La ventana discreta / 5. Un niño de Murillo

MURILLO1
Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675)

Sevilla, 3/IV/2020

Nadie duda de la maestría de Bartolomé Esteban Murillo en su trayectoria pictórica. Su obra es reconocida a nivel mundial, porque cuadros maravillosos suyos están distribuidos en museos muy importantes y de reconocida categoría artística. Todavía recuerdo la emoción que sentí al contemplar el cuadro del Arcángel San Miguel, en el Museo de Arte e Historia de Viena, pintado en 1665 para el retablo del Convento de los Capuchinos en esta ciudad y que desapareció de España durante la guerra napoleónica, pasando a manos privadas hasta que el museo vienés lo adquirió en 1987. Volví a verlo en todo su esplendor en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, con motivo de la celebración en 2017 del 400 aniversario del nacimiento del pintor. Volvió a su casa temporalmente, de donde nunca debió salir y menos por un expolio y como botín de guerra.

En este contexto, localicé hace ya muchos años un cuadro precioso, Niño riendo asomado a la ventana, que figura en el fondo de la National Gallery, que traigo hoy a esta serie como homenaje a los niños y niñas de esta Comunidad Autónoma, también a los de este país, del mundo, que están viviendo con sus familias la tragedia del coronavirus y que cada día se asoman a las ventanas de sus casas, riendo y cantando, como una oportunidad de contemplar la vida de sus ciudades y pueblos de otra forma, dándonos una lección a diario, con su comportamiento y ocurrencias, de cómo interpretar la vida en momentos difíciles y con una sonrisa llena de bondad y optimismo. Esta obra representa a un niño sevillano que sonríe asomado a una ventana de libertad y que simboliza la quintaesencia de la infancia feliz a la que deberíamos recordar siempre y no abandonarla nunca.

Me he acordado de los niños y niñas de Sevilla al conocer hoy las cifras de paro, más de 900.000 personas en tan solo quince días, como consecuencia de la pandemia que estamos sufriendo. Son cifras que conmueven a cualquier persona sabiendo que agregan a esta situación de confinamiento la de la falta de recursos económicos, con especial incidencia en las familias más pobres y vulnerables, con casas de muy pocos metros cuadrados y con problemas de subsistencia en el mayor número de casos. Es una realidad alarmante que me conmueve, situación que recojo con frecuencia en este blog y sobre la que escribí hace tan solo dos meses por su especial incidencia en Andalucía: “Según la OCDE un niño o niña que nazca hoy en una familia pobre en España va a necesitar cuatro generaciones, el equivalente a 120 años, para alcanzar el nivel de renta medio de la sociedad en la que vive. Esta es, ciertamente, una situación profundamente injusta para los más de dos millones de niños y niñas en España que viven en hogares pobres, así como para sus padres y madres, que movilizan todos sus recursos para evitar esta herencia y dar a sus hijos las mejores oportunidades, y se enfrentan a las grandes dificultades que tiene criar a un niño en un país que no invierte lo suficiente en familia y en infancia” (1).

Casi 360.000 niños andaluces están afectados por esta situación crónica analizada en el estudio, a la que ahora hay que agregar la situación de paro anunciada por el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y a los que hay que sumar 268.419 hogares con serios problemas de pobreza y riesgo social, formados por familias pequeñas, pobres y rurales (58.831), familias precarias urbanas (136.853) y familias con abuelas [sic], padres y nietos rurales (72.735), según el informe Familias en riesgo, de la ONG Save the Children, que ha publicado en Enero de 2020 sobre análisis de la situación de pobreza en los hogares con hijos e hijas en España. Este estudio afirma de forma tajante en sus conclusiones finales que “los niños y niñas sufren en mayor medida la pobreza y la exclusión porque viven en hogares más vulnerables”.

MURILLO2

He pensado que Murillo, cuatrocientos dos años después de su nacimiento, volvería a pintar hoy con carácter preferente a los niños y niñas de Sevilla con pobreza visible e invisible, que todavía existen, a los que siempre quiso dedicar una parte muy importante de su obra, como homenaje a los que menos tienen, a los invisibles para los que tienen todo, para que comprendamos que hay que fijar prioridades en estos momentos especiales. Para que no olvidemos su mensaje pictórico ni siquiera un momento. Para que todos los niños y todas las niñas que viven en Andalucía en particular y en el mundo afectado por la pandemia que nos asola, en general, puedan asomarse a las ventanas de dignidad personal que deberíamos entregarles, a la mayor brevedad posible, como obligación ética de un mundo responsable, solidario y comprometido con los que menos tienen.

(1) OECD (2018), A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility (Spain), OECD Publishing, Paris, http://www.oecd.org/spain/social-mobililty-2018-ESP-EN.pdf

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilad

La ventana discreta / 4. Las metáforas se pueden pintar

OFICINA EN CIUDAD PEQUEÑA HOPPER
Edward Hopper, Oficina en una ciudad pequeña, 1953 (Museo Metropolitano de Arte, Nueva York)

Sevilla, 2/IV/2020

Edward Hopper fue el pintor de metáforas existenciales, un adelantado en su tiempo para expresar este recurso excelente de comunicación, fundamentalmente de situaciones humanas de soledad y espera en las que las ventanas, no sé si discretas, son las grandes protagonistas. Durante mi vida profesional, utilicé en alguna ocasión, en las presentaciones oficiales sobre estrategia digital, un cuadro suyo, Oficina en una ciudad pequeña, muy representativo de la estrechez de miras y soledades que a veces tenemos en la vida pública, perfectamente aplicable a la privada de todos los días. En tiempos difíciles de confinamiento, este cuadro es sugerente para interpretar cómo vivimos la soledad ante la realidad de lo que está ocurriendo.

