Mascarón de proa / 3. Jenny Lind 

JENNY LIND
Yo soy un amateur del mar, y desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra

Pablo Neruda, en Confieso que he vivido

Sevilla, 12/VII/2019

Entrando en el comedor de Isla Negra, dos mascarones de proa, mascarón y mascarona en este caso, Morgan y Jenny Lind, se miran frente a frente, desafiantes, como anunciando historias no paralelas de sus largos viajes por océanos y mares de todo el mundo, a cuál mejor. Hoy me he interesado por la historia de la mascarona Jenny Lind, una famosísima soprano sueca con una trayectoria artística impecable y que proporciona lecturas apasionantes de su biografía. Allí está, en Isla Negra, dispuesta a contarnos hoy día historias de sobremesa en el comedor de Neruda.

Neruda estaba enamorado de esta mascarona de proa: “Esta suavísima criatura viajó en un barco norteamericano, a mediados del siglo. El barco se llamaba Jenny Lind. Muchas naves llevaron este nombre desde el día en el que el gran Barnum, el fundador del circo en el mundo, se atrevió a traer a la cantante sueca y a presentarla por toda la vasta extensión de los Estados Unidos de América del Norte. Fue la primera pin-up, fue la primera glamour, fue la primera novia de los norteamericanos. Y casas y libros y barcos, hoteles, trenes, se llamaron Jenny Lind. Aquí podemos verla tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Jenny Lind no estaba allí por casualidad: “[…] los objetos coleccionados por Neruda tienen otro sentido en sus casas-museo. El sentido de la representación de su existencia. De darse a conocer. Los objetos coleccionados tienen sentido y valor porque están ligados a vivencias y recuerdos de Neruda. Miguel Rojas Mix [En Las cosas de Neruda. Cáceres: Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica. 1998, p. 25] dirá que el ambiente se crea cuando los elementos se transforman en un sistema de signos. Es lo que percibimos con la historia de La Guillermina, Jenny Lind, María Celeste y tantas otras mascaronas de proa de antiguos barcos que surcaron ríos, mares y océanos. Junto con el corsario inglés Francis Drake y, sobre todo, el pirata Henry Morgan, los personajes se distribuyen por la casa-museo de Isla Negra tanto como ángeles o guardianes. (cada uno con su propio nombre, con su propia alma y con una historia particular). Pablo Neruda los individualizó y, al hacerlo, practicó con ellos el acto de “investidura”, es decir, los renombró. En este ritual, convirtió a los objetos en algo único, fetichizados, singulares y exóticos. El sentido y el valor de las cosas están asociados a sus vivencias y a su pasión por perpetuarlas. Barcos con sirenas, piratas y mascarones de proa eran también seres que habían poblado el imaginario del poeta en su infancia. En mi casa fui reuniendo juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podía vivir [El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche.] Son mis propios juguetes. Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo. [Los describiré para los niños pequeños y los de todas las edades]. Representarán en este contexto un “arte de vida” y estarán íntimamente ligados con los guardados en la memoria” (1).

Neruda pensaba que sus mascaronas, como Jenny Lind, arrancaban siempre halagos y críticas, tal y como lo cuenta él en sus memorias, Confieso que he vivido, en el capítulo dedicado a sus botellas y mascarones, sobre todo por la envidia que despertaban, justificando inmediatamente después su colección tan querida de “juguetes grandes”: “En verdad debieran decirse mascaronas de proa. Son figuras con busto, estatuas marinas, efigies del océano perdido. El hombre, al construir sus naves, quiso elevar sus proas con un sentido superior. Colocó antiguamente en los navíos, figuras de aves, pájaros totémicos, animales míticos, tallados en madera. Luego, en el siglo diecinueve, los barcos balleneros esculpieron figuras de caracteres simbólicos: diosas semidesnudas o matronas republicanas de gorro frigio” (2)

Volví a coincidir con Jenny Lind a través de una gran película, El gran showman, adelantada en su sinopsis, en la que el protagonista, “huérfano, sin un centavo, pero ambicioso y con una mente repleta de imaginación e ideas frescas, el estadounidense Phineas Taylor Barnum, siempre será recordado como el hombre con el don de desdibujar sin esfuerzo la línea entre la realidad y la ficción. Sediento de innovación y ávido de éxito, el hijo de un sastre logrará abrir un museo de cera, pero pronto cambiará su enfoque a lo único y peculiar, presentando espectáculos extraordinarios y nunca vistos en el escenario del circo. Cuando el showman apuesta todo por la cantante de ópera Jenny Lind, de alguna manera perderá de vista el aspecto más importante de su vida: su familia. ¿Barnum lo arriesgará todo por el éxito?”. Neruda ya lo había contado al mundo antes. Él la imaginaba “tan fresca como una flor, como si quisiera cantar”.

