Hoy recuerdo el comedor de Begoña, en Guernica

Museo de la Paz, Guernica

Sevilla, 26/IV/2022, en el 85º aniversario del bombardeo aéreo en Guernica

Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo. Lo leí exactamente así en la portada de un libro en espera paciente de ser vendido en mi librería habitual de calle, en una mañana del verano de 2018. Así hablaba Picasso sobre el Guernica cuadro que pintó en 1937, por encargo de la República para el Pabellón de España de la Exposición Universal de París de ese mismo año, transmitiéndonos una forma diferente de interpretar el arte y la cultura. Es verdad que es una expresión en un contexto definido y con resonancias múltiples al contemplarlo hoy en cualquier espacio de nuestras casas. A mí me ocurre cada vez que lo observo en su pared azul de la mía, habiéndome acompañado siempre en el largo camino del timbo al tambo de la vida. Probablemente porque su resonancia me recuerda que no esta ahí como oscuro objeto de decoración sino como revulsivo para vidas quietas ante el enemigo que acecha por todas partes.

Es una litografía que compré en el Casón del Buen Retiro en Madrid, durante una visita inolvidable en su emplazamiento provisional, donde me recreé en este cuadro original, durante mucho tiempo, para intentar comprender su mensaje, tanto implícito como explícito. Lo que me duele todavía hoy es haber crecido sin conocer nada de su existencia, porque se prefería ignorarlo junto a su autor, proscrito hasta la saciedad por una de las dos Españas, la de toda la vida, mientras la otra seguía teniendo helado el corazón. Me he acercado a la habitación donde está colgado y lo he recorrido visualmente como un pequeño homenaje en este reencuentro con mi moviola de secreto, personal e intransferible. Siempre descubro algo nuevo, porque tiene un mensaje subliminal que recorre el color triste que lo acompaña. Como aprendí de Oliver Sacks, salvando lo que haya que salvar, en el tiempo real de aquél horrible bombardeo nos dejaron ciegos al color, como nos pasa muchas veces en la vida al ver casi todo de un color gris o negro perturbador.

Picasso nos deja una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. No hay hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus. En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva. Nos debería servir hoy para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible. Fue un regalo de la vida en una librería de paso, con valor, sin precio, evitando la confusión de todo necio. Un auténtico aviso para navegantes hacia la isla desconocida del alma de todos y la de secreto.

Hoy he recordado también, especialmente, mi visita a Guernica en 2018, de la que guardo impresiones que no olvido y que recogí en unas palabras escritas al regreso de aquél viaje tan enriquecedor en relación con la memoria histórica sobre la Guerra Civil de este país en el pasado siglo. Todo comenzó al llegar a Guernica, cuando un niño nos indicó dónde estaba el Museo de la Paz: “junto a… (silencio) donde se reza, al final de esta calle, junto a una iglesia…”. Fueron palabras que alumbraban simbólicamente una visita anunciada en mi alma, Guernica, un lugar que me ha acompañado siempre a través del cuadro de Picasso, dondequiera que haya ido en el timbo al tambo de la vida. Volvía de nuevo a caminar por sus calles en la paz actual de Euskadi, todo un símbolo, en Gernika-Lumo, por respeto a su identidad actual.

Accedimos a la sede de la Fundación Museo de la Paz de Gernika, iniciando la visita en la exposición permanente, que gira en torno a tres preguntas: ¿Qué es la Paz?, ¿Qué ocurrió en Gernika en un momento de ausencia de paz? y ¿Qué pasa actualmente con la Paz en el mundo? Todo se podía fotografiar o grabar, sin restricción alguna. A la primera pregunta, hay un hilo conductor de la mismauna amplia gama de ideas, conceptos, pensamientos y puntos de vista sobre la paz, y especialmente una idea contemporánea en la que la paz, con el objetivo de resolver conflictos, brota por sí­ misma de manera positiva en las relaciones entre las personas. La historia de la paz no debe ser la historia de la finalización de los conflictos. Esta primera pregunta se aborda en las siguientes salas: los caminos de la paz, con contenidos expresos sobre la paz acordada, la paz interior, el Planeta azul, planeta paz, la paz de cada dí­a, cómo organizarse por un deseo: la paz y una acción de paz: una actitud personal. La segunda sala está dedicada a la paz en el siglo XXI, o lo que es lo mismo, paz de vida, paz negativa y las herramientas por la paz.

La segunda pregunta, ¿qué ocurrió en Gernika en un momento de ausencia de paz?, pretende hacer una lectura de la historia de Gernika-Lumo y la Guerra Civil española, el episodio del bombardeo y la ejemplar lección de paz que nos ofrecen los supervivientes de aquel trágico hecho reconciliándose con sus agresores, así como otras reconciliaciones y mediaciones de paz en el mundo. Se aborda en una sala especial: 26 de abril de 1937: Todos fueron Begoña, con una escenografía y audiovisual sobrecogedores, que recrea el comedor de una casa de Gernika el 26 de abril de 1937. Sentados en un banco, en penumbra, escuchamos sobrecogidos la narración de Begoña en aquel fatídico día, incluido el ruido ensordecedor de las bombas.

Continúa la visita con un espacio dedicado a La ciudad nos hablaGernika-Lumo, una historia anterior, detallando aspectos tales como los primeros pobladores, la fundación de la villa, fueros y revueltas, el boom industrial, los tiempos modernos, la España de preguerra, Gernika en los años 30, la segunda república, la autonomí­a de Euskadi, el inicio del conflicto: la Guerra Civil española; continúa con el bombardeo de Gernika, el ataque aéreo: aspectos militares del bombardeo, la destrucción de la ciudad, la ocupación de Gernika, la vivencia del bombardeo, la difusión del bombardeo, Gernika después de la guerra: el franquismo y la represión y por último, el camino hacia la reconciliación, con la presentación de un audiovisual, In Memoriam, presentación audiovisual creativa que invita a reflexionar sobre la tragedia, la destrucción, la esperanza y la vida.

