Necesitamos que vuelva el Ave Fénix a nuestra vida

Sevilla, 21/XII/2021

Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

John Keating (Robin Williams), en El club de los poetas muertos

Hans Christian Andersen, de quien aprendí tantas maravillas en los cuentos de mi infancia, también nos regaló un relato precioso y bastante desconocido, El Ave Fénix, que ahora recupero acordándome de la situación actual de este país por el recrudecimiento de la pandemia y por la desolación que vive la isla de La Palma (Canarias), que intenta renacer poco a poco de sus cenizas. Hay que leerlo con mucha atención, porque encierra el secreto de la vida cuando sitúa su origen en el jardín del Paraíso, hecho al que he dedicado algunas páginas en este cuaderno digital, en un enfoque diferente a lo que nos ha legado determinado historia sagrada para explicar el problema del mal desde todas las perspectivas posibles, en un mundo de fuego y cenizas. El cuento dice así:

En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto. Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego. El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo.

El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.

Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas.

¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.

En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!


Las personas que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, muy cerca del paraíso terrenal y del “grave error” de Eva, teníamos una respuesta clara y contundente en la religión católica y judía: la responsabilidad de las cenizas actuales como símbolo de cualquier mal, cuando lo tuvimos todo a favor para actuar bien, es de unos antepasados concretos, que conocemos por sus nombres, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?). La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos que nos ofrecieron razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta sobre si la ética cerebral es instinto o aprendizaje, dejando la manzana maligna al margen, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra

Eugenio Trías

Me quedo con las palabras amables de la metáfora de Andersen en este cuento: En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!, en el carpe diem de cada uno, para que tomemos conciencia de que renacer de las cenizas es un trabajo diario y concienzudo para intentar comprender todo aquello que nos hace sufrir a diario y no sabemos cómo resolverlo. Finalmente, Andersen aporta luz en este túnel tan complejo: El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan su perfume unas violetas.

Lo que sí tengo claro es que Adán y Eva (yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras, vosotros y vosotras, ellos y ellas) no fueron expulsados, sino que se mudaron a otro Paraíso cada vez más complejo y sombrío. Cada cierto tiempo observaban al Ave Fénix que habían conocido en su mejor momento, porque las cenizas volvían una y otra vez a sus vidas. Hoy sabemos que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo. Ahora, necesitamos que vuelva a nuestro país, a la ventura de nuestro dolor y de nuestras cenizas, para demostrarnos que otra vida y otro mundo son posibles a pesar de todo. Una normalidad en el carpe diem ni vieja ni nueva, diferente.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Ave Fénix (amuraworld.com)

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando despertamos, la navidad todavía estaba aquí

Sevilla, 12/XII/2021

Augusto Monterroso nos dejó un tratado de cómo escribir un relato en El Dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Hoy lo he aplicado a la navidad, que escribo siempre con minúscula por el tratamiento laico que tiene hoy día para millones de personas, controlada por el Mercado por tierra, mar y aire, con el poderoso caballero don dinero como sustrato imprescindible para comprarla mejor. Curiosamente, Monterroso dedica unas palabras a la Navidad, en Movimiento perpetuo, con un título que despeja muchas dudas antes de leerlo: Navidad. Año Nuevo. Lo que sea.

En esta ocasión necesita más de siete palabras para interpretarnos la navidad desde una perspectiva de encuentros y regalos forzados que normalmente llevan al olvido (1):

Las tarjetas y regalos que año tras año envías y recibes o enviamos y recibimos con ese sentido más o menos tonto que te o nos domina, pero que paulatinamente a base de una interrelación de recuerdos y olvidos vas o vamos dejando de enviar o recibir, como, comparando, esos trenes que se cruzan a lo largo de la vía sin esperanza de verse nunca más; o mejor, ahora autocriticando, pues la comparación con los trenes no resulta buena ni mucho menos, toda vez que se necesita ser un tren muy estúpido para no esperar volverse a ver con los que se encuentra; entonces más bien como esos automovilistas de clase media que, por el simple hecho de serlo, cuando se desplazan en su automóvil se sienten como liberados de algo que si uno les pregunta no saben qué cosa sea, y que una vez, una sola vez en la vida, coinciden contigo frente a un semáforo en rojo, y con los cuales durante un instante cambias tontas miradas de inteligencia al mismo tiempo que disimulada pero significativamente te arreglas el cabello, o te acomodas el nudo de la corbata, o revisas tus aretes, o te quitas o te pones los anteojos, según creas que te ves mejor, bajo la melancólica sospecha o la optimista certidumbre de que nunca más lo vas a volver a ver, pero no obstante viviendo ese brevísimo momento como si de él dependiera algo importante o no importante, o sea esos encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

La brevedad en este caso se centra en los encuentros de navidad, forzados por la ocasión pero que al final se olvidan como en el caso de los trenes cruzados o cuando coincidimos con otro conductor a nuestra altura, ante el semáforo en rojo y, una vez que arrancamos, ya no volvemos a vernos más. Lo que verdaderamente me ha conmovido es la frase final, porque reproduce a la perfección lo que suele ocurrir en la navidad laica, cuando enviamos felicitaciones o regalos de compromiso, envueltos en papel de mimetismo social inducido por el Mercado, con su logo, que no dejan de ser más que encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

Lo verdaderamente sorprendente es que a pesar de todo, cuando despertamos a una nueva realidad mutante de la pandemia, la navidad todavía está aquí. De nuevo la Navidad. Año Nuevo. Lo que sea, como si la nuestra fuera el título redivivo del relato comentado de Monterroso.

(1) Monterroso, Augusto. Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio, 2003. Madrid: El País, p. 139.

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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Una sonrisa en el rostro de la vida

Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675)

Sevilla, 7/XII/2021

El paseante solitario de esta gran ciudad había llegado desde una isla desconocida con un libro, el único que le había permitido llevar consigo su nueva forma de vida y con una idea muy clara al alcanzar su nuevo destino: aquí se podía ser feliz. Mantenía en su memoria de secreto algo que había leído con respeto reverencial en su querido libro, porque al deambular por sus calles desconocidas y sentir como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, tenía la sensación de que le llamaban voces amigas en su nueva soledad sonora. Había leído que “el rostro de esta ciudad -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas-, le podía llegar a sonar como de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción que ya había paseado, visto, leído o escuchado antes”. Todo era cercanía en esta acogedora ciudad.

Y se dio cuenta que era así, que todo lo que veía recordaba a otra ciudad, Salzburgo, que podía ser su hermana gemela, porque Mozart ya se había acordado de ella en una de sus obras. En ese paseo solitario había una contradicción de fondo, porque la vida que se respiraba a cada momento en un día de sol radiante y con un cielo azul de hermosa luz con su tiempo dentro, tenía un ritmo muy vivo, mostrando su gente una sangre muy viva a pesar del dolor por el que estaba atravesando en ese momento de la visita, una ciudad azotada por una pandemia reciente con problemas sociales que se podían apreciar en muchas esquinas. Pero Ella brillaba con su portentoso colorido, resplandeciente de alegría y estrechándote la mano a cada paso, lanzando al mundo un gran mensaje: aquí se puede ser feliz.

