La respuesta no está en el viento

Escribo estas líneas recordando íntegramente unas palabras que entregué a la Noosfera hace once años, porque necesitamos reflexionar, en millones de rincones de pensar en este país y cada día presente y de después, sobre lo que está pasando en Cataluña. Salvando lo que haya que salvar, solo actualizo determinadas palabras para contextualizarlas hoy de la mejor forma posible. Nos tenemos que ayudar los miembros del Club de la Personas Dignas, ante tanta indignidad pública y privada, donde paradójicamente los vicios suelen ser privados, pero públicas las virtudes. Para lo que nos pueda servir, reescribo estas palabras. Creo que las necesitamos.

“Vicios privados y públicas virtudes” es una expresión que va más allá del título de una película famosa de los años setenta del siglo pasado, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, también políticas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar cualquier tipo de violencia, robar dinero público, quitar legitimidad a una Constitución, a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño y creencia de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien para que esos “dioses salvadores” o nuevos Mesías (de cualquier tipología religiosa. Política o social) pongan orden en este mundo tan enloquecido.

Bob Dylan volvió en 2006, diez años antes de recibir el premio Nobel de Literatura, con un álbum que llevaba un título con reminiscencias cinematográficas de gran calado: Tiempos Modernos, aquella prodigiosa película que toda buena cinéfila o presunto cinéfilo sabe valorar en su justa medida. Pero mi recuerdo no va hoy por esos derroteros, sino por aquella hermosa letra de su canción, inolvidable, Soplando en el viento (Blowin´in the wind):

¿Cuántos caminos tiene que andar un hombre antes de que le llaméis hombre?
¿Cuántos mares tiene que surcar la paloma blanca antes de poder descansar en la arena?
Sí, ¿y cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?
Sí, ¿y cuántos oídos tiene que tener un hombre para que pueda oír a la gente gritar?
Sí, ¿y cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuántos años puede existir una montaña antes de ser bañada por el mar?
Sí, ¿y cuántos años deben vivir algunos antes de que se les conceda ser libres?
Sí, ¿y cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver lo que ve?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

En ese año, el Profesor Stephen Hawking se decantó por una respuesta muy optimista –de las 25.000 que obtuvo- a la pregunta del millón de dólares que lanzó al ciberespacio en los primeros días de Julio de 2006: ¿cómo sobrevivirá la especie humana los próximos 100 años? La solución escogida es “la confianza en el ser humano”. Prodigioso. Queda claro que la respuesta no es inocente y alberga una gran esperanza respaldada por un sabio no distraído, sino pre-ocupado [sic] por el sentido de la vida y su futuro. La respuesta está en las personas. Así de expeditivo. Y la dio un internauta muy particular, Semi-Mad Scientist (científico casi loco), tal y como lo recogió como reportaje muy impactante el diario El País, en su edición de 24 de agosto de 2006: “el caos no es algo nuevo, sino que “ha estado con nosotros desde hace mucho tiempo”, y que, a pesar de todo, el ser humano ha logrado sobrevivir. Afirma que somos una especie que siempre se ha adaptado y que seguiremos haciéndolo. Aunque reconoce que ahora hay peligros nuevos e identifica tres amenazas graves: una guerra nuclear, una catástrofe biológica y el cambio climático. Está convencido de que “los recursos que tenemos ahora probablemente no existirán en 100 años”, pero añade que “tampoco existían en el siglo pasado”. El científico casi loco sostiene que, si Europa sobrevivió a la peste negra del siglo XIV, que se llevó por delante a un tercio de la población, el ser humano logrará superar cualquier catástrofe que pueda ocurrir. Después, él mismo se interroga sobre su optimismo: “¿Que por qué tengo está fe en la humanidad? Porque debo tenerla. (..) Creo tan firmemente que sobreviviremos como que el sol saldrá mañana”. Si no hay fe en la supervivencia, no puede haberla en nada más, concluye”.

