La ventana discreta / 11. Cuando la curiosidad es insaciable

RICHARD DAWKINS

Sevilla, 8/IV/2020

Reviso mis apuntes a la hora de enfrentarme a la hoja en blanco -¿recuerdan lo que dije ayer de la escritura circular?- y observo que tengo una señal digital en un artículo que escribí en 2014 sobre la curiosidad, una habilidad que a veces confundimos con el cotilleo, incluso científico, que de todo hay en la viña del Señor. A modo de declaración de principios, no voy a dedicar muchas líneas a tratar hoy de las personas cotillas o cotilleras, como personas amigas de chismes y cuentos, definición que se ha mantenido hasta la última edición del Diccionario de la RAE. Los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1). Otro día abordaré este rasgo de personalidad tan frecuente en nuestras vidas, muy relacionado con las personas tóxicas o tosigosas. En la edición de 1992 se consagró el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos. Les puedo asegurar, desde ya mismo y como aviso para navegantes en este blog, que no confundo la persona curiosa con la cotilla, porque no tienen nada que ver una con otra. Verán por qué, a favor exclusivamente de las personas que mantienen en su vida una curiosidad insaciable.

Cuando solo tenía diez años iba al campo de La Campana con mis amigos, en Madrid, justo donde ha crecido el famoso Pirulí y el barrio de La Elipa. La razón era maravillosa: lanzar un cohete “habitado o tripulado” utilizando una funda de aluminio de puro habano, en la que introducíamos una mosca viva en la zona redondeada final, dentro de una cápsula de plástico. En la parte de la tapa enroscable, abríamos un agujero central para colocar una mecha en contacto con pólvora mezclada artesanalmente en nuestras casas con los componentes que comprábamos en la droguería de nuestro barrio “Salamanca”, sede del discreto encanto de la burguesía: carbón vegetal, azufre y clorato potásico. Montábamos un trípode de lanzamiento con piezas metálicas del Mecano de casa y encendíamos la mecha en un momento mágico para probar a qué altura éramos capaces de hacer volar aquel artefacto y, cuando caía a tierra, comprobar si la mosca seguía viva. Fueron muchos intentos fallidos, alguno con escaso éxito, otros un auténtico fracaso, pero lo que constato hoy al recordar esta breve historia es que teníamos una curiosidad insaciable, porque si la perra “Laika” (ladradora en ruso) lo había hecho viajando en el Sputnik 2, por qué nuestra mosca querida no podía alcanzar una altura considerable. En cualquier caso, queda acreditado que nos interesaba más aquello que la perra Marilín, de Herta Frankel, famosa en aquellos tiempos. O la mula Francis.

La historia anterior vuelve a la moviola de mi vida al localizar de nuevo en mi biblioteca una obra extraordinaria de Richard Dawkins, Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford. El autor ha marcado también mi vida por publicaciones extraordinarias desde la perspectiva evolucionista, habiendo sido un auténtico azote de los creacionistas. Crecí en esta última escuela, sin posibilidad de redención temporal alguna por el contexto del régimen en que me tocó vivir, pero tengo que reconocer que Dawkins ha aportado datos científicos que hacen pensar que otro origen del mundo es posible. Su primer libro, El gen egoísta, que empezó a escribir en 1973, fue un revulsivo mundial en defensa de las tesis alojadas en la teoría crítica de Darwin.

Javier Sampedro, a quien respeto siempre y sigo de cerca desde hace ya muchos años y así lo demuestra este blog, manifestó en cierta ocasión sobre esta publicación que el autor es un “zoólogo anacrónico en la era de la biología molecular, látigo de herejes en materia evolutiva, divulgador afamado y ateo militante que no ha hecho aportaciones primarias a la ciencia, sino solo a su popularización. ¿Qué ha llevado entonces a Dawkins a contar su vida? Seguramente la mejor de las razones: que es un gran escritor, y lo sabe. Esto es justo lo que le ha convertido en uno de los divulgadores científicos más leídos del mundo, y también lo que convierte ahora su vida en una obra literaria” (1). No tuve duda alguna cuando leí esta recesión que tenía que leerlo, sobre todo los que seguimos luchando día a día por reforzar las tesis evolucionistas en clave de Teilhard, como tantas veces he escrito en este blog, con preguntas sin respuesta que es lo que las hace todavía más atractivas y con un hilo conductor: el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención cuando escribí por primera vez sobre este autor en este blog, fue una manifestación suya en una entrevista publicada en el diario El País (Babelia). A la pregunta realizada por Ricardo de Querol, Redactor Jefe del periódico, en los siguientes términos: “Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión?, Dawkins responde después de haber explicado su proceso de “conversión darwiniana”: “Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa”.

