Nos quedará siempre la luz de Francisco Brines

Francisco Brines Bañó

Sevilla, 21/V/2021

El pasado 20 de abril, con motivo de la celebración del Día Internacional de Libro, dediqué unas palabras al poeta Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, que falleció anoche en su tierra natal a los 89 años. Unas semanas después, concretamente el 12 de mayo, recibió en su casa de Oliva, su amada “Elca”, el premio de manos del Rey dado su delicado estado de salud. Anoche, fue a su cielo. Por respeto a su vida y obra, vuelvo a publicar aquellas palabras, siendo consciente de que cada vez que perdemos una voz viva, el mejor homenaje que podemos hacer a estas personas imprescindibles es servir de altavoces suyos para que su palabra nos quede siempre en su valor auténtico:

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Francisco Brines, El porqué de las palabras

Un poema especial en el Día del Libro 2021

Sevilla, 20/IV/2021

El próximo viernes, 23 de abril, se celebra a nivel internacional el Día del Libro. Sé que es una efeméride más que está muy cerca del Mercado de los Días, pero también soy consciente de que el trabajo de narrativa, poesía, ensayo, traducción, edición y así decenas de trabajos en torno al libro, tienen un precio que hay que protegerlo legalmente, reconocerlo y pagarlo. El problema radica cuando se confunde, como hace todo necio, el valor y el precio de los libros, pasando a ser una mera mercancía más en el gran bazar del mundo y en el Mercado de los Días que citaba anteriormente.

Dicho esto a modo de declaración de principios, quiero centrarme hoy en la celebración de este año, que ha escogido con el patrocinio del Gobierno de España un mensaje en torno a un verso de Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, en un año para no olvidar por lo que ha supuesto para el mundo en general y para este país, en particular, también en el ámbito de la cultura. Brines es un poeta con una larga trayectoria, con una obra muy interesante y llena de sentido existencial, que llevó el año pasado a que el jurado del Premio Cervantes dijera de él que “Es el poeta intimista de la generación del 50 que más ha ahondado en la experiencia del ser humano individual frente a la memoria, el paso del tiempo y la exaltación vital”, una generación a la que pertenece también un poeta muy presente en hojas de este cuaderno digital, Ángel González.

Tengo que agradecerle como andaluz respetuoso con la historia de sus poetas más preclaros en esta tierra, que Brines leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 2006, dedicándolo íntegramente a Luis Cernuda, Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda, «por lealtad», porque siempre ha reconocido que le debía mucho,  por «la conmoción» que la lectura de su poesía le ha causado desde joven y el magisterio que ha ejercido sobre su propia obra, que «como nadie, había sabido incorporar con tanta verdad y completud al hombre que él era en las palabras escritas». Siempre reconoció también su admiración hacia Juan Ramón Jiménez, hasta el punto de que llegó a manifestar en el discurso citado que “ninguno de ellos podía ya protestar ni retirarme su amistad, si la hubiese yo merecido anteriormente. Al fin y al cabo, también en vida tuvieron tiempos de bonanza y afecto, y cuando lo hice pensé en aquellos”, porque siempre quiso dedicarles sus primeros libros, como señal de agradecimiento y afecto.

He elegido dos poemas de su extensa obra, como elección personal y transferible, porque creo que resumen muy bien su forma de ser y estar en el mundo y porque de esta forma vamos preparando la celebración de ese gran día de la cultura, conociendo un poco más a Brines, sus palabras, sentimientos y emociones, sobre todo en torno al verso elegido como hilo conductor de este día, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, que puede ser más profundo si cada uno, cada una, leemos una parte de este poema completo, Desde Bassai y el mar de Oliva, en El otoño de las rosas (1986), escuchándolo también con sus propias palabras y de viva voz (1):

A José Manuel Blecua

Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia,
para encontrar el templo en donde floreciera la primera
sonrisa del capitel de acantos (o de rosas),
allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de fuego
y de cigarra.
Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo.
Los pájaros azules, el cielo derribado.
El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y era
eterno.
Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo, y
tú sonabas sólo como la juventud.

Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta,
cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en aire
de oro suspendido
esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del que
mira,
cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas,
y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e inacabable,
y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada
ardiente:
el muchacho, con un secreto amor también inacabable de sí
mismo,
porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él.
Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana
hermosura.

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas,
y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es católico.
Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén
muy agrio
y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro
a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia.
Lo siento más extraño que a mí mismo,
cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea el hueco,
y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz todavía.

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió
la tarde.

Escuchando este verso último, de la voz de Brines, he recordado algo que leí hace un tiempo y que me pareció un excelente resumen de su contenido: “Alguna vez el propio poeta ha afirmado que este verso podría servirle de epitafio, pero también cabría apropiárnoslo como emblema, y resumen, de su poesía. En efecto, toda la lírica del valenciano parece partir de ese lugar fantasmal de la memoria, de ese tiempo que no existió y al que, sin embargo, se vuelve una y otra vez. Tal vez porque en ese lugar (o no-lugar) se asienta todo el poder fundacional de la infancia, que en Brines se identifica con un nombre propio, Elca, la casa familiar rodeada de pinos y naranjos. Y no falta en el citado verso la referencia sensorial, la de un aroma que, de un modo casi proustiano, se asocia al pasado, como una espectral promesa de recuperación de lo perdido (si es que se puede recuperar, y perder, lo que no se tuvo nunca)” (2)

El segundo poema elegido hoy es El porqué de las palabras, incluido en su libro Insistencias en Luzbel (1977). Quien hojea este cuaderno sabe el valor que doy a la palabra, que todavía nos queda, adquiriendo hoy una nueva dimensión al profundizar en cada verso de Brines, en torno a la palabra, un contrapunto existencial que se adivina en su amor a la vida que, difícilmente se puede explicar con “vagos signos”:

A Fernando Delgado

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?


En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todos son gestos, muertes, son residuos.

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

(1) Brines, Francisco (2019). Antología personal. De Viva Voz (Voz de Francisco Brines). Madrid: Visor Libros.