La respuesta, decididamente, ya no está en el viento. Desde aquel aprendizaje ilusionante de 1972, donde todos los progresistas tarareábamos la canción de Dylan, han pasado 45 años, en el convencimiento de que merecía la pena luchar por dar respuesta a aquellas preguntas tan llenas de interés en un país que buscaba la libertad desesperadamente. Aunque sigamos preguntándonos con una actualidad rabiosa cómo podemos responder aquellas nueve cuestiones que cantaba Dylan, a las que seguimos obligatoriamente obligados a atender a pesar del tiempo transcurrido. Aunque cuestionemos, cada vez más, el porqué de la separación entre las personas, barrios, y naciones del planeta Tierra en estos tiempos modernos, más o menos como el protagonista de la película del mismo nombre (estrenada hace ochenta y un años) y cuya sinopsis nos recuerda la respuesta del científico casi loco que ha entusiasmado a Hawking: “un obrero de la industria del acero acaba perdiendo la razón, extenuado por el frenético ritmo de la cadena de montaje de su trabajo. Después de pasar un tiempo en el hospital recuperándose, al salir es encarcelado por participar en una manifestación, en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo, ayuda a controlar un motín por lo que gana su libertad. Una vez fuera de la cárcel reemprende la lucha por la supervivencia, lucha que compartirá con una joven huérfana que conoce en la calle”. Fe en la supervivencia.

Por enésima vez, en homenaje a Chaplin, Dylan y Hawking, cualquier parecido con la realidad actual en este país ya no es tampoco pura coincidencia. Ahora, sigo apostado en la puerta del Club de las Personas Dignas, sabiendo que la respuesta a lo que está ocurriendo ya no está en el viento.

Sevilla, 2/X/2017, en el día después de un país desolado

Hablemos del corazón

El corazón está en crisis. Dicen los sabios del lugar que la culpa la tienen sus revistas, sus programas televisivos, sus periodistas “de investigación cardíaca”, sus fans, sus redes especializadas, su caché, su sentimiento de pérdida del sentido de la vida al haber tenido que dejar paso al cerebro como fuente de donde manan todos los actos humanos con sentido, con inteligencia. Otros sabios, de otros lugares, dicen que es consecuencia de que este siglo se va a dedicar al gran protagonista del mismo: el cerebro. Y el corazón está en crisis total, se siente solo, cansado, hasta mal visto por la progresía de nuevo cuño.

Quizá ha sido necesaria la aparición pública del cantante portugués Salvador Sobral, ganador del último festival de Eurovisión para comprender, mejor que nunca, qué significa realmente el corazón. El siglo pasado se le perdió el respeto multisecular porque seguía funcionando en unas máquinas fuera del cuerpo y algunos afortunados lo podían contemplar cómo latía en sus manos y cómo podía volver curado a su legítimo propietario. Salvador se ha despedido recientemente de su público en un concierto muy emotivo en Estoril, porque su corazón ya no da para más. Necesita un trasplante urgente, para que otro corazón anónimo le devuelva la vida. Nos ha enseñado muchas cosas y la letra de su canción triunfante en Eurovisión, Amor pelos dois, no era inocente, sin capacidad alguna por mi parte de traducir su extraordinaria saudade implícita:

Si un día alguien pregunta por mi
Diles que viví para amarte
Antes de ti, solo existía
Cansado y sin nada para dar

Oye bien mis oraciones
Pido que regreses, que me vuelvas a querer
Yo sé, que no se ama solo
Tal vez poco a poco, puedas volver a aprender

Oye bien mis oraciones
Pido que regreses, que me vuelvas a querer
Yo sé, que no se ama solo
Tal vez poco a poco, puedas volver a aprender

Si tu corazón no quiere ceder
No sentir pasión, no quiere sufrir
Sin hacer planes del que pasará después
Mi corazón puede amar por los dos

