La Constitución cuida el alma herida de la democracia

Noray en el puerto de Punta Calero (Lanzarote), con la sombra imaginaria de La isla desconocida / JA COBEÑA

Te quiero como para leerte cada noche, como mi libro favorito quiero leerte, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio…

Mario Benedetti, Te quiero sin mirar atrás

Sevilla, 6 de diciembre de 2023, Día de la Constitución

El alma de la democracia en nuestro país está herida, como en otros lugares del mundo, ante su ocaso deliberado que llevan a cabo las fuerzas antidemocráticas, que no la aprecian y la manipulan a diario frente al interés general del pueblo español, fundamentalmente la derecha extrema y la ultraderecha, el soberanismo sin límites, el odio a los diferentes y migrantes, el populismo, la coerción a la libertad y al pensamiento a través de la digitalización a ultranza y la obsesión con la tecnología como gran hermano todopoderoso, artificial siempre y muy poco humano, el consumismo desbocado y los retos de nuestro entorno, en especial el capitalismo extremo, no solidario, las guerras y el cambio climático.

Para mí, como he afirmado en anteriores ocasiones, la Constitución promulgada en 1978 es como el noray para barcos anímicos, personas siempre, que se amarran a él para asegurar su permanencia en el puerto real de la Democracia, con todas las garantías, sobre todo para protegerlos de oleajes procelosos como los de la vida misma, con ejemplos muy claros en los primeros pasos de esta compleja legislatura. Es un símbolo que me emociona siempre y lo observo en mis incursiones en puertos seguros cada vez que recalo en ellos con mi «Isla Desconocida» que, un día ya lejano, me regaló José Saramago en un cuento inolvidable. Por ello y llegado este día conmemorativo, manifiesto de nuevo que quiero a la Constitución como para leerla cada noche, porque como mi libro favorito que es quiero leerla siempre, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio…

Hoy, cuando se cumple el 45 aniversario de nuestra Constitución, vuelvo a utilizar las palabras que me quedan en mi persona de secreto y en la de todos, escritas el año pasado en este cuaderno digital, también el anterior y… siempre, desde 1978, recordando un día muy especial para la salvaguarda de la convivencia en este país, en el que la Constitución se aprobó por las Cortes en sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado celebradas el 31 de octubre de 1978, siendo ratificada por el pueblo español en referéndum de 6 de diciembre de 1978, y sancionada por S.M. el Rey ante las Cortes el 27 de diciembre de 1978. Antecedentes para no olvidarlos, ni siquiera un momento.

Constitución de España, 1978

La Constitución es la base de la identidad del Estado. Así lo vivo y así lo he expresado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Es uno de mis principios políticos como ciudadano demócrata en tiempos muy modernos, de turbación, en los que siempre he creído que se pueden hacer mudanzas intelectuales. Además, si no gustan en la actualidad a muchos recién llegados a la política activa o a los pasados de rosca, que haberlos haylos, lo siento porque no tengo otros (a diferencia del gran aserto de Groucho Marx). Para ello, vuelvo a leer reflexiones mías elaboradas y dedicadas a Aristóteles en el rincón de pensar, que nos dejó un tratado de Política con mayúsculas, gran ausente en estos tiempos de cólera independentista y desconcierto por los evidentes desajustes territoriales en este país. He vuelto a leer el libro tercero de esta magna obra, que se refiere a la relación del Estado con los ciudadanos y, más en concreto, a la teoría de los gobiernos y de la soberanía, porque recordaba que en ese texto se encontraba una frase que habría que grabar en el Congreso con letras de oro: a la Constitución es a la que debe atenderse [siempre] para resolver sobre la identidad del Estado.

No hay que despreciar el contexto en la que lo escribe: “Pero admitamos que el mismo lugar continúa siendo habitado por los mismos individuos. Entonces ¿es posible sostener, en tanto que la raza de los habitantes sea la misma, que el Estado es idéntico, a pesar de la continua alternativa de muertes y de nacimientos, lo mismo que se reconoce la identidad de los ríos y de las fuentes por más que sus ondas se renueven y corran perpetuamente? ¿O más bien debe decirse que sólo los hombres subsisten y que el Estado cambia? Si el Estado es efectivamente una especie de asociación; si es una asociación de ciudadanos que obedecen a una misma constitución, mudando esta constitución y modificándose en su forma, se sigue necesariamente, al parecer, que el Estado no queda idéntico; es como el coro que, al tener lugar sucesivamente en la comedia y en la tragedia, cambia para nosotros, por más que se componga de los mismos cantores. Esta observación se aplica igualmente a toda asociación, a todo sistema que se supone cambiado cuando la especie de combinación cambia también; sucede lo que con la armonía, en la que los mismos sonidos pueden dar lugar, ya al tono dórico, ya al tono frigio. Si esto es cierto, a la constitución es a la que debe atenderse para resolver sobre la identidad del Estado. Puede suceder por otra parte, que reciba una denominación diferente, subsistiendo los mismos individuos que le componen, o que conserve su primera denominación a pesar del cambio radical de sus individuos” (1).

