A Guernica, por un vado de arena / 5. El comedor de Begoña

El mantenimiento de la paz empieza con la autosatisfacción de cada individuo
Dalai Lama

Un niño nos indicó dónde estaba el Museo de la Paz en Guernica: “junto a… (silencio) donde se reza, al final de esta calle, junto a una iglesia…”. Fueron palabras que alumbraban simbólicamente una visita anunciada en mi alma, Guernica, un lugar que me ha acompañado siempre a través del cuadro de Picasso, dondequiera que haya ido en el timbo al tambo de la vida. Volvía de nuevo a caminar por sus calles en la paz actual de Euskadi, todo un símbolo, en Gernika-Lumo, por respeto a su identidad actual.

Accedimos a la sede de la Fundación Museo de la Paz de Gernika, iniciando la visita en la exposición permanente, que gira en torno a tres preguntas: ¿Qué es la Paz?, ¿Qué ocurrió en Gernika en un momento de ausencia de paz? y ¿Qué pasa actualmente con la Paz en el mundo? Todo se podía fotografiar o grabar, sin restricción alguna. A la primera pregunta, hay un hilo conductor de la misma: una amplia gama de ideas, conceptos, pensamientos y puntos de vista sobre la paz, y especialmente una idea contemporánea en la que la paz, con el objetivo de resolver conflictos, brota por sí­ misma de manera positiva en las relaciones entre las personas. La historia de la paz no debe ser la historia de la finalización de los conflictos. Esta primera pregunta se aborda en las siguientes salas: los caminos de la paz, con contenidos expresos sobre la paz acordada, la paz interior, el Planeta azul, planeta paz, la paz de cada dí­a, cómo organizarse por un deseo: la paz y una acción de paz: una actitud personal. La segunda sala está dedicada a la paz en el siglo XXI, o lo que es lo mismo, paz de vida, paz negativa y las herramientas por la paz.

La segunda pregunta, ¿qué ocurrió en Gernika en un momento de ausencia de paz?, pretende hacer una lectura de la historia de Gernika-Lumo y la Guerra Civil española, el episodio del bombardeo y la ejemplar lección de paz que nos ofrecen los supervivientes de aquel trágico hecho reconciliándose con sus agresores, así como otras reconciliaciones y mediaciones de paz en el mundo. Se aborda en una sala especial: 26 de abril de 1937: Todos fueron Begoña, con una escenografía y audiovisual sobrecogedores, que recrea el comedor de una casa de Gernika el 26 de abril de 1937. Sentados en un banco, en penumbra, escuchamos sobrecogidos la narración de Begoña en aquel fatídico día, incluido el ruido ensordecedor de las bombas.

Continúa la visita con un espacio dedicado a La ciudad nos habla, Gernika-Lumo, una historia anterior, detallando aspectos tales como los primeros pobladores, la fundación de la villa, fueros y revueltas, el boom industrial, los tiempos modernos, la España de preguerra, Gernika en los años 30, la segunda república, la autonomí­a de Euskadi, el inicio del conflicto: la Guerra Civil española; continúa con el bombardeo de Gernika, el ataque aéreo: aspectos militares del bombardeo, la destrucción de la ciudad, la ocupación de Gernika, la vivencia del bombardeo, la difusión del bombardeo, Gernika después de la guerra: el franquismo y la represión y por último, el camino hacia la reconciliación, con la presentación de un audiovisual, In Memoriam, presentación audiovisual creativa que invita a reflexionar sobre la tragedia, la destrucción, la esperanza y la vida.

A esta altura de la experiencia de pensamiento y sentimiento por la cercanía de lo ocurrido en el comedor de Begoña, abordamos las respuestas a la tercera pregunta, ¿qué pasa actualmente con la Paz en el mundo?, con una mirada a través del Guernica de Picasso y mediante una reflexión sobre los derechos humanos como prisma para observar el actual estado de la paz en el mundo. Pasamos a las tres salas que permiten plantear unas alternativas a la sinrazón actual, a través de tres miradas: a la vida, a la libertad y a la igualdad.

La verdad es que es difícil explicar con palabras los sentimientos que afloran en esta experiencia de los sentidos. El Museo de la paz de Gernika-Lumo no nos dejó indiferentes y salimos hacia el exterior en silencio, sumidos en un respeto a una forma de abordar lo ocurrido en su memoria histórica solamente a través de un camino: el trabajo diario y solidario por la implantación de paz en el mundo, que empieza en la autosatisfacción de uno mismo.

GERNIKA GERNIKARA
El Guernica a Gernika / JA COBEÑA

Fuimos a ver el mural del Guernica de Picasso con una leyenda en su base, El Guernica a Guernica, como una forma de reivindicación popular del cuadro para que se entregue un día no lejano al lugar que lo hizo tristemente famoso. Desde allí nos dirigimos al árbol que constituye la razón de ser democrática del pueblo vasco, situado junto a la Casa de Juntas, un roble centenario que simbolizaba la costumbre de reunirse las Juntas ante él para tomar las decisiones democráticas que se recogían posteriormente en las leyes vizcaínas hasta finales del siglo XIX. Es un símbolo que perdura hasta nuestros días y curiosamente está situado en la anteiglesia de Lumo tan íntimamente unida a Guernica.

ARBOL DE GUERNICA
El árbol de Guernica / JA COBEÑA

Salimos de Guernica en silencio, con la mirada puesta en el cuadro de Picasso, guardado en nuestra memoria de secreto, que interpretamos mejor que nunca al compartir con Begoña el drama de su terrible bombardeo, el 26 de abril de 1937. Picasso nos legó una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. Hay pocos hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva, sobre todo para los más débiles, mujeres, niños y ancianos. Nos debería servir hoy para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible.

Niños y niñas de Guernica jugaban aquella tarde en sus aceras, hablando en euskera, con aires de libertad, en paz.

Sevilla, 31/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 4. Guggenheim y los hermanos marxistas

CAMAROTE HERMANOS MARXISTAS
Eduardo Arroyo, El camarote de los hermanos marxistas o Retrato del artista adolescente, 1991

Siempre me hace sonreír la escena del camarote de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera. Indescriptible la sucesión de ocurrencias de los protagonistas de la misma, con un momento especial en el que aparece una manicura para cortar las uñas con la pretensión de hacer sitio en aquel atiborrado espacio. Nada hacía presagiar que el viaje con destino a Bilbao me iba a mostrar una nueva escena del camarote, mediante una obra de Eduardo Arroyo, El camarote de los hermanos marxistas o Retrato del artista adolescente, expuesta en el Museo de Bellas Artes, perteneciente a la colección de 110 obras que forman su interesante fondo. Me pareció un reencuentro sorprendente porque siempre he admirado a la familia Marx, tal y como se puede apreciar leyendo páginas dedicadas a ellos en este cuaderno digital, sobre todo porque quise profundizar en su mensaje, estudiando la composición del cuadro.