(2) Francisco Brines: duelo y celebración – El Cuaderno (elcuadernodigital.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La palabra COVID tiene ya su historia en nuestro país

Diccionario histórico de la lengua española

Sevilla, 16/IV/2021

La Real Academia Española (RAE) presentó el pasado 13 de abril las novedades del Diccionario histórico de la lengua española (DHLE, 10.ª Entrega (marzo de 2021), Versión del 31/03/2021), “un diccionario total que tiene como objetivo recopilar todo el léxico del idioma español en todas las épocas y en todas las zonas en que se habla o se ha hablado. El proyecto se refuerza en esta etapa con una nueva metodología a cargo de la Red Panhispánica de Academias, Universidades y Centros para la Elaboración del Diccionario histórico de la lengua española, cuyos equipos trabajarán para elaborar la biografía de cada una de las palabras de nuestra lengua”. Es un proyecto digno de consideración sobre todo para las personas que amamos nuestras palabras en su texto y contexto histórico. Una de sus características fundamentales es que es “un diccionario nativo digital que persigue describir en su integridad (en el eje diatópico, diastrático y cronológico) la historia del léxico de la lengua española. Una característica definitoria de este repertorio radica en su voluntad de analizar la historia del léxico en una perspectiva relacional, atendiendo a los vínculos etimológicos, morfológicos y semánticos que se establecen entre las palabras. El DHLE ha sido concebido desde sus orígenes como una base de datos léxica electrónica (y diacrónica), lo que permite elaborar sus artículos de acuerdo con un criterio de organización del trabajo por campos semánticos (o voces relacionadas por su significado) y familias léxicas”.

He entrado en el diccionario citado y he buscado la palabra COVID (1), de indudable actualidad, dándome un resultado sorprendente para limpiar, fijar y dar esplendor a esta palabra tan usada a diario en nuestro país: “Etim [Etimología]. Voz tomada del inglés COVID-19, atestiguada en esta lengua como ‘enfermedad aguda de los humanos causada por un coronavirus’ en 2020, sigla formada a partir de coronavirus disease 2019 (CO: corona; VI: virus; D: disease; y 19, por el año en que se detectó el primer caso; véase OED, s. v.). A partir de aquí, se ofrece un resumen muy clarificador de la palabra que reproduzco a continuación para conocer bien su significado objetivo, a modo de breve historia de la palabra: “Se documenta por primera vez, en la acepción ‘enfermedad infecciosa aguda, causada por el coronavirus SARS-CoV-2, que afecta a las vías respiratorias y se caracteriza por la aparición de fiebre, tos, cansancio, disnea, dolores musculares y, en casos graves, neumonía, problemas cardíacos, coágulos sanguíneos e insuficiencia de diferentes órganos’ desde febrero de 2020, primero como COVID-19, en multitud de publicaciones en prensa, para dar nombre a la enfermedad que surgió en el año 2019 y que se ha desarrollado como una pandemia. Se empezó denominando neumonía atípica o neumonía asiática, dado que los primeros casos se detectaron en China, pero la denominación fijada por la Organización Mundial de la Salud el 11 de febrero de 2020 fue la de COVID-19. Aunque se recomienda su uso en femenino (pues el sustantivo inglés disease equivale a ‘enfermedad’) se atestigua también frecuentemente como sustantivo masculino. La lexicalización covid, ya sin el año y en minúscula se documenta a partir del primer trimestre de 2020 y, en ocasiones, se registra en aposición. Se consigna en el DLE en su actualización de 2020”.

Con estos antecedentes extraordinarios, se define a continuación la palabra “COVID”, como “Enfermedad infecciosa aguda,  causada por el coronavirus, que afecta a las vías respiratorias y se caracteriza por la aparición de fiebre, tos, cansancio, disnea, dolores musculares y, en casos graves, neumonía, problemas cardíacos, coágulos sanguíneos e insuficiencia de diferentes órganos. Sinónimos: coronacoviditis”, a la que agregan documentos en los años 2020-2021, con 12 ejemplos. Un ejemplo como el expuesto anteriormente da una visión acertada de la importancia de trabajar con este Diccionario histórico de la lengua española porque, según señala la RAE, ofrece “a los filólogos y al público en general aquella información relevante sobre la historia de las palabras que les permita interpretar los textos del pasado y del presente. Para ello se da cuenta del cambio que han experimentado los términos en su significado e incluso de los usos lingüísticos accidentales de una época determinada”.

Es un logro científico en el que participan numerosas instituciones y que se desarrolla “gracias al apoyo de Inditex y a la colaboración de la Fundación San Millán, presentando un nuevo modelo de trabajo basado en una Red Panhispánica de Academias, Universidades y Centros de Investigación. En la actualidad, cuenta con dieciocho grupos, nueve de ellos en España y otros nueve en América, pero se trata de un proyecto abierto y en constante crecimiento en el que todos sus miembros trabajarán en el estudio de la historia de las palabras de forma coordinada. A esta red constituida por la RAE se suman las instituciones que conforman la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), el Instituto Caro y Cuervo, la Universidad de Salamanca, la Universidad de la Laguna, la Universidad de Sevilla, la Universidad de La Rioja, la Universidad de Murcia, la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad de León, la Universidad de Santiago de Compostela y la Universidad Rovira i Virgili”.

Hoy quiero dejar constancia del valor de la palabra, porque la realidad es que es de los pocos recursos que nos quedan en nuestros ecosistemas personales e intransferibles, para mucho tiempo, si sabemos cuidarlo. Algunos, como los Académicos de la Lengua, véase el ejemplo anterior, todos los días la limpian, la fijan y le dan esplendor. Otros, la pronuncian solo para ofender a sus seres más queridos o a los ciudadanos de calle. Los de aquí y allí la utilizan para alcanzar diálogos a veces imposibles. Pero todos y todas anhelamos pronunciarlas alguna vez en la vida para que sepan los demás que existimos y que vivimos desesperadamente. Queremos que nos escuchen los demás, aunque sea recomendable cuidar el arte de callar, cuando no tenemos casi nada que decir (Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. El Arte de callar, Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar). Y aunque una vez anuncié en este cuaderno digital “la palabra“, como un práctico y útil recurso indispensable para alcanzar la ansiada modernidad, es verdad que podemos ser modernos gracias a que nuestros antepasados evolucionaron para que hoy tuviéramos este recurso maravilloso, que se demuestra que tiene siempre historia hacia atrás y lo que es más apasionante, hacia adelante, como el interés del mundo: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika [2], al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, aproximadamente, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Nos queda la palabra, siguiendo la estela marcada por Blas de Otero. Recomiendo que entren en ellas, las que ahora están en este diccionario histórico, aunque quedan muchas por incorporar porque son, teniendo la garantía de que su conocimiento profundo nos entregará siempre aires de libertad. Con este apoyo científico, nuestra lengua se enriquecerá en la medida que se vayan incorporando palabras a las nuevas versiones que se elaborarán entre todas las instituciones participantes y como muestra de un trabajo colaborativo ejemplar. Mi agradecimiento será expreso y visible en este cuaderno digital cada vez que me acerque a sus páginas en blanco para escribir palabras con alma. Ahora, también con su historia.

