
Escribo porque solamente modificando la realidad puedo soportarla, […] escribo para ser feliz.
Orhan Pamuk, en el discurso del acto de entrega del Premio Nobel de Literatura 2006
Sevilla, 23/III/2026 – 07:02 h UTC (CET+1)
Escribí en este blog en 2022 que el cine era ver caminar a Henry Fonda, afirmación atribuida a John Ford, aunque quien me conoce sabe que también ensalzo a los cielos cinematográficos a Errol Flynn, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida, en competencia legítima con Charles Chaplin. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche o sioux permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura dorada reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Beth (Olivia de Havilland), para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia, el Cine Ideal en Sevilla o en el famoso Tívoli, en el Madrid de mis años jóvenes. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra, porque lo importante era y será que nunca hay que rendirse ante la adversidad de la indignidad humana.
Lo de Chaplin es harina de otro costal. Si escribo hoy estas líneas es para decir algo especial, consejo recibido de Ítalo Calvino que no olvido, aunque confieso que lo hago porque escribiendo soy feliz (Orhan Pamuk, dixit), con la ayuda de un excelente artículo que he leído en mi apreciado elDiario.es, recordando una película de Chaplin, Luces de la ciudad, estrenada en 1931, considerando que contiene en su banda sonora una canción, La violetera, de autoría española que hizo famosa Chaplin en esta película muda, aunque se le entendía todo…, regalándonos el mejor final de la historia del cine, abierto todavía hoy para la mejor interpretación posible de cada espectador. Esa es la quintaesencia del cine y la maestría de Chaplin.

El amor casi imposible de un vagabundo (Charles Chaplin) y una vendedora de flores (Virginia Cherrill), ciega por más señas, aboca a un final sorprendente y abierto, como a veces ocurre en la vida, donde ojos que ven y no sienten se encargan de poner final a lo que interpretan a diario de forma aviesa, aunque cualquier parecido con la realidad no sea pura coincidencia.
El cine de Chaplin me asombró desde mi pequeñez extrema y prueba de ello es que recuerdo que siendo adolescente, esta escena final me hizo llorar en silencio y sin que nadie me viera en mi querido cine madrileño de sesión continua. ¿Amor imposible? No, amor verdadero. No lo olvido, porque me quedó grabado para siempre, en mi memoria de hipocampo, un beso inolvidable, de película. Verdadero.
oooooOOOooooo
🕵️♀️ Yo apoyo el periodismo que exige transparencia. 🔎 Conoce Civio: https://civio.es/ #TejeTuPropioAlgoritmo
oooooOOOooooo
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, IRÁN, ORIENTE MEDIO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA O LO MÁS PARECIDO A ELLA, EN GENERAL
¡Paz y Libertad!
