Agosto nos ofrece un reencuentro con los libros

Sevilla, 5/VIII/2021

Los libros pusieron fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual desde el momento de su aparición en este mundo imperfecto. Leyendo de nuevo Encuentros con libros (1), de Stefan Zweig, vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales que estamos viviendo a escala mundial.

Mientras leía el primer capítulo denominado “El libro como acceso al mundo”, he subrayado aquellas frases que me iluminan en un momento en el que necesitamos recuperar el encuentro con los libros y, sobre todo, he recordado paso a paso la experiencia personal que cuenta el autor, que deriva en un canto a la lectura que no se olvida. Viajaba en un barco italiano, recorriendo el mar Mediterráneo, de Génova a Nápoles, de Nápoles a Túnez y de allí a Argel. En ese espacio conversaba a menudo con un joven italiano que formaba parte de la tripulación, “un mozo que ni siquiera tenía el rango de camarero, pues se ocupaba de barrer los camarotes, de fregar la cubierta y de realizar otras tareas menores, que la gente, por regla general, no valora”. Canta sus dotes de todo tipo le llegó a tener cariño, en palabras textuales suyas, hasta que llegó el momento de tratarse “con la camaradería propia de dos amigos”. A partir de ese momento surgió lo inesperado: “Entonces, de la noche a la mañana, un muro invisible se alzó entre él y yo. Habíamos recalado en Nápoles, el barco se había llenado de carbón, de pasajeros, de hortalizas y de correo, su dieta habitual en cada puerto, y luego se había hecho de nuevo a la mar. […] Entonces se presentó de repente, con una sonrisa de oreja a oreja, se plantó delante de mí y me mostró orgulloso una carta arrugada que acababa de recibir, pidiéndome que la leyera. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. Por primera vez me había encontrado cara a cara con un analfabeto, con uno europeo además, una persona que me había parecido inteligente y con la que había hablado como con un amigo. ¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo, que desconocía la escritura? Al principio me costó entender lo que quería de mí. Pensé que Giovanni había recibido una carta en un idioma que no entendía, francés o alemán, seguramente de una muchacha—era obvio que debía de tener mucho éxito entre las chicas—, y que había venido a buscarme para que se la tradujera. Pero no, la carta estaba escrita en italiano. ¿Qué quería entonces? ¿Que me la leyera? Nada de eso. Lo que quería es que se la leyera, tenía que saber qué decía aquella carta. Y, de pronto, comprendí lo que estaba pasando: aquel muchacho inteligente, de una belleza escultural, dotado de gracia y de auténtico talento para el trato humano, formaba parte de ese siete u ocho por ciento de italianos que, según las estadísticas, no saben leer: era analfabeto”.

A partir de aquí, Stefan Zweig reflexiona de forma admirable sobre el poder de la lectura, a través de dos preguntas muy concisas y claras: ¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo [el mozo del barco], que desconocía la escritura? Traté de imaginarme la situación. ¿Cómo sería el no saber leer? A partir de aquí desgrana múltiples aseveraciones sobre el encanto de la lectura que recomiendo de principio a fin porque nos alegrará conocerlo en estos días del ferragosto español, sobre todo, salvando lo que haya que salvar, imaginándonos qué es la lectura para personas que no siendo analfabetas no han leído un libro en su vida o no lo hacen habitualmente. Y es verdad que se reproduce de nuevo sus sensaciones ante aquella experiencia que también puede ser lo que ocurre ahora en las personas detestan los libros y la lectura: “Por un momento me puse en el lugar de aquel muchacho. Coge un periódico y no lo entiende. Coge un libro, lo sostiene en sus manos, nota que es algo más ligero que la madera o que el hierro, tiene forma rectangular, toca sus cantos, sus esquinas, observa su color, pero nada de eso tiene que ver con su propósito, así que vuelve a dejarlo, porque no sabe qué hacer con él. Se detiene ante el escaparate de una librería y se queda mirando los hermosos ejemplares, amarillos, verdes, rojos, blancos, todos rectangulares, todos con estampaciones de oro sobre el lomo, pero es como si se encontrara ante un bodegón cuyos frutos no puede disfrutar, ante frascos de perfume bien cerrados cuyo aroma queda confinado dentro del cristal”.

Y reflexiona a partir de este momento sobre qué sería su vida sin los libros, algo que no era posible porque “[…] cualquier objeto, cualquier elemento que me parase a considerar estaba unido a recuerdos y experiencias que tenían que ver de una forma u otra con los libros, cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido”. Lo que de verdad me ha impactado hoy es su reflexión sobre la presumible desaparición del libro, ·el tiempo del libro ha acabado”, ante la llegada de la técnica, como una premonición preocupante: […] el gramófono, el cinematógrafo, la radio son más prácticos y más eficaces a la hora de transmitir la palabra y el pensamiento, y de hecho comienzan a arrinconar el libro, por lo que su misión histórica y cultural no tardará en formar parte del pasado”.

Stefan Zweig no temía esta irrupción de las tecnologías en el mundo, porque estaba convencido de que “la luz de una lámpara eléctrica no puede compararse con la que irradia un pequeño volumen de unas pocas páginas, no existe ninguna fuente de energía que pueda compararse con la potencia con que la palabra impresa alimenta el alma. […] A medida que crece nuestra intimidad con los libros, vamos profundizando también en los distintos aspectos de la vida, que se multiplican fabulosamente, pues ya nos los vemos sólo con nuestros propios ojos, sino con una mirada en la que confluyen multitud de almas, una mirada amorosa que nos ayuda a penetrar en el mundo con una agudeza soberbia”.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

(1) Zweig, Stefan. Encuentros con libros. Barcelona: Acantilado, 2020.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Necesitamos un diccionario para entender el Boletín Oficial del Estado (BOE)?

Sevilla, 4/VIII/2021

Ya tenemos en las librerías el primer diccionario ilustrado para entender el Boletín Oficial del Estado, con un subtítulo que promete: Aprende el idioma que dicta las normas y sus recovecos, dando por hecho que estamos ante una maraña de palabras, que llegan a conformar disposiciones de muy alto rango, leyes, por ejemplo. Sus autores son Eva Belmonte y Mauro Entrialgo y lo ha publicado la editorial Ariel. Eva Belmonte es una periodista muy conocida por ser la Co-Directora de la Fundación Civio y responsable directa de contenidos del blog El BOE nuestro de cada día | Civio, un proyecto de la Fundación que tanto aprecio, como ya he señalado en alguna ocasión en este cuaderno digital. En la sinopsis oficial del libro se dice lo siguiente, utilizando también un lenguaje desenfadado para llegar al mayor número de lectores posibles: “Ya puedes ser superprofesional en inglés o aprender chino que, si no dominas el lenguaje del Boletín Oficial del Estado, pringas. Este diccionario ilustrado traduce, de forma directa y clara, sin rimbombancias jurídicas, los conceptos que necesitas entender porque, quieras o no, lo que se publica en el BOE te afecta. Y el libro lo explica con retranca —habrá que reírse al menos— y con una retahíla de ejemplos de abusos perpetrados por quienes sí entienden, y bien, el lenguaje de la burocracia”.

En mi vida profesional ha sido un referente continuo, de obligada lectura, acompañado siempre del Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA), en el que he aparecido en bastantes ocasiones por razón de cargo y cargas, aunque como alto cargo siempre he pedido, en el caso del BOJA, que mis ceses fueran a petición propia, acompañando a esta observación, por cortesía burocrática, eso sí, del consabido “agradecimiento por los servicios prestados”, como es habitual en el lenguaje propio de los periódicos oficiales.

A título de ejemplo, en el nuevo diccionario, cuando se recoge la expresión “Alto cargo”, explica su significado: “Desde el presidente del Gobierno pasando por ministros, secretarios de Estado, presidentes y vicepresidentes de organismos públicos… De director general para arriba todo son altos cargos. Si tienes dudas: si le nombra el Consejo de Ministros y esa decisión aparece en el BOE, lo es (excepto los subdirectores generales). Es el rango más alto cuando se trabaja en lo público y la teoría, sobre el papel, es que para serlo es obligatorio cumplir varias condiciones. La primera, ser idóneos para el puesto. Y eso aquí también tiene un significado propio. La idoneidad, según la ley que lo regula, es el combo de dos factores: la honorabilidad (que te condenen por malversación no ayuda) y contar con la formación y experiencia suficiente para hacer lo que te toque, esto es, saber de qué va el curro para el que te han elegido. Lo habitual es que estar en política, aunque no seas un experto en el campo concreto al que te vas a dedicar, por muy especializado o técnico que sea, da para aprobar la asignatura de idoneidad. Eso para ser nombrado. Mientras ejerce, el alto cargo tiene que seguir cumpliendo algunos requisitos —repetimos, condiciones sobre el papel, no se vayan a creer que aquí pecamos de inocencia: trabajar para el interés general y no el propio y dedicarse en exclusiva al cargo para el que ha sido nombrado y no a otras labores—. Con excepciones, claro: escribir sesudos artículos de propaganda en periódicos, dar la turra en congresos o trabajar en organizaciones sin ánimo de lucro (sí, valen fundaciones de partidos) está permitido, siempre que no se cobre un duro por hacerlo. O, como mucho, solo las dietas. También tiene luz verde administrar el patrimonio personal o familiar”.

