
Sevilla, 5/II/2026 – 11:09 h UTC (CET+1)
Mi infancia es un recuerdo del mundo circense, concretamente de un circo estable que existía en Madrid, el Price, en la Plaza del Rey. Me entusiasmaba ir algunos jueves por la tarde, porque en aquella época no había clases, con una oferta de espectáculos que cambiaba con una frecuencia inusitada. Pero lo que siempre se mantenía era el número de los payasos, habladores por cierto (un género dentro de su arte), que me hacían reír y llorar casi al mismo tiempo. Me encantaba escuchar sus interpretaciones musicales a sabiendas de que eran grandes músicos (saxofonistas sobre todo), con chistes, gags y parodias que todavía recuerdo como si fuera ayer.
Cuento lo anterior porque desde que tengo uso de razón, que se decía entonces, me sorprendía el papel que desempeñaban mis payasos preferidos, Emy (carablanca), Gotti (augusto) y Cañamón (contraaugusto), habladores sin pausa, “listos” y “tontos” al mismo tiempo, según se juzgue, pero con comportamientos en pista muy diferenciados. No sabía entonces que el aparentemente listo, con la cara pintada de blanco, ceja negra muy pronunciada, traje brillante de lentejuelas, sombrero cónico y zapatos de charol impecable, era “carablanca”, así como los que le acompañaban, vestidos con una especie de batón rojo de una pieza, chaquetas y pantalones desproporcionados, pelucas imposibles, nariz roja, sombrero tipo bombín y zapatones enormes, eran los “augustos y contraaugustos”. Clasificación circense y profesional, con la identidad histórica de la Commedia dell’Arte, pero sobre todo una representación real, como la vida misma, de determinados papeles que se juegan a diario en estos tiempos modernos del mundo al revés, en el Gran Circo Mundial y Nacional, ya estables como el Price de mi infancia.
Si tuviera que elegir el modelo de payaso digno a seguir, no tengo duda alguna, sería Charles Chaplin, Charlot, en su filmografía primigenia, unido a su impecable mimo y vagabundez extrema, porque ha sido siempre un compañero del gran viaje de mi vida. Escribí en este cuaderno digital, tiempo atrás, que cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragosto madrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio Salamanca, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película.
Chaplin podía representar siempre las tres facetas payasísticas enunciadas anteriormente. Lo que me resulta más difícil hoy es identificar en este mundo al revés, qué políticos se disfrazan de carablancas, actuando en sesión continua en el Gran Circo Mundial y, por supuesto, en el Nacional, como impostores de la quintaesencia payasística mundial, dando siempre espectáculos nada edificantes. Quizás sean los que desempeñan los roles de augustos y contraaugustos, con su peculiar conciencia de clase, su fragilidad extrema, a los que sigo teniendo en gran estima, frente a los carablancas actuales al frente de gobiernos mundiales que no me hacen ninguna gracia. Es más, los detesto por su altanería y prepotencia, por su disfraz de salvadores del mundo, que tanto daño hacen a millones de personas de este gran circo en el que vivimos a diario, en una indeseable sesión continua que no tiene límites.
NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.rafaelcastillejo.com/circo-1.htm
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