Pájaros que anidan en mi cabeza

DIA DEL LIBRO F 2018

Cuando era niño y hacía las cosas de niño, me decían en casa que a veces tenía la cabeza “llena de pájaros”. No entendía qué me querían decir, pero por la cara que ponían creo que no presagiaban nada bueno. Mi futuro estaba en juego y yo me escondía en lecturas tan dispares como Cuchifritín (el hermano de Celia) y Paquito, de Elena Fortún, junto a uno de Emilio Salgari, El rey de los cangrejos, que todavía conservo.

Los libros son como pájaros perdidos que se conservan en el alma de quien los lee con la atención debida y allí los encontraremos siempre. Mañana se celebra el Día Internacional del Libro y he elegido una imagen representativa que simboliza una idea preciosa, los libros son pájaros, porque anidan en la cabeza por siempre jamás. Es un lugar seguro para conservarlos de por vida.

DIA DEL LIBRO F1 2018También he visto otra imagen que representa esta efeméride con un mensaje alentador: La lectura es mi soledad acompañada, según Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2018. Es verdad, porque leer un libro suele ser una opción personal e intransferible. Entre soledades y pájaros anda el juego este año, situaciones y seres animados que me conmueven en el acto de leer, tal y como contemplo muchas veces a Benedetti en su mecedora de lectura que tanto amaba.

mario-benedetti

Esta semana he leído un libro que he buscado con ilusión de niño con la cabeza llena de pájaros, porque los sigo llevando dentro (uccellaci o uccellini, los famosos pajarracos o pajarillos de Pier Paolo Pasolini). Está dedicado a Antonio Machado, a sus dolorosas soledades, según su hermano José, un gran desconocido en este país. Me ha afectado mucho su lectura porque el título es real como la vida misma, Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José (1). Cuenta en estas páginas que unos días antes de morir en el pueblo del destierro, le pidió ver el mar: “Esta fue su primera y última salida. Nos encaminamos a la playa. Allí nos sentamos en una de las barcas que reposaban sobre la arena. El sol de mediodía no daba casi calor. Era en ese momento único en que se diría que el cuerpo entierra su sombra bajo los pies. […] Así permaneció absorto, silencioso, ante el constante ir y venir de las olas que, incansables, se agitaban como bajo una maldición que no las dejara reposar. Al cabo de un largo rato de contemplación me dijo señalando a una de las humildes casitas de los pescadores: “Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación” Y volvió al hotel, sumido en el más profundo silencio. Una soledad acompañada, recordando una idea de su infancia sobre ella: Sí, yo era niño y tú mi compañera. Seguro que en esta soledad sonora recordó el último verso de su retrato con alma: Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar. Al leerlo otra vez con el calor que da la impecable dignidad de la que hizo gala siempre, se me han caído unas lágrimas, como le ocurría a María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Porque ante la dignidad y la vergüenza todo llora y nada permanece insensible y quieto.

Es verdad, los libros son como pájaros. He buscado en mi biblioteca cerebral un pájaro perdido de Tagore y lo he encontrado allí tan vivo y coleando como siempre: A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos. Estas palabras hoy son cosas pequeñas, que mañana, en la celebración del Día del Libro, serán grandes, porque volarán sin que ni siquiera me dé cuenta de ello. Ahora, que soy mayor y he dejado las cosas de niño, soy consciente de que sigo teniendo la cabeza llena de pájaros-libros, porque gracias a otro hermano pájaro perdido de Tagore, el 130, he aprendido que no hay que cerrar la puerta a todos los errores que me achacaban de niño por tener tantos nidos en la cabeza, porque corremos el grave peligro de dejar fuera la verdad que personalmente he encontrado siempre en los libros de mi infancia en una casa de Sevilla; de mi juventud, once años en tierra de Castilla; de mi historia, incluso por algunos casos que recordarlos hoy no quiero. Todo ocurrió porque un día se me llenó la cabeza de pájaros de Antonio Machado. Así lo viví, lo vivo y lo viviré; y así lo cuento.

Sevilla, 22/IV/2018

(1) Machado, José (1999).  Últimas soledades del poeta Antonio Machado (1). Recuerdos de su hermano José. Madrid: Ediciones de la Torre, pág. 141s.

Contra Todo Esto, solo nos queda la Dignidad y la Vergüenza Activa

CONTRA TODO ESTO1

Cada día que pasa suelo hacer la lista de la indignidad cercana, la que me rodea sin contemplaciones. Es una lista de Todo Esto, que recuerda a Todo Aquello, porque de aquellos polvos vienen ahora estos lodos. Sufro mucho con esta situación porque viví en la época de la no Transición del Régimen Anterior, es decir, Todo Aquello, sintiendo algo más que desasosiego, porque ahora tengo que poner nombre a Todo Esto que me rodea, que tengo que identificar bien, avanzando en desfiladeros existenciales en zona comanche permanente, sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto). La vida es una película que forma parte de la filmoteca particular, que nunca tiene problema de espacio de almacenamiento gracias al maravilloso cerebro. Gratis total. Es lo que nos diferencia del mercantilismo de los necios, porque no confundimos valor y precio.

