Federico García Lorca amaba la Semana Santa de su niñez en Granada

Federico García Lorca en la emisora Unión Radio en 1929 / PERIODICO

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.

Federico García Lorca, en Semana Santa en Granada.

Sevilla, 16/IV/2025 – 07:25 h (CET+2)

Vuelvo a publicar hoy un hallazgo conmovedor que hice el año pasado desde mi perspectiva laica de la Semana Santa, unas palabras en prosa de Federico García Lorca, entre la escasa obra en este género que nos legó. Se trata de unas “impresiones” sobre la Semana Santa en Granada (1), la ciudad que tanto amó y que tan mal lo trató. He vuelto a leerlas, descubriendo nuevas formas de comprender el alma secreta del poeta. Las comparto hoy de nuevo porque necesito su compañía en este mundo al revés, turbulento y descreído, tan falto de horizontes próximos de grandeza democrática y ciudadana. Sobre todo, porque en plena Semana Santa, atento a las palabras del poeta, estoy lejos del“tumulto barroco de la universal Sevilla”.

Semana Santa en Granada

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra.

 A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.

O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.

El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá una vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y anti espectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile.

Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.

En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los «soldaos» romanos para ensayar. Los «soldaos» no eran cofradía, como los jacarandosos «armaos» de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: «porón…, ¡chas!», y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los «soldaos» romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: «Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.

Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con ta-ta-chín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía. Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la Plaza Nueva.

Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.

El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.

La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue oscura y sin expresión… ; sin expresión, no, que en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el palacio de Carlos V, que sostienen el duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaycín llaman «los tíos turistas», para ésos no está abierta el alma de la ciudad.

NOTA: Estas impresiones, a modo de alocución, sobre “Semana Santa en Granada”, aunque figuran compiladas en ediciones de sus Obras Completas, junto a Impresiones y Viajes, publicada en 1918, no figuran en estas últimas, porque son de fecha posterior, salvo error u omisión, concretamente del 5 de abril de 1936, en formato de alocución radiofónica, en Unión Radio. La imagen que encabeza este artículo se ha recuperado hoy de Lorca, de viva voz (elperiodico.com).

(1) García Lorca, Federico, Semana Santa en Granada, en Otras impresiones y paisajes. Obras completas, I (19ª edición), Madrid: Aguilar, p. 941-944, 1995. 

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

En memoria de Mario Vargas Llosa

Sevilla, 15/IV/2025 – 12:15 h (CET+2)

Ayer recorrió el mundo la noticia del fallecimiento de Mario Vargas Llosa, gran maestro de la literatura universal, sobre todo latinoamericana. En un momento en que los panegíricos sobrevuelan sobre su ausencia, tengo que reafirmarme en que no ha sido santo de mi devoción literaria, aunque reconozco su gran valía como escritor de amplio espectro. Como muestra de este respeto literario, que se puede comprobar en bastantes páginas de este cuaderno digital, vuelvo a publicar hoy el último artículo que le dediqué en 2023, en torno a un cuento, “Los vientos”, precedido de una gran expectación por su devenir sentimental aquél año.

Como botón de muestra de aquella lectura inquietante, reproduzco unas palabras de análisis de nuestra realidad actual: “Quizá sea la aproximación a la teoría de los “desequilibrados” la que se convierte en el hilo conductor del cuento, no la referencia a su última experiencia “glamurosa”, real como la vida misma, como se ha intentado proclamar a los cuatro vientos: “Pero, si las ideas en sí, desasidas de finalidades prácticas inmediatas, hubieran desaparecido, toda forma de disidencia y contestación se habrían evaporado también como consecuencia de aquello en nuestras sociedades. Por fortuna todavía no es así, aunque, me temo, vamos por este camino hacia ese fin: una sociedad de autómatas. Mi esperanza está en el movimiento de los “desequilibrados” que se ha extendido tanto por el globo, no sólo por España. Aunque tengo sentimientos encontrados respecto a los “desequilibrados”. A ratos, me inspiran simpatía, porque este mundo no les gusta y por su forma de vida es obvio que quisieran cambiarlo. Hay en ellos una actitud desinteresada, de pureza y espiritualidad, todo lo que parece haberse extinguido en el resto de nuestra sociedades frenéticamente entregadas a trabajar, a producir, ganar dinero, y llenarse de maquinitas entretenidas”.

El último cuento de Vargas Llosa

Para empezar, tengo que confesar que Mario Vargas Llosa no es escritor de mi devoción lectora. Su permanente caminar del timbo al tambo en su identidad personal y escritora, no hablo precisamente de ideologías, me ha desconcertado en múltiples ocasiones. No sé si sube o baja y los últimos escándalos en papel cuché han acabado por agotar mi paciencia lectora con él. En resumen, no practico su lectura. A pesar de esta declaración de principios, no he resistido la tentación de leer su último cuento, que yo sepa, Los vientos, en prensa, porque se ha anunciado a bombo y platillo para interpretar su separación chismosa y cotilla para el entretenimiento del país y de otros países, cuando Vargas Llosa está adornado de un Premio Nobel que, dicho con todos los respetos y reservas, no es cualquier cosa.

Quizá sea la aproximación a la teoría de los “desequilibrados” la que se convierte en el hilo conductor del cuento, no la referencia a su última experiencia “glamurosa”, real como la vida misma, como se ha intentado proclamar a los cuatro vientos: “Pero, si las ideas en sí, desasidas de finalidades prácticas inmediatas, hubieran desaparecido, toda forma de disidencia y contestación se habrían evaporado también como consecuencia de aquello en nuestras sociedades. Por fortuna todavía no es así, aunque, me temo, vamos por este camino hacia ese fin: una sociedad de autómatas. Mi esperanza está en el movimiento de los “desequilibrados” que se ha extendido tanto por el globo, no sólo por España. Aunque tengo sentimientos encontrados respecto a los “desequilibrados”. A ratos, me inspiran simpatía, porque este mundo no les gusta y por su forma de vida es obvio que quisieran cambiarlo. Hay en ellos una actitud desinteresada, de pureza y espiritualidad, todo lo que parece haberse extinguido en el resto de nuestra sociedades frenéticamente entregadas a trabajar, a producir, ganar dinero, y llenarse de maquinitas entretenidas”.

La localización del cuento ha sido fácil porque tenía sus datos de identidad. Fechado el 15 de diciembre de 2020, se publicó por primera vez en la revista Letras libres el 1 de octubre de 2021, divulgándose de nuevo el pasado 18 de enero, en fechas de autos del corazón que han dado la vuelta al mundo “cotilla”, publicándose de forma intencionada por El Periódico de España, en su suplemento literario Abril, pudiéndose leer también en los diarios del Grupo Prensa Ibérica. Me he tomado la molestia de cotejar ambas publicaciones y la de enero de este año aparece con algunas erratas y expresiones de la anterior, aunque no son muy significativas, que he corregido para una mejor intelección del texto.

