Otoño 2026 / 2. Cuando venimos de los álamos

Myriane Bourgeois, canta “De los álamos vengo, madre”, compuesta por Joaquín Rodrigo, en “Cuatro madrigales amatorios”. Piano: Jean-François Grondin

Sevilla, 22/IX/2026 – 07:14 h CET (UTC+2)

El otoño nos prepara para recibir el invierno con toda su crudeza, con la doble cara del dios Jano. Es la antesala de la pérdida de la luz convirtiendo las sombras y grises en un testigo implacable de lo que viene. En Sevilla casi no existe el otoño. Verano e invierno se estrechan la mano día a día y miran de reojo a un otoño que casi hermanan con calor y frío sin pasos intermedios, sin confundirlo con la tibieza apocalíptica: “puesto que no estás ni frío ni caliente sino tibio estoy para vomitarte de mi boca” (Ap. 3, 14-16), una cita matemática (número pi) que no se olvida, sin lugar a duda, que son solo palabras puestas en la boca del dios de los creyentes.

Mientras, leo a Ángel González en su tercer poema de Otoños, Casi invierno:

Alamedas desnudas,
mi amor se vino al suelo.
Verdes vuelos, velados
por el leve amarillo
de la melancolía, 
grandes hojas de luz,
días caídos
de un otoño abatido por el viento.

¿Y me preguntas hoy por qué estoy triste?

De los álamos vengo.

El otoño anuncia siempre los grises del invierno, mirando por el retrovisor del tiempo el color de las tres estaciones anteriores. En esta antesala del invierno, en pleno otoño, constatamos que muchas veces somos ciegos al color, no por una enfermedad, la acromatopsia, sino porque nos acostumbramos a vivir en blanco y negro, como si el color o la alegría no hubiera llegado a nuestras vidas. Cuando era niño, viviendo en una sociedad de eternos grises (incluido el uniforme de la policía…), no había nada que me hiciera disfrutar más que cuando entraba al cine de sesión continua en Madrid y anunciaban en pantalla que la película que íbamos a ver era en “color por tecnicolor”. Era una forma de interpretar la vida de forma diferente.

El otoño hace que, a veces, decaiga el ánimo. La tristeza de Ángel González cuando venía de los álamos tenía una explicación, que leí recientemente en palabras de su esposa, Susana Rivera, cuando afirmaba que la referencia a los álamos no era ni a los que había conocido en New México o los de su tierra, en el Paseo de los Álamos de Oviedo. Eran los que “[…] se imaginaba cuando escuchaba a Victoria de los Ángeles cantar, «De los álamos vengo madre, de ver como los menea el viento…». Ponía ese disco en momentos muy especiales, muchas veces amanecimos escuchándolo”.

De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayreDe ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga, de ver a mi linda amiga. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De los álamos, vengo, madre. De los álamos, vengo, madre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre. De ver cómo los menea el ayre (1).

Y me consuela saber que los álamos queridos por Ángel González estaban en Sevilla, porque su quintaesencia figuraba en un poema popular anónimo recopilado por Juan Vázquez, un extremeño muy vinculado al movimiento renacentista de Sevilla, donde falleció en 1563, en una obra que llevaba por título Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (Sevilla, 1560). “De los álamos vengo madre…”, una canción cantada por villanos, es decir, un villancico, figuró siglos más tarde como cuarto madrigal amatorio compuesto por el maestro Joaquín Rodrigo, respetando la melodía original que había escuchado durante su estancia en París hacia finales de los años treinta.

Otoño, desde los álamos de Sevilla en la Alameda de Hércules, el jardín público más antiguo de Europa, ¿me preguntas hoy por qué estoy triste?

(1) Letra original: http://cristobaldemorales.net/medios/repertorio/alamos_vengo_madre

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¡Paz y Libertad!

Otoño 2026 / 1. El decorado de nuestras vidas

MUSICA DE OTONO

Sevilla, 21/IX/2026 – 08:48 h CET (UTC+2)

En 2019 dediqué una pequeña serie de artículos en torno a la aprehensión del otoño por parte de Ángel González, excelso poeta, tan presente en este cuaderno digital. Vuelvo a publicarlos a partir de hoy, porque para mí la poesía es siempre “un arma cargada de futuro”, tal y como lo aprendí de Gabriel Celaya.

Esta igualdad temporal de los días y las noches (equinoccio) con la que identificamos el otoño, forma parte del decorado de nuestras vidas. Cambia el día, la noche, la luz, el calor, el frío, la caída de las hojas, todo cambia. La oportunidad de escribir sobre el otoño de nuestra vida, cada otoño, hace que cumplamos estaciones en vez de años y surgen, insolentes, unas preguntas curiosas: ¿cuántos otoños tienes? O, ¿cuántos otoños somos?

Ángel González, en su segundo poema de Otoños, Entonces, dedica una reflexión sobre el decorado cambiante de nuestras vidas, porque somos protagonistas de una película, de largo metraje, en la que cada estación hace que determinadas secuencias sean inolvidables. Solo por una palabra maravillosa, entonces, un adverbio demostrativo de que lo que allí ocurrió fue solo en ese tiempo, en ese momento, en esa ocasión. El Fin del Verano, podría ser hoy el título de la película en este momento, entonces, al que sigue de forma inexorable un invierno, estaciones con parada fija sin que nosotros podamos hacer nada por detenerlas en el tiempo.

