Todo se discontinúa, nada permanece

DISCONTINUAR

En el mundo digital existe un enemigo público número 1 que se denomina “discontinuar”, es decir, se rompe o interrumpe la continuación de algo o lo que es lo mismo, el software de un teléfono móvil “se discontinúa” y ya no va ser posible actualizarlo o el “hardware” se discontinúa y ya no puede soportar las actualizaciones del software necesarias para seguir utilizándolo con la seguridad necesaria o con las prestaciones que requiere la nueva actualización. O Trump decide que Google no dé soporte alguno a Huawei, ni de software ni de hardware, “discontinuando” su colaboración no inocente por cierto. Tanto monta, monta tanto, desde la perspectiva digital de mercado. En mi etapa de directivo de estrategias digitales, me daba pánico escuchar la posible “discontinuidad” de un sistema operativo o de una plataforma tecnológica, por los daños colaterales gravísimos que podían ocasionar a personas, bienes y servicios públicos, afectando de forma directa al interés general de las personas.

El apetito insaciable de las multinacionales de amplio espectro, entre las que destacan las de telefonía móvil, programa la obsolescencia de sus aparatos discontinuando todo lo que se mueve para llevar al consumidor al síndrome de la última versión porque lo que me servía ayer deja de serlo porque se discontinúa todo. Apple ha lanzado ya un aviso para navegantes digitales con la nueva versión de su sistema operativo iOS, el 13, porque ya no se podrán actualizar los iPhone SE, iPhone 6 y iPhone 5S, llamando la atención, sobre todo, el caso del modelo SE porque ¡solo tiene tres años de antigüedad! La palabra temida campa a sus anchas en el mercado tecnológico, es decir, se discontinúan a partir de la nueva versión del sistema operativo, con el mágico número 13, metiendo a todo el mundo el miedo en el cuerpo o en la mente, que no es lo mismo.

Algo habrá que hacer ante esta locura digital y todo pasaría por garantizar un periodo de tiempo razonable en el uso y consumo de los teléfonos móviles y de aparatos y sistemas operativos que llevan embebidos. El síndrome de la última versión ya está aquí hace años y ha venido para instalarse en nuestras vidas gracias a la discontinuidad tecnológica. Cuando era pequeño se cantaba en mi casa una canción que llevaba por título “Todos queremos más”, cuya letra la tengo grabada en estos tiempos de discontinuidad absoluta, porque no solo los aparatos electrónicos, sino en casi todo y en todos los tiempos posibles se conjuga el verbo discontinuar, permaneciendo casi nada: Todos queremos más / todos queremos más / todos queremos más / y más y más y mucho más. / El pobre quiere más / el rico mucho más / y nadie con su suerte / se quiere conformar. […] La vida es interés / el mundo es ambición / pero no hay que olvidarse / que uno tiene un corazón. La suerte “tecnológica”, por supuesto, porque todos “queremos más tecnología” y cuanto más moderna mejor.

Si Heráclito de Éfeso levantara la cabeza comprendería perfectamente el argumento expuesto, pero sorprendiéndose por la situación actual de discontinuidad de todo lo que se mueve, llevándose las manos a la cabeza, porque su aserto “Todo fluye, nada permanece”, no estaba expuesto para dañar la vida de las personas sino para que se comprendiera el secreto de la evolución de las especies y el necesario desarrollo que surge cuando tenemos visión de amplio espectro en la vida.

El que quiera entender que entienda en el contexto tecnológico actual. Estamos avisados por la Historia y por Trump con sus últimas veleidades tecnológicas del proteccionismo tecnológico americano representado en estos momentos por el Dios Google ante el gigante chino de nombre Huawei, aunque recuerdo siempre a Mercedes Sosa, afortunadamente, cantando en Todo cambia que Cambia el rumbo el caminante / Aunque esto le cause daño / Y así como todo cambia / Que yo cambie no es extraño. No es lo mismo, no es lo mismo.

Mientras, repaso el presente de indicativo del verbo “discontinuar”, según la Real Academia Española, para ver si me afecta algo en cada uno de sus tiempos de conjugación.

Sevilla, 22/V/2019

 

¡Busquen a un niño o a una niña en el Congreso!

Hoy es un día muy importante para la democracia de este país, al constituirse el Congreso de los Diputados en su XIII Legislatura y vuelvo a recordar algo que aprendí hace ya muchos años de unas palabras de Nicholas Negroponte, en un libro de consultoría en estrategia digital (1) que me ha acompañado durante años de vida profesional, porque necesitamos a los niños y a las niñas para solucionar problemas complejos de la vida: “Mi consejo para cualquier directivo no-digital (es decir, la mayoría de los directivos actuales) es que no deben tener en cuenta a su departamento de informática y lo que deben hacer es “contratar a un niño”. Lo decía en 1998 en referencia a que el mundo tecnológico lo iban a dirigir en un futuro no lejano los niños porque influyen en el mercado, marcan tendencias y en última instancia “tenemos que aprender de ellos”.