Hemos creído durante siglos que en el corazón residía toda la fuerza de la vida, que era intocable hasta el final de sus días, pero ahora sabemos que no, que se cambia como una pieza de mecano imposible y que la persona que lo recibe sigue siendo quien era, con su inteligencia, como marca de la casa y con idéntica denominación de origen, con sus sentimientos y emociones, sin cambio alguno, más allá que el que le puede ocasionar las secuelas físicas. Lo que quiere decir es que el gran protagonista de los destinos del corazón es el cerebro, que le da órdenes de cómo tienen que comportarse y no al revés. Y los paparazzi, el mercado del papel cuché, las emisoras berlusconianas y otras especies atómicas y digitales del lugar, sin enterarse, aunque ya lo explicaba muy bien Heráclito de Cos (460 a.C.-Larisa, 377 a.C.) hace más de veintiséis siglos: “El hombre debería saber que, del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos.  Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido, algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad… Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza.  Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro (Sobre la enfermedad sagrada, Perì  hierēs nousou).

Gracias Salvador Sobral. Tú nombre es programático para comprender que tus palabras, tus canciones, las necesitamos más que nunca. Con el corazón e inteligencia con la que cantas a la vida para hacerla más amable. Seguro que volverás a deleitarnos con tu canto alojado en el hipocampo de tu cerebro, que hará feliz a tu corazón nuevo porque… siempre seguirá amando por dos.

Sevilla, 24/IX/2017

Como lanchas a la deriva

AI WEIWEI

Es curioso. Iniciamos un mes con muchas posibilidades de acercarnos al mar, probablemente el mismo al que también vemos casi todos los días del año en operaciones de rescate de lanchas de migrantes a la deriva, cada vez más precarias para los que menos tienen, con la sensación de que son noticias recurrentes que cada vez impresionan menos por su cotidianidad. Pero sin ánimo de dar el día a nadie, hoy me ha sobrecogido una noticia del artista y activista chino Ai Weiwei, al vivir una experiencia especial, personal y real, subiéndose a una lancha a la deriva, para intentar comprender qué sienten los refugiados o migrantes que realizan estos viajes hacia alguna parte.

Lleva unos años volcado en la comprensión mundial de un fenómeno, el eterno éxodo de los refugiados de cualquier clase, que retorna de vez en cuando a nuestras vidas de salón, en función de crisis políticas y sociales de menor o mayor alcance. Lo delicado del asunto es que son recurrentes estos episodios de dolor ajeno, que no se acaban de erradicar por las autoridades y gobiernos correspondientes, que son los que tienen en sus manos profundas responsabilidades sobre ello, con independencia del consabido recurso a la condición humana del malser (perdón por el neologismo) y malestar de muchas personas, que todos llevamos dentro.

He leído en un artículo que publica hoy El País que “Ai está en este momento concentrado en su trabajo sobre la crisis de los refugiados en Europa y en todo el mundo. Montó un taller en Lesbos (Grecia), llenó de chalecos salvavidas el Konzerthaus de Berlín, cubrió de lanchas neumáticas el Palazzo Strozzi de Florencia, y poco antes de viajar a Buenos Aires ha sabido que su documental centrado en este asunto, Human Flow, competirá este año en la sección oficial del festival de Venecia” (1).

Es posible que la solución ética esté en emular a Ai y ponernos en el lugar de los refugiados e intentar comprender sus vivencias, buscando cada uno su forma de colaborar con este desastre de tan variadas raíces inhumanas. Hoy, me refugio en mi patera vital, sin quilla, que tantas veces cito en este blog y que suele ir a la deriva cuando vamos del corazón a nuestros asuntos personales y sociales, porque nos sentimos solos en un mundo diseñado por el enemigo de la concordia (¡qué palabra tan bonita!) humana.

Como he escrito recientemente en una reflexión íntima, Los que vamos en patera, tiene sentido solidario con estas realidades de refugiados, de cualquiera que busca refugio en espacios más amables de la vida, seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad, aunque vayamos muchas veces a la deriva de la vida.

