En política, ¿quién engaña a quién?

PENELOPE

Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad

Michael Ignatieff, Fuego y cenizas

Leí hace ya bastantes años una fábula preciosa de Augusto Monterroso, a quien tanto admiro por su amor a la brevedad y levedad de las cosas importantes de la vida, con un título sugerente, La tela de Penélope o quién engaña a quién, que recobra para mí, ahora, un sentido especial:

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

Hoy escuchaba y leía las últimas negociaciones entre el PP y Ciudadanos, así como el silencio sonoro y cómplice de la denostada izquierda (a la que tanto respeto y quiero), impasibles todos en su ademán, y he recordado esta fábula. Sobre todo el momento final, grandioso, porque dormimos como ciudadanos mientras otros viajan, tejen y diseñan nuestras vidas sin darnos cuenta, desgraciadamente, de casi nada de lo que está pasando ahora tan cerca de nosotros mismos.

Sevilla, 24/VIII/2016

NOTA: imagen recuperada hoy de: http://odiseodisea.blogspot.com.es/2013_01_01_archive.html

Las islas humanas, las más inaccesibles y desconocidas

TRES HOMBRES QUE CAMINANAlberto Giacometti, Tres hombres que caminan (1948)

Es un asunto que me interesa mucho y que motivó el comienzo del viaje con esta bitácora, que ha cumplido ya diez años en la Noosfera. Me lo ha vuelto a recordar un artículo muy interesante publicado hoy de nuevo en el diario El País, Las 10 islas habitadas más inaccesibles del mundo, que ya había leído en 2014, con la curiosidad que siempre me despierta el mundo de las islas, sobre todo si son desconocidas e inaccesibles.

He buscado siempre en mi persona de secreto y de todos, en mi atlas de islas desconocidas, que es -nada más y nada menos- que el álbum de las personas que no he conocido bien en la vida aunque hayan estado presuntamente muy cerca: “Ya me comprometí con esta aventura al iniciar la publicación de este blog, aunque he descubierto hasta ahora que sí es posible publicarlo a través de medios digitales, respetando el hilo conductor que me enseñó Saramago, en su Cuento de la isla desconocida: saber a qué puerta se llama de las ofertas reales de cada vida para descubrir el amor que lo mueve todo, pero saliendo cada uno de sí mismo para contemplar lo que hay que cambiar en cada persona de secreto para compartirlo con los demás” (1). Puertas que nos muestra Saramago a modo de oportunidades, a las que podemos llamar y entrar dependiendo de nuestra actitud ante la vida: la Puerta de las Peticiones, la de los Obsequios y… la del Compromiso. Además, ese atlas de nuestras islas desconocidas, a configurar, es siempre personal e intransferible, de difícil localización por personas ajenas a nuestro barco de secreto. A menos que la mujer de la limpieza que nos presentó Saramago en su cuento acuda también en nuestra ayuda… Una gran mujer aislada hasta que desembarca en la isla de la persona que admira.

De todas las experiencias que conozco la que más me apasiona es la de las islas humanas, casi siempre inaccesibles y desconocidas, la auténtica realidad de lo que somos como personas cada día en el mundo. Desde que leí el cuento de la isla desconocida, escrito de forma magistral por Saramago, que tantas veces he comentado y recomendado en este cuaderno digital, no he abandonado el mensaje que transmite: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”, aunque sea la mujer del cuento la que conoce mejor que nadie lo que de verdad quiere decir a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Y aquella respuesta tan hermosa no la olvido: es necesario conocer bien la isla que somos, saliendo de nosotros de vez en cuando para comprender las otras islas que forman el archipiélago humano de la vida, por inaccesibles y desconocidas que parezcan y aunque muchas veces estemos a muchos kilómetros de distancia unos de otros. O de nosotros mismos.

