El piano de Hiroshima

Hay noticias que pasan sin pena ni gloria a pesar de su trascendencia. El pasado domingo se entregó en Oslo el premio Nobel de la Paz a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares. El día siguiente, se celebró un concierto en honor de los ganadores del premio Nobel en el que hubo un protagonista especial, un piano Yamaha superviviente del ataque nuclear de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Me parece un homenaje con música a un hecho vergonzante para la humanidad y que pervive en la mente del pueblo japonés a pesar del tiempo transcurrido. Como testigo de cargo, el piano todavía mantiene niveles bajos de radiación y se observan en su lacado negro restos de cristales que saltaron por la onda expansiva de la bomba al estar en su radio de acción.

Creo que es una imagen preciosa para recordarnos algo que pervive a través de los siglos, como expresión de paz en momentos de sufrimiento para las personas: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor. Lo sigue siendo en ambos mensajes porque ese piano, testigo vivo de una historia que no se debería haber contado jamás, nos entrega alegría a través de composiciones interpretadas por manos maestras. Al mismo tiempo, es medicina para el dolor de la memoria no olvidada.

Mitsunori Yagawa (65 años) ha manifestado recientemente (1) que “Durante el bombardeo de Hiroshima, todo lo que había en los dos kilómetros de la zona cero fue quemado y destruido. Este piano estaba dentro de este límite y sobrevivió milagrosamente”. Él ha restaurado el piano y ha tocado en innumerables conciertos por la paz.

El piano tiene un nombre propio: Hibaku piano (el piano bombardeado). Para que no lo olvidemos, aunque se esfuerza, en los conciertos actuales, en entregarnos algo que siempre lleva dentro desde su fabricación en 1938. Los supervivientes que estaban cerca del piano callan todavía hoy porque no quieren hablar de aquella desolación. Entre ellos, el padre de Mitsunori Yagawa. Pero él nos muestra a través de la música la otra cara del horror, con objeto de que no se repita esa página tan triste en la historia de la humanidad.

En el vídeo que encabeza este post, se interpretan en el piano Hibaku tres obras breves de Chopin y Teiichi Okano. Me he detenido en la última porque es una canción que todos los niños y niñas japoneses aprenden en la escuela pública. Se llama Furusato (el pueblo donde nací) y es sobrecogedor cómo las personas asistentes a este concierto acompañan a la pianista Aimi Kobayashi con una letra de recuerdos especiales para todos, cantando al mundo cómo debemos volver cada día a nuestro rincón de paz:

Perseguía conejos en aquella montaña.
Pescaba pececillos en aquel río.
Aún hoy retornan aquellos sueños.
No puedo olvidar mi pueblo natal.

Padre, madre, ¿se encuentran bien?
¿Estarán bien mis viejos amigos?
Hasta cuando la lluvia cae y el viento sopla,
afloran los recuerdos de mi pueblo natal.

Algún día, cuando haya hecho realidad mis sueños,
volveré.
Donde las montañas son verdes, a mi pueblo natal.
Donde las aguas son claras, a mi pueblo natal.

Sevilla, 14/XII/2017

(1) https://www.clarin.com/mundo/piano-sobrevivio-bomba-atomica-hiroshima-sonara-manana-oslo_0_SyFTk65ZM.html

 

El Niño Jesús proletario, según Saramago

Dedicado especialmente a los niños y las niñas de Las Tres Mil Viviendas en Sevilla, proletarios, porque sigo aprendiendo de ellos que la alegría (alalá, en caló), su alegría, es todavía posible en el mundo cantando villancicos preciosos. Todos los días, más allá de la Navidad. También, a las personas que, como me pasa a mí cuando llegan estas fechas, nos miramos a nosotros mismos y a nuestro alrededor, y nos preguntamos muchas cosas. Nada más.

