Luis Cernuda Bidón (Sevilla, 1902-Ciudad de México, 1963)
Sevilla, 18/VIII/2025 – 09:14 h (CET+2)
En tiempos de olvidos clamorosos de la memoria histórica y democrática de este país, conocí el pasado mayo un poema de Luis Cernuda a través de una entrevista realizada a Antonio Muñoz Molina en el diario El País, con motivo de la publicación de su última obra, El verano de Cervantes. En ella, a la pregunta del entrevistador, Jordi Amat, sobre cuál es hoy la relación vivencial de Muñoz Molina con ese mundo [rural] desaparecido en el que creció el autor, él contesta: “Tú tienes un núcleo de experiencia del que emana todo lo que eres y desde el que miras el mundo. En mi caso ese núcleo es haber transitado de un mundo cerrado, que parecía intemporal y donde parecía que nada podía ser de otro modo, a otro mundo distinto, a un mundo urbano, en el que gracias a los azares y las becas pude hacer el bachillerato, ir a la universidad… Como he vivido el progreso, duele más el retroceso. Porque sé, como sabe la gente de mi generación, que lo que ahora se da por supuesto, antes no existía. Ni Europa, ni la democracia ni el agua corriente. Hay un deber cívico en decirlo, “recuérdalo tú y recuérdalo a los otros”, como decía Cernuda”.
La frase de Cernuda se clavó en mi alma y ha llegado el día de recordarla a otros, tal como lo escribió mi paisano en 1961 (1), una vez recordados y localizados el texto y contexto en el que se escribió este verso, recuérdalo tú, recuérdalo a otros, abriendo un poema que me ha sobrecogido al volver a leerlo. Figura “en el Memorial a las víctimas de la Guerra Civil y la Posguerra, en el cementerio de Torrero (Zaragoza), que recuerda a las víctimas del franquismo y, en especial, a las 3.543 personas que fueron ejecutadasdurante la Guerra Civil y la posguerra en la tapia trasera del cementerio, junto a lo que hoy es el mausoleo de Joaquín Costa, y cuyos restos fueron encontrados en dos grandes fosas comunes en 1979, escondidos y olvidados durante más de cuatro décadas […] Este poema nace en 1961 tras el encuentro del escritor con uno de los brigadistas que vino a España a luchar en 1936 para defender la democracia y la libertad. El poema es un homenaje a todos aquellos que luchan por un ideal, un canto en defensa de la dignidad del hombre y un recordatorio de que solo la memoria del pasado, frente al olvido y la mentira, nos hará seguir avanzando” (2).
1936
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, cuando asqueados de la bajeza humana, cuando iracundos de la dureza humana: este hombre solo, este acto solo, esta fe sola. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.
En 1961 y en ciudad extraña, más de un cuarto de siglo después. Trivial la circunstancia, forzado tú a pública lectura, por ella con aquel hombre conversaste: un antiguo soldado en la Brigada Lincoln.
Veinticinco años hace, este hombre, sin conocer tu tierra, para él lejana y extraña toda, escogió ir a ella y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida, juzgando que la causa allá puesta al tablero entonces, digna era de luchar por la fe que su vida llenaba.
Que aquella causa aparezca perdida, nada importa; Que tantos otros, pretendiendo fe en ella sólo atendieran a ellos mismos, importa menos. Lo que importa y nos basta es la fe de uno.
Por eso otra vez hoy la causa te aparece como en aquellos días: noble y tan digna de luchar por ella. Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido a través de los años, la derrota, cuando todo parece traicionarla. Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.
Gracias, compañero, gracias por el ejemplo. Gracias por que me dices que el hombre es noble. Nada importa que tan pocos lo sean: uno, uno tan sólo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana.
Creo que con esta publicación cumplo el deseo expresado por Cernuda al escribir este poema sobrecogedor, recordando hechos que se deben conocer para procurar que no se repitan, en días actuales en los que la derecha extrema y asociados, cómplices vergonzantes de silencios y proclamas de corte fascista, hacen lo indecible por borrar páginas, yo diría, por arrancar hojas de un libro todavía incompleto de lo que ocurrió en aquellos años de guerra y posguerra. Un ejemplo de recuerdo honesto de lo ocurrido, es conocer que el memorial en el que aparece el poema de Cernuda “se erigió para dar cumplimiento al Acuerdo Plenario de 25 de septiembre de 2009 [del Ayuntamiento de Zaragoza] en el que, por unanimidad de todos los grupos políticos, se acordó honrar la memoria de las víctimas del franquismo, tras el tiempo de olvido transcurrido desde julio de 1936 hasta nuestros días” (3). Destaco que fue un acuerdo por unanimidad. ¡Qué difícil es llevar a cabo este tipo de acuerdos políticos en nuestros días de ocaso de la democracia en nuestro país! De ahí, mi voluntad de recordarloy hacer llegar este recuerdo a otros, cumpliendo la voluntad expresada por mi paisano, Luis Cernuda.
(1) Cernuda, Luis, La realidad y el deseo, 1924-1962 – XI – Desolación de la quimera, en Poesía completa, Volumen I, Madrid: Siruela, 1993.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Conchas devueltas ayer a la playa de Islantilla (Lepe-Isla Cristina, Huelva) / JA COBEÑA
Sevilla, 17/VIII/2025 – 08:42 h (CET+2)
Leído y hecho, porque las conchas de las playas son un bien de dominio público. Un artículo publicado el pasado 7 de agosto en el diario El País, Las conchas marinas no son un ‘souvenir’: los científicos explican por qué es mejor dejarlas en la playa, me dejó sorprendido porque no había pensado con anterioridad a su lectura en su contenido, ya que ha sido una constante en mi vida llevarme un “recuerdo” de mi estancia en las playas que he frecuentado, cuidando siempre que estuvieran sin rotura alguna y, a ser posible, con formas originales y colores irisados. Ayer volví a hacerlo, concretamente las de la foto de cabecera, pero inmediatamente las devolví al sitio donde las cogí, después de recordar los mensajes aprendidos en el citado artículo.
Para empezar, llevarse caracolas y conchas a casa tiene un alto coste medioambiental, partiendo de este acto tan habitual y aparentemente inocuo, pero no para un experto en invertebrados, Michal Kowalewski, investigador de la Universidad de Florida (Estados Unidos): “Hay, anualmente y casi con certeza en todo el mundo, alrededor de 10 mil millones de visitas a playas. Y digamos que se recoge una concha por cada 100 visitas, lo cual suena a poco, pero aun así estaríamos hablando de 10.000 toneladas de conchas que desaparecen de las playas cada año”. Estudios en los que ha colaborado él demuestran que “no ha habido cambios sustanciales en la dinámica de las poblaciones de moluscos, ni en la estructura básica del ecosistema marino local. Así parece que la culpa es de los humanos”.
También advierte que “Más turismo implica una mayor urbanización de la zona costera y una mayor actividad de embarcaciones […] El uso de maquinaria para la limpieza de las playas también aumenta progresivamente y esto es relevante porque implica el paso de maquinaria sobre la arena que pulveriza las conchas”. Además, está el detalle de la recolección “turística” de conchas de playa.
Lowslewski insiste en lo importante que es dejar las conchas donde están: “Estoy de acuerdo en que llevarse una sola concha no tiene gran importancia. El problema es que miles de millones de personas, al visitar las playas cada año, a menudo se lleven cubetas enteras. Las colocan en casa, pero con el tiempo, la mayoría de esas conchas terminan en la basura o en vertederos”.
Las conchas, como las de la imagen citada realizan servicios en su ecosistema, cumpliendo funciones que desconocemos por la falta de educación ambiental que hemos sufrido a lo largo de nuestra vida. Me ha parecido de extraordinario interés la aportación en este artículo por parte de Fernando García Guerrero, uno de los responsables de la colección de malacología del Museo Nacional de Ciencias Naturales: “Cada concha, por pequeña que parezca, ayuda a mantener la arena en su sitio, frenando su arrastre con cada marea. Gracias a ellas, las playas conservan su forma, su firmeza y su capacidad para resistir la erosión”.
