El olvido se podrá comprar

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

¡Que viene, que viene!. Se va sabiendo cada vez más de los procesos cerebrales que nos permiten recordar, que protegen los archivos de la memoria que, a veces, preferiríamos borrar. Y el 26 de abril saltó al mundo una noticia de interés manifiesto: el olvido se podrá comprar. Sugerente, éticamente hablando. Se abren unas perspectivas extraordinarias para recuperar felicidad perdida, bienestar legítimo, bien-ser (¡perdón, por el neologismo!), del que algunas veces he hablado en este blog (El cerebro feliz). Y el texto de referencia dice lo siguiente (tal cual: http://www.elpais.com/articulo/opinion/olvido/disposicion/elpepiopi/20090427elpepiopi_3/Tes):

ANÁLISIS: EL ACENTO
El olvido a su disposición

“Preferiría no hacerlo», era todo lo que necesitaba decir Bartleby el escribiente para no hacer nada que le desagradara. Pronto, las personas de carne y hueso podremos contar con una opción casi tan buena como la del personaje de Herman Melville: «No quiero acordarme». El pasado es inmutable, pero la memoria es frágil. Sobre todo ahora que ha llegado un compuesto químico llamado ZIP. En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento. La molécula funciona tanto para borrar procedimientos motores, hábitos afectivos y conocimientos geométricos. Es eficaz y altamente específico. Y no destruye neuronas. Borra limpiamente el recuerdo, con más eficacia y nitidez que el propio paso del tiempo.

Los científicos utilizan esta molécula del olvido para estudiar las bases biológicas de la memoria, uno de los grandes problemas no resueltos de la neurología clásica. Pero también discuten su posible uso futuro en pacientes humanos. La idea inicial sería usarlo para ayudar a las personas a olvidar hechos traumáticos, como una violación, o los hábitos asociativos que les conducen a las drogas.

El problema, como suele ocurrir, está en las fronteras invisibles. ¿Por qué no borrar toda memoria dolorosa? ¿Por qué no acceder al paraíso en la cabina de montaje? Borrar o modificar los recuerdos de la gente, aun cuando sean recuerdos dolorosos, es una posibilidad llena de incertidumbres. Una cosa es que las personas tengan aversión al sufrimiento en el momento de experimentarlo, y otra que quieran eliminarlo de su pasado. El aprendizaje del dolor es parte de la formación del individuo, y las experiencias desagradables constituyen un valioso cuerpo de conocimiento sobre el mundo al que, probablemente, sería arriesgado renunciar en ciertas situaciones. Otra cosa es que estos argumentos lograran detener a alguien que tuviera el fármaco en su mano y un recuerdo insoportable en su cabeza. Contra todo consejo médico, la amnesia selectiva podría convertirse en una droga de abuso del futuro.

Todo venía por la publicación, el pasado 26 de abril, de un reportaje publicado en el diario El País firmado por Javier Sampedro, de sumo interés: “¿Te gustaría borrar los malos recuerdos?. Utilizar fármacos ‘amnésicos’ para eliminar los recuerdos parece posible por primera vez. Una molécula ha demostrado en ratones que es capaz de hacerles olvidar todo: desde experiencias placenteras hasta las desagradables”, donde se planteaba una pregunta muy inquietante: “¿Qué es mejor, borrar lo que uno ha hecho o lo que piensan los demás? La memoria es inestable, maleable y muy manipulable”. Y ya hay respuestas en el laboratorio.

Todo se ha andado y todo se andará. La molécula del olvido se ha descubierto en el laboratorio. Ya se sabe que algunos ratones han agradecido el experimento y ¡ya son felices!. Un día escribí en este blog un post, Cerebro humano, cerebro de ratón, en que manifestaba lo siguiente: “somos, en definitiva, más libres, porque nos conocemos mejor, a través de la verdadera causa de la salud y la enfermedad, gracias a proyectos cuya base científica nace en un pequeño ratón de la factoría Allen, que siempre estará cerca, paradojas de la vida, de la humanidad y de la genética del que conocí hace muchos años, de nombre Mickey [Mouse]”.

Aquella situación, no tan lejana, del queso que un día desapareció de su vista y les produjo tanto dolor, ya no lo volverán a recordar jamás. Lo decía la noticia: “En las pruebas con ratones, una dosis de ZIP [compuesto químico] elimina por completo cualquier recuerdo que el animal estuviera recuperando de la memoria en ese momento”. Y la he vuelto a leer muchas veces, en una composición artística del autor o autora, porque me ha parecido extraordinario que el propio cerebro humano haya llegado a este descubrimiento. Y vuelta a empezar. Situaciones como esta no las deberíamos olvidar. Y el drama shakesperiano está servido, porque olvidar o no olvidar, esa es la cuestión.

Sevilla, 28/IV/2009

Andalucía sin tópicos

MAGAZINE-ANDALUCIA

En un texto dedicado a sus paisanos, decía el poeta sevillano Luis Cernuda que “el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros”. La edición especial de Magazine dedicada a Andalucía en el alma, del pasado 5 de abril, merece el reconocimiento.