Sevilla, 23/VIII/2016

(1) https://joseantoniocobena.com/2014/02/12/islas-conocidas-desconocidas-y-remotas/

No olvidemos a Omran

 

OMRAN

Desde que vi la imagen de Omran por primera vez, no puedo olvidarla. Es un niño sirio de cuatro años, víctima de los últimos bombardeos en Alepo. Es importante que estas imágenes se difundan para que tomemos conciencia de que cada uno, en lo que pueda hacer, debe trabajar por la paz, porque estas situaciones no son solo responsabilidad de los otros. Estamos obligatoriamente obligados a entenderlo, aunque tú y yo de esta guerra sepamos poco. Aunque solo sea poniendo paz en el ámbito en el que vivimos, trabajamos y somos. Omran lo merece.

Sevilla, 20/VIII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.lanacion.com.ar/1929737-yo-lloraba-el-no-dijo-el-fotografo-que-retrato-al-nino-sirio-omran

Unos días de verano en Mallorca / y 6. Mujeres de Roma

MUJERES DE ROMA

Dejé por ti todo lo que era mío, / dame tú, Roma, a cambio de mis penas, / tanto como dejé para tenerte.

Rafael Alberti, Lo que dejé por ti, en Roma, peligro para caminantes.

Habían llegado desde el Museo del Louvre, en París y nos esperaban seductoras, maternales y excesivas, en un edificio protegido de Palma, el antiguo Grand Hotel, obra representativa del modernismo catalán, hoy día restaurado y convertido en un espacio cultural de la red de Caixaforum, que próximamente abrirá su nueva sede en Sevilla, agregando a la ciudad un espacio de cultura que tanto necesitamos. Nos explicaron que estaban allí por un tiempo limitado, en una exposición muy bien trazada, Mujeres de Roma, porque procura recorrer en diferentes secuencias históricas, aspectos femeninos de una civilización que ha dejado a la humanidad un legado extraordinario en diversas localizaciones del mundo occidental.

Mientras nos enseñaban sus espacios más queridos, tomamos conciencia de que la mujer romana tuvo que buscar permanentemente su sitio, porque en esa cultura jugaba siempre un papel relegado al del hombre. Siendo en un principio un papel subalterno, sobre todo como madres y esposas, solo se permitía su representación cuando estaban vinculadas a figuras mitológicas, en sí inalcanzables, porque no tenían correspondencia en el mundo terrenal y pedestre. No molestaban al hombre, solo lo distraían. Así, nos enseñaron con orgullo femenino múltiples terracotas, muy bien explicadas en sus puntos de restauración del original, fragmentos de pinturas murales, joyas magníficas de un diseño espectacular, como el camafeo en un anillo con forma de mujer, pequeñas estatuillas engarzadas en anillos de oro, los de Deméter (diosa madre, protectora del matrimonio y la ley sagrada) y Coré (la joven doncella), así como múltiples objetos familiares.

Bajaron del Olimpo en una determinada época, concretamente en la del emperador Augusto, comenzando a ser respetadas por su inexorable identidad de fertilidad, prosperidad, creación y poder de destino, tradicionalmente otorgado a los hombres. Ser mujer de un emperador daba patente de corso para influir en la sociedad, desde elementos tan aparentemente superficiales como el peinado, como pudimos comprender en una perspectiva preciosa de diversos peinados correspondientes a otras tantas eras regias, como administrando fortunas y hasta la libertad sexual sin reparos, representada en la figura de la mujer hermafrodita, que allí estaba. Fueron mujeres atrevidas en una sociedad machista, en lenguaje cercano, aprovechando el salto cualitativo desde el Hades al que estaban condenadas por cuna, hasta las capas sociales más humildes, emulando siempre a la mujer del emperador, a quien no se podía tocar pero sí representar.

Por esta razón, nos insistieron en que eran seductoras, maternales y excesivas en determinadas ocasiones. Desde la figura muchas veces representada de la maternidad, probablemente porque no quedaba otra al emperador romano y sus huestes, la participación en cultos religiosos, en el maravilloso papel de las musas, hasta su proyección en Venus, Minerva y Diana, donde la virginidad y virtud, eran representaciones de gran carga reivindicativa frente al poder omnímodo que ostentaba el vir, el hombre: “Todos podemos encontrar alguna vez en la vida la belleza y el amor a través de la comprensión de la historia de las musas y su lugar en un mundo alocado, que ha perdido el norte hace ya muchos años porque no ha entendido el rol de la mujer en el mundo, su lenguaje maravilloso de musa cuando estamos dispuestos a respetarlo y comprenderlo en todas sus expresiones de amor” (1). Les quedaban también los papeles cruciales en la tragedia romana, liderados por mujeres autónomas, rebeldes, sacerdotisas o princesas como Medea o Pasífae (la que brilla para todos).

