
Sevilla, 16/VIII/2026 – 08:29 h CET (UTC+2)
El negacionismo político actual es una realidad muy preocupante para la democracia de un país, situación de la que no escapa el nuestro. Creo que todos estamos rodeados de personas que afirman, sin pestañear, que ellas “no son políticas”, alardeando de avisar en encuentros familiares o de amigos, que “aquí no se habla de política”. También existen derivadas clásicas del tipo “todos los políticos son iguales”, es decir, lo peor de lo peor y como justificación de su negacionismo activo. Y el estrambote final se puede resumir en lo que llamo el Partido Abstencionista en nuestro país, claro ganador en las elecciones generales o autonómicas, por ejemplo, que obtiene mayorías absolutas, probablemente porque es el momento de proclamar sus “no votantes”, que “no son políticos”, una paradoja inexplicable cuando lo que hay que hacer es votar, en una democracia bien entendida, porque “es el acto político por excelencia”.
No olvido el resultado de las últimas elecciones generales de 2023, en las que la abstención fue del 36,09% del censo electoral, lo que sumó un total de 12.822.326 personas que no emitieron su voto, sobre un total de 35.535.887 electores, sacando una gran distancia sobre los datos del partido vencedor, que obtuvo un 31,50% del total de electores, hasta alcanzar la cifra de 7.046.634 votantes. O lo que ocurrió en Andalucía en las elecciones recientes de mayo de este año, donde lo que llamo “Partido Abstencionista de Andalucía”, “obtuvo” la abstención del 35,15%, lo que suma un total de 2.287.141 personas que no emitieron su voto, sobre un total de 6.505.173 electores. Una “mayoría” aplastante, que se repite en cada convocatoria electoral.
Ante este panorama, bastante desolador por la deriva ultraderechista y de la derecha extrema de este país, he vuelto a leer pausadamente, en este largo y cálido verano, un poema de la poeta, ensayista y premio Nobel de Literatura 1996, Wislawa Szymborska (Kórnik, Polonia, 1923), Hijos de la época (1), que resume bien algo que es la quintaesencia de la vida ordinaria, la realidad incuestionable de que todo es política, se mire como se mire o se viva, o se niegue como se niegue, porque la época en la que nos ha tocado vivir también es política:
Hijos de la época
Somos hijos de la época,
la época es política.
Todos tus asuntos, los nuestros, los vuestros;
asuntos diurnos, asuntos nocturnos, son asuntos políticos.
Quieras o no quieras,
tus genes tienen un pasado político;
la piel, un matiz político;
los ojos, un aspecto político.
Lo que dices, así suena,
lo que callas, también suena,
de cualquier forma, político.
Caminando por el bosque, por la selva,
son políticos tus pasos
sobre un fundamento político.
Los poemas apolíticos son políticos también.
y arriba brilla la Luna,
un objeto no lunático.
Ser o no ser, ésa es la cuestión.
Qué pregunta, contéstame, cariño.
Una pregunta política.
No es necesario siquiera que seas un ser humano
para cobrar importancia política.
es suficiente que seas petróleo,
forraje o materia reciclada.
O una mesa de debates sobre cuya forma
se ha discutido varios meses:
¿dónde negociaremos sobre la vida y la muerte?,
¿en una redonda o en una cuadrada?
Mientras tanto, ha muerto gente,
han muerto animales,
han ardido casas,
y se han perdido campos de cultivo,
como en los tiempos antiguos
y menos políticos.
Una observación final, de acuerdo con lo expuesto anteriormente: las personas apolíticas, son políticas también. Y que estemos sufriendo una oleada de incendios como nunca había pasado en nuestro país, junto con la entrada masiva de migrantes en Ceuta…, y cómo se avisa y se tratan sus consecuencias, atendiendo prioritariamente a los damnificados por estos acontecimientos de amplio espectro, sin prioridad nacional alguna, también es política.
La verdad objetiva es que todos nuestros asuntos diarios son políticos. Para que no se olvide, ni siquiera un momento.
(1) Szymborska, Wislawa, Poesía no completa, Madrid: Fondo de Cultura Económica de España, 2008. Traducción: Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia.
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