Estando en estas cuitas, me he acordado de nuevo de un amigo virtual, de nombre Manuel (Rivas), a modo del que yo descubrí cuando era niño a través de Marcelino, Pan y Vino o Pablito Calvo (nada, que no hay manera, tanto monta o monta tanto), también de nombre Manuel, cuando de forma especial hablaba con él: “En sus juegos, Marcelino siempre contaba con un personaje invisible. Este personaje era el primer niño que él había visto en su vida. Ocurrió una vez que una familia que se trasladaba de un pueblo a otro fue autorizada por el padre Superior a acampar cerca del convento para poder suministrarse de agua y otras cosas que necesitaba. lba con la familia el menor de sus hijos, que se llamaba Manuel, y allí conoció por primera vez Marcelino a un semejante suyo de parecida edad. No había vuelto a olvidar a aquel niño con el que apenas si había cambiado algunas palabras durante el juego. Desde entonces, Manuel estaba siempre a su lado en la imaginación y era tal la realidad con que Marcelino le veía, con su flequillo rubio sobre los ojos y las respingadas naricillas nada limpias, que llegaba a decirle: Bueno, Manuel, quítate de ahí; ¿no ves que me estás estorbando?”

He vuelto a encontrar en mi vida real a Manuel (Rivas), a través de su última obra, Contra Todo Esto. Un manifiesto rebelde, que he comenzado a leer con ilusión para encontrar respuesta a Todo Esto que nos Rodea. A él le debo esta reflexión de hoy, porque la dignidad ya no debe esperar más ante Todo lo que está ocurriendo. Él lo explica muy bien y en esa tarea estoy. Me ha dicho que “en la Oficina de Todo Esto, un concierto de manos muy visibles, hábiles en lo suyo como croupiers en el casino de Todo Esto, componen la gran mano invisible que mueve los hilos y toca teclas para mantener Todo Esto”.

Y repaso la lista de Todo Esto que me deja por unos minutos con cierto sigilo, hasta que pueda leerla con el detalle y compromiso que me anima a seguir perteneciendo al Club de las Personas Dignas y con Vergüenza Activa. También, para que la difunda a todos sus miembros porque es una tarea urgente, porque “la vergüenza, me dice, “abre paso a la esperanza, porque no se espera y hay que arrancársela de los brazos al conformismo”:

Todo Esto es descivilización.
Todo Esto es retroceso y rearme.
Todo Esto es la producción de miedo para poner en cuarentena derechos y libertades.
Todo Esto es la sustracción de la democracia.
Todo Esto es la producción de grietas de desigualdad.
Todo Esto es el desmantelamiento de los espacios comunes.
Todo Esto es la producción del odio hacia el otro, al diferente.
Todo Esto es el machismo como sistema.
Todo Esto es la guerra contra la naturaleza y la caza de los ecologistas.
Todo Esto es la domesticación intelectual.
Todo Esto es la indiferencia y el cinismo.
Todo Esto es paraísos fiscales, corrupción sistémica, una mezcla de la economía gris y la criminal.
Todo Esto es la creciente mercantilización y burocratización de la enseñanza.
Todo Esto es desmemoria, o peor aún, contramemoria.

Me siento en un rincón del Club de las Personas Dignas (y con Vergüenza) y comienzo a leer su libro, un manual necesario en Tiempos de Crisis, porque la dignidad y la vergüenza me ayudan a comprender que una transformación de Todo Esto es posible. Gracias a Manuel Rivas, mi amigo visible, dándole vueltas a la cabeza y al alma porque no olvido algo que escribí hace ya unos años en mi cuaderno de secreto: una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente.

Sevilla, 21/IV/2018

 

Refugiados y migrantes, viajeros de la desesperación humana

UNHCR

Como pequeño homenaje a los tripulantes del barco de Proactiva Open Arms retenido en Sicilia durante días y ya liberado, así como a los voluntarios de Andalucía que en su momento fueron detenidos por actuar solidariamente en Lesbos, con acusaciones graves de delitos de organización criminal a personas y ONG´s, a las que solo les ha preocupado recoger en el mar a las personas que buscan una vida digna que no pueden encontrar en sus países de origen. Para que no mueran en el Mediterráneo, en estos viajes desesperados, a veces, a ninguna parte.

El jueves pasado me impactó una imagen reveladora e íntima de un grafiti, Personas refugiadas, ¡Bienvenidas!, en una acera de la Sevilla vieja, recordando las de Jane Jacobs, que me devolvió al principio de realidad de migrantes y refugiados, por sus viajes desesperados a alguna parte: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1). Me pre-ocupó [sic] de nuevo, aunque es noticia diaria en los informativos del primer mundo. Hoy, he querido conocer a fondo la situación actual en nuestro entorno, obteniendo datos objetivos y contrastados como paso fundamental para emitir juicios bien informados.