RETRATO DE MUJER

Retrato de mujer, mediados del siglo II d.C. Pintura sobre tabla. Museo del Louvre (2)

En conclusión, solo sabemos lo que pasó por lo que nos han contado los hombres a lo largo de más de veinticuatro siglos y esto no es de fiar desde la más básica actitud científica. Los vestigios nos alumbran una forma de ser mujer en el Imperio Romano bastante diferente a lo que nos muestran los libros y la tradición oral. Al salir, nos regalaron una imagen para que la guardáramos en nuestra memoria de la persona de secreto: era un retrato de mujer del siglo II antes de Cristo, una pintura en tabla que se habían traído del Museo del Louvre, para recordarnos que eran muy seductoras, sabían embellecer la vida y mostrar una cara muy amable en un mundo diseñado en ese momento por el principal enemigo: el hombre emperador de todos los tiempos. Para que no las olvidáramos nunca.

Finalizamos el viaje hacia el que habíamos partido, no por necesidad, sino por azar, tal y como lo explicaba George Sand, en su invierno en Mallorca: “¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo? […] Es que no se trata tanto de viajar como de partir. ¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que olvidar o algún yugo que sacudir?”. Miramos hacia atrás y allí estaban aquellas mujeres romanas diciéndonos adiós hasta la próxima cita en Sevilla, quizás, porque tenían muy claro que tenían que seguir viajando y explicando a los cuatro vientos su papel actual en el mundo, enseñándonos parte de la historia de la que podíamos aprender para no repetirla en lo que menos ennoblece a las personas y al alma humana. En un tiempo muy limitado, nos habían dado a cambio de nuestras dudas una lección extraordinaria de su papel en la historia de la humanidad; al menos, tanto como habíamos dejado, soñando, para tenerlas tan cerca. Como Roma había dado, en un día ya lejano, a Alberti, tanto como él había dejado para quererla.

Cuando salimos a la calle y despertamos a la realidad, Palma y Mallorca estaban todavía allí. Como el dinosaurio de Monterroso.

THE END2

Sevilla, 19/VIII/2016

(1) Cobeña Fernández, José Antonio: Las personas somos sueños también
(2) Imagen recuperada hoy de: http://www.revistadearte.com/2015/11/03/mujeres-de-roma-seductoras-maternales-excesivas-en-caixaforum-madrid/

Unos días de verano en Mallorca / 5. En casa de Pilar y Joan Miró

Fuimos a su casa, sede actual de la Fundación que lleva sus nombres, con la ilusión de conocer el rincón en el que vivieron muchos años y donde se crearon obras muy representativas de casi la tercera parte de su fecundo trabajo en Mallorca, cuna de la madre y abuelos de Joan Miró. Unirlos en esta visita no era una actitud inocente sino que siempre quiero reconocer el trabajo arduo, silencioso y cargado de respeto de las personas que han vivido de forma plena con artistas de reconocido prestigio y que la historia las relega casi siempre a un lugar en el olvido. Siempre tengo en mi memoria el rol que desempeñaron en las vidas de Juan Ramón Jiménez o de Rafael Alberti, tanto Zenobia Camprubí como María Teresa León, a las que debemos siempre un gran homenaje. En este caso, la de Pilar Juncosa, compañera inseparable de Miró desde que contrajeron matrimonio en 1929 y hasta que fijaron su residencia en Son Abrines sede actual de la Fundación junto a terrenos y edificios contiguos que se incorporaron a la sede inicial.