A esta altura de la experiencia de pensamiento y sentimiento por la cercanía de lo ocurrido en el comedor de Begoña, abordamos las respuestas a la tercera pregunta, ¿qué pasa actualmente con la Paz en el mundo?, con una mirada a través del Guernica de Picasso y mediante una reflexión sobre los derechos humanos como prisma para observar el actual estado de la paz en el mundo. Pasamos a las tres salas que permiten plantear unas alternativas a la sinrazón actual, a través de tres miradas: a la vida, a la libertad y a la igualdad.

La verdad es que es difícil explicar con palabras los sentimientos que afloran en esta experiencia de los sentidos. El Museo de la paz de Gernika-Lumo no nos dejó indiferentes y salimos hacia el exterior en silencio, sumidos en un respeto a una forma de abordar lo ocurrido en su memoria histórica solamente a través de un camino: el trabajo diario y solidario por la implantación de paz en el mundo, que empieza en la autosatisfacción de uno mismo.

GERNIKA GERNIKARA
Mural El Guernica a Gernika / JA COBEÑA

Fuimos a ver el mural del Guernica de Picasso con una leyenda en su base, El Guernica a Guernica, como una forma de reivindicación popular del cuadro para que se entregue un día no lejano al lugar que lo hizo tristemente famoso. Desde allí nos dirigimos al árbol que constituye la razón de ser democrática del pueblo vasco, situado junto a la Casa de Juntas, un roble centenario que simbolizaba la costumbre de reunirse las Juntas ante él para tomar las decisiones democráticas que se recogían posteriormente en las leyes vizcaínas hasta finales del siglo XIX. Es un símbolo que perdura hasta nuestros días y curiosamente está situado en la anteiglesia de Lumo tan íntimamente unida a Guernica.

ARBOL DE GUERNICA
El árbol de Guernica / JA COBEÑA

Salimos de Guernica en silencio, con la mirada puesta en el cuadro de Picasso, guardado en nuestra memoria de secreto, que interpretamos mejor que nunca al compartir con Begoña el drama de su terrible bombardeo, el 26 de abril de 1937. Picasso nos legó una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. Hay pocos hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva, sobre todo para los más débiles, mujeres, niños y ancianos. Nos debería servir hoy, cuando asistimos al terrible asedio de Ucrania, para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible.

Sigo sin olvidar hoy a los niños y niñas de Guernica, que jugaban aquella tarde en sus aceras, hablando en euskera, con aires de libertad, en paz. También, resuena todavía en mi conciencia el terrible bombardeo de Guernica, simulado en la habitación de Begoña. Lógicamente, comprendo una vez más que el cuadro pintado por Picasso sobre lo ocurrido en Guernica no está pintado para decorar apartamentos, sino para alertar constantemente a almas inquietas, porque es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo, que acecha en tácticas cuidadas para acosar y demoler la democracia. Estas palabras de Picasso las recupero hoy de nuevo contemplando el Guernica con admiración aristotélica, con la que está cayendo en el país, porque el fascismo siempre acecha y desea entrar por los resquicios de la democracia y la libertad. Nunca he querido desprenderme de mi litografía, a pesar de mis turbaciones y mudanzas asociadas, desoyendo a Ignacio de Loyola. Cada vez que lo contemplo, intento comprender su mensaje, tanto implícito como explícito. Lo que me duele todavía hoy es haber crecido sin conocer nada de su existencia, porque la Autoridad Competente de mi época, Militar por Supuesto, prefería ignorarlo junto a su autor, proscrito hasta la saciedad por una de las dos Españas, la de toda la vida, que todavía se añora por muchos, mientras la otra seguía teniendo helado el corazón.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Judas, traidor y mediocre

Leonardo da Vinci, Il Cenacolo (1495-1498), fragmento en el que aparecen por este orden Judas, Pedro y Juan

Sevilla, 14/IV/2022 (publicado anteriormente el 1/IV/2021 / actualizado)

A pesar del tiempo transcurrido, Judas, y lo que representa, sigue vivo entre nosotros y recobrando cada día que pasa más actualidad. Desde una perspectiva laica, hoy es un día para no recordar en ciertos relatos históricos sobre la vida apasionante de un líder carismático, Jesús de Nazareth, al que profeso admiración, al visualizarse también la de un traidor de nombre Judas, un enemigo contemporáneo suyo, amante de silencios cómplices como personaje miserable y mediocre, de libro, que tanto detesto. Hoy he vuelto a identificarlo para quedarme con su cara, por lo que simboliza, en una obra maestra que no olvido, La Última Cena (Il Cenacolo), pintada de forma magistral por Leonardo da Vinci, obra que se conserva con celo reverencial en la iglesia de Santa María delle Grazie en Milán desde el siglo XV.

Jesús lo dijo de forma directa y escueta, según nos lo cuenta el joven periodista Marcos (Mc. 14, 17-21) en aquellas horas previas a su detención y muerte: “Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: “Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros, que come conmigo”. Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”. Él les dijo: “Uno de los Doce que moja conmigo en el plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”.

Leonardo da Vinci captó aquellas palabras de forma magistral, pintando a dos de los apóstoles que ya habían demostrado su lealtad, Simón Pedro y Juan junto a Judas, el tesorero del grupo, que no soltaba la bolsa con el dinero por el que vendería a Jesús, teóricamente su amigo, con un gesto de cierta sorpresa, algo muy clásico en los miserables y mediocres. Lo refrendaría poco tiempo después el beso a Jesús como señal para su detención, que el joven Marcos lo narró con alma periodística (Mc. 14, 43-46): “Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar, les había dado esta contraseña: “Aquél a quien yo dé un beso, ése es, préndedle y llevadle con cautela”. Nada más llegar, se acerca a él y le dice: “¡Rabbí (Maestro)!”, y le besó. Ellos le echaron mano y le prendieron”.

