Quilapayún

Cuando el hombre actual canta, casi siempre es para expresar su disconformidad con algo o con alguien. No digamos el andaluz serio y cabal, que canta arrancando segundos a la vida para preparar, con «prisa», un camino auténtico, gritando en clave de justicia lo que muchas veces no entendemos en realidad insufrible. Andalucía sabe de amor y sufrimiento «un rato largo». Si la capitalidad del país está centrada geográficamente, a nivel de corazón Andalucía se lleva la palma de saber lo que pasa en su casa, en sus vidas y en sus personas, porque desde hace mucho tiempo es centro de lucha interior por hacer de sus hombres algo muy sencillo y muy noble: personas. El Sur tiene «eso», que desde los puntos cardinales de nuestra infancia, siempre nos ha tocado estar abajo.

El recital de Quilapayún, en el Parque de María Luisa, fue un ejemplo evidente de lo que Andalucía sabe, quiere y puede hacer. Quien vibró en aquel ambiente, sabe bien que puede experimentar una de las ideas directrices de la Cantata de Santa Maria de Iquique: «con el amor y el sufrimiento se fueron aunando voluntades»

Y Quilapayún no canta «música celestial». Conocí a este propósito un fruto suyo en París, en enero de 1975. Visitando el edificio de la UNESCO, supe de la actuación del conjunto chileno en aquella casa, con el fin exclusivo de contribuir, con el dinero obtenido a través de sus actuaciones y de un disco grabado especialmente, a remediar el problema grave de sequía que en aquellos momentos estaba atravesando la República del Chad, en África Central, donde millares de personas morían de sed diariamente. Es un símbolo, pero me interesó desde aquel día su vida y sus obras. La Cantata me pareció siempre sorprendente y aleccionadora, porque era una expresión estética de lo que un hombre puede llegar a vivir hasta sus últimas consecuencias.

Andalucía dio ayer muestras suficientes de saber cantar y expresar sus problemas, al ritmo que se le pida. Ahora vivimos unos momentos difíciles, donde hace falta mucho valor y mucho aguante para seguir en la brecha de la verdad y de la libertad. Amor y sufrimiento no nos faltan; humor, tampoco, pero sí una toma de conciencia solidaria y definitiva de que sin ser Norte, Este, Oeste ó «Centro», podemos construir una «casa» mejor y labrar una tierra fecunda para ese auténtico «hombre interior andaluz» que todos llevamos dentro…

Quilapayún, gracias por recordárnoslo.

El Correo de Andalucía, 21/IX/1977, pág. 3

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