Lo que me ha conmovido de verdad es conocer la intrahistoria de uno de los poemas inéditos de Neruda, publicados en 2014 por Seix Barral bajo el título Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos, en el que aparece el dedicado a Jenny Lind y Henry Morgan, mascarón y mascarona de su casa, en el que el poeta cambió los nombres de sus verdaderos protagonistas, la poetisa estadounidense Roa Lynn y su  pareja, el empresario inglés-argentino Patrick Morgan, según cuenta su verdadera protagonista: “Juntos habían escrito un libro de poemas. Su idea, en un comienzo, fue pedirle a Neruda que escribiera una introducción. Por eso, Lynn cruzó la cordillera para buscar al poeta. En sus propias palabras, su plan era “aparecer en la puerta de Neruda e improvisar”. Quien le abrió la entrada fue Matilde Urrutia. Ante la pregunta de Lynn, le informó que Neruda estaba dando un paseo y la invitó a almorzar con ellos. “Yo apenas lo podía creer”, cuenta Lynn, desde su casa en Nueva York. “No creo que algo así pueda pasar hoy”, añade. Durante el almuerzo, ella y Neruda hablaron sobre diversos tópicos, junto con Matilde y Teresa Castro, la secretaria del poeta, y con quien Roa Lynn entabló amistad, que mantuvo por varios años. Neruda terminó escribiendo un poema dedicado a ellos: “Roa Lynn y Patrick Morgan / en estas aguas amarrados / en este río confundidos, / hostiles, floridos, amargos / van hacia el mar o el infierno…”. Este es el mismo que fue descubierto en 2014, pero se creyó, en ese momento, que los nombres iniciales eran unos mascarones de proa y fueron cambiados por “Jenny Lind” y “Henry Morgan”. Aunque ella y Patrick Morgan no terminaron el libro que habían planeado, ambos guardaron copias del poema que Neruda les dedicó. Sin embargo, lo perdió. “De alguna forma, con todos los viajes y mudanzas en mi vida, lo perdí”, señala. Por eso, no esperaba que el poema apareciera en 2014, cuando se estaba mudando de Virginia a Nueva York. Ahí, entre los informes de notas del colegio, estaba el poema” (3).

Poema 21

Roa Lynn y Patrik Morgan
en estas aguas amarrados
en este río confundidos,
hostiles, floridos, amargos
van hacia el mar o hacia el infierno
con un amor acelerado
que los precipita en la luz
o los recoge del sargazo:
pero continúan las aguas
en la oscuridad, conversando,
contando besos y cenizas,
calles sangrientas de soldados,
inaceptables reuniones
de la miseria con el llanto:
cuanto pasa por estas aguas!:
la velocidad y el espacio,
los fermentos de las favelas,
y las máscaras del espanto.

Hay que ver lo que trae el agua
por el río de cuatro brazos!
 
Pablo Neruda, Isla Negra (4)

Neruda lo había escrito en junio de 1968 y Jenny Lind vivía ya en su casa de Isla Negra. Fascinante controversia. ¿Quién cambió los nombres? ¿Se parecía Roa a Jenny? Mejor no tocar más el poema, porque como está es así de hermoso, como pensaba de su obra Juan Ramón Jiménez.   

(1) http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/RC/RC0133808.pdf

(2) Neruda, Pablo. Confieso que he vivido. Memorias. Barcelona: Seix Barral, 1974, p- 375.

(3) http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=232827

(4) Neruda, Pablo. Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos. Barcelona: Seix Barral, 2014.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mascarón de proa / 2. La Guillermina

GUILLERMINA

La Guillermina / Fotograma del documental Una casa en la arena. Universidad Católica de Chile

Sevilla, 10/VII/2019

Decidí un día ya lejano pensar en las historias asociadas a los mascarones de proa y… de popa, que también existen, porque han visitado mares y océanos de todo el mundo, con múltiples singladuras jamás contadas. ¡Cuánto habrán visto y oído a través de los susurros de las olas o en noches de tormenta! Cuando analizaba esta predilección de Neruda, al iniciar la singladura personal de julio desde la amura de babor de La Isla Desconocida de José Saramago, conocí la historia de La Guillermina, una mascarona especial que sigue presidiendo su despacho en Isla Negra con una mirada enigmática: “[…] Fue una de las últimas piezas que Neruda adquirió. La compró en Perú y al no tener mayores referencias de su origen, decidió bautizarla con el nombre de la niña que lo deslumbró en su infancia sureña y a quien dedicó el poema “Dónde estará la Guillermina?” (1), publicado por primera vez en Estravagario (Losada, 1958):

Cuando mi hermana la invitó
y yo salí a abrirle la puerta,
entró el sol, entraron estrellas,
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.

Yo tenía catorce años
y era orgullosamente oscuro,
delgado, ceñido y fruncido,
funeral y ceremonioso:
yo vivía con las arañas
humedecido por el bosque
me conocían los coleópteros
y las abejas tricolores,
yo dormía con las perdices
sumergido bajo la menta.

