La izquierda desunida siempre será vencida

Sevilla, 10/II/2026 – 16:44 h UTC (CET+1)

Como en otras ocasiones especiales en mi vida, preferiría, como Bartleby el escribiente, no escribir hoy estas palabras. Los últimos resultados en la elecciones de Aragón, llevan a entonar una canción triste para la izquierda genérica, aunque tiene nombres y apellidos en todo el país en estos momentos, aceptando que todas las izquierdas no son iguales. El estribillo de una nueva canción de protesta a tenor de los tiempos que corren, añorando la melodía y letra homónimas cantada por Quilapayún, de feliz memoria en mi caso, podría decir así: la izquierda desunida, siempre será vencida. Así ha sido. Se veían venir estos resultados y para los demócratas son irrefutables, con un reconocimiento a la grandeza del voto y su consecuencia en las urnas, que ha llevado a un éxito sin paliativos de las derechas, porque aceptar el principio de realidad en democracia es incontestable, tal y como escribí en estos mismos términos con motivo de las elecciones en mi Comunidad en 2022.

Siendo esto así, creo que es necesario evaluar lo ocurrido, porque aprendí hace ya muchos años que hacerlo nos obliga a emitir juicios bien informados. En primer lugar, el gran vencedor de estas elecciones en Aragón ha sido, una vez más, el Partido Abstencionista. Según los datos oficiales a la hora de escribir y publicar este artículo, la abstención ha sido del 32,41%, lo que suma un total de 317.661 personas que no han emitido su voto, sobre un total de 979.792 electores. Hay que relacionarlo, por ejemplo, con el vencedor en las urnas, con votos emitidos, el Partido Popular,  que ha obtenido 224.797 votos. Ya es, desgraciadamente, un clásico popular, porque en los anteriores comicios de 2023 ocurrió prácticamente igual, es decir, en aquella ocasión el porcentaje de abstención en Aragón fue del 33,45%.

El triunfo continuo del “partido abstencionista” a lo largo y ancho del país, nos debería llevar a la reflexión de que la abstención es un mal signo democrático, porque pertenezco a una generación que luchó mucho por la democracia en este país y por su hilo conductor, que es el voto en las urnas para decidir cuál es el mejor gobierno posible para transformar la sociedad en beneficio exclusivo del interés general. Creo, por tanto, que estamos obligatoriamente obligados a votar, por diversas razones. La primera, porque la democracia se construye entre todos y la traducción inmediata para vivir en ella es formar parte activa de su configuración que, hoy por hoy, pasa por participar en procesos electorales y ser consecuentes con lo que cada uno vota.

La segunda razón estriba en ejercer la responsabilidad activa de ciudadanía, porque ser responsable es la conjunción de conocimiento y libertad. Conocimiento, porque la inteligencia es el bien más preciado para vivir dignamente, entendida como la capacidad de resolver problemas en el día a día, considerando siempre que es lo más bello que tiene el ser humano. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista de La vida es bella, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento. Y la libertad, sin ira, libertad, para dar respuestas a las cuestiones cotidianas en las que estamos inmersos en el acontecer diario. Esa es la dialéctica de la responsabilidad, conocimiento más libertad, entendida como respuestabilidad (perdón por el neologismo), quedando probado que se puede librar de convertirse en mercancía cuando se sabe distinguir valor y precio.

En tercer lugar, porque hay que pensar en el día después de las elecciones, a lo largo de una legislatura, porque detrás del voto debe haber siempre un compromiso activo con mi voto fiado a terceros que probablemente ni conozco, a través de un papel de color blanco, alargado como la sombra ética y decente que lo protege. Es decir, tengo que mantener activo el compromiso diario de mi opción a través de la participación activa, como ciudadano o ciudadana que vive en un ámbito local concreto, en la consecución de aquellos objetivos que me han llevado a elegir una determinada opción política volcada en un programa, que nunca se debe entender como flor de un día. El éxito político, como el campo, es para quien lo trabaja y no hay que olvidar que cuando la política se entiende así podemos ser protagonistas de la misma en mi casa, mi barrio, mi trabajo, mi ciudad, mi país o, simplemente, entre mis amigos o familia del alma. Somos, como bien decía Aristóteles, animales políticos queramos o no decirlo o sentirlo en lo más íntimo de nuestra intimidad. Lo que no se comprende es la abstención masiva, dejar pasar una ocasión mágica de la democracia, no depositando el voto, dejando que el país o sus Comunidades o Ciudades Autónomas viajen posiblemente, de nuevo, hacia ninguna parte, como si la cosa política, la res pública, no fuera cosa de todos, a pesar de lo que muchas personas piensan en la actualidad, que la política es uno de los principales problemas de este país. El Partido Abstencionista prepara ya, apasionadamente, las próximas elecciones en Castilla y León, y en Andalucía, captando adeptos de la desmovilización de la izquierda. Estamos avisados.

Lo que es indudable ante los resultados obtenidos por la izquierda en Aragón, es que algo grave está pasando en este país y próximamente en esta Comunidad Autónoma, entre otras, visto lo visto en 2022, cuando se está dando este espectáculo antidemocrático de la abstención, en el sentido etimológico del término «democracia», que conlleva siempre la participación en las cosas de la ciudad, porque los que alardean de que “no son políticos” y no están de acuerdo con la política tal y como está y se ejerce, tienen la posibilidad de hacerlo en blanco, pero no renunciar a un derecho fundamental, constitucional (Constitución Española, Art.23.1), de «participar en los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes, libremente elegidos en elecciones periódicas por sufragio universal» y a un deber inherente a todo ciudadano responsable.

