Que todo en belleza acabe / 5. Un niño llamado Nemo

Winsor Mc CayLittle Nemo in Slumberland, 1905

Sevilla, 6/IX/2026 – 10:05 h CET (UTC+2)

Hoy busco belleza en el mundo de los sueños estando muy despierto, contrastando dos historias de niños inquietos, Nemo y Diego, muy diferentes, pero dando un valor extraordinario a la contada por Eduardo Galeano, El mar, sin dejar atrás a Nemo: “Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura”.

Sólo pudo salir de aquella mudez extrema, cuando pronunció una frase esencial: ¡ayúdame a mirar! La naturaleza libre, no contaminada, es quien entrega su hermosura al niño que sólo quiere una cosa: mirar, al igual que nos sucede con muchas imágenes de nuestra vida en las que sólo viéndolas valen más que mil palabras. Lo que ocurre es que muchas veces necesitamos ayuda, como Diego, para saber que está pasando y estamos viendo. Es lo que quiero transmitir, junto a Galeano, al escribir esta serie: buscar historias durante unos días, para dar un sentido a la vida, para que todo en belleza acabe, si es posible. Soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

Man Ray, Sueño, 1937

«Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.» Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939 (2)

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El buscador de historias / 5. Un niño llamado Nemo

Sevilla, 28/VIII/2021

Salí muy temprano a buscar la historia de hoy, acompañado por Galeano, deteniéndome en una profecía vinculada a un protagonista de principios de siglo XX, el pequeño Nemo, que no hay que confundir con el protagonista de Pixar, con su encanto particular. La historia, que se llamaba “Profecías” era así:

¿Quién fue el que mejor retrató el poder universal, con un siglo de anticipación?
No fue un filósofo, ni un sociólogo, ni un politólogo.
Fue un niño llamado Nemo, que allá por 1905 publicaba sus aventuras, dibujadas por Windsor Mc Cay, en el diario New York Herald.
Nemo soñaba el futuro.
En uno de sus sueños más certeros llegó hasta Marte.
Ese desdichado planeta estaba en manos del empresario que había aplastado a sus competidores y ejercía el monopolio absoluto.
Los marcianos parecían tontos, porque hablaban poco y poco respiraban.
Nemo supo por qué: el amo de Marte se había hecho dueño de las palabras y del aire.
Las claves de la vida., las fuentes del poder.

Me interesó mucho esta historia, su texto y contexto, porque el mensaje era profundo. ¿Quién daba vida a Nemo? Un historietista -¡qué palabra tan bonita!- estadounidense, Winsor Mc Cay, con un papel relevante en la historia universal del cómic, autor del clásico Little Nemo in Slumberland (El pequeño Nemo en el País de los sueños), que abriría el camino al cine de animación e inspiraría entre otros autores al mismo Walt Disney: “Little Nemo in Slumberland está considerada una de las obras clásicas del cómic de todos los tiempos. Cada página de la serie corresponde a un sueño del niño Nemo –»nadie», en latín–, y tiene una estructura recurrente: en todas las páginas, en una pequeña viñeta del ángulo inferior derecho, Nemo despierta; la página siguiente, sin embargo, retoma el sueño donde había quedado la noche anterior, lo que confiere a la serie una estructura folletinesca que permite introducir numerosos personajes secundarios y mostrar un mundo de los sueños (Slumberland) de una gran riqueza narrativa. Por la importancia que concede a lo onírico, se ha relacionado la obra de Mc Cay con movimientos culturales posteriores, como el surrealismo o la literatura del absurdo. […] Su obra pone en escena arquitecturas fantásticas, elementos decorativos inspirados en el art nouveau, así como faunas y floras imaginarias, en un inacabable derroche de imaginación.

Quise conocer también el argumento de la serie dibujada por Mc Cay: El protagonista del cómic era un niño llamado Nemo -«nadie», en latín-, y cada página dominical de la serie correspondía a un sueño suyo. El protagonista despertaba siempre en la última viñeta de la página, a veces entre llantos, cayendo de la cama, o debiendo ser atendido por sus padres. Los sueños de Nemo, sin embargo, tenían continuidad narrativa, lo que daba a la serie una estructura folletinesca muy adecuada para introducir numerosos personajes secundarios y mostrar un mundo de los sueños (Slumberland) de una gran riqueza narrativa. Al comienzo de esta serie, visita a Nemo en sus sueños un emisario del rey Morfeo, con la orden de llevarle al País de los Sueños, donde deberá convertirse en compañero de juegos de la Princesa (cuyo nombre no se menciona en el cómic). Lo consigue, tras muchas vicisitudes, pero entonces su sueño es interrumpido por la aparición de un extraño personaje, Flip, que lleva un sombrero de copa con la frase «Wake Up» («Despierta») escrita en él. Desde entonces, Flip se convierte en el principal antagonista de Nemo, pues, sólo con verle, manda al protagonista de vuelta a la prosaica realidad. Flip termina convirtiéndose en un compañero algo gamberro de Nemo, y aparecen otros personajes secundarios, como el Doctor Píldora, el Imp, el Niño Caramelo y Santa Claus, además de los anteriormente citados.