(1) Real Academia Española (2020- ): Diccionario histórico de la lengua española (DHLE), COVID,  [Consulta: 16/04/2021].

(2) Selam, la niña de Dikika – “El mundo sólo tiene interés hacia adelante…”, Pierre Teilhard de Chardin (joseantoniocobena.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Existe el mundo al derecho?

Sevilla, 10/IV/2021

Lo decía Quevedo de forma muy gráfica en su poesía satírica: ¿no sabe que fue ese tiempo / aquel de Mari Castaña, / cuando los hombres pacían / y los jumentos hablaban? (en La hora de todos, 778, 73-6), es decir, el mundo al revés ha sido una obsesión humana desde que el mundo existe, empeñado en justificar lo injustificable del mundo al derecho en una contraposición compleja. Ha sido recientemente, veinticinco años son nada, cuando Eduardo Galeano sorprendió al mundo con una obra plagada de sátira, Patas arriba. El mundo al revés (1), donde nos plantea de nuevo esta dialéctica multisecular, con una pregunta inquietante para cualquier lector o lectora ávidos de la última noticia acerca del mundo al derecho, porque visto lo visto, es harto difícil de definir: ¿existe un mundo al derecho?

Para Galeano los identificadores del mundo al derecho, a título de ejemplo, están claros desde el principio: “El mundo al revés premia al revés: desprecia la honestidad, castiga el trabajo, recompensa la falta de escrúpulos y alimenta el canibalismo. Sus maestros calumnian la naturaleza: la injusticia, dicen, es la ley natural. Milton Friedman, uno de los miembros más prestigiosos del cuerpo docente, habla de «la tasa natural de desempleo». Por ley natural, comprueban Richard Herrstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus negocios, John D. Rockefeller solía decir que la naturaleza recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un siglo después, muchos dueños del mundo siguen creyendo que Charles Darwin escribió sus libros para anunciarles la gloria”. Para empezar, honestidad, trabajo, escrúpulos y frugalidad, en el sentido más amplio de las palabras, son cuatro ejemplos de mundo al derecho que no de derechas, para no confundirnos, dado que ya se sabe que las ideologías no son inocentes ni todos decimos lo mismo.

Estamos viviendo días y meses de “nueva normalidad”, lo que muchos pueden entender como “el mundo al derecho”, porque lo que estamos pasando corresponde al mundo al revés, porque un virus mata a millones de personas y miles de millones corremos amedrentados a vacunarnos como consecuencia de algo que ha pasado en el mundo al revés y porque sabemos que nadie se libra de esta amenaza de un enemigo público número diecinueve, el coronavirus, dueño de ese mundo al revés que ahora nos paraliza por el miedo. Lo preocupante es saber quién tiene la patente de corso para definir y legislar en ese constructo aliado de “la nueva normalidad como consustancial con el mundo al derecho”, donde lo que ocurre a diario es que se desvía constantemente por atajos que llevan al mundo al revés con un gran dolor para la humanidad en general. Ejemplos tenemos a diario en la economía depredadora, la política mal entendida, la salud pública maltratada, la migración por geopolíticas insostenibles, millones de silencios cómplices, pobrezas severas, trato inhumano a millones de personas, siempre a los más débiles y guerras sin sentido.

“Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”, decía el torero Rafael Guerra, Guerrita, con su sátira quevediana, si es que en algún momento nos atrevemos a definir ese modelo de mundo al derecho, aunque Galdeano nos hizo advertencias severas para saber abordarlo en las primeras clases de su escuela del mundo al revés: “La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo. La maquinaria de la igualación compulsiva actúa contra la más linda energía del género humano, que se reconoce en sus diferencias y desde ellas se vincula. Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. Lo que más me ha sorprendido es la clamorosa diferencia que expone entre ser o tener, dialéctica que ya aprendí a identificar con Erich Fromm y que ahora rescato en las palabras de Galeano: “Quien no tiene, no es: quien no tiene auto, quien no usa calzado de marca o perfumes importados, está simulando existir. Economía de importación, cultura de impostación: en el reino de la tilinguería [los tontos, bobos y simples], estamos todos obligados a embarcarnos en el crucero del consumo, que surca las agitadas aguas del mercado. La mayoría de los navegantes está condenada al naufragio, pero la deuda externa paga, por cuenta de todos, los pasajes de los que pueden viajar. Los préstamos, que permiten atiborrar con nuevas cosas inútiles a la minoría consumidora, actúan al servicio del purapintismo [actitud de aparentar] de nuestras clases medias y de la copianditis de nuestras clases altas; y la televisión se encarga de convertir en necesidades reales, a los ojos de todos, las demandas artificiales que el norte del mundo inventa sin descanso y, exitosamente, proyecta sobre el sur. (Norte y sur, dicho sea de paso, son términos que en este libro designan el reparto de la torta mundial, y no siempre coinciden con la geografía)“. Me atrevo a decir que con esta visión, definir qué significa el mundo al derecho es posible, porque lo que debe ser, debe ser y además es posible.

