64 veces, gracias.

He finalizado la lectura del libro de Mario Kogan y José Ochoa, “¿Dónde está mi equipo?”. Una vez empezada esta aventura, subido al canon de lectura que preconizaba en 1995 el profesor Gustavo Bueno, en su propuesta desde España para el próximo milenio (http://www.fgbueno.es/gbm/gb1995di.htm), ha sido apasionante leer página a página (hasta 64 ocasiones –páginas en papel estucado mate de 115 gramos- de encontrar sentido a la vida), la experiencia que ya había marcado un momento muy importante de mi largo y cálido viaje por la vida. Por eso quise recordar el encuentro de Octubre de 2003, al que accedí para compartir con mi equipo de trabajo una nueva forma de ser en el mundo. Ahora, a través de Internet, la isla desconocida de Saramago (así lo he presentado en muchas ocasiones), me ha parecido un deber de ética digital comunicar la bondad de una experiencia aparentemente sencilla, realmente fascinante.

El libro es una oportunidad para buscar el interés de vivir en el pequeño mundo de cada uno, con una condición: hay que compartir la existencia porque estamos obligatoriamente obligados a entendernos, porque la vida es un asunto de viaje, eso sí, a alguna parte. Esta última idea no es mía. La aprendí, como siempre, de un poeta andaluz, en este caso de Rafael Ballesteros, malagueño, de un poema suyo: “Ni yo tampoco entiendo”, al que puso música un conjunto vocal “Aguaviva” (Pepe Nieto), que también suena a premonición:

De este mundo los dos sabemos poco.
Y sin embargo, estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo
.

Quizá, obligatoriamente obligados a viajarlo (perdón por el neologismo), porque la vida es una invitación a subirnos a trenes (reflexión muy popular), aviones y barcos, que casi siempre tiene fecha de caducidad.

Gracias, Mario Kogan. Gracias, José Ochoa. Por vuestro regalo personalizado. Por vuestra dedicatoria. Por vuestra invitación. Desde Internet. Por la red de redes. Como diría Martín, uno de los protagonistas del libro: al fin y al cabo, solo nos separan de nuestros antepasados 25 milímetros, algo más que el centímetro del fresco de Miguel Ángel, la distancia entre el dedo de Dios y del hombre (o de la mujer) en la Capilla Sixtina, que tantas veces admiré en las tardesnoches de Roma, en una parada existencial obligada por un viaje colectivo, en grupo, hacia la persona de secreto.

Sevilla, 29/III/2006

El alto el fuego de ETA

Cuando escribo estas líneas, quedan solo cuatro horas para que se haga efectivo el alto el fuego de ETA anunciado ayer. Desde que tuve conocimiento de la noticia he sentido la necesidad de aprovechar este foro para contribuir, con mi ilusión personal y mi creencia en el ser humano como factor determinante, a que la paz sea posible en Euskadi y en los sentimientos y emociones del pueblo español en general y vasco, en particular. A pesar del sufrimiento de casi 900 víctimas, a lo largo de 38 años de desesperanza real, dura, triste, desgarradora, espantosa, en todos sus términos. A pesar de los que han tenido que incorporar a su vida diaria la rutina de cualquier protección, incluso la más dura: la de sacar fuerzas de flaqueza para seguir viviendo.

Desde ayer, en el momento de la difusión del primer comunicado, he escuchado voces de toda procedencia y color, posicionándose sobre el anuncio de ETA. En casi todas las intervenciones he podido apreciar una tímida creencia sobre la auténtica razón de ser del comunicado. Y también he escuchado, en todas las acepciones posibles, el término esperanza. Efectivamente, es tiempo de esperanza. Aprendí de Ernst Bloch y así lo escribí hace muchos años, que el gran valor de la esperanza es el ofrecimiento de ser activos en la búsqueda de lo que deseamos, porque lo que esperamos todavía no ha llegado y, además, nos interesa, nos hace libres. En cualquier nivel, en cualquier proyecto, en cualquier deseo: frente al principio materialista de Marx de que la realidad social determina la conciencia del hombre, Bloch presenta a la conciencia individual de cada persona como determinante de la historia y de su historia, enfrentándose cotidianamente con la insatisfacción humana vivida en necesidad y negación. Por ello, cada persona lucha por alcanzar su plenitud. El hecho es que todavía no la ha alcanzado. Esta «hambre cósmica» se experimenta en el deseo de alcanzar un sentido pleno de la vida. Es como la ilusión que yo tenía cuando era niño y construía los juguetes en mi pensamiento hasta que llegaba el día señalado y lo alcanzaba. Más o menos igual: “La superación del conflicto, aquí y ahora, es posible” (a partir de aquí voy a citar entrecomilladas y en cursiva palabras literales de los dos comunicados de ETA, anunciado el alto el fuego, en clave real y positiva). Hambre de paz.

Mientras que sepamos, como diría Bloch, que ya es una realidad la voluntad de construir un “nuevo marco” de relación, pero que todavía no es posible cantar a los cuatro vientos que las paz es real, es decir, mientras que sigamos soñando con el juguete completo de nuestra infancia, no roto, podemos estar seguros que los responsables de que nos lo traigan, siendo personas buenas, como se nos pedía entonces, cumplirán su palabra. ¿Por qué?. Porque la decisión de cómo queremos ser y estar en el territorio vasco, español, europeo, mundial, debe corresponder a la ilusión de cada ciudadana y ciudadano: “La decisión que los ciudadanos vascos adoptemos sobre nuestro futuro deberá ser respetada”. 