Entonces entró la Guillermina
con dos relámpagos azules
que me atravesaron el pelo
y me clavaron como espadas
contra los muros del invierno.

Esto sucedió en Temuco.
Allá en el Sur, en la frontera.

Han pasado lentos los años
pisando como paquidermos,
ladrando como zorros locos,
han pasado impuros los años
crecientes, raídos, mortuorios,
y yo anduve de nube en nube,
de tierra en tierra, de ojo en ojo,
mientras la lluvia en la frontera
caía, con el mismo traje.

Mi corazón ha caminado
con intransferibles zapatos,
y he digerido las espinas:
no tuve tregua donde estuve:
donde yo pegué me pegaron,
donde me mataron caí
y resucité con frescura
y luego y luego y luego y luego,
es tan largo contar las cosas.

No tengo nada que añadir.

Vine a vivir en este mundo.

Dónde estará la Guillermina?

La Guillermina conoce Madrid, mar adentro. Vino en marzo de 1995, con motivo de una exposición que se celebró del 10 de marzo al 2 de abril, Neruda regresa a España, inaugurada por el presidente chileno Eduardo Frei: “El escritor escribía poesías para sus mascarones, la mayor parte del siglo XVIII y unos pocos del XIX, once mujeres y tres varones, más dos cabezas, todos de proa, menos dos, de popa. De ellos, se pueden ver ahora en Madrid La Guillermina (que el poeta encontró en Lima: antes de verla le dijeron que era una santa o una mona); Jenny Lind (actriz y cantante sueca, supuesta amante de Hans Christian Andersen); La sirena de Glasgow; La sin nombre y La María Celeste, que llora a través de la madera de encina (“durante el largo invierno algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas”, escribió Neruda. “La humedad concentrada’, dicen los escepticistas. ‘Un milagro’, digo yo, con respeto… Pero, ¿por qué llora?”). También se exponen los dos ángeles trompeteros que, junto a los mascarones, ocupan en Isla Negra la habitación principal, desde cuya ventana las figuras se asoman al Océano Pacífico y observan a diario el paso a ras del mar de bandadas de patos, alcatraces y gaviotas” (2).

Hoy la hemos localizado de nuevo en su casa, en Isla Negra, durmiendo en el regazo del niño Neruda que siempre fue, tal y como nos lo contó hace ya muchos años: “Un niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega ha perdido para siempre el niño que vivió en el y al que extrañará terriblemente”. No tengo nada más que añadir. Así es La Guillermina, surcando mares de ensueño con sus dos relámpagos azules. Además, lo dijo el poeta para quien lo quisiera escuchar, el día que la conoció: no era una santa. Lo decían también los marineros que la veían a diario en una embarcación anónima, porque se había enfrentado a los dioses y demonios del mar, bajo el bauprés, oteándolo todo. Hasta hoy.

(1) https://www.emol.com/especiales/neruda/20000610.htm

(2) https://elpais.com/diario/1995/03/08/cultura/794617211_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La niña celeste

NINA CELESTE

Cuenta Mario Satz en su libro El alfabeto alado (1), que Pitágoras tuvo un espejo egipcio de bronce que le había regalado un sacerdote de Isis, a orillas del Nilo, tras decirle: el espejo es el reflejo de la luz, la luz un fluido espejo que viaja en pos de identidades. Aquello era un mensaje programático de lo que le sucedería tiempo después cuando una mariposa niña celeste se posó en el cristal del espejo creyendo que era una lámina quieta de agua: “De un azul pálido pero vivo, la cara superior del insecto fue para Pitágoras un relámpago del cielo, un resplandor de mediodías pulidos por el viento, mientras que la inferior, con sus muescas y sus puntos, de un color pardo y gris, le pareció la tierra misma, plural, múltiple, opaca y vasta”. Pitágoras se acercó para verla mejor y en un abrir y cerrar de sus alas “aceptó que así vive el ser humano, con frecuencia ignorante de que su parte superior mira la profundidad de su origen y la inferior la superficie de su fin”.

He recordado cuando era niño y cazaba, desgraciadamente, mariposas, casi todas blancas, que si las veía volar era un presagio de que cuando volviera a casa me encontraría una carta. No vi nunca a esa niña celeste, ni tuve espejos donde posarse, pero pasaba horas con mi cazamariposas de red verde buscando mensajes ocultos en las alas de aquellas frágiles danzarinas con trajes de fiesta, que me dejaban en los dedos un polvillo que me maravillaba mantener intacto hasta volver a casa. Es como si buscara desesperadamente un mensaje en sus alas, imposible de descifrar, aunque fuera verdad que aquel día de caza había asegurado recibir una carta, porque las había visto de color blanco como la nieve.

