Un sueño en la Gladstone Library

Gladstone Library

Sevilla, 28/I/2021

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
[…]
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca

Jorge Luis Borges, en Poemas de los dones

Jorge Luis Borges escribió un cuento precioso, La biblioteca de Babel, que bien podría ser una historia del Universo contada a través de los libros. Si me lo permiten, la historia del comienzo de la historia de Internet, de la Noosfera digital, la Biblioteca Total del Mundo según el escritor argentino. Por este motivo, he recordado ahora la existencia de un manuscrito del cuento, redactado en nueve hojas arrancadas de un cuaderno de contabilidad, que estuvo expuesto en una muestra que se celebró en 2016 en Buenos Aires, con el título programático “Borges, el mismo, otro”, presentada en el Museo del Libro y de la Lengua y en la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, que dirigía entonces uno de mis autores preferidos, Alberto Manguel, como conmemoración del 30.° aniversario de la muerte del autor: “Estaba dando una conferencia en São Paulo con [el historiador estadounidense] Robert Darnton, que está visitando América del Sur. Al final del encuentro, se nos acerca un señor [el coleccionista brasileño Pedro Aranha Corrêa do Lago] con una pila de libros para firmar y nos invita a almorzar en su casa. Por supuesto, no aceptamos la invitación de desconocidos, pero empieza a explicarle a Darnton las cosas que tiene del siglo XVIII, piezas de colección, etc., que quería mostrarnos. Entonces, aceptamos la invitación y vamos a su casa al día siguiente […] Entre esos documentos, nos muestra el manuscrito de “La biblioteca de Babel”, de Borges. Y no solo un manuscrito, porque Borges hacía varios borradores y el último de ellos era el que se enviaba, para ser pasado a máquina, a la revista Sur e imprimirlo. Era un borrador intermedio, porque había muchas tachaduras, correcciones, opciones de palabras. Entonces, es casi un mapa de cómo Borges pensó el cuento, que es uno de los más importantes de la literatura universal y el símbolo que la Argentina ha dado al mundo” (1).

En el mundo digital actual, Manguel aporta una reflexión extraordinaria sobre la disponibilidad de ese manuscrito para conocer el texto y contexto que utilizó Borges al redactarlo, donde cualquier tachadura es un claro objeto de investigación para personas curiosas, ávidas de conocer el sentido de la vida: “Tener un manuscrito de Borges es importante y hay un placer fetichista en tener una nota o una firma de él; pero el manuscrito de “La biblioteca de Babel” u otros de distinto tipo, con las correcciones de Borges, son importantes desde un punto de vista filológico, filosófico y literario. Es decir, estudiando este manuscrito, podemos ver la escritura de Borges; cómo lo construyó; la manera en que pensó el texto; el modo en que consideraba el acto de escribir, como un acto tecnológico, buscando las palabras que tiene las suficientes sílabas para marca el ritmo de una frase y no solo la idea detrás de la construcción. Todo este análisis lo permite este manuscrito. Los bibliotecarios están analizándolo para ver lo que hay detrás de las tachaduras, para ver qué fue lo que Borges escribió y después decidió no escribir. Es un proceso que revela la biografía de un texto. Es algo que en la época electrónica se está perdiendo porque todo texto que escribimos es el último y no quedan trazos de los distintos ensayos que llevan al texto que se publica”.

Si he recordado este cuento se debe a un motivo, la configuración de aquella Biblioteca, en un apartado preciso: se podía dormir, de pie, en ella (verán luego por qué), entre otros pormenores fascinantes: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante”.

Continúa Borges expresando que “como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos”, hasta llegar a la justificación de su estructura; “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible. A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas. El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros.

Las cifras que se pueden manejar en el corazón de la Biblioteca de Borges son impresionantes, buscando el sentido de la vida, donde las personas, según él, somos imperfectas bibliotecarias. Recomiendo su lectura, no una sino varias veces porque cada lectura es como cavar un pozo con una aguja dada la calidad de su escritura y la profundidad de cada palabra y frase escrita e hilvanada con las demás. Es una auténtica joya de la literatura. En sus frases finales, encuentro un sentido especial a lo que quería compartir hoy con la Noosfera, un relato sobre la Biblioteca Gladstone, en Gales, que he vivido como un sueño experimentado en una de sus habitaciones, al ser la única biblioteca en el mundo que ofrecen alojamiento para seguir leyendo, para seguir soñando despiertos, como si visitara la biblioteca de Babel convertida en un paraíso al alcance de mi alma de secreto en estos momentos tan especiales de pandemia: “La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la única – está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. […] Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica [subrayado en el manuscrito original]. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Un cuento para un niño querido, sobre la Gladstone Library