He vuelto a reflexionar sobre varios pasajes de mi vida en el discreto encanto que dibujó Buñuel en mi infancia y comprendo muy bien que educar de forma monolítica en Dios o las hadas, es limitar las grandes preguntas de nuestro origen, a las que a algunas ya ha dado respuesta la ciencia. Creo que así se comprende mejor por qué en 2009 contrató publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Probablemente, buscando justificaciones posibles para ser felices, que es tan legítimo como otras decisiones o argumentos teístas.

Los locos bajitos de Serrat también éramos curiosos incorregibles, como se pudo comprobar en aquel Cabo Cañaveral improvisado en el campo La Campana en Madrid. Esa es la razón de por qué hoy sigo pensando que otro mundo es posible, porque el que aprendimos a vivir con justificaciones creacionistas se agota por horas. Y eso que nos encantaba Peter Pan, aquel defensor acérrimo del mundo de nunca jamás. O Jesús de Nazaret, cuando se dormía en el cabezal del barco por lo cansado que estaba…, no por sus milagros, tal y como nos lo comentaba en directo el joven periodista Marcos. O Rafael Alberti, que me ha recordado siempre a lo largo de mi vida que cuando se abre el debate de pensamiento y sentimiento, hay que escuchar siempre el corazón, sencillamente porque es más fuerte que el viento, porque si la curiosidad no tiene sentimiento…, solo es eso, curiosidad.

(1) Sampedro, Javier (2014, 18 de septiembre). Vida de un buen escritor. El País.com. Babelia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 10. Las clínicas del alma

ARTE DE CALLAR

Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio

Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Sevilla, 7/IV/2020

El confinamiento nos está ofreciendo muchas oportunidades que no hay que descuidar. Una de ellas es cuidar el alma con la lectura de libros. Repaso con frecuencia lo que he escrito a lo largo de mi vida, sobre todo aquellas palabras que tienen una seña de identidad indeleble por paradójico que sea decirlo así: tienen alma. No me importa utilizar un recurso que denomino escritura circular, porque significa que vuelvo a utilizar aquello que escribí para seguir enriqueciéndolo con lo aprendido diariamente al seguir admirándome de todas las cosas, tal y como aprendí de Aristóteles cuando era joven y pensaba y hablaba como joven. Recuerdo ahora que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C.

Leer es un acto artístico en el sentido más profundo del arte y hay que “saber hacerlo”, tal y como lo expresaba mi maestro Alberto Manguel en un artículo en el que distinguía bien la acción de consumir de la de leer: “Pero ¿qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

Siempre he pensado que la lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida que los demás no llegarán nunca a descifrar.

Cuando la lectura cuida el alma, suele estar acompañada siempre del silencio, del arte de callar, en la clave preciosa que un día aprendí de Joseph Antoine de Dinouart, en su libro muy cuidado (2) sobre este arte tan peculiar, el de callar, que regalo con frecuencia y donde todo el secreto se encierra, como los mandamientos, en un gran principio primero: solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Mientras…, leo para cuidar el alma.

Es verdad. Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer. Quizá podamos hacerlo en estos días de confinamiento, sobre todo para que no enfermemos del alma.

He vuelto a leer la página 53 del arte de callar, en el que el abad Dinouart cita el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, cuido mi alma leyéndolo de nuevo para animarme en estos días tan difíciles pero que nos brindan una oportunidad preciosa de leer y entrar en las clínicas del alma.

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

(2) Dinouart, Joseph Antoine (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

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La ventana discreta / 9. La dignidad de los mayores

FELIX MAXIMO LOPEZ
López Portaña, Vicente (1772-1850), Félix Máximo López, primer organista de la Real Capilla / Museo del Prado. Madrid

Sevilla, 6/IV/2020

Cada actualización de datos sobre la situación de la pandemia en España arroja cifras escalofriantes de un sector de la población, las personas mayores, que dejan al descubierto también los rotos y descosidos del Estado del Malestar en relación con miles de ellas que malviven en unas condiciones, a veces, lamentables y en el mayor de los olvidos, sobre todo los que menos tienen. Las cifras de fallecimientos en las residencias de mayores descubren de forma abrupta la situación real de estas personas en la atención pública y privada, a modo de denuncia pública de cómo se desenvuelven estos centros y cuánto queda por hacer bien al respecto. Ha llegado el momento de hacer una reflexión profunda y cuando sea viable desde el punto de vista sanitario y político, hay que abordar un Pacto de Estado preferente para la atención digna e integral de las personas mayores. Sobran palabras y aplausos, porque actuar con urgencia es el mejor homenaje que podemos ofrecerles una vez pasado el maremoto del Covid-19.

Desde mi ventana discreta he recordado, al hablar de las personas mayores, un artículo excelente de Javier Marías, publicado en 2016, El retrato del organista, en el que decía que cada vez que lo ve “le gusta contemplarlo largo rato, incansablemente”. El cuadro se encuentra en la actualidad en el Museo del Prado . Al recuperarlo hoy me ha vuelto a impresionar la figura de D. Félix Máximo López, primer organista de la Real Capilla, por la dignidad que transmite como persona mayor pese al paso de los años.

