado en silencio,
ásperas travesías, inviernos del sur, cabelleras
de mujeres mojadas en mi sudor terrestre,
luna del sur del cielo deshojado,
venid a mí con un día sin dolor,
con un minuto en que pueda reconocer mis venas
.

Estoy cansado de una gota,
estoy herido en solamente un pétalo,
y por un agujero de alfiler sube un río de sangre sin consuelo,
y me ahogo en las aguas del rocío que se pudre en la sombra,
y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce,
por unos dedos que el rosal quisiera
escribo este poema que sólo es un lamento,
solamente un lamento
.

Oda con un lamento

Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas,
oh presidio de peces y rosales,
tu alma es una botella llena de sal sedienta
y una campana llena de uvas es tu piel.
«una botella echando espanto a borbotones» («Barcarola»)
.

Por desgracia no tengo para darte sino uñas
o pestañas, o pianos derretidos,
o sueños que salen de mi corazón a borbotones,
polvorientos sueños que corren como jinetes negros,
sueños llenos de velocidades y desgracias
.

Sólo puedo quererte con besos y amapolas,
con guirnaldas mojadas por la lluvia,
mirando cenicientos caballos y perros amarillos.
Sólo puedo quererte con olas a la espalda,
entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas,
nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos
con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso,
nadando a través de corazones sumergidos
y pálidas planillas de niños insepultos
.

Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios
en mis desamparadas pasiones y desolados besos,
hay el agua que cae en mi cabeza,
mientras crece mi pelo,
un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada,
con una voz nocturna, con un grito
de pájaro en la lluvia, con una interminable
sombra de ala mojada que protege mis huesos:
mientras me visto, mientras
interminablemente me miro en los espejos y en los vidrios,
oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos
con una triste voz podrida por el tiempo
.

Tú estás de pie sobre la tierra, llena
de dientes y relámpagos.
Tú propagas los besos y matas las hormigas.
Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja,
de abecedario ardiendo.
Tú eres como una espada azul y verde
y ondulas al tocarte, como un río.

Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangrentadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.

Oda a Federico García Lorca

Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre,
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando ríes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me moriría por lo dulce que eres,
me moriría por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un cordel caído y un dios ensangrentado,
me moriría por los cementerios
que como cenicientos ríos pasan
con agua y tumbas,
de noche, entre campanas ahogadas:
ríos espesos como dormitorios
de soldados enfermos, que de súbito crecen
hacia la muerte en ríos con números de mármol
y coronas podridas, y aceites funerales:
me moriría por verte de noche
mirar pasar las cruces anegadas,
de pie llorando,
porque ante el río de la muerte lloras
abandonadamente, heridamente,
lloras llorando, con los ojos llenos
de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas
.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
y, sollozando, derribar relojes,
sería para ver cuándo a tu casa
llega el verano con los labios rotos,
llegan muchas personas de traje agonizante,
llegan regiones de triste esplendor,
llegan arados muertos y amapolas,
llegan enterradores y jinetes,
llegan planetas y mapas con sangre,
llegan buzos cubiertos de ceniza,
llegan enmascarados arrastrando doncellas
atravesadas por grandes cuchillos,
llegan raíces, venas, hospitales,
manantiales, hormigas,
llega la noche con la cama en donde
muere entre las arañas un húsar solitario,
llega una rosa de odio y alfileres,
llega una embarcación amarillenta,
llega un día de viento con un niño,
llego yo con Oliverio, Norah,
Vicente Aleixandre, Delia,
Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
la Rubia, Rafael, Ugarte,
Cotapos, Rafael Alberti,
Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
Molinari,
Rosales, Concha Méndez,
y otros que se me olvidan
.

Ven a que te corone, joven de la salud
y de la mariposa, joven puro
como un negro relámpago perpetuamente libre,
y conversando entre nosotros,
ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
¿para qué sirven los versos si no es para el rocío?

¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincón roto
donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

Sobre todo de noche,
de noche hay muchas estrellas,
todas dentro de un río,
como una cinta junto a las ventanas
de las casas llenas de pobres gentes.

Alguien se les ha muerto, tal vez
han perdido sus colocaciones en las oficinas,
en los hospitales, en los ascensores,
en las minas,
sufren los seres tercamente heridos
y, hay propósito y llanto en todas partes:
mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
hay mucho llanto en las ventanas,
los umbrales están gastados por el llanto,
las alcobas están mojadas por el llanto
que llega en forma de ola a morder las alfombras
.

Federico,
tú ves el mundo, las calles,
el vinagre,
las despedidas en las estaciones
cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
hacia donde no hay nada sino algunas
separaciones, piedras, vías férreas
.

Hay tantas gentes haciendo preguntas
por todas partes.
Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
desanimado,
y el miserable, el árbol de las uñas,
el bandolero con la envidia a cuestas
.

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varón varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas,
y otras irás sabiendo lentamente
.

