Forges, siempre Forges

FORGES

Forges se ha ido a los cielos que siempre dibujaba en trazos laicos. Con él, los funcionarios fuimos noticia en muchas ocasiones, no por el trabajo digno diario, mayoritario en todo el país, sino por una forma de estar en el mundo que no gusta en determinadas ocasiones a la ciudadanía.

Existe una corriente popular sobre funcionarios y funcionarias de este país, altivos, que he recordado en varias ocasiones en este blog: “A Blanca, la protagonista de una novela entrañable de Antonio Muñoz Molina, En ausencia de Blanca, no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Cuando en una ocasión vi aquel chiste de Forges, brillante humorista español, en el que aparecían tres presuntos funcionarios echados hacia atrás en sus sillones, con las manos cruzadas en la nuca y diciendo: “se me abren las carnes cada vez que me dicen que me tengo que ir de vacaciones…”, me pregunté el porqué de estas interpretaciones de la calle. Sin comentarios. Pasados los años y ante la noticia del fallecimiento de Forges, tomo conciencia otra vez de que los funcionarios no sabemos muchas cosas que los ciudadanos y ciudadanas de este país sospechan en la relación diaria con la Administración correspondiente.

Lo digo hoy como exempleado público, porque he crecido junto a la reiterada referencia a Larra, ¡vuelva usted mañana!, en todos los años de dedicación plena a la función pública: educativa, sanitaria, tributaria y económico-financiera, construyendo día a día y, en contrapartida, lo que llamaba “segundos de credibilidad pública”. Me ha pesado mucho la baja autoestima, ¿larriana?, que se percibe en el seno de la Administración Pública por una situación vergonzante que muchas veces no coincide con la realidad, porque desde dentro de la misma Administración hay manifestaciones larvadas, latentes y manifiestas (valga la redundancia) de un “¡hasta aquí hemos llegado!” por parte de empleadas y empleados públicos excelentes, que tienen que convivir a diario con otras empleadas y empleados públicos que reproducen hasta la saciedad a Larra (a veces, digitalizado) y que hacen polvo la imagen auténtica y verdadera que existe también en la trastienda pública. Y muchas empleadas y empleados públicos piensan que la batalla está perdida, unos por la llamada “politización” de la función pública, olvidando por cierto que la responsabilidad sobre la Administración Pública es siempre del Gobierno correspondiente, y otros porque piensan que el actual diseño legislativo de la función pública acusa el paso de los años y que la entrada en tromba de las diferentes Administraciones Públicas de las Comunidades Autónomas, obligan a una difícil convivencia de la legislación sustantiva sobre la particular con las llamadas “peculiaridades” de cada territorio autónomo”.

El chiste de Forges que encabeza estas líneas sirve hoy para agradecerle que removiera con sus viñetas sabias las conciencias quietas de personas en su función diaria en la Administración. Supongo que en los cielos sabrá dibujar el día a día del otro mundo posible. Espero con emoción la fecha de su publicación. Celestial, por supuesto.

Sevilla, 22/II/2018

Pensiones: hoy es el tiempo que puede ser mañana

He participado recientemente en una charla-coloquio promovida por la Asociación de Vecinos Santa Clara y el Club del mismo nombre. Por petición expresa de los asistentes, cumplo el compromiso de entregar el documento que recoge lo que allí expuse de la mejor forma que supe hacerlo en ese momento. Muchas veces he dicho que nadie se baña dos veces en el mismo río. Por tanto, lo que allí ocurrió es irreproducible en conocimiento, sentimientos y emociones vividas en ese momento. Pero las palabras se las lleva el viento y es un compromiso social entregar información para que todas las personas interesadas en estas cuestiones podamos ser más libres a través del conocimiento informado. También, por un principio de transparencia.