La cita del libro citado anteriormente, que me regalaron en una magnífica conferencia de Punset a la que asistí hace ya muchos años, la he asociado siempre a la genialidad de Groucho Marx, en aquella frase gloriosa en Sopa de ganso en una reunión memorable de la Cámara de Diputados de Freedonia: “¡Hasta un crío de cuatro años sería capaz de entender esto!… Búsqueme un crío de cuatro años, a mí me parece chino“. Es lo que tendría que gritar hoy la gente rodeando el Congreso de los Diputados, porque están obligatoriamente obligados a entenderse, cuando les parece chino el diálogo de sordos en el que están instalados en el multipartidismo político. La situación política de este país les debería llevar a comprender que el resultado de las urnas es un mandato explícito para que se busquen acuerdos de gobierno y legislatura que… hasta un niño o una niña de cuatro años son capaces de entenderlo.

Sevilla, 21/V/2019

(1) Downes, Larry y Mui, Chunka (1999). Aplicaciones asesinas. Estrategias digitales para dominar el mercado. Harvard Business School Press: Boston (Massachusetts). El título, que se antoja como imposible, ha intentado respetar el del original en inglés, aunque hubiera sido más correcto el de Desarrollos devastadores. Recomiendo consultar el constructo “aplicación asesina” (killer app) en el mundo digital, para comprender bien su significado exacto.

La niña celeste

NINA CELESTE

Cuenta Mario Satz en su libro El alfabeto alado (1), que Pitágoras tuvo un espejo egipcio de bronce que le había regalado un sacerdote de Isis, a orillas del Nilo, tras decirle: el espejo es el reflejo de la luz, la luz un fluido espejo que viaja en pos de identidades. Aquello era un mensaje programático de lo que le sucedería tiempo después cuando una mariposa niña celeste se posó en el cristal del espejo creyendo que era una lámina quieta de agua: “De un azul pálido pero vivo, la cara superior del insecto fue para Pitágoras un relámpago del cielo, un resplandor de mediodías pulidos por el viento, mientras que la inferior, con sus muescas y sus puntos, de un color pardo y gris, le pareció la tierra misma, plural, múltiple, opaca y vasta”. Pitágoras se acercó para verla mejor y en un abrir y cerrar de sus alas “aceptó que así vive el ser humano, con frecuencia ignorante de que su parte superior mira la profundidad de su origen y la inferior la superficie de su fin”.

He recordado cuando era niño y cazaba, desgraciadamente, mariposas, casi todas blancas, que si las veía volar era un presagio de que cuando volviera a casa me encontraría una carta. No vi nunca a esa niña celeste, ni tuve espejos donde posarse, pero pasaba horas con mi cazamariposas de red verde buscando mensajes ocultos en las alas de aquellas frágiles danzarinas con trajes de fiesta, que me dejaban en los dedos un polvillo que me maravillaba mantener intacto hasta volver a casa. Es como si buscara desesperadamente un mensaje en sus alas, imposible de descifrar, aunque fuera verdad que aquel día de caza había asegurado recibir una carta, porque las había visto de color blanco como la nieve.

Pitágoras tenía razón. En aquel momento, en el que yo era tan solo un niño, ignoraba que aquellas mariposas blancas, de cuyo nombre no recuerdo nada, me permitían mirar la profundidad del origen de mis sueños con mis ojos, mientras que, con mis pies, corriendo tras ellas, solo quería retenerlas en una cárcel absurda aquí en la tierra. Lo que no sabía tampoco es que a Pitágoras le había ocurrido lo mismo, un día ya muy lejano, al ver una niña celeste posada en su espejo egipcio de bronce.

Sevilla, 20/V/2019

NOTA: la imagen de la mariposa “niña celeste”, se ha recuperado hoy de http://www.ukbutterflies.co.uk/species_chart.php?family=Lycaenidae&stage=imago

(1) Satz, Mario (2019). El alfabeto alado. Madrid: Acantilado-Quaderns Crema.

 

 

El entusiasmo de los que tenemos el alma alada

ALMA ALADA

Desde que Manuel Rivas me orientó una lectura urgente para almas aladas, El alfabeto alado, tengo una deuda con él, porque algo me ha pasado que me recuerda con ardiente impaciencia que debo leer el libro de Mario Satz, mucho más cuando descubro un resumen apresurado del mismo, programático para almas entusiasmadas: “Entre el alma humana y las mariposas existe un estrecho parentesco: lo que en una es oscilación y ascenso en las otras es aleteo y color. Aristóteles fue el primero en acuñar la palabra psique para designar ese nexo, y, tras él, poetas y pintores representaron el alma alada, frágil e inasible pero hermosa. Hoy es la fotografía la que documenta la vida de estos espléndidos insectos, cuya milagrosa existencia muestra a su vez cuán volátil y extraordinaria es la vida humana. Breves e intensos, los relatos que Mario Satz reúne en este bellísimo libro dan cuenta de las aventuras y desventuras de esas joyas aladas que han dado lugar a tantos mitos, leyendas y fábulas dignos de ser recordados” (1).

