Como la telebasura perdura, debemos cuidar la televisión pública

Gustavo Bueno / Telebasura y democracia

Sevilla, 25/IX/2021

Estamos asistiendo estos días a un auténtico espectáculo televisivo en torno a la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Igualmente, veo con bastante desasosiego cómo diversas cadenas están salpicadas de programas que intentan interpretar lo que está ocurriendo, pero sobrepasando en bastantes ocasiones las barreras éticas que se deberían respetar por encima de todo. Creo sinceramente que la filosofía del todo vale en favor de ofrecer un espectáculo de la realidad de lo que está pasando, debería cuidarse en aras de respetar hasta la saciedad la intimidad de personas que atraviesan unas circunstancias verdaderamente desoladoras.

Ante esta situación, recuerdo una publicación del filósofo Gustavo Bueno, a quien he dedicado ya algunas palabras de reconocimiento explícito en este cuaderno digital, en la que hacía un análisis muy fino de la relación de la telebasura con la democracia (1) (Telebasura y democracia, 1982), aunque quizás algunos desconozcan que ya se había aproximado a la realidad de la televisión con un ensayo anterior, sobre televisión que se plasmó en un primer ensayo (Televisión: apariencia y verdad, 1980). Le llamaban de todos los platós que existían en este país en el año de la publicación y Gustavo Bueno se esforzaba por explicar la dialéctica de las tesis desarrolladas en su libro, de la mejor forma que era posible para él, un filósofo que se zambullía con la metafísica con una facilidad pasmosa, diciendo cosas tan interesantes como que “Sin basura no podríamos vivir”, algo que se constata hoy más que nunca cuando vemos el comportamiento humano con las famosas toallitas húmedas, por ejemplo, que tanto daño hacen a la naturaleza y, finalmente, a nuestros propios bolsillos por lo que se paga por el concepto genérico de “residuos y su tratamiento” que suena mejor. Más preocupante era la afirmación rotunda de que o “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, porque al final la televisión, salvo raras excepciones, transmite lo que está ocurriendo en un país y la política nunca es ajeno a ello, porque la televisión y la política nunca son inocentes. De ahí el inmenso valor que se debería dar a la televisión pública que debería ser única y exclusivamente una televisión de servicios veraces y objetivos.

Pero, ¿qué se entiende por basura? La palabra “basura”, a la que se refería el profesor Bueno, “…viene de barrer, que es una apelación que consiste en separar de unas texturas dadas lo que sobra. Ahora bien, estas texturas pueden ser adventicias, polvo o lo que sea, o segregadas por ello mismo, las heces o la descomposición del objeto”. Cuando vemos la basura en el mar de plásticos que casi forman islas flotantes de centenares de kilómetros, podemos asociarlo fácilmente con las horas que se dedican en televisión a reproducir lo peor de lo peor del ser humano en sus múltiples manifestaciones: cine, espectáculo en vivo, realities, concursos, telerrealidad, telenovelas, anuncios de apuestas y juego, entrevistas despiadadas, docuseries, etc., etc. Atendiendo a nuestra lengua española, “basura” viene del latín vulgar versūra acción de barrer, derivado del latín verrĕre “barrer” (RAE, Edición del Tricentenario).

La sinopsis del libro de Bueno era rotunda: “Partiendo de la premisa «sin basura no podríamos vivir», Gustavo Bueno analiza el concepto de telebasura teniendo presente que «la basura muchas veces está en el que ve la televisión» y no en el propio medio. Para ello, ha seguido la experiencia de Gran Hermano con la mentalidad de un antropólogo, sabiendo que se trataba de un observatorio de la realidad española. Telebasura y democracia recoge el brillante análisis de este filósofo sobre las razones del éxito de un programa que ha llegado a convocar antes sus televisores a once millones de españoles. En su nueva obra, Gustavo Bueno define la basura para después profundizar en los espacios televisivos, al tiempo que repasa la programación de la televisión española de las últimas décadas con el fin de recordarnos que en una sociedad democrática la audiencia siempre debe tener la última palabra.  “La audiencia en la sociedad democrática, es la que manda y la televisión basura tiene que obedecer a esta demanda. Y no ya por razones éticas o morales, sino por razones de simple supervivencia democrática. Lope de Vega, hombre de teatro, conocía las leyes del mercado siglos antes de la televisión: «Si el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto”.

