Pajarracos y pajarillos

PAPAGENO3

Puerta de Papageno. Teatro sobre el río Viena / Marcos Cobeña Morián

Entre mis clásicos personales de lectura se encuentra el escritor Manuel Rivas. El domingo pasado publicó en El País Semanal una columna preciosa, El asesor del presidente, con un subtítulo atrevido en su enunciado no inocente: “¿Qué clase de aves anidan en La Moncloa? Los gorriones son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades”. Recomiendo su lectura porque con su maestría habitual desarrolla un mensaje conductor que no tiene desperdicio.

En tal sentido, me ha recordado unas palabras que escribí sobre este pajarillo tan amable, con un título muy cercano al canto que le dedicó Juan Manuel Serrat en un clásico popular, Tutearnos con las nubes, como un gorrión, donde abordaba el papel que podían jugar ciertos pájaros en nuestra vida, ya sean asesores o aves que nos susurran ciertos comportamientos al oído: “Siento un respeto especial hacia este pájaro tan diminuto, que he conocido bien a lo largo de mi vida. Desde el Parque del Retiro en Madrid, hasta el de María Luisa en Sevilla, es de los pocos pájaros que he distinguido bien en su alegre caminar, saltarín por excelencia y de una nobleza más que encomiable, porque se posa en tu mano con cierto descaro con solo ofrecerle una migaja de pan. Pero hay dos gorriones que me han marcado en mi vida, el de Serrat en su delicada canción Como un gorrión y el de Manuel Rivas en su precioso relato La lengua de las mariposas, a través de Pardal (gorrión, en gallego), un niño con ese nombre que llevo dentro de mi persona de secreto. Hasta que hoy he conocido a través de un fotoensayo de Juan Millás que los gorriones desaparecen y he sentido como si los gorriones a los que he querido especialmente fueran a desaparecer algún día también de mi vida interior: “Contrariamente a otras aves urbanas que en las plazas nos miran desde el desafecto, el gorrión tiene algo de hombrecillo emplumado que anhela nuestra suerte y forma de vida”.

Cuenta Manuel Rivas que el presidente de EE. UU., Thomas Jefferson, tenía en su despacho oval de la Casa Blanca un cenzontle o sinsonte al que llamaban Dick, citando una referencia de Jennifer Ackerman en su libro El ingenio de los pájaros: “Siempre que estaba solo, abría la jaula y dejaba que aquel pajarillo volara libremente por la estancia. Tras revolotear durante un rato de objeto en objeto, Dick se posaba sobre su escritorio y le regalaba las notas más dulces, o bien se posaba en su hombro y comía de sus labios”. De esta experiencia, salta Rivas a una afirmación inquietante: “No sé con quién se asesora el señor Rajoy. Uno de sus consejeros y redactor de discursos era Jorge ­Moragas, destinado ahora como representante de España ante la ONU, en Nueva York, donde quizá tenga la suerte de escuchar algún cenzontle. Tampoco sé qué clase de aves viven y anidan en La Moncloa. Seguro, eso sí, que hay algún gorrión. Según Louis Lefebvre, los gorriones son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades. Pero ¿quién escucha hoy en España a un gorrión?”.

Suelo contemplar de cerca a los gorriones y siempre los asocio a Pardal, el niño-gorrión de Manuel Rivas que estaba asombrado con su profesor republicano porque un día le dijo que podría ver la lengua de las mariposas con el microscopio que esperaban con ardiente impaciencia de los de la Instrucción Pública, “[…] una trompeta enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa”. Y aquel niño, como un gorrión, tuvo siempre envidia de las mariposas: “Qué maravilla. Ir por el mundo volando con esos trajes de fiesta…”. Así, ensimismado con la vida, hasta que un día el maestro, Don Gregorio, desaparece en una cordada de presos durante la guerra civil española, a los que incluso él insulta y tira piedras por el sinsentido de la vida, por tanto silencio cómplice que nos asola ¡Qué paradoja tan cercana!