Cuando se acerca la Navidad recuerdo siempre lo que contaba Saramago sobre el Niño Jesús de su época (1): “En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

La imagen del niño Jesús proletario no la olvido. Me parece que coincide con la de miles de niños y niñas en Andalucía, que siguen viviendo en umbrales de pobreza, según los datos recientes facilitados por la Red Andaluza de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN de Andalucía), en su informe sobre la POBREZA con mayúsculas y que se presentaban en el diario El País con este titular sobrecogedor: Tres de cada 10 andaluces son pobres y casi la mitad de la población corre riesgo de serlo. Andalucía, junto con Canarias, es la región más pobre de Europa: “El 32,3% de los andaluces son pobres y el 41,7% de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, 13,8 puntos porcentuales por encima de la media nacional. Pese a la recuperación económica, que ha conseguido reducir en un 1,5% estos datos con respecto al año pasado [2016], Andalucía, junto con Canarias, es la región más pobre de Europa, sólo comparable a otras comarcas de Rumanía” (2).

Según datos del citado informe, “La pobreza infantil sigue siendo un problema en Andalucía: un 33.11% de la población menor de 16 años está en riesgo de pobreza y exclusión social. Ante esta situación, hay que recordar de forma machacona la Recomendación de la Comisión Europea de 20 de febrero de 2013,Invertir en la infancia: romper el ciclo de las desventajas. En su punto 2.2 hablaba explícitamente de “reducir las desigualdades en la niñez invirtiendo en la educación y los cuidados de la primera infancia”. Esta propuesta acertaba en un enfoque correcto para abordar la relación entre desigualdad, educación e infancia.

Como hago todas las Navidades, vuelvo a abrir el libro de las pequeñas memorias de Saramago por las páginas 107 y 108, buscando el final de esta microhistoria navideña del Nobel portugués, aplicado a nuestra navidad en Andalucía. Y no me sorprende su reflexión de cierre y recuerdo de aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aun dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios… Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús, un Niño especial que deberíamos recordar siempre en la historia actual y real de Andalucía.

Sevilla, 13/XII/2017

(1) Saramago, J. (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura, p. 107.
(2) https://elpais.com/ccaa/2017/10/16/andalucia/1508153161_705299.html

Andamos del timbo al tambo

DEL TIMBO AL TAMBO

En medio de las perversidades de la incertidumbre mundial y de este país, he conocido una gran noticia para el mundo de la cultura porque, desde el lunes pasado, el archivo personal de Gabriel García Márquez está a disposición de quien quiera acceder a él por internet, gracias al trabajo realizado al respecto por el Harrison Ransom Center de la Universidad de Texas. Es un resultado fantástico del mundo digital y ennoblece la inteligencia digital en todas sus proyecciones posibles.

Inmediatamente he accedido al buscador y en segundos me ha presentado el dato que buscaba, en este caso la referencia en su obra de una expresión, “del timbo al tambo”, que descubrí un día ya lejano en la lectura de su obra ”Doce cuentos peregrinos”, un libro de cuentos “sobre latinoamericanos en Europa que durante tantos años había querido escribir”. Hace casi diez años publiqué en este cuaderno digital una reflexión al respecto y hoy la recupero íntegra, porque permanece intacta en su fondo y forma.

Esta noticia nos permitirá conocer mejor a Gabo, su persona de todos y la de secreto. Es verdad que “somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca”.

Sevilla, 13/XII/2017

Del timbo al tambo

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Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, me recordó ayer al releer su Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en nuestra “Isla Desconocida”-, una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guion], resuenan sus palabras con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”.