Finalmente, Kowalewski acierta en señalar una alternativa a la situación actual: la educación ambiental es la mejor forma de mitigar el problema. Por ahora y mientras asistimos a cursos acelerados sobre esta asignatura pendiente, mejor es que dejemos las conchas donde están. Los ecosistemas marinos y costeros nos lo agradecerán. Mejor así que tener que recurrir a la parte coercitiva del problema porque la Ley de Costas vigente establece que arena, piedras, conchas, moluscos y fósiles playeros son bienes de dominio público y que su extracción no autorizada es ilegal. Llevarnos unas conchas a casa se ha vivido siempre como algo normal pero es ilegal y nos pueden sancionar. Avisados estamos. Lección aprendida.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana y tarde, /mañana no será lo que Dios quiera.
Ángel González, en Porvenir
Sevilla, 16/VIII/2025 – 10:00 h (CET+2)
Muchas personas experimentan estos días del ecuador de agosto, del verano, el sinsabor de unas vacaciones o días de asueto que acaban porque, afortunadamente, forman parte del privilegiado club de las que pueden disfrutarlas, no siendo una realidad social al alcance de todos los habitantes de nuestro país, con datos alarmantes de pobreza extrema y exclusión social. Les preocupa el Día Después.
Cuando lo festivo acaba, viene el día después personal y el de donde vivimos, junto a las personas que queremos, respetamos y defendemos en democracia, por los que muchas personas luchamos y pervivimos para la libertad de todos. Lo aprendí de Miguel Hernández. Los que estamos acostumbrados a vivir en un casi permanente carpe diem, nos cuesta aceptar el principio de realidad del Porvenir, el Futuro y el Día Después, de los días de hoy y de después, que son muchos. Acostumbrados a que todo fluya y casi nada permanezca y a aceptar que el mundo líquido (Zygmunt Bauman, Modernidad líquida), al igual que el tiempo, sigue o huye (tempus fugit) por donde puede o le dejan las circunstancias, ofrece también muchas posibilidades de aprehender lo mejor de lo que nos sucede a diario y que forma parte de nuestra personalidad. Fundamentalmente, porque no es fácil que mediante nuestro esfuerzo nos acostumbremos a ver, cada día, el vaso medio lleno de todo lo que nos ocurre de forma personal e intransferible, no medio vacío, que también es posible, sobre todo a nivel de sentimientos y emociones. Es lo que aprendí de Rafael Alberti en mis años jóvenes, cuando comparaba pensamiento y sentimiento;en un poema precioso que no olvido: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso.
Para empezar, confieso que aprendí del poeta Ángel González a distinguir el futuro del porvenir, porque él entendía que al porvenir lo llaman así “porque no viene nunca” (1), cuestión no baladí en estos tiempos tan convulsos y de continuas mudanzas, incluso las del alma: Te llaman porvenir / porque no vienes nunca. / Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso / a comer en su mano. / Pero tú permaneces / más allá de las horas, / agazapado no se sabe dónde. / … Mañana! / Y mañana será otro día tranquilo / un día como hoy, jueves o martes, / cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre.
Sin embargo, inmediatamente después escribe sobre el futuro, en Sin esperanza, con convencimiento (III), dándonos la oportunidad de descubrir sus bondades a pesar de estar inmersos, muchas veces, en un porvenir perpetuo:
Pero el futuro es diferente al porvenir que se adivina lejos, terreno mágico, dilatada esfera que el largo brazo del deseo roza, bola brillante que los ojos sueñan, compartida estancia de la esperanza y de la decepción, oscura patria de la ilusión y el llanto que los astros predicen y el corazón espera y siempre, siempre, siempre está distante.
Pero el futuro es otra cosa, pienso: tiempo de verbo en marcha, acción, combate, movimiento buscado hacia la vida, quilla de barco que golpea el agua y se esfuerza en abrir entre las olas la brecha exacta que el timón ordena.
En esa línea estoy, en esa honda trayectoria de lucha y agonía, contenido en el túnel o trinchera que con mis manos abro, cierro, o dejo, obedeciendo al corazón, que manda, empuja, determina, exige, busca.
¡Futuro mío…! Corazón lejano que lo dictaste ayer: no te avergüences. Hoy es el resultado de tu sangre, dolor que reconozco, luz que admito, sufrimiento que asumo, amor que intento.
Pero nada es aún definitivo. Mañana he decidido ir adelante, y avanzaré, mañana me dispongo a estar contento, mañana te amaré, mañana y tarde, mañana no será lo que Dios quiera.
Mañana gris, o luminosa, o fría, que unas manos modelan en el viento, que unos puños dibujan en el aire.
Sobran interpretaciones. A mí me ha ayudado a distinguir porvenir de futuro y sigo dispuesto a frecuentarlo, a pesar de todo, siguiendo las instrucciones del Dr. Cardoso, médico de la clínica talasoterápica de Parede, cerca de Lisboa, a Pereira, en aquella recomendación que leí hace ya muchos años en Sostiene Pereira, una obra extraordinaria de Antonio Tabucchi, que no olvido: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Porque el futuro lo veo claro con esta actitud, Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana / y tarde, / mañana no será lo que Dios quiera. Ni un porvenir que nunca llega.
Mario Benedetti
Avanzando en el arduo camino de la vida, con su porvenir y futuro dentro, pienso también en el después al que cantó Benedetti, en su Después, tal y como lo explicó espléndidamente en un poema inédito publicado dos años después de su fallecimiento, El Después, formando parte de un conjunto de poemas seleccionados por el autor en los últimos años de su vida: “El Después nos espera / con las brasas y los brazos abiertos / ah pero mientras tanto / vemos pasar con su cadencia/ la muerte meridiana de los otros / los más queridos y los no queridos”. Reconozco que Benedetti me ha ayudado también en este cuaderno a comprender mejor el Buzón de tiempo: decía Cicerón que en algún momento hay que decir las cosas tal y como son, a pesar de que se demuestre siempre que cuando las personas están ausentes se puede escribir mejor, porque las cartas no se ruborizan, las personas sí. Es uno de los tres epígrafes de su libro, Buzón de tiempo: En el buzón del tiempo hay alegrías / que nadie va a exigir / que nadie nunca reclamará / y acabarán marchitas añorando el sabor de la intemperie / y sin embargo del buzón del tiempo / saldrán de pronto cartas volanderas / dispuestas a afincarse en algún sueño / donde aguarden los sustos del azar.
Asimismo, aprendí a comprender las esperas, en Testigo de uno mismo, un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa?, sobre todo cuando nos comprometemos en el carpe diem existencial y vemos los resultados en los días de después, lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe y… resiste. Gracias, Benedetti.
También aprendí de Benedetti a medir bien las pausas que se viven a flor de piel cada Día Después, a tener siempre sentido de la medida, flor que no suele adornar nuestras relaciones de todo tipo, porque él supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida y nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades. También, a querer siempre sin mirar atrás: Te quiero como para leerte cada noche, como mi libro favorito quiero leerte, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio.
Cuando en los Días Después de cada pronunciamiento en este cuaderno digital, pienso en qué efectos puede tener en la Noosfera lo que escribo y publico, también acudo a Benedetti para recordar los matices revolucionarios en su intrahistoria, leyendo un texto precioso y lleno de contenido proactivo, Revolución y participación, en su obra Terremoto y después: “La imaginación popular corre junto con los hechos, casi podemos decir que los hechos mismos son imaginativos, porque los hechos, mucho más que las palabras, son los que van abriendo caminos nuevos; los hechos empecinados y tenaces, fueron siempre y son ahora, la vanguardia de una transformación profunda. Las palabras vienen siempre detrás para explicarnos; incluso para explicar por qué se olvidaron de anunciarlos”. Impecable.
En romanpaladino (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…, Gonzalo de Berceo), hechos son amores en vida y no buenas razones. Avanzando en el arduo camino de la vida, pienso mucho en el después, en su Después, en las incertidumbre diarias que tienen siempre su continuidad en el Día Después, porque sólo esperamos / que alguien nos sueñe sin puñales / de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido…
En este mes de agosto, en un compás de espera político preocupante por el ocaso de la democracia en nuestro país, me pre-ocupan [sic] el Porvenir, el Futuro y cada Día Después. Sobre todo, porque en mi soledad sonora busco arroparme con las palabras de Ángel González: Pero nada es aún definitivo. / Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana y tarde, /mañana no será lo que Dios quiera. Sin lugar a dudas, con esta actitud podemos descubrir el mejor Día Después.