Una vez más me retiro a mi rincón de pensar y escucho la canción de Serrat que tanto me aportó en mi vida joven, porque soy consciente, todavía hoy, que “nació libre como el viento, / no tiene amo ni patrón / y se mueve por instinto / como un gorrión”. Con el estribillo de la vida que cada uno pone a su verdad verdadera. La de Papageno, encantador de pájaros, sin ir más lejos o… sí, para tutearnos con las nubes mientras lo permita el cambio climático. Como un gorrión. Muchas veces he explicado en intervenciones públicas lo que cuento a continuación. Siempre me ha asombrado el papel de Papageno, el protagonista de una ópera especial de Mozart, La Flauta Mágica, por su profesión: encantador de pájaros y su simbología tan cercana a la vida, frente a la muerte tan propicia para la Reina de la Noche. Todavía recuerdo de mi viaje a Viena en 2007 la mirada de Papageno en su puerta del teatro sobre el río Viena (mi querido Teatro de barrio), sintiéndose cómplice del movimiento de la Secesión, a escasos metros de su deteriorada figura, cubierto de plumas y con su inseparable jaula para meter/sacar los pájaros encantados, sin saber nunca a qué tipo de pájaros –uccellaci o uccellini (pajarracos o pajarillos), protagonistas de la excelente película del mismo nombre, dirigida por Pier Paolo Pasolini- se estaba refiriendo en su larga andanza.

He recordado a este personaje tan entrañable, Papageno, como si fuera posible invitarle a rescatar hoy en su jaula a los gorriones en peligro de extinción, frente a los pajarracos o pajarillos que quizá asesoran ahora al presidente de nuestro país. Lo que de verdad preocupaba a Manuel Rivas en su columna habitual, porque los gorriones, según el científico Louis Lefebvre, “son los mejores estrategas en los procesos de adaptación y los más innovadores según las necesidades”. Necesarios o imprescindibles, según los queramos rescatar, escuchar o apreciar en su pequeñez extrema.

Sevilla, 9/II/2018

El ejemplo de Amaia Romero Arbizu

Este país necesita recuperar personas modélicas para aprender que es posible rescatar valores éticos ya perdidos. La vencedora de Operación Triunfo, Amaia Romero Arbizu, no “Amaia de España”, una chica de Pamplona de 19 años recién cumplidos, que viene siendo últimamente un ejemplo para millones de jóvenes de este país que encuentran en ella un modelo en el que fijarse, ha triunfado no para  ser reina por  un día sino porque viene trabajando en su sueño desde que era pequeña, con gran esfuerzo y perseverancia en relación con algo que ama por encima de muchas cosas: la música.

Ha demostrado a lo largo de tres meses que nada es fácil en un recorrido serio de competencia legítima concursal, porque el recorrido vital la avala desde el primer día. Es verdad que vive en Pamplona en un ecosistema muy cercano a la música, con varios miembros de la familia que viven dedicados a ella. Pero también es verdad que desde que era pequeña se ha formado día a día para conocer la música desde su esencia más pura y la ha llevado a estudiar mucho para cantar y tocar diversos instrumentos con una cierta predilección por el piano. Oírla cantar es una delicia porque se transforma en su interior para transmitir sentimientos y emociones.

Ha llegado la hora de desembarazarse del producto de Operación Triunfo. Es el momento de que no se convierta en mercancía su forma de ser y estar en el mundo. Leía recientemente que lo más importante para Amaia y para lo que representa para millones de jóvenes en España es el día después de su merecido triunfo y cuando salga definitivamente de la Academia: “Lo mejor que le puede pasar a Amaia es dejar de ser Amaia de España y ser algo mucho más importante: ser Amaia Romero. Es decir, lo mejor que le puede pasar a esa chica de sonrisa inocente y voz con duende es salir de Operación Triunfo. No ahora, que no puede, pero sí después, cuando el negocio quiera exprimirla y hacer de ella un producto. Lo mejor sería que rompiese con el molde y con esa mirada teledirigida del programa y se convirtiese en la artista que se intuye que lleva dentro” (1).