Todo lo anterior le recordaba algo que había leído en un libro de viajes de Stefan Zweig, con ocasión de una visita que hizo a una ciudad en 1905, de cuyo nombre quiso acordarse ahora, Sevilla, pensando que efectivamente “aquí se puede ser feliz” a pesar de todo. Y de forma decidida comenzó a buscar rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. En ese solitario libro que acompañaba a nuestro paseante por las aceras amables de esta gran ciudad, lee que Zweig “va en busca de la jovial barbería de Fígaro, suspirando por identificar, entre las numerosísimas casitas centelleantes, aquella en la que tuvo Don Juan esa encantadora y enrevesada aventura que nos relata Lord Byron en su poema. Aquí entona Fígaro sus cancioncillas, se oye a Carmen tararear sus habaneras, el arte ha repartido por estas calles sus símbolos más alegres, calles por las que ya trotó en su día el ingenioso hidalgo Don Quijote a lomos de su dócil Rocinante […] Sevilla no es el símbolo de España, pero sí su sonrisa”. ¡Qué hermosa definición de esta ciudad!

Nuestro paseante solitario recuerda también el paso de la civilización árabe por Andalucía, por esta ciudad, en la que es un oficio “el arte de vivir”, con huellas indelebles de este pasado cultural a lo largo de los siglos, detallando las casas y su distribución exterior e interior, con la incorporación de ventanas y balcones “rompiendo las paredes cerradas de los árabes”, llenando de luz las estancias. Fachadas de colores claros, puertas (abiertas, a falta de recelo y desconfianza), pasillos con azulejos, patios, flores, fuentes, “incluso en la judería”, cerca de la casa natal de Murillo. Había leído también que había que prestar una especial atención a la mujer de esta tierra y sobre todo en sus fiestas de primavera que, como las flores, tienen algo así como su belleza efímera, deslumbrado por la gracia en la forma de bailar flamenco. Lo pudo comprobar directamente, porque el baile -recordaba bien como lo decía Zweig- “es aquí lo que siempre ha de ser: un arte que surge de forma natural de la gracilidad del cuerpo, de sus movimientos, de sus gestos de deseo, de la excitación que produce el ritmo; no es un arte limitado al juego de piernas, sino que busca el placer y la alegría de ir trazando líneas, la flexibilidad y el cimbreo, un arte que trata de desarrollar todas las formas de belleza a que puede aspirar el cuerpo humano”.

A la vuelta de una esquina, en este paseo de los descubrimientos en una ciudad descubridora por historia, se acercó a un hamán sorprendente, con luceras o claraboyas por las que entraba la luz, intentando descifrar su forma estrellada de ocho puntas, aunque también detectó otras cuatro formas más de la simbología arquitectónica árabe, sirviendo a la vez de respiraderos de cada sala. También conoció los lazos en almagra, las pinturas de lacería que no son frecuentes en este tipo de construcciones árabes. Pasó bajo las cúpulas ocultas de la sala templada (conservando el nombre romano: tepidarium), en la entrada principal, así como en la sala contigua que correspondía a la sala fría (frigidarium), comprobando que quedaban algunos vestigios de la sala caliente (caldarium) y la entrada real de los baños, que hacían ensalzar la cultura árabe recorriendo estas instalaciones almohades.

Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675), detalle.

El paseo por sus aceras y calles estrechas le recordaban que esta ciudad, como sonrisa del rostro de la vida, esconde un pasado lleno de sobriedad y grandeza. Sabía que Zweig conoció su Semana Santa, dedicando también unas palabras hermosas a la panorámica que ofrece la ciudad desde lo alto de su torre cristiana de nombre Giralda: “Al contemplar tamaña riqueza cromática se entiende bien que Velázquez y Murillo sean hijos de esta ciudad, pregoneros eternos de su belleza, de la misma manera que los dramas de Lope de Vega han dado testimonio de su historia, y los músicos han sabido expresar su jovialidad”.

A este paseante solitario esta gran ciudad le ofrecía muchas cosas: “el disfrute de una vida llena de colorido, el ritmo vivo que marca los acontecimientos y ese allegro que revela una felicidad profunda”. Y sabe que es también vanidosa, porque quien no la ha visto, no ha visto lo maravillosa que es y no es capaz de reprochárselo porque: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”.

Decidió dar una vuelta por los barrios antiguos de esta gran ciudad que, poco a poco, recuperaban su vida propia, volviendo la alegría en sus calles. Le hablaron de un artista muy querido en la ciudad de antes, El Pali, al que podrían susurrar a su oído, donde quiera que esté, alguna sevillana que se le pudiera ofrecer en clave de canto a la posibilidad de ser en la ciudad, en sus aceras de siempre: Ya no pasan cigarreras / por la calle San Fernando / con flores en la cabeza / y los mantones bordaos. / ¡Ay, Sevilla de mi alma! / que lo estás perdiendo todo, / los niños en la plazuela / cuando jugaban al toro. Muy pensativo, se preguntaba en su persona de secreto ¿por qué cantar esto en esta tierra donde se puede ser feliz? Pensó entonces en la magia de las ciudades y de sus barrios, que viene siempre desde abajo, desde su historia pasada y presente, desde las aceras de los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos, haciendo un uso íntimo de ellas acompañados de una sucesión de miradas.

El paseante solitario descubrió algo insólito: podía pisar una alfombra de color azul violáceo, elaborada con flores de jacarandá. Sevilla se llena de alfombras de esta flor dos veces al año, gracias al árbol traído desde América a través del Río Grande, el Guad-al-quivir. Comprobó que tenía que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso, cuando se ponen las aceras, en una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia multisecular con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios o dioses, cuatro creencias necesarias cuando se atraviesa cualquier encrucijada de la vida. Comprobó que por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores azules con tonos violáceos, acampanadas, que se entregan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no es mercancía. Pudo observar que cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega aunque es probable que ella dude de qué es lo que este paseante solitario recibe.

Avanzando por sus aceras, constató que las flores de jacarandá disputan su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, a modo de almas aladas como ocurre con las mariposas, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Con él, este paseante solitario pisó las aceras-alfombras de jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y entretenido con este deslumbrante paseo, buscando la mejor respuesta, la encontró también en él despertando a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, supo que a través de su viaje solitario, desde una isla desconocida y acompañado de un solo libro, podía hacer esa mudanza yendo del timbo al tambo, es decir, de su corazón a sus asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.