(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Planeta (Seix Barral).
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
En este país tan controvertido, “aconfesional” de acuerdo con lo expuesto en el artículo 16 de la Constitución, se celebra hoy la Asunción de la Virgen María a los Cielos, en cuerpo y alma, según figura en el dogma publicado en la Constitución apostólica Munificentissimus Deus, firmada el 1 de noviembre de 1950 por el papa Pío XII. El texto que sigue es la justificación histórica, católica, de la celebración de esta fiesta nacional, inamovible por más señas, no laboral por supuesto.
[…] Por eso, después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
Las palabras finales del citado documento son determinantes, respetando la firmeza vaticana, en este caso no “finezza” precisamente, por si alguien tiene -a esta altura del siglo- alguna duda sobre su contenido: “Por lo tanto, a nadie se le permite infringir Nuestra declaración, proclamación y definición, ni oponerse a ella ni contravenirla. Si alguien se atreve a intentarlo, sepa que incurrirá en la ira de Dios Todopoderoso y de sus benditos apóstoles Pedro y Pablo”.
Hoy, teniendo en cuenta las serias advertencias de la Constitución Apostólica, sobre todo la ira divina y la de sus “benditos apóstoles”, me permito hacer una referencia expresa, también, de la Constitución Española, en la totalidad de lo expuesto en los tres apartados del Artículo 16, de la sección 1ª del Capítulo correspondiente a “derechos fundamentales y libertades públicas”, sobre todo teniendo en cuenta los últimos acontecimientos en Jumilla (Murcia), por las medidas xenófobas contra los inmigrantes de religión musulmana, prohibiéndoles utilizar instalaciones públicas para celebrar sus festividades principales:
1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.
2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.
3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.
Junto a este Artículo de reconocimiento de la aconfesionalidad de este país, creo que muy parcial y escorado por el Concordato, no hay que olvidar por ejemplo lo dispuesto en el Artículo 27.3, de la misma sección y capítulo, en el que se dice que «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones». Así, hasta hoy y ya han transcurrido 47 años desde la aprobación y publicación de la Constitución Española y 49 desde la firma del Acuerdo base entre el Estado Español y la Santa Sede, conocido como Concordato, firmado el 28 de julio de 1976, que se desarrolla a continuación para explicar las razones que justifican que el festivo de hoy todavía continúe vigente.
Es importante señalar también que sólo cinco días después de que entrara en vigor la nueva Constitución (BOE del 29 de diciembre de 1978), se firmaron en el Vaticano el 3 de enero de 1979, los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede sobre Asuntos Jurídicos, sobre Enseñanza y Asuntos Culturales y sobre asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas y el servicio militar de clérigos y religiosos, complementarios del Acuerdo de 1976. En el primero es donde se «reconoce a la Iglesia Católica el derecho de ejercer su misión apostólica» y se «garantiza el libre y público ejercicio de las actividades que le son propias y en especial las de culto, jurisdicción y magisterio», destacando en el artículo III, el reconocimiento por el Estado «como días festivos [de] todos los domingos» y que «de común acuerdo se determinará qué otras festividades religiosas son reconocidas como días festivos» [la negrita es mía], y en el Artículo IV «el ejercicio del derecho a la asistencia religiosa de los ciudadanos internados en establecimientos penitenciarios, hospitales, sanatorios, orfanatos y centros similares, tanto privados como públicos».
Ante lo anteriormente expuesto, es sorprendente que la población laica de nuestro país, más allá del hecho aconfesional, constitucionalmente hablando, tenga que asumir en pleno siglo XXI este «calendario nacional» y laboral, que ampara celebraciones de fiestas anudadas a dogmas de la religión católica en un Estado aconfesional, frente a decisiones corporativas como la del Ayuntamiento de Jumilla (Murcia), para contentar a la ultraderecha representada en la Corporación por el coordinador local, portavoz y único concejal de Vox, aprobando el pasado 28 de julio una enmienda transaccional del PP a un texto de Vox, que prohíbe todo tipo de actividades ajenas a las deportivas en las instalaciones municipales, en las que con anterioridad han tenido lugar celebraciones musulmanas, como el fin del Ramadán o la Fiesta del Cordero, moción en la que se pide “Instar al equipo de gobierno a promover actividades, campañas y propuestas culturales que defiendan nuestra identidad y protejan los valores y manifestaciones religiosas tradicionales” en España, así como la modificación del reglamento del uso de las instalaciones deportivas para que se empleen “exclusivamente para actividades organizadas por el Ayuntamiento” y “en ningún caso para actividades culturales, sociales o religiosas ajenas al Ayuntamiento”.
Queda mucho camino por recorrer hasta la laicidad de nuestro Estado, pero la dignidad de la población inmigrante de nuestro país, con sus correspondientes creencias, debe ser respetada en su integridad como ciudadanos amparados por este Artículo 16, constitucional por supuesto, que acusa ya el paso de los años. Por ahora, saben que hoy es un día en el que no se trabaja, que forma parte de un «puente», algo tan castizo y español, que se celebra una fiesta que no es suya y que no la sienten ni les pertenece y que esperan que cuando deseen celebrar las suyas, se respete íntegramente el Artículo 16 de la Constitución Española, en sus tres apartados, sobre todo el primero, en el que se reconoce que en este país se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Cuando arde España, algo nuestro se quema. Viendo las terribles imágenes de estos días sobre la realidad trágica del fuego que se extiende por todo el país, en una auténtica emergencia nacional, de Estado, he recordado un artículo que dediqué en 2017 a esta realidad recurrente en cada verano y que cada año se recrudece más por el cambio climático, a pesar del negacionismo existente en relación con estos acontecimientos.
Por este motivo, vuelvo a publicar el artículo citado, que dediqué a esta dramática situación en Galicia, que este verano ha vuelto a reproducirse con extraña violencia en Ourense, porque su significado profundo sigue tan vivo como entonces, con una media en estos días de treinta incendios diarios en esa Comunidad, así como en otros territorios del país, demostrando que el cambio climático es una realidad por las altas temperaturas que favorecen los fuegos, unido a falta de mantenimiento preventivo forestal, problemas laborales del personal especializado, así como a la acción perversa de los pirómanos, que por desgracia existen.
El fuego, dondequiera que ocurra, es “una sombra negra que nos asombra”, en palabras sabias y certeras de Rosalía de Castro.No lo olvido.
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Fuegos, ¡nunca más!
Las imágenes de Galicia ardiendo me han turbado. Cuando Galicia se quema, algo de nuestra alma se quema. No es un eslogan sino una realidad. Solo hace dos meses que he visitado esa Comunidad, iluminada por la luna, Luar na Galiza (Resplandor de la luna en Galicia), tal y como la he imaginado siempre. Quise conocer otra tierra gallega, no la que se aprecia cuando solo eres volantista, tal y como llama Manuel Rivas a los conductores que visitan Galicia en coche y no pueden contemplarla a un lado y a otro de su campo de visión, de su belleza natural y verde constancia que la invade por todas partes. Es verdad, me pasó a mí en esos días por la red de carreteras de Galicia, porque cuando iba preocupado por su trazado, un stop o un cambio de sentido, no podía apreciar bien los cruceiros o lo que Rivas narra como “una hermosa cruz de piedra y las espinas del Cristo, también de piedra”.
He vuelto a leer un poema de Rosalía de Castro, Negra sombra (Follas Novas, 1880), de contenido espiritual gallego y universal, ante el dilema existencial que se instala en nuestra persona de secreto cuando asistimos a acontecimientos como los de Galicia, una sombra negra del fuego que nos asombra:
Cuando pienso que te fuiste, negra sombra que me asombras, al pie de mis cabezales, vuelves haciéndome burla.
Cuando imagino que te has ido, en el mismo sol te me muestras, y eres la estrella que brilla, y eres el viento que sopla.
