El otoño de Luis Cernuda abre sueños

Sevilla, 16/X/2021

Suelo refugiarme en la poesía en este equinoccio de otoño, tan equitativo entre el día y la noche. Lo vuelvo a afirmar sin ambages: para Cernuda el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, había nacido en esta estación. Recuerdo ahora que el año pasado, por estas fechas, se difundió una noticia paradójica sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres, en las tareas de limpieza que se estaban llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Si vuelvo de nuevo a encontrarme con Luis Cernuda en esta estación es para conocer mejor qué pensaba de ella y a través de ella. En Ocnos, título que encontró en Goethe, como “un personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno”, como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor”, dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Al igual que el año pasado y el otro y el otro, cuando finalizo su lectura, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico De Goethe que hace muchos años entusiasmó a Cernuda.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Saramago vuelve para animarnos a vivir a pesar de todo

Sevilla, 15/X/2021

«Hay que vivir aunque sea de cualquier modo, siempre que sea vivir»

Al igual que Terencio decía que nada que fuera humano le era ajeno, ahora me atrevo a decir que todo lo que ha escrito Saramago me entusiasma porque da sentido a mi vida y siento que me pertenece, fundamentalmente porque todos sus escritos, como la ideología que llevan dentro, no son inocentes, sintiéndome muy cerca de ellos. Hago esta reflexión con motivo de la publicación ayer y por primera vez en castellano (como acto previo del centenario de su nacimiento, que se celebrará el año próximo), de la novela iniciática del premio Nobel portugués, La viuda (1), una obra de ficción escrita con 24 años, que el autor califica como “sedimentaria”, cuya sinopsis nos abre interrogantes profundos sobre una realidad de la mujer que, pasados los años desde su concepción, no ha perdido la frescura de sus palabras: “Tras la muerte de su marido, Maria Leonor, madre de dos hijos, se siente abrumada ante las dificultades para administrar su hacienda en el Alentejo, las expectativas de la sociedad y el férreo control de su entorno. Después de unos meses sumida en una profunda depresión, decide finalmente afrontar su responsabilidad como propietaria de las tierras, pero su corazón está atormentado por un pecado secreto: a pesar del duelo, su deseo no se ha apagado. Entre cavilaciones sobre la esencia del amor, el paso del tiempo y los deslumbrantes cambios en la naturaleza, la joven viuda pasa las noches en vela, espiando los amores de sus criadas y padeciendo la soledad. Hasta que dos hombres muy distintos irrumpen en su vida y su destino se tambalea inesperadamente. Escrita en 1947, La viuda es la primera novela del autor, que vio la luz en Portugal con el título de Terra do pecado por decisión del editor. Hoy, cuando se cumple el centenario del autor, se publica por primera vez en español, respetando su título original, esta historia escrita por un joven José Saramago, que anticipa el gran escritor que todos conocemos. En ella está ya presente su personal forma de mirar el mundo y algunas de las características de sus novelas más aclamadas: la extraordinaria fuerza narrativa y un personaje femenino inolvidable”.

Esta novela, según cuenta el propio autor a título de “advertencia”, no le proporcionó derecho alguno y tuvo que aceptar que le cambiaran el nombre propuesto, La viuda, por Tierra de pecado, con el que finalmente se publicó: “el título del libro, sin atractivo comercial, sería sustituido. Tan poco acostumbrado estaba nuestro autor a tener unos cuartos de sobra en el bolsillo y tan agradecido a Manuel Rodrigues por la arriesgada aventura en la que se iba a meter que no discutió los aspectos materiales de un contrato que nunca fue más allá de un simple acuerdo verbal. En cuanto al título rechazado, consiguió susurrar que buscaría otro, pero el editor se adelantó, que ya lo tenía, que no pensase más. La novela se llamaría Terra do pecado. Aturdido por la victoria de ser publicado y por la derrota de ver cambiado el nombre de ese otro hijo, el autor bajó la cabeza y se fue de allí a anunciar a la familia y a los amigos que se le habían abierto las puertas de la literatura portuguesa. No podía adivinar que el libro acabaría su poco lustrosa vida en parihuelas. Realmente, a juzgar por lo visto, el futuro no tendría mucho que ofrecer al autor de La viuda”.

El futuro sí le ofreció un reconocimiento humano y profesional a José Saramago, simbolizado con la entrega del premio Nobel de Literatura en 1998. Muchos años después, María Leonor, la viuda, nos enseña a vivir aunque sea de cualquier modo, siempre que sea vivir dignamente. Necesitamos, ahora más que nunca, recordar esta máxima, cuando estamos saliendo, afortunadamente, de un túnel que nos dejaba, hasta hace muy poco, ciegos ante la vida.

(1) Saramago, José, La viuda, 2021. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando la meditación es un consuelo

Sevilla, 4/X/2021

Anoche se entregaron en Madrid los premios Platino del Cine y el Audiovisual Iberoamericano, en su VIII edición, recibiendo la película El olvido que seremos, dirigida por Fernando Trueba, los premios a la mejor película iberoamericana de ficción, mejor dirección (Fernando Trueba), mejor interpretación masculina (Javier Cámara), mejor guion (David Trueba) y mejor dirección de arte (Diego López). Estos premios se suman al recibido el pasado mes de marzo, el Goya a la mejor película iberoamericana, como reconocimiento al excelente trabajo del cine iberoamericano, en este caso con la fusión de Colombia y España. Con este motivo, vuelvo a publicar el artículo que publiqué en el mes de junio de 2020, Cuando guardamos el alma en un bolsillo, en plena pandemia, una reseña envuelta en palabras de Antonio Machado y Jorge Luis Borges, que siguen teniendo actualidad plena en un mundo de desencantos por la corrupción en los poderes públicos y privados, donde afloran siempre los vicios privados y las públicas virtudes que tanto daño hacen a la Humanidad. Véase como botón de muestra la noticia aparecida hoy en los medios de comunicación de países que comparten el periodismo científico, sobre los papeles de Pandora, en la que se destapan los negocios opacos de 600 españoles y 35 mandatarios internacionales y en la que aparece también la cara más triste y de desencanto social de los ciudadanos de Colombia y España, cuando el fraude tributario campa a sus anchas en paraísos fiscales, haciendo añicos el estado del bienestar y el interés general de la ciudadanía.

He leído el libro varias veces, cumpliendo un compromiso adquirido el día que escribí el artículo que sigue, lectura que recomiendo una y mil veces, con un título que es todo un símbolo para no olvidar, siendo y estando en un mundo tan conflictivo como el actual, pero que sigue posibilitando que todos podamos guardar nuestra alma en el bolsillo más querido de nuestra vida. En aquél momento no había leído el libro, aunque días después lo compré y devoré en un abrir y cerrar de ojos. También del alma. El soneto de Borges, Aquí. Hoy, lo le leído también en bastantes ocasiones de mudanzas de cuerpo y alma, porque la meditación sobre su fondo y forma es un consuelo en estos tiempos tan revueltos.

Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no “.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara.

NOTA: la imagen en la que aparece Fernando Trueba, se recuperó el 6 de junio de 2020 de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Como la telebasura perdura, debemos cuidar la televisión pública

Gustavo Bueno / Telebasura y democracia

Sevilla, 25/IX/2021

Estamos asistiendo estos días a un auténtico espectáculo televisivo en torno a la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Igualmente, veo con bastante desasosiego cómo diversas cadenas están salpicadas de programas que intentan interpretar lo que está ocurriendo, pero sobrepasando en bastantes ocasiones las barreras éticas que se deberían respetar por encima de todo. Creo sinceramente que la filosofía del todo vale en favor de ofrecer un espectáculo de la realidad de lo que está pasando, debería cuidarse en aras de respetar hasta la saciedad la intimidad de personas que atraviesan unas circunstancias verdaderamente desoladoras.

