
Sevilla, 27/III/2026 – 07:30 h CET (UTC+1)
Noelia Castillo pudo ver cumplido ayer su derecho individual para morir, decisión tomada con la dignidad humana que ha demostrado para llevarla a cabo. Llegó la noticia a mi móvil y tengo que reconocer que me conmovió y conturbó, sin entrar en el incomprensible calvario sufrido por Noelia, casi dos años, por las interferencias legales llevadas a cabo por la Fundación Española de Abogados Cristianos en representación de su padre.
La democracia brilla en todo su esplendor cuando avanza en derechos y libertades individuales y colectivas que tienen fiel reflejo, finalmente, en leyes sustantivas del Estado. Es el caso de la eutanasia, entendida como un derecho individual. El 25 de junio de 2021 fue un día muy importante para la democracia española porque entró en vigor la Ley Orgánica 3/2021 de regulación de la eutanasia.
Soy especialmente sensible a esta realidad humana que tanto sufrimiento supone a las personas y a sus familias. Tengo presentes hoy a centenares de alumnas y alumnos a los que enseñé desde hace ya cincuenta años, que la eutanasia era una buena opción humana, la mejor decisión cuando el hecho de vivir en estadios permanentes de sufrimiento y dolor, sin esperanza alguna, deja de tener sentido. Les hablaba de la ética de situación, como resquicio ético para estos momentos vitales transcendentales, en un país en el que una gran parte de él tenía helado el corazón, jugándome el tipo porque los comisarios políticos del Régimen también asistían a clase camuflados.
Hago esta mención de mi intrahistoria, porque en aquellos años descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno en Roma durante un Curso académico impartido por él] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y personalmente en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades, le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente.
La aprobación y entrada en vigor de la ley de regulación de la eutanasia tuvo un recorrido largo y lo verdaderamente lamentable es que esta tardanza legal no permitió que se llegara a tiempo para ayudar a miles de personas a morir dignamente por una elección personal que permite, como dijo Ramón Sampedro, en su obra Cartas desde el infierno, en 1996, antes de elegir una buena muerte ante tanto sufrimiento personal, que llevó a cabo mediante un suicidio asistido, con el auxilio de varias personas en enero de 1998: “No me guía otro interés que el de mostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija (…) Dejadme cruzar la línea, dejadme saltar”, en un acto de libertad plena para elegir la mejor muerte, sobre todo, la más digna.
En cualquier caso, la ley vigente de regulación de la eutanasia, permitió ayer a Noelia Castillo ejercer un derecho individual respetado y respetable, con todos los requisitos legales cumplidos. La democracia en nuestro país lo ha hecho finalmente posible. A pesar de las interferencias sufridas por Noelia para que desistiera de su decisión a lo largo de dos años, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, el Tribunal Supremo y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos han certificado finalmente que su vida le pertenecía únicamente a ella.