En aquella lectura me emocionó también la reflexión que hacía sobre la situación actual de las personas mayores, que el mundo procura mercantilizar con el eufemismo de la tercera edad y las ventajas de la tarjeta oro de la que pueden disponer para viajes imposibles en la España actual. Dice Marías que “todo el retrato rebosa fuerza y a mí me produce, como pocos otros, la sensación de tener en frente a ese hombre vivo, a él y no su representación: y esa fuerza está sobre todo en la mirada, como suele ocurrir”. Y repasa múltiples reacciones imaginarias de esa persona sobre quienes lo contemplan, dando respuestas cargadas siempre de maestría y dignidad: “No sé quiénes sois ni qué buscáis, no entiendo vuestros afanes y empeños, todavía dais importancia a insignificancias, aún lucháis y ambicionáis y envidiáis, todavía sufrís: cuánto os falta para cesar, como ya he cesado yo”.

Y recuerdo frases de supuesta comprensión de los mayores, porque qué van a decir “a esa edad”, con el tuteo descarado, camisetas imposibles, atuendos que no les gusta llevar pero que son aconsejados por los familiares más cercanos o lejanos, con asientos destinados para ellos en el transporte público y habitualmente ocupados por personas más jóvenes, sin vergüenza alguna. Son para personas de movilidad reducida, dicen los letreros oficiales. ¿También de dignidad reducida? Hubo un tiempo en que las personas mayores eran respetadas en su forma de ser y estar en el mundo: “Claro que era un tiempo en el que la sociedad no tenía prisa por deshacerse de ellos, por arrumbarlos, por entontecerlos, por desarmarlos y jubilarlos con gran soberbia, como si no tuvieran nada qué enseñar”, dice Marías.

FELIX MAXIMO LOPEZ1

También he recordado a una persona mayor ya fallecida, el investigador Oliver Sacks, del que tanto he aprendido. En un artículo extraordinario escrito a modo de testamento ético sobre la realidad de la vida, De mi propia vida, recojo una frase que me sigue emocionando igual que el primer día que lo leí: “Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte” (1).

Sigo aprendiendo todos los días de ellos, también en estos momentos tan difíciles, de la generosidad de millones de personas mayores y de abuelos y abuelas que todos los días hacen la vida más fácil a los que más quieren, en silencio, plasmando en una experiencia fugaz la importancia de la mirada diferente de la realidad de la vida, tal y como lo aprendí hace ya muchos años de Antonio Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Como los de la mirada de D. Félix Máximo López, que tanto gusta a Marías.

(1) En el diario El País (2015, 20 de febrero), se puede leer la traducción del citado artículo original.

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La ventana discreta / 8. Una tarde con Luis Eduardo Aute

AUTE EN MARCH

https://www.march.es/videos/?p0=1450&jwsource=cl

Sevilla, 5/IV/2020

Hoy puede ser un buen día para escuchar a Aute en una entrevista magnífica de Antonio San José, a quien admiro, que me ha recordado la Fundación Juan March, a la que sigo muy de cerca, como ejemplo vivo de la profundidad de pensamiento del polifacético cantor (cantante es el que puede y cantor el que debe, según aprendí de Facundo Cabral). Puede ser una forma de brindar un homenaje a su vida y obra. Ayer, cuando conocí la noticia de su fallecimiento, me enfrenté a la página en blanco y escribí unas palabras que guardé en un archivo personal y temporal de espera y esperanza que ahora entrego brevemente a todos.

En el largo camino de la vida, hay personas que nos han acompañado durante muchos años, pasando a la banda sonora grabada en nuestros cerebros y considerándolas como imprescindibles para seguir viviendo. Una de ellas ha sido Luis Eduardo Aute, que siempre estaba cerca de cada experiencia mía en momentos cruciales para seguir caminando sin volver la vista atrás, con un cierto aire de compromiso y de encanto existencial. Una de esas canciones es De paso, que recuerdo en la versión cantada junto a Ana Belén. Para que no olvidemos esta preciosa canción, tampoco a Aute, que ayer subió a su cielo particular, repasé la letra a la que no le sobra ni una coma en este tiempo de confinamiento: Que no, que no, que el pensamiento / no puede tomar asiento, / que el pensamiento es estar / siempre de paso, de paso, de paso

Hoy, mi sentimiento y emoción hacia el camino recorrido junto a Aute, me lleva a pensar que él ha finalizado su viaje, aunque su verdad permanece: estamos de paso. El título de la entrevista que adjunto en la cabecera también traduce perfectamente esta realidad: a veces “no hay nada más irracional que la vida”. Escuchándole, disfrutaremos de su perspectiva en una vida que tuvo tiempo para muchas cosas. Posiblemente más de las veintisiete que recogió un día un hombre de asamblea, de comunidad, el Eclesiastés, en su magnífico capítulo 13: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz.