Los hermanos marxistas están representados por hombres y mujeres que llevan impresas en sus caras, en algún caso, las letras MAX, porque la R es otra cosa que tratar. Es verdad que podemos ser algo marxistas/marxianos (con perdón) en la vida, dependiendo del humor que tengamos para abordarla a diario. Preocupante es la imagen de los trajes de las mujeres con dibujos de bombas y la de los trajes de mil rayas en varios hombres, uno de ellos trabajando mientras otros están di-virtiéndose (así, como lo diría Pascal frente al compromiso) y un hilo conductor en la composición escénica: sálvese el que pueda de sus creencias e ideología, porque de Marx ya no queda casi nada, pero es que esto ocurre a miles de personas que abarrotamos el camarote perpetuo en nuestras vidas. O algo así. Basta comparar la escena fija de la película para establecer las mejores comparaciones posibles con su texto y contexto.

camarote

También nos reencontramos con paisanos andaluces, tres para ser más concretos: Murillo (San Pedro en lágrimas), Romero de Torres (Venus de la poesía) y Vázquez Díaz (La fábrica bajo la niebla, pintado en Errentería). Sentí muy presente la cultura andaluza en esta muestra restringida a 110 obras 110, una efeméride especial que recoge una obra en representación de cada año de su historia como Museo, pero que supone una muestra interesantísima en su fondo y forma.

Salimos del Museo con otras dos imágenes grabadas en nuestra memoria de hipocampo, que ahora guardamos a buen recaudo: La aldeanita del clavel rojo, de Adolfo Guiard, llena de realismo mágico por su escuela de formación parisina y Romería Vasca, de José Arrúe, con trazos finos, elegantes, estilizados, ordenados casi con modos naíf. Son dos obras en representación de la belleza implícita de esta exposición especial.

Nos dirigimos a un claro objeto de deseo: visitar el Guggenheim Bilbao, con un saludo previo a Puppy, el guardián adoptado por los residentes en la ciudad que acoge este magno museo. Primero rodamos el edificio para admirar el conjunto arquitectónico diseñado por Frank Gehry. Los tornasoles de las planchas de titanio mostraban un colorido especial cambiante dependiendo del ángulo en que las observábamos con interés reverencial. El edificio es un conjunto apoteósico que personalmente intercambiaba con la zona fabril sobre el que está emplazado en la actualidad y que conocí hace más de cuarenta años. Accedimos al edificio en su planta baja, con una exposición de la diseñadora vanguardista Joana Vasconcelos, bajo el epígrafe Soy tu espejo, con obras grandiosas por su simbología tratada con objetos cercanos a la vida ordinaria actual: cubiertos de plástico, cacerolas, urinarios, teléfonos, piezas de coches o centenares de planchas con formas posibles. Era asombrosa la muestra dedicada a la Aspirina y al Valium, centenares de blíster intactos que formaban composiciones artísticas que hacían reflexionar sobre el ritmo de vida actual. Pero lo que fijaba nuestro interés por encima de todo era la exposición itinerante con un título de amplio espectro cultural y político, Arte y China después de 1989. El teatro del mundo, a la que dedicamos bastante tiempo porque no te dejaba indiferente en cualquiera de las ocho salas que la acogen.

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Esta exposición sobre la realidad de China en un espacio y tiempo muy concretos, desconocidos para mí en su fondo y forma, me sobrecogió desde la primera sala, porque me interesaba conocer con detalle qué ha ocurrido en China en el último cuarto del siglo pasado y su globalización como potencia económica y productiva en el mundo actual. La muestra gira sobre cuatro realidades que los diferentes artistas han abordado de forma continuada: identidad, igualdad, ideología y control. Son más de 65 artistas y grupos artísticos que han consolidado una proyección mundial de China como nueva potencia mundial. No fue inocente la dura represión estudiantil en la plaza Tiananmén, el 4 de junio de 1989, que tantas veces hemos visto en la soledad de un estudiante ante la invasión de los tanques que avanzaban sin compasión alguna para reprimir cualquier intento de liberalización. Fue especialmente doloroso que ocurriera de esta forma tan brutal porque culminaba con esta acción represiva el movimiento de una década de experimentación política, intelectual y artística realmente abierta. Pero la realidad es que aquello sirvió para que se iniciara un movimiento de apertura con ribetes de acero, consolidándose veinte años de desarrollo acelerado, relaciones internacionales y apertura a nuevas posibilidades individuales. Muchos artistas se implicaron directamente en este movimiento revolucionario y en esta exposición se ofrecen muestras patentes de ello.

La exposición se centra en seis contenidos esenciales como hilo conductor de sus prodigiosos avances: Prohibido cambiar de sentido: 1989, Nueva medición: análisis de la situación, 5 horas: capitalismo, urbanismo realismo, Placer incierto: actos de sensación, En otro lugar: viajes por el territorio intermedio y La utopía ¿de quién?: activismo y alternativas circa 2008. Una experiencia de estas seis sirve como botón de muestra de este movimiento de apertura apasionante en un mundo autoritario. Me refiero a la obra del artista Son Dong de la que solo se muestra el sello de madera con el ideograma “agua” y diversas fotografías de una de sus performances, bajo el título Poniendo sellos al agua, tomadas en el río Lhasa, en el Tíbet, en los días 18 y 19 de agosto de 1996. El artista estuvo durante una hora sentado en las heladoras aguas del río Lhasa, sellando de forma repetida la superficie de la corriente, representando el hecho simbólico del sello como garante de posesión, estatus y eternidad, aunque lo que quiso significar es que en realidad cada acto de sellado dejaba entrever una unión entre el hombre y la naturaleza. Es una expresión de la cultura zen: sustancia y vacío, permanencia y cambio. Es una reinterpretación del panta rei de Heráclito, todo fluye, nada permanece, pero con un sentido más profundo y con la idea de que artistas chinos salen al mundo para transmitir sus mensajes liberadores. En la performance original de Son Dong había un respeto ancestral del pensamiento tradicional chino según Lao Tse: “El bien supremo es el agua. El agua beneficia a diez mil cosas y, sin embargo, no compite con ellas”. Salimos despidiéndonos de las fotografías de los trabajadores de una fábrica de lámparas, uno a uno, que se retrataron como personas al lado de las máquinas, donde se leía el nombre de su producto: OSRAM, que probablemente ilumina nuestras casas europeas. Junto a ellos, sus deseos y aspiraciones como personas. Algunos artistas chinos se preocuparon de poner caras y ojos a los trabajadores anónimos de productos denostados por su calidad en muchas ocasiones por otras culturas del mundo. Todo un ejemplo para el respeto a las personas y ese era el mensaje.