Ambos decidieron legar a la ciudad de Palma, a través del Ayuntamiento, los talleres del artista, uno de cuyos edificios fue diseñado como estudio por su amigo Josep Lluis Sert, que visité con emoción y respeto por todos los recuerdos que en él figuran. Dos años antes de morir Joan Miró, el matrimonio Miró-Juncosa consolidó el proyecto de Fundación con la constitución de sus Estatutos y después de su fallecimiento y por iniciativa de su esposa Pilar se solicitó al arquitecto Rafael Moneo que diseñara un nuevo edificio como sede de la Fundación, inaugurándose como tal en 1992.

DETALLE SERT

Estudio Sert (detalle interior) – Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

El edificio de la sede es un homenaje a la estrella, símbolo permanente en la obra de Miró, que Moneo quiso respetar en su concepción arquitectónica, a modo de ciudadela, en palabras del autor. Me llamó la atención el respeto de conjunción con la obra de Miró, por parte del arquitecto, al resaltar en sus jardines las plantas autóctonas a las que Miró había dedicado muchas reflexiones pictóricas.

Comenzamos la visita por el espacio estrellado, según Moneo, que recoge una parte de la obra de Miró. Sentí que la representación artística de su dilatada vida, en este espacio de la Fundación, era escasa. Esperaba que en su sede histórica hubiera una colección más completa, pero creo que habrá criterios mercantiles u otros en la intrahistoria de la familia Miró y su legado, que los humanos ni siquiera sospechamos. Representación muy pobre, en definitiva.

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Edificio Sert – Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

Nada que ver con el edificio destinado a talleres diseñado y construido por su amigo Josep Lluis Sert, un arquitecto de fama mundial que por su ideología permaneció desterrado en Harvard donde llegó a ser Decano de la Escuela Graduada de Diseño. Desde la caja de madera que contenía la maqueta inicial del proyecto, así como los planos originales de los primeros alzados del edificio, junto a fotografías de la residencia de Sert en Cambridge (Boston) en las que figuraba un sempiterno salón con pinturas originales de Miró, dejaban entrever una amistad consolidada con el paso de los años y donde este espacio tan singular le permitiría recordar durante sus jornadas de trabajo la presencia permanente de su gran amigo. El edificio es impecable en su concepción global: diseño de respeto al contexto mediterráneo, conjunción de colores en los que predomina siempre el blanco, homenaje permanente a la luz como compañera inseparable del artista a través de sus amplios ventanales y cubiertas a modo de aves mensajeras en posición de vuelo. Una delicia.

Salimos al exterior donde la bahía de Palma aparece en todos sus rincones. Nos sentamos en un banco en el que probablemente Miró contempló más de una vez los paisajes que allí aparecían como por ensalmo. Accedimos a Son Boter, una casa mallorquina que Miró adquirió en 1959 gracias al dinero obtenido en el premio Guggenheim International, que le permitió ampliar sus talleres, sobre todo y en una primera etapa para su obra escultórica, aunque más adelante también fue refugio para la obra pictórica más tardía y de mayor formato. Es una visita que sobrecoge, sobre todo por los grafiti originales que aún se conservan y de los que recordábamos algunas obras finales que están hoy muy cerca de los ciudadanos en Palma, por ejemplo.

Vivimos emociones contradictorias, tales como la reducida obra artística y global de Miró en la Fundación y algo que nos ha acompañado durante estos días de viaje a Mallorca: la soledad cultural. Estuvimos solos durante la mayor parte de la visita, algo que nos acompañó todo el viaje a estas experiencias culturales que estoy narrando en esta serie. Creo que merece una reflexión porque un pueblo que no ama su cultura está condenado a no crecer en valores y desarrollo de la inteligencia creadora que al final libera de una forma de ser en el mundo, dirigida por el poderoso caballero don dinero y por la mercancía resultante.