Un escritor del que aprendo permanentemente el lenguaje de la concisión, autor del cuento más breve del mundo, Augusto Monterroso, lo diría así: cuando despertamos, después de entrar en vigor el alto el fuego de ETA, la esperanza todavía estaba allí… En definitiva, algo expresado en el comunicado: “superando el conflicto de largos años y construyendo una paz basada en la justicia”. Aunque hiciera, por esta vez, más largo el cuento, pero basado en una realidad que nos permite creer en que la paz, ahora, sí es posible.

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En Sevilla, cerca del pueblo vasco y de las víctimas de cualquier terrorismo, a 23 de marzo de 2006, cuando ya solo faltan tres horas para que se cumpla la primera parte de un sueño legítimo en beneficio de la humanidad y de los que creen en el “principio esperanza”.

Los ultrasociales

Desde el miércoles estoy buscando razones de ser a esta afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: «Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida».

La verdad es que de nuevo salta a la opinión pública la eterna dialéctica del creacionismo y el evolucionismo. Siempre me ha interesado sobremanera el estudio del ser humano. Soy antropólogo por vocación, aunque también ha sobrevolado sobre mi cabeza la eterna duda –más bien afirmación- del rabino jasidista Bunam de Przysucha: pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo. Estas experiencias del profesor Call me han llenado la vida de nuevo, me han pre-ocupado (el guión no es inocente) con nuevos interrogantes y me ponen sobre la mesa las eternas preguntas sobre la primera maravilla del mundo: el cerebro humano. Los humanoides, que son legión, siguen sorprendiéndonos con reacciones de comprensión inmediatamente anteriores al “salto” del lenguaje. La mano abierta, con la palma hacia arriba, es un gesto de hambre, necesidad de comer algo, en el mundo de los primates. Pero la cognición voluntaria, es decir, la decisión de cómo voy a pedir de comer es una superestructura del conocimiento que solo corresponde a la especie humana. Es más, la construcción mental de qué va a ocurrir con la comida, la decisión de comer solo o acompañado, poner la mesa, rodear de encanto personal con objetos y palabras el acto de comer es lo que nos sigue volviendo locos a los que nos gusta investigar su por qué.

Agradezco a Josep Call que siga trabajando en el Instituto Max Planck de Antropología de la Evolución de Leipzig. Está demostrando a través del lenguaje cómo desde España y desde Cataluña, su país natal, un ser humano puede volver a su territorio natural a contarnos cómo a los chimpancés, por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo.

Mientras, voy a leer de nuevo un libro de mi mesilla de noche que recomiendo: “El arte de callar”, del abate Dinouart (Editorial Siruela). Se llamaba exactamente José Antonio Toussaint Dinouart (¡qué casualidad!). Quizá entienda mejor ahora al chimpancé de Atlanta que a los que, a menudo, me tiran de la lengua porque no respetan a las personas. Como se dice en Andalucía: “tú ya sabes…”. Claro, es que no son ultrasociales.

Nota: El título original del libro es “El arte de callar, principalmente en materia de religión” (1771). Inteligente aclaración del editor.

Sevilla, 18/III/2006

La sillita

Como pequeño homenaje a la mujer, en su día internacional.

Muchas mañanas los veo avanzar por la acera de La Cartuja, para pararse en el semáforo rutinario. No los conozco. No sé quiénes son. Haga frío o calor, llueva o ventee, siempre están allí. Esperan que el hombrecillo verde les deje pasar. Y cruzan. Muchos días ocurre lo mismo. Más de una vez me he distraído siguiéndoles con la mirada hasta perderlos en el horizonte de la esquina. Muy joven ella. Muy pequeño él. Madre e hijo, siempre en la sillita, a las siete y cuarto de la mañana, despiertos, puntuales a la cita del semáforo, acuden a su misión posible.

Cada vez que los veo me pregunto muchas cosas. ¿A qué guardería irá esa mujer madre, muy joven, a estas horas? ¿Estará su alojamiento en el mismo trabajo? La veo eternamente sola. Siempre ella. Nadie más. Se vuelca con cariño sobre el niño, lo arropa, le sonríe, le dice cosas que seguro entiende bien, en un lenguaje gestual que derrama ternura. Más preguntas. ¿A qué hora habrá tenido que levantarse para acudir a esa cita del semáforo, sin desmayo?. Pienso en millones de mujeres que todos los días despiertan el día, preparan a sus hijas e hijos, ordenan la comida, dejan recogida la casa y caminan hacia la guardería, la escuela infantil, la casa de los abuelos, de los amigos íntimos que comprenden el trajín. Otras, posiblemente pasean, solas.

Cuando regreso sobre las tres y cuarto de la tarde, miro siempre hacia la esquina donde desaparecen por la mañana. Y no los veo nunca volver. Lo único que vuelve son las preguntas. Tendrán que comenzar la faena del mediodía, de la tarde, de la noche. Seguir. En silencio. Y vuelta a empezar.

