Patio San Dámaso


Guardias suizos, en una ceremonia de aniversario, en el Patio San Dámaso (Ciudad del Vaticano). Fotografía recuperada el 25 de octubre de 2008 de http://www.daylife.com/photo/0eNLbFL3lbbrj

Publico hoy en este blog, un nuevo relato corto, Patio San Dámaso, sobre el que he estado trabajando bastante tiempo, como tarea impuesta por mi inteligencia digital. Las primeras palabras dejan entrever un hilo conductor del protagonista, un hombre en la encrucijada de la vida, en un entorno que a veces parece que está diseñado por el enemigo. Espero que su lectura sea un motivo agradable para sopesar que otro mundo, el de acá, es también posible.

Son siete episodios (puntate), trazados mediante siete líneas delgadas rojas, que están concatenados entre sí, porque se sufren en un entorno sagrado, asombrosamente místico, pero con una carga de profundidad que deja al descubierto, de forma descarnada y metafórica, cómo una persona puede morir en la Plaza de San Pedro de Roma albergando el sueño o la idea de que un día puede ser recibido por alguien superior para alcanzar la felicidad, más allá de las burocracias de la vida, de las iglesias, ¿de las religiones?, tal y como Marco Ferreri dibujó en su durísima trama de la película La audiencia (L´udienza).

Y solo queda un recurso para quien sabe esperar en el principio esperanza: avanzar por la Via della Concilliazione (calle de la conciliación), precioso nombre, buscando el amor desesperadamente…

Sevilla, 2/XI/2008

Memoria de desván

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Fragmento de El nacimiento de Venus (1482), Sandro Boticelli (1445-1510). Temple sobre lienzo. Medidas: 172,5 x 278,5 cm. Galeria degli Uffizi. Florencia.

Hago un alto en el camino científico del conocimiento del cerebro, como aportación a la deconstrucción de la inteligencia digital, publicando un relato corto, Memoria de desván, que he presentado a un premio de una institución pública andaluza y que no he “ganado” en el sentido más comercial del término, aunque me ha permitido participar y compartir una curiosa y larga espera para el posible reconocimiento público del jurado. Es verdad, mis premios no son de este mundo. Ahora, con esta entrega a la Noosfera, alcanzo mi mejor expectativa de “premio”: compartir pensamiento, sentimiento, conocimiento y momentos que puedan servir para comprender que otro mundo es posible, sobre todo para los que pertenecemos al grupo de los que queremos seguir aprendiendo a ser educados para una ciudadanía mejor.

También voy a entregar una confidencia. El relato responde exactamente a una experiencia personal que viví en noviembre de 1982, en La Punta del Moral (Ayamonte), en una madrugada real, oscura, alumbrada solo por una farola maltrecha y próxima al bar donde nos enrolamos para una experiencia que ahora he podido narrar sobre un pecio de mi cerebro, nunca mejor dicho. Y está escrito “con mil amores” (¡que expresión popular tan excelente…!) en homenaje a una persona a quien quiero segundo a segundo porque su actitud, como siempre, me ayudó a salir de las profundidades de un atlántico nocturno muy particular, que cuando llovía se mojaba no como los demás, sino como el agua cantada por El Lebrijano, según Gabriel García Márquez…

(Puedes bajarte el relato, Memoria de desván, en formato pdf, aunque a continuación puedes leerlo, al menos, con la misma ilusión que te lo entrego)

Memoria de desván

Fue su mirada la que me trajo los recuerdos de aquellos días. Fueron sus ojos los que me devolvieron las fuerzas necesarias para seguir viviendo. Fue su cara la que me devolvió la ilusión de compartir de nuevo la vida con ella. Todo ocurrió en aquel desván del pueblo, cercano a la capital de la sierra. Abrí el pequeño baúl viajero, y todavía estaba allí. Era un grabado de colores desvaídos, en los que todavía se podía vislumbrar el pincel mágico de su autor, porque solo le había preocupado la mirada, dejarla intacta para los que quisieran recrearse en ella, sin importarle espacio ó tiempo.

Los pájaros intentaban entrar una y otra vez por el pequeño tragaluz de la buhardilla. Parecía que quisieran refugiarse allí y posarse en la mirada de aquella mujer pintada por manos expertas. Sin tocarla. Sin mancharla. Solo acompañarla con sus cánticos amables, llenos de frescura serrana, de luz cegadora, de frío casi glaciar, tiritando hasta alcanzar estertores de otro mundo, con aleteo insinuante, como diciendo: te queremos cuando te vemos, porque tu mirada nos conmueve. Los miraba con envidia y con cierto recato porque en cualquier momento podrían transportarla, entre algodones, a sus nidos picofacturados. Y podría perderla para siempre jamás.