Conocido el contexto de esta serie, lo que verdaderamente me llamó la atención fue la profecía que encierra esta historieta. Creo que hoy más que nunca nos suena Marte como un planeta bastante cercano, sus hipotéticos dueños y el gran vencedor de la batalla por adueñarse de su territorio, así como el resultado: el dueño de los dueños se había apropiado también del habla de los marcianos y del aire, las claves de la vida, las fuentes del poder. El que quiera entender que entienda, pero visto lo visto recientemente con el gran espectáculo del mundo orbital y marciano, habrá que estar pendientes para que no se vuelva a repetir la historia. Lo analicé en un  artículo recientesobre el insultante turismo espacial y la imprescindible perspectiva orbital.

Mientras leía lo que me indicaba Galeano, recordé otra historia suya, El mar (1), en el que el protagonista, el pequeño Diego, descubrió el mar y ante tanta inmensidad y fulgor, el niño se quedó mudo de hermosura y cuando al fin pudo hablar de nuevo, pidió a su padre una sola cosa: que lo ayudara a mirar:

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.
Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
—¡Ayúdame a mirar!

La diferencia entre la primera historia y la segunda estriba en que el poder omnímodo de quienes lo detentan de forma espuria, es capaz de quitar la palabra a las personas e incluso el aire que respiran, convirtiendo ese sueño en una realidad anunciada por un profeta niño. En el caso del pequeño Diego, la naturaleza libre es quien entrega su hermosura al niño que sólo quiere una cosa: mirar, al igual que nos sucede con muchas imágenes de nuestra vida en las que sólo viéndolas valen más que mil palabras. El problema siempre es el mismo a lo largo de la Historia: todo necio confunde siempre valor y precio.

Al igual que el pequeño Nemo, tenemos un derecho barato que es soñar despiertos, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos. En el caso del pequeño Diego, la naturaleza libre es quien entrega su hermosura al niño que sólo quiere una cosa: mirar, al igual que nos sucede con muchas imágenes de nuestra vida en las que sólo viéndolas valen más que mil palabras. El problema siempre es el mismo a lo largo de la Historia: todo necio confunde siempre valor y precio. como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De buscar historias junto a Galeano durante unos días, para dar un sentido a la vida. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan.

NOTA: la imagen de cabecera es una fotocomposición formada por la imagen de la izquierda, una reproducción de la obra de McCay editada por Norma Editorial y la de la derecha, una reproducción recuperada en 2021 de 7-Winsor-McCay.jpg (2499×2076) (animationstudies.org).

(1) Galeano, Eduardo, El libro de los abrazos, 1993. Madrid: Siglo XXI de España.

(2) La fotografía, que lleva por título «Sueño», fue realizada por Man Ray en 1937 y aparecen en ella Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito) y Germaine Huguet.

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Hojas sueltas / 15. Hay cerebros ciegos al color de la vida

CEREBROS CIEGOS
El día de salida. Ammar Awad (REUTERS) – 25-03-2011

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

Ángel González, Ciegos

Sevilla, 27/VI/2026 – 12:34 h CET (UTC+2)

Hoy he escogido una “hoja suelta” publicada hace quince años, Los cerebros ciegos al color, porque no ha perdido actualidad alguna, ante el mundo gris y al revés en el que estamos instalados.

Este cuaderno digital tiene muchas páginas dedicadas a la acromatopsia, la enfermedad de los ciegos al color, declarada formalmente por un maestro en mi vida, el neurólogo Oliver Sacks, tan presente en estas páginas. Si la rescato hoy de nuevo es porque creo que también existe su vertiente ética y política, la de aquellas personas y líderes políticos que todo lo ven gris y son ciegos al color de la vida en todos sus matices posibles.

Lo dije en 2011 y lo repito hoy: la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada.