Es verdad. En tiempos modernos es difícil reconocer el papel tan importante que juega la filosofía para comprender qué está pasando en el mundo actualmente. Mi alma alada de aprendiz de filósofo que hace camino al andar, me ha llevado a mi biblioteca de secreto para volver a leer un diálogo precioso de Platón, Fedro, a ver si soy capaz de entender este loco mundo en el que me ha tocado vivir. Y he localizado un pasaje que nunca he olvidado para comprender la locura de vivir entusiasmado, dentro del texto y contexto de la alegoría del carro alado, donde se explica que el alma humana es el auriga que tira de dos caballos, uno de ellos bueno y el otro, malo: “Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve. Podríamos entonces decir que se parece a una fuerza que. como si hubieran nacido juntos, lleva a una yunta alada y a su auriga. Pues bien, los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía un tronco de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen. Necesariamente. pues, nos resultará difícil y duro su manejo” (2).

En el contexto anterior es donde radica el significado profundo de Platón, al referirse al alma alada: “Por eso, es justo que solo la mente del filósofo sea alada, ya que, en su memoria y en la medida de lo posible, se encuentra aquello que siempre es y que hace que, por tenerlo delante, el dios sea divino. El varón, pues, que haga uso adecuado de tales recordatorios, iniciado en tales ceremonias perfectas, sólo él será perfecto. Apartado, así, de humanos menesteres y volcado a lo divino, es tachado por la gente como de perturbado, sin darse cuenta de que lo que está es “entusiasmado” (3).

Vivir entusiasmado es “estar en lo divino”, “estar poseído por alguna divinidad”, de acuerdo con la etimología griega del verbo “enthousiasmós”. Nuestro Diccionario de la Lengua Española, en su actualización de 2018, lo carga de sentido actual en las acepciones primera, segunda y tercera del lema “entusiasmo”: “1. m. Exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por algo que lo admire o cautive; 2. m. Adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño; 3. m. Inspiración divina de los poetas antiguos y de los profetas. Además, como soy un inconformista pleno con lo que ocurre en este mundo y no me gustan muchas cosas de lo que ocurre a diario en él, es decir, como me perturban muchas cosas de lo que pasa, sin saber por qué pasan muchas cosas, quiero recordar el sentido del “enamoramiento” de la vida junto a las personas que más amo, alzando el vuelo continuamente para ver más allá de mi pequeño micromundo, leyendo otra vez a Platón, en Fedro: “Y aquí es, precisamente, a donde viene a parar todo ese discurso sobre la cuarta forma de locura, aquella que se da cuando alguien contempla la belleza de este mundo, y, recordando la verdadera, le salen alas y, así alado, le entran deseos de alzar el vuelo, y no lográndolo, mira hacia arriba como si fuera un pájaro, olvidado de las de aquí abajo y dando ocasión a que se le tenga por loco. Así que, de todas las formas de «entusiasmo», es ésta la mejor de las mejores, tanto para el que la tiene, como para el que con ella se comunica; y al partícipe de esta manía, al amante de lo bello, se le llama enamorado” (4).

Vuelvo otra vez a mi hombre de secreto, que no el de todos, para reflexionar la frase que regaló en una ocasión el escritor Lobo Antunes en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), en noviembre de 2008, transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana, alada, que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas, entusiasmados con nuestras almas aladas.

Sevilla, 19/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://binged.it/2HpRw2j 

(1) http://www.acantilado.es/catalogo/el-alfabeto-alado/
(2) Platón (1986). Diálogos III (Fedón, Banquete, Fedro). Madrid: Gredos, p. 345.
(3) Platón, Ibidem, p. 352.
(4) Platón, Ibidem, p. 35

El rabioso tiempo real

RABIOSO TIEMPO REAL

El rabioso tiempo real es una locución que utilizábamos con frecuencia en mi dilatada experiencia directiva sobre estrategias públicas digitales. Sobre todo, en las estrategias de salud digital porque de lo que trata es de atender la vida de cada persona en situación de salud y enfermedad. Nos iba la vida, en su sentido más literal, en que todo funcionara a la perfección, el hardware y el software de la historia de salud digital y, obviamente, en las telecomunicaciones que pretendían salvar el rabioso tiempo real.

El adjetivo “rabioso” es de dudosa utilización en esta locución y siempre me ha llamado la atención, porque estaba convencido de que era una situación de “vehemencia” para que todo funcionara a la perfección y cuando se necesitaba, no tanto de las restantes explicaciones que recoge el Diccionario de la lengua española acerca del lema “rabioso”, en su actualización de 2018, de difícil encaje en esta interpretación de la locución digital expuesta: 1. adj. Que padece rabia. U. t. c. s.; 2. adj. Colérico, enojado, airado; 3. adj. Vehemente, excesivo, violento.