Estaban avisados y ya lo comentó Juan con detalle en su evangelio (Jn 12,1-8), cuando afirmó que Judas se quedaba con el oro destinado a los pobres: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde se encontraba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”. -No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella-. Jesús dijo: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Judas es un prototipo de persona que perdura a día de hoy. Era todo un clásico, tradicional por antonomasia, conocido como Iscariote, nacido en Kariot, un entorno conservador al sur de Judea, lo que no le supuso problema alguno de conciencia en la traición a Jesús, que ya lo conocía bien por alguna que otra fechoría económica durante el tiempo que pasaron juntos y porque no supo apreciar nunca el valor de la amistad honrada y verdadera. La historia de la literatura en relación con Judas no ha perdido tampoco el tiempo, incluso para buscar una posible justificación a su infamia. Es lo que propuso Jorge Luis Borges con un cuento inquietante y metafórico, Tres versiones de Judas, donde expone lo que un autor de principio de siglo, Nils Runeberg, intentó desarrollar en una publicación de 1904, Cristo y Judas, con un epígrafe inquietante: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas. No acabó bien su autor a pesar de su esfuerzo por justificar lo que no había por donde cogerlo. Creo que el papel de Judas en la historia no merece muchas explicaciones. No supo apreciar lo que le ofreció un gran amigo y, además, no aprendió nada con él. Sólo quería mantener su puesto de tesorero del grupo de Jesús y traicionarle por treinta monedas entregadas por la Autoridad Competente de su tierra, religiosa por supuesto, confundiendo una vez -como todo necio- valor y precio. Nada más y nada menos, porque como tantas veces ha ocurrido en la historia, ocurre hoy y ocurrirá en el futuro, están más cerca de nosotros de lo que creemos. Ante las situaciones difíciles de la vida, los nuevos Judas, como salvadores mayores del Reino del Mundo y de este País, harán como el protagonista del cuento de Borges: intentar justificar lo injustificable, argumentando que no una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a los traidores integrales, son falsas.

Para que todo lo anterior no se nos olvide en este jueves santo y laico a la vez, cuando la dura realidad es que, a pesar de esos nuevos Judas que pululan por el mundo, seguimos teniendo muchos pobres y nadies entre nosotros, a las que personas anónimas, como casi siempre, les ofrecen en vida todo lo que tienen, sin nada a cambio, aunque sabemos que incluso llegan a entregarles sus vidas. Las palabras en clave de Jesús en Betania, ante Judas, nos lo recuerda con la calidad que nuestros mayores han protegido siempre la tradición oral hasta nuestros días. Lo que es incontestable es que los nuevos Judas están mucho más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos. Leonardo da Vinci dio fe de ello.

¡UCRANIA, Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Hoy, día de San José, es siempre todavía

Georges de la Tour (1593- 1652), La Aparición del ángel o El Pensamiento o Sueño de San José, hacia la primera mitad del siglo XVII.

Sevilla, 19 de marzo de 2022, festividad de San José

Llevo un nombre no inocente en la España que nací, una fusión de José y Antonio, de feliz memoria por sus orígenes, los nombres de mi padre y padrino, respectivamente. No supe, hasta que dejé de hacer las cosas de niño, que esa fusión se pretendía justificar en la época de la dictadura con un falangista de pro, José Antonio Primo de Rivera, pero eso es harina de otro costal en el discreto encanto de la burguesía madrileña en el que crecí. Hoy, festividad de San José, según el santoral católico, apostólico y romano, tomo conciencia de que este hoy es siempre si atendemos al hecho de la celebración del recuerdo de una persona que tuvo un papel muy importante en los relatos ancestrales de la humanidad y que varias veces he hablado de él en este cuaderno digital, porque -la verdad sea dicha- es un personaje muy curioso.

Personalmente, cada año me aproximo a su realidad humana para intentar comprender este relato que, humanamente hablando, es difícil de entender y explicar. De ahí haber elegido hoy este proverbio de Antonio Machado, Hoy es siempre todavía, tan escueto, tan profundo, porque la historia de mi nombre y su celebración durante setenta y cuatro años me demuestra que cada hoy es un paso más en el camino de siempre, en el cada día de mi vida. Desde aquel edulcorado San José con su vara de nardo en la mano derecha, de mi niñez rediviva, estático y mudo, al que ahora muestro en mi alma de secreto como un ayo –más o menos con mi edad, como lo representa Georges de la Tour– o tal y como lo sintió y escribió Teresa de Jesús en su Libro de la Vida (6, 6-8): “a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas [las peticiones], y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía nombre de padre siendo ayo, le podía mandar-, así en el Cielo hace cuanto le pide”. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en la historia más sorprendente y jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirlo así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares.

Georges de La TourEl recién nacido (1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

Lo he sentido así contemplando una vez más tres óleos de Georges de La Tour, El pensamiento o sueño de San José, El recién nacido y San José carpintero, atendiendo a la trayectoria vital del protagonista del relato histórico sobre José. En el primer óleo, aparece maravillosamente reflejada la humanidad plena de José, su desconcierto existencial. En el segundo, en pleno nacimiento de Jesús, no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista presencial de esta historia mágica, probablemente porque asumió como nadie el papel de “ayo”, tal y como se recoge en el tercer óleo, enseñándole a su “hijo” el trabajo de carpintero. En estos cuadros sobrecoge el silencio y la austeridad tan bellamente retratadas por el pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes” (1). Sin medallas, sin atributos laicos ni sacros. Sin collares o anillos. Sin nada, solo con el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a un niño que José intentaba querer como suyo, siendo sólo ayo, rodeado de confusión y misterio.

Georges de la Tour (1593- 1652), San José carpintero, hacia 1642 – 1644.

La palabra “ayo” ha evolucionado también con el paso de los tiempos, aunque su significado profundo se ha mantenido siempre en el terreno de la responsabilidad en el ámbito de la educación: persona encargada en las casas principales de custodiar niños o jóvenes y de cuidar de su crianza y educación. José se transforma así en un educador nato, aunque desde el principio sólo correspondía su estatus a las clases sociales altas, hasta que Teresa de Jesús lo apea de su santa peana. Su papel en la historia sempiterna, de siempre, en el santoral, me parece sorprendente, como lo era para Teresa de Jesús, porque como cuidador de una mujer y de un niño de nombre Jesús, de una prudencia benedictina, un compañero de vida, un artesano carpintero, era tenido en cuenta por Dios ya que le atendía siempre en todas sus peticiones, con especial relevancia en el espectro de su santoral querido, que era amplio: “Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento. […] Paréceme, ha algunos años, que cada año en su día le pido una cosa y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. […] Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas, que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a san José por lo bien que les ayudó en ello. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino” (6,7).