Para lo que sirva, escrito está en este cuaderno, con palabras que aún nos quedan. Vuelvo a entrar en mi clínica del alma (mi biblioteca) y leo unos versos preciosos de Ángel González:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

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Los cerebros ciegos al color

Sevilla, 26/III/2011

La foto que antecede estas líneas me ha recordado una enfermedad que estudié hace años, la acromatopsia [ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color], atraído por la lectura de un libro excelente, La isla de los ciegos al color, de Oliver Sacks, que ya presenté en noviembre de 2009, con motivo de la experiencia sentida por una foto de Erick Lessing, que comenté en un post: Nuevas sonrisas, nuevas lágrimas

Mujeres, vestidas de negro, en actitud de oración y sumisión. Todas menos una, con una gorra blanca, teléfono con cámara digital en mano, que se levanta simbólicamente, captando un mensaje de necesidad de progreso en el conocimiento, en la libertad: manifestantes contra la tiranía en Yemen. También aparece un niño, con camiseta azul, buscando algo perdido: ¿libertad? Es una imagen que sugiere muchas interpretaciones, sobre todo la que representa la necesidad de integrar la vida en todas sus capacidades cromáticas. Porque en el mundo árabe, el color siempre fue interpretado con matices de belleza, con policromías que hemos heredado en este país, por ejemplo, por las cerámicas tan maravillosamente trabajadas con las manos. 

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás, como reflexionaba en el post citado: la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. O para protestar, en clave religiosa, como el símbolo fotográfico de esta mujer de Yemen. Toda una lección.

NOTA: La imagen de cabecera, El día de salida, recoge la instantánea de una mujer usando su teléfono móvil para filmar a manifestantes durante una concentración que exigía la destitución del Presidente Ali Abdullah Saleh, de Yemen (Fotografía recuperada de El País, el 27 de marzo de 2011).

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La Imagen del Año de World Press Photo 2026, desgarra el alma humana

‘Separados por el ICE’ / Carol Guzy / Fotografía ganadora del premio a la Imagen del Año del World Press Photo 2026

Tu dios es judío, tu música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas.

Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?

Eduardo Galeano, Extranjero, en El cazador de historias

Sevilla, 26/IV/2026 – 09:15 h CET (UTC+2)

No olvido la frase de un especialista en los cuidados del ojo, del siglo XIII, Pietro Spanno, que llegó a ser Papa bajo el nombre de Juan XXI: “El ojo es un miembro noble, redondo y radiante. Ver es el paraíso del alma”. Ese es el secreto y la magia del ojo humano cuando ordena el clic que fija momentos especiales de la vida para la posteridad. Igual que cuando se fotografía el dolor o la muerte, muchas veces con alto riesgo personal de profesionales excelentes, comprometidos, facilitando imágenes recientes que desgraciadamente ya son habituales para el procesamiento de nuestra retina y que tanto nos hacen pensar, cumpliendo su función.

Por este motivo no quiero pasar por alto lo que representa, humanamente hablando, el testimonio gráfico que ofrece la fotografía tomada por la fotoperiodista Carol Guzy y ganadora del premio a la Imagen del Año del World Press Photo 2026, con un título, «Separados por el ICE», que denuncia en pocas palabras la situación de los inmigrantes en Estados Unidos desde la llegada de Donald Trump al gobierno en 2024. La fotógrafa la describe como «Una madre y unos niños inconsolables, desesperados tras la detención del padre de familia», llevada a cabo por agentes del temido Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés).

Una de las primeras órdenes ejecutivas de Trump tras la toma de posesión en enero de 2025, fue dejar sin efecto las protecciones legales que impedían al ICE llevar a cabo arrestos en «lugares sensibles» como escuelas, hospitales o tribunal. A tal fin se destinó una financiación oficial de 75.000 millones de dólares para su “nueva” función, creciendo en un 2.450%, que dio sus indeseables frutos de inmediato con múltiples detenciones de personas inmigrantes sin antecedentes, como en el caso del protagonista de la fotografía premiada, de nombre Luis, ecuatoriano y con una familia compuesta por su mujer y tres hijos de 7, 13 y 15 años. Vivían juntos, dignamente, en el Bronx neoyorquino, ocasionando esta lamentable actuación del ICE una separación brutal, despiadada, sin previo aviso, asistiendo a esta detención desgarradora para los protagonistas y para quienes contemplamos hoy este testimonio real como la vida misma. Tampoco hay que olvidar en este contexto las trágicas muertes en Minneapolis, en enero de este año, por acciones violentas perpetradas por agentes del ICE.

Como informa oficialmente la organización World Press Photo, “Más allá de las batallas legales, las fotos de Carol Guzy capturan el profundo trauma de las «separaciones interiores». A diferencia de la aplicación de fronteras de años anteriores, estos arrestos ocurren en el corazón de la ciudad, separando a las familias en espacios públicos, a menudo frente a niños pequeños. Esta imagen, y la historia de la que forma parte, sirve como un registro importante de la realidad para muchas personas en los Estados Unidos, donde el miedo a la separación y la deportación impregna los lugares donde las familias inmigrantes una vez buscaron protección y justicia”.