Dicho y hecho. He leído dos veces el cuento, sus 23 páginas en formato .pdf al uso. La primera reflexión sobre esta lectura interesada, sobre todo por salvaguardar la autoría de un premio Nobel, es que es todo menos inocente, al fin y al cabo como las ideologías, que tampoco lo son, porque su persona de secreto está detrás de cada línea. He intentado ponerme en su edad y piel, porque al ser también mayor puedo entenderlo mejor, pero tengo que decir alto y claro que me ha parecido una declaración de principios existenciales y distópicos bastante preocupante, un tratado breve sobre la desesperanza y un alegato contra el futuro imperfecto al que estamos abocados por definición existencial.

A pesar de destacar en algún momento los principios salvadores de la amistad, la verdad es que cae permanentemente en un solipsismo existencial con pocas puertas de salida. Como no debo caer en la tentación de llevar a cabo un espóiler, sólo quiero destacar algunos rasgos que me han pre-ocupado (con guion) y mucho. Para empezar, la asunción amarga del deterioro físico y mental asociado a la edad mayor, por llamarla de alguna forma, trascendiendo incluso rasgos escatológicos de cuyos nombres no quiero acordarme ahora, aunque curiosamente den título al cuento. Me ha sorprendido la forma de recrear este paso a la descomposición del ser humano, porque es una metáfora dolorosa que aunque no hay que ocultar, sí debe asumirse con cierto recato en beneficio de todos y de uno mismo, aunque lo que se vierte en palabras es la autodefensa de la más estricta y dolorosa soledad humana, probablemente acompañada pero no querida ni deseada, al ser una realidad constatable en últimos y rigurosos estudios científicos.

La nostalgia de la cultura pasada también es tratada por el protagonista, con preguntas inquietantes: “¿Será que la cultura ya no tiene ninguna función que cumplir en esta vida? ¿Qué sus razones antiguas, aguzar la sensibilidad, la imaginación, hacer vivir el placer de la belleza, desarrollar el espíritu crítico de las personas, ya no hacen falta a los seres humanos de hoy, pues la ciencia y la tecnología pueden sustituirlos con ventaja? Por eso será que ya no hay Departamentos de Filosofía en ninguna universidad de los países cultos de la tierra”.

A la situación descrita anteriormente hay que unir su aproximación desesperanzada a la nuevas tecnologías, donde los ordenadores lo cubren todo como rivales de la cultura auténtica, algo que personalmente había tratado en este cuaderno digital en 2011, cuando Vargas Llosa escribió una entradilla muy preocupante en un artículo que no olvido: Más información, menos conocimientoPIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros.   

Desde la página 12 en la que aparecen estos desequilibrados, a los que el protagonista les pregunta por qué los llamaban así, sin saber bien sus protagonistas a qué era debido: “Alguien fantaseó: “Tal vez nos pusieron ese nombre los que creían que éramos un peligro para la sociedad. Aunque después se dieron cuenta de que eso no era así, el nombre quedó. A nosotros, o, por lo menos a mí, no me importa”. “A esa palabra, “nosotros”, la hemos desahuciado”, afirmó una de las chicas. “De haber sido un insulto, la volvimos una virtud”, la apoyó su vecino”, se asume como una realidad flagrante que desestabilizan posiblemente el mundo al que estamos abocados si los dioses correspondientes de cada época no lo remedian, hasta la página 17, se pueden entrever las cargas de profundidad del cuento, matizadas después por pronunciamientos claros sobre el automatismo de la vida, la religiosidad y la función histórica del catolicismo.

En el cuento todo pasa en un día, que puede ser una vida, al que incluso le sobran horas, como diría bien otro Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez. Me quedo con el pensamiento del Nobel de Moguer, traído del sánscrito en su Diario de un poeta recién casado, completando su principio de realidad en la vida de cada uno con su cadaunada, la que no comprende el protagonista del cuento de Vargas Llosa, para poder entenderlo mejor, en el que ha quedado claro que lo de menos es la respuesta al dilema del cotilleo sobre la vida personal del Nobel, sino su soledad sonora, juanramoniana por cierto: ¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura. El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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¡Paz y Libertad!

Juan Ramón Jiménez vio la luz de plata de Sevilla, en una madrugada de viernes santo

Juan Ramón Jiménez, Siviglia

Sevilla, 15/IV/2025 – 09:14 (CET+2)

Corría el año del Mayo del 68, en el pasado siglo. Con veintiún años navegué por primera vez hacia Italia en un “Canguro Bianco” de la Compañía Traghetti Sardi, consorciada con la naviera española Ybarra, viajando en la clase más popular de poltronas, en un barco presentado como uno de los más confortables en el mar por su sistema automático de estabilizadores. Atravesando de noche el peligroso Golfo de León me llevó desde Barcelona a Génova, para llegar finalmente en tren a Milán y Brescia, donde viví seis meses, muy cerca de Sirmione sul Garda, la residencia clásica del poeta Catulo. Fue precisamente en Brescia donde compré un libro de Juan Ramón Jiménez en italiano, Siviglia (Sevilla), dedicado a una ciudad que amaba desde su infancia, “como soy de Moguer y de Sevilla, canto mis ilusiones por seguidillas” llegó a escribir, que me acompañó como libro de cabecera aquellos meses separado de mi tierra y de mi parentela.

En ese libro, en el que leí por primera vez en italiano la poesía y prosa poética de Juan Ramón Jiménez, descubrí un poema dedicado a la madrugada de Viernes Santo, breve y bueno, que no olvido en esta semana laica:

…Sobre las calles que huelen a cera, sobre las azoteas con macetas, se va viendo una luz de plata y en el fresco y puro azul matutino, aún negro, se oyen volar palomas que no se ven.

Intuyo que estas palabras las sintió con la proximidad de la Giralda, a la que definió en este pequeño libro como ingrávida y transparente al despertar el día:

Por la mañana, el aire puro sevillano, la Giralda ingrávida, transparente -menos aún o más que de cristal- está todavía desnuda como en la noche. Una mujer desnuda que sintiera, de pronto, su desnudez. ¡qué alegre y atropellada, cantando al sol primero, en su risueño despertar de primavera, sobre el panorama rubio de su visión!

Este libro, Sevilla, que conservo en mi biblioteca, la clínica de mi alma, lo dedicó a su hermana Ignacia y sus hijos. Fue editado en 1965, en Milán, por la Editrice Nuova Accademia. Lo mantengo como “oro en paño”, porque descubrirlo en un kiosko de prensa en Brescia, me ofreció en aquella lejanía la compañía de esta ciudad, Sevilla, a la que tanto quiero. Junto a los poemas en prosa citados, siempre leí una y otra vez De la guía celeste, porque apoyado en el poeta Villasandino, llega a decir que en la primavera universal, suele el Paraíso descender hasta Sevilla:

“El Paraíso: Paraje breve e infinito, «lyndo syn comparación» —Villasandino—, trasunto fiel de la ciudad terrena —conocida bien del viajero— de Sevilla, «briosa ciudat extraña» —Autor citado—. Sito exactamente en el lugar del cielo que corresponde, con su azul, a dicha ciudad «claridat e luz de España» —Autor citado—. En la primavera universal suele El Paraíso descender hasta Sevilla».