Me quedo con una frase preciosa de Galeano en mis primeros apuntes en este cuaderno de inteligencia digital para buscar islas desconocidas, en una singladura diaria para comprender qué significa el mundo al derecho: “Lo mejor que el mundo [al derecho] tiene está en los muchos mundos que el mundo [al derecho] contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar, que hemos ido descubriendo a lo largo de miles y miles de años”. Respetarlo todo es nuestra gran tarea de aprendizaje actual para vivir y construir diariamente un mundo al derecho, en el que cabemos todos, sin excepción alguna, por mucho que los diseñadores diarios del mundo al revés se empeñen en evitarlo. Lo dicho: lo que debe ser, debe ser y además es posible.

(1) Eduardo Galeano (1998). Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un Goya para cuando se lleva el alma en un bolsillo

Sevilla, 7/III/2021

Anoche se reconoció el excelente trabajo del cine iberoamericano, en este caso con la fusión de Colombia y España, con la entrega de un Goya a una película dirigida por Fernando Trueba, El olvido que seremos, sobre la que publiqué el año pasado una reseña envuelta en palabras de Antonio Machado y Jorge Luis Borges. La ceremonia fue austera y respetuosa con la situación actual de la pandemia, con momentos brillantes como los del homenaje al mundo de los profesionales sanitarios como servidores públicos, por la presencia de una enfermera, Ana María Ruíz, creadora de la biblioteca del hospital de campaña de Ifema, que expresó algo importante: “Gracias al colectivo sanitario al que pertenezco y del que me siento tremendamente orgullosa, nuestros pacientes reciben cuidados y atención. Porque la cura no siempre es posible, pero sí lo son la compañía y el consuelo. Esta compañía y este consuelo suele tener un poder especial cuando proviene de los libros, de la música, de la danza y del cine; en definitiva: de la culturay como entregadora de una estatuilla a la mejor película, Las niñas, todo un símbolo del papel de la mujer en el mundo actual, en representación de todos los sanitarios que han prestado servicios esenciales a las personas que han sufrido el azote del coronavirus. También, por el recuerdo al director inolvidable Luis García Berlanga en el centenario de su nacimiento y la entrega del Goya de Honor a Ángela Molina, que pronunció unas palabras llenas de sentido y sensibilidad, como marca de su casa interior: “Recibo el premio con alegría porque sois vosotros, mis compañeros de profesión, los que os habéis acordado de mí. Tenemos que improvisar puentes que ninguna pandemia pueda arrebatarnos. […] Siempre os estaría hablando de España y de su gente, esa gente que le gusta darse, buena, leal, amiga en las horas difíciles que necesita vivir para querer y querer para vivir. Doy gracias al cine. Tal vez la vida se parezca al cine porque no disfrutamos sin los demás.

La cultura se enriqueció ayer con esta ceremonia. Agradezco, por tanto, que la Academia del Cine apueste por continuar con el espectáculo cinematográfico desde todas las ópticas posibles. También, a Antonio Banderas y María Casado, resaltando cómo el actor malagueño ha dado continuidad a la cultura en Andalucía, en su tierra natal, Málaga, al dar vida de nuevo al antiguo cine Pascualini, en una sede con 104 años de historia en la ciudad, rememorando lo sucedido en el querido Cinema Paradiso de tan feliz memoria para todos y, especialmente, para los que aman lo que hacen, cine, para hacer la vida más amable a las personas que aman la película real de sus vidas.

Vuelvo a publicar el artículo citado, Cuando guardamos el alma en un bolsillo, porque todas y cada una de sus palabras ya eran un homenaje anticipado a lo que ocurrió anoche con la entrega de un Goya a la mejor película iberoamericana. Todo un símbolo para no olvidar, siendo y estando en un mundo tan conflictivo como el actual, pero que sigue posibilitando que todos podamos guardar nuestra alma en el bolsillo más querido de nuestra vida. En aquél momento no había leído el libro, aunque días después lo compré y devoré en un abrir y cerrar de ojos. También del alma.

Cuando guardamos el alma en un bolsillo

Ha sido una experiencia especial, de las que estremece la vida, porque he vuelto a descubrir el alma de una persona en su bolsillo. Me ocurrió por primera vez el día que supe que en un viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, unos días antes de su triste fallecimiento en el exilio, guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz: “Ser o no ser…”, una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: “Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”) y un verso suelto: “Estos días azules y este sol de la infancia…”. Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.

La segunda experiencia y que motiva estas palabras escritas hoy con el vértigo que siento siempre ante la página en blanco, es el descubrimiento de una historia que merece ser leída con detalle a través de un extenso artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, protagonizada por una nota encontrada en el bolsillo de la chaqueta de su padre, el doctor y activista de derechos humanos Héctor Abad Gómez, el día que lo asesinaron (probablemente a manos de paramilitares), el 25 de agosto de 1987, en la calle Argentina de Medellín (Colombia), donde figuraba un poema de Borges, tal y como lo describió meses después en el Magazín Dominical de El Espectador. Fue el momento en el que dijo que el poema era de Borges. Lo que sucedió después, a lo largo de los años, es una historia muy larga de contar que propició la publicación de un libro, El olvido que seremos (1), que a su vez ha sido la base del guion de una película dirigida por Fernando Trueba y que ha sido seleccionada en la 73ª edición del Festival de Cannes, aunque no ha podido celebrarse el pasado mes de mayo por la pandemia mundial. Esta concatenación de hechos es muy sugerente, a modo de una novela no de ficción, sino de realismo mágico y trágico colombiano que tan bien trató siempre Gabriel García Márquez, aunque en esta ocasión con visión plena y triste de una gran realidad vivida y sentida en primera persona por Héctor Abad Faciolince.