6song-dong-stamping-the-water-1996

Reconocí en un momento determinado al artista y activista Ai Weiwei, del que escribí en 2017 sobre una experiencia solidaria a través del taller que había montado en Lesbos para ayudar a los migrantes, llevando a cabo una experiencia especial, personal y real, subiéndose a una lancha a la deriva, para intentar comprender qué sienten los refugiados o migrantes que realizan estos viajes hacia alguna parte. La premonición de su valentía estaba en la portada de la guía que entregan al entrar en el museo, simbolizando la ruptura con la tradición: deja caer al suelo un jarrón de la dinastía Han. Todo fluye, nada permanece.

Subimos al cielo del Gugennheim para contemplar una breve, pero muy buena, exposición de Marc Chagall, bajo el título de Los años decisivos 1911-1919. Una vez más comprendí la influencia francesa en la pintura de finales de comienzos del siglo XX. París bien vale una exposición. Una experiencia traumática al volver a su país, Rusia, en 1914, lo confinó en una zona tenebrosa personal y existencial, de la que tardó tiempo en recuperarse. Nos sorprendió una obra en concreto: Amantes en azul. Para no olvidarla. La vie en bleu.

AMANTES EN AZUL MARC CHAGALL

No se puede decir adiós, agur, al salir del museo. Uno tiene la sensación de que hay que volver a descubrir la quintaesencia del arte en sus múltiples manifestaciones. Lo haremos, porque como ocurrió con el agua sellada de Son Dong, sabemos que el alma china está mucho más cerca de la nuestra de lo que parece. Lucha todos los días por ser libre, aunque tomemos conciencia de que lo que pasó aquella mañana en el Guggenheim no volverá a repetirse nunca. Porque todo fluye, nada permanece y nadie se baña dos veces en el mismo río.

Sevilla, 30/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 3. Regreso a Donostia / San Sebastián

Efectivamente, he regresado finalmente a Donostia en un viaje de placer y no profesional. No es lo mismo. Llegué en autobús público desde Hondarribia, con una parada final en la Plaza de Guipúzcoa, el centro de la parte vieja de esta preciosa ciudad. Solo disponía de unas horas y había que administrar bien el tiempo. Me detuve en el Hotel María Cristina tantas veces visualizado por el mundo cultural que ama el cine por su extraordinario Festival anual, así como en el Teatro Victoria Eugenia. Seguí por el puente de la Zurriola hasta el Kursaal, obra de Rafael Moneo, sede también de grandes manifestaciones culturales y congresuales, dos naves arquitectónicas ancladas cerca de la playa de la Zurriola, desde donde se puede contemplar la desembocadura del Urumea en el Cantábrico. La gracia de esta ciudad preciosa radica en pasearla y saborearla en todas sus manifestaciones artísticas y humanas. Sentí una emoción especial pasear por la Avenida de la Zurriola porque en una de mis últimas estancias profesionales en San Sebastián, pude oír desde mi hotel la explosión de una bomba puesta por ETA en un cajero de esta zona. Es maravilloso constatar en directo el alto el fuego definitivo y el abandono de las armas, con calles que hacían palpable la alegre vida de la ciudad. No era así antes.

ÁRMONÍA DEL SONIDO
Maximilian Peizmann, Armonía del sonido, 2014 / JA COBEÑA

Paseamos por las calles antiguas que te llevaban como en volandas hacia la Plaza de la Constitución, con una parada obligada en la basílica de Santa María del Coro, llena de contrastes desde la visualización de una obra sorprendente alojada en sus muros, Armonía del Sonido, una obra de Maximilian Peizmann, instalada allí en 2014, antesala de lo que contemplaríamos después en sus naves barrocas. Un detalle que no me pasó desapercibido es la participación ciudadana en la construcción de esta iglesia, simbolizada por ejemplo en el escudo que figura en el retablo del altar mayor, en agradecimiento a la contribución económica para su construcción por parte de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Nos detuvimos especialmente en la obra realizada por Chillida en 1975, Elogio del silencio, en diferentes texturas de alabastro, obra que expresa cómo la Cruz es para él el encuentro con la Humanidad, el Perdón, en definitiva. Asimismo, son muy interesantes las obras contemporáneas de artistas vascos que figuran en la Basílica: Piedad, de Jorge Oteiza, que me sobrecogió; Sebastián (2007), de Gotzon Etxeberría; San Sebastián Mártir (1997), de Mikel Cristti y Refugio viviente (2014), de Javier Machinbarrena.

ELOGIO DEL SILENCIO
Eduardo Chillida, Elogio del silencio, 1975 / JA COBEÑA

Es deslumbrante la salida de la parte vieja y encontrarte con la Bahía de La Concha, tantas veces retratada a través de su barandilla blanca de hierro forjado. Contemplamos la sede del Ayuntamiento y comprendimos bien las palabras del escudo de la ciudad grabadas en su piedra caliza: Fidelidad, Nobleza y Lealtad, ganadas a pulso a través de su historia. La panorámica hacia el Peine del Viento, de Chillida, hace que la vista se llene de imágenes preciosas en un recorrido visual lento pero lleno de pensamiento y sentimiento, elevándonos al Cielo a través del Monte Igueldo.

BARANDILLA DE LA CONCHA
Barandilla de La Concha, creada por Mariano Arrieta / JA COBEÑA

Es difícil describir con detalle el encanto de esta hermosa ciudad, pero basta pasearla en silencio para llenarte de riqueza interior. La Plaza de Cervantes, con el pequeño monumento dedicado a Don Quijote y Sancho Panza, que te hace volver a la infancia con la presencia de un tiovivo encantador. El Alderdi-Eder (lugar o paraje hermoso), rodeado de tamarices (que no tamarindos), es un parque que permite la contemplación de la ciudad y sus paseantes. Desde allí nos dirigimos a la Catedral del Buen Pastor, de planta neogótica, con los setenta y cinco metros de torre que hace de guía visual de la parte vieja de la ciudad, abriéndonos el camino romántico por donde disfrutar de sus edificios afrancesados, señoriales, respondiendo a patrones del Modernismo, Art-Nouveau y con motivos decorativos preciosos. Después de un baño de santidad laica, con ambas iglesias que se miran de frente, a pesar de la distancia, regresamos a la Plaza de Guipúzcoa para cruzar su cuidado trazado con un respeto reverencial al tiempo, con su monumental reloj floral, su pequeño estanque y el centro meteorológico de corte modernista.