Pitágoras tenía razón. En aquel momento, en el que yo era tan solo un niño, ignoraba que aquellas mariposas blancas, de cuyo nombre no recuerdo nada, me permitían mirar la profundidad del origen de mis sueños con mis ojos, mientras que, con mis pies, corriendo tras ellas, solo quería retenerlas en una cárcel absurda aquí en la tierra. Lo que no sabía tampoco es que a Pitágoras le había ocurrido lo mismo, un día ya muy lejano, al ver una niña celeste posada en su espejo egipcio de bronce.

Sevilla, 20/V/2019

NOTA: la imagen de la mariposa “niña celeste”, se ha recuperado hoy de http://www.ukbutterflies.co.uk/species_chart.php?family=Lycaenidae&stage=imago

(1) Satz, Mario (2019). El alfabeto alado. Madrid: Acantilado-Quaderns Crema.

 

 

Al Jesús desconocido

RESCATE OPEN ARMS1

Dedicado a todas las personas que respetan al ciudadano Jesús, hoy y siempre.

Mientras estaba esperando en la calle a su familia, sintió bastante desasosiego al ver la ciudad llena de símbolos de Navidad. Hablaba frecuentemente con amigos del sentido de estos días en charlas interminables y casi siempre finalizaban con un sentimiento de soledad al tomar conciencia de que al analizar estas fiestas en profundidad tenía una sensación parecida a los que gritaban a Pablo en el Areópago de Atenas: “¿Qué querrá decir este charlatán?” Y otros: “Parece ser un predicador de realidades o divinidades extranjeras”. La realidad es que lo único que deseaba era dar sentido a unos días especiales que poco a poco van siendo dominados por la economía de mercado, por la sociedad de consumo. ¡Es la economía, estúpido!, gritaban a su alrededor.

Pasados unos días, unos cuantos lugareños le llevaron a un lugar tranquilo, sin llegar a ser nunca el rincón de pensar, lejos del areópago virtual en el que se ha convertido el mundo, para decirle lo siguiente: “¿Podemos saber cuál es esa reflexión sobre estos días que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas, escribes cosas raras para los tiempos que corren y querríamos saber qué es lo que significan”. La verdad es que muchos ciudadanos de esta ciudad imaginaria en ninguna otra cosa pasaban el tiempo sino en decir u oír la última novedad o cotilleo digital.

Ya reunidos de nuevo y armado de valor y ardor guerrero les dijo:

“Veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, vuestros belenes, he encontrado uno en el que estaba grabada esta inscripción: «Al Jesús desconocido» Recuerdo que el Dios que decís que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de hombres, ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas. Dicen que Él creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros: “Porque somos también de su linaje”. Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano. Eso dicen los más respetuosos con la divinidad”.

Esta última idea les molestó mucho y se acabó la reunión en un silencio profundo. Algunos comprendieron el mensaje implícito de sus palabras en la Navidad de 2018. Otros se fueron huyendo como de la peste y lo divulgaron por las redes sociales. Se quedó pensando que tal y como se leía en los títulos de crédito finales de las películas de su infancia rediviva, cualquier parecido de aquellas palabras con la realidad de lo aquí ocurrido en la Navidad actual no era pura coincidencia.

Sevilla, 23/XII/2018

NOTA: la imagen de la tripulación del “Open Arms”, durante las tareas de rescate de 307 personas, el viernes 21 de diciembre de 2018 frente a las costas libias, se ha recuperado hoy de https://elpais.com/politica/2018/12/22/actualidad/1545496688_708877.html?rel=mas

He buscado la Luna Grande, la Superluna

 

superluna

Superluna / JA COBEÑA

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
Y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Mecano, Hijo de la luna

He cumplido el compromiso contraído esta mañana cuando publiqué el post Hijo de la Superluna y la he buscado, llegada la noche, para decirle que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que estoy viendo y lo que está pasando en el mundo en el que vivo, que no me gusta. Y le he contado el cuento que escribí un día y que leí esta mañana, esperando todavía su respuesta, que ya la conozco y me reconforta: “Hoy he vuelto a leer este cuento escrito hace ya unos años para mi persona de secreto y esta noche voy a buscar la luna grande, la Superluna, para decirle a solas que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que está viendo y pasando en este mundo al revés. Aprendí de Saramago eso, que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos y le leeré este cuento en voz baja, porque estoy “de buenas” como el niño de Mecano. También, porque ante tanto desconcierto vital sé “que es capaz de menguar” para hacer una cuna al niño que todos llevamos dentro y porque no vuelve a visitarnos hasta el 25 de noviembre de 2034. La verdad es que no podemos esperar tanto para volver a hablar con ella, para consolarnos mutuamente, porque también sufre y no encuentra “querer que la haga mujer”, a pesar de estar hoy… tan bella”.

Así la he visto y así lo cuento, con el regalo de su imagen tal y como era a las 20:56 horas.