EL OLVIDO QUE SEREMOS

El poema atribuido desde el primer momento a Borges, lo tiene grabado el autor del artículo en su mente y muestra de su creencia en la auténtica autoría, tan controvertida después, es que sirvió como epitafio en la tumba de su padre, recogiendo las iniciales JLB que recordaba haber visto en aquella nota que encontró en el bolsillo de su padre: “[…]el poema ahora también está impreso en mi memoria y espero recordarlo hasta que mis neuronas se desconfiguren con la vejez o con la muerte”:

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no “.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

Primero, le puso un título, Epitafio, hasta que con el paso de los años en el largo camino por demostrar la autoría de Jorge Luis Borges, apasionante, supo que su verdadero título era “Aquí. Hoy”. No he leído el libro que narra estos acontecimientos a modo de autobiografía novelada en tiempos de aquel suceso, solo algunas reseñas, entre las que escojo la de mi maestro, Manuel Rivas: “No sé si un libro puede cambiar la vida, pero sí que puede alterar tu reloj biológico. […] Me mantuvo en vigilia toda la noche. Es un libro con boca. La boca inolvidable de la gran literatura que ha sobrevivido a la extinción de las palabras”. Tampoco he visto la película, obviamente. Pero siento como si leyera hoy los versos de Machado y Borges, en primera persona y en directo, comprendiendo que el alma puede quedarse en el bolsillo de una chaqueta como si fuera el mejor lugar para una gran compañera en el camino de la vida: la dignidad del olvido. En el caso del padre de Héctor Abad Faciolince, muriendo también como Machado en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de la dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

Porque es verdad: desde hoy mismo ya somos el olvido que seremos y podemos guardarlo dignamente, como el alma, en nuestro bolsillo más querido.

NOTA: la imagen se ha recuperó el 6 de junio de 2020 de https://www.las2orillas.co/el-olvido-que-seremos-llega-a-cannes/

(1) Abad Faciolince, H. (2017). El olvido que seremos. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El discreto encanto de una mariposa blanca

Sevilla, 11/I/2021

Yo sé bien que sólo al dichoso
Se quiere. Su voz
Se escucha y complace. Su rostro resulta bello.
El árbol marchito del patio
Habla de la tierra enferma, pero
Los paseantes lo tachan de mustio
Y con razón.

Bertolt Brecht, Malos tiempos para la lírica (1939)

En este cuaderno digital hay muchas referencias a las mariposas y a su mundo encantado y frágil. Siempre con una simbología precisa porque su vida no es inocente, al menos en los contextos en los que las he citado: el relato de Manuel Rivas, La lengua de las mariposas, la película homónima y estremecedora con un mensaje explícito del hilo conductor de la obra de Rivas, las letras de sus alas que dibujan en el aire la palabra libertad, si nos ponemos a contemplarlas así, mostrándonos siempre el arte de volar.

En estos vuelos buscados encontré anoche unas mariposas blancas en un documental de la 2 (RTVE), dedicado a la soprano Ainhoa Arteta. Me pareció de ejecución impecable, dentro de un espacio televisivo que lleva un título premonitorio: Imprescindibles, respetando la gran reflexión de Bertolt Brecht, que he adaptado de su obra Elogio a los combatientes, respetando el actual lenguaje de género: “Hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles”.

Reconozco que estamos viviendo en un tiempo de coronavirus que no es el mejor para la lírica, en el sentido primigenio de un poema de Bertolt Brecht, Malos tiempos para la lírica, pero el documental citado me ha parecido extraordinario porque resalta fundamentalmente el desarrollo humano y profesional de una persona, Ainhoa Arteta, que ha tenido que superar muchas dificultades de texto y contexto histórico y social en nuestro país y fuera de él. Etapas difíciles desde su adolescencia, juventud, formación como cantante, esposa y madre, problemas graves en su voz, que ella misma reconoce como un instrumento vivo, que pertenece de forma personal e intransferible a cada persona (no hay dos iguales) y que vive o muere sólo con la persona que lo lleva dentro.

El documental “cuenta la historia de una pasión, de un sueño. Del anhelo de una niña de Tolosa que con seis años juega a cantar y bailar la ópera Carmen en francés. También es la historia de una superación, de lucha contra el desaliento. De confiar en el instinto, en la voz y en los años de estudio, para superar una crisis vocal”. Recomiendo verlo, escucharlo atentamente y quedarse con todo lo bueno que transmite. Para mí, una experiencia imprescindible para seguir amando la vida, donde las mariposas blancas que aprendió a identificar Ainhoa Arteta a través de su madre nos muestran la belleza de la vida. Sobre todo, a volar con trajes de gala cuando del blanco pasan a colores deslumbrantes. Cuando yo era niño y pensaba como niño, siempre buscaba durante el verano las mariposas blancas, porque había aprendido en mi casa que ese día iba a recibir una carta con una buena noticia. No lo he olvidado y anoche encontré unas que me enseñaron a valorar la pasión de vivir apasionadamente aunque en estos momentos no sean tiempos de lírica. Las mariposas blancas de anoche, sobrevolando sobre mi mente, me demostraron que Ainhoa Arteta es una persona imprescindible, porque ha luchado durante toda su vida para dignificar su pasión de vivir de forma singular, diferente.

Finaliza el documental con un poema leído y sentido por Ainhoa Arteta, La voz a ti debida, de Pedro Salinas, que todavía resuena en mi persona de secreto. Gracias, Ainhoa, porque sé que sólo tú eres tú.

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sin ellas nada hubiera sido lo mismo

MERCEDES Y GABO

Sevilla, 16/VIII/2020

A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un baile de estudiantes, y cuando ella tenía solo trece años, le pedí sin más vueltas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo esporádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o temprano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que esperaba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún momento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pena. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: «También el amor se aprende» (1).

Los medios de comunicación se han hecho eco del fallecimiento ayer de Mercedes Barcha, conocida cariñosamente como la Gaba, la que fuera compañera inseparable de Gabriel García Márquez, después de haber compartido con él 56 años de sus vidas. La historia se repite y es justo reconocer hoy el papel que desempeñó en la vida literaria del escritor colombiano, no sólo como fuente de inspiración reconocida por todo el mundo en Cien años de soledad, como Mercedes la boticaria, sino la que siempre llevó la administración de la casa hasta límites insospechados, como empeñar bienes propios, calentador, secador de pelo y la batidora, para poder pagar el envío postal de su excelsa obra a una editorial para su posible publicación, porque no tenían dinero para hacerlo en su totalidad de páginas en el primer envío, truncado por la mitad, hasta donde les llegó el dinero. Esta es la parte material de su vida en común, pero ella fue mucho más: la que siempre estaba allí donde Gabo la necesitaba, en un sempiterno segundo plano de su realismo mágico personal. Así, cincuenta y seis años ininterrumpidos desde aquél precioso encuentro en Sucre.

