
Satélite de ti, no haga otra cosa,
si no es una labor de recordarte.
¡Date presa de amor, mi carcelera!
Miguel Hernández: estrofa final del primer poema, entregado en mano, a Josefina Manresa, a modo de declaración de su amor hacia ella.
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Sevilla, 27/VII/2026 – 20:19 h CET (UTC+2)
Si hubo alguien que marcó la vida y obra de Miguel Hernández, fue sin lugar a dudas una mujer extraordinaria, Josefina Manresa, cuya descripción demuestra con creces el sentimiento y reconocimiento del poeta hacia ella:
Tus señas particulares son: pelo largo, hecho un puro anillo y negro, negro como un rincón de noche, su piel pálida y graciosa, su boca demuestra una mujer de mucha voluntad y es fina y bien recortada, su nariz copiada de Venus y sus ojos profundos y pensativos y guapos en medio de dos cejas como dos puñaladas de carbón fino.
Dejando atrás su vida iniciática en la poesía, entré en la tercera sala del Museo, dedicada exclusivamente al poeta enamorado, respetando su infancia rural, una obra suya emblemática, El rayo que no cesa (enero 1936) y su controvertida estancia en Madrid desde su llegada en 1931, donde se produce la transformación ideológica tanto personal como literaria, alejándose de su arraigo literario y de creencias religiosas aprehendidas de su amigo del alma, Ramón Sijé, seudónimo de José Marín Gutiérrez, uno de los componentes del grupo que se reunía en la tahona de su amigo Carlos Fenoll, en Orihuela.
Las relaciones que establece con artistas contemporáneos, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, que elogió favorablemente en febrero de 1936, El rayo que no cesa y José María de Cossío, entre otros, que le acerca al mundo de los toros, así como la amistad estrecha con la pintora Maruja Mallo, le permiten descubrir nuevas proyecciones personales, literarias y poéticas. Me emocionó ver la dedicatoria de Cernuda, en su libro “La realidad y el deseo”, en mayo de 1936. Quizás fue un gran revulsivo para él la muerte de su gran amigo Ramón Sijé, al que dedicó la famosa elegía, que personalmente recuerdo siempre con especial emoción y sentimiento, creyendo que este hecho marcó un antes y un después en su compromiso social, llevándolo a límites ideológicos insospechados. La escalera de pared que se expone en la sala, junto al rótulo de calle con el nombre de su gran amigo, muerto para él “como del rayo”, simboliza algo importante en su vida: hay que olvidar el olvido de quienes amamos y un día desaparecen de nuestra vida, pero no de nuestra alma de secreto. Es lo que eleva, tramo a tramo, nuestro espíritu.

De allí pasé a la sala cuarta del Museo, dedicada a su obra “Viento del pueblo”, que demuestra el giro copernicano que Miguel Hernández supo dar a su vida, interpretando la fuerza que imprimió en su persona el viento del pueblo, sus demandas democráticas. Fueron unas vivencias vinculadas con el inicio de la guerra civil, que le sorprendió en Madrid, siendo el comienzo de una colaboración directa con la causa republicana. Esta compleja situación la puso en conocimiento de Josefina Manresa diez días después de iniciarse el golpe militar: “Mi muy querida Josefina mía […] ha habido días en los que no he podido salir a la calle de los tiroteos que había en todo Madrid”.

El “poeta del pueblo” se hace muy presente en todos los frentes republicanos y así se le reconoce en la prensa tan leída por los milicianos y milicianas implicados en la defensa de la democracia.

Durante la guerra civil, la presencia de Miguel Hernández en la prensa fue determinante en su compromiso social con las libertades. Fue un excelente periodista en el frente, donde ya era conocido en su trayectoria poética, en revistas tales como La Gaceta Literaria, Estampa, Cruz y Raya y Caballo verde, entre otras.
Considero por último, en estas reflexiones sobre esta sala del Museo, que es imprescindible recordar que Miguel Hernández fue enviado a Jaén como Jefe del Altavoz del Frente Sur republicano, siendo una publicación suya en un periódico del Partido Comunista, El Altavoz del Frente, en su número 1, un poema, Aceituneros, que para Jaén y nuestra Comunidad Autónoma tiene un valor incalculable. Contemplé con respeto reverencial esta imagen del poema:

En ese momento recordé con especial afecto la versión de Jarcha. No la olvido, porque forma parte de la banda sonora de mi vida. Alguna lágrima me recordó momentos transcendentales para preservar la democracia en nuestro país. Me sentí más cerca que nunca de Miguel Hernández y de su sufrimiento humano hasta la muerte, compartido con Josefina Manresa.
Personalmente, escucho con frecuencia la voz de Miguel Hernández, en el único archivo sonoro que se conserva, que invito a escucharla de nuevo, en una grabación realizada por Alejo Carpentier en París en 1937, cuando Miguel iba camino de Moscú. El poema que recita es la “Canción del esposo soldado», publicado primero en El mono azul y después en Viento del pueblo, dedicado a su compañera de vida, Josefina Manresa, embarazada de su hijo Manuel Ramón.
Canción del esposo soldado
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo,
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado;
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa,
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente, que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera;
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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¡Paz y Libertad!
