WESTERN MOTEL HOPPER

Edward Hopper, Western Motel, 1957 (Yale University Art Gallery)

Hopper aborda la realidad de la espera en muchos cuadros con ventanas que suponen un respiro en la soledad de cada protagonista y en situaciones personales, familiares, de pareja, a modo de juego existencial en las que cada uno tiene que buscar la mejor salida al conflicto de vivir confinados. En tal sentido, el Museo de Bellas Artes de Virginia (EE. UU), en una exposición reciente sobre Hopper, ha propuesto hacer una experiencia interactiva con un cuadro suyo, Western Motel, al poder revivir una reproducción exacta del mismo y recrear personalmente una noche en una habitación idéntica a la pintada por el autor. Cada persona ha podido vivir dentro del cuadro desde diversos ángulos, siempre con la ventana como testigo de experiencia interior. Lo que ocurra durante la estancia virtual o real en la habitación de Hopper, tras sus amplios ventanales, es la maravillosa metáfora del mismo que podemos aplicar ahora tras nuestras ventanas particulares, personales e intransferibles, viviendo experiencias nuevas, esperanzadoras, llenas de sentido y, a diferencia del cuadro, irrepetibles. Nadie se baña dos veces en el mismo río y lo importante ahora es cruzarlo. Esa es la gran oportunidad que nos ofrece ahora la realidad del confinamiento actual.

Estos óleos representan muy bien nuestra situación actual. Estamos muchas veces solos ante el peligro, en silencio y permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar, reflexionar, y pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Estamos viviendo durante el estado de alarma en espacios cerrados frente al enemigo único, atrincherados, aunque siempre nos quedan ventanas amplias o pequeñas, desnudas, como invitando a saltar a través de ellas observando los cuadros de Hopper, porque no tienen limitación alguna, solo el vértigo existencial legítimo para trascenderlas y volver a la vida para recorrer las grandes alamedas de la libertad.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 3. La vida es tránsito

LA VIDA ES TRANSITO

Sevilla, 1/IV/2020

No he olvidado todavía la visita que hice en 2017 al Museo de la Ciudad de Antequera, donde contemplé la colección de cuadros de Cristóbal Toral (Torre Alháquime (Cádiz), 1940), que sobrecogen por su realismo trágico, siendo las maletas su hilo conductor: “La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan” (1).

Estamos en una parada forzosa del tránsito de la vida, tantas veces pintado por Toral, al que contemplo ahora en su estudio de Toledo, presidido por amplios ventanales discretos que aportan luz a su obra, caminando entre bocetos y sus sempiternas maletas, llevando una como para dar ejemplo de su eterno viaje hacia alguna parte. Figuran en sus cuadros y esculturas recordándonos también la realidad de la soledad sonora que sienten muchas personas, básicamente mujeres y emigrantes, en sus diferentes viajes de vida. Principalmente, en el citado Museo, obras dedicadas a la mujer, siempre sola: “Trato mucho también el tema de la mujer. Mujeres en interiores de hoteles de no mucho tronío, frágiles, expuestas, con una sensualidad que las humaniza, solitarias… Interpreto esa soledad que existe, la sensación de tránsito. Me gustan las habitaciones de los hoteles, espacios de tránsito donde aparecen las maletas, las camas, las sábanas”.

INTERIOR EN PENUMBRA
Cristóbal Toral, Interior en penumbra, 1979-1980

Pienso ahora en las mujeres solas o mal acompañadas por la violencia en sus hogares que en pleno confinamiento su vida puede ser insoportable. Recuerdo que en la sinopsis de la obra de Cristóbal Toral, que figura en el museo, se dice textualmente y referido al periodo abierto sobre la mujer como hilo conductor de su obra en 1977, que aparece “siempre solitaria, despojada de toda algarabía, sola en su infinito silencio, como proclamando una identidad de origen y destino frente al cosmos. Distanciada, plena de pureza y sobriedad, rodeada de objetos banales, se funde y trasciende la soledad infinita del hombre”.

En mi tránsito particular, también hay una pequeña maleta que finalmente deshice en ese mismo año, 2017, después de haber viajado siempre conmigo, acompañándome como testigo muda en todas las mudanzas que he hecho incluso en tiempo de turbación. Hoy he vuelto a contemplarla a la luz de una ventana discreta, ahora decorada con sellos de hoteles ficticios en este viaje tan particular. En ella había recuerdos de mi infancia, cuadernos, lápices, dibujos, chapas con fotografías de ciclistas que me acompañaron a dar una imaginaria Vuelta a España en las aceras de Madrid, en el Retiro, construcciones modeladas a mano, notas del Cuadro de Honor, cartas, fotografías familiares, postales y recuerdos varios que guardo ahora en el corazón y en mis cajas de sueños 1 y 2.

Me acuerdo… ahora, siguiendo la dinámica que aprendí en su día de Joe Brainard, de un discurso que me marcó mucho la vida cuando lo leí, con un título sugerente, La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, porque comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresar de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto” (2). Sin desvelar su contenido, les aseguro que tiene mucho que ver con el efecto balsámico de la literatura.

