La verdad suele ser pequeña

LA TEMPESTAD
La tempestad (1862), Peder Balke

Ayer leí un artículo precioso, breve, de un autor del que aprendo todos los días, Manuel Rivas, que llevaba por título, Arte cacique, que me aportó muchas reflexiones, aunque al final se centraron en una sola: Para expresarse, la verdad suele escoger el pequeño tamaño. Pertenezco a una generación en la que por carencias de la posguerra, el tamaño era muy importante en la vida ordinaria de una familia: no era lo mismo un mendrugo que una barra de pan. Era lógico pensar que el caballo debía ser siempre grande, ande o no ande.

Con el paso del tiempo, una vez que visité por primera vez el pensamiento y el sentimiento de Rabindranath Tagore, en su pájaro perdido 178, supe que a todas las personas a las que se aprecia se les debe entregar las cosas pequeñas, porque a “todos”, suelen entregarse las grandes.

Con el paso del tiempo, fue Antonio Machado el que completó un círculo de la verdad que aprendí a reconocerla tal y como es: Tú verdad no, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela. Y entre búsquedas compartidas, en cualquier orden de la vida, sobre todo en términos de dignidad humana, reafirmo hoy que a la verdad le gusta el tamaño pequeño, porque suele ser muy sencillo buscarla en las pequeñas cosas del día a día: una palabra, una mirada, una mano extendida, una mejilla cercana o un silencio que hace más pequeño todo, casi imperceptible, porque allí, la verdad buscada con ahínco, nunca se pierde. Como Manuel Rivas contemplaba el cuadro La tempestad, “que mide poco más que una mano de estibador (12 – 16,5)”, en su visita a la sala 42 de la National Gallery: “¿Por qué atrapa, de esa forma, un pequeño óleo con simples matices en blanco y negro? Porque condensa una exacta visión y un conocimiento de lo oscuro”.

Aunque la sociedad de consumo, en plena cuesta de Enero, siga pensando en la clave que con su maestría habitual denunció Groucho Marx en un ayer no tan lejano: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.

Si no trabajamos la pequeñez extrema de la verdad, Manuel Rivas nos avisa de una realidad contraria a la verdad que a algunas personas nos hace sufrir hoy cuando conocemos cómo determinados responsables públicos, muy pocos, no todos, con obligación de tutela de la verdad pública, permiten que los ciudadanos piensen que “la propaganda y la mentira prefieren lo monumental. Hay una proporcionalidad entre el autoritarismo, el poder corrupto y el gigantismo de las formas”. Y todo eso, no le gusta a la verdad que tú y yo, todos, procuramos buscarla en el terco, sencillo, anónimo y pequeño día a día.

Sevilla, 15/I/2012

Dignidad: nos queda esta palabra

Blas de Otero ya lo dijo en un momento crucial de España: me queda la palabra. Creo en ella, llevo trabajando a través de palabras desde que tengo uso de razón y la inteligencia me permitió hilvanarlas para grabarlas en mi cerebro y utilizarlas siempre como un tesoro muy apreciado en mi vida. Hablamos con frecuencia de dignidad, pero creo que no conocemos bien su significado real, su recorrido histórico en España desde el siglo XVIII, primera realidad de fijación histórica, limpieza de miras y ofrecimiento de todo su esplendor a través de los significados otorgados por las personas, en el argot de la Real Academia.

He investigado sobre su aceptación en los Diccionarios españoles, comenzando por uno que aprecio mucho (1), como se ha podido comprobar en este blog, el de Autoridades (RAE A 1732), donde el lema dignidad, comprendida como el grado y calidad que constituye digno, todavía tenía una carga histórica ligada a la Iglesia, a la Corte y a la idea del hombre frente a la mujer, como lo traduce el ejemplo en relación con la utilización que hace Fernando de Rojas, en Calixto y Melibea, en boca de Sempronio, el criado de Calixto: “…Sometes la dignidad del hombre a la imperfección de la flaca mujer”, aceptando el lema digno como correspondiente, proporcionado, conforme al mérito y dignidad del sujeto, referido fundamentalmente a acciones beneméritas o acreedoras de algún honor, recompensa o alabanza, con ejemplos muy vinculados a méritos a la realeza o a la prohombres de la Iglesia o a hombres de la sociedad renacentista.

En 1791, se aleja cada vez más el sentir ciudadano de la dignidad, para llevarlo a la cualificación de calidad que constituye digna una cosa o en la tercera acepción, cargo o empleo honorífico y de autoridad.

Había que esperar hasta la edición del Diccionario de 1884 (12ª edición), donde finaliza su Prólogo expresando que “A España entera importa que se conserve íntegra y pura y se enriquezca sin desdoro el habla que es agente eficacísimo de su gloria, prenda de su independencia y, signo de su carácter”, para encontrar por primera vez un eco social de la palabra dignidad: gravedad y decoro de las personas en la forma de decir y hacer las cosas, que permaneció hasta 1925, donde ya se incorpora en términos de actitud, conservando la primera parte de la definición: “gravedad y decoro”, pero sustituyendo “en la forma de decir y hacer las cosas”, por “la manera de comportarse”, que se ha mantenido hasta hoy en la 22ª edición y última de Diccionario de la Real Academia, publicada en 1992 (2). En la versión de 1927, se agrega un ejemplo muy clarificador en esta tercera acepción: Obrar con DIGNIDAD; perder la DIGNIDAD [sic], que desaparece en la versión de 1956 y volviéndose a recuperar en la de 1983, desapareciendo finalmente y de forma sorprendente en la de 1984 y así hasta nuestros días.

Estoy también interesado en contextualizar en 1884 los vocablos gravedad y decoro, para conocer cómo se comprendían los mismos en la sociedad contemporánea a la publicación del Diccionario. Gravedad, se admitía en su segunda acepción, como compostura y circunspección. Decoro, desde la segunda a quinta acepción: circunspección, gravedad; pureza, honestidad y recato; honra, punto [hablando de las calidades morales buenas o malas, extremo o más alto grado a que éstas pueden llegar. Pundonor], estimación. Compostura (sexta acepción): modestia, mesura, circunspección. Circunspección (dos acepciones): atención, cordura, prudencia; seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Finalmente, desde 1992, el Diccionario de la Lengua Española, se refiere a la Circunspección como prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente, así como seriedad, decoro y gravedad en acciones y palabras.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje de nuestro país, podemos fijar bien la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna es un ejemplo siempre de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, manifiesta pureza, honestidad y recato; se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente.

Son unas condiciones muy estrictas para pertenecer al Club de las Personas Dignas, en cada aquí y ahora, con ayuda de Declaraciones Internacionales y Constituciones, pero ese es nuestro empeño al creer en el significado de esa maravillosa palabra, trabajando denodadamente para recuperar su auténtico significado activo, no impreso, y quedarnos con ella, tal y como lo aprendí -un día muy lejano- de Blas de Otero, en momentos difíciles de España.

Sevilla, 5/I/2012

(1) Real Academia Española (1990). Diccionario de Autoridades (Ed. facsímil). Madrid: Gredos (Orig. 1726-1739).
(2) Real Academia Española (2001). Diccionario de la Lengua Española (22ª edición). Madrid: Espasa.