Ante esta situación, recuerdo una publicación del filósofo Gustavo Bueno, a quien he dedicado ya algunas palabras de reconocimiento explícito en este cuaderno digital, en la que hacía un análisis muy fino de la relación de la telebasura con la democracia (1) (Telebasura y democracia, 1982), aunque quizás algunos desconozcan que ya se había aproximado a la realidad de la televisión con un ensayo anterior, sobre televisión que se plasmó en un primer ensayo (Televisión: apariencia y verdad, 1980). Le llamaban de todos los platós que existían en este país en el año de la publicación y Gustavo Bueno se esforzaba por explicar la dialéctica de las tesis desarrolladas en su libro, de la mejor forma que era posible para él, un filósofo que se zambullía con la metafísica con una facilidad pasmosa, diciendo cosas tan interesantes como que “Sin basura no podríamos vivir”, algo que se constata hoy más que nunca cuando vemos el comportamiento humano con las famosas toallitas húmedas, por ejemplo, que tanto daño hacen a la naturaleza y, finalmente, a nuestros propios bolsillos por lo que se paga por el concepto genérico de “residuos y su tratamiento” que suena mejor. Más preocupante era la afirmación rotunda de que o “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, porque al final la televisión, salvo raras excepciones, transmite lo que está ocurriendo en un país y la política nunca es ajeno a ello, porque la televisión y la política nunca son inocentes. De ahí el inmenso valor que se debería dar a la televisión pública que debería ser única y exclusivamente una televisión de servicios veraces y objetivos.

Pero, ¿qué se entiende por basura? La palabra “basura”, a la que se refería el profesor Bueno, “…viene de barrer, que es una apelación que consiste en separar de unas texturas dadas lo que sobra. Ahora bien, estas texturas pueden ser adventicias, polvo o lo que sea, o segregadas por ello mismo, las heces o la descomposición del objeto”. Cuando vemos la basura en el mar de plásticos que casi forman islas flotantes de centenares de kilómetros, podemos asociarlo fácilmente con las horas que se dedican en televisión a reproducir lo peor de lo peor del ser humano en sus múltiples manifestaciones: cine, espectáculo en vivo, realities, concursos, telerrealidad, telenovelas, anuncios de apuestas y juego, entrevistas despiadadas, docuseries, etc., etc. Atendiendo a nuestra lengua española, “basura” viene del latín vulgar versūra acción de barrer, derivado del latín verrĕre “barrer” (RAE, Edición del Tricentenario).

La sinopsis del libro de Bueno era rotunda: “Partiendo de la premisa «sin basura no podríamos vivir», Gustavo Bueno analiza el concepto de telebasura teniendo presente que «la basura muchas veces está en el que ve la televisión» y no en el propio medio. Para ello, ha seguido la experiencia de Gran Hermano con la mentalidad de un antropólogo, sabiendo que se trataba de un observatorio de la realidad española. Telebasura y democracia recoge el brillante análisis de este filósofo sobre las razones del éxito de un programa que ha llegado a convocar antes sus televisores a once millones de españoles. En su nueva obra, Gustavo Bueno define la basura para después profundizar en los espacios televisivos, al tiempo que repasa la programación de la televisión española de las últimas décadas con el fin de recordarnos que en una sociedad democrática la audiencia siempre debe tener la última palabra.  “La audiencia en la sociedad democrática, es la que manda y la televisión basura tiene que obedecer a esta demanda. Y no ya por razones éticas o morales, sino por razones de simple supervivencia democrática. Lope de Vega, hombre de teatro, conocía las leyes del mercado siglos antes de la televisión: “Si el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto”.

A través de cinco capítulos, Gustavo Bueno analizaba de forma exhaustiva la expresión “telebasura” en sí misma, con una intencionalidad meramente “clasificatoria” y no inculpatoria, distinguiendo entre televisión basura “fabricada” y “desvelada”, también la relación de la misma con la “intimidad”, la democracia y la realidad en España en la década de los setenta, incorporando el fenómeno de la televisión de la Transición. Salvando lo que haya que salvar hoy día, no ha perdido actualidad, porque con independencia de que el libro estuviera muy centrado en el programa Gran Hermano, por el impacto que supuso desde su estreno en 1980 en el país, la realidad que recoge sobre la “basura” como concepto que nos engulle como seres humanos y que acabamos viviendo desde hace centenares de siglos con ella, nos hace pensar que algo tenemos que hacer para aprender a convivir con ella. Porque existir a día de hoy, existe. Además, en la televisión perdura de una forma especial.

Hay programas en la actualidad, entre los que se encuentran algunos dedicados a la erupción del volcán Cumbre Vieja, que mezclan lo divino con lo humano y saltan de una realidad a otra, con unos fundidos que pasan, sin inmutarse, de la risa al llanto o espanto por las consecuencias de la erupción del volcán palmero. Creo que todo no vale y que ahora más que nunca se debería cuidar esta entrega de información a la ciudadanía. No vale cualquier opinión de tertulianos sin preparación alguna o conductores de programas que no tienen sentido del límite en sus afirmaciones, sin medida alguna en la interpretación de lo que está pasando.

Si es verdad el aserto de Gustavo Bueno expuesto anteriormente de que “Cada pueblo tiene la televisión que se merece”, es decir, si queremos que la telebasura desaparezca de nuestras vidas, lo primero que tenemos que hacer es cambiar como sociedad y propugnar un cambio urgente de valores. A título de ejemplo y visto lo visto, merecemos una televisión diferente, empezando por la televisión pública, cuyo Código Ético (28 de agosto de 2019) deberíamos conocer todos los ciudadanos de este país, con una misión, visión y unos valores que deberíamos conocer y defender hasta sus últimas consecuencias las personas que no queremos aceptar los principios de la telebasura, ni los que dicta la dictadura de Mercado en determinadas televisiones privadas:

Misión

RTVE responde al carácter de empresa de servicio público, por lo que debe ofrecer una información rigurosa, independiente y plural, así como un entretenimiento de calidad; fomentar el debate, la innovación y la creación; y apoyar la difusión de las artes, la ciencia y la cultura. Todo ello bajo las premisas de cohesionar y dar cauce a la participación.

Visión

Desde su función de servicio público, RTVE tiene siempre como horizonte ser el medio de comunicación de referencia en España. Para ello, acerca las identidades nacional y autonómica a todos y cada uno de los españoles. Desde una visión global, realiza el trabajo con un criterio estrictamente profesional y difunde los valores constitucionales.

Valores

RTVE defiende y promueve en su programación los valores constitucionales, especialmente los de libertad, igualdad, pluralismo y tolerancia, sobre los que se asienta la convivencia democrática. Sus valores los marca la Ley y se reflejan en su actividad.

A lo anterior hay que agregar los “principios de conducta” porque ante lo que está pasando en la realidad, “RTVE considera que la confianza de los ciudadanos, clientes, proveedores y colaboradores externos, así como del entorno social en el que desarrolla su actividad, se fundamenta en la integridad y responsabilidad en el desempeño profesional de cada uno de sus empleados. La integridad se entiende como la actuación ética, honrada y de buena fe. La responsabilidad profesional se entiende como la actuación proactiva, eficiente y enfocada a la excelencia, la calidad y la voluntad de servicio”. Excelente reflexión televisiva de carácter público.

Estoy convencido de que Gustavo Bueno, recogería sin problema alguno una reinterpretación más amable de las palabras de Lope de Vega expuestas anteriormente, porque hoy, con una televisión publica y digna, respetando los principios de conducta enumerados más arriba, podríamos afirmar que “Si el vulgo es digno, es justo hablarle y contarle cosas sobre lo que está pasando de forma digna para darle gusto”.

(1) Bueno, Gustavo, Telebasura y democracia, 1982. Barcelona: Ediciones B.

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Malva Marina, un lamento siempre vivo en Pablo Neruda

Mural con los primeros versos de Neruda dedicados a La casa de las flores, en Madrid, donde nació su hija Malva Marina, en 1934

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Sevilla, 20/IX/2021

He visto en los últimos días cómo circulaban en las redes sociales comentarios sobre el supuesto abandono de Malva Marina, por parte de su padre, el poeta Pablo Neruda y la nula relación con ella en su vida y obra poética, dado que desde diversas ópticas no hay reparo alguno en descalificar de forma despiadada al premio Nobel de Literatura de 1971. Esta controversia se reavivó en 2018 con motivo de la publicación de la novela de Hagar Peeters, Malva (1), que fue traducida al español en 2017 y publicada el año siguiente por una editorial colombiana excelente, Rey Naranjo Editores.

Por los motivos expuestos anteriormente, decidí adentrarme en la verdadera historia de lo ocurrido entre Neruda y su hija, Malva Marina, sobre todo para salvar su recorrido histórico y su buen nombre, mucho más allá de averiguar la trastienda de lo que verdaderamente ocurrió que siempre será muy difícil descifrar en su texto y contexto histórico. Por esta razón de la razón y del corazón, he escrito las páginas que siguen, porque Neruda merece mi respeto integral e íntegro, fundamentalmente porque la condición humana me ha enseñado a lo largo de la historia que no soy nadie para calificar superficialmente o de oídas los actos de los otros, sino que sólo debo examinarlos y quedarme con lo bueno. La trastienda de la miseria humana no me interesa y siempre dejo para la historia el análisis de determinadas actitudes que no deben trascender más allá del terreno de la intimidad y de la privacidad del alma humana.

