
Hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles
Adaptado en los corchetes de un texto de Bertolt Brecht en Elogio a los combatientes.
Sevilla, 5/V/2025 – 07:30 h (CET+2)
Hace tan sólo quince días del fallecimiento de Francisco, un personaje que ya forma parte de los “imprescindibles” en la historia de la humanidad. Se decantó por una forma nueva de transmitir la alegría del evangelio que, cuando es auténtica, lleva a un compromiso incondicional para llevar adelante la liberación de la sociedad de yugos totalitaristas, en términos equitativos y saludables. Lo afirmaba recientemente Juan José Tamayo sobre el posicionamiento de Francisco en relación a la Teología de la liberación (TL), de profundas raíces latinoamericanas: “Con Francisco la actitud ante la TL y sus principales cultivadores pasó del anatema al diálogo, del silenciamiento a la escucha, del alejamiento a la proximidad, de la condena al reconocimiento. Varios fueron los gestos de acercamiento y sintonía desde el comienzo de su pontificado”.
Respecto de un gran representante de la citada teología de la liberación, Ernesto Cardenal, a quien he dedicado páginas especiales en este cuaderno digital, me conmovió saber que Francisco mantuvo con él una relación de proximidad real y efectiva, levantando la suspensión a divinis que pesaba sobre él. Así y con otros muchos gestos de aproximación y cercanía a esta corriente cristiana de valores incalculables, demostró que su papado era de este mundo revolucionario.
Desde que contemplé la imagen que preside estas líneas, que en sí misma encierra un mensaje aleccionador, he pensado que Francisco ha sido y seguirá siendo una de las personas “imprescindibles” a las que ensalzó con bellas palabras Bertolt Brecht, una persona buena que durante sus doce años de pontificado ha estado siempre muy cerca de los nadies, los dueños de nada, los migrantes, los pobres severos, los excluidos en general de la sociedad.
Desde el inicio de su pontificado quedó claro que venía a dar un giro copernicano a la Iglesia alejada del cristianismo puro, aunque suene muy fuerte expresarlo así. Lo hizo a través de las 142 páginas de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio), su primer gran documento papal donde trazó sus señas de identidad: “Es necesaria una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están […] Prefiero una Iglesia herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Doce años después es pronto todavía para hacer un balance justo y necesario de su ingente labor, con luces y sombras, pero con un hilo conductor claro: ha salido a la calle, siguiendo una locución italiana preciosa “scendere in piazza”, se ha mezclado con miles de personas, no solo creyentes, de los cinco continentes, sobre todo con los que menos tienen, los nadies de Eduardo Galeano; ha viajado a Lampedusa para dejar claro cómo hay que tratar a las personas migrantes, ha promulgado textos papales en defensa de actuaciones de Estado en relación con el cambio climático y el respeto reverencial a la Naturaleza, así como haciendo lo indecible por introducir cambios profundos en la estructura curial del Vaticano. Han quedado muchos asuntos eclesiales sin resolver, tales como la actuación severa de la Iglesia ante la pederastia o la incorporación plena de la mujer en la estructura eclesial jerárquica, así como la transparencia en las finanzas vaticanas y de la Iglesia en general.
Tampoco olvido su declaración de principios en La alegría del evangelio sobre lo que significa un papado: “Hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas, pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios ‘son poquísimos’. Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación ‘para no hacer pesada la vida a los fieles’ y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando ‘la misericordia de Dios quiso que fuera libre’. Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todo. […] Además, ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio en la interpretación de la realidad social o en la propuesta de soluciones para los problemas contemporáneos. […] Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable descentralización. […] Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten en un ejercicio de mi ministerio […] También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado de una conversión pastoral. Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.
La ausencia de Francisco es una tragedia en un momento delicado para la Humanidad. Faltan respuestas potentes ante tanto vocerío altisonante de los autócratas mundiales que conocemos bien por sus nombres. Les molestaba la voz de este Papa y esa es la mejor señal de que su papado converso (según sus propias palabras) no ha sido indiferente para los que han encontrado en él un crítico implacable o un refugio ideológico en tiempos tan revueltos. Una señal clara de la teología de la liberación en su sentido cristiano más puro. Queda claro que lo importante no es sólo cambiar la Iglesia, sino transformarla en su inspiración permanente del cristianismo más exigente.
NOTA: la imagen se ha recuperado hoy del diario El País.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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