Viendo esta imagen, es verdad que estoy convencido, cada día más, que soy pesimista ante el espectáculo actual en el gran teatro del mundo, en el sentido más profundo del término pesimista que aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Mario Benedetti en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Reconozco que estamos viviendo una época trumpista y sus derivados políticos, en la que es difícil mantener una conducta inaccesible al desaliento. Si dejamos que las circunstancias actuales, en política por ejemplo, nos desanimen, es decir, nos quiten el ánimo, perderemos la actitud, la disposición, el temple, el valor, la energía, el esfuerzo, la intención, la voluntad, el carácter, la índole, la condición psíquica de cada uno, de cada persona y lo que es probable es que perdamos la última acepción de este lema, ánimo, en nuestro vocabulario diario, porque al final nos quitan el fundamento principal del ánimo, el alma, el espíritu de cada uno como primer principio de la actividad humana. Aunque hoy reconozco que la imagen comentada desgarra mi alma de secreto y la de todos. Me des-anima, con guion.

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El discreto encanto de los negativos de la vida

Sergio Larraín, La Novia / Mascarona de Neruda en su casa de Isla Negra (Chile)

Sevilla, 16/I/2026 – 10:12 h UTC (CET+1)

Dedicado al fotógrafo chileno Sergio Larraín, que admiro, con motivo de la exposición “Sergio Larrain. El vagabundo de Valparaíso. Chile”, que se verá en la sede de Foto Colectania en Barcelona del 22 de enero al 24 de mayo. Lo escribo en estos días de ardiente impaciencia nerudiana, que siento así por la sorprendente, dolorosa e incomprensible llegada de la ultraderecha al gobierno absoluto de Chile.

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En estos primeros días del año, he vuelto a valorar la importancia de discernir lo positivo de lo negativo en el acontecer diario, intentando dar color a la vida, buscar vasos medio llenos más que medio vacíos, huyendo de la acromatopsia (ceguera al color) social que nos invade por culpa del nuevo emperador, Donald Trump. En definitiva, intento saber “revelar” mentalmente y poner color a los “negativos” diarios que nos ofrece este mundo al revés en el que nos toca vivir.

Los que nacimos en blanco y negro (grises incluidos) y pasamos poco a poco al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas tirados al suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño. Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo.

Lo que me ha pasado por la cabeza en estos momentos mágicos de cada “revelado” personal, lo explicaba muy bien Guillermo Altares en 2009, comentando el libro de Brainard, Me acuerdo, como si fuesen los diferentes “negativos” de la vida: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado” (2).

Todo lo anterior viene a cuento porque vuelvo a abrir con profundo respeto (casi reverencial) una de mis cajas de sueños, numeradas, donde me encuentro con centenares de negativos de la gran película de mi vida, una historia jamás contada. Los negativos me impiden ver en directo lo que guardan y digo en el proceso de “descubrir” este tesoro que tiene todo el encanto -a modo de pecio- de ser, quizás, páginas muy importantes de mi vida. En esta fase, he recordado una película de Michelangelo Antonioni (¡ay, el cine!), Blow-up, o Deseo de una mañana de verano (1966), que en el año de su estreno, en plena juventud, me impresionó mucho dejándome la huella de preguntas inquietantes.

La película está basada en el relato de Julio Cortázar, Las babas del diablo, publicado en Las armas secretas, inspirado también por una experiencia parisina que le cuenta el excelente fotógrafo chileno Sergio Larraín a Cortázar y que Antonioni convirtió finalmente en el guion de la película; “En las redacciones periodísticas europeas se codean cuando ven entrar a Larraín: “Ese es el chileno de la Magnum, el fotógrafo de Blow-up”. Los fotógrafos de la agencia Magnum (la legendaria cooperativa fundada por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson) no eran coquetos fotógrafos de moda, como el de la película de Antonioni. Eran los que mostraban al mundo lo que era imprescindible ver: las guerras, la miseria, la otra cara de la noticia. Pero eran épocas de leyendas, y la historia de Larraín daba de sobra para la leyenda” (3). Es el recuerdo imborrable que tengo de Larraín al volver a contemplar las fotografías de un libro suyo precioso, Una casa en la arena, tan querida por Neruda, viendo la imagen de la mascarona La Novia, para que la contemple durante mucho tiempo y comprender mejor su piel de cáscaras y pétalos, rota, como la describió Neruda: La intemperie le rompió la piel en fragmentos o cáscaras o pétalos. Le agrietó el rostro. Le rompió las manos. Le trizó los redondos acariciados hombros. Acariciados por la borrasca y por el viaje. Su mirada penetrante sigue a la espera de palabras bellas para contrarrestar su sufrimiento en el mar, su eterno silencio. Nuestro eterno silencio.