Entonces era otoño en primavera
o tal vez al revés:
era la primavera semejante al otoño.

Azuzadas de pronto por el viento,
corrían veloces las sombras de las nubes
por las praderas soleadas.
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde.
¿De cuándo ese carmín que fue violeta?
¿De dónde
el oro que era ocre hace un instante?

Los silbos amarillos de los mirlos,
el verde desvaído al que apuntaban,
la luz, la brisa, el cielo inquieto:
todo nos confundía.

Con un escalofrío repentino
de temor, y nostalgia,
evocamos entonces
la verdad fría y desnuda de un invierno
no sé si ya pasado o por venir.

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¡Paz y Libertad!

El otoño se acerca con ruido antidemocrático

Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008)

Sevilla, 20/IX/2026 – 08:42 h CET (UTC+2)

Cuando escribo estas líneas estoy viviendo las últimas horas de este verano ardiente, que nos prepara para un futuro que ya no será como era antes, ni espero que volvamos a lo de siempre porque, en los últimos tiempos, vivir es un auténtico problema diario de experiencias adversas propias y asociadas. Sé que el próximo miércoles, a las 02 horas y 05 minutos, según cálculos oficiales del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional), “entrará el otoño, estación que durará aproximadamente 89 días y 21 horas, y terminará el 21 de diciembre con el comienzo del invierno”.

En ese día se igualan el día y la noche en el hemisferio norte, en una ceremonia temporal y puntual que nunca falla y que los sabios del lugar llaman equinoccio de otoño (aequinoctiumaequus nocte, «noche igual» [que el día]}. Es un aviso para los que nos gusta otoñar, porque también se puede humanizar este tiempo y su momento si somos capaces de aprehenderlo en su justo sentido. Por ejemplo, acudir prestos a compartir esta estación con el poeta Ángel González, aunque él me acompaña siempre a lo largo del año y sus otras estaciones. 

Vuelvo a leer en esta aproximación al otoño de 2026, sus poemas dedicados a los Otoños, en plural, porque existen millones de otoños, los que vive cada ser humano a su forma y manera: mi otoño, tu otoño, su otoño, nuestro otoño, vuestro otoño, el otoño de ellos, de ellas…, el otoñar de todos. De todas formas, los otoños de González me inspiran otra forma de comprender la vida y me gusta compartirlo para hacer más llevadero ese ser y estar en el mundo de todos y cada uno, otoñando la vida. Comienza su entrega de sentimientos y emociones con un poema precioso, El otoño se acerca, que vuelvo a compartir hoy:

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

Lo he manifestado en otoños anteriores: hoy, vuelvo a buscar el ángel que se llamaba luz, o fuego, o vida, y no lo encuentro, rodeado de malas noticias por todas partes, en un país con desasosiego permanente desde hace ya varios años, en este otoño tan especial que sigue entrando con más ruido antidemocrático que nunca, pidiéndonos prudencia a todas horas. Al menos, podemos encontrar un ángel, en medio de tantos demonios, de apellido González. Lo agradezco una vez más, porque necesitamos momentos amables en esta azarosa vida, en este otoño tan cercano ya, en el que estamos obligatoriamente obligados a otoñar, que es soñar de una forma diferente, para no perder para siempre ángeles que necesita este país, que necesitamos todos, con nombres preciosos y que hoy día tienen más valor que nunca: luz, fuego y vida.

Gracias, Ángel González, porque sé que te llamas así por los solsticios y equinoccios que alumbraron con su cambiante luz, su vario cielo, el viaje milenario de tu carne trepando por los siglos y los huesos (1). No te olvido, en la antesala del otoño de 2026, con mucho ruido antidemocrático.

(1) González, Ángel. Para que yo me llame Ángel González, en Áspero mundo, 1956. Madrid: Rialp.

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El sentimiento de otoño de Luis Cernuda, nos permite abrir sueños

Luis Cernuda Bidón (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963)

Sevilla, 19/IX/2026 – 08:30 h CET (UTC+2)

Confieso que cuando se acerca el equinoccio de otoño, tan equitativo entre el día y la noche, suelo refugiarme en la poesía. Lo vuelvo a afirmar sin duda alguna: para Cernuda, el otoño era un sentimiento que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento porque, siguiendo a Alberti, si el otoño no tiene sentimiento es sólo eso, una palabra de cinco letras: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. Además, él lo apreciaba especialmente porque había nacido en esta estación.