Era ya la hora malva de Sevilla. Tenía el paseante solitario una referencia grabada en su corazón: no dejes de entrar en la Casa del Gobernador Al-Mutamid, del Palacio de la Bendición (Dar al-Imara) en esta gran ciudad o lo que es lo mismo, sus Reales Alcázares, porque él había reconocido que en su ciudad “transmitía nobleza su gente”. Allí se mostraban azulejos que cubren una faja de la fachada de ese hermoso palacio, con una simbología muy especial. Pudo comprobar que la geometría que muestran a la perfección sus azulejos, se encuentra en las estrellas centrales de ocho puntas que figuran por doquier en el citado paño, en octógonos perfectos compuestos por dos cuadrados. Sabía que reflejan la importancia de los edificios de base cuadrada que representan la estabilidad tanto terrenal como cósmica, porque de la prolongación hacia el infinito de las líneas de esta estrella van surgiendo otras de distintos tamaños que además configuran otros cuerpos que podríamos juzgar de menor importancia, pero sin los cuales no se reproducirían periódicamente los principales.

Para apreciar bien esta constelación tuvo que dar unos pasos atrás para tener una perspectiva más amplia de este maravilloso mensaje de la interdependencia para realzar la unión cósmica. Y había que volver al sitio descrito anteriormente, tan cercano que se podría tocar para creer su mensaje, porque este plano tan próximo de las líneas que se observan en sus múltiples estrellas y octógonos, le ayudó a comprender que son posibles distintos caminos para llegar a cualquier punto del paño de azulejos, simbolizando la realidad de las más variadas interpretaciones para alcanzar la comprensión de la vida. La verdad es que nuestro paseante solitario entendió que se puede alcanzar un objetivo desde muy diversos puntos y que la verdad se esconde entre diversas perspectivas, porque muchos son los senderos para llegar a ella.

Aquella faja de azulejos le propuso un mensaje: los seres humanos se necesitan con orden y concierto, porque la libertad de estas líneas múltiples permiten dibujarla en nuestra vida a la medida de cada uno, de cada una.

Salió de Dar al-Imara con la lección aprendida, comprendiendo que sus antepasados árabes le recordaban con esa visita que lo que allí hicieron era una oportunidad para ser más libres, en una representación preciosa de la epifanía del cosmos. Dijo adiós a un palacio de la bendición en el que Mutamid habitó cerca de las estrellas de los azulejos que todavía hoy siguen presentes y al que cantó en su destierro en Agmat, cerca de Marrakech: “El palacio de Al Mubarak (“de la Bendición”) llora sobre las huellas de Ibn Abbad / como llora sobre las de las gacelas y los leones / Su Al Turayyá (sala de las Pléyades) llora y sus estrellas ya no están sumergidas por las lluvias vespertinas y matinales producidas por las Pléyades… Quisiera saber si pasaré todavía otra noche teniendo delante y detrás de mí un jardín y un estanque. Sobre una tierra que hace crecer los olivos, que transmite nobleza y en la que se arrullan las palomas y gorjean los pájaros…”.

Aquél paseante aprendió en su desembarco en la Gran Ciudad, en una orilla de su Río Grande, que allí podía ser feliz y que pasear por sus aceras jacarandosas le permitía, en su aparente soledad sonora, encontrar una preciosa sonrisa en el rostro de la vida.

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El cumpledías de Adrián

Gladstone Library

Sevilla, 22 de agosto de 2021

Ayer cumplió nuestro nieto Adrián trescientos sesenta y cinco días, en un cumpledías especial, tal y como le gustaba decir a Mario Benedetti en su inolvidable poema Como siempre. Ha sido un año especial al haber nacido en un momento delicado para el mundo, en plena desescalada de la pandemia, trayéndonos algo que ha sido como un bálsamo en medio de tanto desconcierto: su sonrisa permanente, como seña de identidad de su forma de ser y estar en el mundo, para que aprendamos de él en cada segundo vital. También, por su forma de expresar la alegría con el movimiento acompasado, sin fin, de manos y piernas, para acabar tocando sus palmas con la sonrisa embaucadora. Y ¡cómo no!, recordando su admiración de la luz y sus destellos, con paradas especiales ante luminosos de todo tipo, porque se queda embelesado ante la luz refulgente con su tiempo dentro.

Han pasado trescientos sesenta y cinco días con ese tiempo que avanza inexorablemente en su pequeña vida. Nos enseña todos los días a comprender que el mundo sólo tiene interés cuando va hacia adelante, viendo su progreso diario en gestos y forma de comportarse. Me entusiasma su mirada, siempre especial y transmitiendo sus ganas de decirnos muchas cosas. Por ahora mantiene silencio de palabras que no de gestos, pero llegará el día en que empiece a expresarse con la palabra que a él también le queda.

A los pocos meses de nacer, le contamos un cuento que en los próximos días se convertirá en un sueño cumplido para Adrián. Ya tiene título, La estantería de Gladstone Library, porque siendo muy, muy pequeño, ocurrió algo en un lugar de mundo, en Hawarden (Gales), cuando le llamaron en nombre de los 250.000 libros que conforman su fondo para pedirle que se quedara con ellos mientras que se cerraba la Librería por la pandemia mundial. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Pero por la presencia del coronavirus los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía. Así nació la idea de que en un día no lejano, sus estanterías pudieran tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos a los que tenían que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre.

Ocurrió que los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que al haberse reunido ya los mil y un nombres, se sabe a quién acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día. Y ha llegado el momento de conocer a través de los archivos de la biblioteca Gladstone, la localización de un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de Adrián, nuestro niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este maravilloso relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.

Sabemos que el 1 de septiembre se abrirá de nuevo la Biblioteca Gladstone y la estantería de Adrián recordará que él ama los libros. Este cuento susurrado al oído de Adrián me gustaría que Borges lo agregara a su biblioteca imaginaria de La biblioteca de Babel, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las salas, muy cerca del estante que soporta su obra y que ya lleva el nombre de este niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.

Un día, que alguna vez será lejano, recordará este niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, recordando a Borges, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden, desde Sevilla, ciudad a la que Stefan Zweig definió como la sonrisa de España, su sonrisa, cuando ni siquiera tenía todavía trescientos sesenta y cinco días.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / 6. Ni los más rápidos, ni los más altos, ni los más fuertes

Sevilla, 24/VII/2021

Con espíritu olímpico en el contexto de Tokyo 2020, asistimos a la clase de ayer en nuestra querida escuela de verano, aunque la verdad sea que no siempre somos los más rápidos, los más altos, ni los más fuertes en la Olimpiada de la Vida, tal y como nos lo está demostrando a diario la pandemia actual, entre otros muchos principios de realidad. Reflexioné sobre este acontecimiento mundial recientemente, glosando la figura de Mohamed Katir, un atleta que representa a España en esta Olimpiada, porque tengo el deber de interiorizar el espíritu de lucha sin descanso y superar la carrera en la calle que me corresponda correr en mi mundo público, de todos, y en el de secreto a lo largo de la vida. Conviene que no olvidemos, con humildad, que muchos venimos de la Nada, como Katir. De ahí su gran ejemplo.