REFUGIADOS

Sevilla, 12 Abril 2018 / Grafiti con plancha troquelada, junto a la muralla de la Macarena / JA COBEÑA

He localizado un informe magnífico elaborado por UNHCR, Desperate journeys, que recoge la situación actual más próxima a 31 de marzo de 2018, en la que podemos apreciar que España, junto a Italia y Grecia, es el país al que llegan un gran número de migrantes todavía, a través del Mediterráneo, con especial relevancia y por países de origen (por este orden), desde Marruecos, Argelia, Guinea Conakry, Costa de Marfil, Gambia, Siria, Camerún, Mali, otras nacionalidades subsaharianas y Guinea- Bissau. Hacen un total, desde enero de 2018, de 5.000 personas, 3.385 por mar y 1.615 por tierra, con una distribución proyectada (según datos de 2017) del 14% de niños, 9% de mujeres y 77% de hombres, no disponiéndose en la actualidad de un dato estremecedor en referencia a niños no acompañados y separados de sus padres.

Son dos realidades sangrantes para nuestro país, la de los migrantes y la de los refugiados, con bases legales de atención diferentes, pero que confluyen en la capacidad de este país para atender situaciones inhumanas que claman al cielo. Creo que no somos conscientes del sufrimiento que generan estos viajes desesperados hacia una realidad humana y social diferente, donde se pueda compartir segundos de vida digna. Para tranquilizar sus almas. Vivimos muy ajenos a estas situaciones reales y muy próximas, que utilizan un mar que cantamos históricamente como hermoso y tranquilo, en una contradicción memorable, que llevó a Joan Manel Serrat a cantar “Mediterráneo”, desde la tragedia de Alepo en Siria, con sumo cuidado y respeto reverencial a los migrantes y refugiados que pierden con frecuencia su vida en él, porque ese mar maravilloso se ha convertido en la sepultura de miles y miles de refugiados que escapan también de sus países de origen, en un auténtico sinsentido. Además, porque los que mueren a cientos en ese mar ya no serán desgraciadamente caminos para nadie, tampoco le darán verde a los pinos ni amarillo a la genista.

Lo dije en 2016, en un artículo solidario con la tragedia de Alepo, que vuelvo a reivindicar hoy con la misma fuerza: “Quizá solo nos queden unas palabras, que nos permitan recordar una estrofa de la canción [Mediterráneo] que todavía me estremece pensando en Alepo, dejándonos solos con nosotros mismos y como asumiendo en el “yo” mayestático una cierta responsabilidad sobre lo que está pasando en esta guerra [en Siria] tan absurda: “Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno / que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul / para que pintes de azul sus largas noches de invierno. / A fuerza de desventuras, tu alma es profunda y oscura”. Como la de la madre e hija, eritreas, que figuran en la portada del informe de la Agencia para los Refugiados de Naciones Unidas, citado anteriormente y que encabeza este artículo, que miran con profunda tristeza su realidad tan cercana y tan viva. Para que no los olvidemos, ni siquiera un momento, en nuestra alma profunda y oscura, porque al conocer esta realidad tenemos en nuestra piel el sabor amargo del llanto eterno.

Sevilla, 19/IV/2018

(1) Jacobs, Jane (1961), Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, Nueva York: Vintage, pág. 50.

Robert Capa, el fotógrafo del pensamiento en blanco y negro, en color…

ROBERT CAPA

Robert Capa, Collette Laurent, del proyecto GEN X, en las Carreras, Chantilly, Francia, 1952 © Robert Capa/International Center of Photography/Magnum Photos

Sus fotografías no son accidentes y la emoción que reside en ellas no es azarosa. Capa podía fotografiar el movimiento, la felicidad, el desengaño. Podía fotografiar el pensamiento.

John Steinbeck

En la magnífica exposición abierta en la actualidad en Caixaforum Sevilla, bajo el título Robert Capa en color, se puede descubrir el mundo apasionado del color en un fotógrafo que conocíamos en este país como el maestro del blanco y negro en movimiento, por la célebre foto del soldado republicano, imagen tomada por pura casualidad porque estaba en una trinchera con la cámara alzada sin ver exactamente qué estaba fotografiando en ese momento. Le escuché ayer a él contando cómo tuvo lugar esa secuencia mágica y trágica al mismo tiempo, que ha pasado a la posteridad como una imagen representativa del sinsentido de las guerras.

Su azarosa vida tuvo un final trágico al pisar una mina cuando estaba haciendo un reportaje en la guerra de Indochina. Murió muy joven, con 41 años, pero el recorrido de la exposición me permitió vislumbrar una etapa de su vida abierta al color después de una experiencia crucial en retratarla en blanco y negro. Es como si hubiera superado la acromatopsia vital, para pasar a una interpretación bellísima del pensamiento de los que no nos miran, pero conviven con nosotros. Esta es la razón por la que siempre llevaba dos cámaras: una, para el blanco y negro, otra para el color, porque así es la vida.