Pero a modo de comentario de texto y ahí está parte de la gracia del libro, hay siempre un apartado que lleva por título Uso y abuso, en el que afirma lo siguiente, aportando también un dato estadístico referido a este constructo –Alto cargo- que “aparece 971 veces en los últimos diez años:

Solo en la administración y los organismos estatales, sin sumar los de comunidades autónomas y entidades locales, a 31 de diciembre de 2020 había 736 altos cargos, 70 más que cuando acabó 2019. Las cifras de los últimos años van desde los 642 de la Nochevieja de 2016 a esos 736, la más alta desde 2014.

A continuación acompaña a cada lema o constructo una ilustración como la siguiente, referida obviamente a los “altos cargos”:

Creo que es un esfuerzo encomiable para apear de viajes oficiales al argot burocrático del derecho administrativo que muchas veces es bastante incomprensible para el común de los mortales. Doy fe de ello porque en muchas ocasiones he sido “redactor” de dichas disposiciones, de las que puedo asegurar que siempre pensé en sus destinatarios finales. A título de ejemplo, detestaba usar la palabra “interesado”, que es propia del argot tributario, por ejemplo, porque junto a la palabra “sujeto” formaba un constructo bastante alejado de la intelección simple de que una persona es la verdaderamente afectada por la disposición correspondiente.

Es curioso constatar que estadísticamente “la palabra concesión, por ejemplo, aparece en el Boletín 106.851 ocasiones en los últimos diez años, la que más de las recogidas en el Diccionario. Referido a un tipo de contrato público, ese eufemismo esconde la privatización de algo: una carretera, un hospital, un parking. Según la autora, también codirectora del proyecto Civio (“datos que cuentan contra la opacidad”), “esto es importante porque con el paso del tiempo hemos visto que las condiciones de estos contratos son muy ventajosas para las empresas y muy poco para la Administración pública, además de que se suelen degradar las condiciones laborales”. Preocupante lectura e interpretación final ajustada a derecho” (1). En la misma entrevista, a la pregunta ¿Es realmente el BOE una herramienta útil para la ciudadanía?, ella responde: “A mí me parece crucial para saber los derechos que tenemos las personas en una determinada situación, como ocurrió durante el estado de alarma. Sirve para cosas tan cotidianas como pedir una ayuda o presentarse a una oposición, pero lo más importante es que te permite conocer tus derechos: qué puedes hacer, reclamar, y qué no”.

Conviene leer este diccionario y consultarlo cuando haga falta, porque nos aclara muchas cosas, sobre todo términos aparentemente casi imposibles de entender y porque la amenidad con la que se describen e interpretan a través de ilustraciones y metáforas visuales, ayudan siempre a entrar en un edificio virtual de palabras, a veces a modo de torre de Babel que necesitamos ordenar e interpretar en democracia. Tengo que confesar que todo lo relacionado con la Fundación Civio me entusiasma, como así lo descubrí desde su nacimiento en 2012 y por conversaciones con su artífice principal David Cabo, Co-Director actual de la misma, con quien quise llevar a cabo un proyecto muy interesante para democratizar el acceso al presupuesto general de la Junta de Andalucía en 2012. Es lo que me da más confianza para leer el libro y comprender cómo se puede hacer más accesible la ordenación y organización del Estado, en este caso a través de un periódico oficial nada inocente, como casi todo en la vida.

Hoy, he recibido unas palabras de la Fundación que me suenan muy cercanas y que me recuerdan cómo nos debemos relacionar con la Administración y sus palabras: “Si has llegado hasta aquí, suponemos que deseas conocer mejor el funcionamiento de lo público, las decisiones de gobiernos e instituciones y cómo te afectan. Y, en particular, aquella información que se resisten a sacar a la luz. Nos dedicamos a eso desde 2012. Civio es una organización independiente y sin ánimo de lucro que, además de periodismo de investigación y de servicio público, hace presión para levantar las alfombras de nuestras instituciones y ayudar a la ciudadanía a conocer las decisiones que nos afectan, cómo se toman, cómo se aplican y qué resultados obtienen. Nuestro foco está en lo público, lo que nos afecta a todos. Lo hacemos gobierne quien gobierne. Lo hacemos cada día mejor. Y no lo hacemos solo porque nos guste, que también. Lo hacemos porque es esencial para lograr una sociedad y una gestión de lo público más abiertas, justas, inclusivas y eficientes para todos”.

Lo escrito anteriormente es la garantía de lo que está detrás de este diccionario ilustrado del BOE. Lo necesitamos. No nos defraudará su lectura y consulta. Es su hilo conductor. Entren en la página principal del proyecto El BOE nuestro de cada día | Civio y comenzarán a entender muy bien las bases de la democracia y sus palabras que, afortunadamente, aún nos quedan.

(1) Aprende a leer el BOE, te puedes estar perdiendo algo importante (publico.es)

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¡No me llames gitana!, dijo una vez una hormiga sabia

Sociedad Entomológica de América / Proyecto de mejores nombres comunes

Sevilla, 3/VIII/2021

En la Selva vivía hace mucho tiempo un Fabulista cuyos criticados se reunieron un día y lo visitaron para quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban por ellos sino por otros), sobre la base de que sus críticas no nacían de la buena intención sino del odio. Como él estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corridos, como la vez que la Cigarra se decidió y dijo a la Hormiga todo lo que tenía que decirle.

Augusto Monterroso, El Fabulista y sus críticos, en La oveja negra y demás fábulas

Parece una fábula propia del siglo XXI, pero es una realidad como la vida misma. La Sociedad Entomológica de América (ESA) ha iniciado un proyecto muy interesante para abordar cambios en la denominación de insectos por razones obvias de respeto científico y social, entre las que se encuentran “nombres de especies invasoras con referencias geográficas inapropiadas, nombres que ignoran de manera inapropiada cómo podrían llamar al insecto las comunidades nativas. Estos nombres problemáticos perpetúan el daño contra personas de diversas etnias y razas, crean un entorno entomológico y cultural que es hostil y no incluyente, interrumpen la comunicación y el alcance, y contrarrestan el propósito mismo de los nombres comunes”.

En este sentido, la citada Asociación ha emitido una nota recientemente en relación con la denominación actual de la polilla Lymantria dispar y la hormiga Aphaenogaster araneoides, porque “contenían un término despectivo para el pueblo romaní [gitanas]”: “En junio, la Junta de Gobierno de la ESA decidió eliminar los nombres comunes de ambas especies de la Lista de Nombres Comunes de Insectos y Organismos Relacionados de la ESA. La ESA buscará convocar a un grupo de voluntarios para proponer un nuevo nombre común para L. dispar, que luego estará disponible para comentarios de los miembros de la ESA y estará sujeto a la aprobación del Comité de Nombres Comunes de Insectos de la ESA y la Junta de Gobierno de la ESA. Mientras tanto, la ESA anima a las personas a referirse a los insectos por sus nombres latinos. Si desea unirse a un grupo de trabajo para participar en el proceso de cambio de nombre de Lymantria dispar, complete este formulario. Si desea sugerir un nuevo nombre sin unirse a un grupo de trabajo, complete este formulario”. Interesante y aleccionadora iniciativa de participación popular.

Se sabe que la Lymantria dispar llegó por primera vez a los Estados Unidos en 1869 desde Europa, y sus orugas dejan los árboles vulnerables a las enfermedades. La denominación de “gitana” viene utilizándose desde hace mucho tiempo. En el caso de la Aphaenogaster araneoides, la hormiga, se conoce que recibió ese apelativo por parte de Terry McGlynn, profesor de la Universidad Estatal de California Dominguez Hills, en 2000, aunque ha manifestado en diversas ocasiones que desconocía el impacto social del nombre y de la decisión de proponer a la EA esta denominación en 2006: “Son insectos itinerantes que se mueven de un lugar a otro, con una serie de lugares específicos en los que se quedarán temporalmente, pero nunca ocupan uno solo de forma permanente”. Sobran los comentarios. En este sentido, Margaret Magache, directora del Programa Roma en el Centro FXB para la Salud y los Derechos Humanos, de la Universidad de Harvard, fue consultada como parte de la eliminación del nombre. Dijo que el cambio, aunque parece pequeño, es relevante en la conversación sobre los derechos de los romaníes: “Las palabras tienen poder y, más aún, los insultos raciales como la palabra G [Gipsy] han sido particularmente ofensivos y peligrosos para los romaníes”, dijo Matache. “Nos han deshumanizado constantemente a través de los medios del lenguaje y los vínculos con los insectos, los animales, la criminalidad, la opulencia. Cambiar el nombre de este insecto es muy importante para rectificar las narrativas dominantes sobre el pueblo romaní. Nuestro pueblo, nuestra historia y nuestra cultura se han tergiversado y burlado con demasiada frecuencia, y el prejuicio siempre se ha utilizado para justificar el racismo y la discriminación contra los romaníes, un pueblo presente en todo el mundo”.