Lo enunciado anteriormente cobra hoy su sentido “olímpico” en un mundo al revés de superestrellas del deporte, de sueldos millonarios y hasta casi insultantes, de apuestas deportivas con publicidad no controlada, de jugadores de todo tipo que se convierten en mercancía pura y dura en el gran Mercado del Deporte. Es por ello que hablar de un deportista de élite, Mohamed Katir (Alcazarquivir, 1998), hijo de emigrantes -su madre marroquí y su padre egipcio-, de los nadies desde hace muchos años que provienen de la Nada, consideré que era un deber ciudadano al compartir su seña de identidad de este país (está nacionalizado como español desde 2019), que tanto los maltratan en determinadas esferas políticas, sociales y laborales para vergüenza y sonrojo de muchos. Sus padres llegaron en patera a este país hace ya muchos años y tuvieron una vida muy difícil de integración social en este territorio tan dual y cainita.

Propuse ayer este ejemplo deportivo y vital como muestra contemporánea con la ceremonia inaugural de los Juegos en Tokyo y a mis compañeros y compañeras de clase les pareció una buena idea, así como a la tutora de turno. Lo más interesante estribaba en analizar con detalle una frase rotunda de Katir: vengo de la Nada, aunque adquirimos el compromiso de analizar igualmente el lema de la Olimpiada de este año: juntos por la emoción, cuestión que siempre he admirado en el ser humano junto a los sentimientos. Pedí intervenir al comienzo de la clase, una vez despejado el hilo conductor el día y les leí el relato que escribí hace unos años, Emocionentes (1), sobre una característica de nuestra vida que nos hace vibrar en muchos momentos de nuestra singladura vital gracias a nuestro maravilloso cerebro y porque pertenezco al Club de los Emocionentes (perdón por el neologismo). Tengo que reconocer que como millones de personas que poblamos este planeta Tierra, sé que no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte) en la Olimpiada de la Vida, pero sí Emocionente. Hoy vuelvo a entregar a la Noosfera estas reflexiones, como si fueran el testigo de una hipotética carrera de relevos existencial. Me puse de pie en la clase y leí el relato para que nos ayudara a comprender mejor el lema de los Juegos Olímpicos de este año y así participar en ellos de una forma original: juntos en la clase unidos por la emoción:

Hace ya mucho tiempo, se descubrió en un país de nunca jamás, una palabra sorprendente, porque el rey del cerebro (así lo llamaban los habitantes del lugar) no sabía cómo explicarla: emocionentes. Solo se conocía una muy parecida: inteligentes, pero era cierto que tendría que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino de la memoria. Cabalgando despacio, porque el rey entendió que era posible conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno.

Él, bravucón donde los haya, recordaba los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Sabía que algo le ocurría al mirar esos ojos saltones y que sucedía algo esencial para la vida de los emocionentes, porque normalmente siempre se escucha al corazón mucho más fuerte que al viento, ya que si esta búsqueda al galope, no tiene corazón, es solo eso, búsqueda. El rey, tan sabio, sabía que las palabras nuevas (ésta, emocionentes, la había localizado en una larga misiva de carácter regio) no ruborizan, recordando una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). El rey del cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. ¡Faltaría más! Solo sabía que podía pedir auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano.

Y descubrió algo maravilloso en su consulta: él era propietario de un caballo encorvado, conocido como hipocampo, que ya se encontraba hace millones de años en los mamíferos primitivos, es decir, ¡estaba en su cerebro! Y lo sustancial: formaba parte del sistema límbico, como estructura fundamental de diferentes tipos de memorias y almacén de las emociones por su proximidad con la amígdala. ¡Vamos por partes!, decía ruborizado a pesar de él mismo. El rey no daba crédito. “¡Soy propietario de un caballo maravilloso y nadie me lo había anunciado!”. Pero he aquí que lleno de curiosidad quiso conocerlo de forma más cercana. Y comenzó a leer y leer, a preguntar en todas partes de aquél mundo de nunca jamás, y supo que si quería conocer y domesticar su caballo encorvado tenía que “abrir su cerebro” para localizarlo. El consejo de sabios fue contundente: no se ve desde fuera. Y comenzaron a explicarle que hace muchos años, unos científicos especializados abrieron uno por curiosidad y se encontraron estructuras donde cabalgaba tranquilamente un caballo como el suyo.

Siguió preguntando, más y más, hasta que una sabia mujer le susurró algo al oído:

– cabalgas porque te emocionas.

De pronto, supo que la información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. Así lo confirmaba aquél grupo de expertos. Y que también puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y que comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes. ¡Qué palabras tan desconocidas! Aquél rey supo en ese momento que este caballo encorvado es mayor y más activo en las mujeres, es decir, ellas pueden estar en todos los “detalles” de lo que ocurre en determinadas ocasiones; sufre cambios hormonales constantes en una dialéctica entre el estrógeno y la progesterona, activas “amazonas” en la carrera de la vida personal y en pareja.

Se lo diría a la reina: en el primer día del periodo, el hipocampo es activado por el estrógeno reforzando e incrementando en un 25% sus conexiones: se recuerda y aprende más y mejor, es decir, la actividad recordatoria puede ser frenética en la segunda semana del ciclo menstrual. Y él sabía que conocer estas realidades fisiológicas ayuda a los hombres a respetar más a la mujer, entre otras cosas porque sus posibilidades de aprendizaje son una continua lección programada, mes a mes, que hace muy valiosa la experiencia menstrual desde esta óptica contrastada por la ciencia. También le contaron que se había investigado el envejecimiento en esta maravillosa estructura cerebral y que si se mantiene la terapia hormonal en mujeres menopáusicas, su memoria tenderá a envejecer más lentamente, porque las dosis de estrógenos activan la memoria verbal y de largo plazo.

El rey agradeció a los sabios y sabias del lugar, la aproximación que le habían ofrecido sobre el cerebro desnudo. Como era un rey moderno, supo que existía un acto que “susurraba a los caballos” como metáfora de la aprehensión de la vida. Y comenzó a correr y correr anunciando su “descubrimiento”: él como persona, más que como rey, no solo era inteligente, sino también emocionente, porque sabía a ciencia cierta, que en el cerebro, junto al caballo que acababa de descubrir, se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala”, situada exactamente en el lóbulo temporal y que forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Y que galopaba directamente al sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza cerebral.

Lo que había descubierto sobre la amígdala era fascinante. Supo que es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Además y dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. También, que se puede llegar a conocer el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala. Había leído, además, que el cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan a las personas de su reino, de manera subliminal. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia, en aquél mundo del nunca jamás. Obvio. Y qué campo tan interesante se abría en su reino para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad Regia. Los elementos de contexto en los que vivían las personas de aquél lugar, hacían evidente las emociones de cada día, de su existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en el interior de las personas sin que se tome plena conciencia de ello! Es lógico que a veces las personas más próximas al rey le dijeran: “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

Conoció que el estrógeno, la progesterona y la testosterona son actores y actrices invitados en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina o femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, supo el rey, que la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada persona en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir, sabiendo que la amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) o duradera (sentimientos).