La acromatopsia es una enfermedad real que provoca ceguera del color, porque no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris, a lo sumo en blanco y negro. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo siempre la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999. Ante una realidad tan sugerente por la transición fotográfica de Robert Capa, recupero de nuevo la lectura que en su momento me sobrecogió tanto, insertándola ahora en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Me impresionaron varias imágenes de la exposición, sobre todo una dedicada a la Generación X (la que nació antes de la segunda guerra mundial), la que recoge un momento mágico de Colette Laurent, en el hipódromo de Chantilly (1952). Fijándonos bien en ella, parece que podemos adivinar su pensamiento, respirando aires de libertad, fumando con boquilla, mirando de forma profunda a un horizonte imaginario. Es paradójico todo porque he leído recientemente que su biógrafo decía que aquella fotografía era contradictoria, porque esa chica francesa, con todo su glamur, era un autorretrato de aquel momento de la vida de Capa: “Su vida es superficial, artificial en la superficie, y no alcanza ninguna de las cosas buenas de la vida, excepto las materiales”. Grandes paradojas de la vida, de su vida. Es decir, la dialéctica viva del paso blanco y negro rutinario al color.

Era una época en la que las revistas americanas pagaban cantidades asombrosas por la obtención de fotografías deslumbrantes, llenas de vida, para contrarrestar los momentos tristes de guerras sempiternas, para contentar a sus lectores ávidos de noticias y fotografías llenas de glamur francés, sobre todo. Robert Capa conocía bien esta trastienda humana porque había estado en casi todas las guerras, pero siempre nos transmitió las secuencias de personas que siempre están detrás de cada acontecimiento vital en momentos penosos como los que nos entregó.

ROBERT CAPA MUERTE MILICIANO

Robert Capa, Muerte de un miliciano leal, Frente de Córdoba, 1936 © Robert Capa/International Center of Photography/Magnum Photos

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás, como reflexionaba en un post que escribí en 2009, Nuevas sonrisas, nuevas lágrimas, dedicado al fotógrafo Erick Lessing: la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación en color jamás contada.

Salí de la exposición con una sensación agridulce de lo que había visto. Todavía retengo en mi retina diversas imágenes que me conmovieron, tales como la del tripulante sueco que hacía señales a otro barco de un convoy aliado, la regata en las Islas Lofoten en Noruega, Ava Gadner en el rodaje de La condesa descalza; la de Capucine, modelo y actriz francesa, en un balcón, en Roma y, por último, la de Pablo Picasso jugando en el agua con su hijo Claude. Inolvidables en un día como hoy de homenaje a la República, que algo de color tiene, porque la imagen del miliciano leal, también presente en la exposición, recuperó ayer mi moviola de secreto en blanco y negro, guardada en la memoria de hipocampo que tanto cuido.

Sevilla, 14/IV/2018

NOTA: recomiendo el acceso a la información extraordinaria que ofrece el International Center of Photography, sobre un hallazgo que ha permitido conocer mejor la obra de Robert Capa: la maleta mejicana.

De fondo, siempre suena Mangas verdes

Corría 1962. Era la primera vez que veía una película en Madrid con la técnica de Cinerama, que te envolvía en una pantalla gigante curva y que reproducía las imágenes tomadas por tres cámaras en diferentes ángulos de tiro. Aquella película, La conquista del Oeste, con un reparto estelar (Carroll Baker, James Stewart, Debbie Reynolds, Gregory Peck, George Peppard, John Wayne, Henry Fonda, Richard Widmark, Eli Wallach, Lee J. Cobb, Karl Malden, Robert Preston, Walter Brennan, Agnes Moorehead y Spencer Tracy), la recuerdo sobre todo por una canción interpretada por Debbie Reynolds, La canción de la Pradera, adaptada de una canción popular inglesa, Mangas Verdes, que no he olvidado desde entonces. Hoy la he vuelto a escuchar en mi emisora de radio preferida, Radio Clásica. Forma parte de la banda sonora de mi vida, grabada en mi memoria de hipocampo con exactitud sonora, pero sin haber tomado conciencia en mi niñez de la cursilería que destilaba su letra. Tampoco sabía el origen de la canción ni su significado. Cleve Van Valen (Gregory Peck) abandona su partida de póker para escuchar atentamente a Lilly Prescott (Debbie Reynolds). Todo debe permanecer en el texto y contexto de la película y de la canción: Ven, ven / hay una tierra maravillosa / para el corazón lleno de esperanza / para la mano tendida / Ven, ven / hay una tierra maravillosa / donde te construiré un hogar en la pradera (traducción de la letra original de la película).