Sevilla, 1/VIII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de
https://mundo.sputniknews.com/cultura/201510261052928660/

(1) https://elpais.com/cultura/2017/07/31/actualidad/1501528717_257443.html

Hace muchos años que Raimon dijo no

La banda sonora de la vida de cada uno es muy particular como lo era el patio de mi casa de la infancia. Pero algunas canciones marcaron épocas inolvidables donde por ósmosis libertaria nos impregnábamos de música y músicos que nos hacían vibrar en la búsqueda de un país mejor para todos. Es el caso de Raimon, que la semana próxima se despide definitivamente de los escenarios, después de años incansables de idas y venidas cabalgando sobre un corcel imaginario de ilusiones y proyectos para todos. Recuerdo, sobre todo, dos canciones que las recupero de mi memoria de hipocampo con una facilidad asombrosa al cantarlas: Al vent y Diguem no, porque el idioma alternativo en la época de autos, finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, tenían un sentido reivindicativo como plus de la lucha por la democracia en España.

Los últimos meses en este país han sido especialmente virulentos en relación con decir NO, con mayúsculas, a una situación política que era insostenible, vivida a lo largo de 2016 y con vaivenes de infeliz memoria. Lo traigo a colación porque la canción de Raimon, Diguem no, era un manual breve para mantener el no en la vida, en ocasiones en la que hay que enfrentarse a situaciones complejas y saber decir y mantener el no, a pesar de las dificultades que normalmente conlleva. Raimon nos decía en su canción que ahora que estamos juntos, diré lo que tú y yo sabemos y que a menudo olvidamos: hemos visto al miedo ser ley para todos, hemos visto a la sangre -que sólo hace sangre- ser ley del mundo. Y enarbolaba el estribillo de la dignidad personal y colectiva frente a los que no defienden el interés general, a los que conocemos por su nombre y sus siglas: no, yo digo no, digamos no. Nosotros no somos de ese mundo. No, digamos no.

Para no decaer en el empeño proseguía: hemos visto al hambre ser pan para todos. Hemos visto que han hecho callar a hombres llenos de razón. Y nos animaba a cantar juntos: no, yo digo no, digamos no. Nosotros no somos de ese mundo. No, digamos no. Nosotros no somos de ese mundo. En mi época, se prohibieron las dos estrofas finales por atentar contra principios del Régimen: hemos visto al hambre ser pan para los trabajadores. Hemos visto encerrados en la prisión a hombres llenos de razón. Sin comentarios.

Me parecía justo y benéfico ser agradecido con Raimon porque me permitió luchar por ideales puros, utópicos para los de siempre, pero que no olvido. Cuando he sabido que ya no los cantará más en público, para todos, he sentido la necesidad de compartirlos de nuevo, al viento, con el pensamiento y sentimiento puesto en esta letra, porque esos ideales son incluso más fuertes que el viento. Mediante el compromiso social activo, porque si ese compromiso no tiene la fuerza del corazón que pones en ello, es solo eso, una palabra sin más. Rafael Alberti lo expresaba de forma impecable: Libre solo el corazón, más que el viento.

Con Raimon supe lo que era cantar al viento (al vent…) cuando la vida nos da penas, porque el mero hecho de nacer es ya un gran llanto y que la vida puede ser ese llanto; pero nosotros podemos seguir cantando al viento, con la cara al viento, con el corazón al viento, con las manos al viento, el viento que sopla para todo el mundo, aunque muchos no seamos de ese mundo que tiene al miedo como ley para todos, porque hemos visto a la sangre -que sólo hace sangre- ser ley del mundo. Por todo ello, es muy importante saber mantener el No a lo que es indigno, el NO que aprendimos con Raimon cantándolo en su idioma de todos y de secreto.