He querido hoy resaltar la figura de José de Nazareth de nuevo, como protagonista de un relato multisecular, dueño de sus silencios, aunque fuera un secreto a voces la asunción de su papel en la historia difícil de María y en la suya propia. Como he manifestado en otras ocasiones, me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Creo, sinceramente, que fue un buen compañero. Hoy, comprendo mejor que nunca las palabras de Teresa de Jesús en el libro de su vida dedicadas a las personas que deberían ser “aficionadas” a San José: “no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos”.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

Hoy, festividad de San José, es siempre todavía. Para mí, queda demostrado que José fue un buen compañero de María. Como a Santa Teresa, a mí eso me basta.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando el realismo mágico nos entrega esperanza y vida

Sevilla, 16/III/2022

Se inaugura hoy en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el Museo de Todos, como indica su eslogan publicitario que, en este caso, es una verdad como un templo porque el alquiler de sus fondos se paga con los Presupuestos Generales del Estado, una exposición dedicada al Hiperrealismo, el arte del trampantojo: “Pintar imágenes que no puedan diferenciarse de la realidad ha supuesto un desafío para artistas de todos los tiempos. La habilidad para engañar al espectador haciendo pasar lo pintado por real a través de las leyes de la óptica y de la perspectiva es todo un juego cuyos primeros ejemplos se conocieron a través de textos literarios griegos. Desde entonces, el trampantojo ha tenido en las artes una larga presencia, con periodos de notorio florecimiento, como el Renacimiento o el Barroco, para decaer tras el Romanticismo, pero sin llegar a desaparecer nunca del temario artístico. La exposición Hiperreal. El arte del trampantojo propone una revisión del género a través de un conjunto de obras de alta calidad que pone en evidencia los temas más representativos de la pintura de caballete. El arco cronológico abarca desde el siglo XV hasta el XXI, pero las obras se presentan ordenadas por materias y escenarios, independientemente de su fecha de ejecución, para poder así resaltar la continuidad del género, que se prolonga hasta nuestros días”.

El trampantojo, en su acepción actual, tomada de la expresión francesa, “trompe l’oeil’ -engañar al ojo-, una locución coloquial nacida en 1806, que se entiende como “trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es”. Los primeros vestigios de esta ilusión óptica se retrotraen a Grecia, tal y como nos lo ha transmitido Plinio el Viejo, en su obra Historia Natural,35: “Fueron contemporáneos suyos [de Zeuxis] y rivales Timanthes, Androcides, Eupompo y Parrasio. Se dice que este último concurrió a un certamen con Zeuxis, que pintó unos racimos de uvas con tal perfección que unas aves volaron hacia el dibujo; que él mismo pintó una cortina representada con tal veracidad que Zeuxis,  engolado con el juicio de los pájaros,  reclamó que se retirase la cortina y mostrase la pintura; comprendiendo su error, le concedió la victoria con ingenuo candor, porque él había engañado a los pájaros, pero Parrasio le había engañado a él que era un artista. Se dice que más tarde Zeuxis pintó a un niño llevando unas uvas a las que fueron volando unos pájaros y con la misma ingenuidad se mostró irritado con su obra y dijo: “he pintado mejor las uvas que al muchacho, pues si lo hubiese hecho a la perfección los pájaros habrían tenido miedo de él”. Contemplar uno de los cuadros de la exposición en el Thyssen, en concreto Bodegón con cuatro racimos de uvas (c.a. 1636), una obra maravillosa de Juan Fernández “el Labrador”, nos ayuda a comprender lo que contaba Plinio sobre la disputa citada de los dos grandes pintores hiperrealistas griegos, Zeuxis y Parrasio.

Juan Fernández “el Labrador”, Bodegón con cuatro racimos de uvas (c.a. 1636), Óleo sobre lienzo, 45 x 61 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado.

La exposición trata el hiperrealismo a través de los siguientes apartados: “Puesta en escena, dedicado al bodegón; Figuras, encuadres y límites, sobre el engaño a través del marco pintado; Huecos para curiosos, representaciones de hornacinas, vanos o armarios con objetos que engañan al ojo del espectador; Muros fingidos: tablones y paredes, convertidos en escenarios para exhibir objetos que muestran la pericia del artista; Desorden perfecto, dedicado a los rincones de artista y a los quodlibet, subgéneros del trampantojo; Llamada a los sentidos, con composiciones cuyo tema principal son las esculturas y las flores; Renovación americana y su estela, dedicado a los renovadores del género en Estados Unidos y a su influencia, y Trampantojo moderno, con piezas que destacan por mostrar la habilidad y la imaginación de sus autores para sorprender, con especial atención a los siglos XX y XXI. La muestra termina con una obra del escultor Isidro Blasco, encargada exprofeso para cerrar el recorrido”.

Pere Borrell y del Caso, Huyendo de la crítica (1874)