Recuerdo que en 2021, por estas fechas, se difundió una noticia paradójica sobre el descubrimiento de tres proyectiles de la guerra civil en su casa natal, aquí en Sevilla, en la calle Acetres (anteriormente calle Conde Tójar, 6), en las tareas de limpieza que se estaban llevando a cabo después de muchos años de abandono desde que, finalmente, fue adquirida por el Ayuntamiento de Sevilla, salvándola de la especulación inmobiliaria y del olvido, entregándola a la ciudad para un fin estrictamente cultural y vinculado con el autor. Todo un símbolo. Una casa que siempre la pensó y sintió Cernuda para la paz, nunca para la guerra y que después de once años de ardiente impaciencia, se abrirá finalmente como Casa de Luis Cernuda antes de que finalice este año, que acogerá, entre otros fines, un museo permanente sobre el poeta. En ella vivió hasta 1914, año en que se trasladó la familia a una casa en el barrio del Porvenir tras el fallecimiento de su padre y, posteriormente, a la de la calle Aire, última residencia del poeta.

Si vuelvo de nuevo, un año más, a encontrarme con Luis Cernuda en esta estación tan próxima, es para conocer mejor qué pensaba de ella y a través de ella. En Ocnos, título que encontró en Goethe, como “un personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno”, como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor, dedica una reflexión intimista, la tercera, al otoño en su tierra, que la vuelvo a leer de forma pausada con la ilusión y expectativa de la primera vez, porque me aporta otra forma de vivir con encanto esta estación tan mágica y controvertida:

Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.

La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: “Que descorran la vela”, y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de casa, moviendo ligera sus pies de plata con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.

Cuando finalizo su lectura, al igual que el año pasado y el otro y el otro, recupero el sentimiento de otoño que tenía Cernuda, expresado también en otro poema con palabras bellas: Llueve el otoño aún verde como entonces / Sobre los viejos mármoles, / Con aroma vacío, abriendo sueños. / Y el cuerpo se abandona. Me consuela saber que puedo abrir sueños, abandonando todo lo que hoy nos sobra para comprenderlos este otoño, porque el tiempo consume todo lo que ocurre y hay que saber alimentarlo, como sabía hacer Ocnos, el personaje mítico de Goethe que hace muchos años entusiasmó a Cernuda.

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¡Paz y Libertad!

¿Cómo se llama ese mes que está entre agosto y septiembre?

Pablo Neruda (1904-1973)

¿Y cómo se llama ese mes
que está entre diciembre y enero?
¿con qué derecho numeraron
las doce uvas del racimo?
¿por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
¿no te engañó la primavera
con besos que no florecieron?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas, XLVI

Sevilla, 25/VIII/2026 – 11:55 h CET (UTC+2)

Cuando ya finaliza inexorablemente el mes de agosto, recuerdo una pregunta concreta y curiosa de Neruda que siempre me ha sorprendido. Es verdad que la vida está sujeta a un calendario gregoriano, católico, apostólico y romano por más señas. Días, meses y años, uno tras otro, sin parar y sin caminos intermedios. Horas, minutos y segundos, uno tras otro también, perfectamente organizados y sincronizados. Me vuelve a sorprender la primera pregunta del capítulo 46 (XLVI) de la obra de Neruda Libro de las preguntas, porque plantea una cuestión íntimamente relacionada con el tiempo y sus circunstancias: ¿Y cómo se llama ese mes / que está entre Diciembre y Enero? 

Quizás fue un día ya lejano, leyendo a Benedetti, cuando descubrí que él hablaba de cumpledías al referirse al consabido cumpleaños, como siempre, a modo de combate cuerpo a cuerpo con la vida ordinaria, con lo consuetudinario, porque ese cumpledías tiene lugar en un tiempo y en un momento particular de cada uno, “cuando en el instante en que vencen los crueles se entra a averiguar la alegría del mundo y mucho menos todavía se nota cuando volamos gaviotamente sobre las fobias o desarbolamos los nudosos rencores”.

Neruda hace una pregunta inquietante, hilvanada con otras a cual de ellas más interesante, cuando descubrimos que el calendario de nuestra vida es lo más íntimo de nuestra propia intimidad (íntimior íntimo meo, que decía San Agustín), sin casi nada que ver con el almanaque gregoriano que nos invade a través del Mercado, tan medido, tan tirano, aunque todo se presente a veces como una obligación cronológica sin más.

¿Y cómo se llama ese mes
que está entre Diciembre y Enero?
¿Con qué derecho numeraron
las doce uvas del racimo?
¿Por qué no nos dieron extensos
meses que duren todo el año?
¿No te engañó la primavera
con besos que no florecieron?

Todo es tiempo y ya lo he analizado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Casi siempre he enmarcado mis reflexiones en torno a un tratado existencialista, Qohélet (Eclesiastés), donde se detallan veintisiete momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno desarrollado con un denominador común llamado “tiempo”, en una dialéctica permanente de contrarios: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Es muy importante destacar que en las diferentes formas de vivir expuestas anteriormente, existen muchas realidades positivas, catorce concretamente: nacer, plantar, sanar, edificar, reír, danzar, abrazarse, buscar, guardar, coser, callar, hablar, amar y vivir en paz. Comprobamos de esta forma que la historia de las experiencias vitales humanas obedece a la búsqueda de un sano equilibrio con los tiempos difíciles de las restantes experiencias que podríamos calificar como negativas (con matices).