He recordado inmediatamente el papel que jugó también en la vida de otro premio Nobel, Juan Ramón Jiménez, su compañera ejemplar, Zenobia Camprubí Aymar. La conocí por sus excelentes traducciones de Rabindranath Tagore cuando era niño (Pájaros perdidos) y también en la adolescencia inquieta: Zenobia Camprubí, la excelente compañera de vida de Juan Ramón, la enamorada impenitente de una persona extraordinaria en su realidad existencial, difícil, desaforada, extraña, alejada de un siglo en el que estaban obligatoriamente obligados a vivir y entenderse.

Zenobia Camprubí Aymar, mujer ejemplar en etapas de la vida “nacional” que nunca se tendrían que haber escrito, ha representado a la inteligencia creadora y comprometida de las mujeres del segundo plano, de aquellas que han dejado todo, en el pleno sentido de la palabra, para acompañar el éxito de sus parejas masculinas, en el que la retroalimentación ha sido en el mayor número de ocasiones un auténtico calvario de vaciamiento existencial. Y creo que la conocí mucho mejor en mis múltiples visitas a la Casa Municipal de Cultura “Zenobia y Juan Ramón”, en Moguer (Huelva), pueblo en el que viví algunos años (1976-1978) por temporadas, en el Hotel Fuentepiña, edificio desaparecido hoy en su función hotelera y recuperado para el pueblo, afortunadamente. En aquella Casa de Zenobia y Juan Ramón, el guía que la atendía con dedicación y primor, Pepito, siempre repetía las mismas frases de ternura hacia Zenobia, cuando subíamos a la primera planta y entrábamos en su habitación dormitorio: “qué guapa, verdad, siempre se dedicó a atender a Juan Ramón, porque él creía que siempre estaba enfermo”. Allí había un cuadro, con una fotografía de esta excelente mujer y para ella eran las palabras más cálidas de la visita. Tengo que reconocer que allí empezó mi interés por conocer su apasionante vida. Gracias a Pepito, enamorado de la obra y vida del matrimonio Jiménez-Camprubí, que en una de mis últimas visitas a Moguer, me enseñó con gran orgullo el perejil de plata que le habían entregado en la excelente Fundación Juan Ramón Jiménez, y que muchas veces me había sellado los libros que compraba en ediciones que casi nadie quería, pero de un valor incalculable por ser primeras ediciones, con las firmas autógrafas de Zenobia Camprubí de Jiménez y Juan Ramón Jiménez.

Zenobia vivió con dedicación plena a Juan Ramón, como Mercedes lo hizo durante 56 años con Gabriel García Márquez. Recuerdo de nuevo unas palabras que Andrés Trapiello dedicó en 2006 a Zenobia, con motivo de la publicación del tercer tomo de su Diario: “estamos ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Es una gran desconocida para el gran público porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, pero la lectura de su obra diaria permitirá recuperar la autenticidad y grandiosidad de esta mujer culta, inteligente, sensible, compañera, amiga y enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”.

María Teresa León, la musa de Rafael Alberti, manifestó en un determinado momento de su vida que ella se había convertido en una cola de cometa, porque admiraba a Rafael y pensaba que era un genio absoluto, poniéndose detrás de él. Si había que priorizar una carrera, fue la de él, algo que sucedió a muchas mujeres en una de las dos Españas que en el siglo pasado nos helaba siempre el corazón. Al buen entendedor de olvidos, con pocas palabras basta. Ellas, hoy, lo merecen todo, en letra grande, con emoción política y con la dignidad de la memoria histórica que merecen. Con melancolía.

Ahí está la clave del éxito de Gabo, Juan Ramón Jiménez y Alberti, como ejemplos del papel que desempeñaron sus compañeras de viaje literario: sin ellas, nada hubiera sido lo mismo. En el caso de Gabo, porque su auténtica musa tenía un nombre sugerente siempre: Mercedes. Una metáfora de amor que duró mucho tiempo porque desde sus años jóvenes compartieron una lección de vida que no olvidaron en su largo caminar: el amor también se aprende.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.elsoldemexico.com.mx/cultura/gabriel-garcia-marquez-mercedes-barcha-anecdota-cien-anos-de-soledad-5630800.html

(1) Las palabras que encabezan este artículo narran la historia de amor entre Gabo y su esposa Mercedes Barcha, contada por el propio escritor colombiano en “El olor de la guayaba”, en una entrevista concedida al periodista Plinio Apuleyo Mendoza: https://fundaciongabo.org/es/noticias/articulo/una-metafora-de-amor-que-se-convirtio-en-realidad-la-historia-de-gabriel-garcia

 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cosas de estío / 7. Podemos compartir lo que es nuestro empeño

Propongo compartir lo que es mi empeño
Y el empeño de muchos que se afanan
Propongo, en fin, tu entrega apasionada
Cual si fuera a cumplir mi último sueño

Pablo Milanés, Proposiciones

Sevilla, 15/VII/2020 / 2ª edición

He dado un pequeño salto en la publicación de esta serie porque hoy correspondía la 6ª, que en 2018 dediqué a las noticias que hieren nuestra sensibilidad, refiriéndome en concreto a unas imágenes que había facilitado la ONG Proactiva Open Arms, acerca de un rescate doloroso en el Mediterráneo, en el que se reflejaba el espanto en el rostro de una mujer salvada en alta mar, junto a los cadáveres de otra mujer y un niño, dejados a su suerte, presuntamente, por un guardacostas libio. No quiero volver a reproducirlas porque la situación ahora es diferente y no quiero volver a transmitir tanto dolor en una época en la que estamos recuperándonos de un estado de alarma que ha dejado bastantes daños colaterales en todos y en cada uno. Ahora, hay que trabajar en la esperanza de que podemos vivir en un mundo nuevo. Si me permiten, hoy he sentido de nuevo mucho dolor al conocer que 7.100 trabajadoras temporeras marroquíes, que han recogido la fresa en Huelva, esperan pacientemente que su Gobierno abra las fronteras para poder volver a su país, viviendo una situación muy difícil y siendo víctimas una vez más de la precariedad en la que viven y las consecuencias del coronavirus.