He tratado en este cuaderno digital, en varias ocasiones, esta forma de expresión artística y de su correlato en la percepción humana de admiración y sorpresa. La primera vez fue en 2016, bajo el título Cuando nos salimos del cuadro de la vida, en el que analizaba el contenido de una obra de Pere Borrell y del Caso, Huyendo de la crítica (1874), que también figura en la exposición que se inaugura hoy en Madrid. En aquella ocasión lo hice en el contexto de otra exposición que se celebraba en el Museo Nacional del Prado, Metapintura. Un viaje a la idea del arte, escogiendo esta obra de Borrell y del caso porque estaba convencido y lo sigo estando de que la representación de lo que nos sucede en determinados momentos de la vida, tan próximos en estos días por el macrocosmos político y social que nos rodea, se puede expresar muy bien examinando con detenimiento esta pintura. Todos, sin excepción, vivimos en el cuadro que nos pinta la vida a diario. Así nos ven y así lo cuentan a los demás. Así nos vemos y así figuramos ante los otros, con dificultades notorias para salirnos del marco familiar, laboral y social establecido. Agregaba en aquella ocasión que “Groucho Marx, a quien acudo tantas veces para comprender la vida, como su famoso niño de cuatro años, me lo recuerda muchas veces: que se pare el mundo que me bajo. Ahora, contemplando este cuadro tan extraordinario, podría decir sin sonrojo alguno: que pare la exposición permanente de mi vida, que me salgo del cuadro que me imponen. Es verdad. Alguna vez hay que tomar esta decisión para no seguir “exponiéndonos” sin sentido alguno en este mundo diseñado por el enemigo. Es una imagen preciosa, en la que este niño quiere acabar con una ceremonia de confusión que no tiene sentido alguno, en un mundo con una falta clamorosa de valores, donde agradecemos cualquier detalle de calidad humana porque nos parece extraordinario cuando debería ser una experiencia cotidiana”. Actualizando aquel contenido, hoy puedo afirmar que basta recordar las últimas imágenes de los niños ucranianos víctimas de una guerra cruel y sin sentido alguno, para comprender la huida del marco impresentable que a veces nos rodea la vida de cada uno.

Antonio López, La ventana por la tarde (1974-1982)

También quiero dedicar unas palabras a Antonio López, mi admirado pintor hiperrealista, presente en la exposición del Thyssen a través de una obra suya, La ventana por la tarde (1974-1982), donde se puede apreciar su arte para transmitir la realidad viva de lo que estás viendo a través de una ventana de la vida: “Algo pasa cuando miras el exterior desde el interior, no es un gesto más, tiene resonancias muy hondas, profundas, misteriosas.  La forma de la ventana delimitando el campo visual , la anatomía de esa forma, ya son interesantes en sí mismas, y jugar con ideas como la lejanía me parece muy estimulante como punto de partida. Supongo que también tendrá algo psicológico , como mirar por   un agujero, o el animal que se asoma desde su madriguera». En mi publicación La ventana discreta, escogí para la portada una ventana pintada en 1970 por Isabel Quintanilla, una obra adquirida por la Galería Brockstedt, en Berlín, una pintora contemporánea del movimiento hiperrealista en nuestro país junto a Antonio López, fundamentalmente porque acercarme a ella lo hacía en la salida del túnel de la pandemia “a modo de perspectiva esperanzadora sobre la situación que estamos viviendo en cada “carpe diem” particular. Necesitamos abrir ventanas metafóricas que permitan contemplar la vida de otra forma, porque es una oportunidad única de recuperar diálogo interior con nuestra persona de todos y, sobre todo, con la de secreto. Durante estos días es probable que nos sintamos a veces solos ante el peligro, en silencio, pero permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar y reflexionar, pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Las ventanas nos invitan a contemplar de forma diferente lo que antes pasaba desapercibido: la ciudad tranquila, la llegada de la primavera, más pájaros, más vida, aunque sintamos muchas veces el vértigo existencial legítimo. Necesitamos fijar la mirada en lo que auténticamente merece la pena, es decir, levantarnos desde nuestra perspectiva ética e iniciar un camino de compromiso personal y social para cambiar ese horizonte cerrado, clásico, que en el tiempo anterior, al que llamamos pasado, no nos ha llevado a veces a ninguna parte”.

Antonio López e Isabel Quintanilla me han ayudado siempre a aprehender mejor la vida, de ahí mi deuda con el hiperrealismo en este país, que se muestra en todo su esplendor junto a obras internacionales en la exposición que se inaugura hoy en el Museo de Todos, el Thyssen-Bornemisza, en Madrid. Y contemplando de nuevo las ventanas de ambos artistas, a los que tanto debo, que me permiten soñar con un mundo diferente: la ciudad tranquila, la llegada de la primavera, más pájaros, más vida, aunque sintamos muchas veces el vértigo existencial legítimo que me lleva a salirme del cuadro que la sociedad impone, imitando al niño de Borrell y del Caso.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Caminamos por valles de desencanto

Ragnar Kjartansson, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en British Columbia (VIII), 2011. Acuarela.  30,5 x 40,5. Colección privada.

Sevilla, 24/II/2022 (10:14 CET), horas después de conocer la invasión de Ucrania por parte de Rusia, un hecho que indica una realidad inexorable: caminamos por valles de desencanto mundial en una situación de pandemia en la salud mental, propiciada por nacionalismos exacerbados, autoritarismo, corrupción, limitación de libertades, represión y miedo al daño desconocido.

El pasado 21 de febrero se presentó en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el “museo de todos” según reza su eslogan, en el que se paga anualmente el alquiler de su fondo con “el dinero de todos”, una exposición del artista islandés Ragnar Kjartansson (Reikiavik, 1976), Paisajes emocionales, que muestra “su fascinación por América, por sus paisajes y su música, principalmente el country, el blues y el jazz. En esta nueva colaboración con Thyssen-Bornemisza Art Contemporary se exhiben, por primera vez juntas, cuatro de sus videoinstalaciones más reconocidas internacionalmente: The Visitors (2012), The Man (2010), The End (2009) y God (2007), junto a algunas acuarelas. La exposición, abierta hasta el 26 de junio, cuenta con la colaboración de la Fundación Ecolec”. Precisamente ha sido una de sus performances, The End (2009), la que me ha sugerido una reflexión para compartir en la Noosfera la realidad del desencanto que estamos atravesando al salir titubeantes del túnel de la pandemia. Esta videoinstalación está situada en las Montañas Rocosas canadienses como escenario, un lugar que le sirve a Kjartansson para cuestionar la idea romántica del artista y su conexión con el paisaje. The End contempla “Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica” (From the Valley of World-Weariness in British Columbia (2011), una serie de acuarelas pintadas en el mismo paraje, después de un incendio, que transmite una sensación dramática y de nostalgia desesperanzada. ¿Somos árboles quemados a lo largo de nuestro caminar por los valles de la vida? El autor responde a esta pregunta a través de su obra, contemplando el acontecer diario a través de paisajes emocionales.