Volvimos a Hondarribia, siendo conscientes de que teníamos que volver algún día a Donostia para convertirnos en los niños del tiovivo, recordando la zarzuela La Bella Easo, donde se cantaba una estrofa alegórica al tamaño pequeño de los tamarices: “Aunque somos chiquititos…” o a la paciente espera en su crecimiento y cuidado: “Buena sombra daremos el siglo que viene”. Damos fe de ello.

Sevilla, 29/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 2. ¡Soy Cantábrico!

Océano de mixturas que surcaron las fragatas
Entre historias de piratas, amores y desventuras
Y en el margen de tu herida, susurrando como el viento
Se desgranó tu quebranto a golpe de despedidas

Atlántico, yo soy Atlántico

Los Sabandeños, Atlántico

Llegué al Bidasoa y a su desembocadura en el Cantábrico, el rey azul de mi juventud. Comprendí bien la traducción de Hondarribia, el vado de arena. Ver para creer. Hondarribia muestra también la belleza del hermanamiento de ríos y mares con su propio ejemplo, uniendo también países desde las dos orillas, Francia y España. Desde la Arma Plaza se contempla la belleza de este encuentro de siglos que no siempre fueron de paz sino también de guerras. Se celebraba aquella noche un acto programado por el XVIII Bidasoa Folk Festival, actuando el grupo canario Los Sabandeños. Su director y fundador, Elfidio Alonso Quintero, explicó su inmenso amor a esa tierra y su presencia allí, por lo ocurrido con el destierro a Irún de su padre al finalizar la guerra civil, que ahora simboliza en son de paz al recordar que donó su biblioteca personal al pueblo de Irún que un día, ya lejano, lo acogió con los brazos abiertos.

De su repertorio, sonó de forma especial su canción Atlántico, que al igual que Serrat convirtió Mediterráneo en un himno nacional para la banda sonora de demócratas, la han convertido ellos en himno de su tierra canaria. Sonó maravillosamente en aquella plaza con el aforo abierto a quien los quisiera escuchar. Sentí en mis oídos algo así como un sentimiento que me hizo expresar en ese momento: ¡Soy Cantábrico, Mediterráneo y Atlántico! O lo que es lo mismo, el ansia de un mar común:

Un abrazo de atlante de la Habana hasta Orchilla
Salpicada está tu orilla con anhelos de emigrantes
Y va cuajado de azul, el alisio peregrino
Que pregona en los caminos el ansia de un mar común

Pasear por Hondarribia es pasar páginas de historia desconocidas para el Sur. El sobrio Castillo de Carlos V representa en su atalaya el ámbito defensivo de aquella plaza, desde su primera construcción por Sancho Abarca de Navarra a finales del siglo X, que Carlos V convirtió en castillo y palacio. Conserva en el actual edificio destinado a Parador, una serie de tapices con bocetos de Rubens bajo el título de La vida de Aquiles, que diseñó entre 1630 y 1635, compuesta por ocho escenas de la cuales se exhiben seis: Tetis sumergiendo a Aquiles en el río Éstige, La educación de Aquiles, Aquiles descubierto, La cólera de Aquiles, La devolución de Briseida, y La muerte de Aquiles. Muy cerca y enclavada en restos de la muralla defensiva de la ciudad se encuentra la iglesia de Santa María de la Asunción y del Manzano, de estilo gótico y renacentista, donde se celebró la boda por poderes de María Teresa de Austria y Luis XIV en 1660. Se visitan también los baluartes de la Reina y de Leyva o San Nicolás. Se dice que Hondarribia tiene tres almas: la ciudad amurallada con su trazado medieval y elegantes palacios, el barrio de pescadores y una seña de identidad del progreso marítimo simbolizado en un barco varado, el Mariñel, como última representación de barcos de madera, y su entorno rural en torno al monte Jaizquíbel. He estado muy cerca de ellas, procurando descubrirlas en su estado más puro, aunque hoy están dominadas por la actividad turística como reclamo de la ciudad.

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Barco Rekalde / JA COBEÑA

Una experiencia interesante ha sido cruzar el Bidasoa en dos pequeñas embarcaciones, Rekalde y Marie Louise, que en pocos minutos te trasladan de una orilla a otra, desde Hondarribia a Hendaya y viceversa, en un viaje lleno de encanto. La sensación durante el viaje es que éramos ciudadanos de Europa sin fronteras, sin que tengamos que perder por ello las correspondientes señas de identidad.

Todos los días, en Arma Plaza, he dedicado unos minutos a contemplar el Bidasoa, recordándome la importancia de creer en una España unida que hoy resuena en mi memoria de secreto como desembocando a un país bañado por dos mares y un océano, que hemos convertido en enseñas nacionales de una forma de ser y estar en el mundo, mares en los que miles de migrantes tienen su horizonte para vivir un mundo mejor. Es verdad que vivimos muy ajenos a estas situaciones reales y muy próximas, que utilizan un mar que cantamos históricamente como hermoso y tranquilo, en una contradicción memorable, que llevó a Joan Manel Serrat a cantar “Mediterráneo”, desde la tragedia de Alepo en Siria, con sumo cuidado y respeto reverencial a los migrantes y refugiados que pierden con frecuencia su vida en él, porque ese mar maravilloso se ha convertido en la sepultura de miles y miles de refugiados que escapan también de sus países de origen, en un auténtico sinsentido. Además, porque los que mueren a cientos en ese mar ya no serán desgraciadamente caminos para nadie, tampoco le darán verde a los pinos ni amarillo a la genista.

Los Sabandeños me lo mostraron de forma preciosa durante su actuación en Arma Plaza que no olvido, cuando resonaban en aquella plaza encantada los ecos de Atlántico, tan cerca del Cantábrico:

Un abrazo de atlante de la Habana hasta Orchilla
Salpicada está tu orilla con anhelos de emigrantes
Y va cuajado de azul, el alisio peregrino
Que pregona en los caminos el ansia de un mar común

Atlántico, yo soy Atlántico

[Mediterráneo, yo soy Mediterráneo]
[Cantábrico, yo soy Cantábrico]

También he recordado a un grupo de los 80, La Dama se Esconde, que cantó al Cantábrico, el rey azul, con expresiones muy bellas sobre la quintaesencia de este mar. Con él repaso mi estancia en Hondarribia, respetando su realeza azul porque No hay distancia que / me separe de su denso despertar, / de sus formas, su color, su inquieta aura. / Fieros vientos que arropáis / cada gota de su intimidad / no os olvidéis de arropar a nuestro hermano. Porque yo, hoy, soy Cantábrico.