Quizás ha llegado el momento de interpretar el tiempo fuera de su encorsetado cronograma y primar esta búsqueda de razones positivas para vivir cada segundo de cada día, de cada mes, para que parezca que el tiempo se detiene en un ciclo que sólo tiene un nombre: felicidad, porque hay que sacar tiempo para disfrutar lo que dice Qohélet (una persona que le gusta vivir en comunidad, compartir), porque era la experiencia de sus antepasados a lo largo de los siglos, aunque para que no se nos suban los humos a la cabeza (todos podemos ser histéricos, palabra derivada de la griega “ústéra”, útero, que explica que los humos se nos suben a la cabeza y así nos va…), él nos dice que seamos prudentes a la hora de valorar las 27 experiencias de los tiempos de cada uno, de cada una, en su totalidad y entender qué significado tiene vivir, aunque sea de forma temporal propia, apasionadamente.

Con esta perspectiva, lo de menos es cuantificar el tiempo en horas y días, por ejemplo, cuando parece que se detiene “como si no pasara o se nos fuera casi sin darnos cuenta” en nuestra realidad más próxima. Comprenderemos mejor las preguntas restantes de Neruda, porque cuando somos felices, durante un tiempo, creemos que los meses duran a veces años y que la primavera de besos y abrazos necesarios puede aparecer en cualquier estación del año. O no. De ahí sus inquietantes preguntas llevadas a este mes de agosto, por ejemplo. La respuesta no está en el viento, que diría Bob Dylan, sino en la forma que tiene cada persona de interpretar el tiempo que nos pertenece y atrapa sine die casi sin darnos cuenta. 

Descubrimos, entonces, una respuesta inteligente a la pregunta de Neruda: lo de menos es el mes que pasa y el que viene. Lo importante es vivir cada carpe diem en estado puro, porque a cada día le basta su propio afán, sin mezcla de calendario alguno, de días de santos y santas, con sus fiestas de guardar o los controlados férreamente por el Mercado. Al fin y al cabo todo se resume en la tercera pregunta de Neruda (capítulo 46 – XLVI), citada al principio: ¿por qué no nos dieron extensos meses que duren todo el año? Roma y la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, no sé si hoy día sabrían responder en su afán de controlar siempre la vida humana, de forma no inocente, no respetando algo “sagrado”: el tiempo individual y colectivo que esa vida concreta lleva dentro.

Para corroborar lo anterior, recuerdo algo que aprendí de Antonio Machado, sin el corsé impuesto por la cronología oficial: Hoy es siempre todavía (Proverbios y Cantares, VIII). Mañana, también y así siempre.

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Al finalizar agosto, recurro de nuevo a Ángel González

Ángel González (1925-2008)

Sevilla, 23/VIII/2026 – 08:16 h CET (UTC+2)

Una vez más confirmo que el poeta Ángel González está muy presente en este cuaderno digital, porque me identifico con él en su forma de interpretar la vida a través de una poesía no inocente. En los días finales de este mes, que siempre llega, recurro de nuevo a su vida y obra, inseparables, en un viaje especial veraniego hacia alguna parte, porque siempre me ofrece una lectura realista de la vida y de su país, el mío, con profunda desazón en muchas ocasiones, aunque aportando siempre luz, vida y fuego en la penumbra del alma.

Con profundo respeto, me aproximo a su breve autobiografía, que no olvido, como tampoco lo hago del retrato conmovedor de mi paisano Antonio Machado: “Nací en Oviedo en 1925. El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo –antes que actor- de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. Sin salir de la infancia, en muy pocos años, me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona. Zarandeado así por el destino, que urdió su trama sin contar nunca mi voluntad, me resigné a estudiar la carrera de Leyes, que no me interesaba en absoluto pero que tampoco contradecía la costumbre, casi norma de obligado cumplimiento (“todo español es licenciado en Derecho mientras no se demuestre lo contrario”), a la que se sometían en su mayor parte los jóvenes de mi edad y de mi clase social –clase media, transformada en mi caso, como consecuencia de la guerra civil, en muy mediocre. Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, antes que por otras razones, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir. Pero yo hubiese preferido ser músico –cantautor de boleros sentimentales- o tal vez pintor. Fui, en cambio, funcionario público. En 1970 vine por vez primera a América –México y EE. UU.-, y empecé a quedarme por ese continente a partir de 1972 (profesor visitante en las universidades de New México, Utah, Maryland y Texas). En la actualidad, enseño literatura española contemporánea en la Universidad de New México”.

Quizás comprendo mejor su intrahistoria íntima cuando me acerco también a su otra forma de identificarse en la vida, en su soledad sentida, ideológica, sobre todo cuando lo expresa con la fuerza de sus palabras repasando un calendario existencial, como me pasa a mí hoy, en los días finales de agosto: “Aquí, Madrid, mil novecientos / cincuenta y cuatro: un hombre solo / Un hombre lleno de febrero, / ávido de domingos luminosos, / caminando hacia marzo paso a paso, / hacia el marzo del viento y de los rojos / horizontes —y la reciente primavera / ya en la frontera del abril lluvioso… / —Aquí, Madrid, entre tranvías / y reflejos, un hombre: un hombre solo. / —Más tarde vendrá mayo y luego junio, / y después julio y, al final, agosto—. / Un hombre con un año para nada / delante de su hastío para todo” (1).

