Un cerdo en el Jardín de Epicuro

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921- Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)

Sevilla, 20/I/2022

Llevamos más de tres semanas en las que los cerdos son los grandes protagonistas de este país, sin olvidar a otros animales compañeros de su triste viaje vital, por su hábitat indeseable en las macrogranjas, no en las dehesas de encinas de toda la vida, aunque ellos, según me cuentan, están muy interesados con el debate, porque bastante sufren con su trato industrial, a veces inhumano, gracias al todopoderoso Mercado y a su Industria. Lo que verdaderamente desean es que los dejen en paz en su territorio natural, tratados como se merecen, como los vi una vez revolcarse y hozar en una pequeña dehesa de la sierra de Huelva, ante la mirada de su dueño, que vareaba las encinas con sumo cuidado para que tuvieran la alimentación adecuada. Si los cerdos hablaran otro gallo cantaría, por seguir fabulando, que algo queda.

Estando en estas cuitas, he recordado una fábula de Augusto Monterroso, El cerdo de la piara de Epicuro (1), porque he encontrado en ella una clave para comprender mejor al ganado porcino, en general y a cada cerdo en particular. Dice así Monterroso:

En una quinta de los alrededores de Roma vivía hace veinte siglos un Cerdo perteneciente a la famosa piara de Epicuro.

Entregado por completo al ocio, este Cerdo gastaba los días y las noches revolcándose en el fango de la vida regalada y hozando en las inmundicias de sus contemporáneos, a los que observaba con una sonrisa cada vez que podía, que era siempre.

Las Mulas, los Asnos, los Bueyes, los Camellos y otros animales de carga que pasaban a su alrededor y veían lo bien que era tratado por su amo, lo criticaban acerbamente, cambiaban entre sí miradas de inteligencia, y esperaban confiados el momento de la degollina; pero entre tanto él de vez en cuando hacía versos contra ellos y con frecuencia los ponía en ridículo.

También se entretenía componiendo odas y escribiendo epístolas, en una de las cuales se animó inclusive a fijar las reglas de la poesía.

Lo único que lo sacaba de quicio era el miedo a perder su comodidad, que tal vez confundía con el temor a la muerte, y las veleidades de tres o cuatro cerditas, tan indolentes y sensuales como él.

Murió el año 8 antes de Cristo.

A este Cerdo se deben dos o tres de los mejores libros de poesía del mundo; pero el Asno y sus amigos esperan todavía el momento de la venganza.

En el debate actual, donde la inteligencia porcina brilla por su ausencia, hemos olvidado que el ejemplo del cerdo de Epicuro debería enseñarnos a mantener los silencios necesarios cuando no conocemos su vida interior, porque demostraba ante el mundo que era bastante más inteligente que sus adversarios y detractores. Todo estribaba en que su amo lo trataba muy bien, cosa que hoy es una asignatura pendiente en determinadas experiencias industriales con ellos, lo que los lleva a hozar en terreno propicio, alimentados por las barbaridades que tienen que escuchar a su edad y a esta altura de la historia. Aquél cerdo se entretenía escribiendo poesías, una antítesis aparente del mundo porcino y cuidaba mucho que no le sacaran de su zona de confort, es decir, tenía muy claro que de macrogranjas ni hablar. Por algo la historia nos recuerda una frase antológica de Horacio (65 a. C.) en su Epístola (carta) a Alpio Tibulo (Ep. I 4, 16), para los que aman la vida y el placer de ser felices: soy “un cerdo de la piara de Epicuro” (Epicuri de grege porcum), es decir, los que frecuentaban el jardín de su casa en Atenas, donde él enseñaba a sus alumnos la doctrina del placer austero, un lugar al que asistían también mujeres y esclavos, un auténtico escándalo para su época, convirtiéndose en auténticos cerdos en la granja-jardín de su maestro. 

Creo que todo se ha confabulado para demostrar ante el mundo que con este tipo de animales no hay que tener consideración alguna. El Mercado tiene la palabra. Ha llegado el día de la gran venganza de las Mulas, los Asnos, los Bueyes, los Camellos que nos rodean y, eso, el ministro de consumo lo sabe.

(1) Monterroso, Augusto, Cuentos, fábulas y lo demás es silencio, 2003, Madrid: El País.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Augusto Monterroso todavía está aquí

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 21 de diciembre de 1921- Ciudad de México, 7 de febrero de 2003)

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

Augusto Monterroso

Sevilla, 26/XII/2021

Antes de que finalice este año, deseo ofrecer un sencillo homenaje en el centenario de su nacimiento en Tegucigalpa el 21 de diciembre de 1921, al escritor hondureño Augusto Monterroso, nacionalizado posteriormente como guatemalteco y, finalmente, exiliado de por vida en México, donde falleció, famoso por su cuento breve El dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Siempre ha sido un objetivo en mi vida alcanzar el objetivo de la brevedad, que si buena es dos veces buena, como aprendí en su momento de Baltasar Gracián, pero la escuela en la que me formé desde mi infancia era analítica y así he seguido haciendo las cosas en mi vida, cuestión no inocente porque al crecer en el pensamiento filosófico de los presocráticos, la realidad diaria se convierte en algo muy complejo como para despacharlo en dos segundos rápidos y vitales.

Ítalo Calvino, el escritor italiano al que debo tanto en mi forma de pensar y escribir, reconoció el valor incalculable de la rapidez y concisión en la literatura y así lo expresó en una conferencia titulada Rapidez, que desgraciadamente nunca llegó a pronunciar porque falleció una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts) en septiembre de 1985, para llevar a cabo su compromiso de participar en las Charles Elliot Norton Poetry Lectures, que luego se recopilaron como obra póstuma bajo el título de Seis propuestas para el próximo milenio (1). Esta obra la he citado en numerosas ocasiones en este cuaderno digital porque a lo largo de los dieciséis años de vida que ya tiene, Calvino siempre ha estado presente en él ante el fenómeno de la hoja en blanco, precisamente utilizando el título de la conferencia que se ha incorporado a aquellos borradores de Harvard con el título de El arte de empezar y el arte de acabar, cuya introducción sigue siendo un norte en mi vida intelectual, procurando siempre que lo que escriba sea algo especial, siguiendo las recomendaciones de Calvino, tantas veces citadas en hojas digitales anteriores: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela. Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial”.