Yo era un niño que había mitificado años atrás a un actor de la época, Errol Flynn, porque siempre salía victorioso en las grandes batallas con los indios, en cualquier desfiladero de la vida, interpretando al general Custer, sin una mota de polvo, con la botonadura brillante, repeinado y con una sonrisa resplandeciente. Curiosamente, unos años antes había comenzado a escribir mi primer diario, fechado en Madrid, un lugar recurrente en mi vida y muy querido. Era domingo y otra vez era el cine el que adquiría protagonismo en mi vida como niño del Sur. Es probable que estuviera afectado aquel día por una de las dos películas que vi en el Cine “Oraá” en la sesión continua de tarde, con ambigú incluido: “El gran jefe” (1955) y “El diario de Ana Frank” (1959), de estreno riguroso. La experiencia de aquellas tardes, en una sesión continua, interminable, te predisponía a ser amante del arte cinematográfico o enemigo implacable. Afortunadamente, lo primero, en mi caso. Y aquellos actores, los protagonistas, Víctor Mature y Millie Perkins, tan distantes entre sí, caminando en vidas tan dispares, empezaban a dar forma a una forma de ser en el mundo. En el caso de Víctor Mature o “Caballo Loco”, porque ya sabía que tendría que luchar siempre con indios en el camino, los nuevos sioux, aunque después saliera de las peleas de la vida como el protagonista, sin que se me hubiera movido el “tupé” y sin una sola arruga en el traje (como le pasaba siempre a Errol Flynn). En el segundo caso, Millie Perkins o Ana Frank, porque la coherencia, el compromiso personal, hace que vivas como en otro mundo, equivocado de siglo, perseguido en aquellos años por la falta de libertad y buscando escribir algo que he vuelto a leer hoy con atención en aquel diario de mi niñez, con una letra cursiva perfecta escrita a pluma: “tendré que seguir soportando que me regañen hasta que encuentre un día mi libertad”. Es curioso, pero taché las cinco últimas palabras hasta hacerlas casi ilegibles.

Somos el niño que siempre llevamos dentro, como lo aprendí de Jose Saramago. Entre Debbie Reynolds y Errol Flynn estaba el juego. Debbie, porque esperaba la entrada de Gregory Peck en la sala de juegos contigua donde cantaba, para contemplarla encandilado. Errol Flynn, porque sabía que al final del desfiladero y de las grandes batallas estaba esperándolo Olivia de Havilland, su amor verdadero. Ambas ofrecían lo mejor que tenían, su corazón lleno de vida y su mano tendida. De fondo, siempre, mangas verdes o la canción de la pradera, da igual.

Sevilla, 10/IV/2018

La impecable dignidad de Antonio Machado

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Qué difícil la suerte / de los pueblos que viven protegidos / por la misericordia de un poema. / Qué difícil la última / soledad de Machado. / La luna llega al mar / el mar llega a Sevilla, / nosotros a un recuerdo / y a esta pálida / desarmada emoción / de compartir una derrota.

Luis García Montero, fragmento del poema Colliure

He ido a la librería con la ilusión de un niño sevillano cuya infancia son recuerdos de una casa de Sevilla y un balcón al que llegaba el sonido del Cine Ideal; mi juventud, doce años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero. Nada más entrar, he localizado el libro que deseaba comprar sin más demora, Estos días azules y este sol de la infancia, un libro de poemas para Antonio Machado, editado por Visor, porque había leído en su contraportada algo que me conmovió en el contexto actual del país: “La Editorial Visor considera que este libro es un homenaje a la memoria de uno de los más significativos escritores de nuestra lengua, pero también supone el reconocimiento a una persona que nunca abandonó su dignidad (la negrita y cursiva es mía)”.

¡Dignidad, qué palabra tan necesaria hoy en nuestras azarosas vidas! Su viejo abrigo, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La cuestión de dignidad en Machado era muy clara en clave shakesperiana: había que serlo hasta la muerte. El canto al amor permanente a Guiomar, en ese momento vital tan delicado, era una premonición también digna: se canta lo que se pierde. Y…, un recuerdo constante de Sevilla, con el color azul como el de esta mañana de búsqueda, tal y como él lo recordaba junto al sol de su infancia, porque siempre fue el niño que llevaba dentro, con sus recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto claro donde maduraba el limonero. Muriendo en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de su dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Sevilla, 5/IV/2018

 

El sueño de Martin Luther King sigue vivo: más unidad, más igualdad, más democracia

A las seis de la tarde y un minuto de hoy, sonarán todas las campanas de Memphis, 39 veces, los años que tenía Luther King cuando fue asesinado tal día como hoy, a esa hora exacta, sin compasión alguna. Su sueño de libertad sigue vivo y sin cumplirse plenamente en Estados Unidos y en este mundo tan altivo. No quiero recordar hoy solo su muerte sino el legado que nos dejó en el discurso que se conoce por las palabras I have a dream (Tengo un sueño), que pronunció el 28 de agosto de 1963 en los escalones del monumento a Lincoln en Washington D.C., que nos permite en 2018 seguir creyendo que los sueños y las utopías pueden ser una meta por alcanzar por millones de personas de bien que poblamos el planeta. Cada uno, cada una, en su pequeño mundo, porque no todos somos iguales desde nuestra forma de ser y estar en el mundo, como se puede demostrar por los desequilibrios sociales escandalosos que nos rodean de paro y corrupción, sin ir más lejos también en España, en nuestra Comunidad, siendo mínimamente sensibles con la realidad más próxima que nos sitia, a veces, de forma descarnada.