Salvando lo que haya que salvar, mutatis mutandis, es impecable el análisis. Todo cambia y nada permanece (panta rei), siguiendo el adagio de Heráclito de Éfeso. Es verdad. Quienes no se adaptan a los entornos cambiantes, sufren mucho porque pierden seguridad en el quehacer y quesentir (perdón por el neologismo) de todos los días. En España, ante la realidad de Cataluña, reaccionamos en su momento tarde y mal, agarrándonos a la Constitución como un clavo ardiendo, en lugar de entenderla como un noray al que se deben asegurar los cabos cuando llegamos de la alta mar de los conflictos o del que hay que quitarlos para poder navegar en mares abiertos de libertad. Y la historia demuestra que esta realidad viene de antiguo, desde la etapa presocrática, cuando Heráclito pretendió que las personas dignas nos acostumbráramos a pensar que todo fluye y que nada permanece, como actitud vital, incluso las Constituciones, porque solo hay que pensar en una imagen preciosa: nadie se baña dos veces en el mismo río o en el mismo mar. Porque no controlamos la perpetuidad de lo que hacemos, vivimos, somos, sentimos y conocemos. Es verdad, porque si comprendiéramos estas palabras excelentes de Aristóteles en su tratado más político, pueden cambiar las asociaciones de ciudadanos (el que quiera entender que entienda), las Comunidades, la Constitución, pero hay un magma que aglutina todo, la propia Constitución, que es a la que debe atenderse siempre para resolver sobre la identidad del Estado. Aunque haya un cambio, incluso radical, de los individuos y las organizaciones en las que se integran, que son los que componen el Estado.

Finalmente, vuelvo a analizar también unas palabras esclarecedoras de lo anteriormente expuesto, que se encuentran en el referido capítulo IV del libro tercero de Política: “todas las constituciones hechas en vista del interés general, son puras, porque practican rigurosamente la justicia; y todas las que sólo tienen en cuenta el interés personal de los gobernantes, están viciadas en su base, y no son más que una corrupción de las buenas constituciones; ellas se aproximan al poder del señor sobre el esclavo, siendo así que la ciudad no es más que una asociación de hombres libres”. Dicho queda por Aristóteles hace muchos siglos y por Baltasar Gracián después: lo breve, si bueno, dos veces bueno.

Es verdad, quiero a la Constitución como para seguir leyéndola cada noche, como mi libro favorito, línea tras línea, letra por letra, espacio por espacio. No la olvido en uno de los marcapáginas que utilizo en el libro de mi vida. El país, Cataluña, País Vasco y los brotes del nacionalismo en general, a lo que deben aspirar siempre es a ser asociaciones de personas libres articulada por la Constitución, una Asociación escrita y hecha en vista exclusiva del interés general. Ante esta finalidad tan obvia, recuerdo ahora, en este día, el artículo 13 de la Constitución de 1812, en la que se recogía algo esencial para el pueblo español y que tanta falta hace en las circunstancia actuales: «El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar [así, la cursiva es mía] de los individuos que la componen». Para que no se olvide, constitucionalmente hablando, ni siquiera un momento.

(1) Aristóteles. Política · libro tercero. Del Estado y del ciudadano. Teoría de los gobiernos y de la soberanía. Del reinado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Nos quedan las palabras de la Constitución

Constitución de España, 1978

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Blas de Otero, En el principio, 1955

Sevilla, 5/XII/2023

Desde hace bastantes años, utilizando la escritura circular en este blog, hago referencias constantes a la Constitución, la Carta Magna de este país que, afortunadamente, aún nos queda. Por esta razón, no cambio ni un punto, ni una coma, de planteamientos que he hecho cada año atrás al aproximarme a ella en este día, mucho más reforzado si cabe por el delicado momento territorial que estamos atravesando en este país. Aún así, urgen cambios constitucionales, comenzando por este entramado territorial del país, junto al electoral, que acusa el paso de los años. Se ha demostrado en días atrás que, afortunadamente, nos queda la Constitución para abordar el serio problema de ordenación y organización territorial que tenemos en el país, así como la palabra…, cuando se convierte en diálogo permanente.

En el contexto citado, guardo en mi caja de sueños el poema de Blas de Otero dedicado a la palabra. Hoy, lo recuerdo de forma especial, horas antes de la celebración del Día de la Constitución, que es de las pocas cosas que nos quedan como articulación garantista de la democracia en este país, aunque se haya convertido desgraciadamente en una fiesta más de guardar, sin relevancia alguna para millones de personas. Han pasado cuarenta y cinco años desde su proclamación y gracias a ella vamos sorteando con más éxitos que fracasos los ataques continuados a su esencia, en un país tan cainita y dual como el nuestro. A pesar de esta visión optimista, como pesimista bien informado que soy, creo que ha llegado el momento de tocarla, aunque hagamos lo contrario de lo que Juan Ramón Jiménez nos recomendaba hacer con la rosa, tan frágil como ella.