El rey, con su caballo desbocado, tuvo la impresión de que la próxima vez que se comiera una almendra, iba a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacía a diario. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que recuerde algo que ya protegió el caballo encorvado, porque ya sabe por qué está sintiendo algo especial.

El rey ya lo había dicho: somos emocionentes.

Y consideró su misión cumplida, aunque para él, este maravilloso cuento humano no había hecho nada más que empezar…

Se hizo un gran silencio y rápidamente nos pidieron que localizáramos un texto del libro de Galeano vinculado a este mundo al revés con el tema tratado hoy. Rápidamente, una compañera lo encontró en el curso básico de racismo y machismo, que propuso leerlo y comentarlo también. Llevaba el título de Los héroes y los malditos, que decía lo siguiente en su contexto de fin del siglo XX:

Dentro de algunos atletas, habita un gentío. En los años cuarenta, cuando los negros norteamericanos no podían compartir con los blancos ni siquiera el cementerio, Jack Robinson se impuso en el béisbol. Millones de negros pisoteados reconocían su dignidad en este atleta que brillaba como nadie en un deporte que era exclusivo para blancos. El público lo insultaba y le tiraba maníes, los rivales lo escupían; y en su casa recibía amenazas de muerte. En 1994, mientras el mundo aclamaba a Nelson Mandela y su larga pelea contra el racismo, el atleta Josiah Thugwane se convertía en el primer negro sudafricano que ganaba una olimpíada. En estos últimos años, está siendo normal que los trofeos olímpicos queden en manos de Kenia, Etiopía, Somalia, Burundi o Sudáfrica. Tiger Woods, llamado el Mozart del golf, está triunfando en un deporte de blancos ricos; y hace ya muchos años que son negros los astros del baloncesto y del boxeo. Son negros, o mulatos, los jugadores que más alegría y belleza dan al fútbol. Según el doble discurso racista, es perfectamente posible aplaudir a los negros exitosos y maldecir a los demás. En la Copa del Mundo que ganó Francia en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.

Dentro de algunos atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita un gentío de personas muy dignas. Nos pasará, por ejemplo, cuando veamos brillar este año a la gimnasta americana Simone Biles, que siempre deslumbra por la dignidad humana que lleva dentro. De lo que estábamos convencidos en la clase es de que en este mundo todos somos emocionentes, es decir, podemos vivir unidos por las emociones en la Olimpiada de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque a partir de hoy muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2010). Emocionentes, en III Concurso de relatos breves “Guadalupe González”. Sevilla: Junta de Andalucía. Consejería de Hacienda y Administración Pública, págs. 85-89.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un sueño en la Gladstone Library

Gladstone Library

Sevilla, 28/I/2021

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
[…]
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca

Jorge Luis Borges, en Poemas de los dones

Jorge Luis Borges escribió un cuento precioso, La biblioteca de Babel, que bien podría ser una historia del Universo contada a través de los libros. Si me lo permiten, la historia del comienzo de la historia de Internet, de la Noosfera digital, la Biblioteca Total del Mundo según el escritor argentino. Por este motivo, he recordado ahora la existencia de un manuscrito del cuento, redactado en nueve hojas arrancadas de un cuaderno de contabilidad, que estuvo expuesto en una muestra que se celebró en 2016 en Buenos Aires, con el título programático “Borges, el mismo, otro”, presentada en el Museo del Libro y de la Lengua y en la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, que dirigía entonces uno de mis autores preferidos, Alberto Manguel, como conmemoración del 30.° aniversario de la muerte del autor: “Estaba dando una conferencia en São Paulo con [el historiador estadounidense] Robert Darnton, que está visitando América del Sur. Al final del encuentro, se nos acerca un señor [el coleccionista brasileño Pedro Aranha Corrêa do Lago] con una pila de libros para firmar y nos invita a almorzar en su casa. Por supuesto, no aceptamos la invitación de desconocidos, pero empieza a explicarle a Darnton las cosas que tiene del siglo XVIII, piezas de colección, etc., que quería mostrarnos. Entonces, aceptamos la invitación y vamos a su casa al día siguiente […] Entre esos documentos, nos muestra el manuscrito de “La biblioteca de Babel”, de Borges. Y no solo un manuscrito, porque Borges hacía varios borradores y el último de ellos era el que se enviaba, para ser pasado a máquina, a la revista Sur e imprimirlo. Era un borrador intermedio, porque había muchas tachaduras, correcciones, opciones de palabras. Entonces, es casi un mapa de cómo Borges pensó el cuento, que es uno de los más importantes de la literatura universal y el símbolo que la Argentina ha dado al mundo” (1).

En el mundo digital actual, Manguel aporta una reflexión extraordinaria sobre la disponibilidad de ese manuscrito para conocer el texto y contexto que utilizó Borges al redactarlo, donde cualquier tachadura es un claro objeto de investigación para personas curiosas, ávidas de conocer el sentido de la vida: “Tener un manuscrito de Borges es importante y hay un placer fetichista en tener una nota o una firma de él; pero el manuscrito de “La biblioteca de Babel” u otros de distinto tipo, con las correcciones de Borges, son importantes desde un punto de vista filológico, filosófico y literario. Es decir, estudiando este manuscrito, podemos ver la escritura de Borges; cómo lo construyó; la manera en que pensó el texto; el modo en que consideraba el acto de escribir, como un acto tecnológico, buscando las palabras que tiene las suficientes sílabas para marca el ritmo de una frase y no solo la idea detrás de la construcción. Todo este análisis lo permite este manuscrito. Los bibliotecarios están analizándolo para ver lo que hay detrás de las tachaduras, para ver qué fue lo que Borges escribió y después decidió no escribir. Es un proceso que revela la biografía de un texto. Es algo que en la época electrónica se está perdiendo porque todo texto que escribimos es el último y no quedan trazos de los distintos ensayos que llevan al texto que se publica”.

Si he recordado este cuento se debe a un motivo, la configuración de aquella Biblioteca, en un apartado preciso: se podía dormir, de pie, en ella (verán luego por qué), entre otros pormenores fascinantes: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante”.

Continúa Borges expresando que “como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos”, hasta llegar a la justificación de su estructura; “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible. A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas. El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros.