Aquel descubrimiento fortuito de una noche de invierno me permitió reconstruir lo vivido lejano a través de una paleta de colores que me recordaban a Botticelli. Ocurrió hace veinticuatro años. Solíamos caminar juntos, en silencios clamorosos, buscando el mejor momento de decirnos palabras de reconocimiento que solo se podían trenzar a través de los sentimientos que habían nacido junto al mar, la mar de la Punta del Moral, cerca de la frontera portuguesa. En masculino, el océano atlántico. Aquella barriada era muy querida para nosotros porque habíamos conocido a un poeta local, siempre perseguido por la autoridad competente porque se resistía en una soledad clamorosa a que la casa de su niñez marinera, la de sus padres, desapareciera por la avanzadilla del turismo irresponsable. Y sigue siendo hoy un símbolo, viviendo en una casa rural rodeada por un campo de golf de última generación.

En aquella madrugada iban a ocurrir cosas que no sospechábamos al tomar el café de despedida para la singladura de fin de semana. Noviembre. Un viaje hacia alguna parte para las personas que nos escuchaban semana a semana en la radio local, en un programa de compromiso social para dar a conocer la dureza del trabajo diario de profesionales desconocidos. Y decidimos embarcar en una patera de aspecto clandestino, camino de la barra, acompañados por marineros avezados y una perra, Cañailla, que ladraba a los cuatro vientos como ahuyentando aquellos espíritus que adivinábamos a babor y estribor. Las instrucciones eran precisas: todos de pie, en fila india, en el centro de la frágil patera y sin movernos. Todos en silencio, excepto la perrilla, en una cáscara de nuez sin quilla.

Nos acercábamos al barco grande. Fue un abrir y cerrar de ojos al querer acariciarlo con las manos abiertas en la noche cerrada, tocando la proa. Aquella nuez enfadada por sobrellevar cuerpos inexpertos, se separó de la proa como si le hubiera dado miedo tanta confianza, bailó una danza inesperada y nos lanzó a la soledad del mar nocturno, de su mar amiga. En la oscuridad perversa de aquella noche estrellada, con una luz tenue que asemejaba un foco de bocacalle antigua, de tulipa, la única luz posible, orientaba a la protagonista de aquella foto del baúl para salvar a los que se habían caído al mar, a los compañeros de aquél trabajo comprometido con el dinero público, para trasladar a los hogares tranquilos de la provincia la realidad del mar de Sorolla, para que pudiéramos gritar a los cuatro vientos que luego decimos que el pescado es caro… Y sin saber cómo, cuándo y por qué, aquella sirena varada junto al barco nodriza de experiencias, El Largo, diecisiete metros de eslora, atenta a los movimientos airados de la vida, comenzó a izar uno a uno a los náufragos de la noche, en una interpretación mítica de un nacimiento propiciado por Venus, aquella mujer de la mirada ovalada y de amplia frente, recogiendo también en lo que quedaba sano de la barquilla las flores que se lanzaban desde el cielo.

Y fueron salvados. Un gesto sin precedentes. Una salvación insólita. Los pescadores del lugar decían a voz en grito que pocas veces se salvaban los pescadores que caían junto a las corrientes subterráneas de la barra, pero había bastado la confluencia de intereses divinos y humanos para que el nacimiento de Venus se hiciera extensivo a personas que podían formar parte del mito neoplatónico, porque las fuerzas desatadas del cielo y el mar se conjuraron para ayudar y ensalzar a aquella mujer, cuya mirada, cuando me asomé desesperado al nivel del mar, después de la caída, nunca más se me olvidaría.

No era cuestión de pesca lo que preocupaba al mar, la mar, aquél día. La singladura se hizo a pesar de todo, el mar estaba enfadado y pocos peces quisieron subir a las redes de aquellos hombres atenazados todavía por el disgusto que la propia mar, su mar de todos los días, les había proporcionado. Fueron horas interminables, palanganas de pescado fresco, alcatruces con pulpos pidiendo perdón antes de morir bajo las botas de aquellas personas que solo querían demostrar al mundo entero que otro mar es posible. Un ir y venir desenfrenado por la superficie de manga y eslora. Desencanto compartido porque las redes fondeaban una y otra vez el mar, la mar, en busca de peces imposibles. Silencios inconfesables para lobos de mar que debían ser corderos en tierra para poder seguir viviendo todos los días, todas las horas de una existencia marcada por el destino de las aguas de la mar fronteriza.