En el tránsito por el estado de alarma, puede ser aleccionador acercarse a estas maletas simbólicas de Toral y Pamuk. Si las contemplan y abren, encontrarán allí respuestas al gran viaje de estos días de confinamiento, una oportunidad para intentar llenarlas ahora de aquello que nos puede acompañar todavía, aun yendo, como Antonio Machado, ligeros de equipaje, conversando con la persona de secreto que siempre va con nosotros. Les aseguro que quien escribe esto, solo espera hablar a Dios un día, dado que “mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía”. Yendo, viniendo y esperando, como las figuras de Toral, en este difícil tránsito de la vida.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.fueradeserie.expansion.com/2014/09/01/cultural/1409570431.html

(1) http://www.elcultural.com/revista/letras/Cristobal-Toral/6606

(2) Pamuk, O., La maleta de mi padre. Barcelona: Mondadori, p. 11-44.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 2. El tiempo que nos quede libre

Sevilla, 31/III/2020

El confinamiento nos abre la ventana discreta para descubrir nuevas experiencias de tiempo compartido. Hoy, deseo incorporar a la banda sonora de esta realidad tan dura, una canción preciosa cantada por María Dolores Pradera, El tiempo que te quede libre, que puede ser de aplicación selectiva para aquellas personas a las que queremos y que a veces hemos plagado de ausencias múltiples en la vida compartida. Para devolverles, si es posible, la dedicación que merecen siempre durante todos los días y meses del año, durante toda la vida, conjugando todos los tiempos posibles del tiempo que nos queda libre para dedicarlo a él, ella, vosotros y… a ellos, a los que sabemos que más lo necesitan. Sabemos que muchas veces nos han pedido el tiempo al que se refiere la canción, a veces solo dos minutos o un minuto nada más.

Atender el fondo de la letra cantada por María Dolores Pradera con su voz, elegancia y forma de moverse en el escenario, inconfundibles, puede ayudarnos a programar mejor el tiempo libre del que disponemos en estos días, es verdad que de forma forzada, pero que se puede convertir en una oportunidad para mil reencuentros posibles, amables, hoy y siempre, con familiares directos, indirectos o circunstanciales, con los que convivimos; también con amigos, vecinos, dependientes de servicios y, por supuesto, con los que trabajan en puestos esenciales que, en su tiempo de trabajo, lo están dedicando de forma plena y ejemplar a nosotros a través de su servicio público garantizado por un estado de bienestar.

Les dejo con ella:

El tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí
a cambio de mi vida entera
o lo que me queda y que te ofrezco yo.

Atiende preferentemente
a toda esa gente que te pide amor;
pero el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

El tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

No importa que sean dos minutos
o si es uno sólo, yo seré feliz;
con tal de que vivamos juntos
lo mejor de todo dedicado a mí.

Y luego cuando te reclamen
y otra vez te llamen volveré a decir:
que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

Que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

No importa que sean dos minutos
o si es uno sólo, yo seré feliz;
con tal de que vivamos juntos
lo mejor de todo dedicado a mí.

Y luego cuando te reclamen
y otra vez te llamen volveré a decir:
que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

Que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 1. Dejarse la piel, entregar el alma

DEJARSE LA PIEL

Sevilla, 30/III/2020

Inicio una nueva serie al comienzo de la prórroga del periodo de confinamiento, con un título programático, La ventana discreta, a modo de perspectiva esperanzadora sobre la situación que estamos viviendo en cada “carpe diem” particular. Necesitamos abrir ventanas metafóricas que permitan contemplar la vida de otra forma, porque es una oportunidad única de recuperar diálogo interior con nuestra persona de todos y, sobre todo, con la de secreto.

Durante estos días es probable que nos sintamos a veces solos ante el peligro, en silencio, pero permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar y reflexionar, pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Las ventanas nos invitan a contemplar de forma diferente lo que antes pasaba desapercibido: la ciudad tranquila, la llegada de la primavera, más pájaros, más vida, aunque sintamos muchas veces el vértigo existencial legítimo. Necesitamos fijar la mirada en lo que auténticamente merece la pena, es decir, levantarnos desde nuestra perspectiva ética e iniciar un camino de compromiso personal y social para cambiar ese horizonte cerrado, clásico, que en el tiempo anterior, al que llamamos pasado, no nos ha llevado a veces a ninguna parte.

En estos días de estado de alarma hay una expresión que se repite continuamente, dejarse la piel, referida a la actitud de todas las personas que están dando lo mejor de sí mismas para atender a los pacientes del coronavirus y también, en el fondo y forma de la citada locución, a los cientos de miles de profesionales en todos los ámbitos que podamos imaginar que, más allá de los que prestan servicios esenciales, están atendiendo también las necesidades básicas de 47 millones de personas confinadas en sus casas.

Me ha interesado conocer por qué se utiliza esta expresión en este país y he recurrido a la investigación acerca del origen de la misma, recordando algo que aprendí la primera vez que analicé el extraordinario Diccionario de Autoridades publicado en el siglo XVIII, en el que se explicaba que pretendían recoger “[…] el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua […]”, cuyos protagonistas son siempre personas. Al final, las locuciones de las que tomamos un ejemplo como el que nos ocupa hoy, dejarse la piel, son el resultado de la forma de expresarse el pueblo llano que en este caso es así porque durante muchos siglos ha permanecido en todos los diccionarios como locución figurada y familiar, cuestión que hoy mantiene todo nuestro reconocimiento y respeto.

La primera vez que se recoge una expresión parecida a “dejarse la piel” en un diccionario es en el año 1788, concretamente en el de Terreros y Pando (p.131, 2), con la siguiente acepción entre otras: “PIEL, se toma también por la vida. V. Así se dice: este ya dio la piel; esto es, ya acabó con la vida” (1). En el diccionario de Domínguez (2), publicado en 1853, aparece el contrario de “dar o entregar la piel” [sic], incluyendo la acepción “guardar la piel”, es decir, no comprometerse en lances serios, de sumo interés para comprender el alcance popular de la expresión en uno u otro sentido.

Pasando por el túnel del tiempo durante varios siglos, en el que la expresión “dejarse la piel, dar la piel o soltar la piel” en lenguaje figurado o familiar equivalen a “morir”, se vuelve a recoger en el Diccionario de Uso del Español (3), de María Moliner, el sentido anteriormente expresado por Terreros y Pando, cuando en la voz “piel” dice textualmente en una de sus acepciones finales lo siguiente: “DEJAR [SE] LA PIEL EN ALGUNA EMPRESA. Morir en ella”, es decir, se mantiene su sentido más profundo por equipararse esta actitud hasta el extremo de “dejarse la vida” en una acción humana en una “empresa”.