Las cifras que se pueden manejar en el corazón de la Biblioteca de Borges son impresionantes, buscando el sentido de la vida, donde las personas, según él, somos imperfectas bibliotecarias. Recomiendo su lectura, no una sino varias veces porque cada lectura es como cavar un pozo con una aguja dada la calidad de su escritura y la profundidad de cada palabra y frase escrita e hilvanada con las demás. Es una auténtica joya de la literatura. En sus frases finales, encuentro un sentido especial a lo que quería compartir hoy con la Noosfera, un relato sobre la Biblioteca Gladstone, en Gales, que he vivido como un sueño experimentado en una de sus habitaciones, al ser la única biblioteca en el mundo que ofrecen alojamiento para seguir leyendo, para seguir soñando despiertos, como si visitara la biblioteca de Babel convertida en un paraíso al alcance de mi alma de secreto en estos momentos tan especiales de pandemia: “La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la única – está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. […] Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica [subrayado en el manuscrito original]. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Un cuento para un niño querido, sobre la Gladstone Library

Érase una vez una librería en el País de Gales (UK), de cuyo nombre queremos acordarnos ahora, Gladstone, que pensó un día no lejano que sus estanterías podrían tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos (por ahora) que tenía que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre completo y que alberga en la actualidad más de 250.000 textos impresos. Ocurrió que vino en 2020 una pandemia que obligó a cerrarla por primera vez en sus más de 120 años de vida. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Está en un lugar precioso de Gales, concretamente en una pequeña parroquia rural de Hawarden, en el noreste, cerca de Liverpool y más cerca aún de la frontera con Inglaterra. Los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía.

La situación de soledad sonora de la Gladstone Library necesitaba buscar alternativa y la encontró haciendo un llamamiento mundial para que en 2021 pudiera abrir de nuevo sus puertas, gabinetes de lectura y habitaciones para descansar junto a los libros que se aman. ¿Cómo? Los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que cuando se reúnan los mil y un nombres se sabrá a quien acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día.

Llegará el momento en que en los archivos de la biblioteca Gladstone se podrá localizar un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de este niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.

Así sucedió y así lo contaron a sus padres, para que siguiendo la tradición de los primeros libros, lean este relato a ese niño querido y viajen a Hawarden con un objetivo: acompañar los días que quieran a los libros de la Gladstone Library, dormir junto a ellos, buscar la estantería con su nombre y apellidos, leer conjuntamente las palabras anteriores en el libro de agradecimientos y prometer a todos los libros que lean en su casa que nunca los dejarán sin sustento y solos, porque los aman y eso nos basta.

Borges agregaría este cuento a su biblioteca imaginaria, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las habitaciones de la Gladstone Library, muy cerca del estante que soporta su obra y que quizá lleve el nombre de ese niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.

Un día, que alguna vez será lejano, recordará ese niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden.

(1) Así fue el momento en el que Alberto Manguel encontró el manuscrito de La biblioteca de Babel, de Borges | Ministerio de Cultura

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El tamarindo

Celebración del aniversario, el 15 de julio de 1907, de la fundación de Santa Clara (15 de julio de 1689)

Sevilla, 15/IX/2020

El pasado mes de mayo, en pleno confinamiento, participé, con espíritu olímpico, en un concurso de microrrelatos organizado por el Club Santa Clara, al que pertenezco, agradeciendo desde este cuaderno digital una iniciativa cultural de marcado interés social. Conocido el resultado final, no resulté ganador en su sección «Senior», pero continuando con lo aprendido de las olimpiadas griegas y el ideario de Pierre de Coubertin, lo importante para mí era formar parte de un grupo de personas de todas las edades, que dedicaban un tiempo precioso del confinamiento a escribir microrrelatos donde deberían aparecer dos palabras: «ventana» y «lectura» y con una extensión máxima de 200 palabras, con un objetivo final que siempre tuve muy claro: compartir conocimiento, sentimientos y emociones en un contexto personal, familiar y social muy difícil.

Una vez resuelto el concurso, se han publicado todos los microrrelatos participantes en una recopilación muy cuidada y, en el prólogo, a modo de invitación a su lectura, se dice que «[…] la lectura nos conecta con un tiempo y un especio siderales, con una inmensidad que, sin embargo, no da miedo, al revés, nos ayuda a entender mejor nuestro entorno cotidiano. Leemos para aprender (estudiar es leer con intensidad), leemos para conocer, leemos para disfrutar. También, como tantas veces aparece en el Quijote, la lectura pude ser colectiva, en voz alta. Y, la lectura, como se ve en todas las religiones, también puede cumplir una función trascendente de vinculación con el misterio o lo absoluto».

El relato que presenté, llevaba un título paradigmático, El tamarindo, vinculado estrechamente con la fundación de la ciudad de Santa Clara en Cuba, nombre de mi barrio y de mi club. Me interesó en un momento determinado conocer su intrahistoria, que me pareció preciosa, porque la actual Santa Clara es una ciudad perteneciente a la provincia de Villa Clara (antiguamente Las Villas), con rango de capital, que se constituyó por unas familias en torno a un árbol, el tamarindo. Este hecho tuvo lugar el 15 de julio de 1689 y participaron en él 175 personas. Allí fue llevada su semilla en los años posteriores del descubrimiento de América. Este contexto me inspiró el microrrelato que presento hoy a la Noosfera, la malla pensante de la humanidad.

El tamarindo

Una mañana, al amanecer, la niña abrazó el tamarindo del patio. Desde la ventana de su habitación lo veía crecer sin intuir el secreto que escondía. Todos los días regaba su alcorque y dedicaba tiempo a la lectura para comprender su preciosa historia de árbol solitario.

Una tarde, a la hora malva, encontró un fruto que había caído de sus ramas. Estaba cubierto de hojas secas. Sabía que esta semilla había viajado durante siglos desde África a Santa Clara de Cuba y que allí se había quedado para siempre. Ahora, estaba en sus manos como un tesoro que podía guardar hasta verlo crecer de nuevo, sin decir nada a nadie.

Una noche, a la luz de la luna, salió al patio y vio que el tamarindo ya no estaba allí. Le contaron que se lo habían llevado para curarlo de unas heridas que tenía en su corazón porque su dueño era un esclavo que hace muchos años salió de África para entregar su semilla al mundo a cambio de libertad.

Era ya de madrugada y se durmió profundamente. Soñó que el tamarindo, ya libre, se había quedado para siempre en su alma, su pequeña caja de cristal.

Así ocurrió y así lo he contado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.


Mascarón de proa / 3. Jenny Lind 

JENNY LIND
Yo soy un amateur del mar, y desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra

Pablo Neruda, en Confieso que he vivido

Sevilla, 12/VII/2019

Entrando en el comedor de Isla Negra, dos mascarones de proa, mascarón y mascarona en este caso, Morgan y Jenny Lind, se miran frente a frente, desafiantes, como anunciando historias no paralelas de sus largos viajes por océanos y mares de todo el mundo, a cuál mejor. Hoy me he interesado por la historia de la mascarona Jenny Lind, una famosísima soprano sueca con una trayectoria artística impecable y que proporciona lecturas apasionantes de su biografía. Allí está, en Isla Negra, dispuesta a contarnos hoy día historias de sobremesa en el comedor de Neruda.