En este sentido, si traigo hoy a colación a Ítalo Calvino es por su cita en la citada conferencia, Rapidez, del escritor hondureño Monterroso, cuando se refiere a él reflexionando sobre una literatura basada en la concisión, como presagio de que sería una realidad inexorable en el siglo venidero: “La concisión es sólo un aspecto del tema que quería tratar, y me limitaré a deciros que sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama. En los tiempos cada vez más congestionados que nos aguardan, la necesidad de literatura deberá apuntar a la máxima concentración de la poesía y del pensamiento. Borges y Bioy Casares recopilaron una antología de Cuentos breves y extraordinarios. Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Italo Calvino (Santiago de Las Vegas, Provincia de La Habana, Cuba, 15 de octubre de 1923-Siena, Italia, 19 de septiembre de 1985)

Su declaración de intenciones en esta conferencia sobre la rapidez es muy clara y contundente: “[…] hoy el valor que quiero recomendar es justamente éste: en una época en que triunfan otros media velocísimos y de amplísimo alcance, y en que corremos el riesgo de achatar toda comunicación convirtiéndola en una costra uniforme y homogénea, la función de la literatura es la de establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto es diferente, sin atenuar la diferencia silla exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito. El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez. Cada uno de los valores que escojo como tema de mis conferencias, lo he dicho al principio, no pretende excluir el valor contrario: así como en mi elogio de la levedad estaba implícito mi respeto por el peso, así esta apología de la rapidez no pretende negar los placeres de la dilación. La literatura ha elaborado varias técnicas para retardar el curso del tiempo; he recordado ya la iteración; me referiré ahora a la digresión”.

Calvino amaba un lema por encima de todo: Festina lente, apresúrate despacio, pero sobre todo cuando se representa por contrarios. Prefería el símbolo de este lema figurativo a través de una mariposa y un cangrejo juntos, más que el clásico de Erasmo de Rotterdam, el delfín alrededor de un ancla, porque en este último caso siempre estaba el mar por medio, cuando en la mariposa y el cangrejo había dos realidades terrenales con misiones diferentes: puede volar la imaginación, pero siempre hay que volver al pensamiento que se fija en la memoria, es decir, hay que ir hacia atrás en la vida para expresar de la mejor forma posible el vuelo de la mariposa.

Después de una fantástica contraposición entre los dos estilos de literatura que pueden representarse a través de Mercurio y Saturno, incluso se declara “saturnino”, melancólico, contemplativo, solitario, aunque su gran aspiración como escritor es parecerse a Vulcano, “dios que no planea en los cielos sino que se refugia en el fondo de los cráteres, encerrado en su fragua, donde fabrica infatigablemente objetos acabados en todos sus detalles, joyas y ornamentos para las diosas y los dioses, armas, escudos, redes, trampas. Vulcano, que contrapone al vuelo aéreo de Mercurio el ritmo discontinuo de su paso claudicante y e! golpeteo cadencioso de su martillo. La conclusión de Calvino es obvia: “El trabajo del escritor debe tener en cuenta tiempos diferentes: el tiempo de Mercurio y el tiempo de Vulcano, un mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos; una intuición instantánea que, apenas formulada, asume la definitividad de lo que no podía ser de otra manera; pero también el tiempo que corre sin otra intención que la de dejar que los sentimientos y los pensamientos se sedimenten, maduren, se aparten de toda impaciencia y de toda contingencia efímera”.

Finaliza su espléndida conferencia con un cuento chino, con algunas palabras más que en el de Monterroso, pero con un mensaje implícito extraordinario: “Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. «Necesito otros cinco años», dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”.

A pesar de este esfuerzo literario por escribir una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible, Calvino no encontró ninguno que superara al del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Fue su gran homenaje al escritor de tres nacionalidades, en una azarosa vida de compromiso social, ensalzada de la mejor forma posible en esta preciosa conferencia póstuma del escritor italiano al que debo tanto.

Primer canon de la Ofrenda musical, BWV 1079 de Bach, conocido como el «canon cangrejo»

Johann Sebastian Bach mostró el arte de la rapidez y concisión musical en su reconocida obra breve Primer canon de la Ofrenda musical, BWV 1079conocido como el «canon cangrejo». Es un homenaje complementario por mi parte a Bach y Monterroso, junto a Calvino, ensalzando la brevedad buena de los tres, según Baltasar Gracián en su arte de prudencia que no olvido: lo bueno, si breve, dos veces bueno. Además, con alma.

(1) Calvino, Ítalo, Seis propuestas para el próximo mileno, 1998, Madrid: Siruela.

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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La lotería en el mundo al revés, según Borges

Sevilla, 23/XII/2021

El día después del sorteo del año sigue siendo un buen día para recordar la dialéctica continua en nuestras vidas de azar y necesidad. Todo es lotería en la vida de este país y de este mundo al revés, quizás con un regusto borgiano a través de su relato, La lotería en Babilonia, publicado en 1941 (1) en un contexto político mundial muy especial, un cuento muy profundo en contenidos y con un mensaje muy claro, que se explica al final del mismo: el azar es una necesidad social para que todo funcione y así hasta el infinito, porque todo, absolutamente todo, se sortea, incluso la muerte. Es el propio Borges quien manifiesta sin rubor alguno que este cuento no es inocente en sus simbolismos y que trata de una ficción política. El problema radica es saber identificar quién es el dueño de la Organización que está detrás de “la lotería” mundial, la Compañía actual, porque existir… existe.

Todo comienza al parecer con el origen inocente (?) de la lotería, que nace en Babilonia, pasando por vicisitudes que hacen que La Compañía, la organización oficial de la misma, cada vez concentre más poder omnímodo para sortear el bien y el mal, porque siempre se gana o se pierde, incluso ambas cosas a la vez, logrando que la lotería fuera secreta, gratuita y general a petición del pueblo. Está claro que el autoritarismo está servido. Lo que comenzó como una lotería tradicional acabó siendo algo muy diferente: “su virtud moral era nula. No se dirigía a todas las facultades humanas, únicamente a la esperanza». La gratuidad era algo que al final podía “tocar” a todos: “Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba de los sorteos sagrados y secretos… Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar, para el concursante, su elevación al concilio de los magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte».