Más allá del terreno de la fábula, las hormigas están muy presentes en la vida de todos los seres humanos, fundamentalmente porque de ellas hemos aprendido a vivir en sociedad. Personalmente, me ha sorprendido siempre el mundo de las hormigas desde la visión de la neurología y la sociología, por el interés que ha despertado siempre la investigación sobre su forma de ser y estar en el mundo, una especie animal que destaca sobre todo por su vida social y por su longevidad, realidades científicas sobre las que he escrito anteriormente en este cuaderno digital: “Precisamente, la longevidad es el resultado de que siendo tantas se organicen perfectamente, “viven como un grupo, trabajan para el grupo, colaboran, se protegen, se ayudan, hasta pueden fabricar medicamentos para evitar que ciertas bacterias se propaguen en el interior de una colonia. Es lo mismo que ha ocurrido con el ser humano”. Fascinante. Así, siglos y siglos, desde que unos africanos salieron a dar una vuelta por el mundo hace millones de años, al igual que las hormigas, que también viajaron y mucho. Hasta que la división del trabajo llegó a la sociedad humana, extrapolada de lo que ya venían haciendo hace millones de años las hormigas, tan pequeñas y laboriosas ellas. Y este descubrimiento trajo soluciones y problemas sociales, porque la unión hace la fuerza, en palabras de Keller: “Todo ello mejora enormemente la productividad, surgen las ciudades modernas y todo esto, unido a las mejoras en la sanidad y la higiene, dispara en muy poco tiempo la población mundial. En 1930 ya había unos 2.000 millones de personas en el mundo, y eso no es nada: hoy hay más de 7.000 millones, y ciudades con más de diez y veinte millones de personas. Como se suele decir, la unión hace la fuerza”.

Las especies de polillas y hormigas mal llamadas “gitanas” merecen nuestro respeto, como símbolo de cómo debemos llamarlas, al igual que a las personas de etnia gitana, por su nombre y apellidos. Esto no es una fábula, sin más, pero se debe divulgar como una gran lección de sensibilidad científica y humana para todos. Entiendo ahora mejor que nunca que “existan rebeliones internas en las colonias y guerras entre hormigas, cuando combaten por un mismo espacio. Por ejemplo, esto se está dando con las especies invasoras que están llegando a Europa sobre todo de América Latina, y estas especies son muy agresivas y luchan contra las hormigas europeas. Y también hay una base genética para el conflicto”. Están preparadas para morir y saben que es un comportamiento asociado a su especie. Saben restar las bajas de sus soldados muertos”. Y de los insultos despectivos.

Vuelvo a hacer hoy una confesión final que ya he manifestado en este cuaderno digital: tenemos hormigas libres de estereotipos y apodos insultantes para rato, porque a pesar de que intentemos imitarlas hasta la saciedad, cosa que no nos iría mal en principio, tenemos que asumir, como la cigarra altiva, que saben más que nosotros, porque saben hacer las cosas muy bien, porque cunde el ejemplo entre ellas del trabajo bien hecho. Además, parecen inmortales “como especie prácticamente sí que lo son, han sido capaces de sobrevivir a todo y lo seguirán haciendo”, según Lauren Keller, Presidente de la Sociedad Europea de Biología Evolutiva y el mejor amigo de las hormigas, conocido como monsieur fourmis (señor hormiga). Y sobrevivirán al ser humano, tan altivo él, porque siguiendo a Plauto el ser humano suele desconocer a los demás con frecuencia, cosa que no hacen las hormigas. Debería cundir su ejemplo hasta hacerse real esta nueva experiencia, es decir, poder gritar a los cuatro vientos: homo homini formica o lo que es lo mismo, las personas son como las hormigas para las mismas personas, porque trabajan, viven, se ilusionan y comparten todo con los demás, a diferencia de lo que aprendimos de Tomás Hobbes en su aserto “el hombre es un lobo para el hombre” (homo homini lupus). A pesar de las castas, por mera necesidad política, en el sentido más puro del término. Sin insultarnos o despreciarnos con nombre inapropiados, por el único motivo de pertenecer a otras razas, etnias o religión.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Un “sorpasso” digno en el “ferragosto”

Roberto Mariani (Jean-Louis Trintignan) y Bruno Cortona (Vittorio Gassman), Il sorpasso

Sevilla, 2/VIII/2021

Estos italianismos vinieron a España en el siglo pasado para quedarse, aunque todavía no han tenido la acogida en el diccionario de la lengua española de la RAE. Quizá sea “sorpasso” la que más ha calado popularmente y sobre todo en el ámbito político, desde que Julio Anguita, el líder carismático del Partido Comunista de España y de Izquierda Unida en los años ochenta y noventa, la cooptó del partido comunista italiano. Su acepción más clara es “adelantamiento” y junto a “ferragosto” tuvimos la oportunidad en España de asociarlas siempre a través de una película de culto, Il sorpasso (1962), que en este país se tradujo, creo que de forma equivocada, por La escapada, quitándole la fuerza de la palabra en su país de origen. Esta película, una road movie en estado puro, la dirigió Dino Risi y sus dos protagonistas inolvidables fueron Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignan. Un auténtico “capolavoro”, en una bellísima palabra italiana, es decir, una obra maestra. Inolvidable el comentario de Bruno (Gassman) al comienzo de la película y recorriendo Roma con su vehículo en pleno mes de agosto: “Está todo cerrado, Roma parece un cementerio”. Más o menos, el tedio de la vida corriente.

La realidad es que agosto es el mes de una festividad laica en Italia, el ferragosto, en homenaje a la feria de Augusto (Feriae Augusti), una fiesta que comenzó a celebrarse en Roma en el siglo I a.C., el día 15 de este mes, con motivo de la finalización de las tareas en el campo. Me ha traído a mi persona de secreto, como en los famosos “yo me acuerdo” de Brainard en su libro homónimo, la perfecta sincronía entre las dos palabras en el momento actual, comparando la gran lección de aquella película que no dejó indiferente a nadie. ¿Es verdad que se puede producir ahora un sorpasso a este ferragosto simbólico? Intentaré relacionarlo con unas reflexiones que vienen al caso, porque el hilo conductor de la película es un exponente de la misma vida, de una huida hacia adelante que muchas veces llevamos a cabo cuando estamos desorientados, situación en la que llevamos inmersos desde hace bastante tiempo.

En el momento actual, en el que se podría decir sotto voce (en voz baja), en una Sevilla desierta, en el ferragosto de 2021, saliendo a duras penas de una pandemia, con permanentes avisos para navegantes de que la prudencia es la mejor consejera para salir de esta grave epidemia, es necesario reflexionar sobre cualquier ocurrencia de sorpasso sobre lo que está ocurriendo, porque todavía sabemos poco sobre lo que ha pasado y sus consecuencias. Es verdad que imitando a Vittorio Gassman podemos salir una tarde cualquiera en busca de algo trivial para seguir viviendo, encontrarnos que en este mes está casi todo cerrado por vacaciones (algo menos que otros años por la dichosa pandemia) y encontrar almas cándidas que nos ofrecen una solución inmediata a nuestra necesidad. Llamada telefónica, WhatsApp, redes sociales, cualquier oportunidad de salir fuera de nosotros una vez y alejarnos de los confinamientos grabados a fuego en nuestras personas de secreto. Después, podemos acompañar a los dos protagonistas, Bruno Cortona (Vittorio Gassman) y Roberto Mariani (Jean-Louis Trintignan), ocupando una plaza en su Lancia Aurelia B24 Spider, como testigos de cargo de sus aventuras hacia ninguna parte y hasta el fatal sorpasso, al igual que nos puede ocurrir en la vida ordinaria, porque la huida hacia adelante no suele traer nada bueno. En el fondo es el escapismo que vimos tantas veces en Antony Blake, un profesional de esta suerte de magia.

La película transmite un hilo conductor complejo, centrado en la soledad acompañada que es la peor que uno puede vivir. Son mundos diferentes pero que caminan en paralelo en una aventura de búsqueda de algo que dé sentido a la vida, pero con un condicionante: que ese algo sea en el instante que nosotros elijamos no el que la vida nos ofrezca. Además, aquella película nos enseñó la gran dialéctica de la vida, la separación que se nos presenta a menudo al vivir sin tener en cuenta a los demás, como puede estar pasando ahora con el desprecio a las personas a las que muchos pueden contagiar, por el mero hecho de que unos pocos “tienen derecho a divertirse”, importándoles nada las medidas de seguridad que, de forma tan reiterativa, se transmiten por todos los medios a nuestro alcance. En el fondo es lo mismo que el desprecio a las clases sociales más desfavorecidas que, en este aquí y ahora, puede ser cualquiera, es decir, todavía es peor por el comportamiento de falta de civismo, respeto y solidaridad con las personas susceptibles de contagio, por el mero hecho de hacer ahora lo que me plazca sin miramiento alguno. Bruno Cortona en estado puro.

Un diálogo de la película, escogido por mí, resume bien el sentido metafórico del sorpasso italiano: “Parece que estamos en Inglaterra”, dice Bruno (Trintignan), a lo que contesta Roberto (Gassman): “¿por la campiña? “No, es que viajamos siempre por la izquierda…”, responde finalmente Bruno. Los sorpassi permanentes e imposibles de la película, con el trato vejatorio a las personas y vehículos a los que adelantan los protagonistas, son el reflejo de los adelantamientos innecesarios, peligrosos y suicidas de la vida, en una alocada huida hacia adelante. El principio de realidad debe ser aplicado siempre y Bruno, a pesar de su juventud, lo sabe: “Cada uno de nosotros tiene un recuerdo fallido de la infancia. ¿Sabes por qué siempre decimos que fue la época más hermosa? Porque en realidad ya no la recordamos como era”. Una de las razones para la huida del tedio de la vida con adelantamientos (sorpassi) arriesgados y peligrosos en el caminar diario que, al igual que en esta película de Gassman y Trintignan, pueden tener un final muy triste.