A partir de aquí, todos los puntos y aparte de este artículo van a permitir reiniciar la siguiente frase con las mismas palabras, a modo de estribillo: Es verdad que… Así hasta el final, para que una vez leído todo, podamos asegurarnos de que al buen entendedor con palabras basta, sobre todo si son objetivas y basadas en datos y hechos constatables.

Es verdad que en sus Memorias, Confieso que he vivido (2), incompletas porque no pudo finalizarlas por su fallecimiento en 1973, Neruda comenta que su soledad se “redobló” en Batavia (Java), en su destino consular y que eso le llevó a pensar en casarse, ofreciendo detalles de la que sería su primera esposa, María Antonieta Agenaar [sic, sin “h” en el apellido], “una criolla, vale decir holandesa con unas gotas de sangre malaya, que me gustaba mucho. Era una mujer alta y suave, extraña totalmente al mundo de las artes y las letras”. Sería unos años después la madre de su hija Malva Marina. Quizás sean las palabras de presentación de estas memorias íntimas las que nos ofrezcan las claves de sus aparentes “olvidos”, como se ha dicho tantas veces sobre la ausencia en su obra de referencia alguna a su hija Malva Marina: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido. Las memorias del memorialista no son las memorias del poeta. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Este nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros. De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

Es verdad que en la biografía oficial de Neruda (Fundación Neruda) he recogido los datos siguientes de la relación de Neruda con su primera esposa y madre de Malva Marina, María Antonieta Hagenaar [Maruca, como la llamaba familiarmente Neruda], iluminando el contexto de su relación de pareja:

1930

  • 5 de mayo: es nombrado cónsul de elección en Singapur y Batavia, Java.
  • Junio: viaja a Singapur, y luego a Batavia donde asume sus nuevas funciones.
  • 6 de diciembre: se casa con María Antonieta Hagenaar Vogelzang.

1932

  • A comienzos de febrero y después de un viaje por mar de dos meses, arriba a Chile en compañía de su mujer.

1934

  • 5 de mayo: sale hacia España, acompañado de su mujer que espera un hijo. A fines de mayo asume el cargo consular en Barcelona.
  • 1 de junio: viaja a Madrid donde se reencuentra con Federico García Lorca y otros poetas de la generación del 27, entre los que hará grandes amistades, especialmente con Rafael Alberti y Miguel Hernández. Realiza frecuentes viajes entre Barcelona y Madrid.
  • 18 de agosto: en Madrid nace su hija Malva Marina Trinidad después de largas complicaciones en el parto. La niña padece de hidrocefalia. Conoce a Delia del Carril, quien más tarde se convertirá en su segunda esposa. A comienzos de diciembre fija su residencia en Madrid.
  • 6 de diciembre: es presentado por Federico García Lorca en la Universidad de Madrid, donde da un recital y una conferencia.
  • 19 de diciembre: es nombrado cónsul agregado a la embajada de Chile en Madrid, cargo paralelo al de sus labores consulares en Barcelona.

1936

  • Diciembre: viaja a Marsella con su esposa, María Antonieta Hagenaar y su hija, Malva Marina. Más tarde, ambas se irán a Montecarlo; después, ya en 1937, se trasladarán a Holanda. El gobierno chileno, aduciendo falta de garantías para el funcionamiento del Consulado en Madrid, opta por cerrarlo. Neruda no es destinado a ningún otro cargo. Su apoyo a la causa republicana había provocado diversas críticas y acusaciones en su contra, entre otros, del embajador Aurelio Núñez Morgado.

1939

  • Noviembre: viaja a Holanda para visitar a Maruca Hagenaar y a su hija Malva Marina.
  • Comienzos de diciembre: se embarca junto a Delia del Carril, de regreso a Chile.

1942

  • 3 de mayo: en el Periódico Oficial de Cuernavaca se publica el edicto de divorcio de Neruda de María Antonieta Hagenaar.

1943

  • 2 de marzo: en Holanda, nación ocupada por los alemanes, muere su hija Malva Marina “sin sufrimiento”, como dice el cable en el que se comunica la noticia desde Suiza.
  • 2 de julio: contrae matrimonio con Delia del Carril, en la ciudad de Tetecala, estado de Morelos. Posteriormente este enlace será declarado ilegal por los tribunales chilenos.

Es verdad que en la obra Residencia en la tierra (3), revisada por última vez durante su estancia en Madrid, Neruda publica unos poemas que se relacionan perfectamente con el entorno del nacimiento de su hija Malva Marina en Madrid, en 1934, en los que estuvo muy cerca de los poetas Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, destacando la cita expresa de Malva Marina en la Oda a Federico García Lorca, como se recoge a continuación. He respetado el orden cronológico de la publicación de los cuatro poemas siguientes, en los que los tres primeros tienen una solución de continuidad asociados a la enfermedad de su hija y el dolor que sufrían en esos momentos.

Maternidad

¿Por qué te precipitas hacia la maternidad y verificas
tu ácido oscuro con gramos a menudo fatales?
¡El porvenir de las rosas ha llegado! ¡El tiempo
de la red y el relámpago! ¡Las suaves peticiones
de las hojas perdidamente alimentadas!
Un río roto en desmesura
recorre habitaciones y canastos
infundiendo pasiones y desgracias
con su pesado líquido y su golpe de gotas.

Se trata de una súbita estación
que puebla ciertos huesos, ciertas manos,
ciertos trajes marinos.

Y ya que su destello hace variar las rosas
dándoles pan y piedras y rocío,
oh madre oscura, ven,
con una máscara en la mano izquierda
y con los brazos llenos de sollozos.

Por corredores donde nadie ha muerto
quiero que pases, por un mar sin peces,
sin escamas, sin náufragos,
por un hotel sin pasos,
por un túnel sin humo.

Es para ti este mundo en que no nace nadie,
en que no existen
ni la corona muerta ni la flor uterina,
es tuyo este planeta lleno de piel y piedras.

Hay sombra allí para todas las vidas.
Hay círculos de leche y edificios de sangre,
y torres de aire verde.
Hay silencio en los muros, y grandes vacas pálidas
con pezuñas de vino.

Hay sombra allí para que continúe
el diente en la mandíbula y un labio frente a otro,
y para que tu boca pueda hablar sin morirse,
y para que tu sangre no se derrumbe en vano.

Oh madre oscura, hiéreme
con diez cuchillos en el corazón,
hacia ese lado, hacia ese tiempo claro,
hacia esa primavera sin cenizas.

Hasta que rompas sus negras maderas
llama en mi corazón, hasta que un mapa
de sangre y de cabellos desbordados
manche los agujeros y la sombra,
hasta que lloren sus vidrios golpea,
hasta que se derramen sus agujas

La sangre tiene dedos y abre túneles
debajo de la tierra.

Enfermedades en mi casa

Cuando el deseo de alegría con sus dientes de rosa
escarba los azufres caídos durante muchos meses
y su red natural, sus cabellos sonando
a mis habitaciones extinguidas con ronco paso llegan,
allí la rosa de alambre maldito
golpea con arañas las paredes
y las uñas del cielo se acumulan,
de tal modo que no se puede salir, que no se puede digerir
un asunto estimable,
es tanta la niebla, la vaga niebla cagada de los pájaros,
es tanto el humo convertido en vinagre
y el agrio aire que horada las escalas:
en ese instante en que el día se cae con las plumas deshechas,
no hay sino llanto, nada más que llanto,
porque sólo sufrir, solamente sufrir,
y nada más que llanto.
El mar se ha puesto a golpear por años una pata de pájaro,
y la sal golpea y la espuma devora,
las raíces de un árbol sujetan una mano de niña,
más grande que una mano del cielo,
y todo el año trabajan, cada día de luna
sube sangre de niña hacia las hojas manchadas por la luna,
y hay un planeta de terribles dientes
envenenando el agua en que caen los niños,
cuando es de noche, y no hay sino la muerte,
solamente la muerte, y nada más que el llanto.