Me quedo con la acepción de vehemencia porque de lo que se trata es del tiempo real como la vida misma. Esta es una de las aportaciones maravillosas del mundo digital en el que vivimos, estamos y somos. No hablamos, por tanto, de tiempo que padece rabia, tiempo colérico, enojado, airado, excesivo o violento. Sí, de tiempo real, vehemente, porque nos va la vida en ello. Hoy queremos tener todas las cosas en el momento y véase la proliferación del mercado en Internet. Pero, si de lo que se trata es de nuestra vida, sobre todo en etapas de enfermedad, no tanto de salud, aunque nos preocupa que todo ocurra en el instante que necesitamos algo o alguien, el rabioso tiempo real es imprescindible que funcione a la perfección en el mundo digital. Existe inteligencia digital y tecnología más que suficientes para que lo podamos exigir a las autoridades políticas que gobiernen en cada momento. Es un problema de inversión y no tanto de gasto.

En el mundo digital en el que vivimos, en rabioso tiempo real, nos tenemos que enfrentar de una vez por todas a esta pregunta de rabiosa actualidad, si nos instalamos en el mundo de ciudadanos rabiosos, tal y como lo explicaba muy bien Mario Vargas Llosa en un artículo dedicado a los ciudadanos rabiosos, en el que explica el nacimiento de esta locución, Wutbürger, que quiere decir “ciudadano rabioso”. ¿Inversión o gasto digital? Ya lo escribí (con rabia digital, que también existe), en su momento, en este cuaderno digital, cuando dediqué una serie a la Política Digital de Estado: “Esta es la pregunta del millón de dólares para muchos descreídos digitales, que ya han resuelto determinados responsables TIC, políticos y técnicos, que aun conociendo la realidad digital en España miran para otro lado y con gran desparpajo vergonzante tienen respuesta a la misma: gasto y solo gasto. Pero esto no es así y no es verdad para los que conocemos la realidad del gasto público digital en España desde hace muchos años, porque es un clamor entre los profesionales del sector que en España se gasta mucho en soluciones digitales de software y, sobre todo, hardware, con una proliferación de chiringuitos digitales, porque no se toman medidas contundentes y claras para contenerlo con soluciones tecnológicas de reutilización de software y consolidación de centros de procesos de datos, por ejemplo, que supondrían ahora una inversión inicial pero que contendría el gasto a muy corto plazo”.

Para ello es necesario que de una vez por todas se eleven estas decisiones a rango de política digital (rabiosa) llevada a cabo por un Gobierno Digital fuerte, bien armado, con altura de miras y dependiente directamente de la presidencia del Gobierno, para abordar con carácter inmediato una revolución digital en este país, con altura de miras y que suponga un beneficio a corto plazo, tanto cualitativo, como cuantitativo, con una estrategia digital declarada con disposiciones de carácter sustantivo que se pueda proyectar luego en las Comunidades Autónomas que respeten en determinados artículos las peculiaridades de cada una, pero nunca permitiendo la falta de equidad en la accesibilidad digital a los recursos públicos.

Esta política digital acabaría con las tómbolas digitales de recursos financieros, subvenciones, Fondos FEDER, financiación de planes y proyectos sin mezcla de beneficio alguno, sin orden ni concierto en muchas ocasiones por controles políticos no inocentes, solo para exquisitos digitales o buscadores digitales de última hora, que no benefician ni buscan el interés general digital que debería perseguir su finalidad pública implícita. También con los miles de chiringuitos digitales montados e instalados, que no implantados, por todo el país, bajo el eslogan de que “a mí que no me llamen”, despreciando casi siempre el buen hacer digital de los otros. Otro gallo cantaría si pudiéramos conocer de una vez por todas los extraordinarios recursos digitales que ya existen tanto en software y hardware pagados con dinero público, de todo el país, y se pudiera disponer de ello a modo de Repositorio Común Digital, por imperativo legal y “rabioso”, por supuesto, no por mera discrecionalidad, con plena disponibilidad para las Administraciones Públicas, como está ya legislado de forma tímida todavía y que tan poco caso se le hace.

Tengo la respuesta muy clara a la pregunta formulada: inversión cualitativa y cuantitativa, inversión urgente para controlar urgentemente también el gasto digital actual. Si hubiera política digital administrada por un Gobierno Digital a nivel de Estado, con proyección legal a las Comunidades Autónomas que serían participantes activas en el desarrollo de esta nueva política, podríamos abordar con carácter inmediato una auditoría para conocer, una vez más con urgencia, la situación digital del país, desoladora por supuesto desde la perspectiva de gasto público nacional y territorial, para que se pudieran tomar medidas urgentes de contención del mismo en reutilización del software y consolidación masiva de infraestructuras digitales, por un efecto inversor inmediato que supondría taponar la hemorragia económica de gasto TIC que se está produciendo todos los días. Acciones que llevarían a clausurar de forma inmediata tómbolas y chiringuitos digitales extendidos por todo el país.