Si cantan, eres tú que cantas, si lloran, eres tú que lloras, y eres el murmullo del río y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo, para mí y en mí misma moras, no me abandonarás nunca, sombra que siempre me asombras.
He recordado cómo se abrazaban los árboles en las carreteras comarcales, rodeándonos de derecha a izquierda y al revés durante muchos kilómetros, uniendo parroquias entre sí, en el viaje maravilloso que hicimos con un luar espléndido desde Fisterra a Muxía y Camariñas. Ahora, en el Sur de Galicia, sobre todo, solo se han abrazado para morir en la hoguera de la sinrazón humana, dejándonos cicatrices del paisaje que explican muchos malestares, incluso el social, como nos recuerda Freud. Negra sombra que nos asombra.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
En 2021 escribí un relato amable sobre esta ciudad, mi cuna de nacimiento, que publiqué en este cuaderno digital como muestra de la maravillosa intrahistoria que lleva dentro y que deseo recuperar hoy como un conjunto de señas de identidad para realzar su auténtico valor multisecular. Su título, “Una sonrisa en el rostro de la vida”, realzaba una característica que recogió el gran escritor Stefan Zweig en una visita que hizo a Sevilla en 1905. Vuelvo a publicarlo hoy, incorporando en su título la identidad del mismo, la ciudad de Sevilla, en la que su sonrisa muestra también otra reflexión de Zweig sobre ella: aquí se puede ser feliz.
El protagonista de este relato aprendió en su desembarco en la Gran Ciudad, Sevilla, en una orilla de su Río Grande, que allí podía ser feliz y que pasear por sus aceras jacarandosas le permitía, en su aparente soledad sonora, encontrar una preciosa sonrisa en el rostro de la vida. Sin olvidar la cara menos amable de la ciudad, donde sabía que la pobreza severa y exclusión social, con gran afectación en la población infantil, hacía estragos en barrios en los que su población sigue añorando hoy esta sonrisa en el rostro de su ciudad, junto a la ausencia de felicidad sentida.
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Una sonrisa en el rostro de la vida
El paseante solitario de esta gran ciudad había llegado desde una isla desconocida con un libro, el único que le había permitido llevar consigo su nueva forma de vida y con una idea muy clara al alcanzar su nuevo destino: aquí se podía ser feliz. Mantenía en su memoria de secreto algo que había leído con respeto reverencial en su querido libro, porque al deambular por sus calles desconocidas y sentir como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, tenía la sensación de que le llamaban voces amigas en su nueva soledad sonora. Había leído que “el rostro de esta ciudad -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas-, le podía llegar a sonar como de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción que ya había paseado, visto, leído o escuchado antes”. Todo era cercanía en esta acogedora ciudad, Sevilla.
Y se dio cuenta que era así, que todo lo que veía recordaba a otra ciudad, Salzburgo, que podía ser su hermana gemela, porque Mozart ya se había acordado de ella en una de sus obras. En ese paseo solitario había una contradicción de fondo, porque la vida que se respiraba a cada momento en un día de sol radiante y con un cielo azul de hermosa luz con su tiempo dentro, tenía un ritmo muy vivo, mostrando su gente una sangre muy viva a pesar del dolor por el que estaba atravesando en ese momento de la visita, una ciudad azotada por una pandemia reciente con problemas sociales que se podían apreciar en muchas esquinas. Pero Ella brillaba con su portentoso colorido, resplandeciente de alegría y estrechándote la mano a cada paso, lanzando al mundo un gran mensaje: aquí se puede ser feliz.
Todo lo anterior le recordaba algo que había leído en un libro de viajes de Stefan Zweig, con ocasión de una visita que hizo a una ciudad en 1905, de cuyo nombre quiso acordarse ahora, Sevilla, pensando que efectivamente “aquí se puede ser feliz” a pesar de todo. Y de forma decidida comenzó a buscar rincones que ya conocía por la obra de Mozart, pensando que la barbería de Fígaro iba a devolverle la comprensión de la relación de Don Juan y Carmen. En ese solitario libro que acompañaba a nuestro paseante por las aceras amables de esta gran ciudad, lee que Zweig “va en busca de la jovial barbería de Fígaro, suspirando por identificar, entre las numerosísimas casitas centelleantes, aquella en la que tuvo Don Juan esa encantadora y enrevesada aventura que nos relata Lord Byron en su poema. Aquí entona Fígaro sus cancioncillas, se oye a Carmen tararear sus habaneras, el arte ha repartido por estas calles sus símbolos más alegres, calles por las que ya trotó en su día el ingenioso hidalgo Don Quijote a lomos de su dócil Rocinante […] Sevilla no es el símbolo de España, pero sí su sonrisa”. ¡Qué hermosa definición de esta ciudad!
Nuestro paseante solitario recuerda también el paso de la civilización árabe por Andalucía, por esta ciudad, en la que es un oficio “el arte de vivir”, con huellas indelebles de este pasado cultural a lo largo de los siglos, detallando las casas y su distribución exterior e interior, con la incorporación de ventanas y balcones “rompiendo las paredes cerradas de los árabes”, llenando de luz las estancias. Fachadas de colores claros, puertas (abiertas, a falta de recelo y desconfianza), pasillos con azulejos, patios, flores, fuentes, “incluso en la judería”, cerca de la casa natal de Murillo. Había leído también que había que prestar una especial atención a la mujer de esta tierra y sobre todo en sus fiestas de primavera que, como las flores, tienen algo así como su belleza efímera, deslumbrado por la gracia en la forma de bailar flamenco. Lo pudo comprobar directamente, porque el baile -recordaba bien como lo decía Zweig- “es aquí lo que siempre ha de ser: un arte que surge de forma natural de la gracilidad del cuerpo, de sus movimientos, de sus gestos de deseo, de la excitación que produce el ritmo; no es un arte limitado al juego de piernas, sino que busca el placer y la alegría de ir trazando líneas, la flexibilidad y el cimbreo, un arte que trata de desarrollar todas las formas de belleza a que puede aspirar el cuerpo humano”.
A la vuelta de una esquina, en este paseo de los descubrimientos en una ciudad descubridora por historia, se acercó a un hamán sorprendente, con luceras o claraboyas por las que entraba la luz, intentando descifrar su forma estrellada de ocho puntas, aunque también detectó otras cuatro formas más de la simbología arquitectónica árabe, sirviendo a la vez de respiraderos de cada sala. También conoció los lazos en almagra, las pinturas de lacería que no son frecuentes en este tipo de construcciones árabes. Pasó bajo las cúpulas ocultas de la sala templada (conservando el nombre romano: tepidarium), en la entrada principal, así como en la sala contigua que correspondía a la sala fría (frigidarium), comprobando que quedaban algunos vestigios de la sala caliente (caldarium) y la entrada real de los baños, que hacían ensalzar la cultura árabe recorriendo estas instalaciones almohades.
El paseo por sus aceras y calles estrechas le recordaban que esta ciudad, como sonrisa del rostro de la vida, esconde un pasado lleno de sobriedad y grandeza. Sabía que Zweig conoció su Semana Santa, dedicando también unas palabras hermosas a la panorámica que ofrece la ciudad desde lo alto de su torre cristiana de nombre Giralda: “Al contemplar tamaña riqueza cromática se entiende bien que Velázquez y Murillo sean hijos de esta ciudad, pregoneros eternos de su belleza, de la misma manera que los dramas de Lope de Vega han dado testimonio de su historia, y los músicos han sabido expresar su jovialidad”.
A este paseante solitario esta gran ciudad le ofrecía muchas cosas: “el disfrute de una vida llena de colorido, el ritmo vivo que marca los acontecimientos y ese allegro que revela una felicidad profunda”. Y sabe que es también vanidosa, porque quien no la ha visto, no ha visto lo maravillosa que es y no es capaz de reprochárselo porque: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”.