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Escultura en los jardines de la Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

Fuimos a pasear por los jardines de la Fundación, en los que encontré una escultura que me llamó mucho la atención: dos lápices que se encuentran y donde se sitúa un leñador en su parte final. Todo un símbolo de la trayectoria de su creación artística. También, las sempiternas leyendas sobre las plantas autóctonas, con mensajes perturbadores: “Tiempo atrás, las Vitrubium opulus se podían encontrar aquí mismo. Si esta flor silvestre se da cuenta de que ha crecido en una tierra demasiado solitaria, inmediatamente abrirá sus pétalos al viento quien soplando a través de ellos emite un silbido que invita a los pájaros que pasan a hacerle compañía”. Toda una premonición de lo que estábamos viviendo. Antes de finalizar la visita, pregunté por la casa original del matrimonio Miró-Juncosa y nos informaron que ya no existía porque la heredó un nieto que la tiró entera y construyó sobre el solar resultante la casa que linda actualmente con los terrenos de la Fundación. Nada que ver, salvo el muro de separación. Todo un símbolo para quien lo quiera interpretar.

VITRUBIUM OPULUS

Vitrubium opulus

Salimos de la Fundación, con un cierto desencanto. Bajando por la calle Saridakis (pintor egipcio y antiguo propietario del palacio del mar y del viento, marivent, situado al final de este recorrido), con cuesta muy pronunciada, nos encontramos con el palacio… de Marivent, donde estaba aquél día el Rey en su residencia de verano, cuyos jardines se abrirán al público por primera vez a partir del próximo invierno. Bastante solo, también, a tenor de las noticias políticas de esos días. Como el único policía que frente a la puerta principal del palacio, lo custodiaba en una isleta humilde, tal y como corresponde a estos tiempos revueltos y de soledad para almas inquietas.

Sevilla, 18/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 4. El encuentro con Chopin en Valldemossa

PIANO PAIK

Concierto de Kun-Woo Paik en La Cartuja de Valldemossa – 7 de agosto de 2016 / JA Cobeña

Alcanzaba ese día el principal objetivo cultural del viaje: asistir al concierto programado en Valldemossa, en homenaje a Chopin y estar cerca del lugar donde vivió días muy difíciles. Aquella noche, el protagonista era un pianista coreano de fama internacional, Kung-Woo Paik (Seúl, 1946), reconocido intérprete de la obra de Chopin y que pude corroborarlo durante el concierto que ofreció en la Cartuja, junto a la celda donde el compositor polaco escribió diversas obras ya citadas en mi primer post dedicado a esta partida hacia una isla desconocida para mí. El ambiente para componer el maravilloso Scherzo número 3, entre otras obras suyas, que interpretó Paik con manos maestras de setenta años, lo imaginé en el contexto de su duro invierno de 1883-1884 en aquella Cartuja tan fría, desamortizada, que le prestó acogida después de haber sido expulsado de mala manera de su residencia anterior.

Se produjo una situación, minutos antes de comenzar el concierto, que George Sand hubiera comentado sin compasión alguna, con la dureza que escribió sobre su estancia en Valldemossa. Paik salió de la celda de Chopin, convertida en un camerino muy especial con motivo del concierto, para subir al pequeño estrado que habían habilitado junto a ella y después de los aplausos de bienvenida se situó a duras penas ante el piano Steinway & Sons preparado para la ocasión, que tocaría maravillosamente segundos después, con una iluminación muy doméstica, porque a petición del intérprete tuvieron que localizar en la casa aledaña a la Cartuja unas lámparas de pie para iluminar su teclado, en una imagen que se comenta por sí sola y que Paik no entendía por mucho que los organizadores del concierto se esforzaran en solucionarlo de forma artesanal y doméstica, poco profesional. Aquí en este país, resolvemos siempre estas situaciones diciendo que “son cosas del directo” o “caprichos de artistas” [literal, aquél día], pero fue una situación lamentable. Sobre todo, porque conservaba en mi mente el relato de George Sand, la pareja sentimental de Chopin, sobre la celda que habitaron y donde “el enfermo”, que nunca fue citado por su nombre, buscaba en la composición diaria la comprensión de su mundo de secreto tan singular, donde unas gotas de lluvia podía elevarlas a los cielos de la música, como ocurrió en un Preludio muy conocido, homónimo (op. 28, 15). Sentí la soledad en aquel ambiente monástico y comprendí cómo Frédéric y George podían considerar la compañía que les ofrecieron desde el primer momento el boticario, el sacristán y María Antonia, una especie de ama de llaves que solo quería reconocimiento por su asistencia, sin interés económico alguno.