Mañana, a las siete y cuarto de la mañana, seguiré sin entender por qué esta madre tan joven ha despertado tan temprano en los semáforos de la vida. Seguro que estará allí. Estoy tentado a bajarme un día y preguntarle muchas cosas. Para aprender. Sobre todo, que me explique cómo puede estar siempre tan sonriente y empujar la sillita –como hace cada día- con la ilusión de ofrecer a su hijo lo mejor a la vuelta de la esquina. Quizá, por eso los pierdo y no vuelven a mediodía…

Sevilla, 8/III/2006

Género y vida

Mario Kogan

Verás. Quiero presentarte a Mario Kogan, una persona muy interesante que me enseñó un día cercano a confiar en el trabajo en equipo y encontrar sentido al trabajo diario, para salir de la rutina e ilusionarme con ser existiendo. Vengo escuchando últimamente muchas frases sobre las crisis existenciales que nos agotan en la vida ordinaria. Amigas y amigos, compañeras y compañeros en el trabajo y en la salida de las tardes del fin de semana, que no de la cabalgata radiofónica de mi niñez rediviva, que quieren compartir una realidad alarmante: no saben cómo ser felices en el día a día, agotados por la carrera desenfrenada para tener más: dinero, segundas y terceras residencias, automóviles todo terreno (no para la vida), viajes a ninguna parte, cenas sin deseo que finalicen a la hora acostumbrada, porque después ¿qué?, llamadas de desahogo, ¡anda, vente para acá y hablamos un rato!, televisión nocturna desconcertante donde los únicos que disfrutan, con seguridad, son las empresas anunciadas en las pausas del desasosiego (solo van a ser 58 segundos, dicen…), etcétera.

Ante este panorama incomparable que nos rodea, encontré el martes, en mi cuaderno de espiral con etiqueta de fábrica “Guerrero” (?), de Unipapel, las notas que tomé en el encuentro personal con Kogan en octubre de 2003. Me pareció sorprendente. Lo asimilé a la aventura de vivir, un estímulo para lo cotidiano, salvando los grandes principios que nos comunicó. En definitiva, era una forma de experimentar la levedad del ser, unida al deseo de acometer la gran empresa de vivir. Entre las notas tomadas a lápiz, mientras Mario narraba su aventura en la embarcación “Le Refren II”, en la travesía Lanzarote-Santa Lucía (país del mar Caribe), me fijé en las siguientes, que te ofrezco como visión a compartir: 

– En la vida es importante contar con un proyecto: personal, familiar y laboral, donde siempre van a tener su sitio los principios de planificación y cooperación.
– Hay que convencerse de que cada uno en sí mismo no puede ser un navegante solitario. – Hay que cambiar y darse cuenta que debemos valorar lo que nos rodea y hacerlo desde una perspectiva positiva: por ejemplo, descubrir si mis compañeros son eficaces, están motivados, sabiendo que la relación humana “es el filo cortante de la existencia” (Paul Tillich) y que siempre me voy a desenvolver entre las actividades de proceso vital y de relación.
– El trabajo en equipo y la vida familiar y laboral conlleva, por definición, tareas repartidas, es decir, hay que asumir que tenemos que desempeñar roles muy claros, a través de una serie de principios inalienables:
+ En todo grupo debe existir alguien que ejerza el papel de coordinador: padre, madre, directivo ó responsable. Entrenador, en definitiva, para vivir.
+ Hay que asumir la diferencia clara de tareas, responsabilidades y plazos para ejecutarlas (¿vivirlas?).
+ Se debe planificar la existencia: hay que saber siempre dónde se quiere ir. Si no es así, corremos el peligro de perdernos.
+ Se debe medir (valorar) lo que hacemos. Es una buena reflexión no cometer el error del necio: confundir valor y precio. La obsesión por lo que cuesta todo se diluye cuando entendemos que la felicidad no tiene precio, pero ¡cuesta tanto conseguirla!.
+ Al vivir instalados en la incertidumbre continua, debemos aprender a ser gestores de riesgos, en sentido positivo, es decir, a saber adelantarnos a los riesgos antecedentes (porque sabemos que ocurrirán, no nos engañemos), antes que estar apagando fuegos continuamente, en una actitud entregada a los riesgos consecuentes, en el a posteriori existencial que tanto nos consume (por lo del fuego…). Hay que distinguir esta actitud de la de la gestión del sobresalto, tan común cuando no existe planificación.
+ Siempre hay que estar atentos a la creatividad.
+ Hay que abrochar esta forma de ser en el mundo potenciando en nuestro entorno la cooperación frente a la competencia.

Cuando comenzamos a navegar en la vida con esta actitud, se descubren muchas cosas. Por ejemplo, la necesidad del trabajo en equipo (hasta en la familia) y que siempre podemos y debemos corregir el rumbo elegido (no pasa nada por asumir errores). Hay que descubrir también una realidad irrefutable: la experiencia es maestra de la vida y se tiene que asumir que van a surgir inconvenientes en todo lo que hacemos. Finalmente, es interesante saber que podemos iniciar varios viajes a alguna parte. La experiencia dice que puede hacerse.

Te invito a que elijas hoy un rumbo, tres acciones concretas y tres tripulantes para iniciar una navegación que te entusiasme. Después analiza lo ocurrido. Seguro que te alegrará saber que existen muchos compañeros de viaje, anónimos, que permiten que el mundo sea más feliz para algunos. Si te gusta la experiencia, sabes que debes dar las gracias a Mario Kogan. Te lo presentaba al comienzo de este artículo y para conocerlo mejor puedes entrar en una página web que te servirá para centrar bien lo que te he comentado (www.colawhaler.com). ¿Has visto, que interesante?. Gracias.