Sevilla, 28/VIII/2018

A Guernica, por un vado de arena / 1. Ítaca, siempre en nuestra mente

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Salamanca, a Lazarillo de Tormes, 1974 / JA COBEÑA

Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Constantino Cavafis, Ítaca

Siempre que emprendo un viaje recuerdo a Cavafis, no apresurando el camino, deseando que sea largo, que sean muchas las mañanas de mi vida en que, con alegría, con gozo, llegue a puertos nunca vistos. Estos días atrás inicié un viaje hacia Hondarribia (vado de arena, en euskera), un puerto seguro para el alma en busca de aventuras y conocimiento, pero con un alto en el camino especial para mi persona de secreto, en Guernica, por su memoria histórica en una parte importante de mi vida y porque la llevo pintada en mi alma.

La primera parada hacia el vado de arena fue en Salamanca, que como decía el licenciado Vidriera, “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Es verdad, aunque en la breve estancia en la ciudad ha sido un objetivo frustrado visitar el Centro Documental de la Memoria Histórica de nuestro país, creado en 2007 con la finalidad de reunir los fondos relativos al periodo comprendido entre 1936 y 1978, siendo su núcleo documental fundamental el existente en el Archivo General de la Guerra Civil Española, que se creó en 1999 con la finalidad de conservar y disponer sus fondos documentales para la investigación, la cultura y la información. Cuando llegué a la calle Gibraltar, una de las sedes del Centro, comprobé que estaba cerrado, frustrando mis expectativas porque quería acceder a su información in situ a través de su exposición permanente sobre la Guerra Civil, la Masonería y la Logia Masónica.

ARCHIVO GUERRA CIVIL
Centro Documental de la Memoria Histórica / JA COBEÑA

Caminando de nuevo por el puente romano hacia la vivienda que he gustado, saludé al Lazarillo de Tormes, recordando sus fortunas y adversidades con una declaración final del autor anónimo de esta obra homónima que no deja insensible al lector más ávido de noticias de última hora que pueda existir: “Pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, para que tenga noticia entera de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues la Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndole contraria, con fuerza y maña salieron a buen puerto”. Cuando la fortuna no es parcial, es justo reconocer aquello que se tiene a través del esfuerzo o lo que es lo mismo: la gracia no presupone nunca lo que la naturaleza no da (gratia no datur, natura dispensatur).

La experiencia del Lazarillo fue una premonición, porque días después leí un artículo precioso de Julio Llamazares, A las orillas del Tormes, en una serie dedicada a la picaresca de nuestro país, en el que relata que “[…] los vestigios del Lazarillo en su ciudad de origen hay que bajar a buscarlos al río Tormes, en concreto al entorno del puente romano, donde se alzan una escultura del ciego y él, obra del salmantino Agustín Casillas, que la moldeó en el año 1974, y el verraco o toro de piedra que protagonizó una de las escenas más populares del libro, aquella en la que el pobre Lázaro fue sacado de golpe de la “simpleza en que, como niño, dormido estaba” por quien debía protegerle de peligros: “Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo: —Lázaro, llega el oído a ese toro y oirás gran ruido dentro dél. Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto de saber más que el diablo. Y río mucho la broma”.

Lo decía antes refiriéndome a la gracia que siempre hace justicia, que Llamazares recupera en el ámbito de tan docta Universidad: “La picaresca sigue hoy como ayer en la ciudad que lo vio nacer y que tantos pícaros vio pasar por su Universidad, ésa que, según el refrán popular, no presta lo que la naturaleza no ha dado al que viene a estudiar en ella” (quod natura non dat, Salmantica non praestat).

La verdad es que esta primera parte de la parte contratada de un viaje hacia alguna parte de este país tan pícaro, solo fue una premonición de un caminante seducido por un poema precioso de Cavafis. Nada más.

Sevilla, 27/VIII/2018

El Congreso del Mundo

EL LIBRO DE ARENA

El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo.

Jorge Luis Borges, en El Congreso (El libro de arena, 1975)

Los cuentos de Borges son un ejemplo de realismo existencial que siempre pone ribetes de acero a la forma en la que intentamos comprender, cada día, cómo se desenvuelve la vida ordinaria. He vuelto a leer, recientemente, El Congreso, cuento que nos aproxima al relativismo del mundo en el que vivimos, poniendo cada persona y cosa en su sitio. Es un ejercicio de reflexión certera sobre los límites de vivir apasionadamente, donde la política juega un papel esencial.

Simulando la experiencia de uno de los protagonistas del cuento, Alejandro Ferri, que habita en un Sur que ya no es un Sur (que tanto reivindico), leo lo que sucedió a un grupo de personas singulares que un día ya lejano tomaron la decisión de crear un Congreso del Mundo, en momentos en los que la cuenta atrás de la vida aparece con una frecuencia inusitada: “Soy ahora el último congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que no lo sea, pero yo lo soy de otro modo. Sé que lo soy; eso me hace diverso de mis innumerables colegas, actuales y futuros. Es verdad que el día 7 de febrero de 1904 juramos por lo más sagrado no revelar —¿habrá en la tierra algo sagrado o algo que no lo sea?— la historia del Congreso, pero no menos cierto es que el hecho de que yo ahora sea un perjuro es también parte del Congreso. Esta declaración es oscura, pero puede encender la curiosidad de mis eventuales lectores”.

Es verdad que la curiosidad por conocer la intrahistoria de este cuento está garantizada, pero lo que más me ha interesado es saber por qué nace esta idea y qué pasó después en su devenir histórico, narrado por el propio Ferri: “No puedo precisar la primera vez que oí hablar del Congreso. Quizá fue aquella tarde en que el contador me pagó mi sueldo mensual y yo, para celebrar esa prueba de que Buenos Aires me había aceptado, propuse a Irala que comiéramos juntos. Éste se disculpó, alegando que no podía faltar al Congreso. Inmediatamente entendí que no se refería al vanidoso edificio con una cúpula, que está en el fondo de una avenida poblada de españoles, sino a algo más secreto y más importante. La gente hablaba del Congreso, algunos con abierta sorna, otros bajando la voz, otros con alarma o curiosidad; todos, creo, con ignorancia. Al cabo de unos sábados, Irala me convidó a acompañarlo. Ya había cumplido, me confió, con los trámites necesarios”.

