Casi todo…, dura muy poco

TIEMPOS MODERNOS

Fotograma de Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1936)

Esta podría ser la historia de una bombilla jamás contada. Verán. Los más exquisitos con el lenguaje hablan de “obsolescencia programada”, pero en la calle todo el mundo sabe lo que es porque hay un runrún constante cuando se toma conciencia de que las cosas que sustentan nuestras vidas duran cada día menos: ropa, calzado, teléfonos móviles, coches, ordenadores, impresoras, electrodomésticos y así hasta un largo etcétera. Bajo el constructo “obsolescencia programada” sabemos que casi todo se fabrica hoy para morir pronto, cuanto antes mejor y de forma programada, porque así se consume más, más y más, sin límite alguno. Esta economía de usar y tirar para volver a comprar, muy lejos de la denominada circular, que recupera casi todo porque ese “todo” se puede reparar y reutilizar sin problema alguno, tiene muchos impactos en la sociedad actual: los medioambientales, agravados por los desechos electrónicos que siempre van a parar a los países más pobres y, quizá, el más importante para el ser humano, la insatisfacción permanente, porque si no compramos lo último no estamos a la última en casi nada, sin darnos cuenta de que hay varios tipos de programación no inocente de la obsolescencia: la diseñada de forma interesada para que las “cosas” duren solo un tiempo, cada vez más corto y la velocidad de vértigo de las innovaciones para que fabriquemos en la mente una necesidad de renovación constante. Es lo que se llama ahora, científicamente hablando, la obsolescencia cognitiva, porque nuestro cerebro no es capaz de dosificar e integrar los avances científicos no inocentes en este ciclo perverso de comprar-tirar-comprar. Sí lo sabe el chip encargado de certificar la defunción de lo que usamos a diario y que va integrado en cada aparato.

Nos cansamos de tener casi todo y cuidando siempre la atención a la publicidad porque siempre hay algo en algún anuncio que nos come la moral porque no estamos a la última. Las multinacionales lo saben y ya se encargan de programar los medios domésticos y electrónicos que utilizamos todos los días para que se estropeen muy pronto y dado que las reparaciones son muy costosas nos convencen con indicaciones precisas que no es necesario hacerlas. Total, ¿para qué? Si puedo comprar otro aparato nuevo, que sé que tiene más prestaciones y por no mucho dinero, pues ya está. Todo es cuestión de que se creen muchos “puntos limpios” (¡qué eufemismo cuando en realidad son “sucios”!) en las ciudades para que se hagan cargo de lo que desechamos sin toma de conciencia alguna de los impactos medioambientales que genera tanta basura electrónica, por ejemplo. Todo, aparentemente, muy ecológico, pero muy poco ético. Además y por si fuera poco, el diferencial de ricos y pobres en este ámbito es clamoroso porque solo se trata de comprar a cualquier precio y todos no están en la misma línea de salida en una carrera hacia ninguna parte.

BOMBILLA 1911

Lo curioso es que todo empezó con una reunión que se celebró en 1924, a la que asistieron las grandes compañías fabricantes de bombillas que formaron el cártel Phoebus (Osram, Philips y General Electric, entre otras compañías), donde se pactó limitar su vida útil a 1.000 horas, cuando desde 1911 se hacía publicidad de una duración certificada de 2.500 horas. Una muestra que actúa todavía como testigo de cargo de aquella funesta decisión es la bombilla encendida de forma ininterrumpida desde 1901 en el parque de bomberos de Livermore, en California. Sin palabras.

Como terapia de apoyo recomiendo ver varias veces el documental “Comprar, tirar, comprar”, al que se puede acceder en este enlace de RTVE, como servicio público indiscutible para poder emitir juicios bien informados al respecto. Creo que estas imágenes valen más que mil palabras, aunque todavía nos quedan, afortunadamente, en la clave que aprendí hace ya muchos años de Blas de Otero. Por ahora, seguimos disponiendo de ellas, funcionan sin más coste que la libertad para expresarlas, a pesar de que algunos se empeñan en tirarlas por la borda de la vida, callando voces y programando incluso su obsolescencia social y política porque les molesta el valor intrínseco de la verdad verdadera.

Para finalizar, recuerdo ahora un artículo que escribí en 2011 sobre la obsolescencia de las personas, que también existe, con un título inquietante, Las coacciones de la electrónica: no hay personas de repuesto, en el que abordaba un cuestión ética al respecto, es decir, la obsolescencia del ser humano, cuestión que me facilitó la lectura de dos obras apasionantes del escritor polaco Günther Anders (1): La obsolescencia del hombre: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I) y Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II). El autor centra su ensayo, desde el principio, en esta idea “del hombre que se experimenta a sí mismo como “anticuado” y pequeño frente a los aparatos técnicos, que se presentan como los auténticamente “bien dotados” y que le hacen avergonzarse de su humanidad: “No hay hombres de repuesto”, escuchamos decir a un enfermo terminal en un asilo para desahuciados, y se lo escuchamos decir como sonrojado porque en la era de la técnica no se haya inventado aún nada definitivo contra la caducidad de la existencia humana. Este sentimiento de vergüenza, dado que no podemos sentir vergüenza sino ante una mirada ajena, nos indica que ahora son las cosas, las máquinas, quienes nos miran. El hombre moderno desearía ser sólo un engranaje, debería ser sólo eso, pero misteriosa y trágicamente aún no está del todo adaptado a la explotación mecánica, y eso es lo que le abochorna, su propia humanidad residual” (2).

Ante esta perspectiva apocalíptica, en algún sentido, quiero seguir construyendo teoría crítica digital sobre cómo la tecnología permite conocer mejor el cerebro, por qué es feliz, por qué enferma, por qué nos emocionamos, por qué expresamos sentimientos, por qué resolvemos problemas día a día, con el auxilio de las tecnologías de la información y comunicación (aunque tengan fecha de caducidad, por supuesto). Aunque sé también que todo tiene su tiempo y su momento, incluidas las personas.

Sevilla, 18/X/2018

(1) Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I). Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II). Valencia: Pre-Textos.
(2) Pardo, José Luis (2011, 19 de febrero), “No hay hombres de repuesto”, El País, Babelia, 9.