Decidió dar una vuelta por los barrios antiguos de esta gran ciudad que, poco a poco, recuperaban su vida propia, volviendo la alegría en sus calles. Le hablaron de un artista muy querido en la ciudad de antes, El Pali, al que podrían susurrar a su oído, donde quiera que esté, alguna sevillana que se le pudiera ofrecer en clave de canto a la posibilidad de ser en la ciudad, en sus aceras de siempre: Ya no pasan cigarreras / por la calle San Fernando / con flores en la cabeza / y los mantones bordaos. / ¡Ay, Sevilla de mi alma! / que lo estás perdiendo todo, / los niños en la plazuela / cuando jugaban al toro. Muy pensativo, se preguntaba en su persona de secreto ¿por qué cantar esto en esta tierra donde se puede ser feliz? Pensó entonces en la magia de las ciudades y de sus barrios, que viene siempre desde abajo, desde su historia pasada y presente, desde las aceras de los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos, haciendo un uso íntimo de ellas acompañados de una sucesión de miradas (Jane Jacobs).
El paseante solitario descubrió algo insólito: podía pisar una alfombra de color azul violáceo, elaborada con flores de jacarandá. Sevilla se llena de alfombras de esta flor dos veces al año, gracias al árbol traído desde América a través del Río Grande, el Guad-al-quivir. Comprobó que tenía que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso, cuando se ponen las aceras, en una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia multisecular con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios o dioses, cuatro creencias necesarias cuando se atraviesa cualquier encrucijada de la vida. Comprobó que por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores azules con tonos violáceos, acampanadas, que se entregan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no es mercancía. Pudo observar que cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega aunque es probable que ella dude de qué es lo que este paseante solitario recibe.
Avanzando por sus aceras, constató que las flores de jacarandá disputan su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, a modo de almas aladas como ocurre con las mariposas, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Con él, este paseante solitario pisó las aceras-alfombras de jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y entretenido con este deslumbrante paseo, buscando la mejor respuesta, la encontró también en él despertando a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, supo que a través de su viaje solitario, desde una isla desconocida y acompañado de un solo libro, podía hacer esa mudanza yendo del timbo al tambo, es decir, de su corazón a sus asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.
Era ya la hora malva de Sevilla. Tenía el paseante solitario una referencia grabada en su corazón: no dejes de entrar en la Casa del Gobernador Al-Mutamid, del Palacio de la Bendición (Dar al-Imara) en esta gran ciudad o lo que es lo mismo, sus Reales Alcázares, porque él había reconocido que en su ciudad “transmitía nobleza su gente”. Allí se mostraban azulejos que cubren una faja de la fachada de ese hermoso palacio, con una simbología muy especial. Pudo comprobar que la geometría que muestran a la perfección sus azulejos, se encuentra en las estrellas centrales de ocho puntas que figuran por doquier en el citado paño, en octógonos perfectos compuestos por dos cuadrados. Sabía que reflejan la importancia de los edificios de base cuadrada que representan la estabilidad tanto terrenal como cósmica, porque de la prolongación hacia el infinito de las líneas de esta estrella van surgiendo otras de distintos tamaños que además configuran otros cuerpos que podríamos juzgar de menor importancia, pero sin los cuales no se reproducirían periódicamente los principales.
Para apreciar bien esta constelación tuvo que dar unos pasos atrás para tener una perspectiva más amplia de este maravilloso mensaje de la interdependencia para realzar la unión cósmica. Y había que volver al sitio descrito anteriormente, tan cercano que se podría tocar para creer su mensaje, porque este plano tan próximo de las líneas que se observan en sus múltiples estrellas y octógonos, le ayudó a comprender que son posibles distintos caminos para llegar a cualquier punto del paño de azulejos, simbolizando la realidad de las más variadas interpretaciones para alcanzar la comprensión de la vida. La verdad es que nuestro paseante solitario entendió que se puede alcanzar un objetivo desde muy diversos puntos y que la verdad se esconde entre diversas perspectivas, porque muchos son los senderos para llegar a ella.
Aquella faja de azulejos le propuso un mensaje: los seres humanos se necesitan con orden y concierto, porque la libertad de estas líneas múltiples permiten dibujarla en nuestra vida a la medida de cada uno, de cada una.
Salió de Dar al-Imara con la lección aprendida, comprendiendo que sus antepasados árabes le recordaban con esa visita que lo que allí hicieron era una oportunidad para ser más libres, en una representación preciosa de la epifanía del cosmos. Dijo adiós a un palacio de la bendición en el que Mutamid habitó cerca de las estrellas de los azulejos que todavía hoy siguen presentes y al que cantó en su destierro en Agmat, cerca de Marrakech: “El palacio de Al Mubarak (“de la Bendición”) llora sobre las huellas de Ibn Abbad / como llora sobre las de las gacelas y los leones / Su Al Turayyá (sala de las Pléyades) llora y sus estrellas ya no están sumergidas por las lluvias vespertinas y matinales producidas por las Pléyades… Quisiera saber si pasaré todavía otra noche teniendo delante y detrás de mí un jardín y un estanque. Sobre una tierra que hace crecer los olivos, que transmite nobleza y en la que se arrullan las palomas y gorjean los pájaros…”.
Aquél paseante aprendió en su desembarco en la Gran Ciudad, en Sevilla, en una orilla de su Río Grande, que allí podía ser feliz y que pasear por sus aceras jacarandosas le permitía, en su aparente soledad sonora, encontrar una preciosa sonrisa en el rostro de la vida.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Agosto puede ser una gran oportunidad para acercarnos a la obra literaria de José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998. Una forma de hacerlo puede ser leer y disfrutar visualmente de un relato suyo publicado recientemente, Un azul para Marte (Lumen infantil, 2025, trad. Basilio Losada), que el autor escribió en 1969 para el periódico A Capital, que se incorporó posteriormente al volumen de crónicas Deste Mundo e do Outro (1971). La edición está ilustrada por Claudia Legnazzi, jugando con la simbología de los colores tratados en este texto breve, que hace un gran trabajo para complementarlo, así como para comprender el contexto ético interplanetario como hilo conductor de la obra.
La sinopsis oficial, dos veces buena por su brevedad obvia, permite situar al lector ante este relato redivivo: “Un viaje poético e ilustrado al planeta más cercano a la Tierra de la mano de José Saramago. “Anoche hice un viaje a Marte. Pasé allí diez años… Me comprometí a no divulgar los secretos de los marcianos, pero voy a faltar a mi palabra”. La invitación al viaje está abierta. A través de un poético texto de José Saramago en el que cuenta lo que encuentra en el planeta Rojo, nos abocamos a un recorrido repleto de imágenes y color al que acompañan las hermosas ilustraciones de la talentosa Claudia Legnazzi”.
A continuación, publico un fragmento inicial del relato publicado, para que quien esté interesado o interesada en conocerlo en su breve extensión, lo haga junto al lenguaje visual que incorpora:
Un Azul para Marte
Anoche hice un viaje a Marte. Pasé allí diez años (si la noche dura en los polos seis meses,no sé qué no han de caber diez años en una noche marciana) y tomé muchas notas sobre la vida que allí llevan. Me comprometí a no divulgar los secretos de los marcianos, pero voy a faltar a mi palabra. Soy hombre y deseo contribuir, en la medida de mis escasas fuerzas, al progreso de la humanidad a la que enorgullece pertenecer. Este punto es muy, muy importante. Y espero, algún día los marcianos vienen a pedir cuentas de mis actos, es decir, del perjuicio cometido, que los no sé cuantos billones de hombres y mujeres que hay en la tierra se apresten, todos, a mi defensa. En Marte, por ejemplo, cada marciano es responsable de todos los marcianos. No estoy seguro de haber entendido bien qué quiere decir esto, pero mientras estuve allí(y fueron diez años, repito), nunca vi que un marciano se encogiera de hombros (He de aclarar que los marcianos no tienen hombros, pero seguro que el lector me entiende). Otra cosa que me gustó en Marte que no hay guerras. Nunca las hubo. No sé como se las arreglan y tampoco ellos supieron explicármelo; quizá porque yo no fui capaz de aclararles qué es una guerra, según los patrones de la tierra. Hasta cuando les mostré dos animales salvajes luchando (también los hay en Marte), con grandes rugidos y dentelladas siguieron sin entenderlo. A todas mis tentativas de explicación por analogía, respondían que los animales son animales y los marcianos son marcianos.Y desistí. Fue la única vez que casi dudé de la inteligencia de aquella gente. Con todo,lo que más me desorientó en Marte fue el no saber qué era campo y qué era ciudad. Para un terrestre eso es una experiencia muy desagradable, os lo aseguro.