El día era espléndido. La emisora costera permitía saber de los demás aventureros de la noche y del día, pero el patrón no se atrevió a contar lo sucedido porque aquello no era posible en un barco de tierra, sin relación con los cielos, con un capitán intrépido hasta la muerte. Nadie lo iba a creer, porque los lobos de mar son dados a contar historias imposibles y aquello no parecía cosa de hombres, aunque el patrón era muy respetado en su círculo de amigos. Los nombres propios en portugués y español salían a la luz para identificar lo que hoy era un secreto a voces: “¡hoy no ha sido buena la singladura!” y por los altavoces corría un mensaje larvado que no se debía gritar a los cuatro vientos de la barra traicionera, aquello ya conocido por los hombres de la mar turquesa, lo que se traían entre manos, entre dientes. Los marineros de El Largo callaban, porque la historia vivida iba a ser la historia jamás contada. No tenían pesca para exhibir, pero llevaban en su mente, en su corazón, una historia de la madrugada que iba a dar mucho que hablar en el pueblo. ¿Cómo lo explico yo?, decía el patrón para sus adentros. Y volvió al puesto de mando para escribir cosas ininteligibles en su soledad sonora, en su cuaderno de bitácora tan particular.

Comimos en alta mar. Todo era compartido en una lección inolvidable. Fuentes, platos, cubiertos, jarrillas de lata, vino, pan, en una cocina muy acogedora, la proa desalojada de artes de pesca, con un mantel de agua salada. Boquerones, chocos, acedías y algunas gambas. Cigalas. Amistad y camaradería. Mareo de grumetes. Sala de máquinas. Experiencias y timidez a los cuatro vientos. Silencios en historias ocultas para algunos. Y una emisora de fondo transmitiendo saludos de localización y seguridad costera como intuyendo que algo había pasado en El Largo, como un secreto a voces que no se debía comentar entre hombres de la mar.

Eran las siete en punto de la tarde. Había que regresar a puerto, a la ría Carreras, y decir la verdad descarnada, aunque tuviéramos que contar muchas veces que se había intentado, que las redes se habían lanzado al mar como era lo habitual, que los alcatruces estaban allí como testigos de cargo de que los pulpos se habían rebelado antes de morir. Que habíamos vivido momentos de tensión inusitada para los aguerridos pescadores de la normalidad. Que habían asistido a una salvación que a lo mejor se podía contar hasta altas horas de la madrugada en el bar de Antonio, echando toda la imaginación que fuera posible para explicar con palabras cercanas lo que solo era posible en las películas de la medianoche, en el cine de las estrellas, en un Cinema Paradiso muy particular.

Llegamos, por fin, a la barra del pequeño puerto salvaje, sin los medios que necesitaría para evitar riesgos de todo tipo. Todo eran recuerdos de una salvación anunciada. Otra vez la mirada, siempre la misma, siempre en la cara ovalada, ligeramente inclinada sobre su hombro derecho, con la mano abierta sobre el pecho, con azul de fondo tomado de la mar cuando la pudimos disfrutar en calma. Prometí que nunca más la olvidaría, siempre sus ojos, siempre su alma, siempre su pudor de los años jóvenes, porque cuando todo era posible para que el mar enterrara definitivamente los sueños de cuentos que podían interesar al mundo de diario, una mano amiga, una posición correcta sobre la popa de aquella maravillosa nuez enfadada, bastó para que nunca más olvidara el poder de aquellos ojos, de aquella mirada que suplicaba a los dioses del mar que no dejara enterrar en sus entrañas a quien podía resucitar para una nueva vida, a pesar de la inexperiencia, a pesar del mar que lo llamaba voz en grito, como desesperadamente, en una noche cualquiera de noviembre.

Salimos a pasear cerca del quejigo que conocíamos como la palma de la mano. Aquella sierra permitía establecer un contacto especial con la madre Naturaleza. Los castaños ofrecían sus frutos turgentes, desafiantes y punzantes. Era una terraza terrenal que permitía adivinar cuadros de puestas de sol que no estaban al alcance de los mercaderes del arte. Y cuando nos dimos cuenta de la Hora, la foto del baúl -el cuadro de Botticelli- se nos apareció en una noche mágica, donde los dos Céfiros gritaban a los cuatro vientos que aquella Venus del mar, nacida en una noche de infierno, era sobrenatural. Era, sencillamente, una diosa.