Comprendo perfectamente que en aquellos años contemporáneos, Stefan Zweig escribiera algo que me conmueve todavía al recordarlo: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades pueden ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así”. Él, que también escribió que “en Sevilla se podía ser feliz” a pesar de sus miserias, comprendió junto a Juan Ramón Jiménez su vanidad, porque quien no la ha visto, no puede comprender lo maravillosa que es y no es capaz de reprochársela porque “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”.

Son palabras de Juan Ramón Jiménez y Stefan Zweig, dedicadas a Sevilla, donde en estos días sus calles huelen a cera y azahar, recordando su luz de plata, su sonrisa en el rostro de la vida y la fe de sus mayores en una Semana Santa muy particular.

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Semana Santa de Sevilla, en la Arcadia de Luis Cernuda


Luis Cernuda Bidón (Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – Ciudad de México, 5 de noviembre de 1963)

Azahar, luna, música, / entrelazados, bañan / la ciudad toda.

Luis Cernuda, en Luna llena de Semana Santa

Sevilla, 14/IV/2025 – 16:30 h (CET+2)

Luis Cernuda nació y creció en el discreto encanto de la burguesía sevillana, militar y creyente por supuesto. Así nos lo describió en La eternidad, palabras que figuran en Ocnos, alejado de su tierra y de su parentela en un triste exilio escocés: “Poseía cuando niño una ciega fe religiosa. Quería obrar bien, mas no porque esperase un premio o temiese un castigo, sino por instinto de seguir un orden bello establecido por Dios, en el cual la irrupción del mal era tanto un pecado como una disonancia”.

En La desolación de la quimera, título cooptado de un verso del poeta T. S. Eliot, vuelve a recordar Cernuda sus vivencias de la Semana Santa de Sevilla en Luna llena en Semana Santa, escrito en la primavera de 1961: “Denso, suave, el aire / orea tantas callejas, / plazuelas, cuya alma / es la flor del naranjo. / Resuenan cerca, lejos, / clarines masculinos / aquí, allí la flauta / y oboe femeninos. / Mágica por el cielo / la luna fulge, llena / Luna de parasceve. / Azahar, luna, música, / entrelazados, bañan / la ciudad toda. Y breve / tu mente la contiene / en sí, como una mano / amorosa. ¿Nostalgias? / No. Lo que así recreas / es el tiempo sin tiempo / del niño, los instintos / aprendiendo la vida / dichosamente, como / la planta nueva aprende / en suelo amigo. Eco / que, a la doble distancia, / generoso hoy te vuelve, / en leyenda, a tu origen. / Et in Arcadia ego”.

Estando cerca de estas palabras, no me hace falta más en estos días tan especiales, semanasanteros de pura cepa, descritos excelentemente por el poeta nacido en mi ciudad, a la que tanto quiso. Comprendo el significado de cómo necesitamos, a veces, admirar la belleza de lo que nos rodea, aunque estemos viviendo en una Arcadia particular.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Hoy comienza, también, una semana laica, de miradas íntimas en las aceras de Sevilla

Jane Jacobs, 1916-2006 / Josh Cochran

Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas.

Jacobs, Jane, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, 1961.

Sevilla, 13/IV/2025 – 09:00 h (CET+2)

Una vez más, utilizo la escritura circular, porque lo que escribo en este cuaderno digital siempre está alineado con mis principios y, a diferencia del famoso aserto de Groucho Marx, si no gustan no tengo otros. Por este motivo, hoy, cuando comienza la Semana Santa según el calendario gregoriano, me referiré a ella también, con profundo respeto reverencial a la fe de mis mayores, como la Semana Laica, recordando de nuevo lo que varias veces he escrito en este cuaderno digital que busca «islas desconocidas», cuando comienza hoy una semana singular en este país y, especialmente, en Sevilla.

Personalmente, sigo admirando a las personas que cuando leen a Antonio Machado comprenden bien unos versos revolucionarios suyos, laicos: ¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!. Soy consciente también de lo que significa para esta ciudad la Semana Santa, donde todo gira en torno a una explosión de sentimientos, emociones, afectos, olores, silencios, aceras laicas, con el denominador común de economía emergente, como he escrito en diversas ocasiones sobre la realidad social de esta Semana especial, con una visión laica, en su significado más acorde con el vocabulario español: semana laica, es decir, semana independiente de cualquier organización o confesión religiosa (RAE). Vuelvo a leer detenidamente aquellos textos, en su contexto actual, actualizándolos en lo que considero que es necesario cambiar que, por cierto, es muy poco. O nada.

En 2006 escribí por primera vez sobre la visión laica de esta Semana Santa tan particular, en un momento especial de investigación porque estaba leyendo un libro extraordinario, “Sistemas emergentes”, de Steven Johnson (Turner-Fondo de Cultura Económica), que sigue teniendo una actualidad científica recomendable sobre todo para amantes de días y semanas laicas. Los sistemas sociales emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. La que llaman algunos “la Sevilla de toda la vida” se organiza durante muchos días de las semanas “laicas” con las miradas puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la “grande”, la definitiva.

Vuelvo a constatar que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, sobre todo en semanas laicas, en las que estamos muy interesados los que no pertenecemos a lo que en esta ciudad se llama «la Sevilla de toda la vida». Los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba, siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo y muchas personas organizan tradicionalmente también los días de asueto de esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. La economía se adapta a esta realidad santa y hace su semana muy particular de mercado por tierra, mar y aire.

Me acuerdo también en estas fechas, de lo que he escrito en este cuaderno digital sobre las familias enteras, procedentes de los barrios deshechos en Sevilla por el boom inmobiliario, hoy víctimas de la gentrificación pura y dura, que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su pretendido -por otros no inocentes-“mejor nivel de vida”, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras laicas de su barrio de siempre, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados o en bloques verticales, blindados ante la inseguridad ciudadana, en una dialéctica permanente vivienda/murienda. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor o Señora de Sevilla”, vuelven a los barrios que los vieron nacer, para recuperar, aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, el uso íntimo de sus aceras de siempre, donde se hacía eso, vivir la vida dignamente. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido “ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores”, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Johnson en el libro que comento más adelante.

Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que supuso la revolución urbanística más importante en Estados Unidos, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas (1), que falleció en 2006 en Toronto (Canadá) a los 89 años, aportó una de las teorías más alentadoras sobre cómo se vive en las aceras de las ciudades, cuestión que en días laicos y santos pasa sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica sigue siendo un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte fue una noticia amarga porque dejaba de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

En la Semana Santa, las aceras de Andalucía funcionan como soporte de interacciones sociales viendo y sintiendo las procesiones. No digamos en Sevilla. Aunque desde la otra acera de la inteligencia digital conectiva siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). O como Machado decía en su precioso poema (La Saeta, 1914), refiriéndose a una forma muy especial del cante andaluz (RAE: acción y efecto de cantar cualquier canto popular andaluz o próximo):

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Volveré a leer en esta semana laica, como todas las demás, el libro de Steven Johnson, recuperado de mi biblioteca de cabecera, mi clínica del alma. Se me han vuelto a ocurrir muchas cosas tras la reflexión a la que me llevaron en su momento sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseo transformar esta semana santa de la fe de mis mayores (sic, según el calendario católico, gregoriano por más señas) en una semana normal, laica, reinterpretando -porque me duele- lo que ocurre a mi alrededor, que es bastante preocupante por los estragos humanos y económicos que está suponiendo el entorno mundial actual, incluida la trágica y dolorosa invasión de Ucrania o la guerra en Gaza. Por no hablar del trumpismo que nos asola. Considero también que el subtítulo del libro sigue sin dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: la inteligencia, entendida como capacidad y adiestramiento para resolver los problemas de todos los días, compartida en un mundo laico que parece a veces diseñado por el enemigo. Inteligencia digital ahora a través de lo que se ha convertido en la gran ayuda para comunicarnos cuando en estos días de gran preocupación mundial , volvemos a pisar las aceras laicas de Jacobs, informados o no con los teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas, las radios y el mando del televisor o nuestra voz que, en algunas ocasiones, da órdenes a un asistente virtual que hace todo lo posible por entender lo que le estoy diciendo. Que tenga en cuenta mi dolor, ya es otra cosa, laica casi siempre, por cierto, aunque Stefan Zweig me recuerda siempre algo muy importante en el acontecer diario de esta sacrosanta ciudad: […] En Sevilla se puede ser feliz […] ¿No es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida? (2). Sonrisas y lágrimas en una semana laica, paseando por sus aceras íntimas.

(1) Jacobs, Jane, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, 1961, pág. 50. Nueva York: Vintage.

(2) Zweig, Stefan, De viaje II: Francia, España, Argelia e Italia, 2015. Madrid: Sequitur.

NOTA: la imagen de Jane Jacobs se ha recuperado de //www.theatlantic.com/magazine/archive/2016/11/the-prophecies-of-jane-jacobs/501104/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

La ideología tiene una base genética, científica por supuesto

Leor Zmigrod

Sevilla, 12/IV/2025 – 16:48 h (CET+2)

Quien frecuenta este cuaderno digital sabe que su hilo conductor es la inteligencia digital, de base científica, entendida como el conjunto armónico de conocimiento, habilidades y conductas proclives a resolver los problemas de la vida con la ayuda de las tecnologías digitales de amplio espectro. Nacemos preprogramados en las diversas inteligencias humanas desde que comienza a desarrollarse el cerebro en el vientre materno y la genética hace su trabajo siempre, a lo largo de la vida del ser humano, creando un carnet genético personal e intransferible. Por tanto, la ideología no va a la zaga de esta preprogramación ideológica que es la base de la inteligencia política, por ejemplo. Antes es el cerebro de cada uno, después la educación ideológica que responde a la preprogramación cerebral. Ahí está el secreto científico, porque la pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, como libro abierto, pero condicionante, para justificar los actos humanos de toda índole, mucho más interesante que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente. La realidad científica es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión, porque la proyección política, por ejemplo, se mostrará después desde las ideologías, fase en que se demuestra que todas no son iguales. Lo repito: antes es el cerebro de cada uno, con la carga genética correspondiente; después, la educación ideológica que responde siempre a la preprogramación cerebral. No al revés.

Lo dicho anteriormente en román paladino, es lo que desarrolla de forma excelente la psicóloga política y neurocientífica Leor Zmigrod, a través de su publicación The ideological brain: the radical science of flexible thinking (El cerebro ideológico: la ciencia radical del pensamiento flexible), donde afirma científicamente algo muy importante para diseccionar las ideologías como una realidad social muy necesaria en el mundo actual: la ideología está en los genes, es decir, en la arquitectura del cerebro de cada persona, moldeada por la evolución. También investiga por qué algunos cerebros son proclives a defender ideologías extremas y cómo las mentes pueden liberarse de los dogmas rígidos.

La sinopsis oficial del libro nos ayuda a comprender su hilo conductor: “¿Por qué algunas personas se radicalizan? ¿Cómo dan forma las ideologías al cerebro humano? ¿Y cómo podemos desconectar nuestras mentes de los dogmas tóxicos? En The Ideological Brain, Leor Zmigrod revela la profunda conexión entre las creencias políticas y la biología del cerebro. Basándose en su propia investigación pionera, descubre la compleja interacción entre la biología y el medio ambiente que predispone a algunos individuos a adoptar formas rígidas de pensar, y explica cómo las ideologías se apoderan de nuestros cerebros, cambiando fundamentalmente la forma en que pensamos, actuamos e interactuamos con los demás. Muestra también cómo los ideólogos de todo tipo luchan por cambiar sus patrones de pensamiento cuando se enfrentan a nueva información, culminando en el mensaje radical de que nuestra ideología política no es superficial, sino que está tejida en el tejido de nuestras mentes”.

Javier Sampedro lo explica hoy sucintamente en el diario El País: “Investigar la realidad es costoso, y la ideología aporta un atajo barato de reglas y patrones sobre cómo es el mundo y cómo debería ser. Zmigrod sostiene que las ideologías nublan nuestra experiencia, nos impiden distinguir la verdad de la manipulación y son un lastre para nuestra adaptación. Cita pruebas empíricas para ello. Ya desde la infancia, los niños con más tendencia ideológica incorporan trolas a lo que oyen para reforzar sus prejuicios, mientras que los demás son más adaptables. Y todo ello se puede saber sin más que explorar su cerebro con las técnicas adecuadas”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.


UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Para Joan Manuel Serrat la vida sigue siendo un regalo

Sevilla, 11/IV/2025 – 12:00 (CET+2)

Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943) ocupa un lugar muy especial en la banda sonora de mi vida. Lo atestiguan las numerosas páginas que he dedicado a su vida y obra en este cuaderno digital. En esta ocasión, vuelvo de nuevo a encontrarme con él porque ayer, la Caja de las Letras del Instituto Cervantes recibió un legado suyo como cantautor (para mí cantor, porque no solo ha podido hacerlo sino que debía hacerlo en momentos políticos transcendentales para este país), que incluye la partitura original de la primera grabación de la canción Mediterráneo, además de una copia de su primer disco publicado, un EP con títulos como La mort de l’avi Una guitarra. Antes de efectuar la entrega de objetos personales, Serrat afirmó que “Cada día que me despierto me siento estupendamente. Pienso que la vida es un acto maravilloso a pesar de los pesares, porque procuro retrasar la hora de las noticias y de encender la tele para enterarme de ciertas cosas, pero me parece que la vida sigue siendo un regalo”.