Las redes sociales la han encumbrado hasta lo más alto. Espero que sigan apoyándola para que no pierda su quintaesencia como persona humilde que se ha hecho a sí misma. La revolución digital tiene poderes fácticos que se necesitan para compartir éxitos humanos y porque llegan hasta los lugares más recónditos del país. Amaia merece el respeto de todos y que la ayudemos a triunfar en la vida en lo que más ama: la música, que sigue siendo después de muchos siglos una compañera en la alegría y un bálsamo muy eficaz en el dolor.

Personalmente, me ha servido su ejemplo para coger los autobuses de los lunes y asistir a mi clase de violín como si tuviera ahora, a mis setenta años, la ilusión del primer día. También, cuando aplico lo que he aprendido a la hora de tocar el piano y el clave. Sé que, si imito su perseverancia, llegará el día en que pueda interpretar el minueto de Bach (BWV Anh. 116) que ensayo con dificultad en la actualidad, con el encanto que Amaia es capaz de tocar los preludios de Chopin, que los he escuchado. Mejor todavía, cuando canta la nueva versión de Víctor Jara de su obra tan querida “Te recuerdo Amanda”, que tanto me enseñó el siglo pasado a estar siempre cerca de los más débiles. Porque Amaia, que reconoció en su momento que no conocía la canción, la interpreta como los ángeles porque lleva la revolución ética dentro de su alma. Es lo que hoy le agradezco, su gran ejemplo de vida dedicada por entero a lo que más ama.

Sevilla, 6/II/2018

(1) https://elpais.com/cultura/2018/01/24/television/1516823743_995958.html?rel=mas

El nuevo traje del emperador, según Anderson

Hagas lo que hagas, hazlo con cuidado

Alma, en El hilo invisible

Las personas enamoradas del cine estamos de enhorabuena con la llegada a las pantallas de este país de una película extraordinaria, El hilo invisible, que llena nuestra alma de interrogantes profundos sobre la llegada del amor a nuestras vidas, perturbándolas, transformándolas. Su director Paul Thomas Anderson, me recordó en todo momento que Andersen, el contador de cuentos, estaba detrás de su relato. ¿Quién no recuerda su famoso texto “El traje nuevo del emperador”?

La película es sorprendente porque de ella se puedan hacer muchas lecturas, pero hay un denominador común: el amor puede romper todo, para bien o para mal, depende siempre del color con el que se mire aquello que ocurre en las personas de secreto de quienes intervienen en el proceso de enamoramiento. El protagonista, interpretado magistralmente por Daniel Day-Lewis, es un modisto de alta costura para personas de alto copete, hace trajes a medida y a cada uno le asigna un proyecto de vida en sus dobladillos y entretelas, porque quizá conoce bien a quien lo va a llevar, posiblemente de cualquier forma, ignorando qué manos lo han confeccionado puntada a puntada. Alma, su espejo imperial, su musa y amante, lo lleva por derroteros desconocidos para alguien que como él controla todo a la perfección, incluso los sentimientos, convirtiéndose en una tejedora diferente, con verdad y alma.

He revisado mi biblioteca y he vuelto a abrir un libro al que tengo especial aprecio, ese cuento de Andersen, de idéntico título, El traje nuevo del emperador, pero interpretado y leído por actores que son amigos de Steven Spielberg, como ya expliqué en un artículo que escribí en este blog en 2009. He leído con atención la interpretación que del mismo hace la actriz Geena Davis, dedicado especialmente al espejo imperial:

Soy PERFECTO

No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.

Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.

Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona, pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.

Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato.

¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?

He comparado los dos relatos, el de la película de Anderson y el del cuento de Andersen, quedándome con el hilo invisible de los dos. Muchas veces, los tejedores más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean. Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño o una persona, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de ser otros, porque son los que de verdad creen en personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores y reinas, cosidos puntada a puntada por modistos o tejedores imparciales que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio.