Como un grano de trigo en el silencio, pero
a quién pedir piedad por un grano de trigo?
Ved cómo están las cosas: tantos trenes,
tantos hospitales con rodillas quebradas,
tantas tiendas con gentes moribundas:
entonces, cómo?, cuándo?,
a quién pedir por unos ojos del color de un mes frío,
y por un corazón del tamaño del trigo que vacila?
No hay sino ruedas y consideraciones,
alimentos progresivamente distribuidos,
líneas de estrellas, copas
en donde nada cae, sino sólo la noche,
nada más que la muerte.

Hay que sostener los pasos rotos.
Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde
una cosa quemada con llamas de humedad,
una cosa entre trapos tristes como la lluvia,
algo que arde y solloza,
un síntoma, un silencio.
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías que el destino corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.

Ayudadme, hojas que mi corazón ha adorado en silencio,
ásperas travesías, inviernos del sur, cabelleras
de mujeres mojadas en mi sudor terrestre,
luna del sur del cielo deshojado,
venid a mí con un día sin dolor,
con un minuto en que pueda reconocer mis venas
.

Estoy cansado de una gota,
estoy herido en solamente un pétalo,
y por un agujero de alfiler sube un río de sangre sin consuelo,
y me ahogo en las aguas del rocío que se pudre en la sombra,
y por una sonrisa que no crece, por una boca dulce,
por unos dedos que el rosal quisiera
escribo este poema que sólo es un lamento,
solamente un lamento
.

Oda con un lamento

Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas,
oh presidio de peces y rosales,
tu alma es una botella llena de sal sedienta
y una campana llena de uvas es tu piel.
«una botella echando espanto a borbotones» («Barcarola»)
.

Por desgracia no tengo para darte sino uñas
o pestañas, o pianos derretidos,
o sueños que salen de mi corazón a borbotones,
polvorientos sueños que corren como jinetes negros,
sueños llenos de velocidades y desgracias
.

Sólo puedo quererte con besos y amapolas,
con guirnaldas mojadas por la lluvia,
mirando cenicientos caballos y perros amarillos.
Sólo puedo quererte con olas a la espalda,
entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas,
nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos
con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso,
nadando a través de corazones sumergidos
y pálidas planillas de niños insepultos
.

Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios
en mis desamparadas pasiones y desolados besos,
hay el agua que cae en mi cabeza,
mientras crece mi pelo,
un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada,
con una voz nocturna, con un grito
de pájaro en la lluvia, con una interminable
sombra de ala mojada que protege mis huesos:
mientras me visto, mientras
interminablemente me miro en los espejos y en los vidrios,
oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos
con una triste voz podrida por el tiempo
.

Tú estás de pie sobre la tierra, llena
de dientes y relámpagos.
Tú propagas los besos y matas las hormigas.
Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja,
de abecedario ardiendo.
Tú eres como una espada azul y verde
y ondulas al tocarte, como un río.

Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangrentadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.

Oda a Federico García Lorca

Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.

Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre,
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.

Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando ríes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me moriría por lo dulce que eres,
me moriría por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un cordel caído y un dios ensangrentado,
me moriría por los cementerios
que como cenicientos ríos pasan
con agua y tumbas,
de noche, entre campanas ahogadas:
ríos espesos como dormitorios
de soldados enfermos, que de súbito crecen
hacia la muerte en ríos con números de mármol
y coronas podridas, y aceites funerales:
me moriría por verte de noche
mirar pasar las cruces anegadas,
de pie llorando,
porque ante el río de la muerte lloras
abandonadamente, heridamente,
lloras llorando, con los ojos llenos
de lágrimas, de lágrimas, de lágrimas
.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,
acumular olvido y sombra y humo
sobre ferrocarriles y vapores,
con un embudo negro,
mordiendo las cenizas,
lo haría por el árbol en que creces,
por los nidos de aguas doradas que reúnes,
y por la enredadera que te cubre los huesos
comunicándote el secreto de la noche.

Ciudades con olor a cebolla mojada
esperan que tú pases cantando roncamente,
y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
además caracoles y semanas,
mástiles enrollados y cerezas
definitivamente circulan cuando asoman
tu pálida cabeza de quince ojos
y tu boca de sangre sumergida.

Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
y, sollozando, derribar relojes,
sería para ver cuándo a tu casa
llega el verano con los labios rotos,
llegan muchas personas de traje agonizante,
llegan regiones de triste esplendor,
llegan arados muertos y amapolas,
llegan enterradores y jinetes,
llegan planetas y mapas con sangre,
llegan buzos cubiertos de ceniza,
llegan enmascarados arrastrando doncellas
atravesadas por grandes cuchillos,
llegan raíces, venas, hospitales,
manantiales, hormigas,
llega la noche con la cama en donde
muere entre las arañas un húsar solitario,
llega una rosa de odio y alfileres,
llega una embarcación amarillenta,
llega un día de viento con un niño,
llego yo con Oliverio, Norah,
Vicente Aleixandre, Delia,
Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
la Rubia, Rafael, Ugarte,
Cotapos, Rafael Alberti,
Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
Molinari,
Rosales, Concha Méndez,
y otros que se me olvidan
.

Ven a que te corone, joven de la salud
y de la mariposa, joven puro
como un negro relámpago perpetuamente libre,
y conversando entre nosotros,
ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
¿para qué sirven los versos si no es para el rocío?

¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche
en que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
para ese crepúsculo, para ese rincón roto
donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

Sobre todo de noche,
de noche hay muchas estrellas,
todas dentro de un río,
como una cinta junto a las ventanas
de las casas llenas de pobres gentes.

Alguien se les ha muerto, tal vez
han perdido sus colocaciones en las oficinas,
en los hospitales, en los ascensores,
en las minas,
sufren los seres tercamente heridos
y, hay propósito y llanto en todas partes:
mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
hay mucho llanto en las ventanas,
los umbrales están gastados por el llanto,
las alcobas están mojadas por el llanto
que llega en forma de ola a morder las alfombras
.

Federico,
tú ves el mundo, las calles,
el vinagre,
las despedidas en las estaciones
cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
hacia donde no hay nada sino algunas
separaciones, piedras, vías férreas
.

Hay tantas gentes haciendo preguntas
por todas partes.
Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
desanimado,
y el miserable, el árbol de las uñas,
el bandolero con la envidia a cuestas
.

Así es la vida, Federico, aquí tienes
las cosas que te puede ofrecer mi amistad
de melancólico varón varonil.
Ya sabes por ti mismo muchas cosas,
y otras irás sabiendo lentamente
.

Es verdad que la autora de Malva ha querido poner voz a Malva Marina en un esfuerzo por aclarar de una vez por todas lo que pasó durante su corta vida, ocho años nada más. Lo que ocurre es que desde la letra de la contraportada ya se habla del rechazo de Malva por parte de su padre. Es lo que utiliza la autora como hilo conductor de su obra, “descubrir cómo su padre, que defendió a los rechazados y a los olvidados, pudo rechazarla y olvidarla a ella”. De esta forma, se parte de una convicción que empaña el contenido de la obra, con pasajes bellísimos y con contrastes de una dureza extrema, transidos de dolor por la propia experiencia personal de la autora y la relación con su padre. La sinopsis oficial del libro refuerza ,lo expuesto anteriormente: “Malva, la hija que Pablo Neruda abandonó porque la hidrocefalia congénita que ella padecía era un obstáculo para que él desarrollara su poesía y sus ideas políticas, le narra a Hagar Peeters —desde el más allá— cómo la enfermedad le arrebató la vida y el amor de su padre, de quien aún espera ser reconocida. De esta conversación surge una novela espléndida y cargada de poesía. A lo largo del relato, intervienen grandes personajes de la literatura, de la historia, de la filosofía y de la ciencia, que generan interés en un amplio espectro de lectores”.

He leído el libro con profundo respeto a su contenido, con atención plena y anotando los asuntos que más me han interesado, porque aporta detalles importantes en su texto y contexto, por el trabajo de campo realizado a pesar de moverse en el terreno de la ficción, pero finalizada su lectura sigo pensando que nada humano me es ajeno y que no puedo descalificar sin más a Neruda cuando conozco lo que significa la complejidad de las relaciones humanas, la enfermedad de Malva Marina en aquellos años y en nuestro país, la terrible experiencia de la guerra civil y la contienda mundial que tuvo que vivir la familia Neruda, así como las dudas que permanecen en mi persona de secreto sobre lo ocurrido que hoy día no se pueden descifrar.