Una última recomendación. Saramago publicó hace unos años un cuento que tiene que ver bastante con cuestiones de navegación en la vida. Su título es “El cuento de la isla desconocida”. Es una auténtica joya, sobre todo para los que una vez leído eligen llamar y entrar en el palacio del “rey” por la puerta de las peticiones y salir acompañado por la de las decisiones, como te propongo. Navegar, después, depende de la carta náutica que elijas en la vida y del cuaderno de bitácora que escriba cada uno. Te aseguro que es una experiencia de fábula y que no estás sola ó solo para iniciar esta aventura.

Sevilla, 7/III/2006

Mujer y revolución social

Estoy de acuerdo con el Ministro Caldera: estamos iniciando una revolución social. Me sorprendió mucho la salida en tromba de la patronal, el viernes, cuando sentenció el anteproyecto de ley de igualdad “como un rejón de muerte para el diálogo social”. Una vez más se hacen patentes los vicios privados y las públicas virtudes, unidas al discreto encanto de la burguesía. Estoy convencido de que hay que ordenar y organizar la igualdad de género, con esta secuencia. Con estos pasos y otros, pero “ordenando”, con rango de disposiciones legales, la voluntad de un pueblo expresado en la mayoría de las urnas. No se puede autoorganizar una sociedad que primero no haya establecido, ordenado, las reglas del juego en el terreno de igualdad.

Cuando ya bajamos a la realidad pedestre del día a día, vemos que si no es así, la igualdad tardará muchos años en implantarse. Ejemplos diarios de la sociedad actual “organizada” lo avalan sin compasión: ¿quién asiste a los Consejos escolares?: las mujeres; ¿quién acude a las Juntas de propietarios?: normalmente, las mujeres (dicen los clásicos “en representación” del propietario, del “dueño”, como si la igualdad ante la propiedad no fuese de idéntica raíz. ¿Quién sigue medio llenando las iglesias?: las mujeres. ¿Quién representa las chirigotas?: los hombres. ¿quiénes se “apuntan” a los programas socioculturales de los barrios?: normalmente, las mujeres. ¿Y donde dejamos la representación machista, por antonomasia, en el deporte en general, fútbol, sobre todos? ¿Quiénes trabajan en el servicio doméstico, como empleados y empleadas de hogar?. Normalmente, también, las mujeres. Hoy he escuchado en televisión el dramatismo de una mujer rumana, qué preguntaba a una abogada, ¡menos mal!, qué tenía que hacer para reclamar por un despido cuando la realidad era que cobraba tres euros la hora, con trabajo continuado de cuarenta horas a la semana y sin seguridad social.

¿Quiénes presiden las empresas más importantes del país y como están conformados sus Consejos de Administración?. ¿Y la Administración?. También se podría ordenar el principio de igualdad en los puestos de libre designación y regular el principio de igualdad de género en determinados puestos. Sería un ejemplo muy didáctico. Con este espectáculo diario, es obligado pensar que necesitamos ordenar la igualdad. Personalmente, crecí con una cartilla de Urbanidad que me decía cosas como las siguientes y además, si me las sabía de “memoria”, podía figurar en el Cuadro de Honor del Colegio, solo por honrar la buena educación:

“Cuéntase que en los años de la Reconquista se presentó un condesito de sólo quince años a su señora madre la condesa, que era viuda, y le dijo: Señora y madre mía, yo sé que en el palacio del príncipe don Juan se ha hablado mal de vuestra persona y se ha manchado vuestra honra. Yo iré ante el príncipe y de palabra y por obra vengaré vuestro honor. –No hagas tal, replicó la madre. Más me deshonrará, el que puedan decir con verdad que no he sabido educarte y que siendo tan joven faltes a quien has de respetar y perdonar.”

Mi Colegio era mixto, rara avis en la España franquista y en el Madrid de los Austrias, pero los únicos que normalmente íbamos a las actividades premiadas éramos niños, varones. Yo veía cómo Conchita Goyanes, compañera mía, nunca alcanzaba la posibilidad de ir al Circo Price o al Hipódromo de la Zarzuela. Mucho menos al frontón Jai Alai (Fiesta Alegre, en euskera), porque aquello era de hombres. Es decir, la sociedad estaba ordenada y organizada así. Sin metáforas.

Por eso defiendo la ordenación urgente de la igualdad. Es un imperativo categórico en una sociedad que se resiste a admitirlo, por todos los estereotipos que hemos ido alimentando, de forma no inocente, a lo largo de la historia. Ha llegado el momento de mirarnos cara a cara y gritar a los cuatro vientos que con tu quiero y mi puedo, en el marco legal de un Estado de igualdad de género, podemos hoy ir, ser y estar juntos las compañeras y compañeros de aquella canción de la transición, que cantábamos los que queríamos ya a las mujeres por lo que eran en el día a día de las ilusiones compartidas. A pesar de la Cartilla Moderna de Urbanidad, de la editorial F.D.T., de Barcelona, que estaba “ordenada” en la educación infantil y que en la contraportada decía: “las cartillas modernas de F.D.T. son delicia de los niños”. Sin comentarios. Así hemos crecido, dándole curiosamente gracias a Dios porque nos hubiera recogido a tiempo.