Cuando ya he llegado al final de la película, me quedo con un mensaje de Alma a Reynolds Woodcock: hagas lo que hagas, hazlo con cuidado. No lo olvido.

Y colorín, colorado, este cuento sobre la realidad perturbadora del amor, todavía (afortunadamente) no se ha acabado…

Sevilla, 4/II/2018

La mejor librería

Anoche entregaron tres premios Goya 2018 a la “La librería”, como mejor película, dirección y guión adaptado. Junto a “Verano 1993” han sido dos películas a las que dediqué un sitio en este blog de inteligencia digital, porque fueron dos experiencias que quise compartir con las personas que hojean este cuaderno y hacen conmigo camino al andar digital. Vuelvo a publicar el post dedicado a “La librería”, disfrutando hoy de forma especial estos premios. Es un símbolo por los momentos especiales que están atravesando miles de mujeres del cine. Me alegra especialmente este reconocimiento porque en este país es importante que se valore el papel de la mujer premiada en el día a día. Al fin y al cabo es el mensaje que han intentado llevar a sus películas Carla Simón e Isabel Coixet, en las que una niña (en el caso de Verano 1993) y una mujer libre de prejuicios (en La librería), nos enseñan por caminos diferentes que otro mundo es posible para quienes piensan en libertad. Tres mujeres y una niña premiadas por enseñarnos a ser diferentes en un mundo diseñado a veces por el enemigo.

Sevilla, 4/II/2018

La librera

Hubo un momento en mi vida, de cuyo año quiero hoy acordarme, en el que soñé con poner una librería. Fue un momento ave fénix que recuerdo siempre con especial cuidado en mi memoria de hipocampo. No lo hice porque surgió otro sueño de compromiso social que me deslumbró y que hoy agradezco también, aunque ya he comentado muchas veces en este blog que me reconcilié con la ilusión de aquél giro copernicano y libresco cuando me reconocí en Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella, en las confidencias con su amigo Ferruccio, al comentarle que quería abrir una librería para ser feliz junto a otras dos razones de importancia extrema. Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella, cuando ayuda a resolver problemas del día a día. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica permanente del bien y del mal en la vida y, por último, sabiendo distinguir el norte del sur, porque éste también existe. Además, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta, hasta el último momento.

Traigo a colación esta reflexión porque ayer vi una película extraordinaria, La librería, dirigida por Isabel Coixet, que me trajo sentimientos y emociones muy gratas y llenas de recuerdos de aquel compromiso no cumplido. La experiencia de Florence, la librera, cumpliendo su sueño de abrir una librería, era luchar permanentemente y con coraje contra el enemigo enmascarado en personas que no soportan comprender que el mundo solo tiene interés cuando va hacia adelante. Mucho menos, si a alguien se le ocurre abordar iniciativas sobre placeres inútiles, como es leer y disfrutar con los libros queridos. Temen en el fondo que al leer se abra la inteligencia para comprender mejor qué significa ser y no tanto tener. En un momento de la película escuché una voz que recordaba algo esencial en la vida: la lectura es un alimento de primera necesidad.

La película me pareció impecable por la interpretación de los artistas invitados, su guion, escenarios, color, fotografía, mensajes explícitos y subliminales y, sobre todo, por sus silencios cuando solo hablaban las miradas y las manos, por ejemplo. Comprendí lo que un día no tuve la osadía de acometer como proyecto vital. Aunque también me di cuenta de que, a veces, hay que renunciar a determinados proyectos cuando los demás los hacen imposibles y embarcarse en la aventura de leer o navegar hacia islas desconocidas. La metáfora de Jose Saramago en su Cuento de la isla desconocida, es útil cuando ante el fenómeno de la hoja o pantalla en blanco, teniendo alguien la oportunidad de decir algo, esto sea diferente y sirva también para los demás. Es la única forma de abrir la Puerta del Compromiso, como nos recuerda el autor. Es lo que aprendí hace muchos años de Ítalo Calvino en su obra póstuma “Seis propuestas para el próximo milenio”: “…es un instante crucial, como cuando se empieza a escribir una novela… Es el instante de la elección: se nos ofrece la oportunidad de decirlo todo, de todos los modos posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial” (Ítalo Calvino, El arte de empezar y el arte de acabar).