La información oficial del acto recoge momentos especiales de este encuentro: “Para el músico catalán, la idea de depositar un legado es algo que no concebía, porque «nunca» ha escrito ni hecho «prácticamente nada» pensando en dejar una herencia. «Incluso cuando mis hijos nacieron tampoco lo tenía previsto. Han sido cosas que han ido ocurriendo en la vida y a la cual estoy muy agradecido, porque me ha permitido hacer un oficio que me ha hecho muy feliz. ¿Qué más puedo hacer entonces que ir deshaciéndome en vida de las cosas que yo quiero, como son las que traigo aquí?», ha bromeado. Serrat ha reconocido que el legado cervantino «está pasando por un mal trago» en la actualidad, aunque «el talento de Cervantes sigue perfectamente vivo y sus personajes siguen diciéndonos cosas que nos pueden ser hoy en día también muy útiles».
 
El legado de Serrat depositado en la caja número 1276 del Instituto Cervantes consta del “primer disco grabado en catalán en el año 1965 por Serrat, el cual ha reconocido con humor que «se está desintegrando, pero ahora estará cuidado en condiciones». También ha introducido la partitura original de la grabación con orquesta de Mediterráneo, con alguna tachadura del puño y letra del cantautor. Además, ha depositado un libro de Miguel Hernández con anotaciones (Serrat grabó en el año 1972 un álbum en el que musicalizó poemas del poeta oriolano). «Está roto, como tiene que estar un libro: roto, manchado y con signos evidentes de haber sido usado», ha reivindicado, ironizando con que la compra de esta edición, en la época franquista, se hizo en «el extraperlo».
 Asimismo, el legado ha incluido su máquina de escribir «Brother. Echelon 44», con la que escribió parte de sus primeras canciones. «Este objeto siempre me gustó mucho, porque he tenido una letra difícil de leer incluso para mí y, a máquina, leía los versos como si fueran mejores: hechos a mano no me salían tan bien».

El director del Instituto Cervantes, el poeta Luis Garcia Montero, resaltó que “la entrada de Serrat en la Caja de las Letras viene avalada por el «poder creativo» de sus letras y su «diálogo» con la poesía de autores como Machado, Rafael Alberti o Joan Margarit. «El noi del Poble-sec supo crear un mundo propio en diálogo con la canción catalana, creó la educación sentimental de los españoles y mostró que el sur también existe: nos ha enseñado a vivir con versos en la boca», ha remarcado”. Igualmente, calificó “de «honor y suerte» la entrada de este legado en la Caja de las Letras, asegurando que «a veces las pequeñas cosas se convierten en ocasiones grandes. Eres bueno para la cultura internacional, hoy estas aquí y el gusto es nuestro», ha concluido, con un guiño a uno de los álbumes más emblemáticos del músico, grabado junto a Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos”.
 
En este acto recibió también el Premio Antonio de Sancha [primer editor español], concedido por la Asociación de Editores de Madrid, mostrando Serrat su agradecimiento por el reconocimiento a su trayectoria: «Los premios, cuando te los dan con cariño y respeto por lo que tú haces, te provocan también a ti ese mismo sentimiento por todos los demás. Todos los premios han sido muy agradecidos, pero seguramente, y lo digo con toda sinceridad, en algunos casos podían haber caído en mejores manos»,

La última vez que escribí unas palabras sobre él fue en octubre de 2024 con motivo de la recepción del Premio Princesa a las Artes 2024, en cuyo acto oficial pronunció un discurso a modo de retrato personal, en la clave aprendida del gran poeta Antonio Machado, a quien puso una música especial en poemas inolvidables. Lo hago porque este retrato es también un legado para los millones de personas que consideramos a Serrat como una persona imprescindible en nuestras vidas, que lo ha depositado en cada uno de nosotros:

Como ven, soy un señor mayor tirando a viejo. Vengo de una larga posguerra y de una familia humilde que me dio lo mejor que podrán hallar en mi. En el camino azaroso fui encontrando las razones para seguir adelante y con el impulso de los sueños llegué hasta aquí.

Soy una persona que se siente querida y respetada, a la que le gusta su oficio. Cantar y escribir canciones. Soy un hombre partidario de la vida. Prefiero los caminos a las fronteras, la razón a la fuerza y el instinto a la urbanidad.

Soy un animal social y racional que necesita del hombre mas allá de la tribu.

Creo en la tolerancia. Creo en el respeto al derecho ajeno y el diálogo como la única manera de resolver los asuntos justamente.

Creo en la libertad, la justicia y la. Valores que van de la mano o no lo son.

Tal vez por eso no me gusta el mundo en que vivimos, hostil, contaminado e insolidario, donde los valores democráticos y morales han sido sustituidos por la avidez del mercado, donde todo tiene un precio. No me gusta ser testigo de atrocidades sin unánimes y contundentes respuestas.

No me conformo al ver los sueños varados en la otra orilla del rio.

¿Cuándo llegará el tiempo de vendimiar los sueños?, me pregunto de mala gana, al ver partir a los amigos sin cosechar.

Quiero dejar el recuerdo de un buen hombre, justo y agradecido y espero no haber llegado hasta hoy para mostrar gratitud y afecto a quienes generosamente me han regalado su
amistad, su compañía y su consejo pero, por si acaso desde aquí, quiero dar las gracias a mis maestros que han sido muchos, a mis compañeros, a los amigos que han compartido el
camino conmigo y que me han estimulado y ayudado a sabiendas o no a recorrerlo y sobre todo quiero agradecer a mi mujer haberme permitido compartir la vida con ella.

Gracias a mis padres que me la dieron y a mis hijos y a mis nietos que son mi mayor orgullo.

Gracias a los que han hecho suyas mis canciones y a todos los que desde los cuatro puntos cardinales se alegran conmigo al ver mi nombre unido a la rotunda lista de galardonados con este Premio.

Gracias a ti, Serrat, siempre. Necesitamos reencontrarnos contigo, con tu legado musical, en estos tiempos difíciles, porque desde tu despedida como cantor estamos huérfanos de tus palabras para ensalzar las pequeñas cosas de la vida que, como tú dices, sigue siendo un regalo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.


UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

¡Más subida de aranceles, es la guerra comercial, la broma no ha terminado!

Sevilla, 10/IV/2025

Nada mejor que contemplar y escuchar a Groucho en una secuencia inolvidable de la película Los hermanos Marx en el Oeste, donde sus hermanos y los pasajeros del tren lo van destrozando poco a poco al grito de ¡Necesitamos más madera, es la guerra!. Si la traigo a colación hoy es porque creo que simboliza perfectamente lo que está sucediendo en el mundo actual trumpiano, en el que el espectáculo de la firma diaria de sus órdenes ejecutivas, a cual más impactante en daños colaterales mundiales o su grito de más subidas o bajadas de aranceles, según convenga, va desvencijando y destrozando los países más afectados, convirtiéndose Estados Unidos en la locomotora que desaparece en el plano final de la secuencia, ella sola, bajo el mando de Trump, en una composición ferroviaria destrozada que no puede seguir alimentado la caldera económica de la locomotora mundial.