A través de cinco capítulos, Gustavo Bueno analizaba de forma exhaustiva la expresión “telebasura” en sí misma, con una intencionalidad meramente “clasificatoria” y no inculpatoria, distinguiendo entre televisión basura “fabricada” y “desvelada”, también la relación de la misma con la “intimidad”, la democracia y la realidad en España en la década de los setenta, incorporando el fenómeno de la televisión de la Transición. Salvando lo que haya que salvar hoy día, no ha perdido actualidad, porque con independencia de que el libro estuviera muy centrado en el programa Gran Hermano, por el impacto que supuso desde su estreno en 1980 en el país, la realidad que recoge sobre la “basura” como concepto que nos engulle como seres humanos y que acabamos viviendo desde hace centenares de siglos con ella, nos hace pensar que algo tenemos que hacer para aprender a convivir con ella. Porque existir a día de hoy, existe. Además, en la televisión perdura de una forma especial.

Hay programas en la actualidad, entre los que se encuentran algunos dedicados a la erupción del volcán Cumbre Vieja, que mezclan lo divino con lo humano y saltan de una realidad a otra, con unos fundidos que pasan, sin inmutarse, de la risa al llanto o espanto por las consecuencias de la erupción del volcán palmero. Creo que todo no vale y que ahora más que nunca se debería cuidar esta entrega de información a la ciudadanía. No vale cualquier opinión de tertulianos sin preparación alguna o conductores de programas que no tienen sentido del límite en sus afirmaciones, sin medida alguna en la interpretación de lo que está pasando.

Si es verdad el aserto de Gustavo Bueno expuesto anteriormente de que “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, es decir, si queremos que la telebasura desaparezca de nuestras vidas, lo primero que tenemos que hacer es cambiar como sociedad y propugnar un cambio urgente de valores. A título de ejemplo y visto lo visto, merecemos una televisión diferente, empezando por la televisión pública, cuyo Código Ético (28 de agosto de 2019) deberíamos conocer todos los ciudadanos de este país, con una misión, visión y unos valores que deberíamos conocer y defender hasta sus últimas consecuencias las personas que no queremos aceptar los principios de la telebasura, ni los que dicta la dictadura de Mercado en determinadas televisiones privadas:

Misión

RTVE responde al carácter de empresa de servicio público, por lo que debe ofrecer una información rigurosa, independiente y plural, así como un entretenimiento de calidad; fomentar el debate, la innovación y la creación; y apoyar la difusión de las artes, la ciencia y la cultura. Todo ello bajo las premisas de cohesionar y dar cauce a la participación.

Visión

Desde su función de servicio público, RTVE tiene siempre como horizonte ser el medio de comunicación de referencia en España. Para ello, acerca las identidades nacional y autonómica a todos y cada uno de los españoles. Desde una visión global, realiza el trabajo con un criterio estrictamente profesional y difunde los valores constitucionales.

Valores

RTVE defiende y promueve en su programación los valores constitucionales, especialmente los de libertad, igualdad, pluralismo y tolerancia, sobre los que se asienta la convivencia democrática. Sus valores los marca la Ley y se reflejan en su actividad.

A lo anterior hay que agregar los “principios de conducta” porque ante lo que está pasando en la realidad, “RTVE considera que la confianza de los ciudadanos, clientes, proveedores y colaboradores externos, así como del entorno social en el que desarrolla su actividad, se fundamenta en la integridad y responsabilidad en el desempeño profesional de cada uno de sus empleados. La integridad se entiende como la actuación ética, honrada y de buena fe. La responsabilidad profesional se entiende como la actuación proactiva, eficiente y enfocada a la excelencia, la calidad y la voluntad de servicio”. Excelente reflexión televisiva de carácter público.

Estoy convencido de que Gustavo Bueno, recogería sin problema alguno una reinterpretación más amable de las palabras de Lope de Vega expuestas anteriormente, porque hoy, con una televisión publica y digna, respetando los principios de conducta enumerados más arriba, podríamos afirmar que «Si el vulgo es digno, es justo hablarle y contarle cosas sobre lo que está pasando de forma digna para darle gusto”.

(1) Bueno, Gustavo, Telebasura y democracia, 1982. Barcelona: Ediciones B.

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