Al final de nuestro acontecer diario, inexorable, siempre viene agosto, aunque a diferencia de lo que expresa Ángel no me encuentro solo a pesar de mi matusalénica edad, como decía Benedetti, porque soy un hombre, es verdad, con un año más, eso sí, delante de una esperanza en todo, que no hastío. La soledad que siento es más en la vertiente ideológica, porque es verdad que cuando se intenta vivir con la coherencia del sentimiento y conciencia de clase al lado, ambas realidades existenciales a la vez, es más difícil encontrar a las personas que desean vivir y expresar lo mismo conmigo, contigo, con ellas y ellos.

A pesar de tener que asumir, como siempre, el principio de realidad, me reafirmo en lo dicho anteriormente: no me siento con hastío para todo, porque leyendo de nuevo a Ángel González, llego a un soneto precioso, Donde pongo la vida pongo el fuego (2), grabado en mi memoria de secreto, porque sin salir nunca de su infancia se convirtió “de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía”. Zarandeado siempre por el destino, que urdió su trama sin contar nunca con su voluntad:

Donde pongo la vida pongo el fuego
De mi pasión volcada y sin salida.
Donde pongo el amor, toco la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
Vuelvo a empezar sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
No me doy por vencido, y sigo, y juego

Lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.
Pero nunca o amor, la fe segura:
Jamás o llanto, pero mi fe es fuerte.


La vuelvo a leer varias veces, para convencerme de que mi fe es fuerte, porque a veces, en la vida, sale amor al siempre va y porque sé que el verano de 2026 en el que estamos instalados, avanza para unirnos y para que tengamos fe en que, de esta forma, jamás seremos vencidos…, ni estaremos solos.

Son sólo palabras sobre palabras de Ángel González. Aún me quedan.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra. Barcelona: Planeta-Seix Barral, 2018, p. 16.

(2) González, Ángel, Ibídem, p. 128.

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¡Paz y Libertad!

Vivamos el día de hoy [Carpe diem]. Capturémoslo. No nos fiemos del incierto mañana

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan / decir que somos quien somos, / nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. / Estamos tocando el fondo.

Gabriel Celaya, en La poesía es un arma cargada de futuro

Sevilla, 22/VIII/2026 – 08:39 h CET (UTC+2)

Disculpa, querido lector, querida lectora, que recurra de nuevo a la escritura circular sobre determinados asuntos tratados en los más de tres mil artículos publicados en este cuaderno digital, desde la apertura de sus páginas en 2005, casi veintiún años, que no son nada o mucho, según se mire, como cantaba Carlos Gardel: Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada errante en las sombras, te busca y te nombra. Lo que ocurre es que en estos tiempos modernos de trumpismo, desafección política y ocaso de la democracia, hay que buscar reforzadores éticos, el suelo firme de los actos humanosde la existencia (como decía el profesor López-Aranguren), para seguir navegando en mares procelosos.

Es la razón de por qué vuelvo a retomar hoy, salvando lo que haya que salvar, la importancia del carpe diem, locución maltratada a lo largo de su historia literaria, manipulada en muchas ocasiones, porque se obvia su texto completo y su contexto. Todavía resuenan en mi memoria de hipocampo las palabras del profesor John Keating, interpretado por el excelente actor Robin Williams, en la inolvidable película El club de los poetas muertos: Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

Cuando Robin Williams subió a su cielo particular en 2014, escribí unas palabras que estoy seguro que podría compartir hoy con Bertrand Tavernier hablando de su aleccionadora película Hoy empieza todo, porque cuando todo comienza cada día estamos dando rienda suelta a cada “carpe diem” particular, un sentimiento que nunca se refleja en las esferas de los relojes de nuestra vida. Carpe diem era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente en una frase magistral: amor y poesía, cada día. Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética, tal y como nos lo transmitió también Miguel Hernández en una conferencia en el Ateneo de Alicante, el 21 de agosto de 1937, con el título  “La poesía como un arma”, La poesía […] en la guerra, la escribo como un arma, y en la paz será un arma también, aunque reposada o Gabriel Celaya, a través de la poesía social, en su precioso poema La poesía es un arma cargada de futuro, publicado en 1955: Cuando ya no se espera nada personalmente exaltante […] Tal es mi poesía: poesía–herramienta / a la vez que latido de lo unánime y ciego. / Tal es, arma cargada de futuro expansivo /con que te apunto al pecho.

John Keating lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia. El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su querido profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos.