Es verdad. Aquí está listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales hacen posible la historia jamás contada, de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, a los asuntos importantes para la búsqueda de la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, para las compañeras y compañeros de trabajo, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

Leo los periódicos habituales, escucho ahora mucha radio, la sempiterna onda próxima, veo la televisión que puedo y siempre hay una voz recurrente: la petición de mi voto, variaciones sobre el mismo tema utilizando el símil musical. Pero la partitura no es la misma y buscar esas diferencias es lo que me saca de mi corazón, de mis asuntos y es lo que me lleva a estar ahora “peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”. Como me “recomendaba” ayer Gabo cuando leía, en momentos de silencio, uno a uno sus cuentos peregrinos. Porque entendí muy bien su estructura literaria volcada al mundo mediante sus estructuras cerebrales: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Por eso doy vueltas a mi voto, a mi corazón, a mis asuntos. Porque no todos vamos en el mismo barco, porque suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida”, una patera sin quilla, pero con Norte. Un barco que ahora podría ser un partido político, unas determinadas siglas, siempre a babor, a su izquierda, en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todos los partidos son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pase el día 9 de marzo, porque la libertad para la igualdad no todos los partidos la defienden de la misma forma, porque me preocupa el Estado del bienestar y todos los recursos públicos, su financiación, la equidad, la integración de los que buscan desde fuera la felicidad básica, las personas que emigran a nuestro país porque creen que esta felicidad –la adecuada legítimamente a sus necesidades y proyecto de vida- se puede tocar aunque sea con la punta de los dedos, la atención a las personas que dependen de los demás si la Administración lo garantiza para no confiarlo a la misericordia divina y humana. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. No es lo mismo, no es lo mismo…

Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea este post (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con él. Como me pasa a mí al escribirlo. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como peregrino de la felicidad. De la vida.

Sevilla, 24/II/2008

Perico el de los palotes, Colombine

COLOMBINECarmen de Burgos, en Mujeres en la historia (RTVE)

Pero como toda idea de superioridad en sentido genérico es absurda, hay que convenir en que los dos sexos pueden ser completamente iguales

Carmen de Burgos Colombine (1867-1932)

Tengo que confesar que no conocía la intrahistoria de esta expresión tan interiorizada desde pequeño en mis vivencias de Madrid, porque lo único que asimilé es que no era un modelo a seguir, denostado y maltratado en el lenguaje familiar ordinario. Si quería ser alguien en la vida, el modelo no era desde luego el de “Periquillo” [sic], el de los palotes, que con desdén se ridiculizaba al máximo en el tratamiento con diminutivo para escarnio completo y sin fisuras de su protagonista.

Cuento lo anterior porque me ha sorprendido conocer la verdadera historia de esta expresión, referida al apodo (nunca ocultó su identidad, como gran lección para estos tiempos modernos) que utilizaba Carmen de Burgos, más conocida como “Colombine” (vinculado quizá con el personaje femenino de mayor presencia en la Commedia dell’Arte), a la que se ha catalogado como primera mujer que ejerció funciones de corresponsal de guerra. Una vez más y tras la Segunda República, “quedó enterrada, silenciada, desaparecida y todos los sinónimos posibles de una manera muy eficaz por quienes cumplieron esa misión: la de borrar la figura, la obra y el legado de una de las escritoras más importantes del primer tercio del siglo XX, primera redactora en plantilla de un periódico (hoy casi totalmente desconocida en las redacciones) y la primera mujer española corresponsal de guerra” (1).

Me ha sobrecogido conocer su trayectoria vital porque, como mujer de la época de autos, no tuvo que ser fácil ejercer sus inquietudes profesionales. Además, andaluza por más señas, nacida en Rodalquilar (Almería). Con motivo del 150 aniversario de su nacimiento, se van a publicar dos tomos de la obra periodística de Colombine, en los que ha reunido unos 300 textos, gracias al trabajo que ha realizado durante muchos años Concepción Núñez Rey, profesora jubilada que trabajó en el departamento de Filología Española III de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. ha dedicado su vida a Colombine. Se decía de ella el año pasado que era “cabalmente moderna”: “Cierto que Carmen -como escritora de éxito en la belle époque- tuvo un salón literario (los comentados “miércoles de Colombine”) y jugó algo a la mundanidad, que entendió como esencialmente europea, sin desentenderse jamás de lo que llamaríamos su fuerte veta social. Casada con un periodista almeriense que la maltrataba y al que abandonó, madre de varios hijos que murieron muy niños (sólo una hija sobrevivió y acompañó a su madre), en 1900 Carmen llegó a Madrid -con plaza de maestra en Guadalajara- dispuesta a esa vida literaria a que he aludido y con el triste bagaje de saber en carne propia dónde estaba la mujer española de su tiempo. Entró con éxito en el periodismo combativo, de talante liberal y republicano, aunque no extremista. Y en 1909 cuando comienza su sonado y largo romance con Ramón Gómez de la Serna (11 años menor) era ya autora de obras literarias y periodísticas de bastante eco y polémica: El divorcio en España (1904), Por Europa (1906), relato de un viaje cultural de un año por los más avanzados países del continente, o Cuentos de Colombine (1908), que alcanzó a ser traducido a varios idiomas” (2).