Sevilla, 5/III/2006

Género y vida

Cruzando el Guadiana

Hace 25 años, a las seis y media de la tarde, la misma hora en la que escribo esta crónica retrospectiva, acababa de coger el coche para volver a Moguer (Huelva), al hotel Fuentepiña, mi residencia habitual, después de un ajetreado día de clases. A través de la radio pude escuchar la narración del locutor de la Cadena Ser sobre la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados. Me temí lo peor. Decidí acelerar el regreso por el Polo y mi sorpresa fue mayúscula al ir tomando conciencia de la gravedad de lo sucedido. No podía ser.

La llegada a Moguer no fue cómoda. Al no haber efectuado la reserva de la habitación, como era mi costumbre, no encontré sitio en el hotel de Francisco (antes de suicidarse) y tuve que buscar alojamiento en el Hostal Platero, donde se “vivía” intensamente el golpe. Escuché a pié de mostrador, en la recepción: “¡ya era hora de que regresaran los nuestros…!”. Con objeto de poder salir muy temprano, sin molestar, decidí pagar por anticipado y así no entretenerme. Quizá era una salvaguarda por si tenía que huir, idea que no abandoné en ningún momento por mi marcada posición ideológica. No podía ser.

Salí en búsqueda de una cabina telefónica. A través de sus cristales leía unos azulejos con un texto de “Platero y yo” que nunca olvidaré: “El niño tonto: … todo para su madre, nada para los demás”. Fui a tomar unas tapas como cena. En el mostrador del bar, cerca de Pepito y de mi amigo Narciso, que hablaba siempre con su caballo como queriendo imitar a Juan Ramón Jiménez y que siempre me prestaba calor de proximidad personal, no quitaba ojo de la televisión y de Iñaki Gabilondo, entre música y música militar que nunca me supo levantar… No podía ser.

A las seis de la mañana, me puse camino de Ayamonte. Había quedado con Cristóbal, un amigo no olvidado, por razones profesionales. Al llegar, dudé si cruzar el Guadiana o permanecer allí, en mi sitio, hasta ir conociendo la evolución del golpe. Trabajé según lo previsto y, mediada la mañana, enfilé el camino del puerto y atravesé el río hasta Vila Real de San Antonio, arrancando noticias desde donde podía. Dejé el coche en España, creo –ahora que lo pienso bien- que lo dejé todo y estaba dispuesto a iniciar el exilio físico, yendo con lo puesto. En esa época iba por la vida muy ligero de equipaje: era yo solo y mi circunstancia. Me acompañó Cristóbal. Al menos, así se lo hice saber, me podía despedir de una persona querida, admirada y que simbolizaba mi agradecimiento personal a Huelva y a cuantos habían estado cerca en la lucha por la educación y la cultura como caminos de libertad. Con el paso de las horas y cercano el mediodía, a tenor de cómo evolucionaban los acontecimientos (todos los portugueses y españoles “del otro lado” se agolpaban en los transistores constituidos en altavoces de libertad), las posibilidades reales de volver a España se hacían más evidentes.

Y volví. Crucé de nuevo el Guadiana. Volví a luchar, a salir a la calle para pedir más libertad, para que permanecieran en Huelva dos centros de estudios, con visión de que algún día fueran el germen y arte y parte de la educación universitaria para la provincia. Por una cultura distribuida con nuevos medios de comunicación social. Por una salud mental diferente. Por un bienestar social equitativo y distribuido.

Ese mismo día, 24 de febrero de 1981, acabé en Riotinto. Aparqué cerca de la plaza en la que se hace un homenaje explícito al minero. Solo se me ocurrió escribir un poema en papel cuadriculado, que conservo, por un pequeño espectáculo de la naturaleza que pude contemplar: “las palomas de Riotinto, son palomas de libertad…”. Nada más.

Hoy, en Sevilla, a las seis y media de la tarde del 23 de febrero de 2006, agradecido a la vida porque aquel día no me quedé en la orilla perdida del exilio moral…

Dime que me quieres

He vivido una experiencia recientemente que quería compartir en este diario personal. El día 2 de febrero, cuando regresaba a casa después de una jornada de trabajo muy interesante, escuché en Radio 5, a las 15.20 horas, aproximadamente, una “canción con historia” que me hizo pensar en la cultura en que habían crecido mis abuelos y mis padres. Fue solo un fragmento, cantado por Concha Piquer, pero que por sí solo representaba la España pura y dura de una determinada época:

Si tú me pidieras que fuera descalza,
pidiendo limosna descalza yo iría.
Si tú me pidieras que abriera mis venas
un río de sangre me salpicaría.
Si tú me pidieras que al fuego me echase,
igual que madera me consumiría.
Que yo soy tu esclava y tú el absoluto
señor de mi cuerpo, mi sangre y mi vida.