Para la Compañía, la lotería era una interpolación del azar en el orden del mundo y aceptar errores no significa contradecir el azar: es corroborarlo. De ahí nacieron conjeturas preocupantes para la Organización lotera. Cualquier parecido de la situación social actual con la lotería de Babilonia y su representación oficial, La Compañía, no es como en las películas una ficción o pura coincidencia sino, a veces, una realidad cruda. Unas veces se espera del Estado que controle la suerte de todos y otras se abren disputas cainitas para que se descentralice este reparto de suerte: “Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola?, ¿no es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo no estén sujetas al azar?”.

Todo es azar, aunque siempre está la Compañía detrás, que lo administra. Algo parecido al mundo actual, donde por un lado están los ciudadanos del mundo al revés, que compran diariamente papeletas o décimos para sobrevivir, según los recursos de cada uno, esperando que el sorteo nunca se pare, para suerte de algunos y desgracia de todos: “Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía… Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía… Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta”.

La lotería de Babilonia puede ser la lotería del mundo actual. Han pasado siglos desde que ocurrieron los hechos que cuenta el narrador del cuento, pero no se nota en la condición humana. Así lo atestigua el final del relato de Borges: “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

El que quiera entender que entienda o que juegue al azar en su vida. La Compañía, bajo diversos nombres hoy, sigue viva. Tenemos un origen común, sin lugar a dudas también babilonio, una condición humana que compartimos, probablemente complicada y compleja, pero muchas personas, millones, no son culpables de nada, ni de la mala suerte en la lotería de la vida, porque a esa señora, la culpa de los falsos compañeros de viaje, nunca se la han presentado, ni se han quedado con su cara, no la conocen. Unos pocos, la Compañía actual según Borges, vinculados casi siempre a los fondos de inversión y que caben en un taxi, deciden en este momento que escribo estas palabras, en un piso de cualquier rascacielos de Manhattan, cómo se reparte hoy la miseria en la lotería del mundo al revés y la respuesta es pulsar un botón para distribuirla, nada más, bajo la apariencia de suerte en un sorteo nada inocente. Esa acción no está al alcance de cualquiera y la mayoría silenciosa o ruidosa mundial no acaba de entender nunca por qué viniendo de donde venimos, ya sean creacionistas o evolucionistas, estamos alcanzando la más alta cota de la miseria y mala suerte actual. Y lo que es peor, con el solo esfuerzo de algunos que han demostrado hasta la saciedad que no son inocentes. De lo que estoy convencido es de que la culpa de todo esto no la tenemos ni yo, ni usted, ni el vecino, ni siquiera sus parientes, ni la gente común, mucho menos los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida. Los jugadores anónimos de una lotería mundial que reparte de todo menos esperanza y dignidad humana. La Compañía del siglo XXI, según la Historia.

(1) Borges, Jorge Luis, en Ficciones (El jardín de senderos que se bifurcan), 1996. Madrid: Alianza Editorial.

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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Necesitamos que vuelva el Ave Fénix a nuestra vida

Sevilla, 21/XII/2021

Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

John Keating (Robin Williams), en El club de los poetas muertos

Hans Christian Andersen, de quien aprendí tantas maravillas en los cuentos de mi infancia, también nos regaló un relato precioso y bastante desconocido, El Ave Fénix, que ahora recupero acordándome de la situación actual de este país por el recrudecimiento de la pandemia y por la desolación que vive la isla de La Palma (Canarias), que intenta renacer poco a poco de sus cenizas. Hay que leerlo con mucha atención, porque encierra el secreto de la vida cuando sitúa su origen en el jardín del Paraíso, hecho al que he dedicado algunas páginas en este cuaderno digital, en un enfoque diferente a lo que nos ha legado determinado historia sagrada para explicar el problema del mal desde todas las perspectivas posibles, en un mundo de fuego y cenizas. El cuento dice así:

En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto. Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego. El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo.

El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.

Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas.

¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.

En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!


Las personas que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, muy cerca del paraíso terrenal y del “grave error” de Eva, teníamos una respuesta clara y contundente en la religión católica y judía: la responsabilidad de las cenizas actuales como símbolo de cualquier mal, cuando lo tuvimos todo a favor para actuar bien, es de unos antepasados concretos, que conocemos por sus nombres, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?). La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos que nos ofrecieron razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta sobre si la ética cerebral es instinto o aprendizaje, dejando la manzana maligna al margen, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra

Eugenio Trías

Me quedo con las palabras amables de la metáfora de Andersen en este cuento: En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!, en el carpe diem de cada uno, para que tomemos conciencia de que renacer de las cenizas es un trabajo diario y concienzudo para intentar comprender todo aquello que nos hace sufrir a diario y no sabemos cómo resolverlo. Finalmente, Andersen aporta luz en este túnel tan complejo: El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan su perfume unas violetas.

Lo que sí tengo claro es que Adán y Eva (yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras, vosotros y vosotras, ellos y ellas) no fueron expulsados, sino que se mudaron a otro Paraíso cada vez más complejo y sombrío. Cada cierto tiempo observaban al Ave Fénix que habían conocido en su mejor momento, porque las cenizas volvían una y otra vez a sus vidas. Hoy sabemos que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo. Ahora, necesitamos que vuelva a nuestro país, a la ventura de nuestro dolor y de nuestras cenizas, para demostrarnos que otra vida y otro mundo son posibles a pesar de todo. Una normalidad en el carpe diem ni vieja ni nueva, diferente.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Ave Fénix (amuraworld.com)

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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Cuando despertamos, la navidad todavía estaba aquí

Sevilla, 12/XII/2021

Augusto Monterroso nos dejó un tratado de cómo escribir un relato en El Dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Hoy lo he aplicado a la navidad, que escribo siempre con minúscula por el tratamiento laico que tiene hoy día para millones de personas, controlada por el Mercado por tierra, mar y aire, con el poderoso caballero don dinero como sustrato imprescindible para comprarla mejor. Curiosamente, Monterroso dedica unas palabras a la Navidad, en Movimiento perpetuo, con un título que despeja muchas dudas antes de leerlo: Navidad. Año Nuevo. Lo que sea.