Es verdad que la autora de Malva ha querido poner voz a Malva Marina en un esfuerzo por aclarar de una vez por todas lo que pasó durante su corta vida, ocho años nada más. Lo que ocurre es que desde la letra de la contraportada ya se habla del rechazo de Malva por parte de su padre. Es lo que utiliza la autora como hilo conductor de su obra, “descubrir cómo su padre, que defendió a los rechazados y a los olvidados, pudo rechazarla y olvidarla a ella”. De esta forma, se parte de una convicción que empaña el contenido de la obra, con pasajes bellísimos y con contrastes de una dureza extrema, transidos de dolor por la propia experiencia personal de la autora y la relación con su padre. La sinopsis oficial del libro refuerza ,lo expuesto anteriormente: “Malva, la hija que Pablo Neruda abandonó porque la hidrocefalia congénita que ella padecía era un obstáculo para que él desarrollara su poesía y sus ideas políticas, le narra a Hagar Peeters —desde el más allá— cómo la enfermedad le arrebató la vida y el amor de su padre, de quien aún espera ser reconocida. De esta conversación surge una novela espléndida y cargada de poesía. A lo largo del relato, intervienen grandes personajes de la literatura, de la historia, de la filosofía y de la ciencia, que generan interés en un amplio espectro de lectores”.

He leído el libro con profundo respeto a su contenido, con atención plena y anotando los asuntos que más me han interesado, porque aporta detalles importantes en su texto y contexto, por el trabajo de campo realizado a pesar de moverse en el terreno de la ficción, pero finalizada su lectura sigo pensando que nada humano me es ajeno y que no puedo descalificar sin más a Neruda cuando conozco lo que significa la complejidad de las relaciones humanas, la enfermedad de Malva Marina en aquellos años y en nuestro país, la terrible experiencia de la guerra civil y la contienda mundial que tuvo que vivir la familia Neruda, así como las dudas que permanecen en mi persona de secreto sobre lo ocurrido que hoy día no se pueden descifrar.

Es verdad que lo más controvertido en esta dura historia es lo escrito por el poeta en una carta a su amiga argentina Sara Tornú: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos” […] “La chica se moría, no lloraba, no dormía, había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginar cuánto he sufrido”. Es verdad que la autora de malva se ha aferrado a la frase del “punto y coma”, pero no puedo aceptar que se asuma sin más que Neruda escribió estas palabras anteriores de la carta, refiriéndose a su hija, con desprecio, sino con lenguaje figurativo tan presente en toda su obra.  Cómo presentó Pablo Neruda a su hija, a Vicente Aleixandre, es la mejor prueba del cariño ciego que sentía por ella, como se puede comprobar a continuación.

Es verdad que he leído los cuatro poemas que he reunido para acompañar estas palabras y me quedo hoy con lo que escribió Vicente Aleixandre en una visita a la casa de la familia Neruda, La Casa de las Flores y lo que vivió al conocer a Malva Marina, palabras que enmudecen el alma humana,  habiendo declarado en más de una ocasión que, salvo en momentos puntuales de la guerra mundial, Neruda siempre envió “plata” a su esposa y a su hija: “Pasa Vicente”. Un salón y Pablo desapareció. Enfrente, una amplia balconada, y en el fondo, un gran pedazo de enorme cielo. Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz. “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven Vicente, ven! Mira qué maravilla, Mi niña. Lo más bonito del mundo. Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. Él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué, él se irguió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño, y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un futuro celeste” (Comprendí, pero no explico, 1935).

Es verdad también, por último, que es de justicia recordar en esta tesitura a García Lorca, porque dedicó un poema a Malva Marina, Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda, rescatados en 1984, que es importante resaltar hoy más que nunca, porque refuerza la idea de que al poeta chileno nunca se le borró de su memoria la existencia de su hija:

Malva Marina, ¡quién pudiera verte / delfín de amor sobre las viejas olas, / cuando el vals de tu América destila / veneno y sangre de mortal paloma!

¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros / de la noche que ladra por las rocas / y detener al aire inmenso y triste / que lleva dalias y devuelve sombras!

El Elefante blanco está pensando / si te dará una espada o una rosa; / Java, llamas de acero y mano verde, / el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina, / no quiero darte flor ni caracola; / ramo de sal y amor, celeste lumbre, / pongo pensando en ti sobre tu boca.

Es verdad que todo lo expuesto anteriormente es objetivo y veraz. A partir de aquí se pueden sacar conclusiones en uno u otro sentido, pero mi experiencia humana me susurra al oído que, una vez más, sea prudente como serpiente y sencillo como una paloma. Lo aprendí, cuando era niño, del evangelista Mateo y por si fuera poco, el abad Joseph Antoine Toussaint Dinouart (1716-1786), siendo ya mayor, me recuerda también con su insistencia característica que “sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” (Principio 1º, necesario para callar, en El arte de callar), aunque es una situación que me pre-ocupa [así, con guion] mucho, quizás porque si callamos en determinados momentos tan complejos como los que estamos viviendo ahora, viendo pasar por nuestros ojos acusaciones muy graves contra Neruda, bordeamos los silencios cómplices que tanto daño hacen a todas las personas que necesitan luz, esperanza y alegría (entre los que me incluyo).

Entre silencios cómplices o no anda a veces el dilema de la cultura en nuestras vidas, en su preciosa responsabilidad de enseñarnos el arte de soñar despiertos la verdad de la vida. Lo aprendí de Neruda: «De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta».

(1) Peeters, Hagar, Malva, 2018. Bogotá: Rey Naranjo Editores.

(2) Neruda, Pablo, Confieso que he vivido. Memorias, 1974. Barcelona: Seix-Barral.

(3) Neruda, Pablo, Residencia en la tierra, 1987. Madrid: Cátedra.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de «»La casa de las Flores» Pablo Neruda» de Daniela Weil | Redbubble

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.