Con este bagaje tan espectacular y sobrecogedor al mismo tiempo, lo verdaderamente sorprendente para mí ha sido identificarla por primera vez con el pseudónimo de Perico el de los palotes, hecho que ocurrió entre 1917 y 1922, y que utilizaba en las reseñas literarias que escribía en el Heraldo de Madrid, periódico que en 1905 ya la había convertido en corresponsal en el extranjero. Es muy importante este matiz porque en momentos difíciles que vivió, escribiendo sobre la realidad del divorcio en España y que dio luz en un libro premonitorio publicado en 1904, que llevaba por título El divorcio en España, nunca ocultó su identidad, firmando con nombre y apellido, cuestión que le complicó seriamente la vida.

Ha sido un encuentro feliz que me ha devuelto una explicación inteligente a una forma de hablar en la Castilla que conocí en los años cincuenta del siglo pasado, que suena muy lejos. A partir de ahora, pensaré dos veces la utilización de esta expresión, Perico el de los palotes, como homenaje póstumo a Carmen de Burgos Colombine, una vida apasionada y cabalmente moderna. Fundamentalmente, porque hoy ha resucitado en mí, porque ella esperaba hacerlo por la fuerza de un libro y de ideas progresistas que no habría podido escribir.

Sevilla, 11/XII/2017

(1) de las Heras Bretín, Rut (El País, 4 de diciembre de 2017). Perico el de los palotes era mujer.
(2) de Villena, Luis Antonio (El País, 14 de enero de 2006). Cabalmente moderna.

El Aleluya de Mozart

El maestro austriaco siempre apreció con respeto reverencial la música de Haendel. En 1777, bastantes años después del fallecimiento del músico alemán, el compositor Georg Vogler enseñó por primera vez su oratorio El Mesías, a Mozart, en Mannheim, aunque la historia ha demostrado que fue el barón Gottfried van Swieten quien puso un gran empeño en que Haendel fuera conocido y respetado en Viena, entregando varias partituras de Haendel a Mozart con objeto de que las estudiara y preparara una versión actualizada de las mismas. Entre ellas se encontraba la de El Mesías, a la que incorporaría instrumentos más sofisticados que los utilizados por Haendel, tanto en viento como en metales. Así fue y en 1789 se publicó la citada versión reorquestada (KV 572).

Mozart había publicado en Milán, en 1773, una composición muy hermosa con libreto de da Ponte, el motete Exsultate, jubilate (KV 165), que finalizaba con un movimiento final dedicado a una palabra que es el hilo conductor de la Navidad, Aleluya. Escucho muchas veces esta obra cantada de forma asombrosa por Aksel Rikkvin y es todavía más sorprendente el cuidado extremo que tuvo en la revisión de El Mesías de Haendel en esta parte fundamental de la misma. La humildad del compositor austriaco se muestra en todo su esplendor en la partitura de la versión que hizo sobre el maravilloso Mesías de Haendel. Dos formas de interpretar el Aleluya y una sola forma de componer con una espiritualidad incontestable.