En esta ocasión necesita más de siete palabras para interpretarnos la navidad desde una perspectiva de encuentros y regalos forzados que normalmente llevan al olvido (1):

Las tarjetas y regalos que año tras año envías y recibes o enviamos y recibimos con ese sentido más o menos tonto que te o nos domina, pero que paulatinamente a base de una interrelación de recuerdos y olvidos vas o vamos dejando de enviar o recibir, como, comparando, esos trenes que se cruzan a lo largo de la vía sin esperanza de verse nunca más; o mejor, ahora autocriticando, pues la comparación con los trenes no resulta buena ni mucho menos, toda vez que se necesita ser un tren muy estúpido para no esperar volverse a ver con los que se encuentra; entonces más bien como esos automovilistas de clase media que, por el simple hecho de serlo, cuando se desplazan en su automóvil se sienten como liberados de algo que si uno les pregunta no saben qué cosa sea, y que una vez, una sola vez en la vida, coinciden contigo frente a un semáforo en rojo, y con los cuales durante un instante cambias tontas miradas de inteligencia al mismo tiempo que disimulada pero significativamente te arreglas el cabello, o te acomodas el nudo de la corbata, o revisas tus aretes, o te quitas o te pones los anteojos, según creas que te ves mejor, bajo la melancólica sospecha o la optimista certidumbre de que nunca más lo vas a volver a ver, pero no obstante viviendo ese brevísimo momento como si de él dependiera algo importante o no importante, o sea esos encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

La brevedad en este caso se centra en los encuentros de navidad, forzados por la ocasión pero que al final se olvidan como en el caso de los trenes cruzados o cuando coincidimos con otro conductor a nuestra altura, ante el semáforo en rojo y, una vez que arrancamos, ya no volvemos a vernos más. Lo que verdaderamente me ha conmovido es la frase final, porque reproduce a la perfección lo que suele ocurrir en la navidad laica, cuando enviamos felicitaciones o regalos de compromiso, envueltos en papel de mimetismo social inducido por el Mercado, con su logo, que no dejan de ser más que encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

Lo verdaderamente sorprendente es que a pesar de todo, cuando despertamos a una nueva realidad mutante de la pandemia, la navidad todavía está aquí. De nuevo la Navidad. Año Nuevo. Lo que sea, como si la nuestra fuera el título redivivo del relato comentado de Monterroso.

(1) Monterroso, Augusto. Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio, 2003. Madrid: El País, p. 139.

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Acusamos un cierto cansancio

Sevilla, 17/XI/2021

Visto lo visto y vivido lo ya vivido hay que reconocer que llegamos a esta etapa de la vida acusando un legítimo cansancio existencial, mucho más cuando se nos acusa de utópicos si defendemos que el mundo en el que a cada uno le ha tocado vivir podría ser un lugar de acogida digna a las personas de toda clase social, condición, religión y creencia. En esa página de mi historia estoy. Sabemos que la utopía es un lugar que no existe, tal y como lo aprendí hace ya muchos años, cuando era niño y pensaba como un niño, alimentado quizá por un líder de mi infancia, Peter Pan, y su mundo del nunca jamás, pero sigo con la idea de que podemos transformarlo.

Jorge Luis Borges escribió un cuento, Utopía del hombre que está cansado, formando parte del conjunto de cuentos publicados bajo el título de El libro de arena, donde una frase de Quevedo que aparece en Cartas a Luis XIII justifica lo allí narrado, tomada del original de Santo Tomás Moro: “Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar«. Nunca jamás o no hay tal lugar han caminado juntas como horizontes lejanos y muchas veces perdidos. El protagonista es Eudoro Acevedo, nacido en 1897, en la ciudad de Buenos Aires: “He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos”.

Comienza su cuento con una declaración de principios: la utopía es un camino, con la cita de Quevedo: “No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado”. Después, una casa, un hombre que hablaba en latín, con una declaración de principios que me suena cercana: “Por la ropa -me dijo-, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan”. Digo esto porque muchas veces pienso que me he equivocado de siglo al nacer. Quizás, también de idioma.

Su interlocutor, el hombre de la casa, alto hasta dar miedo, hace también su presentación, en latín, que nos ayuda a conocer su asombrosa identidad: “Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos, Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las precisiones inútiles. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien”.

A partir de aquí hace su aparición el libro de Tomás Moro, Utopía, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que «faltaban hojas y láminas”, un texto que Eudoro Acevedo consideraba “antiguo y precioso”. “Alguien”, hace una defensa de la lectura necesaria para la vida, sin necesidad de leer la literatura inútil: “En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. El cansancio que supone leer lo trivial e inútil lo describe bien Eudoro: “Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Solo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado [percibido]) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud”.

Alguien respondió de nuevo: “¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio”. A partir de aquí expone otro mundo utópico fruto del cansancio humano: “Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo”. Solo un hijo porque no conviene fomentar el género humano. De aquí llega en este “viaje espacial” a una reflexión de persona cansada: “Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte”.

El cuento continúa como una premonición del sentido actual de los viajes espaciales en un mundo que necesita sobre todo abordar el aquí y el ahora (hic et nunc) más que nunca: “Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora. Con una sonrisa agregó: -Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

En la utopía de Alguien ya nada es lo mismo, con un ejemplo clarificador ante la pregunta de Eudoro Acevedo, ¿Qué sucedió con los gobiernos?: “según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”. Lo que viene después se encierra en una sola frase, ante las telas colgadas en las paredes de la casa de Alguien, porque si Eudoro Acevedo no veía nada representado en aquellas telas, era porque estaban pintadas con colores que sus antiguos ojos no podían ver. Lo decía Antonio Machado de forma espléndida y aleccionadora: Tras el vivir y el soñar, / está lo que más importa: / despertar. El final es un homenaje al protagonista, un hombre cansado de vivir en un mundo diseñado por el enemigo, un llanero solitario.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El juego del calamar no es inocente

Fotograma de El juego del calamar (Episodio 1)

Sevilla, 21/X/2021

He visto, leído y oído muchas cosas sobre esta serie surcoreana que está suponiendo muchos quebraderos de cabeza para los educadores en general, padres, profesores y familias de este país. Llevo varias semanas informándome a fondo sobre la misma y creo que estoy en condiciones de emitir un juicio bien informado para evaluarla, según aprendí en su día de Carol Weiss, una profesora excelente en evaluación social. Comunicados oficiales de psicólogos, sociólogos y educadores en general alertan de que esta serie no deben verla menores de 16 años, porque su contenido no es inocente, retratando una sociedad de competitividad extrema,  implacable con los perdedores, lanzando un mensaje subliminal de violencia social para los que pierden dinero en todas las vertientes posibles y cómo pueden volver a obtenerlo a costa de la muerte de los demás si es necesario. Todo ello inmerso en un juego, el del calamar, que para los surcoreanos tiene miles de años de antigüedad, pero para los occidentales casi acaba de llegar para quedarse un tiempo entre nosotros que ojalá sea breve.