Érase una vez una librería en el País de Gales (UK), de cuyo nombre queremos acordarnos ahora, Gladstone, que pensó un día no lejano que sus estanterías podrían tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos (por ahora) que tenía que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre completo y que alberga en la actualidad más de 250.000 textos impresos. Ocurrió que vino en 2020 una pandemia que obligó a cerrarla por primera vez en sus más de 120 años de vida. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Está en un lugar precioso de Gales, concretamente en una pequeña parroquia rural de Hawarden, en el noreste, cerca de Liverpool y más cerca aún de la frontera con Inglaterra. Los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía.

La situación de soledad sonora de la Gladstone Library necesitaba buscar alternativa y la encontró haciendo un llamamiento mundial para que en 2021 pudiera abrir de nuevo sus puertas, gabinetes de lectura y habitaciones para descansar junto a los libros que se aman. ¿Cómo? Los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que cuando se reúnan los mil y un nombres se sabrá a quien acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día.

Llegará el momento en que en los archivos de la biblioteca Gladstone se podrá localizar un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de este niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.

Así sucedió y así lo contaron a sus padres, para que siguiendo la tradición de los primeros libros, lean este relato a ese niño querido y viajen a Hawarden con un objetivo: acompañar los días que quieran a los libros de la Gladstone Library, dormir junto a ellos, buscar la estantería con su nombre y apellidos, leer conjuntamente las palabras anteriores en el libro de agradecimientos y prometer a todos los libros que lean en su casa que nunca los dejarán sin sustento y solos, porque los aman y eso nos basta.

Borges agregaría este cuento a su biblioteca imaginaria, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las habitaciones de la Gladstone Library, muy cerca del estante que soporta su obra y que quizá lleve el nombre de ese niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.

Un día, que alguna vez será lejano, recordará ese niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden.

(1) Así fue el momento en el que Alberto Manguel encontró el manuscrito de La biblioteca de Babel, de Borges | Ministerio de Cultura

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El tamarindo

Celebración de la fundación de Santa Clara el 15 de julio de 1907

Sevilla, 15/IX/2020

El pasado mes de mayo, en pleno confinamiento, participé, con espíritu olímpico, en un concurso de microrrelatos organizado por el Club Santa Clara, al que pertenezco, agradeciendo desde este cuaderno digital una iniciativa cultural de marcado interés social. Conocido el resultado final, no resulté ganador en su sección “Senior”, pero continuando con lo aprendido de las olimpiadas griegas y el ideario de Pierre de Coubertin, lo importante para mí era formar parte de un grupo de personas de todas las edades, que dedicaban un tiempo precioso del confinamiento a escribir microrrelatos donde deberían aparecer dos palabras: “ventana” y “lectura” y con una extensión máxima de 200 palabras, con un objetivo final que siempre tuve muy claro: compartir conocimiento, sentimientos y emociones en un contexto personal, familiar y social muy difícil.

Una vez resuelto el concurso, se han publicado todos los microrrelatos participantes en una recopilación muy cuidada y, en el prólogo, a modo de invitación a su lectura, se dice que “[…] la lectura nos conecta con un tiempo y un especio siderales, con una inmensidad que, sin embargo, no da miedo, al revés, nos ayuda a entender mejor nuestro entorno cotidiano. Leemos para aprender (estudiar es leer con intensidad), leemos para conocer, leemos para disfrutar. También, como tantas veces aparece en el Quijote, la lectura pude ser colectiva, en voz alta. Y, la lectura, como se ve en todas las religiones, también puede cumplir una función trascendente de vinculación con el misterio o lo absoluto”.

El relato que presenté, llevaba un título paradigmático, El tamarindo, vinculado estrechamente con la fundación de la ciudad de Santa Clara en Cuba, nombre de mi barrio y de mi club. Me interesó en un momento determinado conocer su intrahistoria, que me pareció preciosa, porque la actual Santa Clara es una ciudad perteneciente a la provincia de Villa Clara (antiguamente Las Villas), con rango de capital, que se constituyó por unas familias en torno a un árbol, el tamarindo. Este hecho tuvo lugar el 15 de julio de 1689 y participaron en él 175 personas. Allí fue llevada su semilla en los años posteriores del descubrimiento de América. Este contexto me inspiró el microrrelato que presento hoy a la Noosfera, la malla pensante de la humanidad.

