En compañía de Papageno y su flauta mágica

Papageno & Cía.

Sevilla, 2/II/2026 – 16:30 h UTC (CET+1)

Ayer asistí junto a mis nietos a una representación teatral dirigida a niños y niñas, Papageno & Cía., especialmente vinculada con Mozart, con la ilusión de que ellos conocieran a este personaje tan singular y paradigmático que, personalmente, me acompaña de forma imaginaria desde hace muchos años. La sinopsis oficial de esta actividad cultural, promovida por CaixaForum, era muy atractiva y doy fe de que el público infantil asistente mantuvo la atención en todo momento, participando activamente en las escenas finales, junto a los actores y músicos del escenario, con gestos, coros y aplausos: “Fui detrás del escenario a tocar el carillón durante el aria de Papageno. Quería hacerle una broma a Schikaneder. Cuando él hizo una pausa yo toqué un arpegio, hecho que le sorprendió. Cuando volvió a hacer un silencio yo no toqué nada, y él paró mientras me miraba con cara de confusión. Intuyendo lo que le pasaba por la cabeza, volví a tocar unas notas y entonces él tocó su carillón y me dijo: «¡Te quieres callar!» Todo el mundo se dio cuenta de que el sonido de su carillón no lo hacía él, sino que se hacía desde la orquestra. Fue muy divertido y todo el mundo se puso a reír”. (Mozart a su mujer, Viena, 8 de octubre de 1791). Esta anécdota, que sucedió en una de las primeras representaciones de La flauta mágica, nos acerca al carácter informal que se respiraba en los teatros en tiempos de Mozart. La ópera surgió como un espectáculo para los nobles, pero rápidamente se convirtió en un entretenimiento para las masas. Dentro del teatro la gente hablaba, comía y bebía durante la función. Eran lugares caóticos y ruidosos donde era tan importante ver como ser visto. En general, un poco distinto de la imagen preconcebida que tenemos de la ópera hoy en día, ¿verdad? En Papageno & Cia. nos adentraremos en casa de unos nobles para revivir y ser partícipes de este espíritu festivo”.

Puerta de Papageno. Teatro sobre el río Viena (Viena) / Marcos Cobeña Morián

Siempre me ha asombrado el papel de Papageno, el protagonista de la ópera especial de Mozart, La Flauta Mágica, por su profesión: “encantador de pájaros” y su simbología tan cercana a la vida, frente a la muerte, tan propicia para la Reina de la Noche. Todavía recuerdo de mi viaje a Viena en 2007 la mirada de Papageno en su puerta del teatro sobre el río Viena (mi querido Teatro de barrio), sintiéndose cómplice del movimiento de la Secesión, a escasos metros de su deteriorada figura, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados, sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini (pajarracos o pajarillos), protagonistas de la excelente película del mismo nombre, dirigida por Pier Paolo Pasolini- se estaba refiriendo en su larga andanza. Lo contemplé durante bastantes minutos y cerrando los ojos imaginé el día del estreno de su maravillosa ópera, el 30 de septiembre de 1791, dos meses antes de su fallecimiento, dirigiéndola en un teatro muy sencillo, de un barrio alejado del Anillo Real y de la Iglesia Oficial de Viena.

Fue una oportunidad de volver a escuchar pasajes inolvidables de La flauta mágica y otras partituras emblemáticas de Mozart, en busca de una Papagena deseada y querida. Me ha maravillado siempre el fondo y forma de esta ópera y la dialéctica que muestra enfrentando al encantador de pájaros, Papageno, junto a su jaula y carillón alegre, con la Reina de la Noche. Representa de forma magistral la vida misma, donde deseamos que el amor triunfe siempre frente al mal humano. Indudablemente, ya había marcado Mozart, caracterizado de Papageno en el siglo XVIII, una nueva forma de entender la vida y la muerte cortesana y popular, en una dialéctica claramente diferenciada a favor de los más humildes, de la sencillez posible en todos los actos trascendentales de la existencia humana. Representaba la otra orilla de la vida, en su particular teatro de barrio, diseñada casi siempre por la forma de existir en el mundo desde la visión regia o eclesiástica y con escasa sensibilidad democrática.

No olvido hoy el dueto de Papageno y su querida Papagena, en una composición musical extraordinaria de Mozart, La flauta mágica, en el que expresan con un libreto atrevido para la época, su amor verdadero. Sigue siendo mi amigo.

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