Sevilla, 27/V/2017

Viernes laico con Bach

Sigo con mis ensayos de violín y esta mañana de viernes laico he tocado el décimo movimiento de la cantata Hertz und Mund und Tat und Leben (El corazón y la boca, y las obras y la vida), BWV 147, escrita por Johann Sebastian Bach durante su primer año en Weimar (Alemania). Lleva por título Jesus bleibet meine Freude, Jesús sigue siendo mi alegría, todo un símbolo en un día en el que, para la Semana Santa (que no Laica), es de tristeza profunda por el recuerdo histórico de la muerte de Jesús de Nazareth. Con todo mi respeto a esta creencia.

La toco de forma todavía imperfecta en un compás 9/8, moderato, con múltiples tresillos que exigen un movimiento especial del arco, mientras sigo con palabras esta maravillosa composición, intentando comprender el alcance que tienen hoy, respetando también el contexto en que Bach la escribió en compases maravillosos, poniendo música a un texto no propio, del poeta luterano Martin Jahn, pero ensalzado a los cielos por su maestría indiscutible:

Jesús sigue siendo mi alegría,
consuelo y bálsamo de mi corazón.
Jesús me defiende de toda pena.
Él es la fuerza de mi vida,
el gozo y el sol de mis ojos,
el tesoro y la delicia de mi alma;
por eso no quiero a Jesús
fuera de mi corazón y de mi vista.

Es un Viernes Laico junto a Bach. Nada más. Comprendo mejor que nunca por qué Harnoncourt, que dirige esta obra en el vídeo que acompaña a estas palabras, miraba siempre al cielo con su expresiva mirada inolvidable, deletreando este maravilloso movimiento. Lo escribí en 2016, en una fecha próxima a su fallecimiento: “En una entrevista con motivo de su 85 cumpleaños, ante la pregunta sobre la composición que le gustaría escuchar cuando estuviera próxima su partida de este mundo, afirmó después de sus famosos silencios el nombre del coral de Bach, que resume su vida de respeto reverencial a uno de sus maestros preferidos: “Vor deinen Thron tret’ ich hiermit” (Con esto me presento ante tu trono). Mirando a Dios como solo él sabía hacerlo, a sus músicos, a su querido público” (1). Porque Jesús era su alegría.

Sevilla, 14/IV/2017

(1) https://joseantoniocobena.com/2016/03/07/harnoncourt-miro-siempre-al-cielo/

Emma Watson, Bella sin Bestia

Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior

Gabriel García Márquez, Doce cuentos peregrinos

El viernes pasado se estrenó en España La bella y la bestia, en una versión de personajes reales, que se ha considerado como uno de los estrenos mundiales de mayor relevancia en los últimos tiempos. Algo pasa en esta sociedad que acoge los cuentos reinterpretados por la factoría Disney con un interés especial digno de estudio. En 1991 tuvo un éxito sin precedentes la versión primera animada, con una banda sonora que todavía persiste en musicales y que resuena en nuestros oídos de forma machacona por lanzamientos medidos de la discográfica de turno. Las cosas de Disney no son relatos inocentes y mucho menos éste. La historia de príncipes convertidos en ejes del mal o al revés, con ternura interior en búsqueda de su amada de sueños para llevarla a una vida principesca que le permita olvidar su origen de pobreza, ha perdurado a lo largo de los siglos y en casi todas las culturas que en el mundo han sido. En la era Trump es necesario volver a recordar que bellas y bestias existen por doquier y lo único que hay que hacer en convertirlas en carne y hueso para que parezcan más reales exportándolo al mundo mundial. Eso sí, pasando por taquilla siempre porque no hay que olvidar que son pura mercancía, muy alejado todo de la realidad terca de la vida.