Sevilla, 14/XI/2016

Un piano llamado sueño


En las manos te traigo
viejas señales
son mis manos de ahora
no las de antes

doy lo que puedo
y no tengo vergüenza
del sentimiento

Mario Benedetti, Señales

Érase una vez un piano que no sonaba en los últimos trece años. Un día, pasado su silencio sonoro, alguien abrió la tapa del teclado, retiró el paño rojo que cubría las 88 notas y unas manos, que siempre traían viejas señales, manos de ahora no las de antes, comenzaron a pulsarlas de nuevo emitiendo sonidos de partituras especiales.

Aquella situación de silencio era una verdadera sinfonía para un sueño. Lo importante ahora era saber esperar a que un día esas manos den lo que puedan, porque no se avergüenzan del sentimiento, que se debe escuchar siempre mucho más fuerte que el viento.

Schumann, Albinoni y Mozart dejaron sus partituras en ese atril de los sueños, con mensajes confidenciales: el amor sabe esperar siempre y la música sabe llevar entre algodones determinados caminos de inteligencia emocional.

Escucharon con atención reverencial una forma diferente de interpretarlas. Aquellas manos tenían que tocar una y mil veces notas complejas, pero todo sería posible si esas manos tenían claro que eran dedos de ahora, preparados para acariciar notas que un día se escribieron como señales para tocar solo en un piano que se llamara sueño.

Sevilla, 13/VII/2015

Lucera, con el sueño dentro

LUCERA

En homenaje a Platero y yo, a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, en el día que comienza en Huelva un Congreso Internacional sobre “Cien años de Platero y yo”, como símbolo de agradecimiento por el tiempo que viví en Moguer, siguiendo los pasos de ese burro encantador por sus calles de azulejos, en un pueblo que tiene luz con el tiempo dentro. He escrito este relato en el que tengo que confesar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Lucera existe y todos los días pasea ilusiones por la Plaza de España, en Sevilla. Por si quieren conocerla.

Lucera es una burra pequeña, coqueta, que disfruta paseando niños y niñas alrededor de la fuente central en la Plaza de España, en Sevilla, a dos euros la vuelta, todos los días, como si fuera la protagonista de un tiovivo real, tirando de un carro para dos teñido de verde. Se le notaba contenta el domingo en su rostro paciente rodeado de cascabeles, como siempre, aunque su dueño podía simular que la tutelaba todavía llevándola con las riendas al hombro, como si tuviera que enseñarle cómo hacer su trabajo diario. Aunque ella no lo necesitaba para nada, porque su gran sueño era transportar niños y niñas una y otra vez, sin parar, sin los gritos de aquél hombre de andar pausado, mimético con ella, como si fuese de acero. Es que hacía camino al trotar.

Había oído hablar a unas niñas que se montaron ese día, de un tal Platero, un burro nacido en Moguer, “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero…” Ella no lo conocía pero le encantaba oír hablar bien de un amigo de sus sueños porque aunque era pequeña, peluda y suave, no era tan blanda como hablaban de él, por su esfuerzo diario para transportar ilusiones a espuertas, llamándola por su nombre, que bien que lo aprendían siempre en un santiamén los pasajerillos del carro: ¡Lucera, Lucera! Y además, tenía huesos…

Terminó la vuelta y otra vez a esperar junto a la farola a que otras ilusiones vestidas de niño o niña, volvieran a traerle noticias tan importantes como las de ese tal Platero. Solo un cubo azul la esperaba paciente para que pudiera beber y una gran sorpresa. Ella no comía de todo, por eso no podría ser nunca de acero, pero ese día sí podría ser de algodón, porque al bajarse las dos niñas le dijeron al oído, a modo de despedida cariñosa, que para ellas era igual que el burro del cuento que su maestra les había leído en clase.

Lucera rompió a llorar por esas palabras que nunca le habían susurrado con tanto cariño y comenzó a rebuznar sin parar para que su dueño se diera cuenta de lo importante que era para los demás, transportando sueños tan suaves como ella…

Sevilla, 24/XI/2014

El regalo más pequeño del mundo

Sigo muy cerca de José Saramago. Solo con escribir en este blog, que es un homenaje permanente a su cuento “La Isla desconocida”, contribuyo a que su memoria histórica siga viva entre las personas que buscamos pequeñas cosas en la vida para alcanzar la felicidad en el aquí y ahora de cada uno, de cada una. Anida en mi corazón, siempre, y más en estas fechas, un pájaro perdido que me regaló hace muchos años Rabindranath Tagore, a través de Zenobia Camprubí, la compañera leal hasta la muerte, de Juan Ramón Jiménez:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos…

En la presentación del cuento, La flor más grande del mundo, que puedes ver en interpretación animada, a continuación, con la mejor atención de la que dispongas en este momento, con una narración directa de Jose (sin acento), como le llamaban con respeto reverencial las personas próximas a él, que conocí este verano en su biblioteca de Tías (Lanzarote), nos brinda Saramago una maravillosa lección de humildad:

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón. Si yo tuviera esas cualidades podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé […]

https://binged.it/30uaAD2

Cuando llegues el final -házlo, por favor-, comprenderás mejor su recomendación para vivir con un compromiso mayor en vida:

Este es el cuento que yo queria contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis como sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías y tal vez, más adelante, acabéis sabiendo escribir historias para niños. Quien me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita.