En recuerdo de Eduardo Arroyo

CAMAROTE HERMANOS MARXISTAS
Eduardo Arroyo, El camarote de los hermanos marxistas o Retrato del artista adolescente, 1991

Acabo de conocer la noticia del fallecimiento en Madrid de Eduardo Arroyo, un pintor al que dediqué un pequeño homenaje recientemente mediante un post en este cuaderno digital, después de haber contemplado un cuadro suyo, El camarote de los hermanos marxistas o Retrato del artista adolescente, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Vuelvo a reproducirlo porque creo que refleja la quintaesencia de un pintor desterrado de este país durante mucho tiempo por su ideología. Merece mi respeto y sigo pensando que recordando el mensaje del cuadro citado, “[…] podemos ser algo marxistas/marxianos (con perdón) en la vida, dependiendo del humor que tengamos para abordarla a diario. Preocupante es la imagen de los trajes de las mujeres con dibujos de bombas y la de los trajes de mil rayas en varios hombres, uno de ellos trabajando mientras otros están di-virtiéndose (así, como lo diría Pascal frente al compromiso) y un hilo conductor en la composición escénica: sálvese el que pueda de sus creencias e ideología, porque de Marx ya no queda casi nada, pero es que esto ocurre a miles de personas que abarrotamos el camarote perpetuo en nuestras vidas. O algo así”.

Por respeto a Eduardo Arroyo y su intrahistoria en este país, que ha tenido helada una parte de su corazón durante mucho tiempo, demasiado, que no descanse este mensaje del pintor en la supuesta paz de nuestras almas.

Sevilla,14/X/2018

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A Guernica, por un vado de arena / 4. Guggenheim y los hermanos marxistas

Siempre me hace sonreír la escena del camarote de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera. Indescriptible la sucesión de ocurrencias de los protagonistas de la misma, con un momento especial en el que aparece una manicura para cortar las uñas con la pretensión de hacer sitio en aquel atiborrado espacio. Nada hacía presagiar que el viaje con destino a Bilbao me iba a mostrar una nueva escena del camarote, mediante una obra de Eduardo Arroyo, El camarote de los hermanos marxistas o Retrato del artista adolescente, expuesta en el Museo de Bellas Artes, perteneciente a la colección de 110 obras que forman su interesante fondo. Me pareció un reencuentro sorprendente porque siempre he admirado a la familia Marx, tal y como se puede apreciar leyendo páginas dedicadas a ellos en este cuaderno digital, sobre todo porque quise profundizar en su mensaje, estudiando la composición del cuadro.

Los hermanos marxistas están representados por hombres y mujeres que llevan impresas en sus caras, en algún caso, las letras MAX, porque la R es otra cosa que tratar. Es verdad que podemos ser algo marxistas/marxianos (con perdón) en la vida, dependiendo del humor que tengamos para abordarla a diario. Preocupante es la imagen de los trajes de las mujeres con dibujos de bombas y la de los trajes de mil rayas en varios hombres, uno de ellos trabajando mientras otros están di-virtiéndose (así, como lo diría Pascal frente al compromiso) y un hilo conductor en la composición escénica: sálvese el que pueda de sus creencias e ideología, porque de Marx ya no queda casi nada, pero es que esto ocurre a miles de personas que abarrotamos el camarote perpetuo en nuestras vidas. O algo así. Basta comparar la escena fija de la película para establecer las mejores comparaciones posibles con su texto y contexto.

camarote

También nos reencontramos con paisanos andaluces, tres para ser más concretos: Murillo (San Pedro en lágrimas), Romero de Torres (Venus de la poesía) y Vázquez Díaz (La fábrica bajo la niebla, pintado en Errentería). Sentí muy presente la cultura andaluza en esta muestra restringida a 110 obras 110, una efeméride especial que recoge una obra en representación de cada año de su historia como Museo, pero que supone una muestra interesantísima en su fondo y forma.

Salimos del Museo con otras dos imágenes grabadas en nuestra memoria de hipocampo, que ahora guardamos a buen recaudo: La aldeanita del clavel rojo, de Adolfo Guiard, llena de realismo mágico por su escuela de formación parisina y Romería Vasca, de José Arrúe, con trazos finos, elegantes, estilizados, ordenados casi con modos naíf. Son dos obras en representación de la belleza implícita de esta exposición especial.

Nos dirigimos a un claro objeto de deseo: visitar el Guggenheim Bilbao, con un saludo previo a Puppy, el guardián adoptado por los residentes en la ciudad que acoge este magno museo. Primero rodamos el edificio para admirar el conjunto arquitectónico diseñado por Frank Gehry. Los tornasoles de las planchas de titanio mostraban un colorido especial cambiante dependiendo del ángulo en que las observábamos con interés reverencial. El edificio es un conjunto apoteósico que personalmente intercambiaba con la zona fabril sobre el que está emplazado en la actualidad y que conocí hace más de cuarenta años. Accedimos al edificio en su planta baja, con una exposición de la diseñadora vanguardista Joana Vasconcelos, bajo el epígrafe Soy tu espejo, con obras grandiosas por su simbología tratada con objetos cercanos a la vida ordinaria actual: cubiertos de plástico, cacerolas, urinarios, teléfonos, piezas de coches o centenares de planchas con formas posibles. Era asombrosa la muestra dedicada a la Aspirina y al Valium, centenares de blíster intactos que formaban composiciones artísticas que hacían reflexionar sobre el ritmo de vida actual. Pero lo que fijaba nuestro interés por encima de todo era la exposición itinerante con un título de amplio espectro cultural y político, Arte y China después de 1989. El teatro del mundo, a la que dedicamos bastante tiempo porque no te dejaba indiferente en cualquiera de las ocho salas que la acogen.

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Esta exposición sobre la realidad de China en un espacio y tiempo muy concretos, desconocidos para mí en su fondo y forma, me sobrecogió desde la primera sala, porque me interesaba conocer con detalle qué ha ocurrido en China en el último cuarto del siglo pasado y su globalización como potencia económica y productiva en el mundo actual. La muestra gira sobre cuatro realidades que los diferentes artistas han abordado de forma continuada: identidad, igualdad, ideología y control. Son más de 65 artistas y grupos artísticos que han consolidado una proyección mundial de China como nueva potencia mundial. No fue inocente la dura represión estudiantil en la plaza Tiananmén, el 4 de junio de 1989, que tantas veces hemos visto en la soledad de un estudiante ante la invasión de los tanques que avanzaban sin compasión alguna para reprimir cualquier intento de liberalización. Fue especialmente doloroso que ocurriera de esta forma tan brutal porque culminaba con esta acción represiva el movimiento de una década de experimentación política, intelectual y artística realmente abierta. Pero la realidad es que aquello sirvió para que se iniciara un movimiento de apertura con ribetes de acero, consolidándose veinte años de desarrollo acelerado, relaciones internacionales y apertura a nuevas posibilidades individuales. Muchos artistas se implicaron directamente en este movimiento revolucionario y en esta exposición se ofrecen muestras patentes de ello.