Todo lo que  cuento anteriormente tiene un sentido para mí especial, porque sorprendentemente la protagonista de este remake es Emma Watson, ¿una Bella con Alma?, a la que dediqué en 2014 un post en este cuaderno digital porque me gustó mucho el discurso que pronunció el 20 de septiembre de ese año, como embajadora de buena voluntad de ONU Mujeres, lanzando la campaña HeForShe (Ellos por Ellas), acerca de la imperiosa necesidad de creer que otro mundo es posible cuando los hombres y mujeres deciden trabajar en común con el respeto a la igualdad íntegra en la vida diaria. Lo reproduzco íntegro, porque no merece más comentario que reflexionar sobre todas y cada una de sus frases y pasar a la acción, cada uno, cada una, donde crea que puede aportar más a este cambio de aplicación concreta de la inteligencia personal e intransferible a una forma diferente de ser hoy niña o niño, mujer u hombre en el mundo, sin necesidad de reinterpretar cuentos según Disney que no son precisamente los que se leen al amor de la lumbre:

“Hoy estamos lanzando una campaña que se llama “HeForShe”.

Acudo a ustedes porque necesito su ayuda. Queremos poner fin a la desigualdad de género, y para hacerlo, necesitamos que todas y todos participen.

Se trata de la primera campaña de este tipo en las Naciones Unidas: queremos tratar de mover a todos los hombres y los jóvenes que podamos para que sean defensores de la igualdad de género. Y no sólo queremos hablar de esto, queremos asegurarnos de que sea algo tangible.

Fui nombrada hace seis meses, y cuanto más he hablado sobre el feminismo, tanto más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de las mujeres se ha vuelto con demasiada frecuencia un sinónimo de odiar a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura es que esto no puede seguir así.

Para que conste, la definición de feminismo es: “La creencia de que los hombres y las mujeres deben tener derechos y oportunidades iguales. Es la teoría de la igualdad política, económica y social de los sexos”.

Empecé a cuestionar los supuestos de género a los ocho años, ya que no comprendía por qué me llamaban “mandona” cuando quería dirigir las obras de teatro que preparábamos para nuestros padres, pero a los chicos no se les decía lo mismo.

También a los 14, cuando algunos sectores de la prensa comenzaron a sexualizarme.

A los 15, cuando algunas de mis amigas empezaron a dejar sus equipos deportivos porque no querían tener aspecto “musculoso”.

Y a los 18, cuando mis amigos varones eran incapaces de expresar sus sentimientos.

Decidí que era feminista, y eso me pareció poco complicado. Pero mis investigaciones recientes me han mostrado que el feminismo se ha vuelto una palabra poco popular.

Aparentemente me encuentro entre las filas de aquellas mujeres cuyas expresiones parecen demasiado fuertes, demasiado agresivas, que aíslan, son contrarias a los hombres y, por ello, no son atractivas.

¿Por qué resulta tan incómoda esta palabra?

Nací en Gran Bretaña y considero que lo correcto es que como mujer se me pague lo mismo que a mis compañeros varones. Creo que está bien que yo pueda tomar decisiones sobre mi propio cuerpo. Creo que es correcto que haya mujeres que me representen en la elaboración de políticas y la toma de decisiones en mi país. Creo que socialmente se me debe tratar con el mismo respeto que a los hombres. Por desgracia, puedo afirmar que no hay ningún país del mundo en el que todas las mujeres puedan esperar que se les reconozcan estos derechos.

Por el momento, ningún país del mundo puede decir que ha alcanzado la igualdad de género.

Considero que estos son derechos humanos, pero sé que soy una afortunada. Mi vida ha sido muy privilegiada porque mis padres no me quisieron menos por haber nacido mujer; mi escuela no me impuso límites por el hecho de ser niña. Mis mentores no asumieron que yo llegaría menos lejos porque algún día pueda tener una hija o un hijo. Esas personas fueron las embajadoras y los embajadores de la igualdad de género que me permitieron ser quien soy hoy. Aunque no lo sepan ni lo hayan hecho voluntariamente, son las y los feministas que estan cambiando el mundo hoy en día. Y necesitamos más personas como ellas y ellos.