El tamarindo

Una mañana, al amanecer, la niña abrazó el tamarindo del patio. Desde la ventana de su habitación lo veía crecer sin intuir el secreto que escondía. Todos los días regaba su alcorque y dedicaba tiempo a la lectura para comprender su preciosa historia de árbol solitario.

Una tarde, a la hora malva, encontró un fruto que había caído de sus ramas. Estaba cubierto de hojas secas. Sabía que esta semilla había viajado durante siglos desde África a Santa Clara de Cuba y que allí se había quedado para siempre. Ahora, estaba en sus manos como un tesoro que podía guardar hasta verlo crecer de nuevo, sin decir nada a nadie.

Una noche, a la luz de la luna, salió al patio y vio que el tamarindo ya no estaba allí. Le contaron que se lo habían llevado para curarlo de unas heridas que tenía en su corazón porque su dueño era un esclavo que hace muchos años salió de África para entregar su semilla al mundo a cambio de libertad.

Era ya de madrugada y se durmió profundamente. Soñó que el tamarindo, ya libre, se había quedado para siempre en su alma, su pequeña caja de cristal.

Así ocurrió y así lo he contado.

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Mascarón de proa / 3. Jenny Lind 

JENNY LIND
Yo soy un amateur del mar, y desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra

Pablo Neruda, en Confieso que he vivido

Sevilla, 12/VII/2019

Entrando en el comedor de Isla Negra, dos mascarones de proa, mascarón y mascarona en este caso, Morgan y Jenny Lind, se miran frente a frente, desafiantes, como anunciando historias no paralelas de sus largos viajes por océanos y mares de todo el mundo, a cuál mejor. Hoy me he interesado por la historia de la mascarona Jenny Lind, una famosísima soprano sueca con una trayectoria artística impecable y que proporciona lecturas apasionantes de su biografía. Allí está, en Isla Negra, dispuesta a contarnos hoy día historias de sobremesa en el comedor de Neruda.

Neruda estaba enamorado de esta mascarona de proa: “Esta suavísima criatura viajó en un barco norteamericano, a mediados del siglo. El barco se llamaba Jenny Lind. Muchas naves llevaron este nombre desde el día en el que el gran Barnum, el fundador del circo en el mundo, se atrevió a traer a la cantante sueca y a presentarla por toda la vasta extensión de los Estados Unidos de América del Norte. Fue la primera pin-up, fue la primera glamour, fue la primera novia de los norteamericanos. Y casas y libros y barcos, hoteles, trenes, se llamaron Jenny Lind. Aquí podemos verla tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Jenny Lind no estaba allí por casualidad: “[…] los objetos coleccionados por Neruda tienen otro sentido en sus casas-museo. El sentido de la representación de su existencia. De darse a conocer. Los objetos coleccionados tienen sentido y valor porque están ligados a vivencias y recuerdos de Neruda. Miguel Rojas Mix [En Las cosas de Neruda. Cáceres: Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica. 1998, p. 25] dirá que el ambiente se crea cuando los elementos se transforman en un sistema de signos. Es lo que percibimos con la historia de La Guillermina, Jenny Lind, María Celeste y tantas otras mascaronas de proa de antiguos barcos que surcaron ríos, mares y océanos. Junto con el corsario inglés Francis Drake y, sobre todo, el pirata Henry Morgan, los personajes se distribuyen por la casa-museo de Isla Negra tanto como ángeles o guardianes. (cada uno con su propio nombre, con su propia alma y con una historia particular). Pablo Neruda los individualizó y, al hacerlo, practicó con ellos el acto de “investidura”, es decir, los renombró. En este ritual, convirtió a los objetos en algo único, fetichizados, singulares y exóticos. El sentido y el valor de las cosas están asociados a sus vivencias y a su pasión por perpetuarlas. Barcos con sirenas, piratas y mascarones de proa eran también seres que habían poblado el imaginario del poeta en su infancia. En mi casa fui reuniendo juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podía vivir [El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche.] Son mis propios juguetes. Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo. [Los describiré para los niños pequeños y los de todas las edades]. Representarán en este contexto un “arte de vida” y estarán íntimamente ligados con los guardados en la memoria” (1).