La exposición se centra en seis contenidos esenciales como hilo conductor de sus prodigiosos avances: Prohibido cambiar de sentido: 1989, Nueva medición: análisis de la situación, 5 horas: capitalismo, urbanismo realismo, Placer incierto: actos de sensación, En otro lugar: viajes por el territorio intermedio y La utopía ¿de quién?: activismo y alternativas circa 2008. Una experiencia de estas seis sirve como botón de muestra de este movimiento de apertura apasionante en un mundo autoritario. Me refiero a la obra del artista Son Dong de la que solo se muestra el sello de madera con el ideograma “agua” y diversas fotografías de una de sus performances, bajo el título Poniendo sellos al agua, tomadas en el río Lhasa, en el Tíbet, en los días 18 y 19 de agosto de 1996. El artista estuvo durante una hora sentado en las heladoras aguas del río Lhasa, sellando de forma repetida la superficie de la corriente, representando el hecho simbólico del sello como garante de posesión, estatus y eternidad, aunque lo que quiso significar es que en realidad cada acto de sellado dejaba entrever una unión entre el hombre y la naturaleza. Es una expresión de la cultura zen: sustancia y vacío, permanencia y cambio. Es una reinterpretación del panta rei de Heráclito, todo fluye, nada permanece, pero con un sentido más profundo y con la idea de que artistas chinos salen al mundo para transmitir sus mensajes liberadores. En la performance original de Son Dong había un respeto ancestral del pensamiento tradicional chino según Lao Tse: “El bien supremo es el agua. El agua beneficia a diez mil cosas y, sin embargo, no compite con ellas”. Salimos despidiéndonos de las fotografías de los trabajadores de una fábrica de lámparas, uno a uno, que se retrataron como personas al lado de las máquinas, donde se leía el nombre de su producto: OSRAM, que probablemente ilumina nuestras casas europeas. Junto a ellos, sus deseos y aspiraciones como personas. Algunos artistas chinos se preocuparon de poner caras y ojos a los trabajadores anónimos de productos denostados por su calidad en muchas ocasiones por otras culturas del mundo. Todo un ejemplo para el respeto a las personas y ese era el mensaje.

6song-dong-stamping-the-water-1996

Reconocí en un momento determinado al artista y activista Ai Weiwei, del que escribí en 2017 sobre una experiencia solidaria a través del taller que había montado en Lesbos para ayudar a los migrantes, llevando a cabo una experiencia especial, personal y real, subiéndose a una lancha a la deriva, para intentar comprender qué sienten los refugiados o migrantes que realizan estos viajes hacia alguna parte. La premonición de su valentía estaba en la portada de la guía que entregan al entrar en el museo, simbolizando la ruptura con la tradición: deja caer al suelo un jarrón de la dinastía Han. Todo fluye, nada permanece.

Subimos al cielo del Gugennheim para contemplar una breve, pero muy buena, exposición de Marc Chagall, bajo el título de Los años decisivos 1911-1919. Una vez más comprendí la influencia francesa en la pintura de finales de comienzos del siglo XX. París bien vale una exposición. Una experiencia traumática al volver a su país, Rusia, en 1914, lo confinó en una zona tenebrosa personal y existencial, de la que tardó tiempo en recuperarse. Nos sorprendió una obra en concreto: Amantes en azul. Para no olvidarla. La vie en bleu.

AMANTES EN AZUL MARC CHAGALL

No se puede decir adiós, agur, al salir del museo. Uno tiene la sensación de que hay que volver a descubrir la quintaesencia del arte en sus múltiples manifestaciones. Lo haremos, porque como ocurrió con el agua sellada de Son Dong, sabemos que el alma china está mucho más cerca de la nuestra de lo que parece. Lucha todos los días por ser libre, aunque tomemos conciencia de que lo que pasó aquella mañana en el Guggenheim no volverá a repetirse nunca. Porque todo fluye, nada permanece y nadie se baña dos veces en el mismo río.

Sevilla, 30/VIII/2018

Karajan, Menuhim y Vorák: una clase magistral

W. A. Mozart, Concierto de Violín Nº 5 in La Mayor (K.219), Adagio (Salzburgo, 1775)

El sábado pasado asistí a una proyección de cine en blanco y negro, que tanto aprecio, a la que consideré en todo momento como una clase maestra de dirección de orquesta y de interpretación de violín. En mi etapa actual de alumno de piano, clave y violín, era una ocasión irrepetible para aprender, observando, cómo dirigía Karajan y cómo tocaba Menuhim, también la orquesta, en un mano a mano maravilloso.

Eran dos proyecciones en sesión continua como las de mi infancia en Madrid, de tan grato recuerdo. Comenzó la sesión con el dúo extraordinario de dos maestros de la música clásica, bajo el título de Karajan dirige a Menuhim, dentro del ciclo de música filmada organizado por Caixaforum, que forma parte de una serie dirigida por Henry George Clouzot, rodada en 1966. En concreto se proyectó el Concierto para violín y orquesta nº 5 en la mayor, K219, conocido también como El turco, de Wolfgang Amadeus Mozart, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Viena. Fue maravilloso contemplar los primeros planos continuos de ambos maestros, cada uno con su peculiar forma de dirigir e interpretar un instrumento tan complejo como el violín. Recuerdo perfectamente la figura de Karajan con batuta en mano derecha y dejando libre la izquierda para dibujar notas al aire, indicando de forma muy sutil las continuas entradas de Menuhim, en posiciones violinísticas casi imposibles de ejecutar por mí a día de hoy.

La segunda filmación era un auténtico plato fuerte, la dirección magistral de Karajan a la Filarmónica de Berlín interpretando la Sinfonía nº 9 en mi menor, Nuevo mundo, de Antonin Dvorák, en enero de 1966. Junto a la maravilla armónica de esta obra, me ha asombrado la inclinación permanente hacia adelante – ¡siempre hacia adelante! – de Karajan, en un equilibrio muy medido, con los ojos permanentemente cerrados, moviéndose en un palmo de estrado y transmitiendo a la orquesta la sensibilidad pausada o enérgica de una obra magistral, de tanto renombre mundial. Obviamente, tenía un encanto especial el seguimiento continuo de la mano izquierda del director, en primeros planos de la cámara.

Reconozco que lo viví como un alumno privilegiado, muy sorprendido con el virtuosismo de Menuhim y la asombrosa capacidad directora de Karajan. Queda mucho por aprender, pero no puedo pedir más en una tarde de otoño, a orillas del Río Grande, el Guadalquivir de mis antepasados.

Sevilla, 12/X/2018

Pausa

Sonia Lafuente, patinadora olímpica

Benedetti, que siempre supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida, nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades.