Es un trabajo hecho con amor hacia una comunidad que respira tradición y revolución a través del conocimiento. Averroes, filósofo y médico cordobés, dejó escrito que era más importante trabajar en el conocimiento creativo que en la tradición, es decir, diraya versus riwaya. Y atendiendo al talento andaluz se ha avanzado en una tierra colmada de civilizaciones multiseculares que han gestionado el trabajo bien hecho en todas las manifestaciones artísticas posible.

Aprendí de otros que cuando falta alma, falta vida. Por el contrario, cuando existe alma, como en este caso de Andalucía, existe vida. Y me puse a leer atentamente, como gustaba a Cernuda, este Magazine, con amor hecho, en el que ha triunfado el mejor recurso compartido de la vida: el talento de la palabra humana. Con alma.

Carta publicada en la Revista dominical Magazine, el 26 de abril de 2009

Inteligencia digital para niños y niñas autistas

Un ejemplo paradigmático de inteligencia digital lo he encontrado hoy al conocer, con detalle, la disponibilidad en la red de un programa, Zac Browser, concebido desde su origen para los niños autistas. No quiero explicar nada que lo hace por sí solo. Entren en estas páginas http://www.zacbrowser.com/es/index.html y http://www.peoplecd.com/) y lean, vean y sientan cómo es una realidad la inteligencia digital, tal y como la he definido tantas veces en su tercera acepción, de las cinco propuestas en mi libro Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (1): 3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación”, sabiendo que en sí misma no es software, en una dialéctica posible: “Y me quedó claro que la inteligencia es un don humano (para algunas personas “divino”), pero que afortunadamente, no es una lotería: venimos pre-programados a la vida, después de un proceso de concepción y construcción cerebral que se prolonga a lo largo de nueve meses (sinceramente, de toda la vida…). En cualquier caso, se viene demostrando científicamente que la inteligencia, ni siquiera la estrictamente digital, no se puede instalar como un software” (por cierto, ¿libre ó de mercado? Ninguno)”.

Solo me queda el reconocimiento y agradecimiento personal a John LeSieur, el programador que ya está haciendo muy felices a más de 750.000 niños en el mundo gracias a Zac Browser. ¿Por qué? Porque su software…, sobre todo, tiene alma.

Sevilla, 10/IV/2009

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital).

Recordar y predecir (I)

Me acuerdo de esas veces en que no
sabes si estás muy feliz o muy triste.

Joe Brainard (1942-1994), Me acuerdo

He comenzado a leer un libro sorprendente, Me acuerdo (1), que simboliza una actividad cerebral de importancia transcendental en la vida de las personas. Recordar o no recordar, esa es la cuestión. He llegado a esta lectura por dos razones fundamentales: la localización del libro a través de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2), y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar a través de la memoria. Una aventura apasionante.

Dice Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno.

¿Por qué recordamos? Lo hacemos por aprendizaje y programación genética. También, como autoprotección ante determinadas agresiones de la vida. Aprendemos a recordar situaciones vitales, resultados placenteros o displacenteros y, gracias al recuerdo, consciente o inconsciente, reaccionamos de forma controlada ó incontrolada. Fundamentalmente, porque los sentimientos y emociones acompañan siempre al conocimiento, a la respuesta medida o desmedida donde el recuerdo de situaciones anteriores de cariz similar han grabado ya un “programa” reactivo o proactivo (mejor, predictivo) en la memoria. De esta forma se acepta científicamente la realidad del intenso trabajo del hipocampo, estructura cerebral responsable de ordenar y organizar la memoria, sobre todo, la de largo plazo.

Así lo explicaba en un post anterior, El caballo encorvado, del que recomiendo su lectura pausada: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum, (la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera” [3]. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

He seguido leyendo el libro de Brainard. Creo que con sus “me acuerdo…” comprendo mejor el porqué de la soledad sonora de muchas personas a la hora de quedarse solas consigo mismas, más en su caso histórico al tener que demostrar al mundo que su soledad gay lo podía conducir a la muerte por sida, como fue su caso. Conjugar el verbo acordarse sería un ejercicio práctico para compartir experiencias necesarias en la vida. Porque por mucho que nos esforcemos en olvidar, el hipocampo particular nos recuerda que todavía están allí millones de grabaciones neuronales para cuando las queramos rescatar de la filmoteca existencial. Con la dificultad añadida de que muchas veces, estos recuerdos “nos vienen” a borbotones, sin control posible.

Y me acuerdo ahora, de una frase rotunda del artículo de Altares: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado”.

Comienza ahora el esfuerzo denodado por hacernos profesionales de la predicción, si fuera posible, para refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro. Pero sobre esta realidad hablaré el próximo día. Si me acuerdo…, Amarcord.

Sevilla, 6/IV/2009

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.
(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemos, El País (Babelia), p. 8.
(3) Almaguer Melian, W., Bergado Rosado, J. y Cruz Aguado, Reyniel (2005). Plasticidad sináptica duradera (LTP): un punto de partida para entender los procesos de aprendizaje y memoria. Revista Cubana de Informática Médica, 1 (5).

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