Neruda pensaba que sus mascaronas, como Jenny Lind, arrancaban siempre halagos y críticas, tal y como lo cuenta él en sus memorias, Confieso que he vivido, en el capítulo dedicado a sus botellas y mascarones, sobre todo por la envidia que despertaban, justificando inmediatamente después su colección tan querida de “juguetes grandes”: “En verdad debieran decirse mascaronas de proa. Son figuras con busto, estatuas marinas, efigies del océano perdido. El hombre, al construir sus naves, quiso elevar sus proas con un sentido superior. Colocó antiguamente en los navíos, figuras de aves, pájaros totémicos, animales míticos, tallados en madera. Luego, en el siglo diecinueve, los barcos balleneros esculpieron figuras de caracteres simbólicos: diosas semidesnudas o matronas republicanas de gorro frigio” (2)

Volví a coincidir con Jenny Lind a través de una gran película, El gran showman, adelantada en su sinopsis, en la que el protagonista, “huérfano, sin un centavo, pero ambicioso y con una mente repleta de imaginación e ideas frescas, el estadounidense Phineas Taylor Barnum, siempre será recordado como el hombre con el don de desdibujar sin esfuerzo la línea entre la realidad y la ficción. Sediento de innovación y ávido de éxito, el hijo de un sastre logrará abrir un museo de cera, pero pronto cambiará su enfoque a lo único y peculiar, presentando espectáculos extraordinarios y nunca vistos en el escenario del circo. Cuando el showman apuesta todo por la cantante de ópera Jenny Lind, de alguna manera perderá de vista el aspecto más importante de su vida: su familia. ¿Barnum lo arriesgará todo por el éxito?”. Neruda ya lo había contado al mundo antes. Él la imaginaba “tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Lo que me ha conmovido de verdad es conocer la intrahistoria de uno de los poemas inéditos de Neruda, publicados en 2014 por Seix Barral bajo el título Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos, en el que aparece el dedicado a Jenny Lind y Henry Morgan, mascarón y mascarona de su casa, en el que el poeta cambió los nombres de sus verdaderos protagonistas, la poetisa estadounidense Roa Lynn y su  pareja, el empresario inglés-argentino Patrick Morgan, según cuenta su verdadera protagonista: “Juntos habían escrito un libro de poemas. Su idea, en un comienzo, fue pedirle a Neruda que escribiera una introducción. Por eso, Lynn cruzó la cordillera para buscar al poeta. En sus propias palabras, su plan era “aparecer en la puerta de Neruda e improvisar”. Quien le abrió la entrada fue Matilde Urrutia. Ante la pregunta de Lynn, le informó que Neruda estaba dando un paseo y la invitó a almorzar con ellos. “Yo apenas lo podía creer”, cuenta Lynn, desde su casa en Nueva York. “No creo que algo así pueda pasar hoy”, añade. Durante el almuerzo, ella y Neruda hablaron sobre diversos tópicos, junto con Matilde y Teresa Castro, la secretaria del poeta, y con quien Roa Lynn entabló amistad, que mantuvo por varios años. Neruda terminó escribiendo un poema dedicado a ellos: “Roa Lynn y Patrick Morgan / en estas aguas amarrados / en este río confundidos, / hostiles, floridos, amargos / van hacia el mar o el infierno…”. Este es el mismo que fue descubierto en 2014, pero se creyó, en ese momento, que los nombres iniciales eran unos mascarones de proa y fueron cambiados por “Jenny Lind” y “Henry Morgan”. Aunque ella y Patrick Morgan no terminaron el libro que habían planeado, ambos guardaron copias del poema que Neruda les dedicó. Sin embargo, lo perdió. “De alguna forma, con todos los viajes y mudanzas en mi vida, lo perdí”, señala. Por eso, no esperaba que el poema apareciera en 2014, cuando se estaba mudando de Virginia a Nueva York. Ahí, entre los informes de notas del colegio, estaba el poema” (3).

Poema 21

Roa Lynn y Patrik Morgan
en estas aguas amarrados
en este río confundidos,
hostiles, floridos, amargos
van hacia el mar o hacia el infierno
con un amor acelerado
que los precipita en la luz
o los recoge del sargazo:
pero continúan las aguas
en la oscuridad, conversando,
contando besos y cenizas,
calles sangrientas de soldados,
inaceptables reuniones
de la miseria con el llanto:
cuanto pasa por estas aguas!:
la velocidad y el espacio,
los fermentos de las favelas,
y las máscaras del espanto.

Hay que ver lo que trae el agua
por el río de cuatro brazos!
 