La catetez digital, que también existe, nos lleva a situaciones pintorescas de despreciar casi siempre lo que los demás hacen bien y con soluciones digitales a veces de más calidad que las nuestras. Pero nos puede la trinchera de la autonomía mal entendida y lo de los demás, en principio, es para no fiarse mucho. No digamos nada, si el Estado o esa Comunidad la preside otro partido político. Las TIC no son inocentes, pero permiten practicar ética digital de una gran calidad cuando garantizan la equidad en la accesibilidad a servicios públicos digitales a través de algo tan sencillo y al alcance toda la ciudadanía como un teléfono, instrumento revolucionario para obtener bienestar social o el mando a distancia del televisor inteligente. Eso sí, a precios razonables y que respondan al rabioso- tiempo real que nos rodea.

Sabemos, por desgracia, que todo necio digital, confunde hasta la saciedad, valor y precio. Ese es el auténtico problema de fondo del rabioso tiempo real como derecho ciudadano en el mundo digital. Todo lo dicho anteriormente, es de rabiosa actualidad, por supuesto. Está pasando y, a veces, no lo estamos viendo ni disfrutando porque algunos desprecian la atención pública digital al rabioso tiempo real de la vida y, sobre todo, aplicado al interés general de la ciudadanía en su intramundo de educación, salud y atención permanente a personas mayores, que se debería llevar a cabo con preferencia absoluta sobre el interés no inocente del mercado (digital. por supuesto).

Sevilla, 16/V/201

Se nos ha muerto, como del rayo, Alfredo Pérez Rubalcaba

ALFREDO PEREZ RUBALCABA

He dejado pasar unos días desde que tuve la primera noticia del ictus que sufrió el pasado miércoles Alfredo Pérez Rubalcaba y que finalmente no pudo superar. La verdad es que el país se ha volcado en el reconocimiento amable hacia una persona que fue casi todo en el partido socialista. Por algo será. No lo conocí personalmente, pero le he seguido atentamente, a lo largo de los años, en el camino político que hizo al andar sin volver la vista atrás. Hizo una política digna, amable, con las personas que comprendieron su forma de ser y estar en el mundo, humilde, sobre todo.

Del Ciudadano Alfredo recuerdo muchas cosas que me enseñaron a comprender la política como servicio al interés general de la ciudadanía por encima de todas las cosas. Él, mejor que nadie, conocía bien la química del ser humano, la condición humana según André Malraux. Porque el laboratorio de la vida le permitía entrar y salir diariamente en la sala de los microscopios del departamento de ética política.

Es muy normal y lo hemos podido presenciar en estos días de duelo, que los panegíricos afloran casi por ensalmo. Es muy común en la clase política realizar maniobras de aproximación a las personas que mueren en pleno ciclo vital y ensalzarlos cuando no lo hicieron en vida, incluso cuando los han maltratado de palabra y obra hasta límites insoportables. Llevo muy mal estos duelos vacíos y sin sentido. Pero la condición humana es así. Malraux lo dejó escrito.

Las personas que quiero saben que siempre comento la muerte como una pregunta en vida de muy difícil respuesta, como a otras cuestiones que nos ocupan y pre-ocupan [sic] todos los días. Ante esta situación siempre recuerdo la voz de la experiencia histórica de una persona de comunidad, de nombre Eclesiastés, que tuvo que enfrentarse al auténtico problema de la muerte, que en el fondo es un problema de cómo comprendemos y valoramos el tiempo. Y he encontrado en él una sabia respuesta ante la ausencia del compañero Alfredo.

En la vida hay tiempo para casi todo, porque todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, matar, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra, y paz. Ante este panorama complejo, cuando se aproxima la realidad de la muerte, todo se encierra en tres preguntas fundamentales sobre el factor tiempo en vida:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?

– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?

– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

No conocemos las respuestas, cuestión que nos deja solos ante el peligro de un mundo diseñado muchas veces por el enemigo. Para los que buscamos desesperadamente comprender estas ausencias sin el apoyo de Dios, el Eclesiastés nos dejó una clave maravillosa que enmarca una respuesta posible: caminar juntos buscando la felicidad y hablar de Alfredo con entusiasmo, de sus cosas, de su forma de hacer política, de su visión de Estado por encima de todas las cosas políticas, de cómo nos enseñó a amar por encima de todo, en su Cielo Político tan particular, incluso de forma que no todo el mundo comprende: “más valen dos personas que una sola, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo, pues si cayeren, una levantará a la otra; pero ¡ay de la persona sola que se cae!, que no tiene quien la levante. Si dos se acuestan, tienen calor; pero la persona sola ¿cómo se calentará?”. Todo es más sencillo así, porque la amistad entre personas que admiran la política y a los políticos honestos que hacen camino ético al andar, es como la cuerda de tres hilos, que no es fácil romper.