LA CARTUJA  COLL BARDOLET

Josep Coll Bardolet, Claustre de Cartoixa. 1947. Óleo sobre tela. 81×100 cm.

Valldemossa es un pueblo con encanto, una antigua alquería en el Valle de Muza (de ahí su nombre), muy volcado hoy al turismo y que sacrifica su silencio de día para recibir el ruido del mundo, tan contradictorio con el espíritu monástico del que hacen gala a través de Chopin. Entramos en la sede de la Fundación Cultural Coll Bardolet, donde se exponen pinturas del pintor catalán Josep Coll Bardolet, que cedió a Valldemossa, lugar donde vivió más de 60 años. Su obra es un canto permanente a la naturaleza, la tradición y el amor a la vida.

Paseamos aquella tarde por el pueblo-alquería, acompañados en cada puerta por un azulejo distinto dedicado a Santa María Thomàs, con textos que exaltan siempre la protección de cada casa y de cada familia. Asistimos al concierto y al salir de aquella Cartuja tan lúgubre pero con el buen sabor de boca de las obras interpretadas por Paik, nos encontramos con una experiencia desoladora, porque el pueblo entero estaba cerrado, solo había calles solas y en completo silencio, sin posibilidad alguna de poder comentar en algún sitio acogedor la gran interpretación de Paik, con el que me hubiera gustado compartir su estancia en la celda de Chopin, más allá del actual reclamo turístico, sobre todo en un lugar que le ofreció una digna estancia en tiempos revueltos y cómo se había sentido al tocar los aspergios continuos del Scherzo 3, que según todas las fuentes oficiales fue compuesto en 1839 por Chopin en el “pianino” Pleyel [sic, en el libro original de Sand] que tanto trabajo había costado trasladar desde París hasta aquél lugar tan inhóspito. En aquél año y … en éste.

Sevilla, 17/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 3. El tren del arte viaja a Sóller

TREN SOLLER1Tren de Sóller / JA Cobeña

El tren de Sóller…
… no se ha hecho para llegar pronto,
sino para llegar a tiempo.

Santiago Rusiñol

El niño que todos llevamos dentro había soñado, en mi caso, con viajar un día en el centenario tren de Sóller. Acudí a la estación con la ilusión de mis primeros años de infancia en Madrid, cuando iba a la de Atocha a esperar la llegada del cariño del Sur representado en mi abuela. La compra del tique de cartón para acceder al andén y el sonido característico al picarlo en el control, que en aquella época suponía un puesto de trabajo, era el salvoconducto para encontrarme con emociones y sentimientos especiales, avanzando por el andén en medio de una bruma indescriptible de vapor, humo y olor a carbonilla que impregnaba toda la estación, empañando la enorme cristalera que la enmarcaba, observando con ojos de un niño del Sur la belleza de la máquina negra y roja, poderosa, con orejas, hasta llegar al vagón desde el que se asomaba mi abuela no sin dificultades en las maniobras de bajada de la ventanilla, sobre todo para garantizar que estábamos esperándola.

Cuando llegué en Palma a la estación del tren de Sóller, sentí exactamente esas emociones. Recorrí el andén, con la memoria de secreto haciendo estragos, para ver de cerca la “composición” de ese día: cinco coches construidos en 1929 por Carde y Escoriaza, en Zaragoza y una unidad eléctrica tractora Siemens, de la misma fecha. Comenzó el viaje con el silbato de toda la vida y la presencia del revisor, picando los billetes y troquelándolos con un dibujo de un corazón. En los primeros kilómetros era lo más parecido a un tranvía, avanzando por las calles de Palma, habituado ya a competir con el tráfico casi imposible de las primeras horas del día. Después, avanzó lentamente con su traqueteo monótono, tan característico, adentrándose en un tiempo relativamente corto en las estribaciones de la sierra de la Tramontana, atravesando trece túneles y el viaducto de los cinco ojos, casi saltando a veces sobre el asiento de madera de respaldos adaptables al sentido de la marcha del tren, con vaivenes que hacía tiempo no vivía de forma tan intensa, pero con la belleza que proporciona siempre el tren cuando a paso más bien lento, te permite contemplar la sierra de Alfábia en estado puro.