Hoy, entrando en mi biblioteca, mi clínica del alma, he vuelto a encontrarme con esas palabras del poeta romano Horacio (Venosa, Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C. – Roma, 27 de noviembre de 8 a. C), en su Oda (Carminum) I, 11, dedicada a Leucónoe, contextualizadas en un viaje hacia su lugar querido, un territorio espléndido en la región del Lazio, a unas cuantas leguas de Roma, algo así como el arte de disfrutar del momento en su villa, Licenza, que se conserva para ofrecerla al placer de los sentidos y las emociones de cada persona que quiera descubrirla, completando en primer lugar las cuatro palabras que seguían a las dos más famosas, Carpe diem, quam minimum credula postero, que sólo se recuerdan en contadas ocasiones, descontextualizándolas del sentido pleno que quiso Horacio darles al presentarlas en sociedad. Para ello, he escogido una traducción del latín original que considero impecable, la del filólogo y poeta  Luis Alberto de Cuenca, porque es importante saber por qué Horacio las escribió aunque sólo hayan pasado a la posteridad dos, Carpe diem:

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a ti y a mí, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos escollos.

Sé prudente, filtra el vino
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy [Carpe diem]. Captúralo.
No te fíes del incierto mañana.

Las dos palabras, carpe diem, ya contextualizadas, cobran si cabe todo su esplendor cuando descubrimos en qué contexto las escribió Horacio. Para mí, tienen un sentido especial cuando las recuerdo en el contexto de la película citada, que hizo historia en mi vida a través de sus planos principales, destacando sobre todo los momentos estelares de la forma de entender la vida el profesor John Keating y transmitirla a los demás, fundamentalmente a sus cuatro alumnos especiales por su condición de seguidores de un gran maestro. Desde el comienzo de la película, un nuevo profesor iba a cambiar la vida de alumnos en la mejor tradición de maestría de la vida, que tanto he valorado siempre en mis profesores de diferentes ciclos vitales, tanto académicos como profesionales, porque todos no han sido iguales.

Mi maestra especial, Dª Antonia, me enseñó, por ejemplo, la primera versión del carpe diem infantil casi en un alma adulta, que siempre recuerdo de forma entrañable. Cuidó mucho mis sueños en paraísos perdidos, porque mi vida pequeña no daba para más, porque para ella era muy importante cada momento mío, en definitiva mi tiempo y para que no olvidara nunca que a veces es envidioso, como lo susurraba Horacio a Leucónoe, una mujer con mente blanca, limpia, que podía adaptar al breve espacio de la vida, o de cada momento particular, una esperanza larga. Ahí estaba el secreto, porque cada día lleva siempre el tiempo dentro, su carpe diem, su necesaria captura, porque no vuelve, mucho menos hoy día ante el incierto mañana. Por cierto, es lo que dijo y nos legó el poeta Quinto Horacio Flaco, hace tan solo veintidós siglos. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.

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UCRANIA, IRÁN, ORIENTE MEDIO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Noventa años después de su asesinato, nos sigue quedando la palabra de Federico García Lorca

Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.

Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 18/VIII/2026 – 08:20 h CET (UTC+2)

Hoy se cumplen 90 años de un día del que quiero acordarme expresamente, por el asesinato de Federico García Lorca. Siempre está cerca de mi memoria de secreto y algunas veces, como hoy, en las personas que respetan la memoria democrática de este país. He visitado de nuevo mi clínica del alma, mi biblioteca, para abrir y repasar un libro muy querido, negro y rojo, con un título programático: Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas (1). Ya comenté su llegada a mi casa en enero de 2018, cuando comencé a leerlo «con ilusión y respeto a la recopilación excelsa de palabras íntimas de Lorca, que no amaba este tipo de intervenciones públicas y privadas». Sigo aprendiendo de él a través de su lectura, porque en estos tiempos, tan aparentemente modernos, puedo conocer mejor a Federico, en días tan dolorosos como el de hoy, por su huella indeleble en las personas que lo siguen respetando por su vida y obra excelsa.

A continuación, cito algunos párrafos de aquella primera impresión al acercarme con respeto reverencial a las palabras de García Lorca, casi siempre últimas y que aún nos quedan.

«He localizado en mi biblioteca la edición que guardo, como oro en paño, de las Obras completas de Federico García Lorca en su edición de 1975, a cargo de la editorial Aguilar, buscando el capítulo dedicado en aquella edición a las entrevistas y declaraciones, sumando un total de treinta y nueve. Es una forma de contrastar un hecho representativo del conocimiento en este país de García Lorca en el año de la muerte de Franco, con la sorprendente edición actual en la que aparecen un total de ciento treinta y tres textos, entre declaraciones y entrevistas completas, algunas de ellas sorprendentes y sobrecogedoras, entre las que destaco la que se considera como última en sentido cronológico, publicada en 1978 por primera vez por su protagonista y amigo íntimo de Federico, Rafael Martínez Nadal, que narra su último encuentro en Madrid antes de que García Lorca partiera en tren hacia Granada, en un viaje que supuso su dolorosa ausencia hasta hoy.

Conviene leer esta publicación varias veces para comprender bien la personalidad de Lorca y su presagio de lo que iba a ocurrir en fechas posteriores en aquellas calles de Madrid: “Rafael, estos campos se van a llenar de muertos”. Lo dijo exactamente el 16 de julio de 1936, un mes antes de su terrible asesinato.