La sinopsis de la página oficial de Netflix, que distribuye la serie, no refleja realmente su contenido, obligando a visualizarla para saber de qué se trata: “Cientos de jugadores con problemas de dinero aceptan una invitación rarísima para competir en juegos infantiles. Dentro les esperan un tentador premio y desafíos letales”. Son los dos tráileres oficiales los que enseñan de forma velada de qué trata el juego, de los que entresaco las siguientes frases en el primero: “Todos los que estáis aquí estáis viviendo al límite, con deudas que nos podéis saldar. Aquellos que no quieran participar, hacérnoslo saber ahora. El primer juego se llama luz roja, luz verde”, con imágenes de disparos desde el primer momento, con un mensaje desafiante: “Aquellos que ganen los seis juegos, tendrán como premio una gran suma de dinero, 456.000 millones de wones; tu sueño de infancia tiene reglas muy simples, convertido en pesadilla. El jugador que se niegue a jugar será eliminado”. En el segundo, la declaración de intenciones va subiendo de tono, hasta unos límites que se resumen perfectamente en una frase, “todo por el dinero”: “Los que estáis aquí participaréis en seis juegos diferentes durante seis días. Los que estáis aquí estáis viviendo al límite…, […] no se puede matar a alguien así…, os recuerdo que estamos aquí para daros una oportunidad” y ante la pregunta “¿a qué vamos a jugar?”, la voz responde que “nos han hecho jugar a un juego que jugábamos de niños, el siguiente a lo mejor también lo es, tienen reglas muy simples, esto es el infierno y no hay reglas, tenemos que matar a los demás si queremos salir de aquí con el dinero. Y estas manos están manchadas, si me traicionas te mataré, ¿de verdad vais a seguir con esta locura? ¡Y todo por el dinero! Y seamos sinceros, no quieren a un viejo ni a una mujer como compañeros”.

Con lo expuesto anteriormente la serie no oculta su hilo conductor, que cualquier persona puede leer em Wikipedia: “La serie narra la historia de 456 personas que deciden convertirse en jugadores de una serie de misteriosos y enfermizos juegos infantiles de supervivencia mortal para tener la oportunidad de ganar la cantidad máxima de 45 mil millones de wones. Cada persona que muere añade 100 millones de wones al premio, incitando el conflicto entre los jugadores. El juego final, también el que da título a la serie, es el juego del calamar. Es bastante físico y solo termina cuando se logra llegar a un ganador final. El juego se llama así ya que el área en que se juega tiene diferentes formas geométricas (círculo, cuadrado o triángulo) en el suelo, que, en su conjunto, parecen formar un calamar. Si un atacante logra atravesar al defensor y entrar en la cabeza del calamar, se proclama como ganador del juego”.

Hasta aquí creo que lo expuesto refleja bien de qué va esta serie, que la distribuidora oficial alardea de gran impacto mundial, con más de 142 millones de espectadores. El impacto es de tal calibre que Amazon anuncia ya para el próximo Halloween la mercadotecnia completa del juego, que veremos en algún lugar de nuestro barrio: disfraces, máscaras, guantes, monos rojos de los protagonistas, pasamontañas, cinturones tácticos militares, botas de seguridad, chaquetas y chándales con diversas numeraciones de los participantes en el juego, camisetas, zapatillas, pelucas, disfraz de niña del juego luz verde-luz roja y, finalmente, ¡las armas!: rifle y pistola. Además, nos tenemos que amarrar los cinturones éticos porque han anunciado que, probablemente, la serie la van a llevar a un videojuego. Desgraciadamente, éstos, los cinturones éticos, no se venderán en Amazon porque en el Gran Mercado del Mundo, la ética brilla por su ausencia.

Pienso mucho en nuestros hijos y nietos, nativos digitales, ante fenómenos como el narrado anteriormente, porque creo que tendrán más confianza en ellos mismos si participan en la creación del mundo en el que desean vivir, programando y viendo videovidas [sic] (perdón por el neologismo) más que videojuegos donde la violencia y el dinero sean su hilo conductor. Crear y no consumir irracionalmente, esa es la cuestión. Cada 6 de agosto recordamos lo que ocurrió hace 76 años en Hiroshima, donde la bomba atómica “Little boy” (muchachito) fue una metáfora al viento sobre el doble uso de las tecnologías. 140.000 muertos siguen pesando como una losa sobre la historia de hombres y mujeres que trabajan en las tecnologías de vanguardia para que la humanidad entera sepa que la inversión económica que se está haciendo en la actualidad sirve también para fabricar chips que se utilizan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles Tomahawk, es decir, en el doble uso. Mientras que la Play Station permite que niños del mundo entero se entrenen a matar, gracias al chip paradójico, no inocente tampoco, ingenieros y militares de los cinco continentes siguen diseñando los misiles más mortíferos, con idéntico chip, en un juego tan peligroso como aquél en el que se forma la conciencia. Por ello deberíamos proteger el uso racional de las tecnologías y destruir los arsenales mortíferos que día a día, en cualquier rincón del planeta, pueden ofrecernos la imagen dibujada por Saramago en su obra “Ensayo sobre la ceguera”: permanecer ciegos, simbólicamente, a un mundo de caos y desorden que promociona juegos [o videojuegos y series] para matar y vivir” (1).