Quizá se encuentra la mejor diferenciación en esta expresión en la edición del Tricentenario del Diccionario de la Lengua Española, en su actualización de 2019, al hacer una clara distinción entre “dar y dejar la piel”, expresándolo en las siguientes acepciones: “dar alguien la piel: 1. locución verbal coloquial. Acabar la vida, morir; dejar alguien la piel: 1. dar la piel; 2. Esforzarse al máximo en algo. […] Se deja la piel en su trabajo”.

Efectivamente, es lo que verdaderamente está pasando con los profesionales sanitarios en general y con otros profesionales y servidores públicos en particular que, por atender a las personas infectadas actualmente por el coronavirus, están arriesgando sus vidas hasta extremos insospechados, enfermando gravemente e incluso muriendo por llevar al límite humano su actitud personal y profesional, dejándose la piel en su trabajo, en su quehacer diario. Incluso, lo que es más ejemplar todavía, dando la piel de forma desinteresada con una generosidad extrema, alcanzando cotas heroicas en el mundo actual.

He unido esta expresión analizada anteriormente con una muy próxima, entregar el alma, reconociendo la dificultad para comprender la citada entrega ante una pregunta inquietante, ¿qué es el alma?, sobre la que recientemente descubrí una respuesta a través de la literatura, en un libro precioso escrito por Mario Satz, El alfabeto alado: “Entre el alma humana y las mariposas existe un estrecho parentesco: lo que en una es oscilación y ascenso en las otras es aleteo y color. Aristóteles fue el primero en acuñar la palabra psique para designar ese nexo, y, tras él, poetas y pintores representaron el alma alada, frágil e inasible pero hermosa” (4).

Vuelvo otra vez a mi persona de secreto, para comprender el significado profundo de entregar el alma cuando nos dejamos la piel en acciones transcendentales en nuestra vida, reflexionando sobre la frase que pronunció en una ocasión el escritor Lobo Antunes, en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro celebrada en la ciudad de Guadalajara (México) en noviembre de 2008. Nos regaló una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana, alada, que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, entusiasmados con nuestras almas aladas. Como las de miles de profesionales de la salud y servidores públicos en general, trabajando hacia atrás, es decir, buscando en sus personas de secreto las mejores razones para atender sin descanso a quienes más lo necesitan en este momento, dejándose la piel en la aplicación efectiva de los conocimientos, sentimientos y emociones, sabiendo que solo encuentran en el alma su suelo firme profesional y humano.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.lavanguardia.com/r/GODO/LV/p7/WebSite/2020/03/17/Recortada/img_lteixidor_20200302-115456_imagenes_lv_terceros_foto_hospital_clinic_francisco_avia_13-kmN-U474231982434l5H-992×558@LaVanguardia-Web.jpg

(1) TERREROS Y PANDO, Esteban de, Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […]. Tomo tercero (1767). Madrid: Viuda de Ibarra, 1788. Reproducido en NTLLE, a partir del ejemplar de la Biblioteca de la Real Academia Española, O-9.

(2) DOMÍNGUEZ, Ramón Joaquín, Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española (1846-47). Madrid-París: Establecimiento de Mellado, 1853, 5ª edición. 2 vols. Reproducido en NTLLE a partir del ejemplar de la Biblioteca de la Real Academia Española, 3-A-14 y 3-A-15.

(3) MOLINER, María, Diccionario de uso del español. Tomo II, 1994. Madrid: Gredos, p. 739.

(4) http://www.acantilado.es/catalogo/el-alfabeto-alado/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / y 15. Siempre hacia adelante

SIEMPRE HACIA ADELANTE

SIEMPRE HACIA ADELANTE

DAR YASIN (AP) | 25-11-2011

El ciclista, en medio de una espesa niebla, mira a cámara mientras no detiene su avance por una de las calles de Srinagar (India)

Sevilla, 29/III/2020

Anoche, a las 24 horas, finalizó la primera quincena del estado de alarma. Han sido días muy difíciles porque la cifras de contagiados y fallecimientos a consecuencia de la pandemia se han incrementado de forma exponencial durante este periodo y hemos tomado conciencia de que estamos enfrentándonos a un peligro mundial de consecuencias incalculables.

Siendo esto así y sin quitarle un ápice de importancia, creo que tenemos que desarrollar un tejido personal y social, a modo de malla pensante que llamamos Noosfera, en el que destaque por encima de otras, una característica de las personas dignas: mirar siempre hacia adelante, porque el mundo solo tiene interés si lo comprendemos así. Recuerdo como si fuera ayer la última frase del libro “Origen y futuro del hombre”, de Josef Vital Kopp, un homenaje a cuarenta años de permanencia en algún lugar oculto de mi cerebro, después de aquella primera lectura y análisis en 1966, de meses de estudio hasta que la Autoridad competente me recomendó que no investigara tanto sobre Teilhard de Chardin, porque era una persona que había muerto como había vivido: solo, equivocado de siglo, contraviniendo las teorías de la creación, reviviendo las teorías darwinistas en una nueva interpretación de raíces dudosas acerca de la creación y la evolución de las especies, de la supervivencia humana, de la muerte y de la vida.

Desde la portada, pasando por el índice y por mis propias anotaciones, pasaron imágenes y secuencias extraordinarias para un joven de dieciocho años que había descubierto que otro mundo era posible. Y una vez más vuelvo a leer página a página al autor que interpretando a Teilhard de Chardin me llevó de la mano (creo que también de la inteligencia) a descubrir una lectura apasionante del mundo que se simboliza en la cabecera de este diario digital y que es el hilo conductor de mi vida: el mundo solo tiene interés hacia adelante (Tientsin, 1923, recogida en sus Lettres de voyage, 1923-1939).