Adjunto el documento que preparé para la citada charla-coloquio, pensando que pueda ser útil en el largo recorrido que queda a los pensionistas en este país, en el que debemos movilizarnos con carácter inmediato para que se escuche nuestra voz. No olvido lo que aprendí un día ya lejano de Quilapayún, en su Cantata de Santa María de Iquique: “con el amor y el sufrimiento se fueron aunando las voluntades”. Ha llegado el momento de actuar. Con independencia de lo que puedan hacer los partidos de izquierda o de abajo, los de toda la vida al final, en relación con las pensiones, deberíamos aunar voluntades con el amor y el sufrimiento, desde las bases ciudadanas y populares, para luchar por un futuro digno de las pensiones, propio y ajeno, como aprendimos en la Cantata que no me avergüenza citarla todavía hoy. Deberíamos celebrar encuentros en la calle, tomarla en el sentido más democrático del término, inundar las redes de mensajes solidarios, publicar artículos en blogs y mensajes cortos en redes sociales, plantear debates en el tejido asociativo en el que estemos insertos, estar presentes en todos los medios de comunicación y celebrar actos en foros públicos y abiertos, entre otras muchas actividades, para demostrar y demostrarnos que todavía hay una solución a la situación actual de las pensiones en este país sin tener que esperar pacientemente y en silencio cómplice a un cambio que no está próximo. Es imprescindible la movilidad social y las redes sociales son esenciales para organizarnos y encontrarnos en lugares abiertos, en la Noosfera (la piel pensante que envuelve el mundo), para demostrar que otro país es posible.

Aprendí de Víctor Jara que “hoy es el tiempo que puede ser mañana”. La mejor forma de no olvidarlo es atender estas palabras en su hoy, que ahora es el nuestro, porque no han perdido valor alguno al recordarlas en estos momentos cruciales para este país. Sería una forma de salir del silencio cómplice en el que a veces estamos instalados para complicarnos la vida en el pleno sentido de la palabra. Merece la pena porque en la izquierda digna se sabe que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Palabra de Allende y ¿por qué no?, nuestra.

Sevilla, 21/II/2018

Planchando con Mozart

Una de mis tareas domésticas en el tiempo de júbilo que vivo en la actualidad es el planchado semanal. Es un arte que he vuelto a practicar recordando mi etapa de soltería en la que iba con facilidad del timbo al tambo profesional y doméstico. Pero lo que he descubierto en el momento actual es el placer de hacerlo acompañado casi siempre por Mozart, porque mi transistor de toda la vida está anclado en el dial de Radio Clásica y casi siempre coincide la tarea de la plancha con un espacio de la mañana, Música a la carta, que me recuerda mis años de niñez y juventud en Madrid cuando también buscaba en una preciosa radio Philips (por si acaso sonaba una flauta querida, por casualidad) la música dedicada de los radioyentes anónimos que siempre pronunciaban la misma frase machacona de la época: “a Fulanito o Fulanita de Tal, que me estará escuchando”.

Hoy, una vez más, Mozart me ha acompañado en el momento de planchar una camisa. Ha sido una petición a la presentadora de ese espacio, Silvia Pérez Arroyo, que ha comentado lo solicitado por el oyente, sin saber que yo la estaba escuchando… Nada más y nada menos, que el Adagio del Concierto para piano, número 23 (K. 488). Es curioso, pero ya había recogido sensaciones especiales de este movimiento en un post escrito en 2012, que llevaba un título especial: La inteligencia es bella. He tardado en plancharla el tiempo de esta maravillosa composición, seis minutos y trece segundos (1), una obra que Mozart presentó en Viena el 7 de abril de 1786, en un acto de la Cuaresma, recaudando fondos para su propia supervivencia doméstica, bajo la denominación de concierto por suscripción. Las arrugas de la zona de botones, delantera, espalda, hombros, sisa, ¡mangas! y cuello han sucumbido bajo el peso implacable de la suela de mi plancha de vapor y la guía permanente de mi mano izquierda (sobre todo cuando se desliza sobre las mangas para evitar las arrugas ocultas), hasta quedar perfecta, colgada en su percha, en los compases finales del Adagio… He sentido en ese tiempo la utilidad de lo que algunos mal pensados llaman “placeres inútiles”.