El mundo financiero mundial se ha tambaleado las últimas semanas con las órdenes ejecutivas de Trump en relación con los aranceles que corresponde cobrar a su país y al eufemístico comercio mundial, en su proyecto de hacer cada día más grande América, simbolizado en el acrónimo del eslogan Make America Great Again!, MAGA, que personalmente traduzco como ¡Que América vuelva a ser grande! Esta es la razón de por que he recordado hoy a Groucho Marx, cuando nos avisó también de lo que supuso para él el crack del 29 en su país y en el mundo, tal y como nos lo contó en su obra Groucho y yo, en una reflexión memorable: “Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240.000 dólares. (O ciento veinte semanas de trabajo, a 2.000 por semana.) Hubiese perdido más, pero ese era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. En cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse con las citas más memorables de la historia americana. Me refiero a citas tan imperecederas como “No abandonéis el barco”, “No disparéis hasta que veáis el blanco de sus ojos”, “¡Dadme la libertad o la muerte!”, y “Sólo tengo una vida que dar por la patria”. Estas palabras caen en una insignificancia relativa al ponerlas junto a la frase notable de Max. Pero charlatán por naturaleza, esta vez ignoró incluso el tradicional “hola”. Todo lo que dijo fue: ”¡Marx, la broma ha terminado!”. Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo. En toda la bazofia escrita por los analistas de mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas cinco palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, refiere la compañía”.

Lo lamentable hoy al recordar estas cinco palabras del amigo de Groucho, ”¡Marx, la broma ha terminado!”, es que la “broma” de los aranceles no ha terminado y todavía seguimos en un desconcierto mundial por el duelo de Estados Unidos con China. Por si acaso, procuraré estar lejos de los trenes de Trump, al frente de una compañía ferroviaria de amplio espectro económico mundial, presidida por las oligarquías digitales multimillonarias, sobre todo para no facilitarle la madera que sigue necesitando para incendiar el mundo a diario, destrozando la paz mundial, así como cualquier Estado de Bienestar viable, democráticamente hablando, haciendo cada día más posible la guerra comercial de incalculables daños colaterales, como siempre, para lo que menos tienen, los nadies de Eduardo Galeano: Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida.
El botón de muestra más representativo y que se ha llevado a cabo en un silencio mundial cómplice, ha sido el cierre definitivo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), llevada a cabo a partir del pasado 3 de febrero, que está suponiendo una tragedia mundial, sobre todo en países en desarrollo y grandes conflictos bélicos, así como a millones de refugiados, atendiendo al dato de la financiación de la misma,  al haberse distribuido fondos en 2023 por un valor de US$ 43.400 millones en todo el mundo. Se ha cumplido la promesa de Elon Musk, la voz de su amo, el presidente Trump, cuando afirmó después del acto oficial de toma de posesión presidencial, en su calidad de Director del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), formando parte del actual gobierno americano, que “La USAID es un nido de víboras marxistas”, tachándola incluso de “organización criminal” o con perlas de este calado indigno: “Se hizo evidente que no es una manzana con un gusano dentro. Lo que tenemos es simplemente un balón de gusanos. Hay que deshacerse de todo. No tiene remedio. Vamos a cerrarla”.

Este último ejemplo simboliza bien el grito de Trump al frente de la locomotora económica mundial: ¡Necesitamos más madera, es la guerra! El que quiera entender hoy lo que está pasando, que entienda.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

Me refugio hoy en Detroit, junto a Caravaggio

Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571 – 1610), Martha and Mary Magdalene | Detroit Institute of Arts Museum

Sevilla, 9/IV/2025

Serán casualidades de la vida, pero hoy, como ayer, he encontrado refugio en mi singladura diaria para buscar islas desconocidas de paz interior, ante las sacudidas de las maneras de Trump (que vienen de antiguo y que más pronto que tarde acabarán afectándonos a todos), en un territorio que conoce bien, Detroit, ¡qué símbolo del capitalismo hundido!, porque en medio de un imperio automovilístico desaparecido, emerge siempre un museo excepcional, el Detroit Institute of Arts Museum, en una ciudad maltrecha pero que alberga un tesoro pictórico mundial. En concreto, me refiero a una obra de Michelangelo Merisi da Caravaggio, Marta y María Magdalena, porque encierra en sí mismo una parábola de lo que está sucediendo ahora en este mundo al revés, por el sufrimiento generalizado que nos espera y. sobre todo, a los que menos tienen, a los nadies de Eduardo Galeano., a los diferentes, a los refugiados de cualquier barbarie nacional e internacional, a los desfavorecidos de todo tipo.

La sinopsis oficial de esta obra refleja perfectamente la desacralización de su pintura, que tanto aprecio y sobre la que ya he comentado obras suyas en este cuaderno digital: “Hay un Miguel Ángel de Caravaggio que está haciendo cosas extraordinarias en Roma». Esta cita de un pintor holandés contemporáneo ofrece una idea del impacto revolucionario de Caravaggio en el panorama artístico europeo. El uso dramático de la luz y la sombra anima sus imágenes religiosas, que presentan a personas de apariencia común como modelos. Esta pintura toma como punto de partida un pasaje del Evangelio de Lucas en el que Cristo es recibido en casa de las hermanas Marta y María Magdalena. Muestra un intercambio imaginario entre la modesta Marta, que reprocha a su hermana su conducta desobediente y enumera con los dedos los milagros de Cristo, y la sensual y vanidosa María, que viste ropas lujosas y apoya la mano en un gran espejo. Sin embargo, Caravaggio introdujo detalles que insinúan la próxima conversión de María. En su mano derecha, sostiene una ramita de azahar, símbolo de pureza; el anillo en su mano izquierda alude a su condición de esposa de Cristo”.

Si me refugio de nuevo en Michelangelo Merisi, nacido en Caravaggio, cerca de Milán, en 1571, hace ahora 454 años, es porque le reconozco su compromiso social durante el Barroco, pintando la parte más alternativa de la sociedad, a los nadies o a los personajes conflictivos en cualquier época, algo que en su fondo comprendió muy bien Rafael Alberti en el siglo pasado entrando en las iglesias de Roma: Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles / hoy son esos anónimos tropeles / que en todo ven una lección de arte. // Miran acá, miran allá, asombrados, / ángeles, puertas, cúpulas, dorados… / Y no te encuentran por ninguna parte. En la obra de Caravaggio no querían encontrar sus contemporáneos del poder real y eclesiástico a los nadies, que tan maravillosamente dibujó y pintó siempre. Por ninguna parte. Tampoco, a la incomprendida y maltratada María Magdalena.