Con este telón de fondo, vuelvo a tratar hoy un tema recurrente en este cuaderno digital: necesitamos hacer proposiciones que nos llenen el alma para vivir dignamente, fuera de toda duda, para ser felices, instalados en la utilidad de lo que muchos llaman vida inútil: soñar despiertos, amar con locura y ser dignos con la disponibilidad de los bienes naturales y públicos de los que cada uno disponga.

Pablo Milanés, que me acompaña en muchas ocasiones en mi rincón de pensar, nos ofrece unas palabras breves y buenas, Proposiciones, porque no hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos de que la felicidad es tener y no ser. Seguir su canción al pie de la letra y contextualizándola en nuestras vidas, nos puede ayudar a estar atentos a disfrutar esta jornada, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque el verano llega siempre, de forma puntual y con sus cosas, haciendo nuestro el crisol de esta morada.

Cosas de estío / 7. Podemos compartir lo que es nuestro empeño

Decía Mario Benedetti que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”. Ocurre casi a diario porque nacemos sin una guía de cómo ser curiosos y saber hacer proposiciones que nos llenen el alma para vivir dignamente, fuera de toda duda, para ser felices, instalados en la utilidad de lo que muchos llaman vida inútil: soñar despiertos, amar con locura y ser dignos con la disponibilidad de los bienes naturales y públicos.

El estío es un tiempo propicio para las proposiciones dignas y honestas, ante un mundo que pregunta tanto y sin cesar, en un síndrome de los porqué de un Peter Pan siempre redivivo. Creo que la disponibilidad de un tiempo para pensar nos permite recurrir a algo que olvidamos a diario y que puede ser un incentivo para ser más felices: olvidarnos de las respuestas que no nos gustan en la forma de ser y estar en el mundo, proponiendo ideas y cosas útiles para todos e instalarnos por una vez en el terreno de las proposiciones. Según la Real Academia Española, proponer es “manifestar con razones algo para conocimiento de alguien, o para inducirle a adoptarlo”, aunque el Diccionario de Autoridades da un sentido al lema “proponer” de especial relevancia: “representar o hacer presente con razones a uno alguna cosa, para que llegue a su noticia, o para inducirle a hacer lo que desea”. Impecable propuesta cuando deseamos que el bien se haga difusivo de sí mismo para todos.

Recuerdo que Pablo Milanés lo sintetizó muy bien en una canción muy corta, Proposiciones, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pensando en la letra de aquella canción, no hacen falta ya muchas palabras para compartir este empeño de compartir ilusión por cambiar aquello que no nos hace felices, por mucho que el mercado se empeñe en convencernos que la felicidad es tener y no ser. Es más fácil estar atentos a disfrutar esta jornada, sin ir más lejos, inquietando el gusto de los demás a través de los sentidos, compartir mensajes que entusiasmen a los demás, sobre todo a los que están más cerca, lanzándonos por caminos y veredas anunciando que otro mundo es posible, porque el verano llega siempre, de forma puntual y con sus cosas, haciendo nuestro el crisol de esta morada.

Lo he manifestado varias veces en hojas sueltas de este cuaderno digital: necesitamos declarar las proposiciones decentes para avanzar en una sociedad más justa para todos. Ese es mi empeño. Escuchamos todos los días noticias que reflejan un mundo hecho polvo en búsqueda permanente de paz política e interior. Faltan proposiciones compartidas para aunar esfuerzos y voluntades a través del amor y el sufrimiento, como aquellos habitantes ejemplares de Santa María de Iquique, de los que aprendí tanto al escuchar atentamente su proposición a unos mensajeros de nombre araucano, Quilapayún, que no olvido.

Cosas de estío, de las proposiciones dignas. Como si fuéramos a cumplir el último sueño, a pesar de las preguntas cambiadas.

Sevilla, 21/VII/2018

Cosas de estío / 3. ¡Atiende a la música!

Sevilla, 11/VII/2020 / 2ª. edición

¡Atiende la música! Durante los últimos años he seguido de cerca esta recomendación, aprendiendo a tocar el violín, el piano y el clavecín, compañeros inseparables en cada curso académico, intentando aprender la técnica depurada que hay detrás de cada instrumento. Repasando con atención este cuaderno digital, se puede comprobar que en numerosas ocasiones hago referencia a la música como una proyección de la inteligencia que cuida, sobre todo, el alma humana.

Cuando escribí hace dos años el post que sigue a estas líneas, acababa de leer un libro muy didáctico de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida, que venía a reforzar mi admiración aristotélica por los autores clásicos, presocráticos incluidos, en un arco temporal que alcanza bastantes siglos. Siguiendo a Shakespeare, soy un hombre que tengo música, que he ordenado a lo largo de la vida mi banda sonora, compuesta para una película jamás filmada aunque siempre se ha grabado en directo. Lo que tengo que reconocer es que la música que escuché por primera vez en determinados momentos de mi existencia, cuando la recupero, es posible que ya no suene igual, porque nadie se baña dos veces en el mismo río y la  música que estaba presente en aquél río que me hizo feliz o me entristeció. de todo hay en la viña del Señor, no suena siempre igual.

Lo verdaderamente importante es estar atento a ella, porque es compañera en los momentos de felicidad y amiga inseparable en la tristeza. De eso no tengo la menor duda. 

Cosas de estío / 3. ¡Atiende la música!

He finalizado la lectura de un libro de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida, en este estío tan especial. En general es una propuesta para configurar una pequeña biblioteca ideal que no deja indiferente a nadie. Hoy, vuelvo a leer un clásico para no olvidar, El mercader de Venecia, de William Shakespeare, en un pasaje seleccionado por el autor, que me parece útil en cualquier estación del año: ¡Atiende a la música!: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. La obra de Shakespeare es un tratado contra la usura y la defensa de los valores humanos. Venecia representa hoy al mercado controlado por los hombres de negro, incapaces de poner música en vida alguna.

En cualquier estío tenemos la oportunidad de disponer de más tiempo libre que en los restantes meses del año. Son sus “cosas”. La música es una oportunidad para reencontrarnos con nosotros mismos y disfrutar de los placeres del alma que nos proporciona cuando pertenecemos al Club de las Personas Dignas. Este país no se caracteriza por el amor a la música porque no se educa para conocerla y amarla. Si, además, es clásica, hay muchas posibilidades de que la ignoremos por mero desconocimiento o desprecio, con una gran responsabilidad pública al respecto por su silencio institucional cómplice. Tener música es disponer de un bagaje diferente para ser y estar en el mundo.