Una aldea, un niño que descubre una flor seca, una búsqueda de agua por todas partes, una flor agradecida y una moraleja por haber permitido que la flor volviera a crecer y dar sombra. Todo, gracias a un niño salvador de la flor más triste que pudiéramos imaginar y, ahora, gracias a su esfuerzo, la más grande del mundo:

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.

Y lo vuelvo a regalar a los que están cerca de este blog, con imágenes, sin las palabras reales escritas por Saramago en el cuento real, con la esperanza de que todos hagamos un esfuerzo por leerlo y reescribirlo, siguiendo la recomendación del autor, contando historias, al menos, igual de bonitas…, para regalarlas a las personas que queremos, sin tener que recurrir a la mercadotecnia navideña que nos invade ahora, hoy, mañana y pasado mañana, por tierra, mar y aire.

Sevilla, 26/XII/2010

La tegala de Saramago (II): Emocionentes

III CONCURSO RELATOS-CHAP

“Hace dos meses que José Saramago murió. En su biblioteca privada, en Tías, Lanzarote, este mediodía se ha brindado por su vida y se ha agradecido su ejemplo cívico y su aportación a la belleza del mundo. Gracias, Saramago, una vez más, desde esta tu “Balsa de piedra”.

Palabras tomadas del Portal de la Fundación José Saramago, hoy, minutos antes de que se celebre un acto, a las 20.00 horas, “para recordarle y compartir un momento entrañable en el segundo aniversario del día en el que, como tantas veces, voló más lejos que nosotros”.

Con el relato que presento hoy, quiero contribuir a seguir buscando islas desconocidas que nos permitan encontrarnos con nosotros mismos cada día, cada minuto, como homenaje de una persona emocionente a Saramago, en su tegala tan particular.

La Viceconsejería de la Consejería de Economía y Hacienda, hoy de Hacienda y Administración Pública, de la Junta de Andalucía, dictó una Resolución el 30 de marzo de 2009, por la que el concurso de relatos breves de la Consejería pasaba a denominarse «Concurso de relatos breves Guadalupe González Fernández». Sin agregar nada personal, para no contaminar aquél texto, se decía que “En los últimos años, se vienen convocando diversos concursos en la Consejería de Economía y Hacienda dirigidos a todo el personal de la misma, con la finalidad de fomentar la participación de los empleados y empleadas públicos en otras actividades extralaborales. Entre otros, se encuentra el concurso de relatos breves, que se creó en 2007. Por otra parte, es deseo de esta Consejería rendir homenaje a la recientemente fallecida Guadalupe González Fernández, Jefa del Servicio de Legislación durante un gran número de años. Consideramos que su labor ha creado escuela, y ha sido ejemplo para todas las personas que con ella hemos trabajado. En reconocimiento a su buen hacer, a su trabajo diario en la elaboración y tramitación de las normas, y a su dedicación y esfuerzo a lo largo de todos estos años, esta Consejería de Economía y Hacienda considera que merece un homenaje especial”.

Pertenezco a esa Consejería y quise sumarme una vez más al reconocimiento personal e intransferible que debía a Guadalupe, con quién tuve la suerte de trabajar codo con codo en determinados proyectos de disposiciones, persona entrañable con la que aprendí el rigor que se necesita en estos menesteres de ordenación administrativa con gran impacto final en la ciudadanía.

Preparé un relato para el III Concurso (todos tenían que comenzar con la frase “Hace ya mucho tiempo…), que se falló en marzo de 2010 (1), con la ilusión de participar en este homenaje anual a Guadalupe, y ganarlo, habiéndome preparado en los sueños de algunas noches cómo iba a dedicárselo a ella, porque pertenezco al Club de los emocionentes. Al final, no fue así porque ya sé que no soy Citius (el más rápido), Altius (el más alto), Fortius (el más fuerte) en la Olimpiada de la vida. Cuando se acabó la competición, pensé que lo podía entregar a la Noosfera, como el testigo de una hipotética carrera de relevos existencial, como regalo que hiciera más universal a Guadalupe, que siempre iba la primera en la carrera de la vida, a quien le expliqué en muchas ocasiones qué significaba la revolución digital. Dicho y hecho…

Emocionentes

Hace ya mucho tiempo, se descubrió en un país de nunca jamás, una palabra sorprendente, porque el rey del cerebro (así lo llamaban los habitantes del lugar) no sabía cómo explicarla: emocionentes. Solo se conocía una muy parecida: inteligentes, pero era cierto que tendría que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvado, caballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino de la memoria. Cabalgando despacio, porque el rey entendió que era posible conocerle bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno.