Pablo Neruda, Isla Negra (4)

Neruda lo había escrito en junio de 1968 y Jenny Lind vivía ya en su casa de Isla Negra. Fascinante controversia. ¿Quién cambió los nombres? ¿Se parecía Roa a Jenny? Mejor no tocar más el poema, porque como está es así de hermoso, como pensaba de su obra Juan Ramón Jiménez.   

(1) http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/RC/RC0133808.pdf

(2) Neruda, Pablo. Confieso que he vivido. Memorias. Barcelona: Seix Barral, 1974, p- 375.

(3) http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=232827

(4) Neruda, Pablo. Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos. Barcelona: Seix Barral, 2014.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 2. La Guillermina

GUILLERMINA

La Guillermina / Fotograma del documental Una casa en la arena. Universidad Católica de Chile

Sevilla, 10/VII/2019

Decidí un día ya lejano pensar en las historias asociadas a los mascarones de proa y… de popa, que también existen, porque han visitado mares y océanos de todo el mundo, con múltiples singladuras jamás contadas. ¡Cuánto habrán visto y oído a través de los susurros de las olas o en noches de tormenta! Cuando analizaba esta predilección de Neruda, al iniciar la singladura personal de julio desde la amura de babor de La Isla Desconocida de José Saramago, conocí la historia de La Guillermina, una mascarona especial que sigue presidiendo su despacho en Isla Negra con una mirada enigmática: “[…] Fue una de las últimas piezas que Neruda adquirió. La compró en Perú y al no tener mayores referencias de su origen, decidió bautizarla con el nombre de la niña que lo deslumbró en su infancia sureña y a quien dedicó el poema “Dónde estará la Guillermina?” (1), publicado por primera vez en Estravagario (Losada, 1958):

Cuando mi hermana la invitó
y yo salí a abrirle la puerta,
entró el sol, entraron estrellas,
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.

Yo tenía catorce años
y era orgullosamente oscuro,
delgado, ceñido y fruncido,
funeral y ceremonioso:
yo vivía con las arañas
humedecido por el bosque
me conocían los coleópteros
y las abejas tricolores,
yo dormía con las perdices
sumergido bajo la menta.

Entonces entró la Guillermina
con dos relámpagos azules
que me atravesaron el pelo
y me clavaron como espadas
contra los muros del invierno.

Esto sucedió en Temuco.
Allá en el Sur, en la frontera.

Han pasado lentos los años
pisando como paquidermos,
ladrando como zorros locos,
han pasado impuros los años
crecientes, raídos, mortuorios,
y yo anduve de nube en nube,
de tierra en tierra, de ojo en ojo,
mientras la lluvia en la frontera
caía, con el mismo traje.

Mi corazón ha caminado
con intransferibles zapatos,
y he digerido las espinas:
no tuve tregua donde estuve:
donde yo pegué me pegaron,
donde me mataron caí
y resucité con frescura
y luego y luego y luego y luego,
es tan largo contar las cosas.

No tengo nada que añadir.

Vine a vivir en este mundo.

Dónde estará la Guillermina?

La Guillermina conoce Madrid, mar adentro. Vino en marzo de 1995, con motivo de una exposición que se celebró del 10 de marzo al 2 de abril, Neruda regresa a España, inaugurada por el presidente chileno Eduardo Frei: “El escritor escribía poesías para sus mascarones, la mayor parte del siglo XVIII y unos pocos del XIX, once mujeres y tres varones, más dos cabezas, todos de proa, menos dos, de popa. De ellos, se pueden ver ahora en Madrid La Guillermina (que el poeta encontró en Lima: antes de verla le dijeron que era una santa o una mona); Jenny Lind (actriz y cantante sueca, supuesta amante de Hans Christian Andersen); La sirena de Glasgow; La sin nombre y La María Celeste, que llora a través de la madera de encina (“durante el largo invierno algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas”, escribió Neruda. “La humedad concentrada’, dicen los escepticistas. ‘Un milagro’, digo yo, con respeto… Pero, ¿por qué llora?”). También se exponen los dos ángeles trompeteros que, junto a los mascarones, ocupan en Isla Negra la habitación principal, desde cuya ventana las figuras se asoman al Océano Pacífico y observan a diario el paso a ras del mar de bandadas de patos, alcatraces y gaviotas” (2).