La situación creada por el coronavirus es muy crítica, no cabe duda alguna, pero creo que debemos parar un momento la moviola de la tristeza y abatimiento para reconsiderar actitudes personales, familiares, laborales y políticas, para enfrentarnos a una realidad incontestable, pero que debe contar con la aportación que cada una, cada uno, puede poner en su realidad propia y asociada, mirando siempre hacia adelante, como he querido simbolizar a lo largo de casi quince años en este cuaderno de bitácora, como símbolo y actitud activa que aprendí hace muchos años del mensaje y del autor que da título a este blog.

Como consecuencia de lo que estamos experimentando en estos días tan difíciles de digerir a veces, ¿dónde está la receta, para comprarla o el bálsamo de Fierabrás para beberlo y curar todas las heridas actuales en el cuerpo y en la mente? Sencillamente, no existen puntos de venta de estos productos mágicos, porque la revolución de la esperanza en que vamos a salir de esta situación está en el cerebro de las personas que deciden no arredrarse ante la situación adversa y seguir mirando hacia adelante, como el ciclista de la foto, avanzando en medio de la niebla espesa, con unas luces tenues que ayudan a seguir confinados por ahora, pedaleando, viviendo, trabajando, queriendo, enfrentándose de cara a la adversidad en cualquiera de sus manifestaciones. Porque la tentación de tirar la toalla y arrojarse al mar es una situación transitoria, dejando atrás compromisos y personas que necesitan manos amigas y cerebros inteligentes que luchen día a día por vencer el miedo escénico de seguir viviendo, saliendo a cubierta para dirigir la nave del alma que todos llevamos dentro, abandonando temporalmente la contramina mental y de trabajo duro, gris, que muchas veces desarrollamos, para gritar en cubierta, a cielo abierto, que no debemos abandonar los barcos en los que cada uno está enrolado, porque las creencias merecen la pena aferrarse a ellas, en cualquiera de las cuatro vertientes que un día, también muy lejano, aprendí de un gran hombre, José Ferrater Mora, en su precioso libro El hombre en la encrucijada, que introduzco siempre en la maleta virtual de los viajes que suelo hacer en busca de islas desconocidas.

Decía Ferrater Mora que necesitamos tener creencias, que no podemos vivir sin ellas, y a lo largo de las páginas de su tesis existencial demuestra que el mundo ha evolucionado hacia adelante gracias a que nuestros antepasados y muchas personas contemporáneas han tenido y tienen creencias en cuatro ámbitos, juntas o por separado da igual, de una forma u otra, da igual, pero siempre relacionadas con las Personas, la Naturaleza, Dios/dioses o la Sociedad. Así durante muchos siglos. Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar, porque hoy no quiero dejar solo en su avance al ciclista de la foto, a las personas a las que quiero, a las creencias políticas que me siguen pidiendo que no abandonemos a los sin voz, a los que menos tienen, a los que llamamos torpes, a las personas pobres de todo: de espíritu y carne, a las personas que ejercen una política digna, a los que defienden que todos no somos iguales, a las personas que aun equivocándose están dispuestas a rectificar, a los que les preocupa el silencio de las minorías, a los que defendemos la sociedad del bienestar social, a los que quieren y desean dejar de estar intranquilos porque pierden ilusiones, dinero y puestos de trabajo, a los que tienen muy claro desde el punto de vista político que no es lo mismo trabajar por la defensa de derechos y deberes, que por la mera mercancía.

Porque la inteligencia humana, que nos une a todos y no está en el mercado libre, vence al miedo, al coronavirus actual, al dinero manipulado por el mercado, por muy poderoso caballero que sea. Es una maravillosa lección de la historia que han escrito las personas que hasta hoy nos han acompañado y acompañan en un largo viaje iniciado desde África, hace ya doscientos mil años.

 

THE END

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 14. Días de pequeñas cosas

Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.

Juan Manuel Serrat, Aquellas pequeñas cosas

Sevilla, 28/III/2020, Día Decimocuarto

No olvido a Groucho Marx cuando pronunció con su ironía característica y en el contexto de la crisis mundial de 1929, en su fondo muy parecida a la actual, una frase que legó a la posteridad: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”. Tampoco a Serrat, porque me enseñó en momentos transcendentales de este país, que era conveniente valorar las pequeñas cosas en su justo sentido, aquellas […] Que nos dejó un tiempo de rosas / En un rincón, / En un papel / O en un cajón. Pero quizá sea un pájaro perdido de Tagore, el 178, el que vuele hoy alto en estos momentos difíciles para el país y me traiga una reflexión extraordinaria a la hora de compartir en casa y a través de las redes la mejor vacuna contra el desasosiego: A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos.

Uno se cree
Que las mató
El tiempo y la ausencia.
Pero su tren
Vendió boleto
De ida y vuelta.

La disponibilidad digital de la que gozamos hoy día, tanto para lo divino como para lo humano, nos permite disfrutar de pequeñas cosas con recursos de siempre, de toda la vida, los rincones, los papeles, los cajones olvidados, también la radio, siempre compañera y amiga, completándola en este momento con los digitales, tales como los teléfonos inteligentes, la televisión y las redes sociales. Esta es la maravillosa realidad de Internet, una tecnología de doble uso, lo sé, pero que cuando se recurre a ella de forma racional y equitativa es extraordinariamente útil y buena, en el buen sentido de la palabra “buena”.

Son aquellas pequeñas cosas,
Que nos dejó un tiempo de rosas
En un rincón,
En un papel
O en un cajón.