Y si la palabra todavía resulta odiosa, piensen que lo importante no es la palabra sino la idea y la ambición que la respalda. Porque no todas las mujeres han gozado de los mismos derechos que yo. De hecho, las estadísticas demuestran que muy pocas los han tenido.

En 1995, Hilary Clinton pronunció en Beijing un famoso discurso sobre los derechos de la mujer. Me entristece ver que muchas de las cosas que quería cambiar todavía son realidad.

Lo que más me impresionó fue que sólo el 30 por ciento de su público eran hombres. ¿Cómo podemos cambiar el mundo si sólo la mitad de éste se siente invitado o bienvenido a participar en la conversación?

Hombres: aprovecho esta oportunidad para extenderles una invitación formal. La igualdad de género también es su problema.

Porque, hasta la fecha, he visto que la sociedad valora mucho menos el papel de mi padre como progenitor, aunque cuando era niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre.

He visto a hombres jóvenes que padecen una enfermedad mental y no se atreven a pedir ayuda por temor a parecer menos “machos”. De hecho, en el Reino Unido el suicidio es lo que más mata a los hombres de entre 20 y 49 años de edad, mucho más que los accidentes de tránsito, el cáncer o las enfermedades coronarias. He visto hombres que se han vuelto frágiles e inseguros por un sentido distorsionado de lo que es el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan de los beneficios de la igualdad.

No es frecuente que hablemos de que los hombres están atrapados por los estereotipos de género, pero veo que lo están. Y cuando se liberen, la consecuencia natural será un cambio en la situación de las mujeres.

Si los hombres no necesitaran ser agresivos para ser aceptados, las mujeres no se sentirían obligadas a ser sumisas. Si los hombres no tuvieran la necesidad de controlar, las mujeres no tendrían que ser controladas.

Tanto los hombres como las mujeres deberían sentir que pueden ser sensibles. Tanto los hombres como las mujeres deberían sentirse libres de ser fuertes. … Ha llegado el momento de percibir el género como un espectro y no como dos conjuntos de ideales opuestos.

Si dejamos de definirnos unos a otros por lo que no somos, y empezamos a definirnos por lo que sí somos, todas y todos podremos ser más libres, y es de esto que se trata HeForShe. Se trata de la libertad.

Quiero que los hombres acepten esta responsabilidad, para que sus hijas, sus hermanas y sus madres puedan vivir libres de prejuicios, pero asimismo para que sus hijos tengan permiso de ser vulnerables y humanos ellos también, que recuperen esas partes de sí mismos que abandonaron y alcancen una versión más auténtica y completa de su persona.

Ustedes se estarán preguntando: ¿Quién es esta chica de Harry Potter? ¿Y qué hace en un estrado de las Naciones Unidas? Es una buena pregunta, y créanme que me he estado preguntando lo mismo. No sé si estoy capacitada para estar aquí. Sólo sé que este problema me importa. Y quiero que las cosas mejoren.

Y, a causa de todo lo que he visto, y porque se me ha dado la oportunidad, creo que es mi deber decir algo. El estadista inglés Edmund Burke afirmó: “Todo lo que se necesita para que triunfen las fuerzas del mal es que suficientes personas buenas no hagan nada”.

En mi nerviosismo por este discurso y en mis momentos de dudas, me he dicho con firmeza: si no lo hago yo, ¿quién?; y si no es ahora, ¿cuándo? Si ustedes sienten dudas similares cuando se les presentan oportunidades, espero que estas palabras puedan resultarles útiles.

Porque la realidad es que si no hacemos nada, tomará 75 años —o hasta que yo tenga casi 100— para que las mujeres puedan esperar recibir el mismo salario que los hombres por el mismo trabajo. Quince millones y medio de niñas serán obligadas a casarse en los próximos 16 años. Y con los índices actuales, no será sino hasta el año 2086 cuando todas las niñas del África rural podrán recibir una educación secundaria.