Mañana es un día festivo y comienza un puente. Estas palabras de Benedetti forman parte de un buen manual para aprender a hacer pausas en la vida apresurada que acometemos en cada despertar. Con la ilusión de comenzar de nuevo todo si fuera necesario, pero cantando las verdades (que también existen, como las palabras) y no engolfarse en las mentiras.

Un conjunto madrileño de música indie, Izal, lo ha cantado recientemente: Yo sólo pido pausa y tú me das ojos de huracán. / Yo sólo pido calma y tú haces espuma el agua del mar. / Sólo pido silencio y gritas que no digo la verdad. / ¿Tú qué sabrás? Si despiertas lejos de esta casa. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. / Yo sólo quiero pausa, tú rebobinar. / Yo sólo busco un ritmo lento, tú velocidad. / Yo sólo pido una dulce mentira, tú toda la verdad. / ¿Tú qué sabrás? Si despiertas lejos de esta casa. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. / ¿Tú qué sabrás? Si nunca nadaste en mis entrañas. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. Sonia Lafuente, patinadora olímpica, baila maravillosamente esta pausa necesaria, porque quizá, viéndola, la comprendemos mejor.

Es verdad que solo necesitamos hacer pausas de vez en cuando y no tanto rebobinar, porque no queremos perder el sentido de la vida. Es lo que Herman Hesse llamaba obstinación, una virtud, a la que admiraba mucho, una sola, porque es obediencia a una sola ley que lleva al “propio sentido” de la vida. Fundamentalmente, algo que necesitamos con urgencia: cantarnos las verdades, pisando las baldosas que vamos poniendo en nuestra vida a modo de solería, que es lo único que justifica nuestros actos éticos para no tener que llorar las mentiras. Sin prisa, con pausa.

Sevilla, 11/X/2018

Hacia una historia de vida digital

HISTORIA DE VIDA DIGITAL

Se han publicado recientemente noticias sobre la posibilidad de que la vida “online” de los fallecidos sea accesible para sus herederos, mediante el reconocimiento expreso que recoge la ley de protección de datos que tramita el Congreso en estos días, en la que se prevé el derecho de los deudos a gestionar o suprimir el contenido digital salvo que el difunto lo hubiera prohibido. En Cataluña ya se aprobó en 2017 un proyecto de ley para que el testamento designe quienes gestionarán la información colgada en la Red. Nos encontramos con múltiples iniciativas en el país en relación con cualquier ciclo de la vida, como es el caso del acceso digital de niños y adolescentes a las redes sociales, pero no hay una visión de Estado al respecto que integre legalmente la realidad digital de la vida de los ciudadanos y ciudadanas de este país desde que nacen hasta que mueren.

No voy a descubrir el bálsamo de Fierabrás con el abordaje en este post del establecimiento de una Política Digital de Estado en estos ámbitos, de forma integral e integrada, sin fisuras, pero hoy quiero centrarme en una cuestión que se debería valorar en profundidad en momentos transcendentales de la política de este país que debe contemplar su presente y, sobre todo, su futuro de corte digital, concretamente la implantación de la Historia de Vida Digital, cuestión ya tratada en múltiples ocasiones en este cuaderno digital desde diversas perspectivas. Es paradigmática la proposición de ley foral de vida digital que presentó el partido socialista en el Parlamento de Navarra, el pasado 24 de mayo, en el que el diputado Guzmán Garmendia justificaba la misma porque “es importante empezar a legislar en vida digital porque nuestra vida ha cambiado, […] podemos colocar a Navarra en la vanguardia, colocarla como espejo en el que se pueden mirar otros en el ámbito tecnológico y poner a Navarra donde estuvo y no debería de haber dejado de estar […] Si no regulamos hoy todo esto, lo tendremos que hacer mañana, si lo hacemos cuanto antes nos adelantaremos, […] porque es una ley “novedosa, complicada de llevar y que se tiene que trabajar, venir expertos y redactarse de arriba abajo. Entre todos podemos hacer una ley de vida digital puntera y única”.

En este contexto, he recordado la lectura de El mundo digital, de Nicholas Negroponte, obra iniciática en este mundo alternativo para los que pensamos que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, sentó las bases del futuro que venía en la década de los noventa del siglo pasado. El libró marcó un antes y un después en los inicios de la revolución digital que se veía venir, pero con bastantes incertidumbres. Treinta años después, podemos afirmar que casi todo lo que mueve el mundo es de base digital, aunque tengamos que aceptar con Negroponte que “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”.

Esta declaración de principios, impecable, supone hoy un acicate para avanzar en términos estructurales del país, en clave digital, debiéndose considerar en términos de política digital de Estado el abordaje de un ambicioso proyecto: la ordenación y organización política y administrativa de la historia de la vida digital de las personas que conforman este país. Es un giro copernicano sobre la realidad actual, donde la realidad digital de cada persona está fragmentada, digitalmente hablando, dependiendo de la relación que tenga con la Administración correspondiente: sanitaria, social, económica, cultural, tributaria, etc., con múltiples tarjetas o accesos diferentes electrónicos que suponen un tedio digital en el sentido más estricto del término. En España disponemos de un aliado digital extraordinario, el DNI electrónico, que debería ser el único identificador digital para el acceso universal a la historia de la vida digital de la ciudadanía, que afectara a todos los habitantes del país, sin diferenciación alguna.

La historia de vida digital debería contemplar, a título enunciativo, no exhaustivo, las siguientes bases digitales:

  1. Se entiende por vida digital el ciclo vital integral e integrado de la actividad digital registrada voluntariamente (con aceptación de su visualización pública o privada expresa) de cada ciudadano o ciudadana, desde el nacimiento, que sería el momento de entregarse el DNI al recién nacido, hasta el fallecimiento, con los Registros Civiles, oficiales, correspondientes, lugares que serían los responsables de emitir las certificaciones de primera y última inscripción de la historia de la vida digital de quien nazca o muera en este país. Integraría toda la actividad digital que el ciudadano o ciudadana haya desarrollado a lo largo de su vida con las garantías que le correspondan por ley en relación con la protección de datos personales, en cuyos actos debe primar siempre el consentimiento informado y formalmente registrado.
  2. A partir de la primera inscripción digital, que se produciría en el nacimiento, el DNI debería permitir el acceso unificado a las bases de datos también unificadas en casos tan claros como salud y servicios sociales, educación en todos sus ciclos, mundo laboral, tributos, pensiones y así sucesivamente, que atacarían un acceso centralizado a las diferentes bases de datos digitales enunciadas, pero con un acceso único que por sistemas de interoperabilidad dirigiría el acceso deseado al lugar correspondiente, debiéndose primar la integración masiva de sistemas de información con identidad lógica, como es el ejemplo flagrante de salud y servicios sociales, que permitiría acabar con la multiplicidad de sistemas que encarecen a límites insoportables el gasto público digital.
  3. La historia de vida digital debería permitir la consulta en tiempo real, por parte de cada ciudadano o ciudadana, de su ciclo vital digital, con el identificador indicado del DNI y en alta disponibilidad (24x7x365). No tendría que estar localizando permanentemente los miles de accesos telefónicos o digitales, que enloquecen a diario, sino que de forma clara y transparente permitiría un único acceso digital con la estructura que se definiera de forma oportuna. Tecnología existe para llevar a cabo esta acción, porque hoy no es un problema tecnológico o de telecomunicaciones la creación de la historia de vida digital, sino estrictamente de voluntad política de Estado. Tiene que quedar claro que esta acción de tan enorme calado tiene que tener dimensión de Estado, no de Comunidad Autónoma, lo que redundaría en unos beneficios extraordinarios tanto de atención pública como de economías de escala, sin que se perdiera la peculiaridad de cada Comunidad en la prestación de los servicios, aunque de debería definir una Cartera Básica de Servicios Digitales en esta Historia de Vida Digital, que respetaría ante todo el Interés General Digital, principio constitucional de amplio espectro.
  4. Por último, se tendría que aprobar en las Cámaras representativas actuales, una Ley de Vida Digital que recogiera estas bases enunciadas de forma breve y didáctica, para que se garantizaran principios fundamentales de equidad en la accesibilidad digital a esta Historia de Vida Digital. La lectura de la proposición de ley foral de vida digital, anteriormente citada, puede iluminar bien el contenido que se debería contemplar en la nueva legislación al respecto, repito que a título enunciativo y demostrativo, no exhaustivo, porque debería ser fruto de un amplio consenso parlamentario con inclusión de múltiples visiones al respecto por parte de instituciones y organizaciones sociales y empresariales tecnológicas, vinculadas a esta acción, que debería ser profundamente garantista en un terreno todavía por explorar a fondo.

Seguiré informando y escribiendo sobre esta propuesta en tiempos políticos actuales y próximos en los que podría ubicarse este cambio revolucionario digital. En este blog pueden leerse múltiples artículos en serie sobre la Política Digital de Estado, que es donde se debería enmarcar esta acción. Estamos ya instalados en la cuarta revolución industrial donde el talento humano es el rey. Por tanto, el Gobierno Digital, más que instalarse en un continuo problema del calendario de plazos de implantación de la Administración Electrónica con visión muy corta y anticuada de miras de servicio público y atención al interés general digital de la ciudadanía, debería cuidar mucho y con carácter antecedente al Talento Público Digital de los funcionarios y servidores públicos en general, porque estamos ante la cuarta revolución administrativa (con bastantes reservas respecto de las anteriores si es que existieron, que lo dudo), que no acaba de adaptarse a la citada cuarta revolución industrial, debiéndose plantear y desarrollar una Estrategia Publica Digital acorde con estos principios. Estrategia que se define como el proceso organizativo mediante el cual el Gobierno Digital correspondiente, a través de la Política Digital, incorpora a sus funciones directivas y funcionales los sistemas y las tecnologías digitales de la información y comunicación, como escenario y motor de su progreso, y como modelo de integración tecnológica orientada a la ciudadanía. Formando también a funcionarios, cientos de miles, en inteligencia (talento) digital aplicada, que se debe contemplar ya en el acceso a la función pública (gran debate pendiente en términos digitales), si se quieren prestar servicios digitales dignos a la ciudadanía formada ya en inteligencia digital aplicada a las necesidades de cada día, con medios tan accesibles como los teléfonos inteligentes, tabletas y el mando del televisor, que conoce a su dueño cada día más y casi sin darse cuenta a través de la memoria predictiva alojada en un chip que no es inocente y que no vemos por ningún sitio. No se trata de instalar la historia de vida digital, sino de implantarla y ahí el Estado tiene la palabra junto a la Administración responsable correspondiente y los empleados públicos que la atienden con la inteligencia pública digital suficiente.

Lo expuesto anteriormente es la Historia de Vida Digital de la Ciudadanía jamás contada, pero posible. Al tiempo.

Sevilla, 9/X/2018

Valor y precio de la cultura

GUERNICA

Todo necio confunde valor y precio
Antonio Machado, Proverbios y cantares (LXVIII)

He vivido recientemente tres historias tristes en relación con la cultura, que me hacen reflexionar y mucho sobre el aserto de Machado que encabeza estas líneas. Por orden cronológico, comencé esta escalada de desencanto cultural con las palabras de Pérez-Reverte en la presentación en París de su última obra, Sabotaje, donde dejó caer una frase que no era inocente, explicando algún contexto del protagonista de su obra, Falcó, en el café Les Deux Magots, donde entra tras una visita al estudio donde Pablo Picasso pintó el Guernica: “Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por muchísimo dinero”.

Como se suele decir en roman paladino, tan querido por Gonzalo de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…), noticias como esta intoxican, porque algo queda, dejando la sustitución del término que he elegido “intoxican” por el que cada uno conoce bien en su territorio hispano. Él sabe, mejor que nadie, que sus palabras no caen en saco roto y, en este caso, el impacto es importante porque el Guernica representa una muestra indeleble del daño causado a este país por la guerra civil y porque el contenido del cuadro que tantas veces he citado en este cuaderno digital no deja tranquilo a nadie. Ahí está su auténtico valor. Tengo que agradecer el artículo que publicó ayer el diario El País, La verdadera historia de lo que costó el ‘Guernica’ a la República, que deja bastantes cosas en su sitio. Recomiendo su lectura y la atención especial al mensaje de una voz autorizada en la materia, Josefina Alix: “A Picasso se le pagó el Guernica, y muy bien para la época, pero lo hizo porque le salió del alma, no por dinero”. Es verdad: todo necio, confunde valor y precio.

El segundo suceso, si es que lo puedo llamar así, me ocurrió en una de las sedes de FNAC aquí en Sevilla, la que vive sus últimas horas en la Avenida de la Constitución. Pedí que me orientaran sobre la localización de la obra de Jose Saramago y me preguntaron que si quería verla en “libro de bolsillo” o en “los normales” [sic]. Primero fuimos a la balda de libros de bolsillo y solo quedaban tres, quizá no lo más granado de su obra. Vivido el primer chasco, le pregunté sobre la obra “normal” de Saramago y amablemente me acompañó para localizarla. Cuál fue su/mi sorpresa cuando constató que no había un solo libro de Saramago entre los “normales”. Le comenté que me llamaba la atención porque el próximo lunes, 8 de octubre, se celebra el vigésimo aniversario de la concesión del Nobel al escritor portugués y consideraba que sus editores en España deberían haber cuidado la distribución de su obra, así como la presentación del libro que se ha editado recientemente para acompañar esta efeméride. Me comentó que eso es cuestión de FNAC en Madrid (como casi todo lo que sucede en Andalucía en la vertiente cultural y, especialmente, en la edición y presentación de libros). Salí de FNAC con una sensación muy triste porque era evidente que Saramago ya no interesa a las multinacionales de las letras. Es verdad, todo necio confunde valor y precio.