Por ello, comprendo hoy mejor que nunca a Serrat, porque todo lo que nos rodea ahora en casa son aquellas pequeñas cosas que muchas veces no hemos valorado en tiempo de bonanza, de rosas. No un yate, una mansión o una fortuna, los de la metáfora de Groucho, por pequeños que fueran o fuesen. Es lo que tiene no confundir hoy, como todo necio, valor y precio.

Como un ladrón
Te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
A su merced
Como hojas muertas
Que el viento arrastra allá o aquí,

Que te sonríen tristes y
Nos hacen que
Lloremos cuando
Nadie nos ve.

El virus nos tiene ahora a su merced, obligándonos a tomar medidas de autoprotección para protegernos a nosotros mismos y a los demás, permitiéndonos solo encontrar las pequeñas cosas de cada día, que a veces acechan a través de la puerta. Solo necesitamos autoconvencernos de que con pequeñas soluciones podemos solucionar este gran problema, aunque a veces lloremos cuando nadie nos ve.

Hablando de llanto escondido, he ido a mi biblioteca a buscar un libro para recordar cómo lloraba Antonio Machado en momentos difíciles para este país, de destierro, buscando quizá un consuelo ante tanto dolor ajeno, sin acabar de entender sus soledades, según su hermano José, un gran desconocido en la literatura española. Su lectura me ha dejado siempre vía libre en el terreno de las preguntas. Su título es real como la vida misma, Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José (1). Cuenta en estas páginas que unos días antes de morir en el pueblo del destierro, le pidió una pequeña cosa, ver el mar: “Esta fue su primera y última salida. Nos encaminamos a la playa. Allí nos sentamos en una de las barcas que reposaban sobre la arena. El sol de mediodía no daba casi calor. Era en ese momento único en que se diría que el cuerpo entierra su sombra bajo los pies. […] Así permaneció absorto, silencioso, ante el constante ir y venir de las olas que, incansables, se agitaban como bajo una maldición que no las dejara reposar. Al cabo de un largo rato de contemplación me dijo señalando a una de las humildes casitas de los pescadores: “Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación” Y volvió al hotel, sumido en el más profundo silencio. Una soledad acompañada, recordando una idea de su infancia sobre ella: Sí, yo era niño y tú mi compañera. Seguro que en esta soledad sonora recordó el último verso de su retrato con alma: Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar. Al leerlo otra vez con el calor que da la impecable dignidad de la que hizo gala siempre, se me han caído unas lágrimas, como le ocurría a María Celeste, el mascarón de proa preferido de Neruda, que lloraba cada vez que el calor del fuego que ardía en la chimenea de su casa, en la Isla Negra, condensaba el vapor en sus ojos de cristal. Porque ante la dignidad y la vergüenza todo llora y nada permanece insensible y quieto.

Solo son las pequeñas cosas que hoy quería contar a mis amados y amadas, a los que señalaba Tagore como especiales e imprescindibles y que a mí me han dejado un camino de ida y vuelta en un tiempo de rosas.

(1) Machado, José (1999).  Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José. Madrid: Ediciones de la Torre, pág. 141s.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

¿Existen cifras del coronavirus en España, más allá de toda sospecha?

MAS ALLA DE TODA SOSPECHA

Sevilla, 27/III/2020

Como todos los días, me enfrento hoy de nuevo al fenómeno de la hoja en blanco para preparar la publicación de mañana, en la serie que estoy desarrollando en esta quincena especial del estado de alarma. A primera hora, he leído el título y subtítulo que aparecía en la portada digital de El País, Los datos están mal, que me ha llenado de interrogantes sin mezcla de bien alguno. Tengo que decir por adelantado que lo firma Javier Sampedro, al que profeso un gran respeto desde hace ya muchos años, pero hoy me ha desconcertado. ¿Era necesario hoy publicar en primera página, a dos columnas digitales, una pregunta tan inquietante?, ¿se debe dar la opinión que sigue como cebo, Los contagiados por coronavirus no son 56.188. Seguramente están más cerca del medio millón, para agobiarnos ya del todo? y ¿debería cuidarse más el sentido de la oportunidad y de la medida periodística en la situación actual?

Continúa afirmando que “[…] el análisis matemático, si quiere servir de algo, se tiene que alimentar de datos fiables. Y no los tenemos”. Así, directamente en vena, casi sin mediar palabras. También afirma que “las cifras son engañosas” y a continuación da la justificación de estas afirmaciones tan rotundas: “Antonio Durán Guardeño, catedrático de Análisis Matemático de la Universidad de Sevilla, lleva todo el mes trabajando sobre este grave problema de estimación. Según las técnicas estadísticas más adecuadas que ha probado, los contagiados por coronavirus en España no son los 56.188 de las cuentas oficiales. Seguramente están más cerca del medio millón. El fundamento de esta estimación se basa con fuerza en la segregación de datos por edades de los afectados. Los amantes de las matemáticas pueden leer los argumentos en el blog del Instituto de Matemáticas de la Universidad de Sevilla. Espero que también lo hagan los responsables políticos. Aunque creo que algunos ya lo han hecho”.

Para terminar, hace una afirmación que me sobrecoge de plano: “Recordemos que son justo los resultados por franja de edad los que tienen un mayor valor estadístico para calcular el número total de infectados. La Comunidad de Madrid tampoco informa sobre las franjas de edad. Y el Ministerio de Sanidad, por lo tanto, tampoco. Las Administraciones nos están ocultando un dato para el que consideran que no estamos preparados. Nos están tratando como a un público infantil o ignorante. Es una pésima estrategia. Los científicos nos ofrecen la verdad. Escuchémosles”.