Sevilla, 12/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://aniversario.elpais.com/alfredo-perez-rubalcaba/

Las letras de las mariposas

BUTTERFLY ALPHABET

¡Despierta, despierta, / Mariposa dormida, Y seamos compañeros!
Matsuo Bashô, Primavera

No, no me he confundido, no me refiero a lo más conocido, su lengua o a sus trajes multicolores, sino a las letras del alfabeto que ha descubierto en sus alas el fotógrafo noruego Kjell Sandved, a lo largo de su vida profesional. Resulta que poco a poco fue descubriendo que en las alas de las mariposas que vuelan sobre el globo terráqueo, figuran todas las letras del abecedario latino y los diez números arábigos. Sí, sí, sorprendente pero real como la vida misma.

Lo he sabido por una masterclass de mi admirado escritor Manuel Rivas, en una columna sorprendente por su fondo y forma: El día de las mariposas, haciéndonos partícipes de sus sentimientos y emociones al leer el libro El alfabeto alado, de Mario Satz: “Mirando el microscopio, Kjell Sandved, naturalista y fotógrafo, descubrió la letra F en una de las alas de una mariposa nocturna tropical. Después de visitar muchos países y fotografiar miles de mariposas, consiguió completar el resto del alfabeto. En una Papilio de Nueva Guinea, de colores negro y amarillo, encontró la letra A. También en África, en la que llaman cola de golondrina, le apareció la C. Cómo no, la letra X la descubrió en México, estampada en verde iridiscente, en cada una de las cuatro alas de una mariposa nocturna”.

Ya conocía la morfología sorprendente de las mariposas, sobre todo por su lengua, que tanto sorprendió a Pardal, el protagonista de un cuento precioso de Manuel Rivas, La lengua de las mariposas, que luego fue llevado al cine con una interpretación extraordinaria de Fernando Fernán Gómez. Todavía recuerdo con emoción los planos finales de la película homónima, donde Fernando interpretaba de forma magistral el papel de D. Gregorio, el maestro entrañable de Moncho (Pardal o el niño gorrión), el niño asombrado por la forma en espiral de la lengua de las mariposas, maravillosos seres vivos que van siempre por el mundo volando con trajes de fiesta. Aquella cara con expresión entre admiración e inocencia ante lo que puede aparecer en la vida, aquella figura enroscada, sin tocarse, que el maestro republicano, dibujaba con tiza en la pizarra, todavía está alojada en mi memoria a largo plazo, con la suerte de que sé cómo localizarla y, si me apuran, hasta puedo discernir donde está alojada, quizá para siempre, en mi cerebro de secreto.

MONCHO PARDAL

Moncho, Pardal, en La lengua de las mariposas (1999)

Yo me imagino ahora a Pardal, con su maravillosa cara de asombro, buscando las letras de las mariposas hasta conformar el mejor alfabeto posible para entrelazar palabras queridas con la ayuda de Manuel Rivas, que cualquier día nos sorprende con un cuento sobre la quintaesencia de ese maravilloso alfabeto alado de las mariposas. Eso sí, siempre con sus trajes de fiesta donde, si lo investigamos, puede que incluso alguna especie lleve grabada en sus alas la palabra libertad.

Sevilla, 10/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://butterflyalphabet.com/posters/index.php?action=view&id=1

Nuréyev, un cuervo blanco

Rudolf Nuréyev volvió ayer a mi sala de baile cerebral. Tengo grabadas muchas horas con su forma de ejecutar hasta límites impredecibles de perfección, obras de ballet clásico en mi memoria de hipocampo, saltando de forma imposible sobre sí mismo y girando cuantas veces fuera necesario en interpretaciones prodigiosas. La película El bailarín, un título que empobrece mucho la presentación de esta obra dirigida por Ralph Fiennes, está centrada en la gira que el famoso ballet Kirov hizo por Europa, en 1961, comenzando por su estancia de cinco semanas en París y que propició la petición de asilo político de su gran figura Rudolf Nuréyev. Asimismo, asistimos al devenir personal y artístico del bailarín con una utilización intensiva de flashbacks para rescatar episodios que marcaron profundamente a Nuréyev desde el momento de su nacimiento en un tren, hecho que marcó también su vida como se puede observar en la película.

Es muy interesante la forma de transitar el director de la película sobre la intrahistoria de Nuréyev, centrada en su difícil niñez y su carrera artística hasta los veintitrés años, en un continuo sobresalto por su narcisismo e irreverencia hacia cualquier autoridad académica, política o profesional en el mundo del ballet. Me encantó acompañarlo en sus paseos no inocentes por la noche de París, en una búsqueda incesante de su razón de ser y existir. La contemplación de “La balsa de la Medusa” de Géricault en el Louvre, su relación con miembros del ballet francés, concretamente con Pierre Lacotte y también con Clara Saint, atormentada por la muerte en un accidente de automóvil de su novio Vincent, hijo del escritor y ministro de Cultura André Malraux, autor de la inolvidable La condición humana, explican bien el renacimiento de sus cenizas de Rudolf Nuréyev a una libertad sin límites. Más que cuervo blanco, era un ave fénix de sus cenizas de opresión política en un país con ideología no inocente.