Es verdad. Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), pero la vida sigue siempre dispuesta a ofrecernos miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro. El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos, en el mejor sorpasso jamás soñado. Descansar en agosto es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Como en el campo, los sueños realizados son solo para quienes los trabajan, incluso en el ferragosto más próximo, que nos puede permitir, si nos empeñamos en ello, efectuar el mejor sorpasso a lo que verdaderamente no nos gusta y nos hace sufrir a diario.

Una cosa más en este ferragosto. Siempre me gustaron las interpretaciones de Trintignan -no olvido su papel en Il conformista– y después de Il sorpasso, tuve un reencuentro con él en 2019, cuando vi una película suya inolvidable, Los años más bellos de la vida, porque me permitió soñar de nuevo, hacer viajes casi imposibles, utilizar la tecnología para perpetuar los reencuentros a través de un selfi (autofoto), porque da igual casi todo, excepto el amor verdadero: la autoridad, las prohibiciones o la cicatería en el amor. Porque siempre quedará París, antes Roma, recorrido de punta a punta gracias a la cámara de Lelouch en un plano secuencia memorable, que utiliza un corto suyo de ocho minutos (Era una cita) para transmitirnos que el mundo sólo tiene interés hacia adelante cuando respetamos el amor de cada presente, sin necesidad de sorpassi, es decir, adelantamientos sorprendentes e innecesarios. Incluso, como en esta película, en las tinieblas del Alzhéimer, con una banda sonora de fondo gracias a Francis Lai y con los semáforos en rojo de la vida. Sin necesidad de saltárselos o de entrar en calles con dirección prohibida, como vemos en los primeros planos de Il sorpasso. Sobre todo, si alguien nos espera al final de un largo camino y en una cita inolvidable para ser más felices. Al final, sería el mejor sorpasso, en este ferragosto, a la pandemia que nos asola.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El añorado pentatlón de las musas

¡Oh Deporte, tú eres la Justicia! La equidad perfecta, perseguida en vano por lo hombres en sus instituciones sociales, se instala por iniciativa propia en ti. Nadie sería capaz de superar ni un milímetro la altura que puede saltar ni de un segundo el tiempo que puede correr. Sus fuerzas físicas y morales combinadas son las únicas que determinan el límite de su éxito.

Pierre de Coubertin, Oda al deporte, III

Sevilla, 1/VIII/2021

Píndaro de Tebas fue el precursor de narrar bellas historias sobre lo que ocurría en cuatro localizaciones de los Juegos Olímpicos, en los siglos V y IV a. C., Olimpo (olímpicas), Nemea, Delfos (la pitia délfica) y Corinto (Ístmicas), con expresiones que no olvido ensalzando a la figura olímpica y también terrenal del ser humano: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95). Es lo que podríamos narrar hoy de los grandes triunfadores en las medallas olímpicas, pero también y sobre todo, de la cara más amarga de la Olimpiada de Tokyo 2020, cuando vemos la expresión de Simone Biles al abandonar la competición por la ansiedad que estaba viviendo, representando algo que se debería cuidar mucho en el recorrido olímpico de cada participante.

En este sentido, he manifestado recientemente que dentro de algunos atletas actuales, que participan en estos Juegos Olímpicos, habita un gentío de personas muy dignas. Intuía que nos iba a pasar, por ejemplo, cuando viéramos brillar este año a Biles, que siempre deslumbra por la dignidad humana que lleva dentro. De lo que estamos convencidos es de que en este mundo todos somos emocionentes, es decir, podemos vivir unidos por las emociones en la Olimpiada de la Vida, sin ser los más altos, rápidos o más fuertes, sólo porque nuestro cerebro trae de fábrica ese recurso humano, fantástico, llamado hipocampo, sin necesidad de tener que comprarlo en el gran Mercado del Mundo, es decir, no es mercancía. Además, porque somos inteligentes, aunque muchos sepamos que cada día tenemos que salir a cabalgar en un curioso equino cerebral, el hipocampo (caballo encorvadocaballito del mar), que juega un papel tan importante en la carrera de la vida humana, para susurrar a este pequeño corcel, en sus oídos, que hay que identificar bien el largo camino hacia Ítaca de la memoria emocional. Cabalgando despacio, porque sabemos que es posible conocerlo bien y saber qué papel tan trascendental juega en la vida de cada una, de cada uno, en la Olimpiada Diaria de la Vida.

La Olimpiada de Tokyo enfila ya su recta final, con una situación que clama a los cuatro vientos la urgencia del cambio en el espíritu meramente competitivo de la misma, atendiendo lo ocurrido a grandes atletas y deportistas de élite en general por la ansiedad que viven en sus carreras deportivas, donde la competición y el triunfo final es lo más importante, no tanto participar, que queda sólo como reclamo olímpico trasnochado, desde aquella famosa frase que pronunció monseñor Ethelbert Talbot, arzobispo de Pensilvania, en la catedral de Saint Paul, en el oficio de la víspera de la jornada inaugural de los Juegos de 1908, celebrados en Londres, atribuida erróneamente a Pierre de Coubertin: Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar, sino participar, así como en la vida lo más importante no es el triunfo, sino la lucha. Lo más importante no es la conquista, sino el combate. Lo digo porque en la intrahistoria de los Juegos Olímpicos, que se celebran por la magna decisión y empeño del barón de Coubertin, desde 1896 (Atenas), hay que reconocer una realidad del olimpismo mundial porque en los Juegos de Estocolmo, en 1912 y en su quinta edición, es la primera vez que se recupera algo esencial en las Olimpiadas desde su nacimiento en el siglo VII antes de Cristo: la relación íntima entre el arte y el deporte. Ya lo había manifestado el barón de Coubertin en un artículo publicado en Le Figaro el 4 de agosto de 1904, titulado “L’Olympiade romaine”: “Ha llegado la hora de iniciar una nueva etapa y restaurar la Olimpíada en su belleza primera. En la época de esplendor de Olimpia –e incluso después, cuando Nerón, vencedor de Grecia, ambicionaba recoger en las riberas del Alfeo unos laureles siempre envidiados- las letras y las artes, armoniosamente combinadas con el deporte, garantizaban la grandeza de los Juegos Olímpicos. En el futuro debe ocurrir lo mismo” (1).

En esa ocasión, Olimpiada de 1912, volvieron a ser convocados artistas en general, al igual que en aquellas Olimpiadas griegas, donde escritores, poetas, filósofos, escultores, historiadores y otros líderes en diferentes ramas del saber, se encontraron de nuevo en una competición artística denominada Pentatlón de las Musas, que contemplaba cinco manifestaciones artísticas relacionadas con la arquitectura, música, literatura, pintura y escultura, con el requisito esencial de que las obras tenían que estar basadas en el deporte, sabiendo que en las Olimpiadas originales también se contemplaba el Pentatlón deportivo: lucha, carreras, lanzamiento de jabalina, lanzamiento de disco y salto de longitud. Coubertin, bajo el seudónimo de Georges Hohrod y Martin Eschbach, participó también con una Oda al deporte en el Pentatlón de las Musas de Estocolmo, en 1912, que fue galardonada con la medalla de oro, en la que ensalzaba el deporte como placer de dioses, esencia de la vida, porque representa la belleza, la justicia, la audacia, el honor, la alegría, la fecundidad, el progreso y la paz: ¡Oh Deporte, tú eres la Paz! Estableces relaciones amistosas entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. A través de ti, la juventud del mundo aprende a respetarse y, de este modo, la diversidad de las virtudes nacionales se convierte en fuente de una emulación generosa y pacífica.

Recuerdo ahora también que en la Olimpiada de Londres, en 1948, se entregó la última medalla de oro a la poetisa finlandesa Aale Maria Tynni, por versos como: «Laurel de Grecia de noble origen el más celebrado de los árboles, mirando a tu noble corona, deslumbrada debe estar la mente». Fue la última vez que se celebraron este tipo de encuentros, con un manifiesto deterioro por la Olimpiada celebrada en Berlín, en 1936, por las maniobras del fascismo alemán al mando de Goebbels, donde se escoraron todas las medallas a favor de poetas alemanes e italianos por razones obvias. El espíritu de este Pentatlón, auspiciado por el barón de Coubertin, en su primera celebración en la Olimpiada de Estocolmo de 1912, se perdió íntegramente, desapareciendo definitivamente en la Olimpiada de Helsinki de 1952.