Yo creo estar preparado para lo que me echen y reconozco que saber mucho sobre el coronavirus, como casi todos los saberes, no ocupa lugar en mi cerebro. Lo malo es que cada vez me queda menos sitio. Sé que estamos rodeados de noticias falsas o de medias verdades que todas juntas no llegan a transmitir una verdad entera. Con la que está cayendo, corremos todos los días y en cada momento hacia el areópago griego de toda la vida, es decir, las redes sociales, porque su inmediatez nos lleva a leer de todo y, casi siempre, plagado de opiniones que se elevan a la enésima potencia del saber que ya no sé si es verdadero o falso. Al menos, confío en los datos públicos, exclusivamente, porque me va en ello mantener intacto el principio de confianza que tanto aprecio.

Sé que estamos viviendo una huida permanente de la prensa escrita, también de determinada prensa digital, impresentable, digámoslo sin paños calientes, porque el desorden ético periodístico también se puede digitalizar. Todo está intervenido porque la democracia también lo está, como lo exponía recientemente en este cuaderno digital. Por supuesto, vigilada.

Con el artículo de opinión de Javier Sampedro en la mano y en mi mente, busco contrastar hoy más que nunca las fuentes oficiales. No me queda otra desde mi perspectiva ética porque si no vamos a desconfiar de todo lo que se mueve y podemos entrar en un pánico colectivo innecesario e imprudente de resultados insospechados hoy en día. Sigo creyendo a esta altura del drama del coronavirus que mi Gobierno no me engaña. ¿Soy optimista? No, no, un pesimista bien informado, dando la vuelta al haiku 123 de Benedetti que tanto me ha preocupado siempre.

Para acabar con este disgusto matutino, quiero seguir haciéndome varias preguntas: ¿Por qué busco la noticia escrita con verdad ética? Porque busco la verdad de lo que ocurre en el mundo próximo y lejano, con objetividad plena y con independencia de los poderes fácticos, que son muchos. Algo tengo claro a estas alturas de la película: ya no basta con leer un solo periódico, porque al igual que detesto el pensamiento único considero necesario leer varios y, probablemente, de la diversidad que nos ofrece el mundo digital, que no solo atómico, puede salir la luz de lo que verdaderamente ocurrió, contrastando (comprobando la exactitud o autenticidad de algo, según la RAE) varias fuentes, varios ríos atravesados por quienes pretenden contarnos como lo hicieron por diferentes sitios. Porque la verdad no pertenece a nadie, sino a lo que verdaderamente pasó y ya nos advirtió Heráclito de Éfeso que nadie se baña dos veces en el mismo río. Lo que allí ocurrió solo lo conoceré porque me lo cuentan profesionales con palabras e imágenes, que también están contaminadas en muchas ocasiones, aunque valgan más que mil palabras. Es lo que tiene ser humanos y es verdad que cuando crecemos en la ética de la justificación como justicia, comprendemos mejor que nunca que todo lo humano no nos es ajeno. La pandemia del coronavirus y su impacto mundial y en este país, tampoco. Ni siquiera el periodismo, ni un buen periódico hecho por profesionales que, en el menor o mayor descuido, se ajustan como ajustamiento de los poderes fácticos, ocultos, manifiestos y sin escrúpulo alguno para tratar la verdad a medias, a cualquier precio y desprecio. Aunque, afortunadamente, todos los periodistas no son iguales. Ni los (buenos) periódicos, cronistas, opinadores mayores del reino…, tampoco. En definitiva, es una cuestión de ética periodística y lectora que, por cierto, nunca son inocentes.

Busco respuestas también en maestros del periodismo escrito, hablado y contado de forma correcta. Gabriel García Márquez, publicó hace muchos años un artículo aleccionador para comprender bien el periodismo, “el mejor oficio del mundo”, del que entresaco estas sabias palabras: “[…] Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica”. Los poderes fácticos, acaban después con la ética periodística que se podría resumir como la solería que cada profesional pone a lo largo de su vida como suelo firme de su forma de interpretar lo que ocurre y entregarlo a los demás. Ya lo sintetizó espléndidamente Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica de Roma, en una frase ante estudiantes españoles en la Escuela de EL PAÍS, en 2014: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Nada más.

De lo que estoy seguro hoy es que lo que nos pasa es que queremos saber qué está pasando de verdad y por lo menos, hoy, en este aquí y en este ahora, sigo creyendo en mi Gobierno, en las cifras oficiales, por que sé que no me engaña y que me trata como persona adulta y sabia, no como ignorante molesto, aquellos de los que hablaba también con frecuencia Hans Magnus Enszerberger al referirse a los críticos e incrédulos digitales, que también existen.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://a53.idata.over-blog.com/460×600/1/21/63/43/2011-Catorce/medios-de-comunicacion1.jpg

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 13. Elogio a las personas corrientes

Sevilla, 27/III/2020, Día Decimotercero

Llegó el día de hacerlo otra vez, quizá como si fuera la primera vez. Repasando este cuaderno digital una y mil veces, he localizado un post que tiene una actualidad plena, porque aborda algo que estamos viviendo estos días de forma sorprendente por parte de los millones de personas que conformamos este país, cada una con su cadaunada de responsabilidad, generosidad y lealtad hacia sí mismo y hacia los demás. Circunscribo el contenido del citado post a este país, que está demostrando en líneas generales una madurez democrática asombrosa.

Vuelvo a leerlo con detenimiento y analizando ahora el contexto de cada frase, de cada palabra. Coincido en algo fundamental y sorprendente: somos corrientes incluso en la singularidad, aunque todos no somos iguales. Digo con frecuencia que es verdad que todos no vamos en el mismo barco, que todos no decimos al final lo mismo, porque cada uno, cada una, elige en democracia su singladura, patrón y barco. Al buen entendedor, con pocas palabras basta.