Con esta visión, quiero creer que es posible construir otro mundo más habitable “para ser”, dando la vuelta a la realidad que se proyecta todos los días en la clave “para tener”. He repasado este cuaderno y he recuperado las palabras que dediqué a Martin Luther King en 2013 con motivo de la celebración del 50 aniversario del discurso anteriormente citado, recordando un artículo en el diario El País, Sueños y utopías, escrito por Antoni Gutiérrez-Rubí, que no he olvidado desde entonces. Sobre todo, porque me recordó que el compromiso personal con la ética personal y colectiva debe estar activo siempre para no hacernos partícipes de los silencios cómplices que tanto abundan en la actualidad. Decía su autor, en referencia al discurso de Luther King que: “Esas 1.666 palabras sacudieron a la sociedad mundial con tres principios: más unidad, más igualdad, más democracia. Los mismos que cien años antes, a mediados de junio de 1858, en la Convención Republicana de Springfield que le postularía como candidato a senador por el Estado de Illinois, Abraham Lincoln transmitió en su memorable discurso: “Una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie”. La política como utopía necesaria y, en consecuencia, que debe ser posible y realizable. La utopía como proyecto”.

Es verdad que la clave de lo que leí aquél 21 de agosto de 2013 estaba en una frase concreta y con una carga de realidad que todavía me conmueve hoy: “Cincuenta años después, su discurso es parte de la cultura universal. Trasciende el contexto y la historia concreta, para situarse en un plano moral y se transforma en imperecedero e inagotable. Cincuenta años después, la política −en particular en nuestra realidad más próxima− se ha desgajado de la palabra que emociona, que interpreta y proyecta, que acoge y proclama. El descrédito de la política es triple: no tiene sueños que se conviertan en retos, no defiende utopías que comprometan a la acción y no encuentra las palabras que conmuevan y promuevan los cambios colectivos: aquellos que son mucho más que la suma de los individuales”.

Efectivamente, estamos instalados en una profunda crisis política y, aún peor, en una profunda crisis democrática. Nos falta emoción, para convertir los sueños en realidades confortables, muy sencillas, por otra parte, sin depender de entornos meramente materiales. Pero lo peor es que nos falta la palabra, aquella que conmueve y promueve los cambios personales y colectivos, revoloteando en nuestros alrededores una palabra terrible: la desafección. A la persona política, al cambio democrático con representación en Partidos, a casi todo.

Cinco años después de aquella reflexión sigo teniendo hoy un sueño: que la situación política de nuestro país sea realmente una oportunidad para cambiar primero y aunar, después, muchas voluntades, tal y como lo aprendí de la mano de Quilapayún en la Cantata de Santa María de Iquique, porque esta acción unitaria solo se hace posible a través del amor y el sufrimiento, cuando se hacen necesarios para tomar conciencia de que no podemos avanzar en un mundo como el actual, pendientes de que Mr. Trump tome decisiones de Estado en nuestro nombre. O que el Presidente actual en nuestro país interprete las necesidades de este Estado solo a su imagen y semejanza. Sueño también con recuperar alma. Además, como he escrito en otras ocasiones, nos falta alma y cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. ¡Qué paradoja!, porque ya no hace falta eso: tiempo para vivir dignamente.

Vuelvo otra vez a mi hombre de secreto, que no el de todos, a reflexionar la frase que regaló en una ocasión el escritor Lobo Antunes en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), en noviembre de 2008, transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…

Hoy, gracias a Martin Luther King, sus palabras suenan mejor que nunca: necesitamos más unidad, más igualdad y más democracia, más alma en definitiva, porque parafraseando una frase de Lincoln muy querida para él, “Una casa [España, Cataluña, Andalucía] dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie”. Sería una forma de agradecer de forma expresa su compromiso activo, su legado maravilloso en un día de vida más que de muerte, de sueños, que merece la pena recordar con respeto y admiración.

¡Gracias por haber compartido aquél sueño, Martin Luther King! Con profundo respeto.

Sevilla, 4/IV/2018

Estos días azules y este sol de la infancia…

ESTOS DIAS AZULES

RTVE / Libro homenaje a Antonio Machado

Las editoriales Anagrama y Visor eran conocidas durante la Transición de este país, en el pasado siglo, por sus colores identitarios, recordando hoy el negro sempiterno de Visor que nos llevaba simbólicamente a salir del túnel de la dictadura leyendo poesía de aquí, allá y acullá para interpretarla y vivir en un mundo mejor. Tengo un respeto reverencial a esta colección dirigida por Chus Visor y ahora descubro que con motivo de la publicación de su número 1.000 este año, lo ha querido dedicar a un verso perdido, Estos días azules, este sol de la infancia, que José Machado encontró en un papel arrugado que estaba en un bolsillo de un viejo abrigo de su hermano Antonio, días después de su entierro en Collioure.