Planchar también puede ser bello, incluso muy útil en tiempos de esos mal llamados placeres inútiles. No digamos si añadimos a este placer el hecho de que lo diga un hombre. Pero tenemos que empezar a normalizar estas situaciones sencillas, domésticas que permiten que la vida sea más amable, incluso bella. Cualquier momento de la vida puede serlo, en la clave que siempre vuelvo a leer en mi memoria de hipocampo, recordando mensajes que aprendí del guion de la película interpretada por Benigni, La vida es bella, leído por mí en bastantes ocasiones y recordado frecuentemente en este cuaderno de “derrota” (en lenguaje marino). Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella cuando ayuda a resolver los pequeños o grandes problemas del día a día. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento.

Es verdad lo dicho anteriormente. Hoy, la inteligencia también es bella incluso en tiempos de júbilo, planchando… Eso sí, con Mozart.

Sevilla, 20/II/2018

NOTA: el vídeo pertenece a una campaña publicitaria de Air France. Es una historia muy corta: un vuelo. Una pareja de bailarines franceses, Benjamín Millepied (el responsable de la coreografía de la película Cisne Negro y Virgine Caussin, interpretan una coreografía, El vuelo, sobre un espejo de 400 metros cuadrados instalado sobre la arena del desierto en Marruecos, nacida a partir de un beso, que constituye la metáfora del vuelo de un avión. Un spot de Air France que me acercó en su momento a Mozart, porque la música de fondo es su maravilloso Adagio del Concierto para piano, número 23 (K. 488).

(1) La interpretación del Adagio citado la escucho habitualmente en la versión de la Orchestra Philharmonia, dirigida por Paul Freeman y grabada en la Iglesia de San Agustín en Londres, en el año 1992 (MOZART, Complete Works, 2006, Brilliant Classics (250 Years).

¡Preferiría no verlo, Mr. Trump!

BARTLEBY EL ESCRIBIENTE

Preferiría no escribir este artículo, preferiría no hacerlo. Hoy he sentido la necesidad de parar mi mundo para bajarme momentáneamente de él. Con profunda tristeza he visto por televisión la visita del presidente Trump a diferentes heridos de la masacre que se produjo el miércoles pasado en Florida, en la escuela de secundaria Marjory Stoneman Douglas, en la que murieron 17 personas. También, la fotografía oficial de su posado presidencial en una habitación del Broward Health North Hospital en compañía de la primera dama y las palabras que ha dirigido a la policía que intervino en esos momentos terribles para decirles entre risas que merecían que se les subiera el sueldo, junto con una felicitación directa al FBI por su actuación en relación con el seguimiento del autor de los disparos, criticada duramente por el gobernador de Florida, presente durante la visita sorpresa de Trump. Con la misma superficialidad, he visto cómo hacía mutis por el foro cuando un periodista le ha preguntado que pensaba hacer en relación con el uso de las armas en un país tan permisivo con las mismas.

El informativo ha seguido dando noticias de diverso cuño, porque el mundo sigue, pero he sentido un desconsuelo que me impedía seguir atento al televisor. Acababa de asistir a un espectáculo del sinsentido actual de la gobernanza en EE. UU. Trump ha demostrado en pocos segundos que no es un modelo en quien fijarse para recorrer el largo camino de la vida. No son de recibo las formas que ha transmitido al mundo en la visita oficial a los principales afectados por los terribles asesinatos de ayer. La pose oficial está muy alejada de la compasión que se espera de un alto mandatario que debe respetar por encima de todo el interés general e individual en sucesos como los que ocurrieron ayer. La frialdad de la presencia institucional del presidente en Florida se palpaba por todos los lados y parecía más un acto de trámite oficial que otra cosa.

Sinceramente, preferiría no verlo, ni leerlo. Ni escucharlo. Preferiría no escribir este artículo. Reconozco que la lectura del relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente, me marcó durante una etapa de mi vida. Recuerdo en bastantes ocasiones la frase preferida de Bartleby, ante cualquier petición de su patrón: “preferiría no hacerlo”. Es muy difícil en la vida ordinaria tomar este tipo de decisiones, sin llegar al absurdo del protagonista del relato citado, pero en muchas ocasiones habría que copiarle sin temor alguno.