Gracias, Isabel Coixet, por tu coraje y por indicarnos cómo se llega a esta isla…, desconocida hasta hoy.

Sevilla, 26/XI/2017

Carla Simón, Goya 2018

VERANO 93

Acaban de entregar a Carla Simón el premio Goya a la mejor dirección novel, como directora de una película preciosa, Verano 1993, sobre la que escribí el verano pasado unas páginas especiales en este cuaderno digital que busca siempre islas desconocidas, como esta pequeña gran obra de Carla. Verla fue para mí una experiencia maravillosa y ahora las reproduzco de nuevo como homenaje a Carla Simón y a todas las personas que como ella sufrieron la dureza del SIDA en una España que nos helaba por ello el corazón.

Sevilla, 3/II/2018

Verano 1952

Me pasa con los estrenos cinematográficos como con los bestseller, que no les hago mucho caso, quizá porque huyo siempre de las razones del mercado y me dejo guiar más por sentimientos y emociones que por las inexorables leyes de la oferta y la demanda preconizadas por el capital. Me ha pasado recientemente con una película, Verano 1993, una ópera prima de la directora Carla Simón, autobiográfica y que cuenta una historia real de cómo vive el duelo una niña de seis años, por la muerte de los padres afectados por SIDA. Todo lo que he leído y visto en relación con este estreno me ha parecido extraordinario, pero todavía no he visto la película, aunque creo que la siento ya desde los títulos de crédito.

Existe una historia de España, contemporánea con los primeros años de la transición, que todavía no se ha escrito con el rigor que merece y, probablemente, porque no es rentable contarla, en un país descreído y desagradecido con sus propios aciertos y fracasos. Me refiero en concreto a la tragedia que sufrió el país en la década de los ochenta del siglo pasado, por la adicción de muchos jóvenes a las drogas y la aparición sorprendente del fenómeno SIDA. Se cumplió la ley del péndulo de Schopenhauer y cuando creíamos que lo teníamos todo con la libertad por bandera, gracias a la Transición, apareció un fenómeno terrible que sembró de dolor el país afectando, sobre todo, a una generación y a sus familias más directas, que comenzaba a despertar de un pasado terrible.

Todos tenemos un verano especial en nuestras vidas. El mío comenzó en 1952, en Madrid, días antes de cumplir los cinco años, en una España que helaba el corazón de muchos demócratas. Habíamos vivido en casa la guerra y el duelo por la muerte de mi padre en 1947, con secuelas importantes por las heridas en acto de guerra, que había que digerir como Dios le diera a entender a cada uno. Por eso comprendo bien estos personajes de película, al reproducir, salvando lo que haya que salvar, que solo hay un camino para entender lo que humanamente no hay por dónde cogerlo. Se trata exclusivamente de recibir amor, para ir cerrando poco a poco las tres heridas que a veces envuelven nuestra existencia, que describió Miguel Hernández de forma mágica: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

Comprendo siempre por qué me atraen estas películas excelentes, incluso antes de verlas, porque como en este caso, su guion es lo más parecido a la vida real, a la vida misma. En el verano 2017, algunos, estamos obligatoriamente obligados a verla, aunque como decía el poeta malagueño Rafael Ballesteros, sigamos sin entender “si se me abre el grifo y sale una bala tras otra bala, si abro la puerta y se nos entra el fusilado y cierro y se me queda fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto y nada, si miro al muro y todavía distingo los boquetes”. Porque, es verdad, “De este mundo los dos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí [como Carla] obligatoriamente obligados a entenderlo”.