¿Un recuerdo de sus años en Sevilla o de su reciente estancia en Rocafort (Valencia), en pleno destierro interior? No lo sabemos, pero me parece una idea preciosa que Chus Visor haya invitado a ochenta y cinco poetas para que interpretaran, a su forma y manera, la continuidad o integración de este verso introductorio para un poema inacabado, con objeto de publicarlos en las páginas del libro número 1.000 de su editorial, dedicado íntegramente a Antonio Machado.

Preciosa idea, precioso mensaje, preciosa lectura para los que quieran seguir interpretando todos los días los mensajes de compromiso social activo de este poeta sevillano al que sus paisanos, como es mi caso, debemos tanto en la forma de interpretar lo que todos los días pasa en la rutina de vivir despiertos.

Sevilla, 3/IV/2018

Nuevo aspecto, nuevo compromiso

A lo largo de los doce años de vida de este blog he cambiado en varias ocasiones su aspecto (look) y forma de acceder a él en su planteamiento técnico (feel). Presento ahora un nuevo tema para ponerlo a disposición de quienes leen este cuaderno de inteligencia digital, de nombre muy simple, 20 17, con nuevas funcionalidades agregadas por elección personal: nuevo motor de búsqueda, nuevo tipo de letra más clara, traductor servido por la tecnología de Google y un reproductor de música que inauguro con una obra preciosa de Alessandro Marcello interpretada por un músico excepcional andaluz que nos hace soñar escuchando su forma de tocar el oboe, natural de Valverde del Camino (Huelva), sobre el que he escrito en varias ocasiones en este blog. Escucharlo es una delicia y es una forma de sentir la música como compañera en la felicidad de leer y en aquellos momentos en que necesitemos encontrar paz interior.

La imagen de cabecera, El Cuarto Estado, de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901), no es una elección inocente. Ya lo había señalado en un post en el que utilicé esta imagen, En caminar juntos está el secreto, que reproduzco a continuación como nuevo hilo conductor de este cuaderno digital que busca siempre islas desconocidas. Espero que lo disfruten conmigo y con todas las personas que se acercan a hojear estas páginas especiales.

Sevilla, 2/IV/2018

En caminar juntos está el secreto

EL CUARTO PODER
Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901). El Cuarto Estado.

Lo ideal sería caminar en un estado en el cual la mente, el cuerpo y el mundo están alineados, como si fueran tres personajes que por fin logran mantener una conversación, tres notas que de pronto alcanzan un acorde.

Rebecca Solnit, Wanderlust. Una historia del caminar.

Siempre me ha sorprendido el cuadro “El Cuarto Estado”, al que hizo tan famoso la película “Novecento” de Bertolucci. Lo contemplé a diario en los meses que duró la promoción de la película, cuando vivía en Roma en 1976, a través de las ventanillas de los autobuses 881 y 62, camino de mi Facultad. Descubrí entonces que en caminar juntos está el secreto de la vida.

Hoy, he leído un artículo precioso de presentación de un libro sugerente por su título: “Wanderlust. Una historia del caminar”, de Rebecca Solnit: “Desde las primeras páginas de Wanderlust, eché a andar y ya no paré. Atravesé paisajes salvajes, acompañando a los pioneros de la caminata dos siglos atrás, aquellos que inauguraron la idea romántica y todavía vigente del paseo como liberación y como experiencia estética, y que acabaron cuestionando la propiedad privada (las puertas al campo, para nada metafóricas). Párrafo tras párrafo incursioné con ellos en bosques y desiertos, ascendí montañas por primera vez pisadas, y acabé regresando a las ciudades, las grandes ciudades donde el caminar es una forma de resistencia frente al urbanismo sin escala humana y contra el “¿te gusta conducir?”; una oportunidad para provocar esos cruces imprevisibles que enriquecen la vida urbana contra quienes intentan regularla y vigilarla; una forma de ejercer ciudadanía y reapropiarnos del espacio público en la línea de lo que ya leímos antes en Mike Davis o Manuel Delgado” (1).

Antonio Machado también es un referente en mi vida, en un poema que nunca olvido, sobre todo cuando reconozco errores en mi vida de todos y en la secreto, así como cada vez que me levanto después de una caída: “Caminante, son tus huellas /el camino, y nada más / caminante, no hay camino: / se hace camino al andar. / Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante, no hay camino, / sino estelas en la mar”.