Él, bravucón donde los haya, recordaba los ojos de María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Sabía que algo le ocurría al mirar esos ojos saltones y que sucedía algo esencial para la vida de los emocionentes, porque normalmente siempre se escucha al corazón mucho más fuerte que al viento, ya que si esta búsqueda al galope, no tiene corazón, es solo eso, búsqueda.

El rey, tan sabio, sabía que las palabras nuevas (ésta, emocionentes, la había localizado en una larga misiva de carácter regio) no ruborizan, recordando una cita de Cicerón a la que profesaba gran estima: una carta no se ruboriza (Epistola enim non erubescit). El rey del cerebro, en sí mismo, no se ruboriza. ¡Faltaría más! Solo sabía que podía pedir auxilio a los sentimientos cuando la maquinaria perfecta cerebral atisba el sufrimiento humano.

Y descubrió algo maravilloso en su consulta: el era propietario de un caballo encorvado, conocido como hipocampo, que ya se encontraba hace millones de años en los mamíferos primitivos, es decir, ¡estaba en su cerebro! Y lo sustancial: formaba parte del sistema límbico, como estructura fundamental de diferentes tipos de memorias y almacén de las emociones por su proximidad con la amígdala. Vamos por partes, decía ruborizado a pesar de él mismo.

El rey no daba crédito. “¡Soy propietario de un caballo maravilloso y nadie me lo había anunciado!”. Pero he aquí que lleno de curiosidad quiso conocerlo de forma más cercana. Y comenzó a leer y leer, a preguntar en todas partes de aquél mundo de nunca jamás, y supo que si quería conocer y domesticar su caballo encorvado tenía que “abrir su cerebro” para localizarlo. El consejo de sabios fue contundente: no se ve desde fuera. Y comenzaron a explicarle que hace muchos años, unos científicos especializados abrieron uno por curiosidad y se encontraron estructuras donde cabalgaba tranquilamente un caballo como el suyo.

Siguió preguntando, más y más, hasta que una sabia mujer le susurró algo al oído:

– cabalgas porque te emocionas.

De pronto, supo que la información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. Así lo confirmaba aquél grupo de expertos. Y que también puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y que comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes. ¡Qué palabras tan desconocidas!

Aquél rey supo en ese momento que este caballo encorvado es mayor y más activo en las mujeres, es decir, ellas pueden estar en todos los “detalles” de lo que ocurre en determinadas ocasiones; sufre cambios hormonales constantes en una dialéctica entre el estrógeno y la progesterona, activas “amazonas” en la carrera de la vida personal y en pareja.

Se lo diría a la reina: en el primer día del periodo, el hipocampo es activado por el estrógeno reforzando e incrementando en un 25% sus conexiones: se recuerda y aprende más y mejor, es decir, la actividad recordatoria puede ser frenética en la segunda semana del ciclo menstrual. Y él sabía que conocer estas realidades fisiológicas ayuda a los hombres a respetar más a la mujer, entre otras cosas porque sus posibilidades de aprendizaje son una continua lección programada, mes a mes, que hace muy valiosa la experiencia menstrual desde esta óptica contrastada por la ciencia. También le contaron que se había investigado el envejecimiento en esta maravillosa estructura cerebral y que si se mantiene la terapia hormonal en mujeres menopáusicas, su memoria tenderá a envejecer más lentamente, porque las dosis de estrógenos activan la memoria verbal y de largo plazo.

El rey agradeció a los sabios y sabias del lugar, la aproximación que le habían ofrecido sobre el cerebro desnudo. Como era un rey moderno, supo que existía un acto que “susurraba a los caballos” como metáfora de la aprehensión de la vida.

Y comenzó a correr y correr anunciando su “descubrimiento”: él como persona, más que como rey, no solo era inteligente, sino también emocionente, porque sabía a ciencia cierta, que en el cerebro, junto al caballo que acababa de descubrir, se encuentra una estructura cerebral, del tamaño de una almendra, que se llama “amígdala”, situada exactamente en el lóbulo temporal y que forma parte, junto a otras estructuras cerebrales, como el hipotálamo, el septum y el hipocampo, fundamentalmente, de los circuitos responsables de la emoción, de la motivación y del control del sistema autónomo o vegetativo. Y que galopaba directamente al sistema límbico, responsable directo de la codificación del mundo personal e intransferible de los sentimientos y de las emociones. Con el control férreo de la corteza cerebral.