Hoy la hemos localizado de nuevo en su casa, en Isla Negra, durmiendo en el regazo del niño Neruda que siempre fue, tal y como nos lo contó hace ya muchos años: “Un niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega ha perdido para siempre el niño que vivió en el y al que extrañará terriblemente”. No tengo nada más que añadir. Así es La Guillermina, surcando mares de ensueño con sus dos relámpagos azules. Además, lo dijo el poeta para quien lo quisiera escuchar, el día que la conoció: no era una santa. Lo decían también los marineros que la veían a diario en una embarcación anónima, porque se había enfrentado a los dioses y demonios del mar, bajo el bauprés, oteándolo todo. Hasta hoy.

(1) https://www.emol.com/especiales/neruda/20000610.htm

(2) https://elpais.com/diario/1995/03/08/cultura/794617211_850215.html

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La niña celeste

NINA CELESTE

Cuenta Mario Satz en su libro El alfabeto alado (1), que Pitágoras tuvo un espejo egipcio de bronce que le había regalado un sacerdote de Isis, a orillas del Nilo, tras decirle: el espejo es el reflejo de la luz, la luz un fluido espejo que viaja en pos de identidades. Aquello era un mensaje programático de lo que le sucedería tiempo después cuando una mariposa niña celeste se posó en el cristal del espejo creyendo que era una lámina quieta de agua: “De un azul pálido pero vivo, la cara superior del insecto fue para Pitágoras un relámpago del cielo, un resplandor de mediodías pulidos por el viento, mientras que la inferior, con sus muescas y sus puntos, de un color pardo y gris, le pareció la tierra misma, plural, múltiple, opaca y vasta”. Pitágoras se acercó para verla mejor y en un abrir y cerrar de sus alas “aceptó que así vive el ser humano, con frecuencia ignorante de que su parte superior mira la profundidad de su origen y la inferior la superficie de su fin”.

He recordado cuando era niño y cazaba, desgraciadamente, mariposas, casi todas blancas, que si las veía volar era un presagio de que cuando volviera a casa me encontraría una carta. No vi nunca a esa niña celeste, ni tuve espejos donde posarse, pero pasaba horas con mi cazamariposas de red verde buscando mensajes ocultos en las alas de aquellas frágiles danzarinas con trajes de fiesta, que me dejaban en los dedos un polvillo que me maravillaba mantener intacto hasta volver a casa. Es como si buscara desesperadamente un mensaje en sus alas, imposible de descifrar, aunque fuera verdad que aquel día de caza había asegurado recibir una carta, porque las había visto de color blanco como la nieve.

Pitágoras tenía razón. En aquel momento, en el que yo era tan solo un niño, ignoraba que aquellas mariposas blancas, de cuyo nombre no recuerdo nada, me permitían mirar la profundidad del origen de mis sueños con mis ojos, mientras que, con mis pies, corriendo tras ellas, solo quería retenerlas en una cárcel absurda aquí en la tierra. Lo que no sabía tampoco es que a Pitágoras le había ocurrido lo mismo, un día ya muy lejano, al ver una niña celeste posada en su espejo egipcio de bronce.

Sevilla, 20/V/2019

NOTA: la imagen de la mariposa “niña celeste”, se ha recuperado hoy de http://www.ukbutterflies.co.uk/species_chart.php?family=Lycaenidae&stage=imago

(1) Satz, Mario (2019). El alfabeto alado. Madrid: Acantilado-Quaderns Crema.

 

 

Al Jesús desconocido

RESCATE OPEN ARMS1

Dedicado a todas las personas que respetan al ciudadano Jesús, hoy y siempre.

Mientras estaba esperando en la calle a su familia, sintió bastante desasosiego al ver la ciudad llena de símbolos de Navidad. Hablaba frecuentemente con amigos del sentido de estos días en charlas interminables y casi siempre finalizaban con un sentimiento de soledad al tomar conciencia de que al analizar estas fiestas en profundidad tenía una sensación parecida a los que gritaban a Pablo en el Areópago de Atenas: “¿Qué querrá decir este charlatán?” Y otros: “Parece ser un predicador de realidades o divinidades extranjeras”. La realidad es que lo único que deseaba era dar sentido a unos días especiales que poco a poco van siendo dominados por la economía de mercado, por la sociedad de consumo. ¡Es la economía, estúpido!, gritaban a su alrededor.

Pasados unos días, unos cuantos lugareños le llevaron a un lugar tranquilo, sin llegar a ser nunca el rincón de pensar, lejos del areópago virtual en el que se ha convertido el mundo, para decirle lo siguiente: “¿Podemos saber cuál es esa reflexión sobre estos días que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas, escribes cosas raras para los tiempos que corren y querríamos saber qué es lo que significan”. La verdad es que muchos ciudadanos de esta ciudad imaginaria en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad o cotilleo digital.