Le entrevista es preciosa y emociona escucharle cantar a capela De alguna manera:

De alguna manera tendré que olvidarte
Por mucho que quiera no es fácil, ya sabes
Me faltan las fuerzas
Ha sido muy tarde
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

Las noches te acercan
Y enredas el aire
Mis labios se secan e intento besarte
Que fría es la cera
De un beso de nadie
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

Las horas de piedra parecen cansarse
Y el tiempo se peina con gesto de amante
De alguna manera
Tendré que olvidarte
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 7. Semana Laica

Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas.

Jacobs, Jane (1961), Muerte y vida en las grandes ciudades americanas

Sevilla, 5/IV/2020

Comienza hoy una semana singular en este país y, especialmente, en Sevilla. El estado de alarma se ha llevado por delante todo tipo de manifestaciones religiosas en la calle y esta ciudad lo vive de una forma especial, probablemente como una gran frustración. Personalmente, sigo admirando a los que leyendo a Machado comprenden bien unos versos revolucionarios, laicos: ¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!. Soy consciente también de lo que significa para esta ciudad una Semana donde todo gira en torno a una explosión de sentimientos, afectos, olores, silencios, aceras laicas, como he escrito en diversas ocasiones sobre la realidad social de esta Semana especial, con una visión laica, en su significado más acorde con el vocabulario español: semana laica, es decir, independiente de cualquier organización o confesión religiosa (RAE). Vuelvo a leer detenidamente aquellos textos, en su contexto actual, actualizándolos en lo que considero que es necesario cambiar que, por cierto, es muy poco. O nada.

En aquellos días de 2006, en los que escribí por primera vez sobre la visión laica de esta Semana Santa tan particular, estaba leyendo un libro extraordinario, “Sistemas emergentes”, de Steven Johnson (Turner-Fondo de Cultura Económica), que sigue teniendo una actualidad científica recomendable sobre todo para amantes de días y semanas laicas. Los sistemas sociales emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. La que llaman algunos “la Sevilla de toda la vida” se organiza durante muchos días de las semanas “laicas” con las miras puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la definitiva.

Vuelvo a constatar que el mundo solo tiene interés hacia adelante, sobre todo en semanas laicas, en las que estamos muy interesados los que no pertenecemos a lo que en esta ciudad se llama “la Sevilla de toda la vida”. Los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba, siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo. Las agencias de viaje, atómicas o digitales, han organizado tradicionalmente también las vacaciones de esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. La economía se adapta a esta realidad santa y hace su semana muy particular de mercado por tierra, mar y aire.

Me acuerdo también en estas fechas de las familias enteras procedentes de los barrios deshechos en Sevilla por el boom inmobiliario, que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su pretendido por otros “mejor nivel de vida”, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras laicas, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados que ni siquiera tienen parroquia al lado, blindados por la inseguridad ciudadana, en una dialéctica permanente vivienda/murienda. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor o Señora de Sevilla”, vuelven para recuperar, aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, el uso íntimo de sus aceras de siempre, donde se hacía eso, vivir la vida dignamente. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Johnson en el libro que comento más adelante.

Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que supuso la revolución urbanística más importante en Estados Unidos, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, que falleció en 2006 en Toronto (Canadá) a los 89 años, aportó una de las teorías más alentadoras sobre cómo se vive en las aceras de las ciudades, cuestión que en días laicos y santos pasa sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica sigue siendo un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte fue una noticia amarga porque dejaba de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

En la Semana Santa, las aceras de Andalucía funcionan como soporte de interacciones sociales viendo y sintiendo las procesiones. No digamos en Sevilla. Aunque desde la otra acera de la inteligencia digital conectiva siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). O como Machado decía en su precioso poema (La Saeta, 1914), refiriéndose a una forma muy especial del cante andaluz (RAE: acción y efecto de cantar cualquier canto popular andaluz o próximo):

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Vuelvo a leer el libro de Steven Johnson, recuperado de mi biblioteca de cabecera. Se me han vuelto a ocurrir muchas cosas tras la reflexión a la que me llevaron en su momento sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseo transformar esta semana santa de la fe de mis mayores (sic, según el calendario católico) en una semana normal, laica, reinterpretando -porque me duele- lo que ocurre a mi alrededor, que es bastante preocupante por los estragos humanos y económicos que está suponiendo. Considero también que el subtítulo del libro sigue sin dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: la inteligencia, entendida como capacidad y adiestramiento para resolver los problemas de todos los días, compartida en un mundo laico que parece a veces diseñado por el enemigo. Inteligencia digital ahora a través de lo que se ha convertido en la gran ayuda para comunicarnos cuando en estos días de confinamiento o por estar ingresados en los hospitales no podemos pisar las aceras de Jacobs: los teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas, las radios y el mando del televisor para estar bien informados.