Creo que estamos viviendo en un mundo al revés, como tantas veces he expuesto ya en este cuaderno digital. No quiero hacerle el octubre a esta serie porque no me interesa nada. La tengo incluida en el grupo de cine o televisión que llamo “innecesario”, doloroso, casi cruel para el alma humana, que detesto, porque su mensaje,  además, no es inocente, reproduciendo lo peor de lo peor del capitalismo feroz y activo, así como del precio, que no valor, que sigue teniendo el poderoso caballero don dinero y que en esta serie no tiene límite, porque como símbolo, cada persona que muere o matamos en ella, suma dinero al bote final. Impresentable. Eduardo Galeano, lo explicaba muy bien a través de un cuento, Alicia en el País de las Maravillas (2), de una forma más interesante que los cuentos infantiles en el juego del calamar, por ejemplo en la interpretación que se transmite en el de la niña de luz verde-luz roja: Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

(1) Véase en: http://www.joseantoniocobena.com/?p=9

(2) Galeano, Eduardo. Patas arriba. La escuela del mundo al revés, 2008. Madrid: Siglo XXI España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un sueño en la Gladstone Library

Gladstone Library

Sevilla, 28/I/2021

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
[…]
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca

Jorge Luis Borges, en Poemas de los dones

Jorge Luis Borges escribió un cuento precioso, La biblioteca de Babel, que bien podría ser una historia del Universo contada a través de los libros. Si me lo permiten, la historia del comienzo de la historia de Internet, de la Noosfera digital, la Biblioteca Total del Mundo según el escritor argentino. Por este motivo, he recordado ahora la existencia de un manuscrito del cuento, redactado en nueve hojas arrancadas de un cuaderno de contabilidad, que estuvo expuesto en una muestra que se celebró en 2016 en Buenos Aires, con el título programático “Borges, el mismo, otro”, presentada en el Museo del Libro y de la Lengua y en la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, que dirigía entonces uno de mis autores preferidos, Alberto Manguel, como conmemoración del 30.° aniversario de la muerte del autor: “Estaba dando una conferencia en São Paulo con [el historiador estadounidense] Robert Darnton, que está visitando América del Sur. Al final del encuentro, se nos acerca un señor [el coleccionista brasileño Pedro Aranha Corrêa do Lago] con una pila de libros para firmar y nos invita a almorzar en su casa. Por supuesto, no aceptamos la invitación de desconocidos, pero empieza a explicarle a Darnton las cosas que tiene del siglo XVIII, piezas de colección, etc., que quería mostrarnos. Entonces, aceptamos la invitación y vamos a su casa al día siguiente […] Entre esos documentos, nos muestra el manuscrito de “La biblioteca de Babel”, de Borges. Y no solo un manuscrito, porque Borges hacía varios borradores y el último de ellos era el que se enviaba, para ser pasado a máquina, a la revista Sur e imprimirlo. Era un borrador intermedio, porque había muchas tachaduras, correcciones, opciones de palabras. Entonces, es casi un mapa de cómo Borges pensó el cuento, que es uno de los más importantes de la literatura universal y el símbolo que la Argentina ha dado al mundo” (1).

En el mundo digital actual, Manguel aporta una reflexión extraordinaria sobre la disponibilidad de ese manuscrito para conocer el texto y contexto que utilizó Borges al redactarlo, donde cualquier tachadura es un claro objeto de investigación para personas curiosas, ávidas de conocer el sentido de la vida: “Tener un manuscrito de Borges es importante y hay un placer fetichista en tener una nota o una firma de él; pero el manuscrito de “La biblioteca de Babel” u otros de distinto tipo, con las correcciones de Borges, son importantes desde un punto de vista filológico, filosófico y literario. Es decir, estudiando este manuscrito, podemos ver la escritura de Borges; cómo lo construyó; la manera en que pensó el texto; el modo en que consideraba el acto de escribir, como un acto tecnológico, buscando las palabras que tiene las suficientes sílabas para marca el ritmo de una frase y no solo la idea detrás de la construcción. Todo este análisis lo permite este manuscrito. Los bibliotecarios están analizándolo para ver lo que hay detrás de las tachaduras, para ver qué fue lo que Borges escribió y después decidió no escribir. Es un proceso que revela la biografía de un texto. Es algo que en la época electrónica se está perdiendo porque todo texto que escribimos es el último y no quedan trazos de los distintos ensayos que llevan al texto que se publica”.

Si he recordado este cuento se debe a un motivo, la configuración de aquella Biblioteca, en un apartado preciso: se podía dormir, de pie, en ella (verán luego por qué), entre otros pormenores fascinantes: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante”.

Continúa Borges expresando que “como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos”, hasta llegar a la justificación de su estructura; “La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible. A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas. El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros.

Las cifras que se pueden manejar en el corazón de la Biblioteca de Borges son impresionantes, buscando el sentido de la vida, donde las personas, según él, somos imperfectas bibliotecarias. Recomiendo su lectura, no una sino varias veces porque cada lectura es como cavar un pozo con una aguja dada la calidad de su escritura y la profundidad de cada palabra y frase escrita e hilvanada con las demás. Es una auténtica joya de la literatura. En sus frases finales, encuentro un sentido especial a lo que quería compartir hoy con la Noosfera, un relato sobre la Biblioteca Gladstone, en Gales, que he vivido como un sueño experimentado en una de sus habitaciones, al ser la única biblioteca en el mundo que ofrecen alojamiento para seguir leyendo, para seguir soñando despiertos, como si visitara la biblioteca de Babel convertida en un paraíso al alcance de mi alma de secreto en estos momentos tan especiales de pandemia: “La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana – la única – está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. […] Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica [subrayado en el manuscrito original]. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Un cuento para un niño querido, sobre la Gladstone Library

Érase una vez una librería en el País de Gales (UK), de cuyo nombre queremos acordarnos ahora, Gladstone, que pensó un día no lejano que sus estanterías podrían tener nombre, porque necesitaban tener vida humana como soporte de los ejemplares de autores desconocidos (por ahora) que tenía que sustentar. Tener vida, en definitiva. Eran muchas, exactamente 1.001, que dibujaban el entramado interior de la Gladstone Library, que así era su nombre completo y que alberga en la actualidad más de 250.000 textos impresos. Ocurrió que vino en 2020 una pandemia que obligó a cerrarla por primera vez en sus más de 120 años de vida. Cuentan los sabios del lugar que allí se podía dormir entre libros, porque era la única librería en el mundo que permitía hacerlo. Está en un lugar precioso de Gales, concretamente en una pequeña parroquia rural de Hawarden, en el noreste, cerca de Liverpool y más cerca aún de la frontera con Inglaterra. Los libros se quedaron solos y ya nadie venía a tocarlos, leerlos y dormir junto a ellos para hacerles compañía.