Es verdad que lo más controvertido en esta dura historia es lo escrito por el poeta en una carta a su amiga argentina Sara Tornú: “Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos” […] “La chica se moría, no lloraba, no dormía, había que darle comida con sonda, con cucharita, con inyecciones y pasábamos las noches enteras, el día entero, la semana, sin dormir, llamando médico, corriendo a las abominables casas de ortopedia donde venden espantosos biberones, balanzas, vasos medicinales, embudos llenos de grados y reglamentos. Tú puedes imaginar cuánto he sufrido”. Es verdad que la autora de malva se ha aferrado a la frase del “punto y coma”, pero no puedo aceptar que se asuma sin más que Neruda escribió estas palabras anteriores de la carta, refiriéndose a su hija, con desprecio, sino con lenguaje figurativo tan presente en toda su obra.  Cómo presentó Pablo Neruda a su hija, a Vicente Aleixandre, es la mejor prueba del cariño ciego que sentía por ella, como se puede comprobar a continuación.

Es verdad que he leído los cuatro poemas que he reunido para acompañar estas palabras y me quedo hoy con lo que escribió Vicente Aleixandre en una visita a la casa de la familia Neruda, La Casa de las Flores y lo que vivió al conocer a Malva Marina, palabras que enmudecen el alma humana,  habiendo declarado en más de una ocasión que, salvo en momentos puntuales de la guerra mundial, Neruda siempre envió “plata” a su esposa y a su hija: “Pasa Vicente”. Un salón y Pablo desapareció. Enfrente, una amplia balconada, y en el fondo, un gran pedazo de enorme cielo. Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz. “Malva Marina, ¿me oyes? ¡Ven Vicente, ven! Mira qué maravilla, Mi niña. Lo más bonito del mundo. Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. Él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué, él se irguió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese sólo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño, y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un futuro celeste” (Comprendí, pero no explico, 1935).

Es verdad también, por último, que es de justicia recordar en esta tesitura a García Lorca, porque dedicó un poema a Malva Marina, Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda, rescatados en 1984, que es importante resaltar hoy más que nunca, porque refuerza la idea de que al poeta chileno nunca se le borró de su memoria la existencia de su hija:

Malva Marina, ¡quién pudiera verte / delfín de amor sobre las viejas olas, / cuando el vals de tu América destila / veneno y sangre de mortal paloma!

¡Quién pudiera quebrar los pies oscuros / de la noche que ladra por las rocas / y detener al aire inmenso y triste / que lleva dalias y devuelve sombras!

El Elefante blanco está pensando / si te dará una espada o una rosa; / Java, llamas de acero y mano verde, / el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina, / no quiero darte flor ni caracola; / ramo de sal y amor, celeste lumbre, / pongo pensando en ti sobre tu boca.

Es verdad que todo lo expuesto anteriormente es objetivo y veraz. A partir de aquí se pueden sacar conclusiones en uno u otro sentido, pero mi experiencia humana me susurra al oído que, una vez más, sea prudente como serpiente y sencillo como una paloma. Lo aprendí, cuando era niño, del evangelista Mateo y por si fuera poco, el abad Joseph Antoine Toussaint Dinouart (1716-1786), siendo ya mayor, me recuerda también con su insistencia característica que “sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” (Principio 1º, necesario para callar, en El arte de callar), aunque es una situación que me pre-ocupa [así, con guion] mucho, quizás porque si callamos en determinados momentos tan complejos como los que estamos viviendo ahora, viendo pasar por nuestros ojos acusaciones muy graves contra Neruda, bordeamos los silencios cómplices que tanto daño hacen a todas las personas que necesitan luz, esperanza y alegría (entre los que me incluyo).

Entre silencios cómplices o no anda a veces el dilema de la cultura en nuestras vidas, en su preciosa responsabilidad de enseñarnos el arte de soñar despiertos la verdad de la vida. Lo aprendí de Neruda: “De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre —como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las viñas—las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado. Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta”.

(1) Peeters, Hagar, Malva, 2018. Bogotá: Rey Naranjo Editores.

(2) Neruda, Pablo, Confieso que he vivido. Memorias, 1974. Barcelona: Seix-Barral.

(3) Neruda, Pablo, Residencia en la tierra, 1987. Madrid: Cátedra.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de «”La casa de las Flores” Pablo Neruda» de Daniela Weil | Redbubble

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Necesito leer y escuchar a los clásicos populares

Ítalo Calvino / Stefan Zweig

Sevilla, 18/IX/2021

Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos

Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida

Septiembre es un mes “académico” por excelencia. Es la ocasión de volver a estudiar, leer y escuchar a los clásicos populares que de una forma tan extraordinaria aprendí de Stefan Zweig en su obra Encuentros con libros (1) y de Ítalo Calvino, en un clásico popular, ¿Por qué leer los clásicos? (2), a los que siempre acudo en diversas épocas del año como bálsamo de Fierabrás en tiempos modernos, difíciles y controvertidos.

Leyendo de nuevo “Encuentros con libros”, vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales que estamos viviendo a escala mundial.

Hace exactamente un año publiqué en este cuaderno digital un artículo sobre este asunto tan generador de cultura del alma, Los clásicos deberían ser populares, que vuelvo a publicar hoy sin modificar una sola palabra. Creo que sigue vigente en todas sus líneas y espero que anoten la próxima lectura de los libros indicados, porque comprobarán que leer y escuchar los clásicos nunca ha sido, es y será un placer inútil.

Fernando Argenta era hijo de Ataúlfo Argenta, un director de orquesta extraordinario de mediados del siglo pasado, que falleció el 21 de Enero de 1958, una muerte que cogió por sorpresa al discreto encanto de la burguesía de Madrid, porque no le querían dados sus antecedentes “rojos” y donde yo crecía amando la música y la soledad sonora de mis diez años. He admirado siempre a Fernando Argenta, por el trabajo encomiable que ha desarrollado a lo largo de su vida y de la forma tan didáctica que lo presentó en sociedad, para que este país saliera de su catetez musical extrema y comenzara a conocer y sentir la música clásica a través de programas memorables en radio y televisión, Clásicos populares y El conciertazo, aunque él amaba sobre todo su Radio, la Nacional de España, llegando a afirmar con cierta sorna que “A los que trabajamos en radio no nos deberían poner cara jamás”. Hizo muy populares a los músicos clásicos y gracias a él hay varias generaciones en este país que hoy día aman la música de los clásicos.

Traigo a colación esta reflexión porque frecuento mucho la lectura de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias. Clásicos a veces no populares, por supuesto. En años de juventud y madurez clásica, tengo que reconocer que tuve la suerte de encontrar una referencia literaria de un gran autor, Ítalo Calvino, del que ya no me he separado y del que sigo aprendiendo a diario. En esta ocasión y cuando nos insisten de forma machacona en que nos instalemos en la “nueva normalidad”, de la que ignoro su quintaesencia, me encuentro de nuevo con una obra suya preciosa, ¿Por qué leer los clásicos?, sobre todo sus catorce “definiciones”, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles.

Hoy he elegido tres definiciones que justifican la lectura de este libro de Calvino, concatenadas siguiendo su docto criterio, que al final son cuatro y verán por qué, en un mes de septiembre que acaba de llegar, con su efecto halo académico que nunca abandono y que en mis años jóvenes esperaba entusiasmado con una canción de Bobby Darin, Cuando llegue septiembre, que pasó la censura del Régimen sin problema alguno: Y la noche sin final será el encanto de septiembre para mí, / porque así más tiempo habrá de oscuridad, de intimidad, de estar muy solos.

Les dejo ya con Ítalo Calvino en estado puro:

1. Los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo…».

Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación » de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del siglo XIX son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas.

Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le preguntaran por Émile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo ensayo. Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo. Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

¿Les ha gustado? Recuerdo que faltan diez definiciones para completar esta guía de lectura elaborada por Calvino, que pueden leer aquí facilitada por la editorial Siruela. No les va a defraudar y comprenderán por qué hay que leer a quienes tanto han aportado a la humanidad a través de sus textos y contextos. Nuccio Ordine, en Clásicos para la vida (3), hace una introducción extraordinaria al respecto en su pequeña pero densa obra, que me conmueve en su justo sentido y de la que próximamente hablaré en este salón virtual: Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Aviso para navegantes virtuales.