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La ventana discreta / 6. El futuro ya no será lo que era

ENCRUCIJADA

Sevilla, 4/IV/2020

Se ha atribuido durante mucho a tiempo a Groucho Marx la frase “el futuro ya no es lo que era”, cuando todo apunta a que su autor fue el poeta Paul Valéry, exactamente con esta expresión: “El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”, junto a otra que me parece de un contenido similar y didáctico en este tiempo de confinamiento: “El futuro es preparar al hombre para lo que no ha sido nunca”. Cualquiera de las dos aborda de forma breve lo que verdaderamente nos está pasando, aunque también debo afirmar sin ambages que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa y, mucho menos, lo que nos pasará a partir de ahora. Sea de quien sea la autoría, estoy seguro de que Groucho lo pensó siempre por su devenir existencial.

Desde mi ventana discreta, recurro en primer lugar a la inteligencia digital porque necesito resolver este futuro incierto que ahora mismo es solo presente, con la ayuda del mundo digital, intentando analizar de la forma más rigurosa posible cómo podemos salir de esta situación cuando sea posible a tenor de los riesgos que estamos corriendo en la actualidad, analizando la información más ajustada a la verdad científica actual, porque huyo de la respuesta que sé que circula inmediatamente por los círculos mágicos que venden manuales de respuestas rápidas a precio muy barato: ¡es y será la economía, idiota!, emulando la respuestas del asesor de Richard Nixon, pronunciadas hace ya años en un lugar del mundo de cuyo nombre no quiero acordarme. Precisamente, ahora el problema no es de raíz económica, aunque al final lo será sin lugar a dudas.

Tengo que reconocer que existe un problema grave consistente en que no existen manuales para preparar el futuro, el día después o al menos yo no los conozco. El problema es de tal magnitud que será necesaria una Reconstrucción del Mundo con un alcance que no se ha conocido jamás. Casi todas las respuestas que teníamos en el mundo para todo lo que se movía en él hasta hace solo tres meses, desde la fecha del inicio de la pandemia, ya no sirven para casi nada y ahora, en medio de una incertidumbre mundial incalculable, tenemos que barajar el cambio masivo de todas las preguntas y respuestas para construir el nuevo futuro a tenor de lo ocurrido.

Los elementos de contexto de pesadumbre y desconcierto por lo que está ocurriendo no son privativos solo de este país, sino que estamos asistiendo a una ceremonia mundial de incertidumbre que ya presagiaba Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, cuando defendía que estamos instalados en la inestabilidad, afirmación derivada de su actividad científica. Ya lo vaticinó también Heráclito de Éfeso, muchos siglos antes, en su clásico discurso sobre “todo fluye, nada permanece”, pero sin que todavía se hubiera impregnado del magma de la miseria social, cuando la ausencia de democracia tomó el control férreo del rumbo social de la humanidad. Por cierto, sin enterarse la Iglesia a lo largo de los siglos de lo que en realidad le pasaba al mundo inestable, al interpretar que aquello era la constatación más plena de que hay tiempo de todo en la existencia y que la fragilidad de fragilidades es solo fragilidad total. Bastaba solo comprender que todo era vanidad de vanidades, todo vanidad.

Vuelvo a leer a Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, en el Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en “La Isla Desconocida”-, porque quiero cumplir una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”, las que ahora estamos sufriendo al prepararnos para el futuro próximo que ya sabemos que no será lo que antes era, para volver a ser o tener lo que quizá nunca hemos sido o tenido antes.

Es lo que me permite comprender ahora que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para asimilar lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas, fracasos humanos y sociales en torno a esta pandemia.

Lo que deseo ahora, siguiendo los consejos de Pablo Neruda, es agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad e incertidumbre para encarar el futuro: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería” (El Sol). Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, en el aquí de este momento y en el ahora de este confinamiento.

NOTA: la imagen se recuperó el 1 de diciembre de 2018 de http://blog.cristianismeijusticia.net/2015/04/10/inmigracion-y-nuevas-encrucijadas-como-ser-profeta-en-un-mundo-diverso

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La ventana discreta / 5. Un niño de Murillo

MURILLO1
Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675)

Sevilla, 3/IV/2020

Nadie duda de la maestría de Bartolomé Esteban Murillo en su trayectoria pictórica. Su obra es reconocida a nivel mundial, porque cuadros maravillosos suyos están distribuidos en museos muy importantes y de reconocida categoría artística. Todavía recuerdo la emoción que sentí al contemplar el cuadro del Arcángel San Miguel, en el Museo de Arte e Historia de Viena, pintado en 1665 para el retablo del Convento de los Capuchinos en esta ciudad y que desapareció de España durante la guerra napoleónica, pasando a manos privadas hasta que el museo vienés lo adquirió en 1987. Volví a verlo en todo su esplendor en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, con motivo de la celebración en 2017 del 400 aniversario del nacimiento del pintor. Volvió a su casa temporalmente, de donde nunca debió salir y menos por un expolio y como botín de guerra.