Tengo presente en esta reflexión a Max Weber, porque ayudó a sus contemporáneos a comprender qué significaba el desencantamiento del mundo o la sacralización de la razón, tal y como lo analizó en una conferencia paradigmática, La ciencia como vocación, muy actual en su fondo y forma: “La intelectualización y racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto; significan que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Pero esto significa el desencantamiento del mundo. A la inversa del salvaje, aún creyente en la existencia de tales poderes, nosotros no tenemos que valernos de medios que obren efectos mágicos para controlar a los espíritus. O incitarlos a la piedad. Esto es algo que se puede lograr por medio de la técnica y la previsión. He ahí, en esencia, el significado de la intelectualización”. Pero plantea una pregunta de difícil respuesta hoy día: “¿Cuál es el sentido actual de la ciencia como vocación? La respuesta más acertada es la de Tolstoi, contenida en las siguientes palabras: La ciencia carece de sentido, puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir. Sería vano discutir el hecho de que, en realidad, la ciencia no responde a tales cuestiones. El meollo del problema está, sin embargo, en que no ofrece ninguna respuesta y en que no contribuye, en definitiva, a plantear adecuadamente tales cuestiones”.

El desencanto merodea por nuestro cerebro y pretende alojarse en él por mucho tiempo. Frente a ello, hoy nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas (las creencias imprescindibles para todo ser humano, según Ferrater Mora), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, la sede de la inteligencia, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal, por qué actuamos de una forma u otra y por qué caemos en el desencanto de vivir. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) (1).

Todo lo anterior me ha llevado a recordar a una oboísta nacida también en Islandia, Arngunnur Árnadóttir, sobre la que escribí en los primeros días de la desescalada de la pandemia, en 2020, porque la música me acompañó siempre junto a la palabra, compañera infatigable en tiempos difíciles, a través de la lectura y escritura. También, Mozart. Hoy, junto al mensaje de Ragnar Kjartansson, a través de su performance The End, donde figura la acuarela que preside estas líneas, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica, vuelvo a reencontrarme con una lectura amable y esperanzadora de la vida desde Islandia, en una orquesta del Norte de Europa, de un país frío, pero con una interpretación impecable del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, de Mozart, en el que el segundo movimiento, Adagio, suena excelentemente bien en el clarinete de una profesora muy joven de la Orquesta Sinfónica de IslandiaArngunnur Árnadóttir, bajo la dirección de Cornelius Meister. También porque me da el calor humano que tanto necesito, descubriendo una vez más el poder de la inteligencia musical de acuerdo con la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, a quien tanto tiempo de investigación he dedicado en mi vida personal y profesional. Árnadóttir es también escritora y poeta, es decir, a ella también le queda la palabra.

Mozart componía estas partituras como homenaje siempre a una persona. En este caso, fue dedicada a su amigo Anton Stadler (1753-1812), compañero en la logia masónica a la que pertenecía el compositor y gran virtuoso en la orquesta de Viena por la forma de tocar el clarinete tenor (corno di bassetto), cuyo sonido se ha logrado alcanzar en los que se fabrican en la actualidad por la incorporación de llaves adicionales. Si he elegido de nuevo esta obra maravillosa de Mozart para buscar salidas en el actual valle del desencanto social, compuesta el mismo año de su fallecimiento, cuando tenía 35 años, se debe a una razón que conocí hace tiempo por una referencia de Arturo Reverter en una obra que guardo en mi maleta de libros elegidos (2), que siempre tengo preparada por lo que algún día pudiera ocurrir al viajar hacia una isla desconocida: «El corazón de la obra es el sublime Adagio […], aunque para algunos autores -Massin- lo que prevalece en definitiva es el optimismo: el músico ha salido victorioso de una lucha en la que ha debido vencer, en esta última parte de su vida, numerosos peligros de todo tipo». Toda una declaración de principios musicales.

Si quieren desconectar de la información tóxica que nos invade, aunque tengamos que adentrarnos a veces por los valles del desencanto de la vida, escuchen conmigo el Adagio según la guía de audición que figura más adelante porque creo que comprenderán mejor que nunca que la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor:

Guía de audición del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Harpa Concert Hall, Reykjavík, 10 de septiembre de 2015

– Allegro 0:27

– Adagio 12:58

– Rondo (Allegro) 20:07

Es difícil añadir palabras a estos momentos mágicos. Solo el consuelo de que en el momento después, el de Benedetti cuando decía «[…] de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido» (3), me queda otro guion que hoy quiero seguir al pie de la letra, unas palabras preciosas de Blas de Otero en su poema «En el principio», para pensar en quienes han perdido la vida en la pandemia y hoy sólo son número de las estadísticas. Y en quienes pierden a diario la voz en la maleza, quedándose en la cunetas de los diferentes valles del desencanto que existe en la actualidad, porque me permite comprender mejor a los que sufren la sed, el hambre; también, en lo duro que es pensar que lo que creemos que es nuestro luego resulta ser nada, porque se siegan a menudo las sombras en silencio cuando en estos días de escándalo político casi a diario he abierto muchas veces los ojos para ver el rostro puro y terrible de mi patria, abriendo al mismo tiempo los labios hasta desgarrármelos pidiendo unión y donde confieso que solo he tenido el consuelo de saber que solo me queda la palabra. Y Mozart. Hoy, desde la lejana Islandia, Ragnar Kjartansson y Arngunnur Árnadóttir, localizados en islas desconocidas del consuelo humano a través del arte, que también existen.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

(2) Reverter, A. Mozart (discografía recomendada y obra completa comentada (2ªed.), (1999). Barcelona: Península, p. 91.