Sevilla, 10/V/2008

La sillita

Como pequeño homenaje a la mujer, en su día internacional.

Muchas mañanas los veo avanzar por la acera de La Cartuja, para pararse en el semáforo rutinario. No los conozco. No sé quiénes son. Haga frío o calor, llueva o ventee, siempre están allí. Esperan que el hombrecillo verde les deje pasar. Y cruzan. Muchos días ocurre lo mismo. Más de una vez me he distraído siguiéndoles con la mirada hasta perderlos en el horizonte de la esquina. Muy joven ella. Muy pequeño él. Madre e hijo, siempre en la sillita, a las siete y cuarto de la mañana, despiertos, puntuales a la cita del semáforo, acuden a su misión posible.

Cada vez que los veo me pregunto muchas cosas. ¿A qué guardería irá esa mujer madre, muy joven, a estas horas? ¿Estará su alojamiento en el mismo trabajo? La veo eternamente sola. Siempre ella. Nadie más. Se vuelca con cariño sobre el niño, lo arropa, le sonríe, le dice cosas que seguro entiende bien, en un lenguaje gestual que derrama ternura. Más preguntas. ¿A qué hora habrá tenido que levantarse para acudir a esa cita del semáforo, sin desmayo?. Pienso en millones de mujeres que todos los días despiertan el día, preparan a sus hijas e hijos, ordenan la comida, dejan recogida la casa y caminan hacia la guardería, la escuela infantil, la casa de los abuelos, de los amigos íntimos que comprenden el trajín. Otras, posiblemente pasean, solas.

Cuando regreso sobre las tres y cuarto de la tarde, miro siempre hacia la esquina donde desaparecen por la mañana. Y no los veo nunca volver. Lo único que vuelve son las preguntas. Tendrán que comenzar la faena del mediodía, de la tarde, de la noche. Seguir. En silencio. Y vuelta a empezar.

Mañana, a las siete y cuarto de la mañana, seguiré sin entender por qué esta madre tan joven ha despertado tan temprano en los semáforos de la vida. Seguro que estará allí. Estoy tentado a bajarme un día y preguntarle muchas cosas. Para aprender. Sobre todo, que me explique cómo puede estar siempre tan sonriente y empujar la sillita –como hace cada día- con la ilusión de ofrecer a su hijo lo mejor a la vuelta de la esquina. Quizá, por eso los pierdo y no vuelven a mediodía…

Sevilla, 8/III/2006

Género y vida

TRAZOM (1756-1791)

Cuando bajaba por la escalerilla del avión en el aeropuerto Leonardo da Vinci, en Roma, en septiembre de 1975, me acordé de un poema personal que me devolvía calor y vida en una aventura que comenzaba hacia alguna parte: “La lectura de Roma al revés, amor me da, algo es…”. Me han gustado siempre los palíndromos. Es un juego de palabras que intenta dar la vuelta a lo cotidiano y salirnos de la rutina. En mi estudio permanente de Mozart, descubri un día que también frecuentaba esta sana costumbre. En sus interesantes cartas de amor y dolor, firmaba con frecuencia Trazom (Mozart al revés), como símbolo de su permanente afrenta a lo que todo el mundo conocía como “lo normal”. Hoy, he llegado al kiosko de Isabel y me han entregado junto al ejemplar de El Pais un disco compacto de la colección dedicada a Mozart con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, y he recordado esta firma sincera. Con independencia del folklore mediático que siempre rodea este tipo de festejos, me parece una oportunidad preciosa para conocer a Mozart con base democrática, como le gustaría a él, en una divulgación sin precedente de su obra.

Cuando Mozart utilizó por primera vez Trazom fue en un contexto muy difícil en el que quería salvar su reputación a toda costa. Utilizar su nombre al revés era una clave de autenticidad ante un mundo perverso que en todas partes veía maldad y odio. Incluso en la pensión de Viena donde compuso “El rapto del serallo” (1782), llamada curiosamente “El ojo de Dios”, en cuya habitación privilegiada por su acogida tuvo que dar la clave de su nombre al revés como declaración de amor verdadero a Constanz (Znatsnoc, su nombre al revés), su compañera fiel, tal y como lo escribió en su devocionario. Venía a concluir que las apariencias engañan. En el libreto de esa ópera está la clave de su desafío: perdón, tolerancia y clemencia.