Recordé inmediatamente a nuestro gran profesional de la danza clásica Nacho Duato, actual director del Ballet Mijáilovski de San Petersburgo, la antigua Leningrado. Creo que esta obra cinematográfica le traerá recuerdos de su flashback de la infancia, en la forma que nos recordó recientemente en un programa precioso, Prodigios, en el que abrió su persona de secreto para contar momentos dramáticos vividos en el seno de su familia y compañeros de colegio, por el simple hecho de ser un cuervo blanco en España: “Cuando te veo bailar, pienso lo joven que eres, y lo que dijiste el otro día de que quieres ganar para reivindicar el puesto del hombre en la danza, y cuando el otro día vi a tu padre, cómo te apoyaba… Yo que siempre he pasado un poco de todo y decía: bueno, si no viene mi padre es porque está muy ocupado. Pero ahora pienso… qué cosa más grande me he perdido. Sigue adelante porque sé que lo vas a conseguir. Qué suerte que hayas nacido en una España libre, una España democrática, y no la que me tocó vivir a mí. Enhorabuena”, dijo a Said el ganador del concurso Prodigios 2019, una gran promesa del ballet clásico en España. Para que no se olvide la intrahistoria reciente de este país, ni la de Duato y Nuréyev. Ni la de tantos cuervos blancos a los que nunca se les reconoció ni se les reconoce, en estos tiempos tan modernos, su extraordinaria valía por el simple hecho de ser diferentes del modelo común atribuido a los mal llamados “seres normales”.

Sevilla, 9/V/2019

Roger Federer quiere ser una persona corriente

ROGER FEDERER

Lo he leído hoy en una entrevista en el diario El País, respondiendo Federer a la siguiente pregunta del periodista “Si pudiera elegir ser otra persona, aunque solo fuera 24 horas, ¿quién le gustaría ser? ¿Una estrella de rock, un político, un sacerdote?: Yo quizás elegiría ser una persona corriente. ¿Cómo será una vida muy corriente? ¿Cómo vive una persona normal? Podría ser no solo un día, también me valdría una semana. El trabajo no tendría por qué ser algo maravilloso, algo que te inspire un montón, sino algo normal. Eso es lo que más busco para mi familia. Cuando vamos de gira en el circuito vivimos esta especie de bendita locura, que no es la realidad, y no debemos tomarla como tal. Hago un esfuerzo consciente por mi mujer y mis hijos, pero estaría bien ir a trabajar, y cuando terminase, volver con tu familia o si no la tienes, ir a tomarte una copa. ¿Cómo sería poder hacer eso? Me lo puedo imaginar, pero es algo que no me importaría probar”.

En el deporte se ha instalado una generación de personas con perfiles altivos y arrogantes, a las que solo contrarrestan otros deportistas, que también existen, como Federer, que respiran humildad por los cuatro costados. Desgraciadamente, muchos deportistas de élite son modelos no muy ejemplares a seguir por millones de personas, niños, niñas y jóvenes sobre todo, que solo ven en ellos el poder que proporciona el poderoso caballero don dinero, fácil, por supuesto. Admiro a las personas corrientes, a veces imprescindibles, necesarias y así lo escribí en un artículo el año pasado en el que elogiaba esta forma de ser y estar en el mundo, algo a lo que Federer aspira experimentar un día ya no muy lejano:

Algún día tenía que hacerlo, porque lo habitual es que hable en este cuaderno de personas y situaciones especiales. Hoy quiero dedicar unas palabras de alabanza a los miles de millones de personas corrientes, mejor que normales, que poblamos este planeta, a través de sus cualidades y méritos. Para ello he elegido una obra musical, Fanfarria para el hombre corriente, compuesta por Aaron Copland, porque simboliza algo muy especial: el canto a los grandes artífices de la vida diaria en paz, que la modelan con su anonimato activo, su trabajo cotidiano, su forma de ser y estar en el mundo, que es personal e intransferible, que corren con su vida a cuestas. Lo más grandioso estriba en que lo que hacen es único, singular, irrepetible, a pesar de ser corrientes. Tenemos que llegar hasta la acepción 10ª del Diccionario de la Lengua Española de la RAE para comprender bien qué significa ser corriente cuando aplicamos este adjetivo a personas: “dicho de una persona: De trato llano y familiar”.

Algo tiene esta Fanfarria cuando Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, la eligió como composición que abría siempre sus conciertos. Todavía podemos dar un paso más, porque es probable que sea más apropiado hablar de personas singulares, tal y como lo expliqué en un post que escribí en este cuaderno en 2015, Elogio de la singularidad, a través de un diálogo inolvidable extraído de una película encantadora, diferente, singular, necesaria. Requisitos para ser una persona normal, un canto a la ruptura de patrones sociales, que se sintetiza en un diálogo entre Alex, con síndrome de Down, y María de las Montañas, los dos hermanos protagonistas de una familia rota, en la búsqueda de identidad normal y verdadera:

– ¿Por qué quieres ser normal?, pregunta Álex a su hermana.
– Porque todo el mundo quiere serlo.
– Yo no, responde Alex.