Abro de nuevo este libro, encuadernado en negro y rojo, para seguir leyendo palabras de Lorca, con la sensación de que llegué a él, a su obra, “tarde, pero a tiempo”, como justificaba con sencillez extraña y andaluza su demora en las citas de declaraciones y entrevistas con personas que le buscaban desesperadamente para comprender qué significaba en España la libertad, sin ira, libertad. Son más de seiscientas páginas de sus palabras que, afortunadamente, se han encontrado para quedarse entre nosotros, en los rincones del alma».

En este contexto recuerdo hoy algo que aprendí en 2022, leyendo a la poeta colombiana Piedad Bonnett, a través de un poema suyo, Cicatrices (2), para mí muy importante y que no he olvidado:

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

Mis palabras hoy son una manifestación clara de que cuido cualquier forma de olvidar el olvido, algo que ocurre con excesiva frecuencia en nuestro país. Noventa años después de su vil asesinato, me sigue quedando la palabra de Federico García Lorca. Sus cicatrices, también, como costuras de mi memoria.

(1) Inglada, Rafael (2017). Palabra de Lorca. Declaraciones y entrevistas completas. Barcelona: Malpaso Ediciones.

(2) Bonnett, Piedad, Cicatrices, en Explicaciones no pedidas, Madrid: Visor de Poesía, 2011.

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¡Paz y Libertad!

Es verdad que todos nuestros asuntos diarios son políticos

Wislawa Szymborska, Poesía no completa

Sevilla, 16/VIII/2026 – 08:29 h CET (UTC+2)

El negacionismo político actual es una realidad muy preocupante para la democracia de un país, situación de la que no escapa el nuestro. Creo que todos estamos rodeados de personas que afirman, sin pestañear, que ellas “no son políticas”, alardeando de avisar en encuentros familiares o de amigos, que “aquí no se habla de política”. También existen derivadas clásicas del tipo “todos los políticos son iguales”, es decir, lo peor de lo peor y como justificación de su negacionismo activo. Y el estrambote final se puede resumir en lo que llamo el Partido Abstencionista en nuestro país, claro ganador en las elecciones generales o autonómicas, por ejemplo, que obtiene mayorías absolutas, probablemente porque es el momento de proclamar sus “no votantes”, que “no son políticos”, una paradoja inexplicable cuando lo que hay que hacer es votar, en una democracia bien entendida, porque “es el acto político por excelencia”. 

No olvido el resultado de las últimas elecciones generales de 2023, en las que la abstención fue del 36,09% del censo electoral, lo que sumó un total de 12.822.326 personas que no emitieron su voto, sobre un total de 35.535.887 electores, sacando una gran distancia sobre los datos del partido vencedor, que obtuvo un 31,50% del total de electores, hasta alcanzar la cifra de 7.046.634 votantes. O lo que ocurrió en Andalucía en las elecciones recientes de mayo de este año, donde lo que llamo “Partido Abstencionista de Andalucía”, “obtuvo”  la abstención del 35,15%, lo que suma un total de 2.287.141 personas que no emitieron su voto, sobre un total de 6.505.173 electores. Una “mayoría” aplastante, que se repite en cada convocatoria electoral.

Ante este panorama, bastante desolador por la deriva ultraderechista y de la derecha extrema de este país, he vuelto a leer pausadamente, en este largo y cálido verano, un poema de la poeta, ensayista y premio Nobel de Literatura 1996, Wislawa Szymborska (Kórnik, Polonia, 1923), Hijos de la época (1), que resume bien algo que es la quintaesencia de la vida ordinaria, la realidad incuestionable de que todo es política, se mire como se mire o se viva, o se niegue como se niegue, porque la época en la que nos ha tocado vivir también es política:

Hijos de la época

Somos hijos de la época,

la época es política.

Todos tus asuntos, los nuestros, los vuestros;

asuntos diurnos, asuntos nocturnos, son asuntos políticos.

Quieras o no quieras,

tus genes tienen un pasado político;

la piel, un matiz político;

los ojos, un aspecto político.

Lo que dices, así suena,

lo que callas, también suena,

de cualquier forma, político.

Caminando por el bosque, por la selva,

son políticos tus pasos

sobre un fundamento político.

Los poemas apolíticos son políticos también.

y arriba brilla la Luna,

un objeto no lunático.

Ser o no ser, ésa es la cuestión.

Qué pregunta, contéstame, cariño.

Una pregunta política.

No es necesario siquiera que seas un ser humano

para cobrar importancia política.

es suficiente que seas petróleo,

forraje o materia reciclada.

O una mesa de debates sobre cuya forma

se ha discutido varios meses:

¿dónde negociaremos sobre la vida y la muerte?,

¿en una redonda o en una cuadrada?

Mientras tanto, ha muerto gente,

han muerto animales,

han ardido casas,

y se han perdido campos de cultivo,

como en los tiempos antiguos

y menos políticos.

Una observación final, de acuerdo con lo expuesto anteriormente: las personas apolíticas, son políticas también. Y que estemos sufriendo una oleada de incendios como nunca había pasado en nuestro país, junto con la entrada masiva de migrantes en Ceuta…, y cómo se avisa y se tratan sus consecuencias, atendiendo prioritariamente a los damnificados por estos acontecimientos de amplio espectro, sin prioridad nacional alguna, también es política.