(3) Benedetti, Mario, El Después, en Biografía para encontrarme, 2011. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

En desagravio del pintor Antonio López

Antonio López, La familia de Juan Carlos I

Sevilla, 4/II/2022

Hemos conocido a través de los medios de comunicación un cruce de información sobre la situación actual del famoso cuadro La familia de Juan Carlos I, pintado por Antonio López a lo largo de veinte años, en el sentido de que en numerosas ocasiones ha sido cubierto por un tapiz en diferentes actos oficiales y, como aseguraba esta mañana a primera hora elDiario.es en su edición digital, había sido descolgado del lugar que ocupaba en el Salón de Alabarderos del Palacio Real de Madrid, en los primeros días de la pandemia, marzo de 2020, con nocturnidad y alevosía, al parecer por orden de la dirección de Patrimonio Nacional. Horas más tarde se ha desmentido esta noticia y el cuadro sigue colocado a estas horas en el sitio de siempre, en el Salón de Alabarderos, según he verificado en la consulta realizada en la página oficial de Patrimonio Nacional: “En este salón también se puede contemplar el retrato «Familia de Juan Carlos I», obra del pintor Antonio López. El artista comenzó a trabajar en ella en 1993 y la concluyó dos décadas más tarde”.

Detrás de esta noticia hay una polémica acerca de si ese cuadro debe estar donde está. En este país, tan dado al cainismo con sus símbolos personales e históricos, todo está en peligro de ser removido de su sitio, tal y como hemos podido ver en relación con rotulación de calles, escudos y esculturas del dictador Franco, desmontaje de memoriales en favor de las personas fusiladas durante la Guerra Civil, medallas y distinciones varias. Antonio López, el autor de este retrato de la familia real, consciente de la polémica del retrato en un momento en el que había explotado de forma manifiesta la conducta inapropiada del rey emérito, manifestó en septiembre de 2020 lo siguiente, en el acto de presentación de la exposición retrospectiva suya en la Fundación Bancaja de Valencia, al ser preguntado por la «polémica» sobre la ubicación de la pieza, en el Palacio Real, debido a la situación que estaba atravesando la Corona en general y el rey emérito en particular: “Que hagan lo que quieran, yo no voy a decir nada. Yo creo que el cuadro está bien donde está», ha comentado, al tiempo que ha planteado «qué pasaría si ese problema» se trasladara al Museo del Prado: «¿Habría que quitar “La familia de Carlos IV”, que eran unos sinvergüenzas todos? «¿O quitar al papa Inocencio X de Velázquez porque es feo? ¿Por qué no vemos la pintura, el arte? ¿Qué más da que los dioses egipcios no sean reales y hayan sido cambiados por otros? El arte nos ayuda de otra manera y hay que respetarlo fuera de todas esas incumbencias temporales», ha defendido”. Nunca había pintado ante a una familia y recibió este encargo con mucha ilusión personal y profesional. Antonio López pensaba en ese acto que “La familia de Juan Carlos I” estaba bien donde estaba, pidiendo, asimismo, respeto por el arte.

Me quedo con el sentir de Antonio López sobre su obra en danza, tan discutida en estos momentos, tal y como afirmaba recientemente en la presentación del proyecto “Archivo de creadores”: “el arte está por encima de todo, de las creencias; el arte es algo sagrado, es lo que queda”. La realidad que pinta maravillosamente Antonio López es terca cuando la situamos en el marco de la temporalidad, porque es verdad que todo fluye y nada permanece, porque cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo su momento. Incluso en el arte. En el caso de Antonio López, como su propio nombre anuncia, todo es sencillo en él, tal y como ya he hablado de él en este cuaderno digital: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, inacabadas, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Un trabajador del arte, que se siente ahora más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Como una pintura inacabada para mí, que inicié en 2005, una copia de sus lirios y hojas verdes en un patio muy particular, que no pretenden decir nada más que sus pinceles pintan la vida con un realismo mágico que no te permiten perder detalle alguno de lo que pasa, de lo que ocurre, de lo que las personas sienten. Sencillez y maestría en estado puro. En mi caso, en los lirios citados, inacabados hasta hoy, esperando que algún día, como Schubert en su famosa Sinfonía nº 8, D.759, “Inacabada”, pueda expresar en trazos de color lo que llevo dentro de mi persona de secreto. Es verdad que nada me da igual en la cultura y recoger en este cuaderno digital el proyecto Archivo de creadores, con Antonio López dentro, lo demuestra de forma fehaciente. Su arte es lo que me queda, al igual que su palabra”.

Creo, al igual que Antonio López, que el cuadro debe permanecer donde está y, al menos, que ofrezca la oportunidad de que, en mi caso, pueda contar un día a mi nieto que el rey emérito era un “rey desnudo”, algo muy profundo en el imaginario de este país, que le explicaré a la luz de lo expuesto por Hans Christian Andersen en su cuento “El traje nuevo del emperador”. Sobre Antonio López, le contaré que es un pintor especial y que, como su nombre, todo es sencillo en él: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Le diré que Antonio López, trabajador del arte, sabe que a su edad avanzada es ahora más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Es lo que le explicaré también a Adrián cuando contemple el cuadro de la familia real de Juan Carlos I.

Estas palabras quieren ser un pequeño homenaje de desagravio a Antonio López, porque me consta que sufre con estas actitudes de este país tan dual y cainita con sus artistas y con la cultura en general. En este sentido vuelvo a publicar el artículo que dediqué en 2014 a Antonio López en este cuaderno digital, un pintor especial,  el día anterior a la presentación oficial de su retrato “La familia de Juan Carlos I”, en el Palacio Real de Madrid, junto a 113 obras dentro de la exposición El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Para lo que valgan.

Antonio López, un pintor especial

Siento que Antonio López tenga que justificarse tantas veces sobre su obra inacabada. Lo sigo de cerca desde hace muchos años y siempre me ha sorprendido su realismo mágico a la hora de llevar al lienzo sus impresiones de la vida, tal y como es. Lo ha dicho recientemente con cierta sorna: “No piensen que soy un vago”, refiriéndose a los veinte años que ha empleado (nunca diría “tardado”) en finalizar un cuadro de la familia real, por encargo de Patrimonio Nacional.

El cuadro inacabado, como casi toda la pintura de Antonio López, según su concepción del arte, se presenta hoy oficialmente en el Palacio Real de Madrid y a partir del jueves 4 de diciembre podrá ser contemplado por el público junto a 113 obras dentro de la exposición El retrato en las colecciones reales. De Juan de Flandes a Antonio López. Es muy sugerente la situación, porque cuando contemplamos a esta familia según Antonio López, ya no es la misma que posó, dando razón al filósofo presocrático que afirmó que nadie se baña dos veces en el mismo río. Es lo que pensará Juan Carlos I al contemplarlo por primera vez, una vez finalizado, con un detalle pictórico que no se le debería pasar por alto. En los últimos momentos, Antonio López ha incorporado un reflejo solar que entra por la izquierda del retrato de medidas considerables (3 por 3,39 metros), dándole una fuerza especial con el paso del tiempo.