En este contexto, he recordado un artículo que leí en 2021 en elDiario.es, Caravaggio, ese luminoso rescate del comunismo italiano, en el que se planteaba la realidad social que rodeó la vida y obra del gran pintor barroco: “La tormenta de insultos y críticas que sufrió la obra de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610) al poco de su muerte silenció, durante casi cuatro siglos, al maestro del Barroco. Quedó arrinconado porque sus queridos enemigos se apresuraron a rendir cuentas con el ariete del realismo y escribieron, entre otras lindezas, que por más fuerza real que tenían sus personajes, carecían “de movimiento, afecciones y gracia”. Y de esta manera la corriente clasicista se impuso a la naturalista que el Merisi representaba y así sucedió el triunfo del boloñés y empedernido misógino Guido Reni. La idea ganó a la verdad y la llama del caravaggismo que iluminó Europa el primer cuarto del siglo XVII se apagó. Hasta 1951”.

¿Por qué hasta 1951? La razón es clara y tiene nombre propio, Roberto Longhi (1890-1970), cuando consagra al gran pintor de Caravaggio, el topónimo por el que pasaría a la historia de la puntura, en la primera gran exposición retrospectiva de su obra, en el Palacio Real de Milán: “El análisis que Longhi escribió para la muestra de 1951 es un hecho histórico: acabó con la cancelación que habían alimentado pintores como Poussin, que en 1650 llega a Roma y al conocer la obra de Caravaggio le acusa de “haber venido al mundo para destruir la pintura”. O Stendhal, que pasea por Roma entre 1828 y 1834 y en sus crónicas alaba la obra de Reni y critica la del otro”. Si cobra siempre especial interés la operación rescate internacional de la obra de Caravaggio, no inocente ideológicamente hablando, se debe fundamentalmente a Roberto Longhi.

En relación con lo expuesto anteriormente existe una obra sobre el valor auténtico de su pintura, Caravaggio (1), una nueva edición actualizada de la que se publicó por primera vez en 1952. La sinopsis oficial de esta publicación no deja lugar a duda alguna, atendiendo a las palabras introductorias de Longhi: “No puede sorprender que, para una peripecia vital tan tormentosa y desgraciada como la de Caravaggio, los historiógrafos del siglo XVII más novelesco y del más romántico siglo XIX se las ingeniasen para transformar cada paso, desde sus inicios, para usarlo con fines a un retrato que resultase de lo más popular (lo que para ellos sonaba a plebeyo), es decir, apto para explicar la desprejuiciada y, se decía, indecorosa naturaleza del artista. Fue así como Caravaggio, ya desde niño, en Lombardía, se transmutó en el hijo de un albañil, en mezclador de argamasa y preparador de colas para los encaladores milaneses. Para el resto de su vida, sobre todo durante los años de Roma, Nápoles y Malta, no había ciertamente necesidad de cargar las tintas, cosa que sin embargo no se dejó de hacer y hasta su muerte, por razones de correspondencia simbólica, complaciéndose en adelantar en un año la fecha real de ésta”. Así empieza el ensayo de Roberto Longhi sobre la figura de Caravaggio, tan moderna como enigmática. Sirviéndose de su singular capacidad para imitar voces, Longhi se cuela en la vida del pintor como si hubiese sido su contemporáneo, un amigo íntimo incluso. Repasa sus encargos, explora sus obras maestras, trazando astutas e inesperadas correspondencias entre ellas y la vida del artista. Caravaggio trabaja a un ritmo vertiginoso, con una rapidez y facilidad pasmosas, desde la adolescencia hasta el desorden de sus últimos días romanos, y pasará buena parte de su vida como artista nómada y fugitivo de la justicia. Setenta años después de su publicación, el ensayo de Longhi sigue considerándose una contribución esencial a la bibliografía sobre el pintor, por ser el primero en brindar una visión de contexto de su obra y posiblemente por ser, hasta la fecha, el crítico que ofrece una mirada más limpia, una lectura más sobria e incontaminada, de la trayectoria y la producción del gran maestro”.

Pero lo que verdaderamente me ha entusiasmado al volver a leer el artículo citado es su referencia a la gran admiración que sintió siempre Pier Paolo Pasolini por el pintor de Caravaggio: “El pintor que transformó la mitología en calle, el artista que convirtió lo sagrado en cotidiano, el que demostró que el arte no reside en la historia que narra, sino en la verdad humana que muestra, Caravaggio, fue la inspiración de Pier Paolo Pasolini (1922-1975). El director de El Evangelio según San Mateo (1964) conoció de estudiante a Caravaggio en las clases de Roberto Longhi, en la Universidad de Bolonia. Y su encuentro con el pintor cuajó en su pasión por el cine, como él mismo reconoció”. Longhi lo deja claro en su obra: “La verdad es que cada pintor no ofrece a fin de cuentas sino lo que el mundo le demanda”.

Para finalizar, lo que me sigue conmoviendo  en esta búsqueda de ”refugios” para el alma e secreto, es la lectura de un texto de Pasolini sobre “la luz de Caravaggio”, donde resume de forma magistral la gran aportación de Michelangelo Merisi a la historia de la pintura, porque fue un gran inventor al servicio de la sociedad, para transformarla, no sólo cambiarla, con tres aportaciones maestras: “Caravaggio inventó, en primer lugar, un nuevo modo que, según la terminología cinematográfica, se denomina «profílmico» (entiendo por tal todo lo que está delante de la cámara). Es decir, Caravaggio inventó todo un mundo para poner delante del caballete en su estudio: nuevos tipos de personas, en sentido social y caracteriológico, nuevos tipos de objetos, nuevos tipos de paisajes. En segundo lugar, inventó una nueva luz: sustituyó la iluminación universal del Renacimiento platónico por una luz cotidiana y dramática. Si Caravaggio inventó tanto los nuevos tipos de personas y de cosas como el nuevo tipo de luz fue porque los había visto en la realidad. Se dio cuenta de que a su alrededor –excluidos por la ideología cultural vigente desde hacía casi dos siglos– había formas de iluminación lábiles pero absolutas que nunca habían sido reproducidas y, así, cada vez más alejadas de la costumbre y de la norma, habían acabado por resultar escandalosas y se las había suprimido de forma que, hasta Caravaggio, lo más probable es que ni los pintores ni los hombres en general las vieran. El tercer invento de Caravaggio es un diafragma (también luminoso, pero de una luminosidad artificial que sólo pertenece a la pintura y no a la realidad) que lo separa tanto a él, el autor, como a nosotros, los espectadores, de sus personajes, de sus naturalezas muertas, de sus paisajes. Este diafragma, que traslada las cosas pintadas por Caravaggio a un universo separado, muerto en cierto modo –al menos respecto a la vida y al realismo con el que esas cosas habían sido percibidas y pintadas–, lo ha explicado espléndidamente Roberto Longhi con la hipótesis de que Caravaggio pintaba mirando sus figuras reflejadas en un espejo. Estas figuras eran las que Caravaggio había seleccionado en la realidad –desaliñados aprendices de frutero, mujeres del pueblo que jamás habían sido tomadas en cuenta, etc.– y estaban bañadas por esa luz real de una hora del día concreta, con todo su sol y todas sus sombras. Y, sin embargo… sin embargo, dentro del espejo todo parece como suspendido, como con un exceso de verdad, un exceso de evidencia que lo hace parecer muerto”.