En estos días, en los que el mundo se distrae con los recuerdos de aquel acontecimiento que encumbró al Mesías prometido después de su nacimiento, como una de las historias mejor contadas de la humanidad, he querido recordar al compositor de Salzburgo, por la forma de transmitir a través de la música la belleza de la vida que nace en cada momento feliz, que solo se entiende cuando nos proponemos vivir apasionadamente las experiencias del afán de cada día, de cada carpe diem, sin que tengamos que recurrir a la Navidad para experimentarlo ocasionalmente.

¡Aleluya!

Sevilla, 10/XII/2017

Se hará lo que se pueda

SANCHEZ FERLOSIO

El escritor Sánchez Ferlosio ha cumplido noventa años y en el homenaje que le tributaron el lunes pasado en Madrid le preguntaron si seguiría escribiendo. Con su sorna habitual, respondió que «se hará lo que se pueda», recordando una famosa anécdota de Juan Belmonte y Valle-Inclán en la que el escritor le decía al torero, «no te falta más que morir en la plaza», a lo que él respondía, «se hará lo que se pueda, don Ramón».

Es verdad. Ante un mundo diseñado por el enemigo solo podemos hacer, a veces, lo que se puede, porque vivimos en un desbordamiento perpetuo de intereses espurios, que se produce por los que no nos dejan hacer casi nada. Es algo así como sucede con el cambio climático. Sabemos qué es lo que hay que hacer, nos lo recuerdan los que saben de ello, pero los dueños del mercado universal actúan sin compasión alguna. Nada es inocente, ni siquiera lo que hacemos si nos dejan hacerlo. Eso, Sánchez Ferlosio lo sabe. La realidad pura y dura es que el saber hacer cosas no ocupa lugar, pero en nuestros cerebros cada vez tenemos menos sitio. Y menos tiempo y libertad para hacerlas.

Sevilla, 8/XII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.jotdown.es/2012/07/sanchez-ferlosio-la-prosa-anfetaminica-de-un-personaje-de-caracter/

Tono morado

PANTONE 2018

Hoy se ha dado a conocer el color del año 2018, el ultra violet (Pantone, 18-3838). Pantone lo ha proclamado como el color que presidirá el mundo a partir del 1 de enero de 2018. La vicepresidenta de la compañía, Laurie Pressman, lo ha justificado para “evocar un estilo de contracultura, el agarre de la originalidad, el ingenio, el pensamiento visionario que nos dirige hacia el futuro”. La justificación de esta elección no tiene desperdicio: “Vivimos en tiempos complejos. Vemos el miedo de ir hacia delante y cómo la gente está reaccionando a ese miedo” y “es de los más complejos porque coge dos sombras que parecen diametralmente opuestas, como el azul y el rojo, y las une para crear algo nuevo”. Tiene el matiz “ultra”, es decir, va más allá del violeta tendiendo más al azul, “lo que habla de la cualidad espiritual de la conciencia”.

Podemos observar que nada es inocente en este gran mercado del mundo. Todo se compra y se vende, todo se justifica, ya sea divino o humano, lo trascendente y lo nimio. Todo se convierte en mercancía por un puñado de dólares o de euros: contracultura, originalidad, ingenio, pensamiento visionario, reacción ante el miedo y la cualidad espiritual de la conciencia.

Me quedo con la lección que aprendí hace muchos años de Juan Ramón Jiménez, a través de un libro que guardo como oro en paño, Por el cristal amarillo, en una edición que conservo de la editorial Aguilar. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer, que conozco bien: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”.

Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

ERICH LESSING-2

No me voy a dejar intimidar por el ultra violet del mercado cromático del mundo, porque estoy muy agradecido a disponer de ojos que ayudan a mi cerebro a interpretar el color de la vida, cualquiera que sea. También, porque aprendí algo muy importante que decía Antonio Machado, El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve. Como decía Juan Ramón Jiménez, no quiero algo más del color con el que distingo la belleza de la vida con mis propios ojos, porque con lo que veo… me quedo contento.

Sevilla, 7/XII/2017