El hilo conductor de la película se desarrolla en la ampliación de una fotografía obtenida por un fotógrafo profesional en el Maryon Park de Londres, una escena impactante y una trama por descubrir de muchas formas posibles, cuya trazabilidad se puede analizar de forma detallada en un artículo, Blow UP – Michelangelo Antonioni (Análisis en profundidad), que desgrana el argumento antecedente y consecuente de la película y que recomiendo en una atenta lectura, para no descubrir ahora, nunca mejor dicho, el discreto encanto de un revelado de película y de sus sucesivas ampliaciones (blow-up en estado puro).

Vuelvo a mi caja de sueños que contiene centenares de negativos, para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color. La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo en nuestra persona de secreto que tienen el tiempo dentro.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto Piso.

(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemosEl País (Babelia), p. 8.

(3) https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-187760-2012-02-17.html

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Gobierno de coalición en lo alto de un rascacielos

Foto original tomada el 20 de septiembre de 1932 en el Edificio RCA, en Nueva York

Sevilla, 1/XI/2025 – 16:31 h (CET+1)

Cada día que pasa en nuestro país, tan dual y cainita, pienso que el gobierno de coalición, que sigue adelante a pesar del acoso y derribo desde que se conformó en 2023, “ilegítimamente” según la derecha ultramontana y su más allá, me recuerda a los once obreros del la foto, que almorzaban en lo alto de un rascacielos en construcción, sentados en una viga de acero, según nos muestra desde hace 93 años la icónica fotografía que preside estas líneas, que con sólo verla, nos tiemblan las piernas por el vértigo que provoca.

Es una metáfora de lo que le está ocurriendo al gobierno de coalición a diario desde 2023, con sustos continuos ante la fragilidad que muestra su acuerdo de legislatura, cuestionado por algunos de sus miembros y dejando patente una debilidad histórica de los gobiernos de izquierdas, la desunión de sus componentes.

Por esa razón, la icónica foto lo representa en la actualidad aunque con un menor número de componentes. Todos almuerzan a una hora, con sensibles bajas para sentarse en una viga democrática que elevará a los cielos el entramado de la transformación de la sociedad, pero finalizado el austero ágape, cada uno va a lo suyo, bajo el mando de un jefe de obra que conoce bien los planos para seguir construyendo el edificio democrático y de libertades que necesita el país. El problema es que la viga que los sostiene está cada vez más vacía y ese equipo de trabajo, perdón, ese gobierno de coalición, necesita a los que formaban parte desde un principio para acabar la obra, perdón otra vez, la legislatura, a pesar de trabajar en esa altura de miras que, a veces, da vértigo. El jefe de obra, perdón de nuevo, el Presidente Sánchez, lo sabe, porque tiene el compromiso político ante sus electores, de finalizar la obra, perdón por cuarta vez, la legislatura en 2027, porque el país la necesita para vivir con dignidad democrática en ella. Y no le importa, a pesar del riesgo que supone, sentarse a diario, puntualmente, a charlar con ánimo indestructible con sus compañeros de coalición, en una viga imaginaria de acero democrático, para convencerles de que es imprescindible acabar la legislatura, una obra colosal en beneficio del interés general y ejecutándola de la forma más digna posible.

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Otoños / 3. Ciegos al color de la vida

ERICH LESSING
Julie Andrews, junto a su hija, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas” / Erich Lessing

Sevilla, 24/IX/2025 – 08:46 h (CET+2)

Otoño es un mes de colores ocres, verdes apagados, hojas caídas, tonos cambiantes, casi todo ocre: “¿De cuándo ese carmín que fue violeta?, ¿De dónde el oro que era ocre hace un instante?”. Ángel González lo recuerda en su cuarto poema, Ciego, como si todo lo envolviera la acromatopsia (1) que solo afecta a los seres humanos. Lo aprendí leyendo a Oliver Sacks, porque esta enfermedad real es la ceguera del color, que no permite agregar color a la óptica de la vida. Todo se ve siempre de color gris. En su magnífico libro La isla de los ciegos al color (2), descubrí que existe un lugar en el mundo, en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, donde todo se ve siempre de color gris, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

Hoy, recordando a Sacks de nuevo, pienso que el poema de Ángel González, extiende geográficamente, por todo el mundo, la ceguera a la vida:

¿Ciego a qué?
No a la luz:
a la vida.

¿Sordo a qué?
No al sonido:
a la música.
Abre los ojos,
oye:
nada ve,
nada escucha.

Como si al mundo entero
una nevada súbita
lo hubiese recubierto
de silencio y blancura.

Confieso que he vivido una experiencia extraordinaria, simbólica, de lo que significa el paso del blanco y negro al color, en el contexto del libro citado de Oliver Saks y tras la lectura meditada del poema de Ángel González. Ocurrió cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

Solo queda en este Otoño abrir los ojos, oír el paso de la vida, sin ver nada, sin escuchar nada, Como si al mundo entero / una nevada súbita / lo hubiese recubierto / de silencio y blancura.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. 

