Una pregunta curiosa

Nuestra generación -rondo los treinta años- sabe más de preguntas que de respuestas. La anterior, al revés. Y es curioso constatar que comenzamos a pasarlo muy mal y a añorar seguridades, cuando las preguntas se dilatan en un arco de tiempo indefinido, sin obtener respuesta alguna. Podríamos abordar el tema desde un punto de vista central: el hombre es el único ser que nace ya con la pregunta incluida y con capacidad en potencia para cuestionar su sentido último. ¿Por qué? ¿A qué es debido esta «característica»? K. Lowith nos ayuda a desbrozar el camino con un aserto esclarecedor: «en el mismo momento en que el hombre adviene a sí mismo como hombre, llega una pregunta». Es verdad. Toda la realidad del hombre queda centrada en su pregunta más radical: ¿quién soy yo? Llegar a esta situación supone cuestionarse la existencia en cada segundo vital, «armarse de valor», como dirían los más cautos.

A lo largo de la historia de la filosofía, muchos hombres se lanzaron a esta aventura sin miedo alguno. Se preguntaban por sí mismos y se volvían a preguntar si hacía falta, como en una actitud desenfadada de dejar algo claro para la posteridad. De aquí su influencia en los momentos cruciales de la humanidad. Con sus teorías y principios podríamos obtener un abanico de respuestas abrumadoras, que, aún siendo reveladoras y esclarecedoras, no constituirían nunca la respuesta tipo a mi pregunta concreta, precisamente por ser ya algo pasado y caduco, que correspondió a un determinado tipo de hombre y de sociedad. Si la pregunta hecha carne todavía es vital, no puede anclarse en un prontuario de respuestas prefabricadas. Si el hombre pregunta por sí mismo es porque quiere saber algo nuevo. La dialéctica viejo-nuevo- ayer-hoy entra en juego. Despejar esta incógnita constituye entonces la tarea más ardua que pueda emprender cualquier ser humano. La posee como patrimonio personal e intransferible, pero lo paga en problemas, situaciones críticas y en existencia.

Hace pocos días leí el último libro del psiquiatra y psicoanalista escocés Ronald D. Laing, titulado «Las cosas de la vida». Su intuición como tesis acerca de la vida y su sentido viene a iluminar una serie de interrogantes en cada ser humano. El mundo de la preconcepción, de los seres «queridos y no queridos», la fecundación en el amor, en el odio o en la casualidad, el embarazo vivido o maltratado, el parto en circunstancias normales o no, el amor de la pareja, etc., llevan hoya cuestionar con curiosidad esa pregunta multisecular que, poco a poco, se sitúa en la primera fila de la existencia humana: ¿quién soy yo?.

Más bien habría que hacerse las siguientes preguntas: ¿soy fruto de un acto de amor o de una situación de egoísmo?, ¿quiénes son mis padres, mis hermanos, mi familia, mi sociedad, mi casa, mis amigos, mis compañeros de horas altas y bajas, etc.? Despejando, una a una, estas incógnitas, quizá se pueda obtener la respuesta fundamental, aunque tampoco habría que considerar como fracaso o como algo negativo el hecho de tener que continuar trabajando la pregunta.

Creo que el corazón no debe estar ausente en esta búsqueda. El pensamiento y el sentimiento no se contraponen, sino que en este caso se complementan magníficamente. El mundo que nos rodea es muy frío, desprecia el corazón y el amor por ser criaturas suyas totalmente manipuladas y tergiversadas. Rescatar su validez primigenia y el matiz que hoy necesita, entre otras cosas nada nuevo, sería devolver humanidad a la pregunta existencial. Sinceramente, prefiero saber quién soy yo a través de mis preguntas y de mi corazón, antes que a través de un cerebro electrónico, a pesar de mis limitaciones y de los problemas que la autonomía me puede acarrear. A este propósito dice Laing: «no logro entender cómo un conocimiento sin amor puede llevar al conocimiento del amor, ni cómo un método insensible, de resultados insensibles, puede hacer algo más que dar explicaciones prescindiendo del corazón».

¿Quién soy yo? No lo sé todavía, pero busco saberlo. ¿Me acompaña? Le aseguro desde este momento que entramos en una de las experiencias más interesantes de la vida.

El Correo de Andalucía, 18/IX/1977, pág. 3

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