Este realismo humano es lo que aprendió de él Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1654), cuando pintó María Magdalena como la melancolía,  que me consta que era muy querida por su autora por su identificación con ella como mujer “pecadora” (?) que sufrió mucho en su vida ajetreada y singular aunque ha sido muy maltratada por la historia y por la Iglesia oficial. Artemisia sufrió un triste episodio de juventud, concretamente la violación cuando solo tenía 17 años, en 1612, por parte del mentor propuesto por su padre, Agostino Tassi (1566-1644), ya que al ser mujer no podía cursar los estudios oficiales de pintura en las Academias correspondientes, solo para hombres, lo que propició un juicio promovido por su padre, muy estudiado, que ganó y que se puede conocer con detalle en una obra muy interesante dedicada a esta pintora (2).

Es verdad que no existen pintores y pintoras inocentes, como casi nada de lo que existe en la vida, que tampoco lo es en la cadaunada que cada uno vive. Dicho esto, pocos se acordaron y se acuerdan, a lo largo de los siglos, de pintar a los nadies o a mujeres tocadas por la melancolía de la incomprensión humana, como María Magdalena, que ambos reprodujeron de la mejor forma posible. No olvido la sinopsis oficial de Marta y María, en el Museo de Detroit: “Sin embargo, Caravaggio introdujo detalles que insinúan la próxima conversión de María. En su mano derecha, sostiene una ramita de azahar, símbolo de pureza; el anillo en su mano izquierda alude a su condición de esposa de Cristo”. De ahí la importancia de recordar hoy a Michelangelo Merisi, nacido en Caravaggio en 1571. O a Artemisia Gentileschi, nacida en Roma en 1593, pintora del dolor propio y ajeno, de la melancolía.

(1) Longhi, Roberto, Caravaggio, 2022, Barcelona: Elba. Traducción: José Ramón Monreal.

(2) Gentileschi, Artemisia, Cartas precedidas de las actas del proceso por estupro (Edición de Eva Menzio), 2016. Madrid: Anaya (Cuadernos de Arte Cátedra).

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UCRANIA, GAZA, REPÚBLICA DEL CONGO Y RUANDA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL

¡Paz y Libertad!

En tiempos de turbación busco refugio en el arte

Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1654)María Magdalena en éxtasis, 1620-25.

Sevilla, 8/IV/2025

Hace unos años, expresé en este cuaderno digital la emoción que sentí al descubrir dos cuadros concretos de Artemisia Gentileschi, en los que la protagonista era siempre la misma mujer, María Magdalena en estado de melancolía, pero sobre todo cuando vi un tercero, el de María Magdalena en éxtasis, dando la razón a una reflexión muy acertada de Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste, porque no creo tanto en la situación de éxtasis de la Magdalena como en la de su auténtica melancolía, es decir, un estado de soledad y tristeza, un sentimiento que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Contemplando esta María Magdalena, suenan muy bien las palabras de Neruda en este momento: Mariposa de sueño, te pareces a mi alma y te pareces a la palabra melancolía.

Me emociona tanto este cuadro de éxtasis, que provoca en mí un sentimiento de plenitud en mi alma de secreto, pero la emoción es algo muy diferente del sentimiento. Es un estado afectivo pasajero pero de alcance incalculable. El sentimiento, por el contrario, nos deja con un afecto permanente hacia algo o alguien. Somos emocionentes, personas que vivimos las emociones de una forma muy especial y que intenté describir en un relato publicado también en este cuaderno digital en 2010, Emocionentes, en el que explico la forma de vivir plenamente las emociones en nuestra vida.

En este contexto, he conocido un proyecto de investigación a través del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, la Universidad Rey Juan Carlos y Quirónsalud, con un título muy sugerente, Emociones a través del arte, que aporta “un análisis objetivo y cuantitativo de las emociones generadas por la contemplación de obras de arte”, uniendo arte, tecnología y salud: “¿Qué sentimos al observar una obra de arte? ¿Qué emociones despiertan el color, la composición o la mirada de un retrato? Aunque la experiencia del arte es profundamente subjetiva, nuestras reacciones pueden medirse y analizarse”.

Esta es la gran aportación científica de este proyecto, “Mediante técnicas de análisis biométrico, neuromarketing y comportamiento, y con la ayuda de la inteligencia artificial, se han identificado las emociones predominantes en 125 obras de las colecciones Thyssen-Bornemisza, descubriendo de este modo el poder transformador del arte y sus vínculos con nuestro bienestar emocional”. En concreto y a partir de los datos obtenidos en el estudio, “se ha construido una experiencia visual interactiva única donde explorar qué emociones despiertan las obras. A través de barras de colores se representan las emociones identificadas por los participantes en el estudio. Cada barra contiene una de las siete emociones analizadas: alegría, aversión, desprecio, ira, miedo, sorpresa y tristeza. Puedes filtrar por cada una de ellas y visualizar cuánto de cada emoción hay en las obras del museo”. Además, “La combinación de datos objetivos (mediciones biométricas) y subjetivos (autoinformes) ha permitido validar las emociones identificadas mediante herramientas tecnológicas. De este modo avanzar en la comprensión de las emociones humanas puede ayudar en la creación de aplicaciones prácticas que aprovechen el impacto del arte para mejorar la salud y el bienestar de las personas”.

He visualizado los resultados expuestos y creo que es un avance espectacular en el análisis de nuestras emociones, que muchas veces acaban en sentimientos especiales como estados afectivos duraderos que nos reconfortan. Recomiendo conocer bien este proyecto de investigación, que nos ofrece un refugio anímico en estos tiempos de turbación. La emoción ganadora ha sido la alegría, de las siete estudiadas, demostrando que “con un 26,64 % es la emoción más sentida por los participantes”. En definitiva, se ha podido constatar que “aplicaciones prácticas que beneficien directamente a la sociedad a través de aquellas obras que tengan una carga emocional positiva, pueden ayudar a mejorar la calidad de vida de pacientes, médicos, familiares y otro personal de apoyo presente en los hospitales”.

Reitero lo expuesto al principio: me emociona el arte, por ejemplo a través de unos cuadros en concreto, grabados en mi memoria de hipocampo, que provocan en mí un sentimiento de plenitud en mi alma de secreto, siendo consciente de que la emoción es algo muy diferente del sentimiento. Es un estado afectivo pasajero pero de alcance incalculable. El sentimiento, por el contrario, nos deja con un afecto permanente hacia algo o alguien. Somos emocionentes, personas que vivimos las emociones de una forma muy especial, pero que las cuidamos sobre todo para que se conviertan en sentimientos. Fundamentalmente, porque son estados afectivos duraderos que permanecen siempre en nuestra alma de secreto, recordando a Rafael Alberti: Sentimiento, pensamiento. / Que se escuche el corazón más fuertemente que el viento. / Libre y solo el corazón más que el viento. / El verso sin él no es nada. / Sólo verso. O lo que es lo mismo, el arte sin corazón y sentimiento es eso, sólo arte.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

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