Sería maravilloso que el Comité Olímpico Internacional recuperara este pentatlón de las musas y, también, una nueva visión de la ética del deporte en general, debiéndose operar un giro copernicano en su ordenación y organización a través del Comité Olímpico Internacional (COI). Creo que es urgente su recuperación y contar con muchas más manifestaciones artísticas. Es probable que en esa relación del deporte con el arte o del arte con el deporte, tanto monta monta tanto, se podría recuperar la belleza de la vida ensalzada por Coubertin en su Oda, que ahora se podría completar con una nueva Oda al Deporte y al Arte. No faltarían candidatos. Otro gallo cantaría si un día decidiéramos buscar las musas de nuestra vida, sin distinción de género buscador y sin necesidad de Olimpiadas específicas, como si lo pudiéramos considerar como una rutina diaria, participando todos los días de nuestro quehacer cotidiano, sin competitividad alguna. Nos daríamos cuenta de que sólo consiste en estar atentos a lo que nos transmite la vida a través de pequeñas cosas, sobre todo de palabras que suenan como la música, el auténtico secreto de las musas que desean transmitir en todo momento.

Las nueve Musas que nos ha legado la historia de la humanidad, representan disciplinas artísticas de un valor incalculable, sin olvidar la perspectiva de género a lo largo de los siglos, porque fueron el mejor incentivo para interpretar la belleza de vivir despiertos: Calíope, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Clío, la historia; Erató, la elocuencia, belleza y poesía épica o heroica; Euterpe, la música; Melpómene: la tragedia; Polimnia, los cantos sagrados y la poesía sacra; Talía, la comedia; Terpsícore, la danza y la poesía coral y Urania, la astronomía, poesía didáctica y las ciencias exactas. ¿No sería fantástico recuperar, para empezar, estas musas en una Olimpiada de la Cultura y el Deporte? Para empezar a recorrer este camino es recomendable leer el único libro que hasta ahora, salvo error por mi parte, se ha dedicado a esta interesante historia del arte en el Olimpismo mundial, The Forgotten Olympic Art Competitions: The Story of the Olympic Art Competitions of the 20th Century, escrito por Richard Stanton: “Todas las personas con las que he hablado acerca de esto han quedado sorprendidas” dice Richard Stanton, autor de The Forgotten Olympic Art Competitions (Las olvidadas competiciones Olímpicas de arte) “Me enteré de éstas mientras leía un libro de historia, en él me encontré con un pequeño comentario acerca de las competiciones olímpicas de arte, sólo alcancé a pensar —¿Qué competiciones?—”. Impulsado por su curiosidad, escribió el primer y único libro publicado sobre el tema…” (2).

Llevamos siglos con una invocación muy bien relatada por John Milton, en El paraíso perdido, cuando pide a las musas algo muy sutil: “Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada”. Como si no existieran otras Musas que nos indicaran una y mil veces el camino de la belleza y del amor sin tener que recurrir al pecado, al fracaso humano, a perder muchas veces en las diversas carreras de la vida sin alcanzar los sueños soñados. Lo explicó de forma espléndida Píndaro de Tebas hace ya veinticinco siglos, hablando de las Olimpiadas en Delfos: ¡Seres de un día! ¿Qué es cada uno? ¿Qué no es? Sueño de una sombra, eso es el hombre (Pítica VIII, 95).

(1) Redalyc.COUBERTIN Y LOS CONCURSOS ARTÍSTICOS EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS MODERNOS

(2) Cuando las olimpiadas daban medallas al arte (horyou.com)

NOTA: la fotocomposición de cabecera representa (izquierda) el cartel original de la Olimpiada de Estocolmo, celebrada en 1912, donde tuvo lugar por primera vez el Pentatlón de las Musas. A la derecha (arriba), figura un cuadro del pintor francés Michel Dorigny, Apolo y las Musas (El Parnaso), pintado en 1640 (ca.) y que figura en la actualidad en los fondos del Szépmûvészeti Múzeum, en Budapest (Hungría). Abajo, a la derecha, figura la escultura El trotón americano, “un caballo de 20 pulgadas de altura, tirando de un pequeño carro”, que fue premiada por primera vez con medalla de oro, en el Pentatlón citado, realizada por el tirador, escritor, escultor y pintor estadounidense Winans Walter para esa ocasión. Se da la feliz coincidencia de que también había conseguido ya su primera medalla de oro en la Olimpiada de Londres, de 1908, en la modalidad de tiro de precisión.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Convendría decretar ya el estado de optimismo

Mariano Pozo, El vendedor de globos

Sevilla, 30/VII/2021

Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Mario Benedetti (1920-2009), en Rincón de haikus.

Visto lo visto, creo que ha llegado el momento de que el Gobierno correspondiente decrete ya el estado de optimismo. Lo necesitamos, pero también hablo ahora de los pesimistas, tal y como lo aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti (1) en 1999, reforzando la quintaesencia de los optimistas que evalúan la vida a diario, emitiendo juicios bien informados: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado. Efectivamente, ante la situación actual del país desde la perspectiva política, ante anuncios a bombo y platillo de la salida del túnel de la pandemia, con grandes inyecciones de diario europeo e inmejorables cifras de salidas del paro hasta casi ayer en ascenso galopante, estamos obligatoriamente obligados a informarnos bien de lo que sucede, caminando por las grandes alamedas de la transparencia que todos los días hay que buscar, no vaya a ser que nos ocurra lo mismo que a Diógenes de Sinope, prototipo de la escuela cínica, cuando “buscaba a un hombre”. Un día estaba en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico. Éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Pesimismo en estado puro. Otra cosa es que, en plan pesimista total, sepamos detectar algo importante en política: localizar los elementos de verdad en todo lo que se mueve en este ámbito “optimista”, informarnos bien como optimistas natos que somos, porque en ese mundillo político corre la voz de algunos pájaros de mal agüero que confirman que si algunos políticos dijeran alguna vez la verdad…, mentirían.

El optimismo tiene mala prensa desde la llegada a nuestro país de la palabra, tal y como se demuestra en un breve recorrido que he hecho por un camino que suelo recorrer con frecuencia, el de los diccionarios de nuestra lengua. La primera referencia de la palabra “optimismo” en nuestro país data del año 1787 en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […] (Tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, editado en Madrid por la Viuda de Ibarra) y es muy significativa porque textualmente dice que “optimismo” significa “una secta, que no es otra cosa sino un materialismo rebozado o un espinosismo espiritual, siendo los “optimistas” los seguidores de esta secta, abundando en este marcado carácter sectario de la palabra y de sus seguidores, es decir, los que siguen el optimismo y que “de Leibniz y Malebranche se dice que fueron de los más señalados optimistas”. Hay que esperar hasta 1852, para que el Diccionario de la Lengua Española (RAE) recoja por primera vez el término con la siguiente acepción: “Sistema filosófico que defiende que todo lo que existe es lo mejor posible” y que en el uso común “se toma el empeño de aspirar en todas las materias a una perfección suma y por lo general impracticable”. Siguió durante bastante tiempo este lema con el tratamiento de Sistema, hasta nuestros días, cuando el vocablo significa, escuetamente, lo siguiente: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable” y, como doctrina filosófica, “Doctrina que atribuye al universo la mayor perfección posible”, llevada a cabo por un ser “infinitamente” perfecto (Dios o dioses). Un recorrido tortuoso pero en el que me he detenido a analizar el carácter de secta y sectarios a todos los que profesaban el optimismo, obviamente por la represión social existente ante los “desmanes filosóficos” de los pensadores de la época, entre los que se encontraban junto a los citados, obviamente, Spinoza, de ahí la definición de optimismo, en el siglo XVIII, como “materialismo rebozado” y espinosismo {sic] espiritual”.  Es interesante señalar que es en 1899 cuando por primera vez se deja de hablar de lo “impracticable” ligado al optimismo y se recoge exactamente esta acepción que ha perdurado hasta nuestros días: “Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”.

Un ejemplo nos puede ayudar a comprender lo expuesto anteriormente. Siguiendo con el contexto de las tradiciones sociales donde se enmarca el optimismo de todos y de cada uno, podemos tomar el ejemplo del momento en el que comienza el año, normalmente en la ceremonia de las uvas, en el que existe una corriente de opinión extendida sobre listas de realidades y deseos personales, de naturaleza buena y optimista, que confeccionamos rápidamente en el fragor de las campanadas y que poco a poco se van confirmando o no en la medida que avanza el año y miramos con cierto desasosiego por el retrovisor de la vida los compromisos adquiridos. Por ejemplo, vemos que la dialéctica de la vida real se hace fuerte finalmente y en concreto, la del optimismo y la de la apatía. Estando de acuerdo con Benedetti en que ser optimista es la confirmación sublime de lo que significa ser un pesimista bien informado, se antoja ahora recordar que para pensadores de la escuela de Frankfort, serlo es una “obligación moral”, algo así como un imperativo categórico a la manera de Kant. Ser o no ser optimista, esa es la cuestión. No queda otra, porque sabemos que es lo que hay y ante eso la mayoría dice que no se puede hacer nada, siendo esta afirmación categórica un craso error. Queramos o no, hablamos también de sueños y ya sabemos que los sueños, sueños son. Optimismo en estado puro.

Por otra parte, vemos cómo la apatía, es decir, la incapacidad de sentir algo hacia lo o los demás (a-patía), inunda la sociedad de consumo, que es la única que garantiza llevarnos a casa la supuesta felicidad con cosas, los llamados productos de la mercadotecnia, porque la cansina apatía no nos mueve ideológicamente para hacer casi nada, confundiéndonos en la noche de la tibieza social: “a mí que no me llamen”. Además, las cosas importantes no son cosas y si el movimiento ante cualquier llamamiento social se plantea alguna vez hacia la participación política como ciudadanos ejemplares, ahí sí que muchos no irán nunca, porque la mayoría social piensa que la política ya no sirve para transformar nada -todos los políticos son iguales-, sino para que unos cuantos se forren cada día más a costa del presupuesto nacional al que aportamos todos. Mejor dicho, casi todos, porque otros muchos -que son legión- todavía piensan que la contribución social mediante impuestos es cosa de otros. Otra vez: “a mí que no me llamen”. Apatía total.