Neruda estaba enamorado de esta mascarona de proa: «Esta suavísima criatura viajó en un barco norteamericano, a mediados del siglo. El barco se llamaba Jenny Lind. Muchas naves llevaron este nombre desde el día en el que el gran Barnum, el fundador del circo en el mundo, se atrevió a traer a la cantante sueca y a presentarla por toda la vasta extensión de los Estados Unidos de América del Norte. Fue la primera pin-up, fue la primera glamour, fue la primera novia de los norteamericanos. Y casas y libros y barcos, hoteles, trenes, se llamaron Jenny Lind. Aquí podemos verla tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Jenny Lind no estaba allí por casualidad: “[…] los objetos coleccionados por Neruda tienen otro sentido en sus casas-museo. El sentido de la representación de su existencia. De darse a conocer. Los objetos coleccionados tienen sentido y valor porque están ligados a vivencias y recuerdos de Neruda. Miguel Rojas Mix [En Las cosas de Neruda. Cáceres: Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica. 1998, p. 25] dirá que el ambiente se crea cuando los elementos se transforman en un sistema de signos. Es lo que percibimos con la historia de La Guillermina, Jenny Lind, María Celeste y tantas otras mascaronas de proa de antiguos barcos que surcaron ríos, mares y océanos. Junto con el corsario inglés Francis Drake y, sobre todo, el pirata Henry Morgan, los personajes se distribuyen por la casa-museo de Isla Negra tanto como ángeles o guardianes. (cada uno con su propio nombre, con su propia alma y con una historia particular). Pablo Neruda los individualizó y, al hacerlo, practicó con ellos el acto de «investidura», es decir, los renombró. En este ritual, convirtió a los objetos en algo único, fetichizados, singulares y exóticos. El sentido y el valor de las cosas están asociados a sus vivencias y a su pasión por perpetuarlas. Barcos con sirenas, piratas y mascarones de proa eran también seres que habían poblado el imaginario del poeta en su infancia. En mi casa fui reuniendo juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podía vivir [El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche.] Son mis propios juguetes. Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo. [Los describiré para los niños pequeños y los de todas las edades]. Representarán en este contexto un “arte de vida” y estarán íntimamente ligados con los guardados en la memoria” (1).

Neruda pensaba que sus mascaronas, como Jenny Lind, arrancaban siempre halagos y críticas, tal y como lo cuenta él en sus memorias, Confieso que he vivido, en el capítulo dedicado a sus botellas y mascarones, sobre todo por la envidia que despertaban, justificando inmediatamente después su colección tan querida de “juguetes grandes”: “En verdad debieran decirse mascaronas de proa. Son figuras con busto, estatuas marinas, efigies del océano perdido. El hombre, al construir sus naves, quiso elevar sus proas con un sentido superior. Colocó antiguamente en los navíos, figuras de aves, pájaros totémicos, animales míticos, tallados en madera. Luego, en el siglo diecinueve, los barcos balleneros esculpieron figuras de caracteres simbólicos: diosas semidesnudas o matronas republicanas de gorro frigio” (2)

Volví a coincidir con Jenny Lind a través de una gran película, El gran showman, adelantada en su sinopsis, en la que el protagonista, “huérfano, sin un centavo, pero ambicioso y con una mente repleta de imaginación e ideas frescas, el estadounidense Phineas Taylor Barnum, siempre será recordado como el hombre con el don de desdibujar sin esfuerzo la línea entre la realidad y la ficción. Sediento de innovación y ávido de éxito, el hijo de un sastre logrará abrir un museo de cera, pero pronto cambiará su enfoque a lo único y peculiar, presentando espectáculos extraordinarios y nunca vistos en el escenario del circo. Cuando el showman apuesta todo por la cantante de ópera Jenny Lind, de alguna manera perderá de vista el aspecto más importante de su vida: su familia. ¿Barnum lo arriesgará todo por el éxito?”. Neruda ya lo había contado al mundo antes. Él la imaginaba “tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Lo que me ha conmovido de verdad es conocer la intrahistoria de uno de los poemas inéditos de Neruda, publicados en 2014 por Seix Barral bajo el título Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos, en el que aparece el dedicado a Jenny Lind y Henry Morgan, mascarón y mascarona de su casa, en el que el poeta cambió los nombres de sus verdaderos protagonistas, la poetisa estadounidense Roa Lynn y su  pareja, el empresario inglés-argentino Patrick Morgan, según cuenta su verdadera protagonista: “Juntos habían escrito un libro de poemas. Su idea, en un comienzo, fue pedirle a Neruda que escribiera una introducción. Por eso, Lynn cruzó la cordillera para buscar al poeta. En sus propias palabras, su plan era «aparecer en la puerta de Neruda e improvisar». Quien le abrió la entrada fue Matilde Urrutia. Ante la pregunta de Lynn, le informó que Neruda estaba dando un paseo y la invitó a almorzar con ellos. «Yo apenas lo podía creer», cuenta Lynn, desde su casa en Nueva York. «No creo que algo así pueda pasar hoy», añade. Durante el almuerzo, ella y Neruda hablaron sobre diversos tópicos, junto con Matilde y Teresa Castro, la secretaria del poeta, y con quien Roa Lynn entabló amistad, que mantuvo por varios años. Neruda terminó escribiendo un poema dedicado a ellos: «Roa Lynn y Patrick Morgan / en estas aguas amarrados / en este río confundidos, / hostiles, floridos, amargos / van hacia el mar o el infierno…». Este es el mismo que fue descubierto en 2014, pero se creyó, en ese momento, que los nombres iniciales eran unos mascarones de proa y fueron cambiados por «Jenny Lind» y «Henry Morgan». Aunque ella y Patrick Morgan no terminaron el libro que habían planeado, ambos guardaron copias del poema que Neruda les dedicó. Sin embargo, lo perdió. «De alguna forma, con todos los viajes y mudanzas en mi vida, lo perdí», señala. Por eso, no esperaba que el poema apareciera en 2014, cuando se estaba mudando de Virginia a Nueva York. Ahí, entre los informes de notas del colegio, estaba el poema” (3).

Poema 21

Roa Lynn y Patrik Morgan
en estas aguas amarrados
en este río confundidos,
hostiles, floridos, amargos
van hacia el mar o hacia el infierno
con un amor acelerado
que los precipita en la luz
o los recoge del sargazo:
pero continúan las aguas
en la oscuridad, conversando,
contando besos y cenizas,
calles sangrientas de soldados,
inaceptables reuniones
de la miseria con el llanto:
cuanto pasa por estas aguas!:
la velocidad y el espacio,
los fermentos de las favelas,
y las máscaras del espanto.

Hay que ver lo que trae el agua
por el río de cuatro brazos!
 
Pablo Neruda, Isla Negra (4)

Neruda lo había escrito en junio de 1968 y Jenny Lind vivía ya en su casa de Isla Negra. Fascinante controversia. ¿Quién cambió los nombres? ¿Se parecía Roa a Jenny? Mejor no tocar más el poema, porque como está es así de hermoso, como pensaba de su obra Juan Ramón Jiménez.   

(1) http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/RC/RC0133808.pdf

(2) Neruda, Pablo. Confieso que he vivido. Memorias. Barcelona: Seix Barral, 1974, p- 375.