[…]
Como practico la máxima platónica de que siempre hay que seguir aprendiendo, ancora imparo, recomiendo un artículo excelente publicado el pasado domingo en elDiario.es, No necesitamos viajar a Marte: diez lecciones de José Saramago para la humanidad del futuro, a modo de crítica literaria de este relato aleccionador, del que destaco las “Diez lecciones ‘marcianas’…” como reflexión profunda de lo que quiso transmitir Saramago al escribir este relato: Hospitalidad hacia el extranjero, Protección de los servicios públicos, Compromiso activo, Pacifismo, Contra el determinismo biológico, Sin desigualdades geográficas, Contra el utilitarismo, Defensa de la educación humanista, Contra la colonización (espacial) y la Búsqueda incansable. Impecable lectura aplicada al contexto mundial actual.
Me ha alegrado conocer este cuento de Saramago, aunque los lectores y lectoras de este cuaderno digital saben cuánto aprecio una joya de este autor que guardo en mi alma y corazón, El cuento de la isla desconocida, un gran relato e hilo conductor siempre presente en cada hoja de este blog, desde hace ya casi veinte años. También he recordado las palabras finales de otro cuento suyo, La flor más pequeña del mundo, porque después de leer Un azul para Marte, resuenan ahora con más fuerza que nunca:
“Y ésa es la moraleja de la historia.
Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…
¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…”.
De ahí que me permita afirmar hoy que este relato de Saramago nos comprometió a llevar el color azul a Marte y no la especulación de su suelo gracias al turismo espacial, de coste indecente y preconizado por el hombre más rico del mundo y que ha propiciado, como una de sus acciones estelares, el cierre de USAID, la agencia internacional americana de ayuda al desarrollo, con un daño irreversible a los países más pobres del mundo, que probablemente causará más de catorce millones de muertes hasta 2030 por desatención humana y solidaria.
Una cosa más. El color azul me ha recordado que Borges ya lo citó al plantear en su Prólogo a Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, interrogantes muy serios sobre la experiencia marciana: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Estoy de acuerdo con Bradbury cuando manifestó de forma enigmática que los marcianos existen y somos nosotros. El que quiera entender que entienda.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.
Eduardo Galeano, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.
Sevilla, 11/VIII/2025 – 07:05 h (CET+2)
Vuelvo a escribir hoy sobre el temido “negacionismo”, una realidad abrumadora que me ocupa y pre-ocupa (con guion, no inocente), actualizando reflexiones anteriores recogidas en este cuaderno digital. Pero, ¿qué significa “negacionismo” en 2025? Para empezar a emitir juicios bien informados sobre esta palabra tan contaminada, nada mejor que conocer lo que dice al respecto el Diccionario de la Lengua Española (RAE), en la edición del Tricentenario y en su actualización de 2024, que define el “negacionismo” (1) como una “actitud que consiste en la negación de determinadas realidades y hechos históricos o naturales relevantes, especialmente el holocausto”. El lema se incorporó en la vigésimo tercera edición, correspondiente a 2014. Aborda una realidad sin paliativos, que sobrevuela todos los días sobre nuestras vidas y que da pavor: la vinculación con un hecho histórico tan lacerante como el exterminio de los judíos por el nazismo, quizás para que se comprenda bien desde su raíz la intrahistoria de este fenómeno tan en boga en este tiempo de guerras tan cruentas y genocidas como en Gaza, ¡qué dura realidad inversa actual con el pueblo gazatí!, trumpismo negacionista en ámbitos tan delicados como el cambio climático, las vacunas, fundamentalmente desde la pandemia del coronavirus, así como la desafección política generalizada que niega el valor demostrado de la democracia como realidad y verdad inexorable, a lo que hay que añadir la marabunta de la ultraderecha experta en negacionismos de casi todo lo que se mueve a nuestro alrededor y no les gusta, negando por sistema tanto la realidad como la verdad. También se utiliza en este ámbito tratado, la palabra “negacionista” como adjetivo y con el siguiente significado: “Perteneciente o relativo al negacionismo. Partidario del negacionismo”.
A mayor abundamiento en la concreción del lema, el Diccionario panhispánico del español jurídico, lo define como término en el ámbito penal como “Delito de odio que comete quien niegue públicamente un delito de genocidio, de lesa humanidad o contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado”. El buscador urgente de dudas (Fundéu RAE), explica como extensión del lema en el DLE, que este lema “normalmente se ha empleado en relación con el Holocausto y puede aplicarse también, como extensión de este sentido, a la negación de otros hechos que no son necesariamente históricos, en particular científicos, como ocurre con el cambio climático”.
Aunque efectivamente el término es de uso relativamente reciente, la realidad que transmite es muy antigua, casi como la vida misma, a través de la dialéctica histórica y científica del creacionismo y del evolucionismo, por ejemplo. Sé que nos adentramos en terrenos pantanosos, pero conviene que hablemos de ello para no seguir participando de silencios cómplices que no ayudan a nadie. También es conveniente que no se asimile el término “negacionista” con el de “negación” a secas, porque la carga ideológica que lleva ser “negacionista” no es lo mismo que “negar” algo sin más, que tiene sobre todo un sesgo psicológico de amplio espectro, es decir, la negación se trata como mecanismo de defensa del yo. Sabemos que las ideologías no son inocentes y el negacionismo como tal actitud tiene un componente grupal sobre todo, más que el de la mera negación que casi siempre es una actitud individual. En este sentido creo que es importante señalar la distinción que establece el antropólogo Didier Fassin (2) entre “negación”, definida como «la observación empírica de que la realidad y la verdad son negados», y “negacionismo”, que él define como «una posición ideológica a través de la cual el sujeto reacciona sistemáticamente contra la realidad y la verdad».
La dialéctica expuesta coopta un nuevo término, denialismo, a tener en cuenta en este preocupante debate, caracterizado por la negación de la realidad y de la verdad porque se convierten en algo incómodo para la conducta humana. Uno de sus mejores exponentes ha sido Edward Skidelsky, académico de filosofía de Universidad de Exeter, que ha sugerido que la palabra denial (negación) “puede tener sus orígenes en el antiguo sentido de deny, relativo a rechazar (como cuando el apóstol Pedro negó a Jesús), cuyo antecedente más reciente proviene del sentido freudiano de negar como un rechazo a aceptar una verdad dolorosa o humillante. Escribió: «Una acusación de “negación” es seria, pues implica ya sea deshonestidad deliberada o autoengaño. La cosa negada es, por inferencia, tan obviamente cierta que el negador debe actuar motivado por la perversidad, malicia o ceguera obstinada». Sugiere que, por la introducción de la etiqueta «negacionista» en áreas profundas de debate histórico o científico, «uno de los grandes logros de la Ilustración -la liberación de la investigación científica e histórica del dogma- es silenciosamente revertida», y que debiese ser motivo de preocupación para las personas de mente liberal (3).
En estos días, estamos asistiendo a un espectáculo mundial del negacionismo puro y duro en torno al cambio climático y a las vacunas, por ejemplo, liderado este último por Robert Francis Kennedy Jr., el nuevo Secretario de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos desde el 13 de febrero de 2025 bajo la segunda presidencia de Donald Trump. Igualmente, el negacionismo del genocidio en Gaza, injustificable por la hambruna y muerte por inanición de la población infantil, con un silencio cómplice mundial clamoroso y de fondo negacionista.
Es la negación por antonomasia de la realidad científica que además causa graves daños a la Humanidad. Podemos poner muchos ejemplos de la actualidad, pero he escogido una exposición científica divulgativa que me parece aclarar de fondo y forma qué significa en la actualidad el negacionismo que nos asola por tierra, mar y aire. Me refiero a un artículo que publicó Mark Hoofnagle en 2009, doctor en Fisiología por la Universidad de Virginia y experto en denialismo, describiendo el negacionismo como «el empleo de tácticas retóricas para dar la apariencia de argumento o debate legítimo, cuando en realidad no lo hay». Es el proceso que funciona usando una o más de las siguientes cinco tácticas con el fin de mantener la apariencia de una controversia auténtica (4):
1. Teoría de conspiración. Desestimar la información o la observación sugiriendo que los rivales participan en «una conspiración para esconder la verdad».