La verdad objetiva es que todos nuestros asuntos diarios son políticos. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.

(1) Szymborska, Wislawa, Poesía no completaMadrid: Fondo de Cultura Económica de España, 2008. Traducción: Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia.

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¡Paz y Libertad!

Es un deber andaluz recordar a Blas Infante en el 90 aniversario de su fusilamiento

Monumento dedicado a Blas Infante, en el lugar de su fusilamiento (Gota de Leche), en la madrugada del 11 de agosto de 1936 / JA COBEÑA

Sevilla, 11/VIII/2026 – 13:13 h CET (UTC+2)

Luis Cernuda escribió un poema durante su exilio en México, 1936, dedicado a un antiguo soldado de la Brigada Lincoln, que guardo en mi memoria de secreto, donde decía lo siguiente: recuérdalo tú, recuérdalo a otros, que hoy quiero cumplir al pie de la letra al recordar a Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza, reconocido como tal por el Parlamento de Andalucía en abril de 1983, al cumplirse en la madrugada de este día el noventa aniversario de su fusilamiento por orden gubernamental, militar por supuesto y sin juicio previo, dados sus antecedentes políticos, veinticuatro días después del inicio de la guerra civil española, el 18 de julio de 1936. Cuatro años después, se dictó una condena a muerte en su contra «por haberse significado como propagandista para la constitución de un partido andalucista o regionalista andaluz». 

1936

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

[…]

Con tal motivo, hemos ido esta mañana mi compañera de vida y yo a rendirle un modesto homenaje en el monumento construido en su memoria histórica y democrática, en la zona conocida como la Gota de Leche, en Sevilla capital, donde fue fusilado sin más contemplaciones. Hemos puesto una rosa roja a sus pies y junto a las voces de Rocío Jurado y Joan Manuel Serrat, hemos cantado al unísono el Himno de Andalucía:

La bandera blanca y verde
vuelve, tras siglos de guerra,
a decir paz y esperanza,
bajo el sol de nuestra tierra.

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
¡Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad!

Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos
hombres de luz que a los hombres,
alma de hombres les dimos.

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad
¡Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad!

Hemos contemplado su figura y he adquirido el compromiso de volver a leer su obra emblemática, El ideal andaluz, para no olvidar lo que defendió durante tantos años y que tanto ha supuesto hasta alcanzar la plena autonomía andaluza.

Rocío Jurado y Joan Manuel Serrat cantan el Himno de Andalucía, durante la Gala conmemorativa desde Almería, con motivo del Día de Andalucía, el 28 de febrero de 1996, emitida por Canal Sur

En un día como hoy deseo recordar algo por lo que trabajó incansablemente Blas Infante hasta su ignominiosa muerte y que Luis Cernuda lo recogió de forma extraordinaria en unos versos inolvidables: Andalucía es un sueño que varios andaluces llevamos dentro. Creo que no todos, como se traduce hoy por la alianza de PP y VOX, un partido -este último- que reniega de Blas Infante, con las últimos acusaciones de islamismo radical por si faltaba algo de lo que acusar hoy al padre de la patria andaluza. Esta apreciación de algunos y no todos no era inocente para Cernuda porque él, mejor que nadie, sabía del comportamiento de sus paisanos en muchas manifestaciones sociales, culturales y políticas, porque todos los andaluces no somos iguales: «Más el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros» (A sus paisanos, en La desolación de la quimera).

Somos un enigma a pesar de la luz interior que el dolor de nuestra historia no olvida, al recordar hoy lo sucedido a Blas Infante, siempre con el tiempo dentro, amor desbordante, pasión en nuestra música que acompaña siempre la alegría y calma el dolor, que compartimos hasta buscar la luz con el tiempo fuera. Nos tratamos como hermanos, cuando a veces no sabemos si somos amigos o seres lejanos, porque lo único que sabemos, en tiempos políticos, es que unos de otros -no inocentes- lejos estamos, como Manuel Gerena me enseñó personalmente en un poema suyo muy querido. Con la esperanza de que el dios que corresponda comprenda qué significa hoy ser andaluz en Andalucía, más allá de los que nos llevan al diccionario de uso del andaluz corriente como una sola palabra, cuando lo que necesitamos es una definición urgente como personas con luz interior, pero con un enigma de fuego y nieve dentro. Como Blas Infante lo detalló como sueño hecho realidad en su ideal andaluz. Como Cernuda soñó un día esperando el alba de su tierra.

Detalle del Monumento dedicado a Blas Infante / JA COBEÑA

Son mis principios andaluces y no tengo otros. Son mi ideal andaluz. Es verdad, porque Andalucía es un sueño que varios andaluces, todavía hoy y con la que está cayendo, llevamos con su luz y su tiempo dentro. Blas Infante merecía hoy nuestro respeto y recuerdo. También, porque deseábamos cumplir el mandato de Luis Cernuda: lo sucedido a Blas Infante, recuérdalo tú, recuérdalo a otros.

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