Ya reunidos de nuevo y armado de valor y ardor guerrero les dijo:

“Veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, vuestros belenes, he encontrado uno en el que estaba grabada esta inscripción: «Al Jesús desconocido» Recuerdo que el Dios que decís que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres, ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Dicen que Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: “Porque somos también de su linaje”. Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano. Eso dicen los más respetuosos con la divinidad”.

Esta última idea les molestó mucho y se acabó la reunión en un silencio profundo. Algunos comprendieron el mensaje implícito de sus palabras en la Navidad de 2018. Otros se fueron huyendo como de la peste y lo divulgaron por las redes sociales. Se quedó pensando que tal y como se leía en los títulos de crédito finales de las películas de su infancia rediviva, cualquier parecido de aquellas palabras con la realidad de lo aquí ocurrido en la Navidad actual no era pura coincidencia.

Sevilla, 23/XII/2018

NOTA: la imagen de la tripulación del “Open Arms”, durante las tareas de rescate de 307 personas, el viernes 21 de diciembre de 2018 frente a las costas libias, se ha recuperado hoy de https://elpais.com/politica/2018/12/22/actualidad/1545496688_708877.html?rel=mas

He buscado la Luna Grande, la Superluna

 

superluna

Superluna / JA COBEÑA

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
Y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Mecano, Hijo de la luna

He cumplido el compromiso contraído esta mañana cuando publiqué el post Hijo de la Superluna y la he buscado, llegada la noche, para decirle que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que estoy viendo y lo que está pasando en el mundo en el que vivo, que no me gusta. Y le he contado el cuento que escribí un día y que leí esta mañana, esperando todavía su respuesta, que ya la conozco y me reconforta: “Hoy he vuelto a leer este cuento escrito hace ya unos años para mi persona de secreto y esta noche voy a buscar la luna grande, la Superluna, para decirle a solas que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que está viendo y pasando en este mundo al revés. Aprendí de Saramago eso, que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos y le leeré este cuento en voz baja, porque estoy “de buenas” como el niño de Mecano. También, porque ante tanto desconcierto vital sé “que es capaz de menguar” para hacer una cuna al niño que todos llevamos dentro y porque no vuelve a visitarnos hasta el 25 de noviembre de 2034. La verdad es que no podemos esperar tanto para volver a hablar con ella, para consolarnos mutuamente, porque también sufre y no encuentra “querer que la haga mujer”, a pesar de estar hoy… tan bella”.

Así la he visto y así lo cuento, con el regalo de su imagen tal y como era a las 20:56 horas.

Sevilla, 14/XI/2016

Un piano llamado sueño


En las manos te traigo
viejas señales
son mis manos de ahora
no las de antes

doy lo que puedo
y no tengo vergüenza
del sentimiento

Mario Benedetti, Señales

Érase una vez un piano que no sonaba en los últimos trece años. Un día, pasado su silencio sonoro, alguien abrió la tapa del teclado, retiró el paño rojo que cubría las 88 notas y unas manos, que siempre traían viejas señales, manos de ahora no las de antes, comenzaron a pulsarlas de nuevo emitiendo sonidos de partituras especiales.

Aquella situación de silencio era una verdadera sinfonía para un sueño. Lo importante ahora era saber esperar a que un día esas manos den lo que puedan, porque no se avergüenzan del sentimiento, que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento.

Schumann, Albinoni y Mozart dejaron sus partituras en ese atril de los sueños, con mensajes confidenciales: el amor sabe esperar siempre y la música sabe llevar entre algodones determinados caminos de inteligencia emocional.

Escucharon con atención reverencial una forma diferente de interpretarlas. Aquellas manos tenían que tocar una y mil veces notas complejas, pero todo sería posible si esas manos tenían claro que eran dedos de ahora, preparados para acariciar notas que un día se escribieron como señales para tocar solo en un piano que se llamara sueño.

Sevilla, 13/VII/2015

Lucera, con el sueño dentro

LUCERA

En homenaje a Platero y yo, a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el día que comienza en Huelva un Congreso Internacional sobre “Cien años de Platero y yo”, como símbolo de agradecimiento por el tiempo que viví en Moguer, siguiendo los pasos de ese burro encantador por sus calles de azulejos, en un pueblo que tiene luz con el tiempo dentro. He escrito este relato en el que tengo que confesar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Lucera existe y todos los días pasea ilusiones por la Plaza de España, en Sevilla. Por si quieren conocerla.