Lo que había descubierto sobre la amígdala era fascinante. Supo que es una estructura muy pequeña y evolutivamente muy antigua. Además y dependiendo de su tamaño se puede identificar el carácter de una persona, llegándose a saber que una atrofia de la amígdala llevará a la persona que la sufra a una seria dificultad en el reconocimiento de los peligros, siendo realmente asombrosa la asociación que se puede llegar a dar entre su hipertrofia y la violencia y agresión. También, que se puede llegar a conocer el coeficiente de las emociones en cada lado de la amígdala.

Había leído, además, que el cerebro es capaz de decodificar el significado y el sentido emocional de palabras que se presentan a las personas de su reino, de manera subliminal. De ahí la importancia de los anuncios publicitarios y su falta de inocencia, en aquél mundo del nunca jamás. Obvio. Y qué campo tan interesante se abría en su reino para la educación infantil y en casa, en el trabajo y en la Universidad Regia. Los elementos de contexto en los que vivían las personas de aquél lugar, hacían evidente las emociones de cada día, de su existencia diaria, ¡cuántas palabras e imágenes, cuantos estados afectivos momentáneos (emociones) y duraderos (sentimientos) se pueden estar desarrollando y elaborando en el interior de las personas sin que se tome plena conciencia de ello! Es lógico que a veces las personas más próximas al rey le dijeran: “no sé lo que me está pasando”. Responsable: la amígdala personal e intransferible y su integración en circuitos más complejos.

Conoció que el estrógeno, la progesterona y la testosterona son actores y actrices invitados en el funcionamiento de la amígdala en el cerebro sexuado. Todo lo que ocurra a nivel hormonal afecta a la amígdala. La razón es obvia: si el estrógeno está equilibrado en su funcionamiento ordinario, complejísimo, la amígdala hará vivir y sentir las emociones conscientes e inconscientes de forma regular, modulando actuaciones preprogramadas. Después, los sentimientos y emociones que se construyen en la amígdala, en compañía del hipocampo y del hipotálamo, se bifurcan en razón del protagonismo que concurra en relación con las hormonas masculina ó femenina: la progesterona y la testosterona. Y en cada ciclo de vida personal, el protagonismo es diferente. Por ello, supo el rey, que la inteligencia individual, comienza a escribir en el libro de vida de cada persona en particular, cómo se aborda la resolución de problemas diarios para vivir de forma adecuada. Sin florituras agregadas. Solo se regula la mejor forma de vivir, sabiendo que la amígdala es sensible de forma particular con todo lo que a mí me pasa y me acaba afectando de forma momentánea (emociones) ó duradera (sentimientos).

El rey, con su caballo desbocado, tuvo la impresión que la próxima vez que se comiera una almendra, iba a tener una sensación (¿emoción, sentimiento?) diferente de lo que hacía a diario. Probablemente, porque la amígdala cerebral de cada una, de cada uno, ha mandado unas señales neurológicas diciendo a la corteza cerebral que recuerde algo que ya protegió el caballo encorvado, porque ya sabe por qué está sintiendo algo especial.

El rey ya lo había dicho: somos emocionentes.

Y consideró su misión cumplida, aunque para él, este maravilloso cuento humano, no había hecho nada más que empezar…

Sevilla, 18/VIII/2010

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2010). Emocionentes, en III Concurso de relatos breves “Guadalupe González”. Sevilla: Junta de Andalucía. Consejería de Hacienda y Administración Pública, págs. 85-89.

Patio San Dámaso


Guardias suizos, en una ceremonia de aniversario, en el Patio San Dámaso (Ciudad del Vaticano). Fotografía recuperada el 25 de octubre de 2008 de http://www.daylife.com/photo/0eNLbFL3lbbrj

Publico hoy en este blog, un nuevo relato corto, Patio San Dámaso, sobre el que he estado trabajando bastante tiempo, como tarea impuesta por mi inteligencia digital. Las primeras palabras dejan entrever un hilo conductor del protagonista, un hombre en la encrucijada de la vida, en un entorno que a veces parece que está diseñado por el enemigo. Espero que su lectura sea un motivo agradable para sopesar que otro mundo, el de acá, es también posible.

Son siete episodios (puntate), trazados mediante siete líneas delgadas rojas, que están concatenados entre sí, porque se sufren en un entorno sagrado, asombrosamente místico, pero con una carga de profundidad que deja al descubierto, de forma descarnada y metafórica, cómo una persona puede morir en la Plaza de San Pedro de Roma albergando el sueño o la idea de que un día puede ser recibido por alguien superior para alcanzar la felicidad, más allá de las burocracias de la vida, de las iglesias, ¿de las religiones?, tal y como Marco Ferreri dibujó en su durísima trama de la película La audiencia (L´udienza).

Y solo queda un recurso para quien sabe esperar en el principio esperanza: avanzar por la Via della Concilliazione (calle de la conciliación), precioso nombre, buscando el amor desesperadamente…

Sevilla, 2/XI/2008