La verdad es que vino un semáforo en rojo, ¡qué casualidad!, y no pude quedarme ni con la voz, creí siempre que era la de Concha Piquer, ni con la letra completa, porque la afirmación “que yo soy tu esclava y tú el absoluto” era una firma indeleble de una posición española que aún perdura. Reconozco que me golpeó esta frase desde mi suelo ético. Hoy mismo, buscando en Google la historia de la canción (compuesta por Rafael de León), a través de la frase programática anterior, he constatado que la puedes conseguir como “politono” para el teléfono móvil y que es posible localizar 600.000 veces esta idea. Ya sé como seguía, causándome honda preocupación:

Y a cambio de eso, que bien poco es.
Oye lo que quiero decirte a mí
Dime que me quieres, dímelo por Dios.
Aunque no lo sientas, aunque sea mentira,
pero dímelo.
Dímelo bajito,
te será más fácil decírmelo así.
Y el te quiero tuyo será pa’ mis penas,
lo mismo que lluvia de Mayo y Abril.
Ten misericordia de mi corazón.
Dime que me quieres.
Dime que me quieres, dímelo por Dios.

Escribí a Radio Televisión Española, para que “Rodri”, responsable del programa, me ayudarse a localizarla. No me ha contestado, pero a través de Internet he podido conseguir la letra entera y nuevas interpretaciones del deseo deseante “dime que me quieres”, con el mismo título: Tequila (Me costó mucho y al final decidí ir a tu casa y ahora estoy frente a ti, quiero escucharlo y no me importa rogarte por favor no juegues con mi corazón), Camela (Hoy de ti necesito un poco mas. No me basta con tenerte. No me quiero conformar), Andy y Lucas (Y yo te haría una casa en el cielo, ay, justito en el cielo
Tan solamente pa´ que viva mi niña, esa por la que muero
) y Ricky Martin, entre otros, que tampoco me han tranquilizado mucho. Este último, en un alarde de originalidad caribeña, canta:

Enciende tu motor yo soy tu dirección
Las calles de mi amor quitaron el stop
ven y ven y ven y
Dime que me quieres en la intimidad
Sabes que me puedes dominar
No hay nadie como tu, eres mi cara y cruz
Mi corazón es para ti

La verdad es que la línea delgada roja entre Concha Piquer y Ricky Martin, con públicos diferentes, en espacios y tiempos diferentes, se sobrepasa continuamente por mensajes hablados y cantados a los cuatro vientos, siendo verdaderas cargas de profundidad contra la dignificación del lenguaje no sexista y la auténtica posición de la mujer y del hombre, en igualdad de condición social a la hora de ser personas. Subyace en los dos casos la realidad del dominio, realidad que debería estar en las antípodas de la solidaridad en la compañía, en el equilibrio de fuerzas vitales, anatómicas y de la inteligencia social: para sí mismo y para los demás.

Ha sido una pequeña experiencia derivada del mundo de la radio. Pero he pensado muchas veces en las pequeñas cosas, en la necesidad de que ganemos segundos de credibilidad en la lucha por la igualdad de género. Y estas realidades, ya provengan de Radio 5, Concha Piquer ó Ricky Martin, no son el mejor arquetipo de que otra realidad es posible, por respeto a nuestra historia y al futuro inmediato. El final de la canción de Concha Piquer no dejaba duda alguna:

Si no me mirasen tus ojos de almendra,
el pulso en las sienes se me pararía.
Si no me besasen tus labios de trigo,
la flor de mi boca se deshojaría.
Si no me abrazaran tus brazos morenos,
pa siempre los míos, en cruz quedarían.
Y si me dijeras que ya no me quieres
no sé la locura que cometería.
Y es que únicamente yo vivo por ti.
Que me das la muerte o me haces vivir.
Dime que me quieres, dímelo por Dios.
Aunque no lo sientas, aunque sea mentira,
pero dímelo.
Dímelo bajito,
te será más fácil decírmelo así.
Y el te quiero tuyo será pa’ mis penas,
lo mismo que lluvia de Mayo y Abril.
Ten misericordia de mi corazón.
Dime que me quieres.
Dime que me quieres, dímelo por Dios.

Ha llegado el momento de crear una nueva letra, ¡ojalá sea un día próximo una canción!, que comience por una declaración de intenciones hermosa:

Podemos decirnos, cara a cara,
que nos queremos,
sin importarnos el sexo,
sin importarnos la riqueza material
que cualquiera de los dos tenemos…

Podemos decirnos, cara a cara,
que nos queremos:
que nos importa la vida de cada uno,
porque somos,
sin importarnos la riqueza material
que cualquiera de los dos tenemos…

Y después, pondremos la música. La que sea más acorde con la vida de mujer ú hombre que llevamos dentro.

Sevilla, 18/II/2006

Género y vida

Qohélet: una persona realista

Hoy ha fallecido el padre de un compañero de trabajo y amigo. Me gustaría simbolizar en él, en su familia, un misterio sin resolver desde hace miles de años, el de la propia existencia y el final de nuestros días. Aunque este artículo pertenece a la sección de páginas «periódicas», lo dejo en el diario personal como homenaje a las eternas preguntas sin respuesta. Aunque si se sigue leyendo esta apasionante historia (te recomiendo que leas la carta sobre «inteligencia social», alojada en este espacio Web…) verás que la amistad es el recurso por construir todos los días, una buena respuesta, porque es como la cuerda de tres hilos: difícilmente se puede romper. Lo sabían los mayores de los pueblos ribereños y decidieron hacer un regalo a la posteridad. Gracias.