Axel Honneth, director de la Escuela de Frankfort, lo manifestó en 2015 en una entrevista que recuerdo perfectamente, al abordar la apatía política: “Significa que la gente no está lo suficientemente comprometida en las prácticas democráticas. Prefiere el consumismo, la evasión; el mundo privado frente al compromiso público. Se trata de explicar la tendencia y por qué hay periodos en los que la gente deja de ser apática y se compromete. Por ejemplo, el caso Dreyfus: todo el mundo estaba comprometido públicamente. Hubo momentos en Alemania en los que no se podía evitar el compromiso, ¿por qué hoy hay tanta apatía? Creo que tiene que ver con una frustración derivada de la creencia de que la política no tiene capacidad de transformación social. Hay un conservadurismo que parece afirmar que la política es incapaz de romper el poder del capitalismo financiero, que no hay salida” (2).

¿Existe solución? Con el bálsamo de Fierabrás no, porque no existe, aunque algunos esperan que Amazon nos traiga cualquier día el optimismo empaquetado para regalo y por un puñado de dólares/euros, pero sí cambiando el chip de la responsabilidad social, que es una mezcla de respuesta (respuestabilidad, si se pudiera admitir el lema por la RAE) movida por el conocimiento libre y la ética como suelo firme que debe justificar siempre en libertad todos los actos humanos. Hay que abandonar el sofá convertido en tribuna donde se solucionan sentados todos los problemas de la sociedad y bajar a la calle, como dicen los italianos: scendere in piazza, porque la cosa pública que se ventila es muy seria. Es una forma muy digna de colaborar socialmente con el optimismo generalizado.

Los pesimistas bien informados, es decir, los optimistas, sabemos que lo único que nos queda es el compromiso ético de aplicar el principio de realidad, es decir, las cosas más importantes (que no son cosas…) no son solo como son y cómo las dibujan otros, que siempre son los mismos, los apáticos de cualquier signo o color, sino como queramos entre todos que sean. Según Freud, el principio de realidad junto al del placer legítimo, que lo modifica en muchas ocasiones, rige el funcionamiento mental. En la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. Si nos movemos y participamos socialmente en el cambio “político” al que aspiramos, de tal forma que llegue a ser transformación social, dejaremos de ser voces que claman en los desiertos de la apatía social que nos invade de forma galopante, silente y manifiesta, por todas partes. Blindaremos el optimismo como la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”, que nos legitima como pesimistas bien informados. Esa es la cuestión, porque la búsqueda de la satisfacción legítima en nuestras vidas que nos ofrece el optimismo ya no se efectuará por los caminos más cortos, sino mediante los rodeos que nos impone la vida a través de las adversidades, tomando conciencia de que muchas veces hay que aplazar sus resultados en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. De ahí la necesidad de que se decrete a corto plazo el estado de optimismo. Lo necesitamos.

Una cosa más, como decía Steve Jobs en sus presentaciones: el optimismo puede ser sólo un conjuntos de globos que acaban explotando y nos podemos quedar sin nada en las manos, en los sueños, en el alma si no estamos atentos a la ética de vivir despiertos. Ese es el motivo de por qué he escogido la imagen que abre estas palabras. En 2018 visité en Antequera (Málaga) una exposición itinerante del fotógrafo malagueño, Mariano Pozo, con un título muy sugerente: Capítulos vividos, colgada en el patio principal de la Biblioteca Municipal, una colección de imágenes que conformaban una forma de entender su Ítaca particular. Entre ellas me detuve bastante tiempo en una, El vendedor de globos, que me devolvió la esperanza de continuar el viaje hacia las Ítacas de mi vida, las guías de mi optimismo esencial. Era la imagen de una persona vendiendo ilusiones en la Semana Santa de Málaga, que corre por las calles de la ciudad rodeado de la magia suficiente como para alegrar la vida de niñas y niños en Andalucía, en ese caso y extrapolable a otros, en la edad en la que inician sus viajes a sus Ítacas tan diminutas, en momentos en que sería más importante recordarles al Jesús de la mar que al del madero, haciendo caso siempre a Machado, un pesimista bien informado, que hizo un camino impecable de dignidad hacia su Ítaca tan particular. Para no olvidarlo.

(1) Benedetti, Mario (2001). Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.

(2) Arroyo, Francesc (2015, 22 de abril). Axel Honneth: “El optimismo es una obligación moral”El País.com.

NOTA: la imagen se recuperó el 14 de septiembre de 2016 de: https://cronopiolandia.wordpress.com/category/mario-benedetti/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Hay que desenmascarar a los conformistas y mediocres

Il conformista, Alberto Moravia / Bernardo Bertolucci

Sevilla, 29/VII/2021

Estamos asistiendo impertérritos a la implantación de un conformismo personal y social plano de gran parte de la sociedad, ante todo lo que está pasando en estos momentos tan duros y extraños derivados de la pandemia y su gestión política en nuestro país. Junto a una gran aliada, la mediocridad, se han instalado en nuestras vidas. Me preocupa mucho esta situación, porque traduce una enfermedad social de consecuencias trágicas, que deberíamos atender con urgencia si queremos ofrecer un horizonte claro de presente y futuro a las personas que queremos y a las que forman parte del denominado interés general constitucional y político en su sentido más primigenio.

El conformismo fue tratado históricamente el siglo pasado por la literatura y el cine asociado a ella, fuentes que me permitieron conocer, en mis años jóvenes, su cara más cruel y amarga. Me refiero a la obra Il conformista, de Alberto Moravia (Roma, 1927-1990) y a la película homónima, dirigida por el gran cineasta italiano Bernardo Bertolucci (Parma, 1941 – Roma, 2018). Moravia publicó esta obra en 1.951 y refleja en ella su sentir político como una proclama muy dura contra el fascismo. Bertolucci, atraído por el compromiso intelectual y político de Moravia, la llevó al cine en una producción a la americana, en 1970, con el apoyo de la Paramount, obteniendo un resultado extraordinario en la historia del cine europeo e italiano por la adaptación de esta novela a la gran pantalla.

Si lo traigo a colación hoy es porque creo que el conformismo, como fenómeno social emergente, hay que denunciarlo a los cuatro vientos, por la parálisis y desafección ética en el país de todo lo que tiene que ver con la política, porque es una lacra social de consecuencias inimaginables, sobre todo porque camina de la mano de la mediocridad, que nos ataca por tierra, mar y aire, tal y como lo he manifestado ya en muchas ocasiones en este cuaderno digital que procuro por todos los medios posible que no sea ni conformista ni mediocre. Estoy de acuerdo con lo expuesto en un artículo muy interesante sobre la película de Bertoluccci, que trata sobre los errores en el doblaje de esta película, probablemente no inocentes, que leí hace ya bastante tiempo, porque “[…] si El conformista es un film tan profundo es por la suma de capas e influencias que lo componen: mezcla de géneros cinematográficos, la melodía de la banda sonora y sus variaciones en clave humorística, obra de Georges Delerue, las múltiples referencias literarias, incluidos los mitos de la caverna y Edipo, la recreación histórica y la fotografía diseñada por otro artista precoz, Vittorio Storaro—, ingredientes que el director consigue armonizar”.

Precisamente, el mito platónico de la caverna, magistralmente tratado por Bertolucci, es algo que hay que rescatar hoy porque es el análisis de la realidad de las sombras que pasan ante miles de personas que estamos recluidos a veces en nuestras propias cavernas, sin poder ver la realidad de lo que está pasando realmente fuera para interpretarlo de la forma más crítica y certera posible, situación que sabe aprovechar muy bien el pensamiento único de determinados partidos que están siempre bordeando la democracia auténtica, en una conversión totalitaria que da escalofríos escucharlos. Lo más duro que asumí de aquella película, a mi edad juvenil y de marcado sesgo revolucionario, era una frase del protagonista, Marcelo Clerici cuando se incorpora a la OVRA (Organización para la Vigilancia y la Represión del Antifascismo) y después de escuchar ejemplos de cómo se puede entender esta militancia por parte de su amigo invidente, Ítalo Montanari, él manifiesta agradecido que ha entendido perfectamente la equivalencia entre un hombre “normal” y un “perfecto fascista”. Conformismo y mediocridad en estado puro.

Tal y como lo he manifestado en ocasiones anteriores y leyendo las últimas noticias de nuestro país, de Andalucía, cuando se acerca el ferragosto, he recordado también ante esta situación descrita a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe y me preocupa mucho esta situación en Andalucía, que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo y su gran compañera de viaje, la mediocridad, hacen estragos allí donde nacen, se desarrollan y mueren, porque se instalan en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?

La cosa es la vida misma, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

Dice Mario Benedetti más adelante en el mismo soneto citado: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche. ¡Menos mal! Moravia, Bertolucci y Benedetti han dicho algo que nos puede remover hoy las conciencias y no olvido.