Desde hace años, hemos constatado que se ha hecho mayor y que necesita una revisión en artículos esenciales para garantizar la convivencia en un país tan alterado históricamente y que, de vez en cuando, se convierte al menos en dos. Podrían ser más, si no se actúa ya, helándonos el corazón a los que la defendemos con uñas y dientes desde la ética aplicada en momentos políticos tan transcendentales como los que estamos atravesando en la actualidad. Conocemos de sobra las razones para afrontar este reto y un día como el de mañana debería ser una plataforma de lanzamiento institucional para abordar esta aventura que se cuenta en tantos foros y a la que tenemos un miedo casi reverencial. Recuerdo en tal sentido un comentario de Aristóteles sobre una experiencia del modelo constitucional, muy atrevido, propuesto por Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), el creador de las calles tal y como las conocemos hoy, algo tan democrático y que entusiasmaba de forma especial a Jane Jacobs, concretamente por sus aceras, que nos permiten encontrarnos y hacer camino al andar: “[…] las recompensas que se conceden a los que hacen algunos descubrimientos útiles para la ciudad, es una ley seductora en la apariencia, pero peligrosa. Será origen de muchas intrigas y quizá causa de revoluciones. Hipódamo toca aquí una cuestión sobre un objeto bien diferente: ¿están o no interesados los Estados en cambiar sus instituciones antiguas en el caso de poderlas reemplazar con otras mejores? Si se decide que tienen interés en no cambiarlas, no podría admitirse sin un maduro examen el proyecto de Hipódamo, porque un ciudadano podría proponer el trastorno de las leyes y de la constitución como un beneficio público”. Es verdad, pero estamos asistiendo a un espectáculo de agotamiento político por las fórmulas encorsetadas en las que transcurren los debates y la forma de abordarlos en el Palacio de la verdad democrática, el Congreso, así como de la propia representación política con el sistema electoral actual, que urge introducir cambios electorales, territoriales y de derechos fundamentales, sobre todo y a marchas forzadas -maximis itineribus-, volviendo a utilizar la doctrina de un padre de la auténtica política, Aristóteles.

Cambiemos la Constitución entre todos a la hora de abordar el modelo electoral y territorial, para transitar hacia un Estado Federal, mediante un referéndum sosegado, sin preguntas trampa, con transparencia total, donde vuelva a tener todo su sentido democrático el interés general, que es su verdadera razón de ser, comparándolo con la verdad de la palabra, aunque cada día se convierta ya en un conjunto de signos que cada vez simbolizan menos, algo residual que les queda a algunos si han perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiran, como un anillo, al agua (Blas de Otero). También, porque la Constitución, a través de sus palabras, es lo que les queda a algunos si han sufrido la sed, el hambre, todo lo que era propio y resultó ser nada, incluso si han segado las sombras en silencio; si abren los labios para ver el rostro puro y terrible de nuestra patria hoy, incluso hasta desgarrárselos.

En cualquier caso, es imprescindible que desde una visión estrictamente constitucional, que es “política” obviamente, se hable de futuro y de una forma diferente de hacer las cosas constitucionales, políticas, con arte. Es una delicia seguir leyendo a Aristóteles cuando analiza, eso sí sin emitir juicios personales sobre la experiencia que narra, el modelo político de Hipódamo de Mileto, anteriormente citado: “La innovación ha sido provechosa en todas las ciencias, en la medicina, que ha prescindido de sus viejas prácticas, en la gimnástica, y en general, en todas las artes en que se ejercitan las facultades humanas; y como la política debe ocupar también un lugar entre las ciencias, es claro que es necesariamente aplicable a ella el mismo principio. Podría añadirse que los hechos mismos vienen en apoyo de esta aserción. […] La humanidad en general debe ir en busca, no de lo que es antiguo, sino de lo que es bueno. Nuestros primeros padres, ya hayan salido del seno de la tierra, ya hayan sobrevivido a alguna gran catástrofe, se parecen probablemente al vulgo y a los ignorantes de nuestros días; por lo menos, esta es la idea que la tradición nos da de los gigantes hijos de la tierra; y sería un solemne absurdo atenerse a la opinión de semejantes gentes. Además la razón nos dice, que las leyes escritas no deben conservarse siempre inmutables. La política, y lo mismo pasa con las demás ciencias, no puede precisar todos los pormenores. La ley debe en absoluto disponer de un modo general, mientras que los actos humanos recaen todos sobre casos particulares. La consecuencia necesaria de esto es, que en ciertas épocas es preciso modificar determinadas leyes”.

Todo ello es verdad, aplicándolo a algo trascendental que nos queda…, la Constitución, esa gran palabra que nos transmite hoy, ¡ojalá lo haga también mañana y siempre!, que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. En el pueblo, solo en el pueblo, porque sabemos que todo cambia: cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo; cambia el rumbo el caminante, aunque esto le cause daño y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño (Julio Numhauser).

Julio Numhauser & Maciel Numhauser, Todo cambia

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!