De vez en cuando viene bien «sentarse en la vida» -expresión alemana muy feliz- para contemplarla en todas sus dimensiones. La capacidad de admiración se va perdiendo poco a poco, siendo éste un síntoma clarísimo de que la filosofía se resiente en su acepción más profunda. Interesa rescatarla desde sus inicios y actualizarla en cuanto a la forma. Estamos atravesando una época en la que los ideales se pierden para dejar paso a la experiencia diaria, al realismo inmediato. Y estoy convencido de que la ausencia de ideales configura tan sólo un hombre estandarizado, pieza del llamado «puzzle inhumano».

El problema no es nuevo. Hace ya muchos siglos, un hombre de vida sumamente interesante, Qohélet, se planteó serenamente unos interrogantes que hoy tienen un sabor muy fresco:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga?
– ¿Quién sabe si el aliento de la vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de la bestia desciende hacia abajo, hacia la tierra?
– ¿Quién guiará al hombre a contemplar lo que ha de suceder después de él?

De una forma ú otra ¿quién no se pregunta algo así a lo largo de su vida? Quizá hoy hemos secularizado la experiencia de Qohélet en sus preguntas últimas, pero el fondo de su problema existencial adquiere en estos momentos la categoría de carta magna, de presentación, dado que el hombre se encuentra en una fase clarísima de «inseguridad ontológica», según la expresión de Ronald D. Laing. Históricamente, hay tiempo de todo, hasta de admirarse, sentir ansiedad existencial y escudriñar posible renovación. En estos tres estadios podríamos cifrar la vida del hombre consciente, responsable, no «distraído», aunque es en el de ansiedad donde quemamos la mayor parte de la existencia, ansiedad que nos lleva a «sentirnos segregados de la sociedad, incapaces de encajar en ella como posible modelo de existencia, permaneciendo como miembros pasivos y resignados de la Naturaleza». Este fue en parte el problema de Qohélet, un hombre que «sentó su vida» para pensar y reflexionar el sentido de su existencia y de su pesimismo, resumido todo ello en ese triple interrogante, tan sorprendentemente cercano. Ante su experiencia, el hombre actual tiene algunas ventajas claras, que se podrían resumir en la posibilidad real de trascendencia, en cuanto realización personal más accesible y auténtica, junto con el resurgimiento palpable de los valores sobrenaturales en dimensión de re-ligación.

El error histórico en el que podríamos caer de nuevo sería el de quedarnos simplemente en la elaboración de un recetario de soluciones a todas las preguntas del hombre y en la configuración de un nuevo ideal, para después pasar a la consabida explicación o rueda de prensa totalmente manipulada y sin acción visible y real. Cuesta trabajo trabajar sólo a niveles de pregunta en el recorrido humano. Aun así, creo que aquí radica uno de los atractivos más interesantes de la existencia, precisamente por ser un auténtico camino de admiración ante lo sorprendente del hombre libre. Si a esto le añadimos el deseo claro de transformar aquello que sabemos de sobra que no es viable en ningún sentido, familia, trabajo, ciudad, provincia, país, etc., podríamos ir configurando una nueva filosofía, ya que, de esta forma, se armonizaría toda una problemática teórico – práctica, que hoy más que nunca se ha convertido en pura dialéctica.

Hace falta crear nuevos ideales, pero en convivencia seria con la transformación radical del hombre, del mundo e incluso del sentido de trascendencia. Bertolt Brecht decía en su obra «Me-ti»: «pregunta siempre: ¿cómo aprender?». Esta podría ser la consigna para el hombre contemporáneo, inmerso en un mar de dudas y confusiones. Aprender a través del libro de la vida es algo que pertenece a esa incógnita tan maravillosa -el hombre- que un día se llamó Qohélet y que hoy lleva nombres y apellidos en los cinco continentes.

El Correo de Andalucía, 27/IX/1977, pág. 3

El puzzle inhumano

Cuando a primera hora de la mañana, de este soleado domingo de febrero, repasaba una publicación que entregaban hoy junto al periódico sobre La Transición, rescaté un artículo que escribí hace casi veintinueve años, al que solo he introducido cambios motivados por el lenguaje sexista de la época (en cursiva), como homenaje también a todas las mujeres y hombres que siguen comprometidos con la lucha continua debida a la ausencia de valores en la que vivimos instalados y que hoy he podido ver de forma palpable en un reportaje en video, donde por motivos estrictamente petrolíferos, unos soldados golpean sin piedad a unos adolescentes iraquíes que han crecido en el horror de la violencia, cualquier violencia, y en la sinrazón humana. Vaya como homenaje a ese grito desgarrador de un joven tirado en el suelo, que se escuchaba en el audio de la cinta: ¡No me pegues más!.

Han pasado veintiocho años, cinco meses y tres días, pero podría publicarse hoy sin perder frescura de denuncia. Gracias por compartirlo a través de esta malla humana que teje, día a día, Internet. 

La crisis crónica que ahoga existencialmente a las personas, grita justificación y no sólo ajustamiento en el entramado socio-político de un país. Llevamos unos años en los que inconscientemente sentimos la vida como desasosiego, evasión, suerte o lotería, dado que en la mente de todos se fragua una imagen de persona, mundo y Dios, que es difícil construir. Quizá es debido a que estábamos acostumbrados a obtener respuestas a cuantas preguntas hacíamos, incluso en los niveles más insospechados.