Existen personas que ejercen profesiones arriesgadas, que aprecio mucho, nada conformistas y que me han acompañado siempre en el silencio activo que sabe cuidar la persona de secreto que hay en mi vida: determinadas personas que ejercen determinados puestos arriesgados en las salas de máquinas de las embarcaciones y las que no acostumbran a salir de la contramina, como metáfora aplicable al tema tratado hoy sobre el conformismo y la mediocridad, una vez que el ascensor tipo jaula los deja en el trabajo de cada día, en el corazón de la tierra. Son profesiones modélicas para los que perteneciendo a mi Club de las Personas Dignas tienen que tomar una decisión muy importante en situaciones de turbulencias sociales, en estos momentos difíciles para las creencias personales, profesionales y sociales de todo tipo. Fundamentalmente, porque ahora toca abandonar temporalmente la sala de máquinas y la contramina para pasar a una acción en cubierta o a cielo abierto, urgente y necesaria, para estar cerca de los que quieren abandonar el puente de mando de las embarcaciones laborales y políticas o la zona de dirección de los yacimientos de dignidad privada y pública que tan necesarios son en estos momentos, para convencerles que merece la pena seguir luchando por aquellos valores en los que han creído hasta ahora y que en los momentos difíciles es cuando hay que dar la talla ética que tanto se ha defendido con anterioridad al fracaso o a la pérdida de confianza de los demás en nuestra persona pública o de secreto, en nuestras decisiones, hayan sido o no acertadas. Es decir, una declaración de guerra total ante los conformistas y mediocres y las organizaciones que los representan.

Escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de Merkel o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo. También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres.

Sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío.

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Agradecimiento democrático a Ramón J. Sender

Sevilla, 27/VII/2021

He entrado muy temprano en mi clínica del alma, mi biblioteca, para localizar un ejemplar que conservo como oro en paño, Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender, después de haber leído en eldiario.es un artículo sobre su localidad natal, Chalamera, la cuna de Ramón J. Sender, salva su escuela en el 120 aniversario del escritor. Es una oportunidad para recordarlo especialmente en este año y porque, afortunadamente, el colegio que lleva su nombre, “ha esquivado el cierre que se habría llevado a cabo de no alcanzarse el mínimo de alumnos, tres, por el paso de dos de ellos al instituto el curso que viene. Una situación más que señala la interminable lucha contra la despoblación”.

El ejemplar que conservo creo que es una joya bibliográfica, porque lo adquirí en un contexto muy difícil en este país, en los momentos últimos de la dictadura que fueron de un ensañamiento desmedido. Fue en un viaje a París, en enero de 1975, para investigar sobre las guarderías infantiles laborales en el Centro Internacional de la Infancia (Bois de Boulogne) y en diversos hospitales de la capital francesa, donde ya estaban llevándose a cabo experiencias muy interesantes. En los momentos de ocio, llevaba un cometido personal que quería cumplir a rajatabla: visitar la librería Ruedo Ibérico y localizar allí obras de interés político que no se podían adquirir en España por estar prohibida por la dictadura su venta y distribución. Entre las obras que compré, no muchas por mi escasa disponibilidad económica, estaba una de las que más me han influido en mi alma de secreto, Réquiem por un campesino español, que me leí de un tirón la misma noche del día en que la compré. Tengo que confesar que no pude dormir y que me pasé casi todo el resto de aquella noche especial, mágica, en la ventana de la habitación del hotel a pesar del frío que asolaba aquella habitación sencilla de un hotel muy humilde en la calle Gay-Lussac, creo recordar que se llamaba Elysa, junto al Jardín de Luxemburgo, en el famoso barrio quinto.

Este libro es lo más íntimo de mi propia intimidad, que decía San Agustín, porque en el viaje de vuelta a España desde París, lo traje escondido bajo la camisa durante todo el trayecto, camuflado con hojas de periódico. Cuando llegamos a Hendaya, los inspectores de la policía española, la famosa “secreta”, entraron en el vagón y en el departamento que ocupaba para hacer los registros que consideraron oportunos, junto a preguntas capciosas. No lo he olvidado nunca.

La edición es preciosa, cuidada hasta el último detalle, presidiendo el color negro este ejemplar, como no podía ser de otra manera…, desde la sobrecubierta hasta el cartel de la portada y los dibujos, siempre en negro, de las páginas interiores y realizados por Pelayo. Se publicó en París por Ediciones Hispano-Americanas, en el 4º trimestre de 1974. En la Nota Preliminar del libro, escrita por F. Gómez Peláez, se recogen unas palabras del autor a modo de introducción de la edición a cargo del profesor Robert M. Duncan, en 1964, publicada por D.C. Health and Co. (Lessington, Massachusetts), volviendo a recuperar el título original de la obra, Mosén Millán (publicada por primera vez en México, en 1953), que explican el hilo conductor de esta pequeña obra pero grande en su fondo y forma: “El hombre es el mismo en todas partes si nos atenemos a los registros sutiles de la sensibilidad moral y a la sensibilidad humana, es decir a la razón de la presencia del individuo en la familia, de la familia en la sociedad, y de la sociedad en la nación y aún de todos ellos en la perspectiva aleccionadora del tiempo. Pero unas veces el hombre domina las circunstancias, y otras es dominado y arrastrado por ellas. Eso último sucedió a los españoles en 1936. Por razones fáciles de comprender, Mosén Millán (Réquiem por un campesino español) está más cerca de mi corazón que otros libros míos”. Además, agrega algunas ideas de sumo interés para comprender hoy su obra, sobre todo cuando se confunden deliberadamente la virtud con la autoridad (Mosén Millán) y ésta con el poder político: “Es decir, que lo que sucede en el libro no puede menos de suceder en cualquier tiempo y lugar donde la Iglesia y el Estado comparten la autoridad oficial y la responsabilidad.

Más adelante, agradece Sender que su obra sea utilizada como libro de texto por estudiantes americanos, después de cantar la excelencia de lo que significa en España la dialéctica entre el mundo rural y el urbano, porque les permitirá familiarizarse con los usos y costumbres de este país, con “la atmósfera histórica en la que se desenvuelven” los hechos narrados, porque “van a entender un poco más el radio de su capacidad de entendimiento y de amor”. Él avisa que el libro acaba con una tragedia, pero es algo que tenemos que aceptar en nuestras vidas porque desde el momento en que nacemos tenemos que aceptar que es una de las “dimensiones de lo real”. Su frase final es un aviso para navegantes en el enfrentamiento diario de la sociedad en nuestro país: “Dios libre a los lectores de la necesidad de afrontarla como los españoles tuvimos que afrontarla entre 1936 y 1939”.

Vuelvo a leerlo de nuevo como si fuera aquella noche en París, en 1975. Cuarenta y seis años después, comprendo mejor que nunca lo que recomendaba el prologuista de esta cuidada edición que conservo en mi persona de secreto: he entrado serenamente en el relato y he llegado otra vez al final “sin darme cuenta del tiempo invertido”. Porque es verdad, “al cerrar el libro, impresionado por las últimas exclamaciones del joven Paco y las meditaciones posteriores de Mosén Millán, su inconsciente delator, te harás tu propia opinión. Y eso será, en fin, lo más importante”.

Mi opinión es que es una obra maestra, dos veces magistral y buena por breve, pero con un significado que cobra hoy actualidad por la reciente aprobación, el pasado 20 de julio, por el Consejo de Ministros de este país, del Proyecto de Ley de Memoria Democrática. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.

No olvido a Ramón J. Sender, su Réquiem por un campesino español y su vida en el exilio, como el de tantos miles de españoles que lo sufrieron hasta la muerte y sin reparación alguna. Leer de nuevo esta pequeña joya es una reparación en el alma democrática de lo que allí cuenta y que no debió suceder nunca. Por favor y para quien no conozca esta obra, un consejo: léala. Quienes la conocen, vuelvan a hacerlo. Para todos, para que no se olvide ni siquiera un momento y como agradecimiento democrático a un trabajo con amor hecho.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Necesitamos recordar hoy a Antonio Machado

Patio de los limoneros. Palacio de Dueñas. Sevilla / JA Cobeña

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado, Retrato

Sevilla, 26/VII/2021

Hoy se cumple el 146º aniversario del nacimiento en Sevilla de Antonio Machado y pienso que hoy, más que nunca, debemos recordarlo también por algo que necesitamos hacer urgentemente en nuestro país, escuchar, un verbo del que debemos conjugar el presente de indicativo completo y perpetuo antes que volver a hablar de algo sin conocimiento y, muchas veces, con una gran falta de respeto hacia los demás. Vuelvo a publicar como pequeño homenaje en este cumpledías de Machado, según la expresión tan querida por Benedetti, un artículo que escribí en 2016 después de una visita pausada al Palacio de Dueñas, donde volví a sentir el alma del poeta, sus consejos, su autorretrato, su escucha, sus soledades y su silencio. Sigo pensando que la escucha atenta entre todos debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo cuando nos referimos a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad.

Aquella tarde de abril, en Sevilla, lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas y puedo asegurar que no lo olvido, habiendo aprendido con el paso de los años que Machado adoraba el silencio, el suyo concretamente, porque sabía que sólo se debe dejar de callar cuando preguntando primero y escuchando después, se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Probablemente, sea el momento mágico, como decía él, de distinguir de entre todas las voces sólo una, porque sabemos distinguir las voces de los ecos, porque no es lo mismo…, no es lo mismo.