Vuelvo al Cuarto Estado. Me sobrecoge la fuerza de un camino de reivindicación pacífica que se traduce en las expresiones de la cabecera de esta marcha en la que hay una clara necesidad de hablar por parte de la mujer que lleva al niño en su brazo derecho y con la mano izquierda desea reforzar su pensamiento y sentimiento de clase en su marcha proletaria. Necesitaríamos hoy más que nunca estudiar a fondo este cuadro, que simboliza algo que es imprescindible en tiempos de regeneración ética. Al igual que nos recomendó hace siglos el Eclesiastés, lo mejor es caminar juntos para avanzar en progreso social cundo no entendemos nada de lo que está ocurriendo, porque si caemos o nos frustramos diariamente, entendiendo que la responsabilidad de la corrupción social no es solo del Estado, siempre tendremos alguien al lado que nos levante. La experiencia histórica así lo había entendido: el bienestar social, incluso los proyectos políticos compartidos, pueden llegar a ser como cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Incluso un cuarto poder, cuando el legislativo, el ejecutivo y el judicial, dejan de funcionar democráticamente.

Sevilla, 29/IV/2015

(1) Rosa, Isaac (2015, 27 de abril). Buena gente que camina. Babelia (El País).

Cuando la razón y la verdad caminan juntas

“Lo que está ocurriendo está dentro de esa misma tendencia pragmatoide, de obsesión con lo inmediato”, […] Eso significa la muerte de la riqueza más grande de un país, que es la cultura, porque ahí reside su libertad. La filosofía ocupa una función esencial, porque nos obliga a pensar sobre la lengua, sobre el bien, sobre la justicia, sobre lo que somos, sobre la verdad. Desde los griegos, los filósofos siempre han sido la conciencia crítica de una época”

Emilio Lledó 

Sé que con el título de este post doy en la línea de flotación del hilo conductor de una excelente película recién estrenada en nuestro país, Una razón brillante (El arte de convencer), con un mensaje subliminal muy importante: “La retórica, la oratoria, eso es lo que quiero que aprenda: a tener siempre la razón. Y la verdad da igual”. Esta frase la pronuncia el profesor Pierre Mazard, en un diálogo intrigante con Neïla Salah, una alumna de origen argelino y con un comportamiento especial y digno desde el primer día de clase de Derecho en una Universidad parisina, Panthéon-Assas, de gran renombre. La dialéctica permanente profesor-alumna, en aras de conocer bien la oratoria con una trama concursal universitaria, articula la necesaria búsqueda de la razón educada en la filosofía de Schopenhauer, su dialéctica erística o el arte de tener razón, expuesta en treinta y ocho estratagemas. Aunque insisto, la verdad da igual.

Me ha gustado mucho la crítica que hizo Jordi Costa en El País, el día de su estreno, porque contextualiza de forma magnífica la quintaesencia de la película, el gusto francés por el triunfo de la razón, utilizando los títulos de crédito de la película como carta de presentación de la misma: “Es un gozo ver que (…) una novela pueda levantar unas polémicas profundas, animadversión, ira, rencores y amenazas (…) Creo que es el único país del mundo y, obviamente, es el país más bello precisamente por eso”, afirmaba Romain Gary en el espacio televisivo Lectures pour tous, a propósito de la controversia generada por su novela Las raíces del cielo, galardonada con el Goncourt en 1956. Sus declaraciones aparecen en el montaje de archivo que abre Una razón brillante. Junto a las palabras de Gary, una reflexión elegíaca de Claude Levi-Strauss, una insolencia de Serge Gainsbourg y la definición de Jacques Brel de la estupidez como el estado de conformidad de quien ya no siente curiosidad por nada. Todos los fragmentos sirven al mismo propósito: ofrecer una imagen de la cultura francesa como territorio ilustrado, donde toda disidencia y disensión puede ser razonada y argumentada. Una razón brillante no es la comedia francesa al uso para quien va a la sala de cine como quien va al salón de té. Con todo, algo traiciona la ambición de sus propósitos”.

Efectivamente, seguir atentamente el desarrollo argumental de la película no es lo que podemos encontrar en un salón de té, pero sí en rincones del pensar cuando el cine cumple con esa maravillosa función social de compromiso necesario. Como la trama está envuelta de celofán académico, no me importaría concederle un diez como nota final, porque en los tiempos que corren es un aviso precioso para navegantes políticos españoles cumplir a través del cine con una finalidad de Estado, tarea en la que Francia suele ser modélica siempre: la educación que crece de la mano de la cultura es lo que verdaderamente nos hace libres. Aunque solo discrepo del fondo que transmite la película, porque no todo vale ni todo fin justifica los medios: a pesar de que debemos defender la razón a capa y espada, es decir, tenerla, poseerla en estado puro, debe estar acompañada siempre de la verdad. Esa es la gran diferencia, con el espíritu y la letra que nos aconsejó Antonio Machado un día ya lejano: “¿Tu verdad? no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. la tuya guárdatela”.

Los animo a que vean esta hermosa película. Después, si les apetece, podemos hablar de ella escribiendo notas en este cuaderno digital. Será una gran experiencia.

Sevilla, 31/III/2018