TRAZOM (1756-1791)

Cuando bajaba por la escalerilla del avión en el aeropuerto Leonardo da Vinci, en Roma, en septiembre de 1975, me acordé de un poema personal que me devolvía calor y vida en una aventura que comenzaba hacia alguna parte: «La lectura de Roma al revés, amor me da, algo es…». Me han gustado siempre los palíndromos. Es un juego de palabras que intenta dar la vuelta a lo cotidiano y salirnos de la rutina. En mi estudio permanente de Mozart, descubri un día que también frecuentaba esta sana costumbre. En sus interesantes cartas de amor y dolor, firmaba con frecuencia Trazom (Mozart al revés), como símbolo de su permanente afrenta a lo que todo el mundo conocía como «lo normal». Hoy, he llegado al kiosko de Isabel y me han entregado junto al ejemplar de El Pais un disco compacto de la colección dedicada a Mozart con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, y he recordado esta firma sincera. Con independencia del folklore mediático que siempre rodea este tipo de festejos, me parece una oportunidad preciosa para conocer a Mozart con base democrática, como le gustaría a él, en una divulgación sin precedente de su obra.

Cuando Mozart utilizó por primera vez Trazom fue en un contexto muy difícil en el que quería salvar su reputación a toda costa. Utilizar su nombre al revés era una clave de autenticidad ante un mundo perverso que en todas partes veía maldad y odio. Incluso en la pensión de Viena donde compuso «El rapto del serallo» (1782), llamada curiosamente «El ojo de Dios», en cuya habitación privilegiada por su acogida tuvo que dar la clave de su nombre al revés como declaración de amor verdadero a Constanz (Znatsnoc, su nombre al revés), su compañera fiel, tal y como lo escribió en su devocionario. Venía a concluir que las apariencias engañan. En el libreto de esa ópera está la clave de su desafío: perdón, tolerancia y clemencia.

Temporalmente se tiene que vivir a veces al revés, pero al final de los caminos aparece siempre la posibilidad de ser uno mismo. El 27 de enero próximo se cumplirán los 250 años de su nacimiento. Me gustaría que resplandeciera su auténtico nombre, con una declaración de principios suya como reinterpretación de su existencia, que recojo de un estudioso de su obra, Philippe Sollers, en «Misterioso Mozart»: no soy monárquico, ni jacobino, ni republicano, ni demócrata, ni anarquista, ni socialista, ni comunista, ni fascista, ni nazi, ni racista, ni antirracista, ni proglobalización, ni antiglobalización. No soy clásico, ni moderno, ni posmoderno,ni marxista, ni freudiano, ni surrealista, ni existencialista. Como mucho, pueden presentarme como singular universal, es decir, católico en un sentido muy particular, o como francmasón de una manera muy personal, es decir, universal singular. ¿Ven en ello una contradicción? Yo no. En verdad, soy lo que fui: mi música. Seré lo que seré, mi música. Soy únicamente lo que soy: esta música.

Sin doblez, ni engaño, lo firmaría Johannes Chrysostomus Wolfgang Theophilus Mozart Pertl…, es decir, Mozart

 Sevilla, 8/I/o6

Me han dicho que tengo el corazón más grande de lo normal…

La víspera de Reyes me dieron una noticia en la consulta médica, de la medicina pública que tanto aprecio, que me sorprendió gratamente porque eso de ir al médico y salir fortalecido no es muy habitual. Salimos normalmente más tranquilos de estos menesteres, pero con un regalo tan especial, sinceramente, no es normal. El médico, con la radiografía de mi corazón en el negatoscopio, me dijo de forma rotunda:

– Veo un corazón más grande de lo normal. Hay que investigar a qué se debe. En la próxima consulta, con el resultado de todas las pruebas que se han ordenado, podremos emitir un diagnóstico.

No supe qué contestar porque no sé cuál es la causa de esa anormalidad. Salí de la consulta con la cabeza llena de interrogantes sobre la forma de discernir la causa de una presunta anomalía en un órgano tan vital. La verdad es que a mí siempre me ha gustado tratar el corazón. Quizá porque pertenezco a una generación que siempre se ha debatido en términos pascalianos: todo en la vida se mueve en torno al cerebro y al corazón, es decir, siempre hay una dialéctica entre la razón de la razón y la razón del corazón. ¿A qué hay que obedecer?. Si además hemos crecido en la cultura castellana del deber, el conflicto está servido.

Andando en esas cuitas, salí hacia la Avenida de la Cruz del Campo, haciendo como siempre camino al andar, dando vueltas a esa presunta enfermedad (?) que no me parecía tal. Siempre me habían dicho que era bueno tener un gran corazón, de acuerdo con la sabiduría popular.  Y ahora, que había llegado el momento de poder demostrarlo a la humanidad, me dicen que hay que investigar esa imagen tan llamativa.

¿Podría conocer la causa real?. Me puse a cavilar sobre posibles razones y sólo encontré una: no quedaba otra solución que crecer en el interior y el corazón había dicho: “yo mismo lo hago”. Tantos años dedicados al examen del hombre de secreto que llevo dentro, tantos exámenes de conciencia que me han encogido el corazón (lo hacían más pequeño, por paradójico que parezca…) exigen ahora que le de su sitio, una oportunidad. Y no hay otra solución que crecer, crecer y crecer para demostrar al mundo que el primer motor inmóvil, es decir, Dios, necesita situarse en el corazón de las personas que continuamente están en el umbral de la encrucijada vital. ¿Para qué?. Para seguir demostrando al mundo de uno mismo, de los demás y del universo (lo aprendí en alemán hace muchos años: eigenwelt, mitwelt, umwelt), que la razón del corazón hace a las personas más buenas en el sentido pleno de la palabra “bueno”.

Llegué al semáforo de la Gran Plaza. Pensé: pues que crezca, aunque para la medicina sea una oportunidad más para hacerse presente en el corazón de las personas, que permita llegar al diagnóstico certero de que los corazones grandes son necesarios para la supervivencia humana, por duro que parezca.

Estoy deseando que llegue el 23 de enero para explicárselo al especialista. A lo mejor le ayudo a entenderlo en un diagnóstico jamás contado.

Sevilla, 7/1/06