 

CAN PRUNERA

Can Prunera (detalle de ventana) / JA Cobeña

En la estación de Sóller nos esperaba un mural de Joan Miró, La Maja Negra, así como una exposición permanente sorpresa instalada allí, gracias a las gestiones realizadas por la fundación Tren del Arte, con cerámicas de Picasso y grabados de Joan Miró, colección formada por las series Cántico al Sol (1975), Archipiélago salvaje (1970), Las gentes de la mar (1981) y una obra emblemática para Sóller: la Maja Negra (1973). Esta última obra fue la inspiración del nuevo logotipo de la Compañía Ferroviaria, por una imagen que contiene: la luna. Comprendí entonces el homenaje de Miró a San Francisco de Asís, contemplando su obra dedicada a la hermana luna y la iconografía de las constelaciones. En esta ocasión no era la iglesia principal la que estaba vacía, como decía Alberti, sino estas salas. Llegamos en el tren centenares de personas, pero en estas salas estábamos solos. Lamentablemente, ante Miró y Picasso, a los que acompañamos un tiempo razonable en homenaje a su obra.

Pasamos casi de puntillas por la iglesia de San Bartolomé, de estructura barroca (1688-1733), con fachada modernista proyectada en 1904 por el arquitecto catalán y discípulo de Gaudí, Joan Rubió i Bellver, porque tenía un objetivo claro: visitar el Museo Can Prunera, en la calle de la luna, la que pintó tantas veces Joan Miró, ubicado en una antigua casa de estilo modernista construida a comienzos del siglo XX, de formas sinuosas como la escalera espiral del edificio, animalísticas y naturales. Comencé la visita por las habitaciones de las plantas baja y principal, que conservan parte del mobiliario original: mesas, sillas, camas, armarios y vitrinas en los cuales es patente una gran riqueza decorativa. En estas salas pude contemplar valiosísimas obras de arte, con una muestra «Del Modernismo al siglo XXI», una colección de pintura que pertenece mayoritariamente a la Col·lecció d’Art Serra, y que en estos últimos años se ha ido enriqueciendo gracias a las donaciones de obras que, particulares y artistas, han hecho a la Fundació Tren de l’Art, entidad gestora de Can Prunera Museu Modernista. Esta colección recoge obras excepcionales de Joan Miró, Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Klee, Fernand Léger y Maurice Vlaminck; también, de artistas mallorquines o próximos a esta tierra tales como Santiago Rusiñol, Joaquim Mir, Joan Fuster, Eliseu Meifrén, Ritch Miller y Miquel Barceló.

Bajamos por la preciosa escalera modernista helicoidal hasta llegar al sótano, donde la casa tenía la actividad de servicios tales como cocina y lavandería, con pozo interior incluido, recuperado como espacio museístico. Allí me detuve en la obra de un pintor sollerense, Juli Ramis, a través de tres épocas muy concretas del autor: pintura de juventud, época cubista y obra abstracta. Pasé el jardín, del que aporto una imagen de contraste cromático y allí contemplé en todo su esplendor, junto a la fachada principal, una muestra viva del art nouveau francés llevado a Sóller por emigrantes que regresaron a su ciudad a principios del siglo XX.

 

MAJA NEGRA2Estación de Sóller – Mural “La Maja Negra” / JA Cobeña

Estuvimos solos en Can Prunera, en un museo vacío de personas, pero no de arte. Salí a la calle de la luna número 86 a 90, la que pintó tantas veces Miró y recordé las palabras de San Francisco que dedicó a su querida hermana, una criatura especial: Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, / en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas. Es el regalo que nos hacía Sóller gracias a su afamado tren, para mí el Tren del Arte, donde volvimos a ver la luna muy cerca de la maja negra de Miró en la estación, despidiéndose de nosotros, luminosa, preciosa y bella.

Sevilla, 16/VIII/2016