(2) Sacks, O., La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, 1999.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Para que no se olvide el genocidio en Gaza, ni siquiera un momento

Una madre llora a su hijo, Ziad Mahmoud Ziad Saydam, en la morgue del Hospital de los Mártires de Al-Aqsa en Deir al-Balah, 24 de junio de 2024.
© Saher Alghorra / Zuma Press.

Sevilla, 31/VIII/2025 – 10:05 h ( CET+2)

El diccionario de la lengua española es taxativo a la hora de definir la palabra “genocidio”, de profundas raíces griegas: “Exterminio, eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. No le demos más vueltas, lo que está haciendo en estos momentos Israel en Gaza es un auténtico genocidio que, bajo el amparo de exterminar a Hamás, está diezmando la población gazatí sin compasión alguna.

Como una imagen vale más que mil palabras, hoy he escogido una que tiene un significado especial en este desastre humanitario en Gaza, titulada Una madre llora a su hijo, Ziad Mahmoud Ziad Saydam, que forma parte de la serie presentada por el fotógrafo palestino Saher Alghorra, en la 15.ª edición de Visa de Oro Humanitaria del Comité Internacional de Cruz Roja, con el siguiente tema propuesto: “Personas civiles: las principales víctimas de los conflictos armados”. El organismo informa que “Desde su creación, en 2011, el premio Visa de Oro Humanitaria del CICR procura poner de manifiesto el impacto humano de los conflictos armados, destacando la labor de los fotógrafos que se comprometen para hacer oír la voz de las víctimas. Este premio forma parte del prestigioso Festival Internacional de Fotoperiodismo Visa pour l’image, que se celebra todos los años en Perpiñán, desde 1989, y que será el marco en el que el/la galardonado/a recibirá el premio, que otorga 8.000 euros para ayudar a financiar proyectos fotográficos futuros”. El próximo 3 de septiembre se entregará oficialmente el premio de este año.

El vencedor en esta convocatoria de 2025 ha sido el fotoperiodista Saher Alghorra, cuyo trabajo “se destacó entre el amplio abanico de miradas por su fuerza narrativa, su sensibilidad visual y su compromiso sobre el terreno”. Asimismo, según la fuente oficial del premio, “Pierre Haski, presidente de Reporteros Sin Fronteras y miembro del jurado, describió el registro fotográfico de Alghorra como “un mazazo al alma: potente y trágico a la vez”. Destacó la importancia simbólica de este reconocimiento al trabajo realizado en un territorio que, actualmente, está cerrado a los periodistas extranjeros: “A través de este fotógrafo, hacemos extensivo nuestro reconocimiento a todas aquellas personas que arriesgan la vida en Gaza para mostrar al mundo lo que está ocurriendo. No olvidemos que decenas y decenas de periodistas y fotógrafos palestinos fueron asesinados en los últimos veinte meses”.

La serie fotográfica premiada de de Alghorra, titulada No tenemos escapatoria, “capta la realidad cotidiana que, desde octubre de 2023, vive una población atrapada por un conflicto armado de una violencia inusitada. Durante más de diecisiete meses, el fotógrafo documentó escenas de supervivencia, pérdida y resiliencia a menudo acompañando de cerca a familias que soportan lo impensable”.

Como informa también elDiario.es, “Quien no ha sobrevivido para ver su trabajo en Perpiñán es la otra reportera palestina cuyas imágenes se exponen en el certamen: Fátima Hassouna. Esta fotógrafa murió junto a seis miembros de su familia en un ataque en su casa en abril de este año. Hassouna trabajaba en un documental de la directora iraní Sepideh Farsi, que quería retratar la masacre a través de la cámara de la joven gazatí de 26 años, cuando fue asesinada. Una selección de imágenes de esa película, Put your soul on your hand and walk, son las que se ven estos días en Perpiñán”. Recomiendo la lectura del artículo completo, como contribución al reconocimiento del buen periodismo y para poder emitir juicios bien informados sobre el mundo que nos rodea y en crisis permanente, fundamentalmente porque los profesionales de la imagen lo están viendo y fotografiando a diario para conocimiento mundial y para romper silencios cómplices.

Si cito la presencia de esta fotógrafa gazatí en el premio citado, es para denunciar también que ya han fallecido 237 profesionales desde que se inició el conflicto, según autoridades locales, por lo que el valor del testimonio que nos ofrecen a diario, por muy duro e insufrible que sea, adquiere siempre mayor trascendencia. Para que no olvidemos este genocidio, ni siquiera un momento.