España necesita recordar hoy a Machado

Esta tarde he estado muy cerca de Antonio Machado, en el Palacio de Dueñas. He paseado por el patio de los recuerdos de su infancia y de un huerto claro donde madura el limonero. Lo he sentido hoy muy cerca de mi persona de secreto. Fundamentalmente, porque echo de menos la asunción colectiva de un proverbio suyo sobre el diálogo, que me acompaña siempre. En ese patio lo he recuperado de mi memoria de hipocampo ante una carencia de diálogo, como problema de Estado que nos afecta a todos en momentos políticos transcendentales que estamos viviendo estos días.

La escucha atenta debería ser una propuesta de necesidad extrema en este país tan dual y cainita. Necesitamos aprender a escuchar porque no es habitual en la vida ordinaria, sobre todo a los otros. Escuchar es saber dialogar, como nos enseñó mi admirado poeta: Para dialogar, preguntad primero; después… escuchad. Esta tarde lo leí otra vez en el cielo azul de Dueñas.

Escuchar es una actitud, un proceso de educación transversal a lo largo de la vida que no se improvisa, necesariamente acompañada de la aptitud social de la escucha atenta y activa. La persona que escucha vive instalada en el respeto mutuo, dispuesta a aprender siempre porque solo sabe que no sabe nada. La vida es una caja de sorpresas y preguntas para quien escucha porque todos los días surge una posibilidad nueva de aprendizaje. Y para el diálogo es fundamental. Este país necesita declararlo como deber fundamental de carácter casi constitucional. Nos arrollamos en las vicisitudes diarias porque no dialogamos, no solemos buscar juntos la verdad de la vida, guardando cada uno la suya.

Y volvemos al arte de escuchar, elemento imprescindible para desarrollar esta habilidad nacida para consolidarse en una actitud que se ha desarrollado gracias a la inteligencia humana, que sabe distinguir oír de escuchar, que no es lo mismo. Es lo que les ocurre a los que alardean de decir a los cuatro vientos, cuando oímos algo que no nos interesa, que “por un oído me entra y por otro me sale”, como si la inteligencia humana estuviera ausente. Acabamos de negar la quintaesencia de la escucha, porque nos instalamos en el particular reino de la autosuficiencia o descalificación ajena, negando la capacidad intelectual de elaborar el proceso de escucha atenta que nos separa de estos procesos auditivos que también desarrolla el reino animal. Es un problema que estriba sencillamente en prestar siempre la necesaria atención a lo que los demás dicen, porque probablemente podríamos darnos cuenta de que lo que hasta hoy tenía patente de corso en nuestra vida ya no es así, dado que muchas veces los demás pueden pensar y decir algo mejor que nosotros. Esta actitud nos permitiría sobrevolar, a partir de ese momento, un cielo de preguntas.

Cuando salía del Palacio de Dueñas, de su patio tan querido, he recordado también una estrofa de Retrato, un poema precioso, que me ha permitido comprender mejor cómo la escucha atenta es un compromiso activo de ética pública y privada que tanto necesita este país, sobre todo su clase política en estos días de tanta ausencia de escucha y preguntas sin respuesta alguna: Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. / A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una. Y me he perdido finalmente por las calles de su querida Sevilla, haciendo como siempre su camino al andar.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Curso de verano para entender el mundo al revés / y 7. Pidamos lo imposible

Mayo del 68, París

Sevilla, 25/VII/2021

En el siglo doce, el geógrafo oficial del reino de Sicilia, Al-Idrisi, trazó el mapa del mundo, el mundo que Europa conocía, con el sur arriba y el norte abajo. Eso era habitual en la cartografía de aquellos tiempos. Y así, con el sur arriba, dibujó el mapa sudamericano, ocho siglos después, el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Nuestro norte es el sur, dijo. Para irse al norte, nuestros buques bajan, no suben. Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darle vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?

Eduardo Galeano, Una pregunta, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

“Sed realistas, pedid lo imposible”, fue la expresión que ha representado siempre el celebérrimo Mayo francés del 68 y las manifestaciones en las calles de París, de las que fueron sus principales protagonistas los estudiantes universitarios, desde Nanterre a la Sorbona. Era una afrenta integral contra la Autoridad, su significante y su significado arropado en las teorías de Herbert Marcuse sobre la unidimensionalidad del ser humano, en todas sus expresiones posibles, porque esta Autoridad soterraba cualquier posibilidad de cambio en la sociedad francesa y, por extensión, europea y mundial. Todo un símbolo que rescato hoy ante lo que ocurrió en la clase de ayer de este Curso tan interesante para poder entender de alguna forma el mundo al revés que nos rodea tofos los días por tierra, mar y aire.

La profesora nos dijo al comenzar la clase que íbamos a invertir el planteamiento anterior del desarrollo de cada encuentro, es decir, comenzaríamos con una referencia del libro de “texto y contexto” de Galeano, para después buscar la mejor aplicación al momento actual y acabar con un homenaje a palabras muy concretas de Galeano que el alumno o la alumna que quisiera podía proponer como broche final del Curso. Así lo hicimos y un compañero alzó la mano para decirnos que en las primeras páginas había una referencia a muchos “cómplices” de que él hubiera escrito este libro, siendo para él un placer “denunciarlos”. Después de relacionar muchos nombres y apellidos de amigos y conocidos, no inocentes porque sabían lo que hacían colaborando con él en la redacción del mismo, con su culpa individual y colectiva, leyó un nombre final que tiene su aquél: “Y en gran medida es también responsable santa Rita, la patrona de los imposibles”.

Ahí nos quedamos, en el análisis de lo imposible, en una sociedad que deserta a diario de cualquier compromiso que vaya más allá de los intereses de cada uno. Nos pareció a todos de gran interés debatir sobre esta realidad social y el encuentro no tuvo desperdicio alguno. Pero, ¿qué es lo imposible? Las acepciones del diccionario nos orientan, en principio, sobre las mejores definiciones posibles, pero de las cuatro que por primera vez aparecieron en el Diccionario de la lengua española, en 1780, me quedo con la tercera, la de orientación metafísica según el citado diccionario, precisamente por posibilista: cosa sumamente dificultosa o ardua, porque la primera no abre posibilidad alguna para avanzar en la vida: lo que no puede ser o no se puede hacer. Se comprende mejor que la pintada del mayo francés dejaba una puerta abierta a la acción revolucionaria vital: haced lo imposible, aunque sea algo sumamente dificultoso o arduo.

Lo que más me llamó la atención y quiero resaltar en este resumen diario del Curso, es que la referencia al mayo francés fue uno de los primeros recursos para analizar la situación social actual ante los imposibles diarios. Pero Galeano, en las últimas páginas de La escuela del mundo al revés, expone que tenemos el derecho al delirio, sin tener que recurrir a la abogada oficial de los imposibles: “Ya está naciendo el nuevo milenio. No da para tomarse el asunto demasiado en serio: al fin y al cabo, el año 2001 de los cristianos es el año 1379 de los musulmanes, el 5114 de los mayas y el 5762 de los judíos. El nuevo milenio nace un primero de enero por obra y gracia de un capricho de los senadores del imperio romano, que un buen día decidieron romper la tradición que mandaba celebrar el año nuevo en el comienzo de la primavera. Y la cuenta de los años de la era cristiana proviene de otro capricho: un buen día, el papa de Roma decidió poner fecha al nacimiento de Jesús, aunque nadie sabe cuándo nació”. De un plumazo, Galeano nos abre los ojos y nos lleva de la mano a soñar que otro mundo es posible, aunque muchos creen y dan por sentado que es imposible.

A continuación, nos dice que “El tiempo se burla de los límites que le inventamos para creernos el cuento de que él nos obedece; pero el mundo entero celebra y teme esta frontera”, invitándonos en ese momento a volar, algo que necesitamos en este mes de julio del 2021 de los cristianos, el 1399 de los musulmanes, el 5134 de los mayas y el 5782 de los judíos. Es verdad, añade, porque “Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio. La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así [la llegada en 2000 del nuevo Milenio] por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio”.

Esa es la razón que definitivamente debatimos en clase, siendo razonables: debíamos pedir lo imposible en “un mundo diseñado por el enemigo” (en frase de mi admirado Juan Cobos Wilkins), porque “aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”.

Finalizó la clase y el Curso. Sobraban las palabras de siempre, llevadas de la voz por panegíricos que no sirven para nada. Lo que si aprendimos en esa clase es que cada día nos otorga el derecho al “delirio” de pensar y transformar la sociedad, según Galeano, por el mero hecho de haber nacido, soñando de verdad que otro mundo es posible y eso, ayer tarde, nos bastaba para volver a casa con la ilusión de transformar este mundo cada día más al revés e imposible. Además, cuando el Sur puede ser el Norte del mundo, tal y como lo trazó el geógrafo Al-Idrisi hace ya muchos siglos, estamos proclamando en voz alta que no estamos locos por el delirio de vencer lo imposible; que sabemos, como muchos antepasados nuestros, lo que queremos y amamos sobre todas las cosas posibles, aunque difíciles y arduas, en beneficio del interés general, de todos y sin dejar a nadie atrás.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.