Lo que sucede allí queda para quienes quieran leer el cuento de Borges, pero hay algunos matices que adelanto sin rubor alguno porque me han ayudado a comprender las limitaciones que impone la vida a los grandes sueños por nobles que sean. Las reuniones de los sábados en la Confitería del Gas, los atrevidos congresales, que serían quince o veinte, que manifestaban respeto reverencial al presidente efectivo de ese proyecto tan noble, de nombre Alejandro Glencoe, junto a otros nombres y una sola mujer con funciones de secretaria. También había un niño de unos diez años. Dice Ferri que “el Congreso, que siempre tuvo para mí algo de sueño, parecía querer que los congresales fueran descubriendo sin prisa el fin que buscaba y aun los nombres y apellidos de sus colegas. No tardé en comprender que mi obligación era no hacer preguntas y me abstuve de interrogar a Fernández Irala, que tampoco me dijo nada. No falté un solo sábado, pero pasaron uno o dos meses antes que yo entendiera. Desde la segunda reunión, mi vecino fue Donald Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud, que me daría lecciones de inglés”.

Comienza a desarrollarse esta microhistoria, apasionante y llena de incertidumbres, en la que don Alejandro Glencoe, sueña con “organizar un Congreso del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones. El centro de las reuniones preliminares era la Confitería del Gas; el acto de apertura, para el cual se había previsto un plazo de cuatro años, tendría su sede en el establecimiento de don Alejandro. Éste, que como tantos orientales, no era partidario de Artigas, quería a Buenos Aires, pero había resuelto que el Congreso se reuniera en su patria. Curiosamente, el plazo original se cumpliría con una precisión casi mágica”.

Empiezan a aparecer los gestos ejemplares de aquel Congreso en ciernes: desparecerían las dietas que empezaron a cobrarse, comprobándose que “Esa medida fue benéfica, ya que sirvió para separar la mies del rastrojo; el número de congresales disminuyó y sólo quedamos los fieles. El único cargo rentado fue el de la Secretaria, Nora Erfjord, que carecía de otros medios de vida y cuya labor era abrumadora. Organizar una entidad que abarca el planeta no es una empresa baladí. Las cartas iban y venían y asimismo los telegramas. Llegaban adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán. Un boliviano señaló que su patria carecía de todo acceso al mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno de los primeros debates”.

Surge el problema de base: ¿cómo tan pocas personas, que además no cobran, pueden llegar a formar el Congreso del Mundo? Es verdad que se sugiere que se hagan agrupaciones de representaciones y es curiosa la propuesta que hacen a Ferri, en boca de su presidente: “El señor Ferri está en representación de los emigrantes, cuya labor está levantando el país”. Sin comentarios. Otro protagonista de difícil pronunciación, Twirl, hizo la propuesta de que el Congreso del Mundo no podía prescindir de una biblioteca, aprobándose por unanimidad la misma. Tanto avanza el proyecto que don Alejandro invita a todos los asistentes a las reuniones preparatorias de la fundación del mismo a una propiedad suya en Uruguay, La Caledonia, a la que llegan para conocer el estado de las obras que se están desarrollando allí para acoger el Congreso del Mundo.

Se distribuyen por el mundo los contados miembros regulares del proyecto, con objeto de enriquecerlo en aquellas materias en las que estaban interesados en las utopías que solo se podían encontrar en París y Londres. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó un día especial en el que don Alejandro, en su casa, donde se archivaban los fardos de libros adquiridos para la biblioteca del Congreso, dijo en presencia de varios congresales del mundo: “Vayan sacando todo lo amontonado ahí abajo. Que no quede un libro en el sótano”, con otra orden explícita: “Ahora le prenden fuego a estos bultos…”. Sobrevolaba allí una frase comentada por uno de los asistentes a este momento trágico: “Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”.

Dicho y hecho. Don Alejandro lo explicó de forma precisa: “Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.

Tomaron un coche de caballos y pasearon por calles amigas, por donde quería el cochero. Ferri lo narra con precisión existencial: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida. La que ahora quiero historiar es mía solamente; quienes la compartieron han muerto. Los místicos invocan una rosa, un beso, un pájaro que es todos los pájaros, un sol que es todas las estrellas y el sol, un cántaro de vino, un jardín o el acto sexual. De esas metáforas ninguna me sirve para esa larga noche de júbilo, que nos dejó, cansados y felices, en los linderos de la aurora. Casi no hablamos, mientras las ruedas y los cascos retumbaban sobre las piedras”.

Es verdad. Formamos parte del Congreso del Mundo, tú y yo, todos.

Sevilla, 15/VIII/2018

 

 

Debemos cuidar el alma

ARTE DE CALLAR
Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio

Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Una de las bondades que ofrece el mes de agosto es la de cuidar el alma con la lectura de libros. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C.

Leer es un acto artístico en el sentido más profundo del arte y hay que “saber hacerlo”, tal y como lo expresaba mi maestro Alberto Manguel en un artículo en el que distinguía bien la acción de consumir de la de leer: “Pero ¿qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

Siempre he pensado que la lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida que los demás no llegarán nunca a descifrar.

Cuando la lectura cuida el alma, suele estar acompañada siempre del silencio, del arte de callar, en la clave preciosa que un día aprendí de Joseph Antoine de Dinouart, en su libro muy cuidado (2) sobre este arte tan peculiar, el de callar, que regalo con frecuencia y donde todo el secreto se encierra, como los mandamientos, en un gran principio primero: solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Mientras…, leo para cuidar el alma.

Es verdad. Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer. Quizá podamos hacerlo en este mes, en un agosto callado y perfecto, sobre todo para que no enfermemos del alma.

He vuelto a leer la página 53 del arte de callar, en el que el abad Dinouart cita el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, cuido mi alma leyéndolo de nuevo para animarme a denunciar los silencios cómplices que tanto daño hacen a los que menos tienen en este mes de agosto, con el arte de leer la vida que a cada uno dios nos da. Por ejemplo, cuando leemos y vemos lo que está pasando con los 67 menores no acompañados, de Eritrea y Somalia, junto a las restantes personas rescatadas, que siguen embarcados en el Aquarius, en el mar Mediterráneo, por la actual deriva política europea sobre la interpretación jurídica de a quién le toca ahora ofrecer el mejor y más solidario “puerto seguro” ante una situación social de silencio público tan dolorosa y explosiva.