ISA-Noche-Blanco-2018

Tercer acontecimiento. Anoche se celebró la Noche en Blanco en Sevilla. Recibí una amable invitación de la Asociación Iniciativa Sevilla Abierta, porque se había preparado un acto público muy interesante para departir con editoriales cosmopolitas de raíces andaluzas: “Hombres y mujeres que están revitalizando la vida cultural de la capital andaluza desde la actividad editorial. Creadores desde Sevilla de editoriales con espíritu cosmopolita y no ombliguista, al igual que la gran cantidad de autores a los que publican, ya sean novelas, poemarios, ensayos, cuentos, aforismos, teatro, libros de historia, entre otros géneros […]”. Fue una velada literaria en la que participaron cuatro editoriales invitadas especialmente para este encuentro: Athenaica, El Paseo Editorial, Maclein y Parker, y Anantes. Estuve presente en las dos primeras presentaciones y la verdad es que los asistentes cabíamos como mucho en dos taxis y fue extraordinario conocer con detalle qué están haciendo estas editoriales en la actualidad con sede en Sevilla, pero abiertas al mundo, con un denominador común: falta de tejido industrial que fortalezca esta inmensa obra cultural editorial, con rasgos casi ciclópeos ante tanta desgana institucional, pública y asociada, donde podemos entrar todos. También, se palpaba la falta de reconocimiento popular, de los que llamamos lectores potenciales y manifiestos. Una experiencia inolvidable es que nos permitieron tocar “su obra”. Magnífico fondo y esfuerzo creativo compartido. Una vez más, sobrevolaba allí el aserto de Machado en Andalucía: todo necio, confunde valor y precio.

Volví a casa y no se me ocurrió mejor idea que leerme una y otra vez el discurso que pronunció Saramago en la ceremonia de la recepción del Premio, como antesala de lo que se recordará en el mundo de las letras el 8 de octubre. Ahora, pensé que debía compartirlo. Para no olvidarlo y que reproduzco al final de esta reflexión sentida, como participación simbólica como ciudadano de a pie, desde Sevilla, en la celebración de mañana, porque el Guernica, Saramago y las editoriales andaluzas citadas, merecen seguir contando con nuestro reconocimiento activo, no confundiendo una vez más el valor y el precio de la cultura.

Pido perdón si os pareció poco esto que para mí es todo.

DISCURSO DE JOSÉ SARAMAGO ANTE LA ACADEMIA SUECA

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.

Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.

Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.

Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: “José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera”. Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.

Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.

Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.

Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: “¿Y después?”. Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.

Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: “No hagas caso, en sueños no hay firmeza”.

Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.

Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”. No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.

Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.

La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. “Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.

Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas”. Y terminaba: “Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de África, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?”.

Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.

Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central.

También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.

De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada “Manual de pintura y caligrafía”, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces.

Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime.

Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de “Alzado del suelo” y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos.

No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las “Rimas” y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de “Os Lusíadas”, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.

Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de “Sobolos rios”. Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada “Que farei con este livro?” (“¿Qué haré con este libro?”), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: “¿Qué haréis con este libro?”. Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo.

Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. Él se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra.

Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío.

Los sonidos que estamos oyendo son del clavicordio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del “Memorial del convento”, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: “Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo”. Que así sea.

De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre.

Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde “El año de la muerte de Ricardo Reis” comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista – “Atena” era el título – en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis.

No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis (“Para ser grande sé inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes”), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: “Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo”. Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las “Odas” algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: “He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría”.

“El año de la muerte de Ricardo Reis” terminaba con unas palabras melancólicas: “Aquí donde el mar acabó y la tierra espera”. Por tanto, no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo, mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro.

Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí – “La balsa de piedra” – separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, “masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales”, camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.

Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir, Europa finalmente como ética. Los personajes de “La balsa de piedra” – dos mujeres, tres hombres y un perro – viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en “La balsa de piedra” hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría “História do Cerco de Lisboa”, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un “sí” un “no”, subvirtiendo la autoridad de las “verdades históricas”.

Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: “Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura.

La historia también. La historia, sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato o, dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era.

Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas.

Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí.

Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor”. Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.

Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir “El Evangelio según Jesucristo”. Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del “Nuevo Testamento” a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.

Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia.

Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuentas con el mundo.

“El Evangelio” del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: “Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”, refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en esa última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró.

Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: “La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba”.

Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló “In Nomine Dei”. Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar.

Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían.

La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos. El aprendiz pensó “Estamos ciegos”, y se sentó a escribir el “Ensayo sobre la ceguera” para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante.

Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama “Todos los nombres”. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos. Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

Sevilla, 6/X/2018

Ayer, cuando Aznavour era joven

Charles Aznavour, una voz que ocupa un lugar muy destacado en la banda sonora de mi vida, se fue a su cielo el lunes pasado, recordando paradójicamente que ayer, cuando era joven, tenía ganas de cantar, cumplía sueños, aunque el tiempo, durante su matusalénica edad (según Benedetti), 94 años, había convertido en ruinas las torres que había elevado a lo largo de su existencia, con un hilo conductor que le acompañó siempre: ¡que continúe el espectáculo!

Es asombroso conocer que su último concierto fue en el NHK Hall en Osaka, Japón, el 19 de septiembre pasado. Ahora, unos días después, vuelvo a escucharle con su español pausado, en una canción, Ayer, cuando era joven, que aplica el principio de realidad, la de una vida que se apaga hasta que el espectáculo lo permite, porque él siempre continuaba caminando como si no pasara nada.

El ayer lejano ya en cada amanecer, gozaba el despertar, vivía sin contar
las horas que se van, tenía juventud
y ganas de cantar, el tiempo se llevó
los sueños que forjé, en ruinas convirtió
las torres que elevé, negándome la luz y el fuego de mi ser, cegando sin piedad la ilusión que sembré.

En mi ayer la realidad me hacía malgastar
mi alegre juventud, estaba confundido
y hasta me creí que el ritmo del reloj
era más lento para mí, andaba sin volver la vista para atrás, mi lema era vencer y nunca claudicar, seguir los dictados
de mi corazón, mi sola voluntad primero y siempre yo.