Temporalmente se tiene que vivir a veces al revés, pero al final de los caminos aparece siempre la posibilidad de ser uno mismo. El 27 de enero próximo se cumplirán los 250 años de su nacimiento. Me gustaría que resplandeciera su auténtico nombre, con una declaración de principios suya como reinterpretación de su existencia, que recojo de un estudioso de su obra, Philippe Sollers, en “Misterioso Mozart”: no soy monárquico, ni jacobino, ni republicano, ni demócrata, ni anarquista, ni socialista, ni comunista, ni fascista, ni nazi, ni racista, ni antirracista, ni proglobalización, ni antiglobalización. No soy clásico, ni moderno, ni posmoderno,ni marxista, ni freudiano, ni surrealista, ni existencialista. Como mucho, pueden presentarme como singular universal, es decir, católico en un sentido muy particular, o como francmasón de una manera muy personal, es decir, universal singular. ¿Ven en ello una contradicción? Yo no. En verdad, soy lo que fui: mi música. Seré lo que seré, mi música. Soy únicamente lo que soy: esta música.

Sin doblez, ni engaño, lo firmaría Johannes Chrysostomus Wolfgang Theophilus Mozart Pertl…, es decir, Mozart

 Sevilla, 8/I/o6

Me han dicho que tengo el corazón más grande de lo normal…

La víspera de Reyes me dieron una noticia en la consulta médica, de la medicina pública que tanto aprecio, que me sorprendió gratamente porque eso de ir al médico y salir fortalecido no es muy habitual. Salimos normalmente más tranquilos de estos menesteres, pero con un regalo tan especial, sinceramente, no es normal. El médico, con la radiografía de mi corazón en el negatoscopio, me dijo de forma rotunda:

– Veo un corazón más grande de lo normal. Hay que investigar a qué se debe. En la próxima consulta, con el resultado de todas las pruebas que se han ordenado, podremos emitir un diagnóstico.

No supe qué contestar porque no sé cuál es la causa de esa anormalidad. Salí de la consulta con la cabeza llena de interrogantes sobre la forma de discernir la causa de una presunta anomalía en un órgano tan vital. La verdad es que a mí siempre me ha gustado tratar el corazón. Quizá porque pertenezco a una generación que siempre se ha debatido en términos pascalianos: todo en la vida se mueve en torno al cerebro y al corazón, es decir, siempre hay una dialéctica entre la razón de la razón y la razón del corazón. ¿A qué hay que obedecer?. Si además hemos crecido en la cultura castellana del deber, el conflicto está servido.

Andando en esas cuitas, salí hacia la Avenida de la Cruz del Campo, haciendo como siempre camino al andar, dando vueltas a esa presunta enfermedad (?) que no me parecía tal. Siempre me habían dicho que era bueno tener un gran corazón, de acuerdo con la sabiduría popular.  Y ahora, que había llegado el momento de poder demostrarlo a la humanidad, me dicen que hay que investigar esa imagen tan llamativa.

¿Podría conocer la causa real?. Me puse a cavilar sobre posibles razones y sólo encontré una: no quedaba otra solución que crecer en el interior y el corazón había dicho: “yo mismo lo hago”. Tantos años dedicados al examen del hombre de secreto que llevo dentro, tantos exámenes de conciencia que me han encogido el corazón (lo hacían más pequeño, por paradójico que parezca…) exigen ahora que le de su sitio, una oportunidad. Y no hay otra solución que crecer, crecer y crecer para demostrar al mundo que el primer motor inmóvil, es decir, Dios, necesita situarse en el corazón de las personas que continuamente están en el umbral de la encrucijada vital. ¿Para qué?. Para seguir demostrando al mundo de uno mismo, de los demás y del universo (lo aprendí en alemán hace muchos años: eigenwelt, mitwelt, umwelt), que la razón del corazón hace a las personas más buenas en el sentido pleno de la palabra “bueno”.

Llegué al semáforo de la Gran Plaza. Pensé: pues que crezca, aunque para la medicina sea una oportunidad más para hacerse presente en el corazón de las personas, que permita llegar al diagnóstico certero de que los corazones grandes son necesarios para la supervivencia humana, por duro que parezca.

Estoy deseando que llegue el 23 de enero para explicárselo al especialista. A lo mejor le ayudo a entenderlo en un diagnóstico jamás contado.

Sevilla, 7/1/06