La locura de Ivrea

La tecnificación está jugando malas pasadas al hombre, porque su secreto más íntimo se resiste a ser calculado a nivel de computadora. Aún así, en esta batalla comenzada hace muchos años, la cibernética se ha cobrado ya muchas vidas y muchos cerebros. Recuerdo a este propósito mi experiencia en el Hospital Psiquiátrico de Racconigi (Cuneo), pueblo italiano que me enseñó mucho sobre los problemas últimos del hombre. Allí tuve la oportunidad de conectar con un eminente neuropsiquiatra turinés que había trabajado en varios centros psiquiátricos de Turín y Cuneo. En una conversación inolvidable, salpicada de anécdotas escalofriantes, me recordó la realidad del Hospital de lvrea, un centro psiquiátrico famoso. Este pueblo «vive» en torno a la fábrica «Olivetti», multinacional productora de máquinas de escribir y calculadoras electrónicas. El diez por ciento de los enfermos allí ingresados procede de la fábrica, en concreto, de un departamento dedicado a la elaboración completa de un determinado tipo de calculadora. El esfuerzo que se exige al productor es tal, que no es raro acabar tarde o temprano en el hospital. Las preguntas que podemos hacemos a tenor de los hechos, afloran casi sin damos cuenta. ¿Es justo que se sacrifiquen cerebros humanos y familias enteras, en aras de una calculadora? Esta anécdota, que no deja de ser importante, es un pequeño botón de muestra de la «locura» que crea la sociedad actual. El trabajo en cadena demuestra a todas luces que puede acabar paulatinamente con el hombre y con el cerebro mejor desarrollado. En un futuro no muy lejano, con la sociedad actual, ¿podemos seguir aceptando de forma impasible esta realidad?

Si el problema es grave a nivel de computadora, no digamos a nivel de hombre manipulado. El hombre programado, última «conquista» del hombre occidental, acabará con su propia autodestrucción. La eliminación de su característica «sorpresa», producirá una muerte «segura». Los ingenieros de la conducta sufrirán el mismo riesgo que sus víctimas humanas, en el mejor sentido de la palabra. Sacrificar el hombre interior de cada ser humano será una tarea alentadora a nivel de tecnología de la conducta, pero totalmente cruel a nivel de comunicación interhumana. Al hacer estas afirmaciones se me puede tachar de precientífico, según B. F. Skinner, pero prefiero cargar con este «título» que no con otros más «snob», pero mucho menos humanos. Él mismo, que da vida a su tesis behaviorista a través del Dr. Frazier en su famosa novela «Walden dos», no duda en poner en boca del doctor la siguiente frase: «si el hombre es libre, entonces es imposible una técnica del comportamiento».
Pasar de una calculadora a un hombre como «objetos de trabajo», ya es un tema digno de estudio. Elaborar un esquema electrónico puede costar la vida y el cerebro a un hombre, pero elaborar la conducta de un hombre a través de los programas de razón variable, anulándole su libertad, puede costar la vida de dos, porque desde el momento en que faltan la libertad y la dignidad en la relación interpersonal, la muerte está presente ante el hombre. Queda así claro que la sociedad actual es gestora directa de multitud de locuras y neurosis, dimensión mucho más grave cuando alcanza las altas esferas del poder. En esta situación la discriminación es lógica dentro de una sociedad que cuida más el dinero que el hombre, para mí simbolizado perfectamente en aquella pancarta de los universitarios de Padua (Italia), que decía así: «Los hijos de los ricos siempre están cansados, pero los hijos de los pobres siempre están locos».

Neurosis, surmenage, stress, depresión, esquizofrenia, enfermedad del manager, etc., son términos hoy sumamente politizados en aras de un hombre o de una sociedad mejor. Tremenda paradoja, porque, una vez más, se sacrifica al hombre de la calle, de la fábrica y del pueblo, caiga quien caiga y pase lo que pase, dado que la imagen de una tecnópolis actual tiene que presentar siempre un rostro alegre y feliz. Ivrea no es más que un símbolo, pero, al menos, nos ha recordado, por unos instantes, que el dinero y el poder son malos consejeros.

El Correo de Andalucía, 18/X/1977, pág. 3

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