2. Falacia de evidencia incompleta. Seleccionar un artículo aislado apoyando su idea, o usar artículos obsoletos, defectuosos o desacreditados para hacer parecer la postura opuesta como si estos apoyaran sus ideas en una investigación débil.
3. Expertos falsos. Pagarle a un experto en el campo, o en otra área, para que dé evidencia de apoyo o credibilidad.
4. Cambiar las reglas. Desestimar la evidencia presentada en respuesta a una afirmación en específico, solicitando continuamente otra pieza de evidencia.
5. Otras falacias lógicas. Usualmente, una o más falsas analogías, tales como argumento ad consequentiam (los prejuicios cognitivos), falacia del hombre de paja (nunca se toca el argumento de fondo), o red herrings (maniobras de distracción).
El debate actual en torno al negacionismo, no se debe plantear como ciencia sí o no, en clave negacionista, porque es erróneo y conduce a ninguna parte. El debate se centra en el poder actual de los medios de comunicación intervenidos por el capital y las tecnologías de la información, en su exponente tan preocupante de redes sociales no inocentes, para contaminar y manipular a sus seguidores de forma violenta e intrusiva en lo más preciado que tiene, el cerebro, es decir, la sede del comportamiento humano y su forma de actuar ante el cambio climático, por ejemplo, las vacunas o el ocaso de la democracia. También en la salud y en la enfermedad. Creo que hay que hacer un esfuerzo en estos días por romper las barreras del conocimiento humano y dejarse llevar por lo que la ciencia nos demuestra a diario y de forma amable y didáctica a través de investigaciones dignas.
Hay que descubrir urgentemente a los negacionistas de nuevo cuño, que nos rodean a diario. Conocemos sus tácticas y frente a ellos debemos unirnos para defender la verdad del principio de realidad, apoyándonos en las evidencias científicas, como ocurre por ejemplo con el cambio climático. Son peligrosos porque normalmente son un ejército de mediocres, a los que he descrito ya en múltiples ocasiones en este cuaderno digital. Ya sabemos que no es lo mismo negar una verdad, que cargar esta negación de ideología, porque tendrá un significado muy diferente. No lo olvidemos: “negación”, es “la observación empírica de que la realidad y la verdad son negados», y “negacionismo” es «una posición ideológica a través de la cual el sujeto reacciona sistemáticamente contra la realidad y la verdad». No es lo mismo. El negacionismo es un gran aliado del mundo al revés, al que he dedicado una serie en este cuaderno que busca islas desconocidas de felicidad legítima para todos. Recomiendo su lectura, porque el negacionismo encuentra su verdadero caldo de cultivo en su expresión continua en un mundo al revés que suele estar diseñado por los negacionistas de la Vida. Sólo hay que recordar la sistemática negación de la realidad y la verdad que los negacionistas difunden a través de las falsas noticias, bulos y contaminación indigna y perversa de todo lo que nos sucede a diario y que a ellos les agrada en su ideología de que cuanto peor esté el mundo al revés, mejor para ellos.
(1) REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.8 en línea]. <https://dle.rae.es; [10/08/2025].
(2) Didier Fassin, When bodies remember: experiences and politics of AIDS in South Africa, Volume 15 of California Series in Public Anthropology, University of California Press, 2007, p. 115.
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UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Rafael Alberti Merello (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1902-1999)
Sevilla, 10/VIII/2025 – 09:00 h (CET+2)
Es indudable mi admiración por la poesía de Rafael Alberti, al que tanto aprecio, como se puede comprobar buscando en este cuaderno digital mis reflexiones acerca de él, de su vida y obra. Por esta razón, vuelvo a publicar un artículo escrito en agosto de 2023, El verano, según el joven Alberti, porque una vez más descubro la profundidad del poeta gaditano a pesar de la aparente levedad en sus palabras.
Finalizo el reencuentro “poético” en este mes imperial, que honra al emperador Octavio Augustus, dedicado a “recuerdos de lo vivido lejano”, siguiendo también la obra homónima del poeta gaditano, convencido de que la palabra envuelta en poesía, puede ayudar a transformar la forma que tenemos de vivir día a día en este loco mundo al revés. Utilidad de lo aparentemente inútil, de interés general, que diría Nuccio Ordine. O comprender junto a Gabriel Celaya, que “la poesía es un arma cargada de futuro”.
Intentaré descubrir hoy, en un cine de verano imaginario, que la mar, ¡sólo la mar!, aunque no la vea aquí en Sevilla, es.
El verano, según el joven Alberti
Tenía tan solo 21 años cuando Rafael Alberti publicó, en 1924, Marinero en tierra, una de sus obras emblemáticas y por la que obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Literatura, en la modalidad de Poesía, en junio de 1925. En esta obra iniciática, excelente, figura un poema, Verano, que a pesar de su brevedad, dos veces buena, es de un calado especial, que hoy rescato del olvido para dar sentido a un verano complejo para la gobernabilidad del país:
—Del cinema al aire libre vengo, madre, de mirar una mar mentida y cierta, que no es la mar y es la mar.
—Al cinema al aire libre, hijo, nunca has de volver, que la mar en el cinema no es la mar y la mar es.
Es verdad que la aparente sencillez expresiva de Alberti en este poema no tiene nada que ver con su profundo mensaje, como bien se analiza en el Centro Virtual Cervantes cuando aborda la sinopsis de esta obra. “En lo que se refiere al lenguaje poético, la obra queda lejos de la espontaneidad irreflexiva. Muy al contrario, analizado en las sucesivas ediciones —y mudanzas— que Alberti revisó, Marinero en tierra es un conjunto ligado mediante un alto sentido de la madurez poética. Es Jesús Fernández Palacios quien destaca las virtudes del engranaje: «Desde “Sueño del marinero”, como prólogo en tercetos encadenados, pasando por los diez sonetos de la primera parte, las treinta y tres canciones de la segunda hasta los sesenta y cuatro poemas de la tercera —introducida esta última parte por una hermosa y alentadora carta de Juan Ramón Jiménez, fechada el 31 de mayo de 1925—, la obra entera se resume como un compendio de tradición y modernidad, donde se mezclan versos endecasílabos y alejandrinos con los de arte menor, las estrofas clásicas con las nuevas canciones, el lenguaje convencional con el experimental, los usos normales con los juegos de palabras, y las comparaciones más elementales con atrevidas, alógicas metáforas». («Marinero en tierra», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p. 288).
Verano, es la canción 22 en este poemario tan querido por mí y tantas veces leído y sentido. Creo que Juan Ramón Jiménez, cuando le escribió la carta entusiasta que se cita anteriormente, estaba convencido de la excelencia de las canciones a incorporar en la edición final de Marinero en tierra, tal y como lo expresaba con bellas y sentidas palabras, respetando la ortografía juanramoniana, dirigidas a su “querido amigo” Rafael Alberti: “[…] Las poesías de este libro -que yo había visto ya, el año pasado, en La verdad de nuestro fervoroso Juan Guerrero y en las copias que usted tuvo la bondad de enviarme para el primer Sí– me sorprendieron de alegría; y sospechando que un brote así de una juventud poética no podía ser único, tenía grandes deseos de conocer el resto de sus canciones. No me había equivocado. Desde el arranque: … Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar, hasta el final: Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar y dejadla en la ribera, la serie ésta del Puerto -que yo he elejido- es una orilla, igual que la de la bahía de Cádiz, de ininterrumpida oleada de hermosura, con una milagrosa variedad de olores, espumas, esencias y músicas. Ha trepado usted, para siempre, al trinquete del laúd de la belleza, mi querido y sonriente Alberti. La retama siempre verde de virtud es suya. Con ella, en grácil golpe, ha hecho usted saltar otra vez de la nada plena el chorro feliz y verdadero. Poesía «popular», pero sin acarreo fácil: personalísima; de tradición española, pero sin retorno innecesario: nueva; fresca y acabada a la vez; rendida, ájil, graciosa, parpadeante: andalucísima. ¡Bendita sea la Sierra de Rute, en donde la nostaljia de nuestro solo mar del sudoeste le ha hecho exhalar a usted, hiriéndole a diario con la espada de sal de su brisa, esa esquisita sangre evaporada! Le voy a decir a El Andaluz Universal que adelante un Sí, paraque pueda lucir todavía en el aire lijero de esta goteante primavera, la tremolante cinta celeste y plata de su Marinerito”.