Creo que es urgente analizar lo que ha ocurrido en Aragón el domingo pasado, por la derrota, sin paliativos, de la izquierda global. La gran pregunta es ¿qué pasa en la izquierda de este país? Hablo en presente porque creo que es necesario hacer un examen profundo de la situación actual de la denominada “izquierda” (para entendernos) y no quedarnos solo en lanzar ataques furibundos sobre todo el espectro del centro y de las derechas, como una mal entendida defensa para justificar lo ocurrido ayer. La democracia nos enseña que hay que respetar de forma casi reverencial el resultado de las urnas. Las razones que han llevado a la derrota de la izquierda deben ser expuestas siempre de forma muy clara y de la forma más homogénea posible, impulsando sobre todo la transformación social, no solo los cambios, cuidando con esmero a los más débiles para alcanzar entre todos otro mundo posible. La fractura de la izquierda no ha hecho otra cosa en los últimos años que entorpecer con su división esta noble tarea de transformación. Así de claro y alto. Otra cosa es conformarnos con lo ocurrido y dejar que todo siga igual. La crisis global de la izquierda data ya de hace varios años, quizá demasiados, donde se han ignorado continuamente las señales de falta de identidad de la militancia activa y pasiva en torno al espectro de la denominada izquierda. Lo ocurrido en Aragón y, anteriormente en Extremadura, ha sido el resultado flagrante, a modo de crónica, de un desastre anunciado, por el rebosamiento de la grave fractura de la izquierda. ¿Por qué un absentismo también de la izquierda tan abrumador y lejano del derecho a votar? Creo que, fundamentalmente, porque hay una ausencia pavorosa de ideología política en general y en la izquierda en particular, lo que conlleva que no existan programas políticos acordes con la realidad social a la que el Gobierno debe servir, respetando siempre el interés general y, por supuesto, carencia clamorosa de líderes que lleven adelante estos programas, instalándose masivamente en la sociedad la “mediocracia”, el gobierno de los mediocres, que nos invade por tierra, mar y aire y a la que he dedicado bastantes artículos en este cuaderno digital.

Lo he manifestado en muchas ocasiones, con una expresión acorde con el momento actual, cuando no existe la ideología: Mediocridad de mediocridades, (casi) todo es mediocridad. Casi todo es de calidad media, tirando a malo, como nos enseña nuestro Diccionario de la Lengua, pero está de moda. Lo digo una y mil veces: los mediocres están haciendo de cada día su día, su mes, su año. Al igual que Diógenes de Sínope, tendremos que coger una linterna ética y gritar a los cuatro vientos ¡buscamos personas dignas y honestas, no mediocres! Es probable que los mediocres salgan huyendo porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra. Si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en los que nos gobiernan. Cuando se instalan en nuestras vidas, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que un mediocre, además triste y tibio. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones.

De nuevo, acudo a mi suelo firme, a la solería ética de mi vida, a mis principios políticos aprendidos de la didáctica de la izquierda ideológica, no inocente, según Lukács, a quien profeso un gran respeto desde mis años jóvenes: “no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1). La ideología es una proyección fantástica de la inteligencia, entendida ésta como la capacidad que tiene todo ser humano para resolver problemas, gran objetivo de la política a través de programas electorales. La inteligencia que vehiculizamos a través de la ideología podemos llamarla inteligencia social o inteligencia política, porque es evidente que ésta no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja lo que está pasando en el mundo que nos rodea y cómo se reacciona ante estos momentos poselectorales donde se decide cómo se van a abordar los problemas reales y actuales de la sociedad española, a través de los programas de los partidos que participen en cada legislatura, ya sea con mayoría absoluta, en coalición o desde la oposición.

Por último, vuelvo a mi rincón de pensar y a intentar colaborar en el resurgimiento de la ideología de izquierda que nos permita volver a creer que unidos por la ideología común política, no seremos vencidos, porque es posible transformar la sociedad, no sólo cambiarla, estando muy cerca de los nadies de Galeano, en particular, a los que no pienso olvidar, así como de la lucha por un mundo mejor, en el que superemos este momento gris y amargo en el que la desolación y el abandono del barco de la izquierda pretenden imponerse. Lo hago porque creo que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas de libertad en nuestro país, siguiendo a Salvador Allende, por donde pasarán las personas con ideología de izquierda que colaboren a construir una sociedad mejor, sin excluir a nadie en esta preciosa y urgente tarea. Todavía estamos a tiempo.

Para contrarrestar estas palabras que, como decía al principio, hubiera preferido no escribirlas, escucho de nuevo a Quilapayún cantando “El pueblo unido jamás será vencido”, porque sigo creyendo en su mensaje de memoria histórica que nunca debería olvidar la izquierda democrática, escuchando al pueblo para conformar un frente popular:

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

NOTA: la nube de palabras de la imagen, se ha obtenido con Word Cloud Generator (jasondavies.com)

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