(3) http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=232827

(4) Neruda, Pablo. Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos. Barcelona: Seix Barral, 2014.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 2. La Guillermina

GUILLERMINA

La Guillermina / Fotograma del documental Una casa en la arena. Universidad Católica de Chile

Sevilla, 10/VII/2019

Decidí un día ya lejano pensar en las historias asociadas a los mascarones de proa y… de popa, que también existen, porque han visitado mares y océanos de todo el mundo, con múltiples singladuras jamás contadas. ¡Cuánto habrán visto y oído a través de los susurros de las olas o en noches de tormenta! Cuando analizaba esta predilección de Neruda, al iniciar la singladura personal de julio desde la amura de babor de La Isla Desconocida de José Saramago, conocí la historia de La Guillermina, una mascarona especial que sigue presidiendo su despacho en Isla Negra con una mirada enigmática: “[…] Fue una de las últimas piezas que Neruda adquirió. La compró en Perú y al no tener mayores referencias de su origen, decidió bautizarla con el nombre de la niña que lo deslumbró en su infancia sureña y a quien dedicó el poema «Dónde estará la Guillermina?» (1), publicado por primera vez en Estravagario (Losada, 1958):

Cuando mi hermana la invitó
y yo salí a abrirle la puerta,
entró el sol, entraron estrellas,
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.

Yo tenía catorce años
y era orgullosamente oscuro,
delgado, ceñido y fruncido,
funeral y ceremonioso:
yo vivía con las arañas
humedecido por el bosque
me conocían los coleópteros
y las abejas tricolores,
yo dormía con las perdices
sumergido bajo la menta.

Entonces entró la Guillermina
con dos relámpagos azules
que me atravesaron el pelo
y me clavaron como espadas
contra los muros del invierno.

Esto sucedió en Temuco.
Allá en el Sur, en la frontera.

Han pasado lentos los años
pisando como paquidermos,
ladrando como zorros locos,
han pasado impuros los años
crecientes, raídos, mortuorios,
y yo anduve de nube en nube,
de tierra en tierra, de ojo en ojo,
mientras la lluvia en la frontera
caía, con el mismo traje.

Mi corazón ha caminado
con intransferibles zapatos,
y he digerido las espinas:
no tuve tregua donde estuve:
donde yo pegué me pegaron,
donde me mataron caí
y resucité con frescura
y luego y luego y luego y luego,
es tan largo contar las cosas.

No tengo nada que añadir.

Vine a vivir en este mundo.

Dónde estará la Guillermina?

La Guillermina conoce Madrid, mar adentro. Vino en marzo de 1995, con motivo de una exposición que se celebró del 10 de marzo al 2 de abril, Neruda regresa a España, inaugurada por el presidente chileno Eduardo Frei: “El escritor escribía poesías para sus mascarones, la mayor parte del siglo XVIII y unos pocos del XIX, once mujeres y tres varones, más dos cabezas, todos de proa, menos dos, de popa. De ellos, se pueden ver ahora en Madrid La Guillermina (que el poeta encontró en Lima: antes de verla le dijeron que era una santa o una mona); Jenny Lind (actriz y cantante sueca, supuesta amante de Hans Christian Andersen); La sirena de Glasgow; La sin nombre y La María Celeste, que llora a través de la madera de encina («durante el largo invierno algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas», escribió Neruda. «La humedad concentrada’, dicen los escepticistas. ‘Un milagro’, digo yo, con respeto… Pero, ¿por qué llora?»). También se exponen los dos ángeles trompeteros que, junto a los mascarones, ocupan en Isla Negra la habitación principal, desde cuya ventana las figuras se asoman al Océano Pacífico y observan a diario el paso a ras del mar de bandadas de patos, alcatraces y gaviotas» (2).

Hoy la hemos localizado de nuevo en su casa, en Isla Negra, durmiendo en el regazo del niño Neruda que siempre fue, tal y como nos lo contó hace ya muchos años: «Un niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega ha perdido para siempre el niño que vivió en el y al que extrañará terriblemente». No tengo nada más que añadir. Así es La Guillermina, surcando mares de ensueño con sus dos relámpagos azules. Además, lo dijo el poeta para quien lo quisiera escuchar, el día que la conoció: no era una santa. Lo decían también los marineros que la veían a diario en una embarcación anónima, porque se había enfrentado a los dioses y demonios del mar, bajo el bauprés, oteándolo todo. Hasta hoy.

(1) https://www.emol.com/especiales/neruda/20000610.htm

(2) https://elpais.com/diario/1995/03/08/cultura/794617211_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La niña celeste

NINA CELESTE

Cuenta Mario Satz en su libro El alfabeto alado (1), que Pitágoras tuvo un espejo egipcio de bronce que le había regalado un sacerdote de Isis, a orillas del Nilo, tras decirle: el espejo es el reflejo de la luz, la luz un fluido espejo que viaja en pos de identidades. Aquello era un mensaje programático de lo que le sucedería tiempo después cuando una mariposa niña celeste se posó en el cristal del espejo creyendo que era una lámina quieta de agua: “De un azul pálido pero vivo, la cara superior del insecto fue para Pitágoras un relámpago del cielo, un resplandor de mediodías pulidos por el viento, mientras que la inferior, con sus muescas y sus puntos, de un color pardo y gris, le pareció la tierra misma, plural, múltiple, opaca y vasta”. Pitágoras se acercó para verla mejor y en un abrir y cerrar de sus alas “aceptó que así vive el ser humano, con frecuencia ignorante de que su parte superior mira la profundidad de su origen y la inferior la superficie de su fin”.

He recordado cuando era niño y cazaba, desgraciadamente, mariposas, casi todas blancas, que si las veía volar era un presagio de que cuando volviera a casa me encontraría una carta. No vi nunca a esa niña celeste, ni tuve espejos donde posarse, pero pasaba horas con mi cazamariposas de red verde buscando mensajes ocultos en las alas de aquellas frágiles danzarinas con trajes de fiesta, que me dejaban en los dedos un polvillo que me maravillaba mantener intacto hasta volver a casa. Es como si buscara desesperadamente un mensaje en sus alas, imposible de descifrar, aunque fuera verdad que aquel día de caza había asegurado recibir una carta, porque las había visto de color blanco como la nieve.

Pitágoras tenía razón. En aquel momento, en el que yo era tan solo un niño, ignoraba que aquellas mariposas blancas, de cuyo nombre no recuerdo nada, me permitían mirar la profundidad del origen de mis sueños con mis ojos, mientras que, con mis pies, corriendo tras ellas, solo quería retenerlas en una cárcel absurda aquí en la tierra. Lo que no sabía tampoco es que a Pitágoras le había ocurrido lo mismo, un día ya muy lejano, al ver una niña celeste posada en su espejo egipcio de bronce.

Sevilla, 20/V/2019

NOTA: la imagen de la mariposa “niña celeste”, se ha recuperado hoy de http://www.ukbutterflies.co.uk/species_chart.php?family=Lycaenidae&stage=imago

(1) Satz, Mario (2019). El alfabeto alado. Madrid: Acantilado-Quaderns Crema.

 

 

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