En cualquier caso, lo más terrible de Trump es su silencio cómplice en relación con el uso y abuso de las armas en su país, en el que asistimos con demasiada frecuencia a sucesos execrables por la desidia legislativa al respecto. El tiroteo de Florida y su resultado no debería dejar tranquilo a nadie, pero menos al presidente de la nación más poderosa del mundo, porque con estas muertes se vuelven a sobrepasar todos los límites que puede soportar la dignidad individual y colectiva de las personas que quieren vivir en paz.

Sevilla, 17/II/2018

Pajarracos y pajarillos

PAPAGENO3

Puerta de Papageno. Teatro sobre el río Viena / Marcos Cobeña Morián

Entre mis clásicos personales de lectura se encuentra el escritor Manuel Rivas. El domingo pasado publicó en El País Semanal una columna preciosa, El asesor del presidente, con un subtítulo atrevido en su enunciado no inocente: “¿Qué clase de aves anidan en La Moncloa? Los gorriones son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades”. Recomiendo su lectura porque con su maestría habitual desarrolla un mensaje conductor que no tiene desperdicio.

En tal sentido, me ha recordado unas palabras que escribí sobre este pajarillo tan amable, con un título muy cercano al canto que le dedicó Juan Manuel Serrat en un clásico popular, Tutearnos con las nubes, como un gorrión, donde abordaba el papel que podían jugar ciertos pájaros en nuestra vida, ya sean asesores o aves que nos susurran ciertos comportamientos al oído: “Siento un respeto especial hacia este pájaro tan diminuto, que he conocido bien a lo largo de mi vida. Desde el Parque del Retiro en Madrid, hasta el de María Luisa en Sevilla, es de los pocos pájaros que he distinguido bien en su alegre caminar, saltarín por excelencia y de una nobleza más que encomiable, porque se posa en tu mano con cierto descaro con solo ofrecerle una migaja de pan. Pero hay dos gorriones que me han marcado en mi vida, el de Serrat en su delicada canción Como un gorrión y el de Manuel Rivas en su precioso relato La lengua de las mariposas, a través de Pardal (gorrión, en gallego), un niño con ese nombre que llevo dentro de mi persona de secreto. Hasta que hoy he conocido a través de un fotoensayo de Juan Millás que los gorriones desaparecen y he sentido como si los gorriones a los que he querido especialmente fueran a desaparecer algún día también de mi vida interior: “Contrariamente a otras aves urbanas que en las plazas nos miran desde el desafecto, el gorrión tiene algo de hombrecillo emplumado que anhela nuestra suerte y forma de vida”.

Cuenta Manuel Rivas que el presidente de EE. UU., Thomas Jefferson, tenía en su despacho oval de la Casa Blanca un cenzontle o sinsonte al que llamaban Dick, citando una referencia de Jennifer Ackerman en su libro El ingenio de los pájaros: “Siempre que estaba solo, abría la jaula y dejaba que aquel pajarillo volara libremente por la estancia. Tras revolotear durante un rato de objeto en objeto, Dick se posaba sobre su escritorio y le regalaba las notas más dulces, o bien se posaba en su hombro y comía de sus labios”. De esta experiencia, salta Rivas a una afirmación inquietante: “No sé con quién se asesora el señor Rajoy. Uno de sus consejeros y redactor de discursos era Jorge ­Moragas, destinado ahora como representante de España ante la ONU, en Nueva York, donde quizá tenga la suerte de escuchar algún cenzontle. Tampoco sé qué clase de aves viven y anidan en La Moncloa. Seguro, eso sí, que hay algún gorrión. Según Louis Lefebvre, los gorriones son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades. Pero ¿quién escucha hoy en España a un gorrión?”.

Suelo contemplar de cerca a los gorriones y siempre los asocio a Pardal, el niño-gorrión de Manuel Rivas que estaba asombrado con su profesor republicano porque un día le dijo que podría ver la lengua de las mariposas con el microscopio que esperaban con ardiente impaciencia de los de la Instrucción Pública, “[…] una trompeta enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa”. Y aquel niño, como un gorrión, tuvo siempre envidia de las mariposas: “Qué maravilla. Ir por el mundo volando con esos trajes de fiesta…”. Así, ensimismado con la vida, hasta que un día el maestro, Don Gregorio, desaparece en una cordada de presos durante la guerra civil española, a los que incluso él insulta y tira piedras por el sinsentido de la vida, por tanto silencio cómplice que nos asola ¡Qué paradoja tan cercana!