Lucera es una burra pequeña, coqueta, que disfruta paseando niños y niñas alrededor de la fuente central en la Plaza de España, en Sevilla, a dos euros la vuelta, todos los días, como si fuera la protagonista de un tiovivo real, tirando de un carro para dos teñido de verde. Se le notaba contenta el domingo en su rostro paciente rodeado de cascabeles, como siempre, aunque su dueño podía simular que la tutelaba todavía llevándola con las riendas al hombro, como si tuviera que enseñarle cómo hacer su trabajo diario. Aunque ella no lo necesitaba para nada, porque su gran sueño era transportar niños y niñas una y otra vez, sin parar, sin los gritos de aquél hombre de andar pausado, mimético con ella, como si fuese de acero. Es que hacía camino al trotar.

Había oído hablar a unas niñas que se montaron ese día, de un tal Platero, un burro nacido en Moguer, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero…” Ella no lo conocía pero le encantaba oír hablar bien de un amigo de sus sueños porque aunque era pequeña, peluda y suave, no era tan blanda como hablaban de él, por su esfuerzo diario para transportar ilusiones a espuertas, llamándola por su nombre, que bien que lo aprendían siempre en un santiamén los pasajerillos del carro: ¡Lucera, Lucera! Y además, tenía huesos…

Terminó la vuelta y otra vez a esperar junto a la farola a que otras ilusiones vestidas de niño o niña, volvieran a traerle noticias tan importantes como las de ese tal Platero. Solo un cubo azul la esperaba paciente para que pudiera beber y una gran sorpresa. Ella no comía de todo, por eso no podría ser nunca de acero, pero ese día sí podría ser de algodón, porque al bajarse las dos niñas le dijeron al oído, a modo de despedida cariñosa, que para ellas era igual que el burro del cuento que su maestra les había leído en clase.

Lucera rompió a llorar por esas palabras que nunca le habían susurrado con tanto cariño y comenzó a rebuznar sin parar para que su dueño se diera cuenta de lo importante que era para los demás, transportando sueños tan suaves como ella…

Sevilla, 24/XI/2014

El regalo más pequeño del mundo

LA FLOR MAS GRANDE DEL MUNDO

Sigo muy cerca de José Saramago. Solo con escribir en este blog, que es un homenaje permanente a su cuento “La Isla desconocida”, contribuyo a que su memoria histórica siga viva entre las personas que buscamos pequeñas cosas en la vida para alcanzar la felicidad en el aquí y ahora de cada uno, de cada una. Anida en mi corazón, siempre, y más en estas fechas, un pájaro perdido que me regaló hace muchos años Rabindranath Tagore, a través de Zenobia Camprubí, la compañera leal hasta la muerte, de Juan Ramón Jiménez:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos…

En la presentación del cuento, La flor más grande del mundo, que puedes ver en interpretación animada, a continuación, con la mejor atención de la que dispongas en este momento, con una narración directa de Jose (sin acento), como le llamaban con respeto reverencial las personas próximas a él, que conocí este verano en su biblioteca de Tías (Lanzarote), nos brinda Saramago una maravillosa lección de humildad:

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón. Si yo tuviera esas cualidades podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé […]

La flor más grande del mundo

Cuando llegues el final -házlo, por favor-, comprenderás mejor su recomendación para vivir con un compromiso mayor en vida:

Este es el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis como sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías y tal vez, más adelante, acabéis sabiendo escribir historias para niños. Quien me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita.

Una aldea, un niño que descubre una flor seca, una búsqueda de agua por todas partes, una flor agradecida y una moraleja por haber permitido que la flor volviera a crecer y dar sombra. Todo, gracias a un niño salvador de la flor más triste que pudiéramos imaginar y, ahora, gracias a su esfuerzo, la más grande del mundo:

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.

Y lo vuelvo a regalar a los que están cerca de este blog, con imágenes, sin las palabras reales escritas por Saramago en el cuento real, con la esperanza de que todos hagamos un esfuerzo por leerlo y reescribirlo, siguiendo la recomendación del autor, contando historias, al menos, igual de bonitas…, para regalarlas a las personas que queremos, sin tener que recurrir a la mercadotecnia navideña que nos invade ahora, hoy, mañana y pasado mañana, por tierra, mar y aire.

Sevilla, 26/XII/2010