En este contexto, localicé hace ya muchos años un cuadro precioso, Niño riendo asomado a la ventana, que figura en el fondo de la National Gallery, que traigo hoy a esta serie como homenaje a los niños y niñas de esta Comunidad Autónoma, también a los de este país, del mundo, que están viviendo con sus familias la tragedia del coronavirus y que cada día se asoman a las ventanas de sus casas, riendo y cantando, como una oportunidad de contemplar la vida de sus ciudades y pueblos de otra forma, dándonos una lección a diario, con su comportamiento y ocurrencias, de cómo interpretar la vida en momentos difíciles y con una sonrisa llena de bondad y optimismo. Esta obra representa a un niño sevillano que sonríe asomado a una ventana de libertad y que simboliza la quintaesencia de la infancia feliz a la que deberíamos recordar siempre y no abandonarla nunca.

Me he acordado de los niños y niñas de Sevilla al conocer hoy las cifras de paro, más de 900.000 personas en tan solo quince días, como consecuencia de la pandemia que estamos sufriendo. Son cifras que conmueven a cualquier persona sabiendo que agregan a esta situación de confinamiento la de la falta de recursos económicos, con especial incidencia en las familias más pobres y vulnerables, con casas de muy pocos metros cuadrados y con problemas de subsistencia en el mayor número de casos. Es una realidad alarmante que me conmueve, situación que recojo con frecuencia en este blog y sobre la que escribí hace tan solo dos meses por su especial incidencia en Andalucía: “Según la OCDE un niño o niña que nazca hoy en una familia pobre en España va a necesitar cuatro generaciones, el equivalente a 120 años, para alcanzar el nivel de renta medio de la sociedad en la que vive. Esta es, ciertamente, una situación profundamente injusta para los más de dos millones de niños y niñas en España que viven en hogares pobres, así como para sus padres y madres, que movilizan todos sus recursos para evitar esta herencia y dar a sus hijos las mejores oportunidades, y se enfrentan a las grandes dificultades que tiene criar a un niño en un país que no invierte lo suficiente en familia y en infancia” (1).

Casi 360.000 niños andaluces están afectados por esta situación crónica analizada en el estudio, a la que ahora hay que agregar la situación de paro anunciada por el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y a los que hay que sumar 268.419 hogares con serios problemas de pobreza y riesgo social, formados por familias pequeñas, pobres y rurales (58.831), familias precarias urbanas (136.853) y familias con abuelas [sic], padres y nietos rurales (72.735), según el informe Familias en riesgo, de la ONG Save the Children, que ha publicado en Enero de 2020 sobre análisis de la situación de pobreza en los hogares con hijos e hijas en España. Este estudio afirma de forma tajante en sus conclusiones finales que “los niños y niñas sufren en mayor medida la pobreza y la exclusión porque viven en hogares más vulnerables”.

MURILLO2

He pensado que Murillo, cuatrocientos dos años después de su nacimiento, volvería a pintar hoy con carácter preferente a los niños y niñas de Sevilla con pobreza visible e invisible, que todavía existen, a los que siempre quiso dedicar una parte muy importante de su obra, como homenaje a los que menos tienen, a los invisibles para los que tienen todo, para que comprendamos que hay que fijar prioridades en estos momentos especiales. Para que no olvidemos su mensaje pictórico ni siquiera un momento. Para que todos los niños y todas las niñas que viven en Andalucía en particular y en el mundo afectado por la pandemia que nos asola, en general, puedan asomarse a las ventanas de dignidad personal que deberíamos entregarles, a la mayor brevedad posible, como obligación ética de un mundo responsable, solidario y comprometido con los que menos tienen.

(1) OECD (2018), A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility (Spain), OECD Publishing, Paris, http://www.oecd.org/spain/social-mobililty-2018-ESP-EN.pdf

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilad

La ventana discreta / 4. Las metáforas se pueden pintar

OFICINA EN CIUDAD PEQUEÑA HOPPER
Edward Hopper, Oficina en una ciudad pequeña, 1953 (Museo Metropolitano de Arte, Nueva York)

Sevilla, 2/IV/2020

Edward Hopper fue el pintor de metáforas existenciales, un adelantado en su tiempo para expresar este recurso excelente de comunicación, fundamentalmente de situaciones humanas de soledad y espera en las que las ventanas, no sé si discretas, son las grandes protagonistas. Durante mi vida profesional, utilicé en alguna ocasión, en las presentaciones oficiales sobre estrategia digital, un cuadro suyo, Oficina en una ciudad pequeña, muy representativo de la estrechez de miras y soledades que a veces tenemos en la vida pública, perfectamente aplicable a la privada de todos los días. En tiempos difíciles de confinamiento, este cuadro es sugerente para interpretar cómo vivimos la soledad ante la realidad de lo que está ocurriendo.