Una vez más me retiro a mi rincón de pensar y escucho la canción de Serrat que tanto me aportó en mi vida joven, porque soy consciente, todavía hoy, que “nació libre como el viento, / no tiene amo ni patrón / y se mueve por instinto / como un gorrión”. Con el estribillo de la vida que cada uno pone a su verdad verdadera. La de Papageno, encantador de pájaros, sin ir más lejos o… sí, para tutearnos con las nubes mientras lo permita el cambio climático. Como un gorrión. Muchas veces he explicado en intervenciones públicas lo que cuento a continuación. Siempre me ha asombrado el papel de Papageno, el protagonista de una ópera especial de Mozart, La Flauta Mágica, por su profesión: encantador de pájaros y su simbología tan cercana a la vida, frente a la muerte tan propicia para la Reina de la Noche. Todavía recuerdo de mi viaje a Viena en 2007 la mirada de Papageno en su puerta del teatro sobre el río Viena (mi querido Teatro de barrio), sintiéndose cómplice del movimiento de la Secesión, a escasos metros de su deteriorada figura, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados, sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini (pajarracos o pajarillos), protagonistas de la excelente película del mismo nombre, dirigida por Pier Paolo Pasolini- se estaba refiriendo en su larga andanza.

He recordado a este personaje tan entrañable, Papageno, como si fuera posible invitarle a rescatar hoy en su jaula a los gorriones en peligro de extinción, frente a los pajarracos o pajarillos que quizá asesoran ahora al presidente de nuestro país. Lo que de verdad preocupaba a Manuel Rivas en su columna habitual, porque los gorriones, según el científico Louis Lefebvre, “son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades”. Necesarios o imprescindibles, según los queramos rescatar, escuchar o apreciar en su pequeñez extrema.

Sevilla, 9/II/2018

El ejemplo de Amaia Romero Arbizu

Este país necesita recuperar personas modélicas para aprender que es posible rescatar valores éticos ya perdidos. La vencedora de Operación Triunfo, Amaia Romero Arbizu, no “Amaia de España”, una chica de Pamplona de 19 años recién cumplidos, que viene siendo últimamente un ejemplo para millones de jóvenes de este país que encuentran en ella un modelo en el que fijarse, ha triunfado no para  ser reina por  un día sino porque viene trabajando en su sueño desde que era pequeña, con gran esfuerzo y perseverancia en relación con algo que ama por encima de muchas cosas: la música.

Ha demostrado a lo largo de tres meses que nada es fácil en un recorrido serio de competencia legítima concursal, porque el recorrido vital la avala desde el primer día. Es verdad que vive en Pamplona en un ecosistema muy cercano a la música, con varios miembros de la familia que viven dedicados a ella. Pero también es verdad que desde que era pequeña se ha formado día a día para conocer la música desde su esencia más pura y la ha llevado a estudiar mucho para cantar y tocar diversos instrumentos con una cierta predilección por el piano. Oírla cantar es una delicia porque se transforma en su interior para transmitir sentimientos y emociones.

Ha llegado la hora de desembarazarse del producto de Operación Triunfo. Es el momento de que no se convierta en mercancía su forma de ser y estar en el mundo. Leía recientemente que lo más importante para Amaia y para lo que representa para millones de jóvenes en España es el día después de su merecido triunfo y cuando salga definitivamente de la Academia: “Lo mejor que le puede pasar a Amaia es dejar de ser Amaia de España y ser algo mucho más importante: ser Amaia Romero. Es decir, lo mejor que le puede pasar a esa chica de sonrisa inocente y voz con duende es salir de Operación Triunfo. No ahora, que no puede, pero sí después, cuando el negocio quiera exprimirla y hacer de ella un producto. Lo mejor sería que rompiese con el molde y con esa mirada teledirigida del programa y se convirtiese en la artista que se intuye que lleva dentro” (1).