La situación de soledad sonora de la Gladstone Library necesitaba buscar alternativa y la encontró haciendo un llamamiento mundial para que en 2021 pudiera abrir de nuevo sus puertas, gabinetes de lectura y habitaciones para descansar junto a los libros que se aman. ¿Cómo? Los libros se rebelaron contra el coronavirus y reclamaron atención personal inmediata. Nuestro niño protagonista conoció este reclamo tan humano en defensa de la cultura y acudió inmediatamente a la llamada. Consistía en ofrecerse a sostener económicamente una estantería de la biblioteca, donde figuraría su nombre para el presente y la posteridad, aportando una cantidad en libras, aunque le habían enseñado que no había que confundir nunca valor y precio. Un solo estante por persona que albergaría libros desconocidos por ahora pero que cuando se reúnan los mil y un nombres se sabrá a quien acompañan y cobijan durante las veinticuatro horas del día.

Llegará el momento en que en los archivos de la biblioteca Gladstone se podrá localizar un libro determinado en la estantería que lleva el nombre de este niño querido. Y también se conocerá en su Libro de Agradecimientos una frase que contiene el secreto de este relato: participó porque un día le contaron que esta iniciativa era para mantener viva una “clínica del alma”, de nombre Gladstone Library.

Así sucedió y así lo contaron a sus padres, para que siguiendo la tradición de los primeros libros, lean este relato a ese niño querido y viajen a Hawarden con un objetivo: acompañar los días que quieran a los libros de la Gladstone Library, dormir junto a ellos, buscar la estantería con su nombre y apellidos, leer conjuntamente las palabras anteriores en el libro de agradecimientos y prometer a todos los libros que lean en su casa que nunca los dejarán sin sustento y solos, porque los aman y eso nos basta.

Borges agregaría este cuento a su biblioteca imaginaria, estando presente como espectro en la lectura del suyo, en una de las habitaciones de la Gladstone Library, muy cerca del estante que soporta su obra y que quizá lleve el nombre de ese niño querido, para que su pequeña alma se alimente de la lectura que encontrará siempre en un Paraíso llamado Gladstone.

Un día, que alguna vez será lejano, recordará ese niño querido que él ayudó a que esa Biblioteca nunca más tuviera que cerrar por razones ajenas a su alma. Él, desde el hexágono donde nació, volverá a contar este cuento a quien desee visitar ese pequeño paraíso en Hawarden.

(1) Así fue el momento en el que Alberto Manguel encontró el manuscrito de La biblioteca de Babel, de Borges | Ministerio de Cultura

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Érase una vez un pájaro perdido…

charran artico

Es un reto difícil. Saramago, en su relato “La flor más grande del mundo”, hacía al final la siguiente pregunta: ¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

Hoy es ese día, pero escribiendo por mi parte solo una pequeña introducción al mismo, que siempre recuerdo en días en los que los regalos se hacen presentes. Me refiero a un pájaro perdido que aprecio mucho, el 178 según Rabindranath Tagore, recuperándolo ahora como si fuera una anilla recordada por mí, sentado a la sombra de un pino solitario (grande, muy grande) de la carretera de Umbrete a Bollullos de la Mitación, ambos pueblos cercanos a Sevilla, en diciembre de 1965 y que eché a volar en mi imaginación. Era una época en que crecía en la búsqueda de la verdad machadiana, ni tuya ni mía, porque haciendo caso a D. Antonio la guardé siempre en una jaula dorada de silencios. Pasando páginas amarillas de un libro maravillosamente usado, que compré hace ya muchos años para hacer un regalo muy especial, con dos apellidos anónimos en la página interior del título: Gómez Aldemira, XI-1959, donde encontré por fin el pájaro perdido (el 178), que había buscado incluso en épocas en que me había distraído con un encantador de pájaros, Papageno, que me había presentado Mozart a través de sus limpias manos puestas sobre mí:

A mis amados les dejo las cosas pequeñas;
las cosas grandes son para todos.

Todo lo demás pertenece a la intrahistoria de Saramago en su precioso cuento que, hoy, quiero compartirlo con la Noosfera, como si fuera una estela interminable de un regalo digital pequeño (que también existe). Es una historia muy bonita.

Así pasó y así lo he contado.

La Flor más grande del mundo
Jose Saramago

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.

Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…

¡Hace ya tanto tiempo de eso!

En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)

Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.

Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…

Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.

El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.

¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.

Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.

Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…

No importa.

Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.

Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.

Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.

Y ésa es la moraleja de la historia.

Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…

¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

Sevilla, 5/I/2019, en la víspera de la llegada de los Reyes Magos de un Oriente cada vez más cercano.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://www.surfbirds.com/community-blogs/wp-content/uploads/bghst/c/calidrislanza/32370.jpg

El Congreso del Mundo

EL LIBRO DE ARENA

El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo.

Jorge Luis Borges, en El Congreso (El libro de arena, 1975)

Los cuentos de Borges son un ejemplo de realismo existencial que siempre pone ribetes de acero a la forma en la que intentamos comprender, cada día, cómo se desenvuelve la vida ordinaria. He vuelto a leer, recientemente, El Congreso, cuento que nos aproxima al relativismo del mundo en el que vivimos, poniendo cada persona y cosa en su sitio. Es un ejercicio de reflexión certera sobre los límites de vivir apasionadamente, donde la política juega un papel esencial.