WESTERN MOTEL HOPPER

Edward Hopper, Western Motel, 1957 (Yale University Art Gallery)

Hopper aborda la realidad de la espera en muchos cuadros con ventanas que suponen un respiro en la soledad de cada protagonista y en situaciones personales, familiares, de pareja, a modo de juego existencial en las que cada uno tiene que buscar la mejor salida al conflicto de vivir confinados. En tal sentido, el Museo de Bellas Artes de Virginia (EE. UU), en una exposición reciente sobre Hopper, ha propuesto hacer una experiencia interactiva con un cuadro suyo, Western Motel, al poder revivir una reproducción exacta del mismo y recrear personalmente una noche en una habitación idéntica a la pintada por el autor. Cada persona ha podido vivir dentro del cuadro desde diversos ángulos, siempre con la ventana como testigo de experiencia interior. Lo que ocurra durante la estancia virtual o real en la habitación de Hopper, tras sus amplios ventanales, es la maravillosa metáfora del mismo que podemos aplicar ahora tras nuestras ventanas particulares, personales e intransferibles, viviendo experiencias nuevas, esperanzadoras, llenas de sentido y, a diferencia del cuadro, irrepetibles. Nadie se baña dos veces en el mismo río y lo importante ahora es cruzarlo. Esa es la gran oportunidad que nos ofrece ahora la realidad del confinamiento actual.

Estos óleos representan muy bien nuestra situación actual. Estamos muchas veces solos ante el peligro, en silencio y permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar, reflexionar, y pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Estamos viviendo durante el estado de alarma en espacios cerrados frente al enemigo único, atrincherados, aunque siempre nos quedan ventanas amplias o pequeñas, desnudas, como invitando a saltar a través de ellas observando los cuadros de Hopper, porque no tienen limitación alguna, solo el vértigo existencial legítimo para trascenderlas y volver a la vida para recorrer las grandes alamedas de la libertad.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 3. La vida es tránsito

LA VIDA ES TRANSITO

Sevilla, 1/IV/2020

No he olvidado todavía la visita que hice en 2017 al Museo de la Ciudad de Antequera, donde contemplé la colección de cuadros de Cristóbal Toral (Torre Alháquime (Cádiz), 1940), que sobrecogen por su realismo trágico, siendo las maletas su hilo conductor: “La vida es tránsito. El hombre nace en un punto y desaparece en otro: el tránsito que hay en medio es lo que importa. Hay una mudanza constante en lo que hago, figuras que no se sabe si van, si vienen, si esperan” (1).

Estamos en una parada forzosa del tránsito de la vida, tantas veces pintado por Toral, al que contemplo ahora en su estudio de Toledo, presidido por amplios ventanales discretos que aportan luz a su obra, caminando entre bocetos y sus sempiternas maletas, llevando una como para dar ejemplo de su eterno viaje hacia alguna parte. Figuran en sus cuadros y esculturas recordándonos también la realidad de la soledad sonora que sienten muchas personas, básicamente mujeres y emigrantes, en sus diferentes viajes de vida. Principalmente, en el citado Museo, obras dedicadas a la mujer, siempre sola: “Trato mucho también el tema de la mujer. Mujeres en interiores de hoteles de no mucho tronío, frágiles, expuestas, con una sensualidad que las humaniza, solitarias… Interpreto esa soledad que existe, la sensación de tránsito. Me gustan las habitaciones de los hoteles, espacios de tránsito donde aparecen las maletas, las camas, las sábanas”.

INTERIOR EN PENUMBRA
Cristóbal Toral, Interior en penumbra, 1979-1980

Pienso ahora en las mujeres solas o mal acompañadas por la violencia en sus hogares que en pleno confinamiento su vida puede ser insoportable. Recuerdo que en la sinopsis de la obra de Cristóbal Toral, que figura en el museo, se dice textualmente y referido al periodo abierto sobre la mujer como hilo conductor de su obra en 1977, que aparece “siempre solitaria, despojada de toda algarabía, sola en su infinito silencio, como proclamando una identidad de origen y destino frente al cosmos. Distanciada, plena de pureza y sobriedad, rodeada de objetos banales, se funde y trasciende la soledad infinita del hombre”.

En mi tránsito particular, también hay una pequeña maleta que finalmente deshice en ese mismo año, 2017, después de haber viajado siempre conmigo, acompañándome como testigo muda en todas las mudanzas que he hecho incluso en tiempo de turbación. Hoy he vuelto a contemplarla a la luz de una ventana discreta, ahora decorada con sellos de hoteles ficticios en este viaje tan particular. En ella había recuerdos de mi infancia, cuadernos, lápices, dibujos, chapas con fotografías de ciclistas que me acompañaron a dar una imaginaria Vuelta a España en las aceras de Madrid, en el Retiro, construcciones modeladas a mano, notas del Cuadro de Honor, cartas, fotografías familiares, postales y recuerdos varios que guardo ahora en el corazón y en mis cajas de sueños 1 y 2.