Y el patrón de la normalidad se circunscribe, en el pequeño mundo de la protagonista, a cumplir con una lista convencional para el mercado de estar en el mundo, más que ser en él: tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida familiar y ser feliz. Se trata de ir tachando todos los ítems que engloban el estándar de la normalidad y que cuando se cumplen permite la integración de una persona en la sociedad. Si falla alguno, la sociedad te expulsa con una facilidad clamorosa. Peor aún, no te admite.

Creo que más que de personas normales o corrientes, deberíamos hablar también, mediante una conjunción, de personas singulares, porque es la realidad de lo que somos, dado que no nos repetimos (por ahora…). Cuando pretendemos ajustarnos a patrones, la experiencia suele ser nefasta, porque dejamos a un lado la inteligencia y la capacidad de hablar, como primeras señas de identidad humana que nos hacen ser personas y de identidad intransferible, por mucho que se empeñe la sociedad de mercado en pasarnos a todos por la máquina de conversión en personas-patrón-para-triunfar-en-el-mundo, empaquetándonos como producto expuesto para que lo compre el mejor postor en todos los ámbitos posibles. Pura mercancía que traspasa los límites de personas corrientes.

Además, con una uniformidad insoportable, porque el patrón de la normalidad pasa por tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones, vida de familia y felicidad, según el estándar de la sociedad en la que nace, se crece y se multiplica cada ser humano si puede. Tener, pero no ser. Ahí está la diferencia, en la singularidad que tan bien comprendía Alex, el protagonista de la película, porque es la única razón del corazón y de la razón que nos permite ser felices, que es el principal objetivo de la inteligencia en su misión posible de resolver problemas. Personas corrientes y singulares, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida, siendo personas corrientes, es decir, de trato llano y familiar [sic, según la RAE]. Impecable definición, mientras corremos con la vida a cuestas, porque miles de millones de personas somos corrientes y singulares. Afortunadamente. Quizá comprendamos ahora, mejor que nunca, el sentido de la Fanfarria para el hombre corriente, con la seriedad que imprime Jesús López Cobos a la orquesta, en un homenaje explícito a millones de personas que se esfuerzan a diario en ser personas corrientes y singulares. Para que siempre se les escuche en su silencio sonoro de paz y armonía.

Sevilla, 6/V/2019

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://www.theguardian.com/sport/2016/may/19/roger-federer-pulls-out-french-open

La luz malva de las seis de la tarde

LA HORA MALVA

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  Vivir para contarla, pág. 367

La lectura de un artículo publicado hoy en el diario El País, A la luz malva de las seis en Cartagena de Indias. En busca de los escenarios reales y literarios de Gabriel García Márquez en la ciudad colombiana, cinco años después de su muerte, me ha llevado de la mente y de la mano a unas palabras que dediqué en 2016, en este sentido, a mi querido maestro Gabriel García Márquez, en el segundo aniversario de su fallecimiento en Ciudad de México.

Vuelvo a leerlas detenidamente, porque me muevo fácilmente entre la hora malva tan querida por Gabo y la hora azul de todos los días, que tanto aprecio (aunque no es lo mismo…). Quizá porque tengo grabadas en mi alma de aprendiz de escritor las palabras que publiqué en aquel post de mayo de 2016, tan cercanas hoy.

La hora malva

El pasado sábado [21 de mayo de 2016] se celebró un acto conmemorativo del segundo aniversario del fallecimiento de Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias (Colombia), para recibir las cenizas del escritor, a su querida hora malva, porque allí nacería de nuevo un sentimiento de leer con pasión a Gabo, para que lo contáramos los que aún vivimos. Es curioso, porque vivimos a diario con el sobresalto de noticias que se generan en un mundo diseñado a veces por el enemigo y precisamente este sábado lo había recordado, sin conocer el encuentro citado, yendo del timbo al tambo de la vida de secreto, como tantas veces en mi caminar diario.

Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, me ha recordado también hoy la necesidad de volver a leer su prólogo de Doce cuentos peregrinos  -obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en nuestra “Isla Desconocida”-, una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos atómicos y digitales de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guión] de escribir apasionadamente para la Noosfera, resuenan sus palabras con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”.

Es verdad. Aquí estará listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales todavía atómicas hacen posible escribir la historia jamás contada de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, para garantizar que se camina en la búsqueda de asuntos importantes para la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la política del país, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

En la hora malva de Gabo, comprendo bien un mensaje implícito: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Por eso doy vueltas a mi corazón, a mis asuntos. Porque no todos vamos en el mismo barco, porque suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida”, una patera sin quilla pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. No es lo mismo, no es lo mismo…

Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea este post (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con él. Como me pasa a mí al escribirlo. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como ha hecho él en Cartagena de Indias. Como peregrino de la felicidad. De la vida. A la hora malva del alma.

Sevilla, 5/V/2019