El ayer lejano está y yo pienso que tal vez
no supe aprovechar el tiempo que se fue
los años que perdí, mas hoy soledad solo
queda en mí, la llama del amor he visto consumir, mi última amistad se niega a proseguir, no por donde andar no tengo a donde ir, ni mano que estrechar, ni puerta en que pedir.

Hoy todo terminó, que lejos queda ya la fe en el porvenir y en la felicidad, recuerdos del ayer, ardiente juventud que ya se fue.

Sevilla, 3/X/2018.

Colas de cometas

Conocí de cerca a María Teresa León durante mi estancia en Roma en 1976 y 1977, cuando vivía junto a Rafael Alberti en Via Garibaldi 88, en el Trastévere, no a ella directamente sino a la persona que la cuidaba en los primeros atisbos de la enfermedad que la alejaría después del mundo real. Supe de sus viajes en tren hacia Milán, para que atendieran su situación compleja. Aun así, tengo que reconocer que solo conocía bien a Alberti, siguiendo sus consejos en Roma, peligro para caminantes, pero María Teresa fue un descubrimiento que tardé muchos años en atender y leer con el detalle y respeto que mereció siempre.

María Teresa fue durante muchos años cola de cometa, como compañera de vida leal a Alberti: “En 1929 conoció a Alberti y dejó a su marido, con el que tenía dos hijos, para comenzar una relación con él. Se casarían en 1932, cuando el poeta ya era una de las figuras estelares de la Generación del 27 con poemarios como Marinero en tierra y Sobre los ángeles. Eso hizo también que León diera un paso atrás. “Ella siempre lo dijo: se consideraba cola de cometa. Adoraba a Alberti y pensaba que era un genio absoluto y se puso detrás. Si había que priorizar una carrera, fue la de él, comenta Arcas [Luz Arcas, coreógrafa de la obra]“(1).

UNA GRAN EMOCION POLITICA

Del 26 al 30 de septiembre pasados se ha presentado en el Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional, en Madrid, la obra Una gran emoción política, como homenaje a María Teresa León, autora a la que siempre he manifestado un profundo respeto, en la que participan doce bailarines acompañados por música en directo del folclore tradicional. Está basada en Memoria de la melancolía, un libro autobiográfico que comenzó a escribir durante su exilio en Roma en los años sesenta, como protagonista directa de una historia cargada de recuerdos de lo vivo y lejano. El olvido de su vida y obra en este país ha sido memorable y ya he contado en este cuaderno digital una anécdota de su memoria de la melancolía que viví en primera persona y que tengo grabada en mi alma de secreto para siempre.

Sucedió en una gran superficie localizada en Sevilla capital. Había ofertas de libros con precios de saldo y cerca de la caja donde me situé para pagar me encontré con una torre de diez libros iguales de María Teresa, Memorias de la melancolía, a un euro el ejemplar como precio de saldo. Los compré todos con gran asombro de la cajera que, entre productos frescos de diverso origen, se encontró de pronto con diez libros iguales, una mercancía casi desconocida, sobre los que me pidió una sencilla explicación por aquella forma de proceder. No conocía a la autora y aproveché para explicarle quién era y la melancolía que me producía verla en aquella situación. Fue una operación rescate in extremis como pequeño homenaje de respeto y para sacarla del olvido. A día de hoy, solo conservo un ejemplar, porque los nueve restantes los regalé a personas que aprecio y que saben tratar bien a María Teresa. Es verdad, salvando las distancias obviamente, que se volvió a reproducir en mí una memoria de la melancolía. Como la que se ha ofrecido recientemente en Madrid, aunque con letra grande, con gran emoción política en los tiempos que corren.

Otra mujer extraordinaria, Zenobia Camprubí, compañera inseparable de Juan Ramón Jiménez, fue también cola de cometa. Zenobia vivió con dedicación plena a Juan Ramón. Cuando se publicó en 2006 el tercer tomo de su Diario, y tal como manifestaba Andrés Trapiello, en el suplemento Babelia de El País, de 7/X/2006, nos podíamos acercar “[…] ante una obra donde no cabe mayor seriedad: han sido dictados por la consciencia y por la paciencia, es decir, por un pensar y un padecer únicos y muy hondos”. Sigue siendo, al igual que María Teresa León, una gran desconocida para el gran público porque todos los honores se los llevó siempre Juan Ramón, como le ocurrió a María Teresa con Alberti, pero la lectura de sus obras diarias nos permite recuperar la autenticidad y grandiosidad de estas mujeres cultas, inteligentes, sensibles, compañeras, amiga y, en el caso de Zenobia, enfermera sempiterna de “su único hijo, Juan Ramón”, en un amor correspondido a su manera y que se traduce con exactitud existencial en su dedicatoria a los diarios: “A Zenobia de mi alma, que la adoró como la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”. Como Rafael dedicaba con amor pasional su obra a María Teresa.

Ahí está la clave de ser colas de cometas, algo que sucedió a muchas mujeres en una de las dos Españas que nos helaba siempre el corazón. Al buen entendedor de olvidos, con pocas palabras basta. Ellas, hoy, lo merecen todo, en letra grande, con emoción política y con la dignidad de la memoria histórica que merecen. Con melancolía.

Sevilla, 1/X/2018

(1) https://www.eldiario.es/cultura/teatro/Maria-Teresa-Leon-memoria-historica_0_818568910.html

 

Hayat, Verdad

La tinta de la esperanza se ha secado. Que el destino escriba lo que quiera

Hayat Belkacem, en su perfil de Facebook

Hayat (verdad) era el nombre paradójico de la joven marroquí de 19 años que murió acribillada por disparos hacia su patera por parte de la Marina Real de Marruecos, cerca de Tetuán, el pasado 25 de septiembre. Otra noticia más sobre emigrantes que pasan sin pena ni gloria. A pesar de esta realidad inexorable, he leído un artículo muy descriptivo sobre la intrahistoria verdadera de Hayat Belkacem que me ha conmovido, porque una vez más traduce el dramatismo de personas que buscan un mundo diferente comenzando un viaje hacia lo desconocido en España, a través de mafias especializadas en la desgracia humana. En este caso, además, con dos españoles al frente de la desgraciada travesía abortada en la costa marroquí.

Hayat estudiaba Derecho en una Universidad cerca de Tetuán y alternaba sus estudios con diversos trabajos de cuidadora de niños y costura para ayudar a la familia. Basta leer con atención el artículo citado para comprender el sufrimiento individual y colectivo de sus padres y hermanos. Esta es la otra cara desconocida que justifica la imperiosa necesidad de salir de un entorno poco propicio para alcanzar objetivos legítimos de dignidad en todos los ámbitos de proyección posibles.