Me acuerdo… ahora, siguiendo la dinámica que aprendí en su día de Joe Brainard, de un discurso que me marcó mucho la vida cuando lo leí, con un título sugerente, La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura en 2006, porque comprendí la metáfora de su discurso en el acto de recepción oficial del galardón, como homenaje a lo que su padre le entregó un día en una pequeña maleta que contenía su tránsito por la vida: “Recuerdo que, después de que mi padre se fuera, estuve unos días dando vueltas alrededor de la maleta sin tocarla. Conocía desde niño aquella maleta pequeña de cuero negro, sus cierres y sus esquinas redondeadas. Mi padre la usaba cuando salía a algún viaje breve o cuando quería llevar algún peso a su oficina. Me acordaba de que cuando era pequeño, después de que regresar de algún viaje, me gustaba abrir la maleta y revolver sus cosas y aspirar olores a colonia y a país extranjero que salían de su interior. Aquella maleta era un objeto conocido y atractivo que me traía muchos recuerdos del pasado y de mi infancia, pero ahora no podía ni tocarla. ¿Por qué? Por el misterioso peso de la carga que ocultaba en su interior, por supuesto” (2). Sin desvelar su contenido, les aseguro que tiene mucho que ver con el efecto balsámico de la literatura.

En el tránsito por el estado de alarma, puede ser aleccionador acercarse a estas maletas simbólicas de Toral y Pamuk. Si las contemplan y abren, encontrarán allí respuestas al gran viaje de estos días de confinamiento, una oportunidad para intentar llenarlas ahora de aquello que nos puede acompañar todavía, aun yendo, como Antonio Machado, ligeros de equipaje, conversando con la persona de secreto que siempre va con nosotros. Les aseguro que quien escribe esto, solo espera hablar a Dios un día, dado que “mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía”. Yendo, viniendo y esperando, como las figuras de Toral, en este difícil tránsito de la vida.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.fueradeserie.expansion.com/2014/09/01/cultural/1409570431.html

(1) http://www.elcultural.com/revista/letras/Cristobal-Toral/6606

(2) Pamuk, O., La maleta de mi padre. Barcelona: Mondadori, p. 11-44.

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La ventana discreta / 2. El tiempo que nos quede libre

Sevilla, 31/III/2020

El confinamiento nos abre la ventana discreta para descubrir nuevas experiencias de tiempo compartido. Hoy, deseo incorporar a la banda sonora de esta realidad tan dura, una canción preciosa cantada por María Dolores Pradera, El tiempo que te quede libre, que puede ser de aplicación selectiva para aquellas personas a las que queremos y que a veces hemos plagado de ausencias múltiples en la vida compartida. Para devolverles, si es posible, la dedicación que merecen siempre durante todos los días y meses del año, durante toda la vida, conjugando todos los tiempos posibles del tiempo que nos queda libre para dedicarlo a él, ella, vosotros y… a ellos, a los que sabemos que más lo necesitan. Sabemos que muchas veces nos han pedido el tiempo al que se refiere la canción, a veces solo dos minutos o un minuto nada más.

Atender el fondo de la letra cantada por María Dolores Pradera con su voz, elegancia y forma de moverse en el escenario, inconfundibles, puede ayudarnos a programar mejor el tiempo libre del que disponemos en estos días, es verdad que de forma forzada, pero que se puede convertir en una oportunidad para mil reencuentros posibles, amables, hoy y siempre, con familiares directos, indirectos o circunstanciales, con los que convivimos; también con amigos, vecinos, dependientes de servicios y, por supuesto, con los que trabajan en puestos esenciales que, en su tiempo de trabajo, lo están dedicando de forma plena y ejemplar a nosotros a través de su servicio público garantizado por un estado de bienestar.

Les dejo con ella:

El tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí
a cambio de mi vida entera
o lo que me queda y que te ofrezco yo.

Atiende preferentemente
a toda esa gente que te pide amor;
pero el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

El tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

No importa que sean dos minutos
o si es uno sólo, yo seré feliz;
con tal de que vivamos juntos
lo mejor de todo dedicado a mí.

Y luego cuando te reclamen
y otra vez te llamen volveré a decir:
que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

Que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

No importa que sean dos minutos
o si es uno sólo, yo seré feliz;
con tal de que vivamos juntos
lo mejor de todo dedicado a mí.

Y luego cuando te reclamen
y otra vez te llamen volveré a decir:
que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

Que el tiempo que te quede libre
si te es posible, dedícalo a mí.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.