Sevilla, 29/VII/2017

NOTA: la imagen, un fotograma de la película “Verano 1993”, se ha recuperado hoy de https://www.espinof.com/trailers/verano-1993-cartel-y-trailer-de-la-opera-prima-de-carla-simon

14:57 horas

ALBATROS

Recuerdo con precisión de reloj suizo las esperas interminables de Gary Cooper y Kirk Douglas en escenas de cuenta atrás horaria que nunca he olvidado. Ahora, espero todos los días laborables la llegada de las 14:57 para escuchar el microespacio del periodista y escritor Juan Cruz, El revés y el derecho, en la Cadena SER, porque en menos de un minuto aprendo a vivir con mayor dignidad después de escuchar sus reflexiones. El título está tomado de la obra homónima de Albert Camus, en la que el autor expresa que su fuente de inspiración nació en este libro, “en este mundo de pobreza y de luz en el que he vivido tanto tiempo y cuyo recuerdo todavía me preserva de los dos peligros contrarios que amenazan a todo artista: el resentimiento y la satisfacción”.

Hace tan sólo unos días, a las 14:57:50, escuché con atención reverencial unas palabras de Juan Cruz dedicadas a un librero peruano de raza, Rodrigo Díaz, que después de dar una pequeña vuelta al mundo acabó comprando una librería (uno de mis sueños) en Ginebra a unos exiliados chilenos y donde había trabajado antes en la limpieza de la misma, con un nombre precioso, Albatros, que ya forma parte de la “Resistencia Mundial Librera”, que combate a favor de la lectura de lo que se escribe en español. Todo ocurrió gracias a un préstamo de la Banca Alternativa que no le pidió nada más que tener un proyecto, un sueño, sin más aval. Me parece asombrosa la aventura de Rodrigo, porque simboliza la imperiosa necesidad de que las librerías nazcan y subsistan dignamente porque son la garantía del conocimiento que nos hace más libres: “Albatros existe gracias a todas las personas amantes de la literatura y del proyecto cultural”.

Rodrigo cuenta en una entrevista que “La librería es el centro de encuentro de todos los enamorados de las letras, la música, teatro, cine etc. Esto me ha permitido conocer gente magnifica, regresar a mi casa, acostarme y seguir soñando con lo genial o emotiva que puede ser la vida.” (1). Impecable.

Vuelvo de mi corazón a mis asuntos y salgo del andén de espera vital donde siempre me acuerdo de relojes famosos. Hoy buscaré una vez más, a las 14:57 horas, las razones que todos deseamos tener para escudriñar mejor el revés y el derecho de nuestras vidas, solo ante el peligro y con el riesgo de que llegue a hora exacta el último tren de Gun Hill…, que siempre llega, gracias a personas que como Matt Morgan saben esperar horas interminables para levantarse ante el silencio cómplice de determinadas personas (todos no somos iguales) por la anticultura manifiesta del Estado. Es la razón de fondo por la que entiendo que exista la Resistencia Mundial Librera, de la que “Albatros” es un ejemplo o “Verbo“, en Sevilla, sin ir más lejos.

Sevilla, 31/I/2018

(1) https://librosnocturnidadyalevosia.com/libros/albatros-milagro-una-libreria-espanol-ginebra-luis-leon-barga/

Ha muerto Nicanor Parra, el poeta imaginario

Ayer falleció a los 103 años, en su querida tierra chilena, el antipoeta Nicanor Parra, al que dediqué en 2014 unas palabras en este cuaderno digital que busca islas desconocidas de compromiso activo, que vuelvo a publicar. Comprendo hoy, mejor que nunca, las palabras que un día ya lejano, dando gracias a la vida, le dedicó a su hermana Violeta Parra, cuando falleció en 1967:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Hago mías estas palabras en un día triste para el mundo de la libertad viva. Es lo que le pido también a Nicanor Parra en la montaña rusa en la que siempre estuvo instalado, dando gracias a la vida, que nos ha dado tanto.