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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

En memoria de Sebastião Salgado, que fotografió como nadie la creación del hombre y la mujer en el mundo actual

Sevilla, 23/V/2025 – 19:20 h (CET+2)

Escribo unas palabras con sentimiento y respeto profundo a la vida y obra del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, al conocer su fallecimiento hoy, en su país natal, un experto en mostrar el mundo tal y como es, en blanco y negro, preferentemente en las guerras y la deforestación salvaje en la selva amazónica.

He recordado especialmente que hace veinte años publiqué una carta en la revista dominical de La Vanguardia, MagazineEl Génesis de Salgado, que la premiaron con una estilográfica Montblanc, y que recuerdo con especial cariño:

“Existe un versículo en el Génesis que ha marcado la existencia humana: el 1, 31. El narrador que recogió la tradición oral de la creación agregó un adverbio hebreo no inocente: muy (meod). Mientras que en el relato de la creación, las sucesivas creaciones eran “solo” buenas, los cielos, la tierra, las aguas, los animales, las semillas, cuando se creó al hombre y a la mujer el texto hebreo recoge literalmente: “y vio Dios que muy bueno”. La lectura del “viaje a las raíces del ser humano”, texto de Sebastião Salgado publicado en el Magazín e de 5/VI/2005, me ha recordado este gran matiz, mucho más al fijar el objetivo principal de su proyecto “Génesis”: “volver a conectarnos con cómo era el mundo antes de que la humanidad lo dejase prácticamente irreconocible”. Sebastião Salgado ha iniciado una obra encomiable. Aun así, le pediría que hiciera un esfuerzo a sus 61 años por encontrar y fotografiar algún lugar o momento de la humanidad que siguiera engrandeciendo la lectura del Génesis. Aunque sólo fuera para creer, en el desconcierto actual, que el ser humano es lo mejor que le ha podido ocurrir al mundo en siete días mágicos: algo muy bueno” (1).

En 2014, ocho años después, se inauguró una exposición en Caixaforum de Madrid sobre 245 imágenes de aquella aventura, como resumen excelente de la experiencia, en un reportaje que publicó el diario El País, con un título muy similar a aquella carta citada anteriormente: Sebastião Salgado, libro del Génesis, donde el autor intentaba explicar el para qué de esta inmensa obra: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”. 

Lo que más me impresionó de los comentarios de Salgado es que su único interés fuera descubrir cómo podía ser el mundo narrado en el Génesis, donde una cosa estaba clara: no era necesario el dinero para descubrir la grandiosidad del ser humano. Así lo escribí también, el año pasado en un post, Dios no tiene dinero, en el que defendía la tesis de que a Dios no le hacía falta dinero para hacer obras maravillosas, como un guiño sobre una frase desafortunada del tristemente célebre Mr. Adelson: “Las Vegas es más o menos como lo haría Dios si tuviera dinero” (2). En algo sí acierta este poderoso caballero: Dios no tiene dinero” […] Sé que Salgado no se pasó por Las Vegas, y que a Adelson no le interesan estos relatos, sino trabajar en lo irreconocible para Dios, pero creo que muchas personas, a través de las religiones y de diversas culturas, saben a ciencia cierta que ese Dios del desafío no tiene dinero, ni lo tuvo, ni lo tendrá, pero que sigue orgulloso de haber creado al hombre y a la mujer, a pesar de la crisis mundial en la que estamos instalados, pendientes, eso sí, del rescate ético para comprender mejor los asuntos mundanos que tanto gustan a Mr. Adelson”.

Han pasado muchos años y como se puede comprobar a lo largo de los casi veinte años de existencia de este cuaderno digital, algo me queda claro junto a Sebastião Salgado repasando y visualizando de nuevo su proyecto Génesis, la misma sensación anímica que tuve cuando conocí por primera vez aquél texto del libro del Génesis, a través de un adverbio, muy, no inocente por cierto: las personas que ha conocido Salgado saben en su tradición oral que lo mejor que le pudo ocurrir al mundo era la creación del ser humano: “y vio Dios que muy bueno”. Y Sebastião Salgado lo ha fotografiado…, muchos siglos después, siendo muy fiel a Darwin, emulando el ojo de Dios “para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro” que él nos mostró del mundo. De ahí mis palabras de admiración hoy. No lo olvido.

(1) Cobeña Fernández. J.A. (2005). El Génesis de Salgado, post publicado en el blog “El mundo sólo tiene interés hacia adelante”, el 17 de diciembre de 2005.

(2) Cobeña Fernández, J.A., (2012). Dios no tiene dinero.

