Las diez y ocho minutos: «carpe diem», hoy comienza todo

Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

Sevilla, 13/X/2021

Es sólo una curiosidad que encierra un mensaje. Los relojes que vemos en los anuncios europeos y japoneses, sobre todo, marcan siempre cuatro horas “comerciales”, aunque hay alguna más que explico a continuación: las diez y diez, como “la hora feliz” en el mundo de la publicidad y la posición más extendida en el mundo de la relojería, porque no interfiere marcas, calendarios ni señales adicionales en las esferas de cada reloj y en sus diferentes formatos; las diez y nueve minutos (en algunas marcas, a modo de rebeldía o signo de identidad comercial exclusivamente), las diez y ocho minutos o diez y cincuenta y ocho minutos, según sean en este último caso relojes analógicos o digitales, respectivamente, europeos o japoneses, que para mí reflejan en los dos últimos casos el mejor homenaje a la cultura de un pueblo, el japonés, por el simbolismo que encierra el número ocho (hachi / yattsu), que significa “el comienzo”, siendo para ellos en su cultura milenaria el número de la buena suerte. Y una cosa más, que diría Steve Jobs y todavía hoy sigue diciendo Tim Cook, su sucesor en la presidencia de Apple, en los actos de presentación de las novedades de Apple cada año en el mes de septiembre: los teléfonos de Apple marcaban en su primera andadura las 9:42, porque en ese instante temporal Steve Jobs anunció y presentó al mundo en 2007 el teléfono iPhone en la primera generación de su larga historia. Cuando se presentó el iPad en 2010, se adelantó un minuto esa hora, dejándola en las 9:41. Así hasta hoy en sus últimas versiones. En fechas más recientes, Apple ha asumido en sus campañas publicitarias y en las imágenes de promoción el concepto de “hora feliz”, las 10:09 en su caso, al incorporar esferas analógicas a sus icónicos Watch, presentados por primera vez el 9 de septiembre de 2014, dejando en el olvido aquel homenaje a Steve Jobs, simbólico, en los relojes, pero conservándolo en los iPhone, iPad y demás familia. Una vez más, las leyes del mercado no perdonan.

Los que hemos crecido en torno a unas películas de culto como El último tren de Gun Hill y Solo ante el peligro, recordamos con precisión de reloj suizo, la de las diez y diez exactamente, las esperas interminables de Gary Cooper y Kirk Douglas en escenas de cuenta atrás horaria de estación de tren, que nunca he olvidado. Cuando cada día vuelvo de mi corazón a mis asuntos y salgo del andén de espera vital donde siempre me acuerdo de relojes famosos, sigo buscando las razones que todos deseamos tener para escudriñar mejor el revés y el derecho de nuestras vidas, solos muchas veces ante el peligro y con el riesgo de que llegue a hora exacta el último tren de Gun Hill… o Hadleyville, que siempre llega, gracias a personas que como Matt Morgan o Will Kane saben esperar horas interminables para levantarse ante el silencio cómplice de determinadas personas (todos no somos iguales) en las diferentes situaciones de Estado que estamos atravesando, cuando ese famoso tren de la esperanza después de la pandemia sale del largo túnel que todos hemos atravesado. Salvando lo que haya que salvar, al buen entendedor con pocas palabras basta.

Pongo ahora mi despertador vital a las 10:08, cuando escribo estas líneas, sobre la página en blanco como el color de mi esfera, porque sé que el número ocho es el símbolo del comienzo de todo, en el sentido que ya he expresado en este cuaderno digital en muchas ocasiones al referirme a una película que guardo en mi filmoteca de secreto, Hoy comienza todo, dirigida por un gran maestro del cine francés, Bertrand Tavernier, sobre un guion de Dominique Sampiero, que leí completo en su día para comprender bien su hilo argumental. El cine de calidad nunca es inocente, porque es la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Cuando vemos una película contenemos la respiración, al igual que en mis años jóvenes en Madrid, cuando vi las dos citadas anteriormente, El último tren de Gun Hill y Solo ante el peligro. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia que siempre lleva su tiempo dentro, quizás a las diez y ocho minutos de una mañana especial de mi vida, la “hora feliz” de aquel día inolvidable para mi alma de secreto.

He jugado hoy con el símbolo del tiempo que se fija en los relojes, casi siempre de la misma manera, aunque la realidad es que siempre huye, tempus fugit. Cuando el actor Robin Williams subió a su cielo particular en 2014, escribí unas palabras que estoy seguro que podría compartir hoy con Tavernier hablando de su película Hoy empieza todo, porque cuando todo comienza cada día estamos dando rienda suelta a cada “carpe diem” particular, que nunca se refleja en las esferas de los relojes de nuestra vida: “[Carpe diem] Era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente: amor y poesía, cada día. Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética. Él se lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia. El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos”.

Les aseguro que hoy ha comenzado todo, también, a las 10:08 horas que marcaba mi reloj Casio, con su esfera blanca como la nieve, como mi página en blanco antes de escribir estas líneas, recordándome Tavernier las palabras del profesor Keating y la ardiente impaciencia de Matt Morgan y Will Kane, mirando todos el reloj que marcaba a cada uno la hora más importante y feliz en sus vidas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.