La sillita

Como pequeño homenaje a la mujer, en su día internacional.

Muchas mañanas los veo avanzar por la acera de La Cartuja, para pararse en el semáforo rutinario. No los conozco. No sé quiénes son. Haga frío o calor, llueva o ventee, siempre están allí. Esperan que el hombrecillo verde les deje pasar. Y cruzan. Muchos días ocurre lo mismo. Más de una vez me he distraído siguiéndoles con la mirada hasta perderlos en el horizonte de la esquina. Muy joven ella. Muy pequeño él. Madre e hijo, siempre en la sillita, a las siete y cuarto de la mañana, despiertos, puntuales a la cita del semáforo, acuden a su misión posible.

Cada vez que los veo me pregunto muchas cosas. ¿A qué guardería irá esa mujer madre, muy joven, a estas horas? ¿Estará su alojamiento en el mismo trabajo? La veo eternamente sola. Siempre ella. Nadie más. Se vuelca con cariño sobre el niño, lo arropa, le sonríe, le dice cosas que seguro entiende bien, en un lenguaje gestual que derrama ternura. Más preguntas. ¿A qué hora habrá tenido que levantarse para acudir a esa cita del semáforo, sin desmayo?. Pienso en millones de mujeres que todos los días despiertan el día, preparan a sus hijas e hijos, ordenan la comida, dejan recogida la casa y caminan hacia la guardería, la escuela infantil, la casa de los abuelos, de los amigos íntimos que comprenden el trajín. Otras, posiblemente pasean, solas.

Cuando regreso sobre las tres y cuarto de la tarde, miro siempre hacia la esquina donde desaparecen por la mañana. Y no los veo nunca volver. Lo único que vuelve son las preguntas. Tendrán que comenzar la faena del mediodía, de la tarde, de la noche. Seguir. En silencio. Y vuelta a empezar.

Mañana, a las siete y cuarto de la mañana, seguiré sin entender por qué esta madre tan joven ha despertado tan temprano en los semáforos de la vida. Seguro que estará allí. Estoy tentado a bajarme un día y preguntarle muchas cosas. Para aprender. Sobre todo, que me explique cómo puede estar siempre tan sonriente y empujar la sillita –como hace cada día- con la ilusión de ofrecer a su hijo lo mejor a la vuelta de la esquina. Quizá, por eso los pierdo y no vuelven a mediodía…

Sevilla, 8/III/2006

Género y vida

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