Las aceras de Jane Jacobs (In memoriam)

El pasado 12 de abril, miércoles santo, escribí un artículo, “La semana laica”, que era un homenaje implícito a Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que ha supuesto la revolución urbanística más importante en Estados Unidos y que falleció el 25 de abril en Toronto (Canadá), a los 89 años. Ayer leía con cierta desazón la noticia de su muerte que habrá pasado sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica era un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte es una noticia amarga porque deja de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

Según las últimas investigaciones sobre sistemas emergentes, Jacobs brindó con sus tesis expuestas en “Muerte y vida en las grandes ciudades americanas” la posibilidad de estudiar la complejidad creciente de las ciudades y cómo la creación de los barrios, antes de que estallara el boom inmobiliario, traducía comportamientos sociales de marcado interés. Basta analizar el comportamiento social de cualquier ciudad, la mía propia, Sevilla, para comprender correctamente las tesis de Jacobs en toda su extensión. La gran paradoja actual es que las agrupaciones de viviendas ó “muriendas”, como las llamaba uno de mis maestros de juventud, ya no se desarrollan como fenómeno social de la complejidad social de unos grupos sociales, sino que se diseñan en gabinetes de estudio, muchas veces de especulación pura y dura, que obedece a otros patrones alejados de las tesis de Jacobs. La nostalgia de las familias sevillanas que solo vuelven a sus barrios de origen con motivo de las procesiones de Semana Santa, traduce muy bien el desencanto que podría producir a esta investigadora natural, sin formación académica especializada, el desmantelamiento de este fenómeno social de la vida en las aceras, habiendo sido defensora a ultranza de esta forma de convivencia: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calle y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1).

San Bernardo, Triana, la Macarena, el Tiro de Línea, son ejemplos rotundos del desmantelamiento social de los barrios tradicionales en la década de los sesenta y setenta, donde se vivía bien en el pleno sentido de la palabra. Tener que marcharse al Parque Alcosa, a las afueras de Sevilla, daba la oportunidad de tener una casa “en condiciones”, y además había que aceptar la realidad de una visión valenciana del promotor (todas sus calles llevan actualmente, derivado de las primeras construcciones en los años setenta, el nombre de las poblaciones más importantes de Valencia) y el tipo de construcción rompía definitivamente la distribución de la habitabilidad tradicional de corte árabe, sevillano y la convivencia sureña: patio interior, cancela, zaguán, escalera, pasillo común de acceso a las viviendas (corredores), amplia azotea, paredes encaladas y otras maravillas del lugar. Y sobre todo, las aceras, donde transcurría la vida diaria, durante las veinticuatro horas, con la interpretación no conocida de Jacobs. Todavía recuerdo personalmente cómo por las mañanas, en su casa de Tomás de Ybarra, el cantaor “El Pali”, con su forma característica de sentarse en la silla, te saludaba en el quicio de su casa, en una acera muy estrecha, iniciando conversaciones que podían ser futuras letras de sus famosas sevillanas.

Los barrios de Sevilla deberían sumarse a este homenaje silencioso a Jane Jacobs, una mujer extraordinaria, que solo quiso poner un grano de arena en su territorio americano para que las personas pudieran crecer con mejor calidad de vida. Aunque hoy, pudiéramos pedirle prestada a El Pali, donde quiera que esté, alguna sevillana que pudiéramos ofrecerle en clave de canto a la posibilidad de ser en la ciudad, en sus aceras de siempre: La Alameda no es Alameda // Es un puro desierto… ¿Por qué? Porque la magia de las ciudades, de sus barrios, viene desde abajo, desde las aceras de los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos. 

(1) Jacobs, Jane (1961),  Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, Nueva York: Vintage, pág. 50.

Sevilla, 29/IV/2006

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