Lo he manifestado en varias ocasiones en este cuaderno digital: admiro el simbolismo de la música. Cada día descubro un mundo nuevo al aproximarme al teclado o al arco y mástil del violín, para conocer mejor su alma. Es una experiencia única que me regala la vida y en la que estoy inmerso por los sentimientos y emociones que me ofrece. He descubierto la riqueza sonora del clave, el instrumento tan querido por Bach y Mozart en sus años de éxito sonoro, asimilando a diario algo que ha perdurado a través de los siglos: Musica laetitiae comes, medicina dolorum, es decir, la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor.

Ordine termina este breve pasaje de Shakespeare citando obras que le conmueven el alma, porque atendiendo la música se puede buscar “la esencia de la vida en aquellas actividades que pueden ennoblecer el espíritu, que pueden ayudarnos a hacernos mejores, que privilegian la esencia sobre la apariencia, el ser sobre el tener”, citando finalmente a Franco Battiato, que figura curiosamente en un puesto especial de la banda sonora de mi vida, cuando buscaba comprender qué nos quería decir en aquella enigmática canción que llevaba un título programático “Centro de gravedad permanente” y que cantábamos en casa cuando nuestro hijo apenas sabía hablar pero sí cantar su estribillo famoso. Para que no cambie, con el aprendizaje de mi vida, atento a la música, lo que ahora pienso sobre la dignidad de la vida, de las cosas de estío, de la gente…, defendiendo el anhelado centro de gravedad permanente.

Sevilla, 8/VII/2018

Cuando salir del túnel es una pregunta (o varias)


A quién le puedo preguntar
Qué vine a hacer en este mundo?

Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)

Sevilla, 19/VI/2020

Me estoy preparando para salir del estado de alarma como mandan los cánones legales. Sin prisa, pero sin pausa. Todos acudimos a la conocida frase de “salir del túnel” en el que hemos estado instalados desde el 14 de marzo, porque hemos vivido esta experiencia esperando todos los días ver, a lo lejos, un rayo de luz cada vez más potente, a tenor de las fases del famoso Plan para la Transición hacia una Nueva Normalidad. Hasta aquí, solo hemos necesitado poner al confinamiento amor y poesía, cada día, tal y como lo aprendimos en su día de Juan Ramón Jiménez o la que cada uno, cada una, ha podido incorporar a su leal saber y entender coronavírico.

Para mí, salir del túnel es una pregunta… o varias, según se mire. Lo aprendí de Pablo Neruda, leyendo su precioso Libro de las preguntas, en el que me detengo hoy al llegar a la XXXV, ¿No será nuestra vida un túnel?:

No será nuestra vida un túnel
entre dos vagas claridades?

O no será una claridad
entre dos triángulos oscuros?

O no será la vida un pez
preparado para ser pájaro?

La muerte será de no ser
o de sustancias peligrosas?

El problema radica en comprender qué quiso decir Neruda al escribir estas palabras llenas de misterio. ¿Qué son las claridades? Pienso que nuestros objetivos vitales: dos, tres, muchos, truncados a veces por el llamado principio de realidad, triángulos oscuros en nuestras vidas. Entre peces y pájaros anda el juego de preguntas, aunque sabemos que somos peces o pájaros dependiendo del agua o cielo que probemos o sobrevolemos, si sabemos que son, de acuerdo con la famosa parábola de David Foster Wallace que recogió en un discurso que pronunció en 2005 en la ceremonia de graduación de los alumnos del Kenyon College (Ohio): “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, «¿Qué demonios es el agua?» Yo diría también ¿Qué demonios es el cielo? Al final del túnel, lo peor es no saber quiénes somos o si un virus peligroso puede impedir que nos hagamos estas preguntas.

Quizás encuentro la mejor respuesta a este ramillete de preguntas en la inmediatamente anterior del libro citado, la XXXIV: Con las virtudes que olvidé [en mi vida anterior a la pandemia] ¿me puedo hacer un traje nuevo [para estrenarlo el día después de la finalización del estado de alarma]?

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La fábula de los sabiondos

FILOSOFÍA LECHUZA

Sevilla, 7/III/2020

Las personas sabiondas son las que presumen de ser sabias sin serlo o quieren introducirse en la resolución de cualquier dificultad, “con arrojo y poco conocimiento” (según el Diccionario de Autoridades de la RAE), lo que equivale a que se las califique como muy sabias. Estamos viviendo momentos transcendentales para la humanidad y afloran los sabiondos y sabiondas por doquier, en cualquier plano de la vida. Normalmente son mediocres integrales de los que hay que huir como de la peste. Suelen acudir a programas de televisión como tertulianos de pro o como colaboradores de opinión, permitiéndose hablar de lo divino y de lo humano como si sus proclamas fueran oráculos de Delfos.

Estamos instalados en el reino de la mediocridad. Por esta razón, no hay tiempo que perder y hay que desenmascarar a los sabiondos mediocres con urgencia vital, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión. Los mediocres suelen meter la mano en todos los platos de las mesas atómicas y virtuales, en las que a veces nos sentamos, con total desvergüenza. Son personas de “calidad media, de poco mérito, tirando a malo”, como dice el Diccionario de la Real Academia Española. También, tóxicos o tosigosos, que suelen complicar la vida a los demás por su propia incompetencia.

Augusto Monterroso, publicó en 1969 una fábula, Los otros seis, que no he olvidado en momentos de mudanzas del alma con necesidad de llegar a conocer la verdad verdadera de lo que pasa, porque una vez identificado un Sabio del País (el que quiera entender que entienda), todavía andan buscando en el mundo para completar la lista, también en este país, a seis sabios mediocres de no sabemos qué, porque no aparecen por ningún sitio:

Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.

Así me lo enseñó Monterroso y así lo he contado. Al buen fabulador con pocas palabras basta, porque lo breve, si bueno, dos veces bueno.

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