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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Comunicación directa en el Andévalo: “Hoy no quiero pan“

Cartel / JA Cobeña

Sevilla, 21/V/2025 – 13:06 h (CET+2)

Paseando el sábado pasado por un pueblo con intrahistoria del Andévalo onubense, de raíces celtas indudables, me sorprendió un cartel escrito a mano, colgado en un pomo-tirador de una puerta cerrada a cal y canto, con un mensaje claro, conciso y rotundo: Hoy no quiero pan. La verdad es que en pleno siglo XXI me pareció de un valor incalculable el mensaje y el medio utilizado. La interlocución entre proveedor y cliente no necesitaba los medios digitales habituales, mensajería o telefonía fija/móvil, bajo el denominador de “alta disponibilidad” (24x7x365). Presumo que hay un contrato verbal del que los dos interlocutores tienen muy clara la relación comercial existente entre ambos, sin necesidad de nada más.

Me quedó la duda de si dándole la vuelta al cartel, decía lo contrario, porque entonces el contrato citado anteriormente tendría más cláusulas condicionantes, número de piezas diarias o en días alternos, tipos de pan, horarios, etcétera, etcétera. No sé por qué pero pensé inmediatamente en los hermanos Marx, en una situación hilarante en la famosas escenas de Una noche en la ópera, sobre un contrato en el que Groucho Marx lee con su voz engolada, ante un Chico expectante: “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte y la parte contratante de la primera parte será considerada en este contrato… Oiga ¿por qué hemos de pelearnos por una tontería como esta? La cortamos”. En este caso, todo queda resuelto en un cartel con un texto acordado. No hace falta nada más en este enrevesado mundo al revés, digital por supuesto.

Algo así, imaginariamente hablando, sería lo que de fondo hay detrás de esa puerta. Sólo queda la palabra, a las “partes contratantes”, cuatro nada más: hoy no quiero pan. Gran lección de comunicación práctica y directa para los tiempos digitales que corren, tan prepotentes y ufanos ellos.

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¡Paz y Libertad!

Sonrisas y lágrimas en 2025

Erich Lessing / Julie Andrews, con su hija Emma, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”

Sevilla, 21/IV/2025 – 08:00 h (CET+2)

Como persona que ama el cine, no me pasó por alto la reposición en la noche del viernes pasado, en la televisión pública, de la película musical Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, en su título original), estrenada en 1965 y protagonizada por Julie Andrews, que recibió cinco premios Oscar: mejor película, dirección, sonido, banda sonora y montaje. Con tal motivo, recordé que en 2009, visité en Aracena (Huelva) una exposición bajo el patrocinio del Centro Andaluz de la Fotografía, sobre una obra escogida de un fotógrafo excepcional, Erich Lessing, relacionada con su actividad fotográfica durante el rodaje de excelentes películas, al que se le otorgó en 1956 el premio American Art Editor’s Award, reconocido siempre por su compromiso profesional con la memoria histórica de los países donde trabajó. En aquella muestra recuperé muchos recuerdos de las sonrisas y lágrimas de la vida ordinaria, la que nos hace humanos de necesidad por mucho que multinacionales de la alegría facturada se esfuercen a diario en hacernos ver y entender que la vida es fácil si logramos algunas vez entender su chispa. Hoy, rescato de nuevo aquellas impresiones. Nuevas sonrisas y lágrimas, en este mundo al revés, ante la ausencia y hambre de abrazos.

De toda la exposición me impactó mucho una fotografía de Julie Andrews, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que me entregaron y que reproduzco en la cabecera de este artículo. Pensé en aquella ocasión que Lessing quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible, como homenaje a esta necesidad, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz.

En los tiempos actuales, en los que la memoria histórica busca abrirse paso con un esfuerzo a veces sobrehumano, se quiere negar a toda costa un principio ya demostrado científicamente: en el cerebro no es fácil borrar lo que algún día se grabó de forma consciente y con gran carga de sentimientos y emociones. Se sabe por los avances de las neurociencias que a pesar de los esfuerzos terapéuticos y farmacológicos, la memoria se suspende pero no se borra. Desgraciadamente, sí se sabe que se pierde completamente cuando el cerebro enferma, por ejemplo en un síndrome de Alzheimer desolador, entre otros vinculados con la senectud, que tanto hacen sufrir también a las personas más cercanas de quienes los padecen.

La fotografía de Lessing me sigue pareciendo extraordinariamente didáctica. La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia (1) ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral.

Mi alma de secreto me permitió el viernes pasado trascender la visión clásica de la edulcorada película, sin quitarle el mérito otorgado por la historia de la cinematografía, pero comprendiendo a través de la cámara de Lessing la persona que era Julie Andrews y no tanto el personaje, porque cualquier parecido con la realidad, en este caso, no era pura coincidencia.

(1) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color, editado por Anagrama en 1999.


CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN
: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA Y ORIENTE MEDIO, REPÚBLICA DEL CONGO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

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