(1) Zweig, Stefan, Encuentros con libros, 2020, Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

(3) Ordine, Nuccio, Clásicos para la vida, 2017. Barcelona: Acantilado-Quaderns Crema.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Merece la pena vivir, a pesar de todo

José Jiménez Lozano

Sevilla, 16/IX/2021

Nos rodean por tierra, mar y aire, noticias inquietantes para el alma humana. Suelo utilizar la escritura circular en mi cuaderno digital y buscando hoy unos datos de interés cuando me he sentado ante la hoja en blanco, ha saltado ante mis ojos un aviso para navegantes en este mar proceloso que es el mundo al revés: merece la pena vivir, a lo que añado un estrambote final: a pesar de la que está cayendo, problemas de todo tipo que como lluvia fina acaban calando hasta el último rincón de nuestra alma. El artículo que escribí en 2018, Merece la pena vivir, destacando unas reflexiones extraordinarias de José Jiménez Lozano, es actual en su fondo y forma. Lo comparto de nuevo porque necesitamos creer en el ser humano, porque según el dios de nuestros antepasados, en ese proceso de la creación de cielos, tierra, animales y aguas, vio que crear al ser humano era muy bueno, insertando un adverbio, muy, no inocente, que nos diferenciaba de lo terrenal. Pasen y lean, porque supone vislumbrar luz al final del túnel.

Estoy interesado en buscar la amabilidad como hilo conductor de mi vida. En estos días difíciles de la normalidad anormal en los después de las sucesivas olas de la pandemia, sigo empeñado en una búsqueda constante de personas, cosas y noticias amables, que me enseñen a ser cada día más afable y de que se traten determinados asuntos que tanto nos preocupan en la actualidad “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”. Amabilidad es una palabra amable, aunque suene a tautología. Esta palabra, junto a “amable” y “amablemente” formaron una tríada que se divulgó, brilló, fijó y dio esplendor en el siglo XVIII en este país a través de mi admirado Diccionario de Autoridades (1726, 256, 2 y 257,1). Cada una de ellas aportó una forma de entender determinados comportamientos de las personas que hacían más fácil vivir con los demás. Amabilidad (sustantivo femenino) se definía como “suavidad en el trato, afabilidad, dulzura y atractivo”. Amable (adjetivo), como “La Persona que por su natural dócil, suave, apacible y cariñoso se concilia la común estimación, aprecio y amor […] Y también se entiende y dice de la cosa que es digna de atención y aprecio: como la virtud, la verdad es amable”. Por último, amablemente (adverbio), “amorosamente, apaciblemente, con cariño y suavidad”.

No es cuestión de vivir en una burbuja de la amabilidad, sino de encontrar contextos amables en casi todo lo que se mueve. Lo necesitamos. Personalmente, lo necesito con ardiente impaciencia, porque el país necesita urgentemente liderazgo y convivencia amables desde la perspectiva ciudadana, para convencernos de una vez por todas de que merece la pena vivir. Recuerdo ahora que George Saunders, un escritor especializado en la búsqueda de la felicidad, pronunció un discurso en 2013, que se hizo viral a través de su publicación en el The New York Times. Tuvo tanta repercusión mundial -más de un millón de lectores-, que se publicó posteriormente en formato libro bajo el título Felicidades, por cierto (1), del que quiero destacar sobre todo y en este contexto una reflexión final para sus lectores en torno a su hilo conductor: la amabilidad, porque en la vida hay tiempo para hacer muchas cosas y él las enumera a título indicativo, no exhaustivo, pero haciéndolo siempre en la dirección correcta, es decir, en la de la amabilidad: “Y algún día, dentro de 80 años, cuando tengáis cien y yo ciento treinta y cuatro, y todos seamos tan afectuosos y amables que casi no se nos pueda aguantar, escribidme unas líneas para contarme cómo os ha ido la vida. Y confío en que me digáis que ha sido maravillosa”.

Afortunadamente, porque desde la perspectiva de un ser humano singular y corriente, como es mi caso, que hace millones de años sorprendió al dios correspondiente como una creación “muy” buena, estoy convencido en este aquí y ahora de que merece la pena vivir. Amablemente, por cierto.

Merece la pena vivir

En los momentos de turbación nacional que estamos viviendo, he leído con atención reverencial una entrevista a José Jiménez Lozano, larga, profunda, emocionante y esclarecedora, con un título que comparto en su más profundo sentido: “José Jiménez Lozano: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»”. Me ha llamado la atención porque hace referencia a un texto del Génesis muy esclarecedor para comprender qué ha significado en la historia de la humanidad la creación del ser humano, un relato que ha pasado de padres a hijos durante miles de años.

Jiménez Lozano iguala a personas, pájaros y cosas, que están “excelentemente bien”, pero creo que cuando se conoce la lengua hebrea en profundidad, hay un matiz diferenciador, un adverbio no inocente que da una transcendencia especial al ser humano frente a cielos, tierra, fuego, pájaros y cosas cercanas a la humanidad, que siempre son útiles. Veamos por qué. En el Génesis, el Primer Libro, en su capítulo I, versículo 31, corroborado con la musicalidad del texto hebreo en su escritura primigenia, el relato de la creación dejaba muy claro que lo mejor que había ocurrido en aquellos días mágicos fue la creación del ser humano, porque a diferencia de los cielos, la tierra y el agua, que sólo eran buenos, en la del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había hecho. Un adverbio, meod, que en hebreo significa “muy” dejó claro para siempre que la existencia de los seres humanos justificaba por sí misma la creación del mundo, el evolucionismo o el punto alfa y omega de la vida. Son sólo creencias de siete días especiales, singulares, en los que había ocurrido algo muy bueno para la existencia humana, para cada uno (con su cadaunada).

Merece la pena vivir porque lo mejor que le ha ocurrido al mundo es contar con la presencia del ser humano, a pesar de todo lo que ocurre en el mundo actual por la intervención de la mano humana y su inteligencia. Decía Jesús Ruiz Mantilla en 2014, que el fotógrafo Sebastião Salgado, autor del proyecto Génesis, había salido a buscar en 2005 el paraíso terrenal y fotografiarlo durante ocho años: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Es una delicia leer la entrevista completa a José Jiménez Lozano. He comprendido bien por qué es muy buena su existencia, porque me ha entregado con sus sabias palabras serias razones para seguir viviendo. Se la recomiendo.

(1) Saunders, George, Felicidades, por cierto, 2020. Barcelona: Planeta / Seix Barral.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sergio Ramírez, imprescindible, no es un escritor de conveniencia

Sevilla, 15/IX/2021

Desde este blog quiero poner mi granito de arena en defensa del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, adelantándome un día, con estas palabras de desagravio ante la presión del máximo dirigente de su país, sobre la fecha de publicación en España de su última novela, Tongolele no sabía bailar, la tercera entrega de la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, que así se llama y apellida el protagonista de esta serie, cuyo autor, según el presidente Daniel Ortega y sus secuaces, es uno de los causantes de todos los males de su querida tierra natal, hasta tal punto de que ha sido señalado y reclamado por la fiscalía de su país por “conspiración e incitación al odio”, dictándose una orden de detención contra él. Dolores Morales inquieta al presidente actual de Nicaragua, un nombre controvertido en su esencia: “En Nicaragua es muy común que los niños sean bautizados con nombres de Vírgenes. Les ponen bajo la protección de la Virgen de Dolores, de la Virgen de Mercedes, de la Virgen del Pilar… Así que, llamarse Dolores Morales no es una invención, sino que en Nicaragua hay varios Dolores Morales que yo conozco” (1). Tongolele, es un personaje esencial en esta novela: “Se trata de Anastasio Prado, uno de los personajes estelares de la novela al que llaman “Tongolele”. Muy a su pesar. Un personaje dramático que “actúa como pieza dentro de un poder” y que se va volviendo un personaje trágico. “Es un hombre que tiene convicciones, erróneas obviamente, pero él cree que está defendiendo una revolución que para el inspector Morales ya no existe”. Esta obra tan controvertida para los máximos dirigentes de su país, es “un retrato literario de esa tragedia que se vive en Nicaragua desde hace años y, ante la cual, Sergio Ramírez asegura que “no podía permanecer callado”, aunque fuera más que consciente de las consecuencias que podría tener su publicación: “La verdad que, cuando uno se decide a escribir una obra literaria que implica riesgos o que sabe que va a molestar a alguien, sobre todo al poder político, lo peor es la autocensura. Lo peor es decir “no voy a escribir esta novela porque me va a traer problemas y mejor este tema no lo toco”. Así uno se vuelve un escritor de conveniencia, que es lo peor que le puede ocurrir a alguien que se dedica a escribir novelas o relatos”.