Sevilla, 24/I/2018

HAGAMOS UN AGOSTO DIFERENTE (IX) Un poeta imaginario: Nicanor Parra

Culmino hoy esta serie dedicada a un mes especial, que he querido tratar de forma diferente. Agosto es siempre una oportunidad de descanso activo para muchas personas, mientras otras lo aprovechan en sus negocios buscando que sea también especial, haciendo probablemente su agosto particular. He pretendido a través de estos post resaltar sobre todo lo que hacen algunas personas en Agosto, o lo que han hecho, aportando vidas ejemplares desde diversas ópticas de interpretación de lo que merece la pena destacar en la rutina diaria, resaltando la importancia del aprendizaje de personas que aportan muchas cosas a la vida, sobre todo su forma de pensar diferente, sin ruido ni alharacas, su forma de ser y estar en el mundo. Finalizo hoy dando gracias a la vida por poder escribir pensando en lo que nos puede interesar de los demás, en un mes a veces anodino pero que también puede ser una oportunidad de vivirlo de forma diferente, positiva, lejos del ruido infernal que nos produce el sinsentido humano de guerras, corrupción y desencanto pasivo.

El próximo 5 de septiembre cumplirá cien años el poeta Nicanor Parra. Es verdad que su obra no ha sido una lectura personal habitual, solo recordada con motivo del Premio Cervantes que recibió en 2011, que me permitió volver a la lectura compleja de la antipoesía que representa, comprometido sobre todo con la contradicción de la vida, porque para él es una fuerza que le permite seguir viviendo, conduciendo su viejo coche del pueblo (Volkswagen), camino de un lugar muy querido para él: Las Cruces. Y esa forma de pensar, de transgredir la vida instalada, me sorprendió siempre, tanto como el crucifijo que preside el salón principal de la biblioteca que lleva su nombre en la Universidad Diego Portales, con una inscripción memorable escrita a mano en un cartel rutinario: “Voy y vuelvo”.

“Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían de otra. ¿Por qué utilizan esa jerga que se llama lenguaje poético y que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad?”. Lo resolvió con un poema inolvidable:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Y muere casi de forma contemporánea al esplendor de su obra, en 1967, su hermana Violeta Parra, una extraordinaria mujer que siempre recuerdo en una canción grabada en mi persona de secreto, que daba gracias a la vida por sus dos luceros, por el oído, el sonido, el abecedario, sus pies cansados, el corazón, la risa, el llanto:

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
Perfecto distingo lo negro del blanco,
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído que, en todo su ancho,
Graba noche y día grillos y canarios;
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
Y la voz tan tierna de mi bien amado.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
Con él las palabras que pienso y declaro:
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
Con ellos anduve ciudades y charcos,
Playas y desiertos, montañas y llanos,
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano;
Cuando miro el bueno tan lejos del malo,
Cuando miro el fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
Los dos materiales que forman mi canto,
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos, que es mi propio canto.

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Comprendo más que nunca que un día le dedicara su hermano estas hermosas palabras:

Pero yo no confío en las palabras
¿Por qué no te levantas de la tumba
A cantar
a bailar
a navegar
En tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable
Una canción que no termine nunca
Una canción no más
una canción
Es lo que pido.

Probablemente se pare un día la montaña rusa de su poesía, solo cuando no la pueda interpretar él directamente, aunque hayamos aprendido de su testimonio vital que hay que mantenerla viva, transmitiendo la cruda realidad, sin palabras artificiales, recurriendo sin descanso a su canto con la imaginación más bella, para que no termine ni se olvide nunca, para que cuando cumpla ahora cien años pueda bailarla al ritmo de una cueca, porque todavía va y viene por su vida de todos, por la de secreto. Poniendo música a su persona imaginaria, a la que a todos nos gustaría copiar algún día:

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario

Sevilla, 31/VIII/2014