El poema Verano me ha recordado en este agosto presente el aviso clásico que figura a veces en los títulos de crédito de las películas, porque cualquier parecido de la mar en el cinema con la mar verdadera es sólo pura coincidencia: Al cinema al aire libre, / hijo, nunca has de volver, / que la mar en el cinema / no es la mar y la mar es. Al fin y al cabo como nos pasa en la vida diaria, cuando representamos determinados papeles en la película vital que, a veces, no es la verdadera vida, porque nuestra vida no es esa sino la que es. O lo que es lo mismo, cambiando lo que haya que cambiar en nuestra experiencia vital en cualquier forma que se exprese: los personajes y hechos retratados en esta película son completamente ficticios. Cualquier parecido con personas verdaderas, vivas o muertas, o con hechos reales es pura coincidencia. Es verdadera la reflexión de Alberti: en el cinema, la mar no es la mar, porque la mar es.
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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Ramón Gaya, Retrato de Luis Cernuda, 1932 (Ver nota)
Sevilla, 9/VIII/2025 – 09:38 h (CET+2)
No podía faltar en el refugio ideológico que estoy buscando desesperadamente en este agosto tan adverso, una referencia expresa, ya recogida anteriormente en este cuaderno digital, a unas palabras hermosas de un poeta español, sevillano por más señas, tal y como él concebía esta etiqueta territorial de pertenencia, transido de dolor por el exilio y el poco aprecio que le profesaban sus paisanos, a los que nos dejó palabras inolvidables, que todavía me duelen: Más el trabajo humano / Con amor hecho, merece la atención de los otros (A sus paisanos, en La desolación de la quimera). ¡Cuántas veces he citado estas palabras de Cernuda en intervenciones profesionales!
En el contexto político actual, tan polarizado en intereses nacionales y territoriales de viejo cuño, vuelvo a leer su “Díptico español” (1), dedicado a Carlos Otero (un amigo que conoció en Los Ángeles en 1959), en su primera parte, con un título a modo de aviso para navegantes, “Es lástima que fuera mi tierra”:
Cuando allá dicen unos Que mis versos nacieron De la separación y la nostalgia Por la que fue mi tierra, ¿Sólo la más remota oyen entre mis voces? Hablan en el poeta voces varias: Escuchemos su coro concertado, Adonde la creída dominante Es tan sólo una voz entre las otras.
Lo que el espíritu del hombre Ganó para el espíritu del hombre A través de los siglos, Es patrimonio nuestro y es herencia De los hombres futuros. Al tolerar que nos lo nieguen Y secuestren, el hombre entonces baja, ¿Y cuánto?, en esa escala dura Que desde el animal llega hasta el hombre.
Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos, Adonde ahora todo nace muerto, Vive muerto y muere muerto; Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa Con restaurados restos y reliquias, A la que dan escolta hábitos y uniformes, En medio del silencio: todos mudos, Desolados del desorden endémico Que el temor, sin domarlo, así doblega.
La vida siempre obtiene Revancha contra quienes la negaron: La historia de mi tierra fue actuada Por enemigos enconados de la vida. El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora, Sino de siempre. Por eso es hoy La existencia española, llegada al paroxismo, Estúpida y cruel como su fiesta de los toros.
Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo En creer que la razón de soberbia adolece Y ante el cual se grita impune: Muera la inteligencia, predestinado estaba A acabar adorando las cadenas Y que ese culto obsceno le trajese Adonde hoy le vemos: en cadenas, Sin alegría, libertad ni pensamiento.
Si yo soy español, lo soy A la manera de aquellos que no pueden Ser otra cosa: y entre todas las cargas Que, al nacer yo, el destino pusiera Sobre mí, ha sido ésa la más dura. No he cambiado de tierra, Porque no es posible a quien su lengua une, Hasta la muerte, al menester de poesía.
La poesía habla en nosotros La misma lengua con que hablaron antes, Y mucho antes de nacer nosotros, Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia; No es el poeta sólo quien ahí habla, Sino las bocas mudas de los suyos A quienes él da voz y les libera.
¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno Su tradición escoge, ni su tierra, Ni tampoco su lengua; él las sirve, Fielmente si es posible. Mas la fidelidad más alta Es para su conciencia; y yo a ésa sirvo Pues, sirviéndola, así a la poesía Al mismo tiempo sirvo.
Soy español sin ganas, Que vive como puede bien lejos de su tierra Sin pesar ni nostalgia. He aprendido El oficio de hombre duramente, Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía, Cuyas maneras rara vez me fueron propias, Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto Y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.
No hablo para quienes una burla del destino Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día) O para aquellos pocos que me escuchen Con bien dispuesto entendimiento. Aquellos que como yo respeten El albedrío libre humano Disponiendo la vida que hoy es nuestra, Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida.
¿Qué herencia sino ésa recibimos? ¿Qué herencia sino ésa dejaremos?
¡Cuantos mensajes para este aquí y ahora en nuestro país! Si tuviera que elegir me quedaría hoy con varias estrofas de un calado especial, por ejemplo, cuando dice: Si yo soy español, lo soy / A la manera de aquellos que no pueden / Ser otra cosa: y entre todas las cargas / Que, al nacer yo, el destino pusiera / Sobre mí, ha sido ésa la más dura. / No he cambiado de tierra, / Porque no es posible a quien su lengua une, / Hasta la muerte, al menester de poesía. Lo comprendo mejor cuando lo reflexiono a solas, apoyado también en el retrato autobiográfico de Antonio Machado, como él lo expresa, No hablo para quienes una burla del destino / Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas / (Quien habla a solas espera hablar a Dios un día), porque escribo en este cuaderno digital para aquellos pocos que me escuchen / Con bien dispuesto entendimiento. / Aquellos que como yo respeten / El albedrío libre humano / Disponiendo la vida que hoy es nuestra, / Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida”.
Lo aprendido de Luis Cernuda es la herencia que recibí como españolito que vino al mundo hace ya muchos años, del que me guardó Dios, aunque una de las dos Españas, la facha integral, me sigue helando el corazón. Este es el motivo de haber escogido hoy a Luis Cernuda para interpretar este día español en agosto, porque soy español como el poeta lo era, aunque haciéndome todavía hoy sus dos preguntas finales ante esta realidad actual: ¿Qué herencia sino ésa recibimos? / ¿Qué herencia sino ésa dejaremos? La de la amada libertad a través de la inteligencia humana, la única que nos puede hacer más libres.
(1) Cernuda, Luis, La realidad y el deseo (1924 – 1962), XI – Desolación de la quimera (1956-1962), 1998, Madrid: Alianza Editorial, p. 420-426.
NOTA: El 27 de diciembre de 2018, el Estado adquirió por 10.000 euros, en el remate final de una subasta de Durán, el Retrato de Luis Cernuda, 1932 (O/L, 65 x 55 cm.), pintado por Ramón Gaya: “Se ofrecía, también de su mano, un dibujito previo, a tinta, muy sencillo, pero como una especie de primera idea o boceto del óleo (23 x 18,5 cm.), fechado también en 1932. Ambos habían estado presentes en la muestra Entre la realidad y el deseo. Luis Cernuda 1902-1963, en la Residencia de Estudiantes en Madrid y en el Convento de Santa Inés en Sevilla, en 2002, y aparecían también, con otras piezas que se subastaban, en el libro A una verdad. Luis Cernuda (Sevilla-Madrid, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1988), edición coordinada por Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Ambos fueron vendidos por los precios iniciales, 10.000 euros el óleo y 3.000 la tinta, y en ese precio fueron adjudicados al Estado cuando ejerció su derecho”.
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