A Guernica, por un vado de arena / 1. Ítaca, siempre en nuestra mente

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Salamanca, a Lazarillo de Tormes, 1974 / JA COBEÑA

Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Constantino Cavafis, Ítaca

Siempre que emprendo un viaje recuerdo a Cavafis, no apresurando el camino, deseando que sea largo, que sean muchas las mañanas de mi vida en que, con alegría, con gozo, llegue a puertos nunca vistos. Estos días atrás inicié un viaje hacia Hondarribia (vado de arena, en euskera), un puerto seguro para el alma en busca de aventuras y conocimiento, pero con un alto en el camino especial para mi persona de secreto, en Guernica, por su memoria histórica en una parte importante de mi vida y porque la llevo pintada en mi alma.

La primera parada hacia el vado de arena fue en Salamanca, que como decía el licenciado Vidriera, “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Es verdad, aunque en la breve estancia en la ciudad ha sido un objetivo frustrado visitar el Centro Documental de la Memoria Histórica de nuestro país, creado en 2007 con la finalidad de reunir los fondos relativos al periodo comprendido entre 1936 y 1978, siendo su núcleo documental fundamental el existente en el Archivo General de la Guerra Civil Española, que se creó en 1999 con la finalidad de conservar y disponer sus fondos documentales para la investigación, la cultura y la información. Cuando llegué a la calle Gibraltar, una de las sedes del Centro, comprobé que estaba cerrado, frustrando mis expectativas porque quería acceder a su información in situ a través de su exposición permanente sobre la Guerra Civil, la Masonería y la Logia Masónica.

ARCHIVO GUERRA CIVIL
Centro Documental de la Memoria Histórica / JA COBEÑA

Caminando de nuevo por el puente romano hacia la vivienda que he gustado, saludé al Lazarillo de Tormes, recordando sus fortunas y adversidades con una declaración final del autor anónimo de esta obra homónima que no deja insensible al lector más ávido de noticias de última hora que pueda existir: “Pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parescióme no tomalle por el medio, sino del principio, para que tenga noticia entera de mi persona; y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues la Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndole contraria, con fuerza y maña salieron a buen puerto”. Cuando la fortuna no es parcial, es justo reconocer aquello que se tiene a través del esfuerzo o lo que es lo mismo: la gracia no presupone nunca lo que la naturaleza no da (gratia no datur, natura dispensatur).

La experiencia del Lazarillo fue una premonición, porque días después leí un artículo precioso de Julio Llamazares, A las orillas del Tormes, en una serie dedicada a la picaresca de nuestro país, en el que relata que “[…] los vestigios del Lazarillo en su ciudad de origen hay que bajar a buscarlos al río Tormes, en concreto al entorno del puente romano, donde se alzan una escultura del ciego y él, obra del salmantino Agustín Casillas, que la moldeó en el año 1974, y el verraco o toro de piedra que protagonizó una de las escenas más populares del libro, aquella en la que el pobre Lázaro fue sacado de golpe de la “simpleza en que, como niño, dormido estaba” por quien debía protegerle de peligros: “Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo: —Lázaro, llega el oído a ese toro y oirás gran ruido dentro dél. Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: —Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto de saber más que el diablo. Y río mucho la broma”.

Lo decía antes refiriéndome a la gracia que siempre hace justicia, que Llamazares recupera en el ámbito de tan docta Universidad: “La picaresca sigue hoy como ayer en la ciudad que lo vio nacer y que tantos pícaros vio pasar por su Universidad, ésa que, según el refrán popular, no presta lo que la naturaleza no ha dado al que viene a estudiar en ella” (quod natura non dat, Salmantica non praestat).

La verdad es que esta primera parte de la parte contratada de un viaje hacia alguna parte de este país tan pícaro, solo fue una premonición de un caminante seducido por un poema precioso de Cavafis. Nada más.

Sevilla, 27/VIII/2018