La sinopsis oficial del libro no deja lugar a duda alguna sobre esta obra no inocente: “Estamos en pleno siglo XXI, en una Nicaragua en la que se están viviendo unas revueltas populares que son reprimidas brutalmente por el gobierno, apoyado en el siniestro brazo ejecutor del jefe de los servicios secretos. El inspector Dolores Morales debe enfrentarse en la distancia con ese ser terrible apodado Tongolele, responsable último de su exilio en Honduras, que mueve con frialdad y cinismo, en parte gracias a los consejos adivinatorios de su madre, muchos hilos de la desquiciada política del país. La magistral prosa de Sergio Ramírez va desvelando poco a poco un entramado turbio, lleno de secretismos, traiciones y oscuras maniobras al que tendrá que enfrentarse el inspector Morales, respaldado por el inefable Lord Dixon, doña Sofía Smith y el resto de sus socios. Porque, en esa Nicaragua siempre turbulenta, cualquier paso puede darse en falso y provocar el derrumbe definitivo de aquel que decida enfrentarse de algún modo, por ridículo que sea, al poder establecido”.

Basta leer las primeras líneas del libro a modo de dedicatoria, que reproduzco a continuación, para comprender su profundo mensaje: “Esta obra de ficción toma en cuenta los hechos sucedidos a partir de abril del 2018 en Nicaragua, cuando una serie de manifestaciones populares desató una brutal represión estatal. Mi tributo a los centenares de jóvenes caídos, y a sus familiares que siguen clamando justicia”.

Recuerdo como si fuese ayer la noche de julio de 1979, llegando a un hotel de Moguer, en la que escuché en la radio la noticia que saltó al mundo sobre el derrocamiento del presidente Anastasio Somoza Debayle, depuesto por la revolución triunfante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), a la que inmediatamente se le pusieron nombres propios como Daniel Ortega, Sergio Ramírez o Ernesto Cardenal. ¡Cómo siento en mi persona de secreto lo ocurrido con Daniel Ortega!, al que admiré durante un tiempo hasta que llegaron años de su traición a la revolucionaria y necesaria causa sandinista cuando llegó al poder. Los otros dos nombres siempre fueron referentes, sobre todo el de Ernesto Cardenal, al que dediqué unas palabras en este blog con motivo de su fallecimiento y al que en un momento de mi vida muy especial, concretamente en 1978, escribí una carta para acompañarle en Solentiname en su admirable vida de entrega a los nadies. La admiración personal se debía a su discurso permanente de no violencia para alcanzar objetivos que hicieran la vida más amable a las personas que vivían con él en Solentiname, en los años setenta, aunque al final fuera necesaria una acción de fuerza del Frente Sandinista para derrocar a Somoza y formar parte del primer gobierno revolucionario nicaragüense como ministro de cultura.

Sobre Sergio Ramírez, guardo en mi persona de secreto las palabras que le dediqué en este cuaderno digital, con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro de 2018, por una imagen que representaba esa efeméride con un mensaje alentador, ahora más que nunca en su persona de secreto: La lectura es mi soledad acompañada, “según Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2018”. Es verdad, porque leer un libro suele ser una opción personal e intransferible. Entre soledades y pájaros andaba el juego ese año en el cartel que decía algo precioso: los libros son como los pájaros, situaciones y seres animados que me conmueven en el acto de leer, defendiendo ahora la integridad ética de Sergio Ramírez a través de su trayectoria personal, guerrillera y como escritor, cuarenta y dos años después de haber conocido que unos jóvenes revolucionarios, entre los que se encontraba él, entregaban su vida para hacer más felices a sus compatriotas de Nicaragua que tanto esperaron de ellos. Sergio y Ernesto no los defraudaron, Daniel Ortega sí, y todavía hoy siguen luchando por ellos, a pesar de todo. Ernesto Cardenal, desde su cielo particular, hablará a su dios de su amigo Sergio, una persona digna representante de la dignidad humana a través de la palabra. No publica nada inocente, ni por pura conveniencia.

(1) ‘Tongolele no sabía bailar’, la nueva novela de Sergio Ramírez (rtve.es)

NOTA: la imagen de Sergio Ramírez en la fotocomposición personal de cabecera, se ha recuperado hoy de https://www.deia.eus/actualidad/mundo/2021/09/14/sergio-ramirez-volvera-nicaragua-seria/1150673.html.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Antonio Muñoz Molina, desde mi ventana discreta

Antonio Muñoz Molina / Volver a dónde / RTVE

Sevilla, 14/IX/2021

El confinamiento ha sido un tiempo de reflexión y encuentro con nuestra persona de secreto. Así lo ha vivido el escritor Antonio Muñoz Molina y así nos lo cuenta en su última publicación, Volver a dónde. Le aprecio, respeto y sigo de cerca desde hace ya muchos años, recordando también en mi tiempo profesional, en el ámbito público, el retrato que hacía de los funcionarios en su novela En ausencia de Blanca y que nunca he olvidado, porque a Blanca, la protagonista de esa obra no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Nunca lo fui.

Desde mi ventana discreta, que también me sirvió como horizonte al que podía mirar a través de la escritura de artículos en este blog durante el confinamiento, que luego materialicé en una publicación, La ventana discreta, observo ahora la publicación de Antonio Muños Molina, leo las entrevistas de presentación y me acerco a su lectura porque admiro la recurrencia en su vida y obra a sus ancestros ubetenses, un lugar mágico que visité en 2019, siguiendo una recomendación virtual de Antonio Muñoz Molina que me llenó de sentimientos encontrados con la vida y sus circunstancias. Él ha manifestado recientemente en una entrevista en el diario El País que “Hay que tener mucho cuidado con lamentar la pérdida de virtudes que existieron en el pasado”, como si el mito del eterno retorno, que aprendí en mis años jóvenes de Mircea Eliade, hubiera vuelto para quedarse con motivo de la pandemia, en un desafío metafísico con la nueva normalidad: “Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle” justo cuando acaba de abolirse el estado de alarma es la primera línea de Volver a dónde (Seix Barral), el libro con el que Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 65 años) desmenuza la realidad pandémica de nuestro tiempo y la suya propia, hecha de recuerdos de un niño de familia campesina. Entrelaza presente y pasado a través de una narración que comienza bucólica y termina siendo bellísima, brillante e implacable”. También advierte en otra entrevista que hay que tener cuidado con la nostalgia y con el embellecimiento del pasado, porque las personas que rondamos su edad sabemos que lo ocurrido en este país ha sido una lección de historia nada propicia para recrearse en aquellos tiempos difíciles.

La sinopsis oficial del libro nos abre una ventana discreta a su interior: “Madrid, junio de 2020. Tras un encierro de tres meses, el narrador asiste desde su balcón al despertar de la ciudad a la llamada nueva normalidad, mientras revive los recuerdos de su infancia en una cultura campesina cuyos últimos supervivientes ahora están muriendo. A la dolorosa constatación de que con él desaparecerá la memoria familiar, se le suma la certeza de que en este nuevo mundo nacido de una crisis global sin precedentes aún prevalecen unas prácticas dañinas que podríamos haber dejado atrás. Volver a dónde es un libro de una belleza sobrecogedora que reflexiona sobre el paso del tiempo, sobre cómo construimos nuestros recuerdos y cómo éstos, a su vez, nos mantienen en pie en momentos en que la realidad queda en suspenso; un testimonio imprescindible para entender un tiempo extraordinario y la responsabilidad que adquirimos con las nuevas generaciones. Certero observador de la actualidad, Antonio Muñoz Molina ofrece en estas páginas, a modo de una suerte de Diario del año de la peste de Daniel Defoe contemporáneo, un lúcido análisis de la España actual a la vez que refleja la transformación irreversible de nuestro país durante el último siglo”.

Abro el libro y leo algo más que las once primera palabras citadas anteriormente, en el punto y seguida de la fecha elegida para comenzar a narrar sus sentimientos personales y autobiográficos: Junio 2020. Aparece inmediatamente después una reflexión que me anima a seguir leyendo sin límite de tiempo ni espacio, porque comprendo perfectamente que el estado de alarma que acababa de ser abolido seguía en nuestro espíritu: “El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarilla”.