Ahora bien, las preguntas no tienen por qué tener siempre respuestas. De hecho, muchas de nuestras últimas preguntas no las tienen. Las personas se desconciertan por esto y pierden la «fe» en Dios, en el Hombre, en la Sociedad  y en la Naturaleza, según el contenido de Ferrater Mora. ¿La pierden o la encuentran? Si el ser humano en encrucijada «pierde la fe», está en situación óptima para encontrar su sí mismo y desde aquí replantearse de nuevo su cosmovisión, su indigencia y su posible trascendencia. Con esto quiero reafirmar la necesidad que tienen las personas de hoy de reforzar el terreno de la pregunta, de «matar» el miedo. Durante cuarenta siglos, el ser humano, hombres y mujeres, han preguntado a Dios, al otro, a sí mismo, sobre las cuestiones radicales de la existencia. Casi siempre obtenían respuestas: en cosas, en palabras, en dioses, en Dios. Hoy, por el contrario, se experimenta un vacío silencioso impresionante, quizá porque el encuentro con el tú, necesita la solidez de una concatenación de preguntas que comprometan la existencia en el amor. No es rescatar el mito prometeico, no. Se trata precisamente de dejar cada cosa en su sitio, en cierto sentido; confiar en cada ser humano como «ser perfecto» y con capacidad suficiente para poner nombre a las personas, a los animales y a las cosas. Así puede empezar a concretar su fe, puede llegar a ser persona, creer en algo, en alguien, en alguna verdad -por muy radicalizada que esté-, pensar en un futuro.

En este tiempo que corre, donde casi todo es provisional y cuestionable, duda e interrogante, ¡qué difícil es mantenerse en el juego de la vida, sin convertirse en pieza o sin saltarse las reglas del mismo! Aunque parezca paradójico dentro de un clima de perfecta calma y libertad (del que muchas veces la sociedad hace gala), la mujer y el hombre acusan cansancio de vida por la manipulación constante de que son objeto, dentro de la planificación más sofisticada e inhumana que podamos imaginar. Todo es debido a que toman conciencia de que están programados las veinticuatro horas del día y de que cada vez tienen menos espacio vital para existir, en esa persona sorpresa que todos llevamos dentro.

B. F. Skinner, psicólogo americano de fama mundial por su atención al conductismo, habla a menudo de la preocupación del ser humano por la explotación demográfica, de los problemas acerca de los recursos naturales, alimentación, carburantes, problemas de sanidad, etc.: «y en todos estos sectores podemos comprobar adelantos muy notables (…). Pero, de hecho, las cosas empeoran constantemente y es descorazonador comprobar que buena parte de la culpa es imputable a la tecnología misma. La higiene y los adelantos médicos agudizan el problema demográfico; la guerra ha añadido un nuevo error a los suyos propios tras el descubrimiento de las armas nucleares; y la búsqueda masiva de felicidad y bienestar es la principal responsable de la contaminación ambiental». Ahonda en la crítica de cómo el hombre y la mujer se han enfrentado con sus grandes problemas a lo largo de la historia, y concluye diciendo: «así nos ha lucido el pelo». A esta situación hemos llegado por culpa del ser humano autónomo: nos tenemos que convencer de una vez para siempre de que hay que perder la vanidad occidental, ya que lo «que necesitamos es una tecnología de la conducta», aunque sea a costa de sacrificar al propio ser humano.

Hay que salvar el ambiente mundial, crear nuevas dimensiones de trabajo, diversión, ocio, planificación familiar, etc., donde unos ingenieros de la conducta planifiquen y manejen a la humanidad en el «puzzle» más inhumano jamás soñado. Skinner profetiza al conjunto de personas torpes e inconscientes que poblamos el planeta Tierra, que mucho es lo que nos falta para llegar a ser capaces de evitar la catástrofe hacia la que el mundo parece moverse irremisiblemente. Surge entonces una pregunta: este ambiente desolador que preconiza Skinner, ¿es fruto del ambiente enrarecido del mundo actual o de la ausencia de los denominados «valores fundamentales», es decir, libertad, dignidad, amor, justicia, etc.? Y aquí de nuevo, el «filósofo de la conducta» habla en términos muy duros acerca de la culpabilidad intrínseca que existe en cada mujer y en cada hombre. Por la vanidad del ser humano libre y responsable, «el mundo está como está». Sin comentarios.

Indiscutiblemente, no se le puede negar a Skinner una parte de verdad en sus manifestaciones, pero nunca podremos reconocer su doctrina como la piedra filosofal para resolver los múltiples problemas que se plantean el mundo y cada persona en particular.

El ser humano actual se resiste a ser mera pieza sometida al libre arbitrio del otro ser humano. El orgullo despliega todos sus resortes de dignidad y libertad, que entre otras cosas, constituyen su patrimonio inalienable. La toma de conciencia de que algún día no muy lejano el mundo pueda llegar a ser un «puzzle» de cuatro mil millones de seres humanos, hace que muchos se «pierdan» voluntariamente como piezas, para convertirse en personas.

El proceso de llegar a ser persona -siendo también muchas veces un rompecabezas- nos hará disfrutar de una vida plena. En definitiva, el hecho de que la mujer y el hombre sean unas auténticas personas, donde la libertad y la dignidad sean respetadas en su justa medida (justificación como justicia), es el único camino viable para que lleguen a ser lo que verdaderamente son: personas.

El Correo de Andalucía, 9/IX/1977

Género y vida