Simulando la experiencia de uno de los protagonistas del cuento, Alejandro Ferri, que habita en un Sur que ya no es un Sur (que tanto reivindico), leo lo que sucedió a un grupo de personas singulares que un día ya lejano tomaron la decisión de crear un Congreso del Mundo, en momentos en los que la cuenta atrás de la vida aparece con una frecuencia inusitada: “Soy ahora el último congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que no lo sea, pero yo lo soy de otro modo. Sé que lo soy; eso me hace diverso de mis innumerables colegas, actuales y futuros. Es verdad que el día 7 de febrero de 1904 juramos por lo más sagrado no revelar —¿habrá en la tierra algo sagrado o algo que no lo sea?— la historia del Congreso, pero no menos cierto es que el hecho de que yo ahora sea un perjuro es también parte del Congreso. Esta declaración es oscura, pero puede encender la curiosidad de mis eventuales lectores”.

Es verdad que la curiosidad por conocer la intrahistoria de este cuento está garantizada, pero lo que más me ha interesado es saber por qué nace esta idea y qué pasó después en su devenir histórico, narrado por el propio Ferri: “No puedo precisar la primera vez que oí hablar del Congreso. Quizá fue aquella tarde en que el contador me pagó mi sueldo mensual y yo, para celebrar esa prueba de que Buenos Aires me había aceptado, propuse a Irala que comiéramos juntos. Éste se disculpó, alegando que no podía faltar al Congreso. Inmediatamente entendí que no se refería al vanidoso edificio con una cúpula, que está en el fondo de una avenida poblada de españoles, sino a algo más secreto y más importante. La gente hablaba del Congreso, algunos con abierta sorna, otros bajando la voz, otros con alarma o curiosidad; todos, creo, con ignorancia. Al cabo de unos sábados, Irala me convidó a acompañarlo. Ya había cumplido, me confió, con los trámites necesarios”.

Lo que sucede allí queda para quienes quieran leer el cuento de Borges, pero hay algunos matices que adelanto sin rubor alguno porque me han ayudado a comprender las limitaciones que impone la vida a los grandes sueños por nobles que sean. Las reuniones de los sábados en la Confitería del Gas, los atrevidos congresales, que serían quince o veinte, que manifestaban respeto reverencial al presidente efectivo de ese proyecto tan noble, de nombre Alejandro Glencoe, junto a otros nombres y una sola mujer con funciones de secretaria. También había un niño de unos diez años. Dice Ferri que “el Congreso, que siempre tuvo para mí algo de sueño, parecía querer que los congresales fueran descubriendo sin prisa el fin que buscaba y aun los nombres y apellidos de sus colegas. No tardé en comprender que mi obligación era no hacer preguntas y me abstuve de interrogar a Fernández Irala, que tampoco me dijo nada. No falté un solo sábado, pero pasaron uno o dos meses antes que yo entendiera. Desde la segunda reunión, mi vecino fue Donald Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud, que me daría lecciones de inglés”.

Comienza a desarrollarse esta microhistoria, apasionante y llena de incertidumbres, en la que don Alejandro Glencoe, sueña con “organizar un Congreso del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones. El centro de las reuniones preliminares era la Confitería del Gas; el acto de apertura, para el cual se había previsto un plazo de cuatro años, tendría su sede en el establecimiento de don Alejandro. Éste, que como tantos orientales, no era partidario de Artigas, quería a Buenos Aires, pero había resuelto que el Congreso se reuniera en su patria. Curiosamente, el plazo original se cumpliría con una precisión casi mágica”.

Empiezan a aparecer los gestos ejemplares de aquel Congreso en ciernes: desparecerían las dietas que empezaron a cobrarse, comprobándose que “Esa medida fue benéfica, ya que sirvió para separar la mies del rastrojo; el número de congresales disminuyó y sólo quedamos los fieles. El único cargo rentado fue el de la Secretaria, Nora Erfjord, que carecía de otros medios de vida y cuya labor era abrumadora. Organizar una entidad que abarca el planeta no es una empresa baladí. Las cartas iban y venían y asimismo los telegramas. Llegaban adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán. Un boliviano señaló que su patria carecía de todo acceso al mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno de los primeros debates”.

Surge el problema de base: ¿cómo tan pocas personas, que además no cobran, pueden llegar a formar el Congreso del Mundo? Es verdad que se sugiere que se hagan agrupaciones de representaciones y es curiosa la propuesta que hacen a Ferri, en boca de su presidente: “El señor Ferri está en representación de los emigrantes, cuya labor está levantando el país”. Sin comentarios. Otro protagonista de difícil pronunciación, Twirl, hizo la propuesta de que el Congreso del Mundo no podía prescindir de una biblioteca, aprobándose por unanimidad la misma. Tanto avanza el proyecto que don Alejandro invita a todos los asistentes a las reuniones preparatorias de la fundación del mismo a una propiedad suya en Uruguay, La Caledonia, a la que llegan para conocer el estado de las obras que se están desarrollando allí para acoger el Congreso del Mundo.

Se distribuyen por el mundo los contados miembros regulares del proyecto, con objeto de enriquecerlo en aquellas materias en las que estaban interesados en las utopías que solo se podían encontrar en París y Londres. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó un día especial en el que don Alejandro, en su casa, donde se archivaban los fardos de libros adquiridos para la biblioteca del Congreso, dijo en presencia de varios congresales del mundo: “Vayan sacando todo lo amontonado ahí abajo. Que no quede un libro en el sótano”, con otra orden explícita: “Ahora le prenden fuego a estos bultos…”. Sobrevolaba allí una frase comentada por uno de los asistentes a este momento trágico: “Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría”.

Dicho y hecho. Don Alejandro lo explicó de forma precisa: “Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.

Tomaron un coche de caballos y pasearon por calles amigas, por donde quería el cochero. Ferri lo narra con precisión existencial: “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida. La que ahora quiero historiar es mía solamente; quienes la compartieron han muerto. Los místicos invocan una rosa, un beso, un pájaro que es todos los pájaros, un sol que es todas las estrellas y el sol, un cántaro de vino, un jardín o el acto sexual. De esas metáforas ninguna me sirve para esa larga noche de júbilo, que nos dejó, cansados y felices, en los linderos de la aurora. Casi no hablamos, mientras las ruedas y los cascos retumbaban sobre las piedras”.

Es verdad. Formamos parte del Congreso del Mundo, tú y yo, todos.

Sevilla, 15/VIII/2018

 

 

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