La pandemia actual nos obliga a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad. Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, vamos en pateras, sin quilla, como si viajáramos por el mundo de todos los días en una media cáscara de nuez.

Lo que expreso a continuación forma parte de mis principios y aviso que éstos son los que tengo y no tengo otros. En estos días de confinamiento, las personas corrientes y singulares son las grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Con especial relevancia ahora, el conjunto de centenares de miles de servidores públicos que saben que el objetivo principal en su vida profesional es el interés general de la ciudadanía, sin dejar a nadie atrás en salud y en enfermedad, en la edad prematura y en la edad avanzada, en la situación extrema de pobreza, en las pandemias, en la guerra y en la paz. Ellos son ahora, también, los imprescindibles.

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ELOGIO DE LAS PERSONAS CORRIENTES Y SINGULARES

Algún día tenía que hacerlo, porque lo habitual es que hable en este cuaderno de personas y situaciones especiales. Hoy quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Para ello he elegido una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, porque simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.

Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:

– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.

– Porque todo el mundo quiere serlo.

– Yo no, responde Alex.

Y el patrón de la normalidad se circunscribe, en el pequeño mundo de la protagonista, a cumplir con una lista convencional para el mercado de estar en el mundo, más que ser en él: tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar y ser feliz. Se trata de ir tachando todos los ítems que engloban el estándar de la normalidad y que cuando se cumplen permite la integración de una persona en la sociedad. Si falla alguno, la sociedad te expulsa con una facilidad clamorosa. Peor aún, no te admite.

Creo que más que de personas normales o corrientes, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…). Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.

Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, con la seriedad que imprime Jesús López Cobos a la orquesta, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Una quincena especial / 12. Nos queda la inteligencia digital

CEREBRO PROF TOGA UCLA
Diferencias neurológicas del cerebro (1)

Existen malas noticias para los que sólo quieren vivir su vida: si no nos relacionamos con las redes, las redes si se relacionan con nosotros. Mientras queramos seguir viviendo en sociedad, en este tiempo y en este lugar, tenemos que tratar con la sociedad red. Porque vivimos en la galaxia Internet.

Manuel Castells, La Galaxia Internet

Sevilla, 26/III/2020, Día Duodécimo

Blas de Otero nos legó una frase para la posteridad, nos queda la palabra, en un poema suyo precioso –En el principio– que escribió para que aprendiéramos a convivir en este país en tiempos difíciles. Ahora, estamos comprobando durante el confinamiento decretado en el estado de alarma, que nos queda la inteligencia digital, porque las tecnologías de la información y comunicación están siendo las grandes protagonistas de esta decisión de Estado que ayuda tanto a no propagar el coronavirus, utilizando convenientemente los medios digitales a nuestro alcance. Básicamente, teléfonos inteligentes, redes sociales y medios audiovisuales que difunden información, conocimiento, sentimientos y emociones. Creo que es la gran oportunidad de desarrollar convenientemente la inteligencia digital, en el esquema que aprendí hace ya muchos años de las inteligencias múltiples que interactúan en nuestro cerebro gracias a las estructuras cerebrales que lo conforman.

Un artículo publicado en 2011 por Mario Vargas Llosa, Más información, menos conocimiento, con una entradilla muy preocupante, La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros, me llevó a escribir, a modo de réplica, un post que recupero en esencia hoy para deshacer este entuerto digital en un momento transcendental para la humanidad como el que estamos viviendo con motivo de la pandemia del coronavirus.

La situación que describía el Nobel de Literatura ya la he analizado muchas veces y algo es incontestable: la inteligencia digital tiene riesgos inherentes a su desarrollo y consolidación en el cerebro humano, pero es una realidad que no tiene vuelta atrás porque el mundo digital solo tiene interés hacia adelante, grabándose todo lo que nos pasa en el hipocampo, una maravillosa estructura cerebral que convive muy bien con la información y su retención en zona de memoria a corto, medio y largo plazo, que sabe convertirla en conocimiento cuando se cruza permanentemente con otra estructura próxima, muy amable para la vida de las personas, la amígdala, donde se forjan nuestros sentimientos y emociones. Invito a conocer ahora las dos estructuras cerebrales citadas, hipocampo y amígdala, que están en el cerebro de cada persona. Les encantará haberlo hecho y comprenderán mejor la maravillosa complejidad de nuestro cerebro personal e intransferible, que da instrucciones a un dedo pulgar o índice para teclear o pronunciar palabras, números y accesos a mundos maravillosos digitales en tiempos de confinamiento.

Decía Vargas Llosa que “la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor”. Y me he acordado de una palabras de Hipócrates (Cos, 460 a.C.-Larisa, 377 a.C.), Sobre la enfermedad sagrada (Perì hierēs nousou), que cobran actualidad al reforzar la estructura maravillosa del cerebro, como sede hoy, muchos siglos después, de la información y del conocimiento: “El hombre debería saber que del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos. Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido, algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad…Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza. Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro”.

En el libro que publiqué en 2007, Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital, ya alertaba de esta oportunidad histórica en la vida de las personas que pueblan la Noosfera. En esa ocasión, definí la inteligencia digital a través de cinco acepciones que rescato hoy para aplicarlas a la situación que estamos viendo en relación con el coronavirus:

1. Destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella.
2. Capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
3. Capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
4. Factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
5. Capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

Estoy convencido que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas y de telecomunicaciones que son el corazón de las máquinas (chips) que preocupan y mucho a investigadores, historiadores y filósofos, de forma legítima y bien fundamentada, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, porque estoy convencido de que la inteligencia digital desarrolla sobre todo la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, sobre todo cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal del doble uso de la informática, es decir, la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red.

(1) Imagen recuperada en 2007, que se reproduce por cortesía del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

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