Las redes sociales la han encumbrado hasta lo más alto. Espero que sigan apoyándola para que no pierda su quintaesencia como persona humilde que se ha hecho a sí misma. La revolución digital tiene poderes fácticos que se necesitan para compartir éxitos humanos y porque llegan hasta los lugares más recónditos del país. Amaia merece el respeto de todos y que la ayudemos a triunfar en la vida en lo que más ama: la música, que sigue siendo después de muchos siglos una compañera en la alegría y un bálsamo muy eficaz en el dolor.

Personalmente, me ha servido su ejemplo para coger los autobuses de los lunes y asistir a mi clase de violín como si tuviera ahora, a mis setenta años, la ilusión del primer día. También, cuando aplico lo que he aprendido a la hora de tocar el piano y el clave. Sé que, si imito su perseverancia, llegará el día en que pueda interpretar el minueto de Bach (BWV Anh. 116) que ensayo con dificultad en la actualidad, con el encanto que Amaia es capaz de tocar los preludios de Chopin, que los he escuchado. Mejor todavía, cuando canta la nueva versión de Víctor Jara de su obra tan querida “Te recuerdo Amanda”, que tanto me enseñó el siglo pasado a estar siempre cerca de los más débiles. Porque Amaia, que reconoció en su momento que no conocía la canción, la interpreta como los ángeles porque lleva la revolución ética dentro de su alma. Es lo que hoy le agradezco, su gran ejemplo de vida dedicada por entero a lo que más ama.

Sevilla, 6/II/2018

(1) https://elpais.com/cultura/2018/01/24/television/1516823743_995958.html?rel=mas

El nuevo traje del emperador, según Anderson

Hagas lo que hagas, hazlo con cuidado

Alma, en El hilo invisible

Las personas enamoradas del cine estamos de enhorabuena con la llegada a las pantallas de este país de una película extraordinaria, El hilo invisible, que llena nuestra alma de interrogantes profundos sobre la llegada del amor a nuestras vidas, perturbándolas, transformándolas. Su director Paul Thomas Anderson, me recordó en todo momento que Andersen, el contador de cuentos, estaba detrás de su relato. ¿Quién no recuerda su famoso texto “El traje nuevo del emperador”?

La película es sorprendente porque de ella se puedan hacer muchas lecturas, pero hay un denominador común: el amor puede romper todo, para bien o para mal, depende siempre del color con el que se mire aquello que ocurre en las personas de secreto de quienes intervienen en el proceso de enamoramiento. El protagonista, interpretado magistralmente por Daniel Day-Lewis, es un modisto de alta costura para personas de alto copete, hace trajes a medida y a cada uno le asigna un proyecto de vida en sus dobladillos y entretelas, porque quizá conoce bien a quien lo va a llevar, posiblemente de cualquier forma, ignorando qué manos lo han confeccionado puntada a puntada. Alma, su espejo imperial, su musa y amante, lo lleva por derroteros desconocidos para alguien que como él controla todo a la perfección, incluso los sentimientos, convirtiéndose en una tejedora diferente, con verdad y alma.

He revisado mi biblioteca y he vuelto a abrir un libro al que tengo especial aprecio, ese cuento de Andersen, de idéntico título, El traje nuevo del emperador, pero interpretado y leído por actores que son amigos de Steven Spielberg, como ya expliqué en un artículo que escribí en este blog en 2009. He leído con atención la interpretación que del mismo hace la actriz Geena Davis, dedicado especialmente al espejo imperial:

Soy PERFECTO

No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.

Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.

Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona, pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.

Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato.

¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?

He comparado los dos relatos, el de la película de Anderson y el del cuento de Andersen, quedándome con el hilo invisible de los dos. Muchas veces, los tejedores más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean. Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño o una persona, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de ser otros, porque son los que de verdad creen en personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores y reinas, cosidos puntada a puntada por modistos o tejedores imparciales que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio.

Cuando ya he llegado al final de la película, me quedo con un mensaje de Alma a Reynolds Woodcock: hagas lo que hagas, hazlo con cuidado. No lo olvido.

Y colorín, colorado, este cuento sobre la realidad perturbadora del amor, todavía (afortunadamente) no se ha acabado…

Sevilla, 4/II/2018