Sevilla, 14/VIII/2018

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.
(1) Dinouart, Joseph Antoine (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / y 9. Un poeta imaginario: Nicanor Parra

PODCAST 17: HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / y 9. Un poeta imaginario: Nicanor Parra

El pasado 23 de enero falleció a los 103 años, en su querida tierra chilena, el antipoeta Nicanor Parra, al que dediqué en 2014 unas palabras en este cuaderno digital que busca islas desconocidas de compromiso activo, que vuelvo a publicar. Comprendo hoy, mejor que nunca, las palabras que un día ya lejano, dando gracias a la vida, le dedicó a su hermana Violeta Parra, cuando falleció en 1967:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Hago mías estas palabras en aquel día triste para el mundo de la libertad viva. Es lo que le pido también a Nicanor Parra en la montaña rusa en la que siempre estuvo instalado, dando gracias a la vida, que nos ha dado tanto, en la que estamos perdidos, a veces, yendo del timbo al tambo.

Sevilla, 12/VIII/2018

Culmino hoy esta serie dedicada a un mes especial, que he querido tratar de forma diferente. Agosto es siempre una oportunidad de descanso activo para muchas personas, mientras otras lo aprovechan en sus negocios buscando que sea también especial, haciendo probablemente su agosto particular. He pretendido a través de estos post resaltar lo que hacen algunas personas en Agosto, o lo que han hecho, aportando vidas ejemplares desde diversas ópticas de interpretación de lo que merece la pena destacar en la rutina diaria, resaltando la importancia del aprendizaje de personas que aportan muchas cosas a la vida, sobre todo su forma de pensar diferente, sin ruido ni alharacas, su forma de ser y estar en el mundo. Finalizo hoy dando gracias a la vida por poder escribir pensando en lo que nos puede interesar de los demás, en un mes a veces anodino pero que también puede ser una oportunidad de vivirlo de forma diferente, positiva, lejos del ruido infernal que nos produce el sinsentido humano de guerras, corrupción y desencanto pasivo.

El próximo 5 de septiembre cumplirá cien años el poeta Nicanor Parra. Es verdad que su obra no ha sido una lectura personal habitual, solo recordada con motivo del Premio Cervantes que recibió en 2011, que me permitió volver a la lectura compleja de la antipoesía que representa, comprometido sobre todo con la contradicción de la vida, porque para él es una fuerza que le permite seguir viviendo, conduciendo su viejo coche del pueblo (Volkswagen), camino de un lugar muy querido para él: Las Cruces. Y esa forma de pensar, de transgredir la vida instalada, me sorprendió siempre, tanto como el crucifijo que preside el salón principal de la biblioteca que lleva su nombre en la Universidad Diego Portales, con una inscripción memorable escrita a mano en un cartel rutinario: “Voy y vuelvo”.

“Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían de otra. ¿Por qué utilizan esa jerga que se llama lenguaje poético y que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad?”. Lo resolvió con un poema inolvidable:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Y muere casi de forma contemporánea al esplendor de su obra, en 1967, su hermana Violeta Parra, una extraordinaria mujer que siempre recuerdo en una canción grabada en mi persona de secreto, que daba gracias a la vida por sus dos luceros, por el oído, el sonido, el abecedario, sus pies cansados, el corazón, la risa, el llanto:

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
Perfecto distingo lo negro del blanco,
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
Graba noche y día grillos y canarios;
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
Y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
Con él las palabras que pienso y declaro:
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playas y desiertos, montañas y llanos,
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano;
Cuando miro el bueno tan lejos del malo,
Cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto,
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Comprendo más que nunca que un día le dedicara su hermano estas hermosas palabras:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Probablemente se pare un día la montaña rusa de su poesía, solo cuando no la pueda interpretar él directamente, aunque hayamos aprendido de su testimonio vital que hay que mantenerla viva, transmitiendo la cruda realidad, sin palabras artificiales, recurriendo sin descanso a su canto con la imaginación más bella, para que no termine ni se olvide nunca, para que cuando cumpla ahora cien años pueda bailarla al ritmo de una cueca, porque todavía va y viene por su vida de todos, por la de secreto. Poniendo música a su persona imaginaria, a la que a todos nos gustaría copiar algún día:

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

Sevilla, 31/VIII/2014

THE END

La librería de las niñas rebeldes

LIBRERIA SAN MARCOS1

Librería San Marcos, Plaza de San Marcos – Sevilla / JA COBEÑA

¿Estamos dispuestos a cambiar lo mejor de nuestra forma de ser para gustar a los demás? ¿Vale la pena?

En Yo voy conmigo, de Raquel Díaz Reguera

Sevilla tiene rincones especiales y así lo han reconocido escritores de fama mundial. Recuerdo ahora a Stefan Zweig cuando en su visita a Sevilla en 1905 dijo que “Aquí se puede ser feliz”. Lo leí en unas páginas dedicadas a esta ciudad en un libro suyo muy interesante, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia (1), escritas por un joven de veinticuatro años, buscando rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. Tampoco olvido sus contrapuntos en el siglo en el que despertaba la ciudad a un mundo nuevo: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así”. Y nos une a Salzburgo, a Mozart, declarando a ambas “ciudades gemelas”. Cuando avanza en este hermanamiento (que alguna vez habría que honrar), aborda una cuestión dolorosa en la historia de Sevilla: “La vida parece tener aquí un ritmo más veloz, y las personas la sangre más viva; en ningún lugar hay más estómagos hambrientos que en Andalucía y, aun así, Sevilla brilla con su portentoso colorido, resplandece de alegría y nos saluda con miles de banderas. Aquí ser puede ser feliz”.

Esta mañana he entrado en el barrio de San Gil por la antigua calle Real, buscando esa felicidad que pregonó Zweig de Sevilla a los cuatro vientos de un mundo convulso y me he encontrado de nuevo con una librería feliz, dedicada a las niñas rebeldes, que conozco bien, con una seña de identidad dedicada a la plaza de su mismo nombre, San Marcos y con un escaparate ilusionante para leer historias de niñas especiales que un día quisieron ser diferentes. Estaba hoy cerrada por vacaciones del cuerpo, pero abierta a la actividad de almas inquietas. Los títulos reflejaban su forma de vender ilusiones para cambiar este mundo en un esfuerzo de barrio por mostrar a los cuatro vientos de Zweig que las niñas tienen que aprender, leyendo, a ser rebeldes.