Tengo a mano mi libro La ventana discreta, que abro por su prologo en el que leo en sus palabras finales: “En esta recta final, que se alargaba mucho más tiempo del previsto inicialmente por la prisa existencial que nos entró a todos para salir del túnel, había que escribir, en la medida de lo posible y sin faltar nunca al principio de realidad que todos teníamos que asumir, sobre la reconstrucción del país y con una mirada más ambiciosa todavía, sobre la reconstrucción del mundo, porque todo lo humano nos pertenece, con independencia de dónde vivamos: “Necesitamos pensar ya en la Reconstrucción del Mundo para poder reconstruir España. Así de claro y contundente. Es difícil salir de este túnel amargo de la COVID-19 sin una visión estratégica de alcance planetario que siente las bases para establecer un nuevo orden mundial político y económico para salvaguardar la salud pública, económica y democrática del planeta Tierra. Las soluciones que hasta ahora cohesionaban el mundo declarándolo una aldea común ya no valen y los ordenadores portátiles de los hombres de negro han comenzado a cerrarse masivamente sin capacidad de reinicio alguno. Eso sí, habiendo salvado previamente la totalidad del dinero invertido, dejando a millones de ciudadanos y Estados a su “mala” suerte. En este contexto, he recordado como tarea preparatoria un cuento precioso de Jorge Luis Borges, El Congreso, que ya he comentado una vez en este cuaderno digital, porque traduce una realidad existencial del devenir del mundo en el que todos estamos ahora obligatoriamente obligados a comprenderlo para entendernos mejor. Leerlo es casi una obligación de Estado”.

Vuelvo al libro de Antonio Muñoz Molina y tomo conciencia de que la pregunta que plantea en el título sigue hoy sin respuesta: volvemos, sí, pero a dónde, porque el mundo ya no es lo que era o lo que debería ser. Esa es la cuestión. Recuerdo ahora a Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, en el Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en “La Isla Desconocida”-, porque quiero cumplir una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”, las que ahora estamos sufriendo al prepararnos para el futuro próximo que ya sabemos que no será lo que antes era, para volver a ser o tener lo que quizá nunca hemos sido o tenido antes. Es lo que me permite comprender ahora que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para asimilar lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas, fracasos humanos y sociales en torno a esta pandemia.

Lo que deseo ahora, de nuevo, siguiendo los consejos de Pablo Neruda, es agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad e incertidumbre para encarar el futuro: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería” (El Sol). Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, en el aquí de este momento y en el ahora de este orden nuevo mundial y doméstico, en el que el mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, en palabras premonitorias de las primeras líneas del último libro de Antonio Muñoz Molina, Volver a dónde, escritas por lo que vio y sintió el año pasado, durante el confinamiento, desde su ventana discreta.

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El mundo no está al revés por culpa de una manzana

René Magritte, La chambre d´ecoute, 1958

Sevilla, 9/IX/2021

El Museo Thyssen-Bornemisza inaugura la semana próxima una exposición temporal bajo el título La máquina Magritte, dedicada a este pintor surrealista y al que profeso una profunda admiración, tal y como se puede comprobar en las páginas de este cuaderno digital, en bastantes referencias pictóricas por su contenido y mensajes tan atractivos. Es la “primera retrospectiva de René Magritte (1898-1967) que se celebra en Madrid desde la que le dedicó la Fundación Juan March en 1989. El título La máquina Magritte destaca el componente repetitivo y combinatorio en la obra del gran pintor surrealista, cuyos temas obsesivos vuelven una y otra vez con innumerables variaciones. La muestra se divide en las siguientes secciones: (1) Los poderes del mago (2) Imagen y palabra (3) Figura y fondo (4) Cuadro y ventana (5) Rostro y máscara (6) Mimetismo y (7) Megalomanía. Comisariada por Guillermo Solana, director artístico del museo, la muestra reúne más de 90 pinturas. La exposición se completa con una instalación en la sala balcón mirador, en la primera planta del museo, de una selección de fotografías y películas domésticas realizadas por el pintor, por cortesía de Ludion Publishers”.

Hoy, en un mundo real  que no es el mundo que nos enseñaron en nuestras escuelas de antaño, donde la manzana, ese oscuro objeto de deseo de Magritte, era la única culpable de que el mundo esté así, al revés, recupero su representación simbólica y surrealista en una reflexión que me acompaña desde hace ya muchos años a través de una pintura suya, La chambre d´ecoute, 1958, un clásico de Magritte, en la que nos deja un mensaje críptico para este aquí y ahora, porque el mundo al revés que nos rodea no es el Mundo, ni es el culpable de todos nuestros males en el momento actual. Desentrañar esta reflexión junto a Magritte es el cometido principal de estas líneas. Sabíamos ya que su manzana a secas, no era una manzana y que el bien y el mal no nació por la tentación de una serpiente que estaba cerca de la fruta prohibida.

Llevo muchos años aproximándome a un dilema que nos aprisiona en vida: ¿por qué somos buenos o malos?, o mejor, ¿por qué actuamos bien o mal?, incluso con extrema violencia, o peor todavía ¿por qué cuando queremos hacer las cosas bien, salen mal, y además nos auto inculpamos o lanzamos las responsabilidades hacia los demás, sin com-pasión [sic] alguna? Los que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, lo teníamos fácil, en principio. Esas preguntas, que son terrenales para las iglesias, solo tienen una respuesta clara y contundente en la católica y la judía: la responsabilidad de actuar mal, cuando lo tuvimos todo a favor, para actuar bien, es de nuestros antepasados, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?). La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos nos ofrecieron para justificar razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta sobre si la ética cerebral es instinto o aprendizaje, dejando la manzana maligna al margen, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

El biólogo evolucionista Marc Hauser, que ha trabajado en los últimos veinticinco años sobre esta aproximación científica de la que he hablado anteriormente, sobre el que ya hice alguna presentación en un post de este cuaderno, Ética del cerebro, dice en su libro “La mente moral”, algo apasionante: “hemos desarrollado un instinto moral, una capacidad que surge de manera natural dentro de cada niño, diseñada para generar juicios inmediatos sobre lo que está moralmente bien o mal sobre la base de una gramática inconsciente de la acción. Una parte de esta maquinaria fue diseñada por la mano ciega de la selección darwiniana de años antes de que apareciera nuestra especie; otras partes se añadieron o perfeccionaron a lo largo de nuestra historia evolutiva y son exclusivas de los humanos y de nuestra psicología moral. Estas ideas se basan en lo que nos permite descubrir otro instinto: el lenguaje” (1). Creo, por tanto, que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos. Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas (José Ferrater Mora, El hombre en la encrucijada), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra, muy lejos de la manzana que, como en el agigantamiento tan característico de Magritte, ha perdurado en el tiempo como causa de todos los males, ocupando nuestra habitación interior, la del alma y la de los secretos.

Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada y la fruta prohibida, la manzana, sobre la que la Biblia nunca habla de ella, tal como se recogió en la famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva (nunca la manzana), que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios, los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella” (2). Queda claro que la manzana fue harina del costal católico, apostólico y romano, por más señas.

El cerebro contiene un instinto básico que nos lleva a actuar bien o mal con patrones construidos hace millones de años. La estructura cerebral reptiliana que todavía permanece en nuestro cerebro guarda un gran misterio de millones años que debemos descubrir. Es probable que de esta forma sufriéramos menos en el difícil día a día de nuestra existencia y comprendiéramos mejor nuestros propios actos sorprendentes y, lógicamente, los de los demás, aprendiendo qué es la com-pasión (el sufrimiento con o junto a los otros). Básicamente en términos de responsabilidad personal y social, sabiendo que “responsabilidad” es la capacidad de dar respuesta individual o colectiva, con conocimiento y libertad como sus dos elementos esenciales, a cualquier situación que se nos presenta en el acontecer diario. Bien o mal, y hasta qué grado de compromiso o consecuencia, es harina de otro costal. Quizá, de un conjunto de estructuras cerebrales en funcionamiento permanente, sin descanso, que todavía no conocemos, bajo el mando del cerebro reptiliano todavía presente en las llamadas respuestas éticas.

Vuelvo al Museo Thyssen-Bornemisza y escucho el hilo conductor de la próxima exposición para intentar comprender mejor la Máquina de Magritte o, si lo prefieren, la Máquina del Tiempo o la de la Verdad. Su manzana, es cierto, no es la manzana pecadora que conocí en mi infancia, como causante de todos los males que nos asolan en la actualidad en un mundo al revés que detesto y que procuro obviarlo a diario. Es verdad también que la manzana no es la responsable de la situación del mundo actual, porque la manzana de Magritte nunca fue una manzana. La de la Biblia, tampoco, porque nunca existió, aunque haya ocupado millones de páginas de nuestra Historia causando un dolor irreparable a millones de personas que lo fiaron todo a una fruta del paraíso.

(1) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.

(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.