He escrito sobre Antonio López varias veces en este cuaderno digital y siempre recordando su obra inacabada, porque me ha pasado lo mismo con un dibujo que inicié en 2005 y sobre el que el 3 de julio de 2006 escribí lo siguiente: “Ayer sentí la necesidad de retomar la copia que estoy haciendo de un dibujo de Antonio López que me fascinó desde que conocí su existencia. Es una instantánea de la casa de su tío Antonio López Torres, en Tomelloso (Ciudad Real), que juega admirablemente con la luz a pesar de los claroscuros del conjunto y que está fechada en 1972-1975, como muestra de su laborioso realismo onírico. Trabajé mucho las tulipas de la lámpara, el cableado difuso de la pared, la puerta abierta, el negro distante del mueble platero y la difícil composición geométrica de la solería de las habitaciones contiguas. Desde hace un año y tres meses no he vuelto a coger el lápiz, la regla para medir las proporciones de cada loseta, la goma impertérrita, el papel de seda que cubre el dibujo en potencia, hecho con dedicación para mi hijo Marcos, al que quiero ofrecerle un trabajo concienzudo, serio, trazado en horas de dedicación a él, como símbolo de una vida llena de contrapuntos diarios por la propia contradicción de vivir contracorriente, pero con pasos hacia delante, tal y como los dibuja Antonio López en el paso firme de su tío Antonio” (1).

Miguel Delibes le dedicó en cierta ocasión unas palabras llenas de ternura, en torno la figura de su tío, el del dibujo mío inacabado: “¿Qué admirar más en Antonio? ¿Su persona o su obra? Su bondad, la modestia machadiana de su aliño indumentario, su humildad creadora, su absorbente profesionalidad, el afán de apartarse, de desplazar sobre otros su valía.

«Mi tío Antonio, el de Tomelloso, ese sí que sabe».

Tenía esta obsesión. Los elogios dedicados a él los aplicaba a su tío, con quien de niño mezcló los primeros colores. Él era solamente un copiador, un aprendiz. No era tarea fácil sacarle de su juicio. Él pintaba, sí, pero el genio era su tío. Y su tío, el de Tomelloso, era realmente un talento natural, pero Antonio era el maestro”.

Antonio López es un pintor especial, refugiado siempre en su forma de comprender el tiempo. Así lo definí en alguna ocasión, en una carta que guardo con especial aprecio, refiriéndome también a otra obra inacabada por mi parte: “Como su nombre, todo es sencillo en él: su pintura realista, la escultura viva hasta la muerte, los dibujos en blanco y negro, gracias a su tío maestro de Tomelloso. Su forma de ver la vida a través del color del membrillo, paciente hasta la extenuación para que no se escape nada de lo rutinario, de lo cotidiano que verdaderamente es porque está ahí, pendiente de que alguien lo capte. Antonio López, trabajador del arte, ha dicho en esta etapa de su vida que ahora es más libre que cuando era joven, que le ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por él mismo, que el camino ha sido complicado y que ha sido doloroso hacerse a sí mismo. Una persona de alma grande, en un modo de vivir y ser muy sencillo. Como una pintura inacabada para mí, que inicié en 2005, una copia de sus lirios y hojas verdes en un patio muy particular, que no pretenden decir nada más que sus pinceles pintan la vida con un realismo mágico que no te permiten perder detalle alguno de lo que pasa, de lo que ocurre, de lo que las personas sienten. Sencillez y maestría en estado puro».

A día de hoy, con unos retoques para perfeccionar el resultado final, el dibujo del tío de Antonio López ya está colgado en la casa de Marcos, sin finalizar, casi en borrador, aunque con los trazos ya definidos en la composición final. He preferido que sea así, porque el alma de este dibujo ya no es la misma que cuando se inició esta maravillosa aventura de copiar a un maestro. El cuadro de los lirios, siguen en trazos con apenas color. Antonio López, un pintor inacabado, me lo ha recordado en el silencio muchas veces. No es que seamos vagos, es que el tiempo huye irremediablemente a veces (tempus fugit), se lleva el alma de un determinado día y ya no podemos detenerlo para aprehenderlo y llevarlo a una paleta de colores.

Volviendo a Miguel Delibes, me ha fascinado siempre la anécdota sobre su busto en bronce que realizó Antonio López y le entregó en octubre de 2011, que él contó con el gracejo que siempre le acompañaba en recuerdos íntimos. Como también tardaba, estaba ávido de la última noticia sobre su busto. Encontrándose con un amigo común de Valladolid, Antonio Piedra, le sonsacó información, para que le informara de alguna forma cómo estaba en las manos de Antonio López, cuándo podría ver “su cabeza”, si se parecía, si era un trabajo importante para Antonio López, etc. y cuándo la podría ver finalizada. Ante tanta insistencia y después de varios rodeos, “Antonio Piedra, que mantenía una actitud reverencial, de respeto hacia el pintor-escultor, emitió un levísimo cloqueo y se diría, por sus ademanes y la exageración de su rostro, por la manera de abrir la boca, un poco exagerada, que iba a pronunciar un largo discurso, pero dijo simplemente:

-Estás hablando, la verdad”.

Hoy, salvando lo que hay que salvar, ante el cuadro ya finalizado de la familia real, quizá podríamos decir: “Están unidos…”, aunque con la socarronería típica de los borbones, Juan Carlos I ya ha dejado clara su valoración: “Estamos todos como éramos hace 20 años». Es verdad, aunque no quiero olvidar la luz especial que entra por la izquierda del cuadro…, la que a última hora ha incorporado Antonio López, el pintor sin prisas, atento a lo que pasa en la sociedad actual.

Sevilla, 3/XII/2014

(1) Cobeña Fernández, J.A. Antonio López

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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