Hayat ha sido noticia durante unas horas, pero la terrible realidad de pobreza en su país seguirá alimentando ilusiones legítimas para aspirar a hacer algo más que ver pasar la vida a muy bajo precio sentados en aceras de indignidad. La verdad que encierra su nombre y su vida debe ser motivo más que suficiente para hacernos reflexionar con com-pasión [sic] (sentimiento y lástima que tenemos por el mal de otros) y comprender la llegada de pateras a nuestro país mientras que no se lleguen a acuerdos con el Reino de Marruecos, por ejemplo, para mejorar su situación social tan deprimente en áreas específicas. El 20% de los inmigrantes irregulares que han llegado a las costas andaluzas en lo que va de año, es de procedencia marroquí y las cifras aumentarán de aquí a fin de año. Mohamed Benaisa, director del Observatorio del Norte por los Derechos del Hombre, lo ha manifestado recientemente: “El problema de estos jóvenes es que ellos no tienen ninguna perspectiva de futuro. No hay ningún incentivo, nada que les haga pensar que después de sacrificarse varios años van a vivir mejor que ahora”. La vida, para ellos, no vale absolutamente nada si se queda en su país.

Siento algo parecido a estar solos ante el peligro del mar abierto, en el espacio que separa dos orillas muy próximas a nosotros en Sevilla, las de Tánger y Tarifa, en un mar salpicado de muertes y desengaños de los que buscan un mundo diferente, lejos de la miseria y el dolor que generan la pobreza extrema, las guerras muchas veces fratricidas y la persecución por razón de creencia o religión. Hoy, también, tan cerca y tan lejos de Tetuán.

Conozco a un migrante marroquí que vive aquí en Sevilla, al que admiro a través de arte plástica, porque nos entrega dignidad a raudales.  Su historia es la de un niño marroquí que dejó un día ya lejano sus zapatos en aquella orilla y quiso navegar hacia la libertad sin olvidar nunca su pasado, su tierra y su parentela, con un mensaje claro de revolución activa, dándole una vuelta a la forma de ser y estar muchas personas en el mundo propio y de los demás. Para que él y su pueblo puedan estar arriba en un tiempo próximo después de años de estar abajo, dejando de ser alfombra roja de los poderosos. Y me ha emocionado saber que gracias a personas como él podemos confiar tal día como hoy en que otro mundo aún es posible. Todo un ejemplo.

En el contexto actual, el destino ha escrito de forma terrible en la vida de Hayat. Es verdad, la tinta de la esperanza a veces se seca.

Sevilla, 30/IX/2018

El panal honrado

PANAL DE ABEJAS1

Estamos asistiendo a un ataque en toda regla al Estado de Derecho por parte de miembros muy activos que viven en las cloacas del Estado, junto con asociados políticos temporales que se mueven ahí como peces en el agua sucia. Es lo peor que le puede pasar a un Estado digno si no actuamos ya, porque los hijos de las tinieblas suelen ser más sagaces que los hijos de la luz, como lo ha comprendido el ser humano a lo largo de los siglos. Como no pertenezco al Club de la Indignidad, Mediocridad, Tibieza y Tristeza, en permanente saturación de socios, rescato hoy un artículo que escribí hace ocho años, Vicios privados, públicas virtudes, porque tengo grabado en mi mente cómo pedimos para los demás públicas virtudes cuando estamos inmersos en vicios privados de todo tipo. Unos y unas más que otros y otras, que de todo hay en la viña del Señor.

Exigimos ahora un Consejo de Ministros y Ministras que sea un panal honrado, inmaculado, sin mancha alguna pública o privada, cansados por hartazgo de tanta corrupción psíquica, física y social, que hace estragos en democracia, pero no me resisto a seguir defendiendo a capa y espada la honradez de miles de personas que ejercen la política dignamente, aunque la condición humana, que no me es ajena, se aproxima con demasiada frecuencia a estos precipicios de indignidad. Todas las personas que ejercen la política, no son iguales. No hace falta dar nombres, porque nos hemos quedado con la cara de los que ocupan el desgraciado ranking de la indignidad. Pero necesitamos protegernos de este maremoto político por olas de corrupción que nos sobrepasan en el acontecer diario, para poder vivir instalados en el principio de confianza que merece el Gobierno actual hasta que no se demuestre lo contario, poniendo en su sitio al gansterismo político y social que nos rodea.

Vuelvo a publicar aquellas palabras, a las que no quito punto o coma de la época en que se escribió, porque es también lo que sucede en la actual, salvando lo que haya que salvar. La última frase, mezcla de enigma y desasosiego social, sigue teniendo gran valor en el momento actual: “Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Bernardo de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado“.

Al fin y al cabo, muchas personas acaban mirando sin pestañear a la mujer del César.

Sevilla, 28/IX/2018

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VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES

Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como microacto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no que pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad.

Un gran panal, atiborrado de abejas
que vivían con lujo y comodidad,
mas que gozaba fama por sus leyes
y numerosos enjambres precoces,
estaba considerado el gran vivero
de las ciencias y la industria.

Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones

Desde la ventana del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits (La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):

… empeñados por millones en satisfacerse
mutuamente la lujuria y vanidad.
… Los abogados, cuyo arte se basa
en crear litigios y discordar los casos,
… Deliberadamente demoraban las audiencias,
para echar mano a los honorarios;
… Los médicos valoraban la riqueza y la fama
más que la salud del paciente marchito
… Y la misma Justicia, célebre por su equidad,
aunque ciega, no carecía de tacto;
su mano izquierda, que debía sostener la balanza,
a menudo la dejaba caer, sobornada con oro
… El curioso resultado es que mientras
cada parte estaba llena de vicios,
sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.

Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez»!, traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta, no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo.

Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:

Pero, ¡oh, dioses, qué consternación!
¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio!
Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio,
porque ya muy a gusto pagaban los deudores.
… Quienes no tenían razón enmudecieron,
… con lo cual nada podía medrar menos
que los abogados en un panal honrado.
… La Justicia, no siendo ya requerida su presencia,
con su séquito y pompa se marchó.
Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas,
luego los carceleros, torneros y guardianes.
… Todos los ineptos, o quienes sabían
que sus servicios no eran indispensables se marcharon;
no había ya ocupación para tantos.
… ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved
cómo concuerdan honradez y comercio!

Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

Sevilla, 11/IV/2010

(1) García-Trevijano, Carmen (1994). El reverso de la utopía. Actualidad de «la fabula de las abejas» de Bernardo de Mandeville. Psicología Política, 9, 7-20.

NOTA: La imagen utilizada en este post fue recuperada el 10 de abril de 2010 de: http://www.infoagro.com/noticias/2008/5/1458_agricultura_abre_plazo_solicitar_ayudas_al_fomento.asp