Si crees en la igualdad, podrías ser uno de esos feministas involuntarios de los que hablé hace un momento. Y por eso te aplaudo.

Nos cuesta conseguir una palabra que nos una, pero la buena noticia es que tenemos un movimiento que nos une. Se llama HeForShe. Los invito a dar un paso adelante, a que se dejen ver, a que se expresen: a que sean “él” para “ella”. Y pregúntense: si no lo hago yo, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?

Muchas gracias”.

Sevilla, 21/III/2017

¿Existe Política Digital en el Sistema Nacional de Salud?

MASTER TIC

Intervine el viernes pasado en el MÁSTER EN DIRECCIÓN DE SISTEMAS Y TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN Y LAS COMUNICACIONES PARA LA SALUD, que se desarrolla en la Escuela Nacional de Sanidad bajo el auspicio del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y la Sociedad Española de Informática de la Salud (SEIS), con la presentación de una cuestión que me ocupa y preocupa desde hace ya muchos años: ¿Existe Política Digital en el Sistema Nacional de Salud?. Llevaba además un subtítulo imprescindible para comprender en profundidad lo que allí expuse con la brevedad que impone una clase integrada en el programa: Hacia un nuevo paradigma tecnológico de carácter público y estratégico.

Agradecí la oportunidad que me brinda la organización del Master para participar en una actividad docente que tanto añoro y que considero imprescindible en la formación continua de profesionales que trabajan diariamente en el ámbito de la aplicación de las TIC en el amplio espectro de la salud. Desde el principio declaré dos hilos conductores de la intervención. En primer lugar, tenía la posibilidad de decirlo todo y de la mejor forma posible, pero el fenómeno de comenzar la clase es siempre dialéctico por la posibilidad que existe siempre de decir todo o nada, aunque lo importante es decir algo especial y de carácter estratégico. En segundo lugar, porque me sitúo en el espectro de personas que quieren construir teoría crítica en este país, en este ámbito concreto y tan atractivo de Política Digital con mayúsculas, no solo para declarar meras opiniones sino principios paradigmáticos de ciencia y teoría crítica que permitan construir una malla creadora que debata hasta la saciedad estos principios, incluso para que se pueda llegar a formular “opiniones sistematizadas” en feliz expresión del Profesor y Maestro, Gustavo Bueno.

Nadie se baña dos veces en el mismo río y lo que allí ocurrió no se volverá a repetir en su texto y contexto. Por esta razón subo a este cuaderno digital y a las redes sociales mi intervención, con objeto de que sirva para la co-creación de teoría crítica de Política Digital, que deben llevar a cabo Gobiernos Digitales en este país, tanto a nivel de Estado como en todas las Comunidades Autónomas. Es una forma de desarrollar también el compromiso intelectual al que estamos obligados en determinados momentos profesionales de la vida, que no solo debe servir para cambiar la ordenación y organización política digital en este ámbito, sino sobre todo para transformarla.

Salí de la Escuela Nacional de Sanidad con la ilusión de seguir colaborando en este tipo de acciones educativas y sociales, de amplio perfil transformador. Los profesionales que estuvieron allí eran los destinatarios legítimos de aquellas palabras cargadas de ética pública digital, que también existe. En un espacio y tiempo públicos y con visión también pública por mi parte de lo que debemos transformar con urgencia en este país, atendiendo al interés general. La respuesta a la pregunta que planteé como hilo conductor de la intervención no está en el viento. Rotundamente, no existe Política Digital desarrollada por el Gobierno correspondiente en este país, tanto con rango de Estado como su aplicación concreta en el ámbito de la salud. De ahí la urgencia en plantear debates y encuentros profesionales en este escenario tan enriquecedor para el desarrollo de la inteligencia pública digital de la que por empoderamiento podemos beneficiarnos todos.

Sevilla, 20/III/2017