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Cierre metálico de la entrada a la librería San Marcos, Plaza de San Marcos-Sevilla / JA COBEÑA

Hay cuentos por doquier, pero de títulos y autoras no inocentes. También pequeñas postales con historias de mujeres rebeldes, colgadas de un cordel con pequeñas pinzas como si fuese una alegoría de ropa tendida para todos o aviso, para navegantes, de que otro mundo es posible. Es una maravilla quedarte minutos o el tiempo que haga falta delante de su escaparate para comprender el esfuerzo de sus dueñas para hacerte llegar mensajes diferentes en un mercado literario que no tiene compasión.

LIBRERIA SAN MARCOS3

Mensaje en el interior de la librería San Marcos / JA COBEÑA

He repasado algunos títulos y he comprendido que queda mucho por leer sobre literatura de mujeres extraordinarias, imprescindibles, que escriben sobre la peligrosidad de ser libres, rebeldes. He anotado algunos que forman ya parte de una cesta de la compra que tengo dedicada a estos menesteres: Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, Yo voy conmigo y Blue y el secreto de las lágrimas, entre otros muchos, apasionantes. Por si les interesa, como miembros de un improvisado Club de la Curiosidad Digna de Niñas Rebeldes, con sede aquí, en Sevilla, donde enseñan que las niñas rebeldes pueden ser felices.

Sevilla, 10/VIII/2018

(1) Zweig, Stefan (2015). De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia. Madrid: Sequitur.

 

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 8. Una obrera del arte: Kati Horna

KATI HORNA
Kati Horna en el estudio de József Pécsi en Budapest en un retrato atribuido a Robert Capa (1)

PODCAST 16: HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE / 8. Una obrera del arte: Kati Horna

La actitud permanente de aprender es la que nos posibilita conocer a personas extraordinarias, anónimas en la mayor parte de los casos, pero que han contribuido a mantener vivas las imágenes de este país en un momento muy doloroso, la guerra civil. Y la historia hay que conocerla, sobre todo para no volver a repetirla, como en este caso. Esta reflexión la hago al conocer la vida y obra de una mujer Kati Horna (Szilasbalhási, Hungría, 1912 / México, 2000), fotógrafa anarquista, de la que se recupera ahora su obra gráfica más significativa y se pone a disposición de quien quiera seguir aprendiendo de la trayectoria de personas que aportan vida, siendo solo eso, obreras de la vida. O del arte, como en este caso.

Esta fotógrafa “Difuminó el rastro de sus primeros trabajos durante años, se mostró esquiva o directamente contraria a la realización de exposiciones, entrevistas o publicaciones, renunció con firmeza al mercado y en general a cualquier actividad que tuviera que ver con la promoción de su obra. Por el contrario, afirmó con rotundidad a lo largo de toda su vida, que su oficio de fotógrafa era una misión, sus fotos un instrumento útil y ella misma una obrera del arte” (2).

La exposición retrospectiva que se ha inaugurado en París, en el Jeu de Paurne en colaboración con el Museo Amparo de Puebla (México), recoge por primera vez en Europa su itinerario personal a través de su obra gráfica: sus primeros pasos en Budapest, París (1933-1937), España y la guerra civil (1937-1939), París (1939) y México. También se ha editado un libro con bastantes fotografías suyas y artículos de Péter Baki, Jean-François Chevrier, Estrella de Diego, Norah Horma, Juan Manuel Bonet junto a los comisarios de la exposición, Ángeles Alonso Espinosa y José Antonio Rodríguez. España también ha aportado fotografías a la exposición del fondo existente en el Centro Documental de la Memoria Histórica, ubicado en Salamanca, que contiene las 272 fotografías referidas a la guerra civil que fueron compradas a la autora.

La historia archivística de estas fotografías realizadas en España, nos ha permitido saber que la mayor parte de su trabajo en el periodo 1937-1939 “se quedó en España al ser derrotada la República y probablemente esté disperso o destruido. Sin embargo, según declaraciones de la autora, logró llevar en su exilio una pequeña caja de hojalata con una selección de negativos tomados durante la contienda. Durante los cuarenta años siguientes no quiso hacer uso de ese material, por la convicción de que debía ser devuelto y utilizado por el pueblo español. El 12 de mayo de 1983, la serie fotográfica sobre la Guerra Civil, fue ofertada al Estado Español por la fotógrafa que residía entonces en México [se incorporó al Centro Documental de la Memoria Histórica el 7 de noviembre de 1983]. En 2002 se publicó el catálogo de las fotografías, realizado por Blanca Desantes Fernández”. Las fotografías “son un excelente reportaje de gran calidad artística sobre la contienda civil española durante los años 1937 y 1938, tanto en los frentes como en la retaguardia, especialmente de testimonios de la vida de la población civil durante la tragedia bélica. Son fotos poco conocidas pues quedaron fuera de los circuitos internacionales de distribución”.

Kati Horna colaboró en diversas revistas anarquistas como ‘Libre Studio’, ‘Mujeres Libres’, ‘Tierra y Libertad’, ‘Tiempos Nuevos’ y ‘Umbral’, de la que fue redactora gráfica y donde conoció a José Horna, su esposo, pintor español que también colaboró en la mencionada publicación.

Invito a contemplar diez fotografías extraordinarias de Kati Horna, de las cuales tres son del tiempo que dedicó a España, durante la guerra civil, extraídas del álbum que dedicó a este país, realizado por petición expresa del gobierno republicano entre 1937 y 1939, en una mezcla muy interesante de surrealismo y fotoreportaje.

Merece la pena verlas y agradecer que se mantenga viva la realidad de la España que nos heló el corazón y que ella retrató magistralmente, porque gracias a los trabajos de una obrera del arte hoy podemos seguir valorando mediante imágenes el sinsentido de una guerra que solo aportó dolor y sufrimiento.

Ella cumplió una misión, sus fotos son hoy un instrumento útil y ella misma nos aportó el hilo conductor de su vida, lejos de la realidad del mercado, siendo solo una obrera del arte, porque no le preocupó nunca hacer un agosto especial con su obra gráfica, es decir, no confundió tampoco valor y precio, en un proverbio especial que cantó Antonio Machado por esos campos de Dios como contemporáneo suyo en una de las dos Españas que ella conoció muy bien, a quien estoy seguro que le hubiera gustado hacerle un retrato para la posteridad democrática en un blanco y negro muy especial, tan serio él, utilizando solo gelatino-bromuro de plata seca.

Sevilla, 29/VIII/2014

(1) Martín, Alberto (2014, 28 de agosto). Un puzle en el tiempo y el espacio. El País (Babelia).
(2) Ibídem.