Quienes mienten la palabra, traicionan el alma humana

Eduardo Galeano

Sevilla, 21/II/2024

Sé que las palabras, a pesar de los esfuerzos encomiables de la Real Academia Española de la Lengua, al limpiarlas, fijarlas y darles esplendor, están atravesando momentos complicados, porque están sobrepasadas por las imágenes y los símbolos que se han atrincherado en las redes sociales y en los teléfonos móviles, reforzando a diario la expresión que conocemos bien: “una imagen (o un emoticono) vale más que mil palabras”. Personalmente, no creo que ocurra en todos los casos, porque pertenezco a una escuela vital que sigue defendiendo el poder de la palabra, al estar convencido de que lleva dentro el alma de cada uno, de cada una, como seña de identidad humana. No lo digo como una ocurrencia a título de salvavidas del momento, sino que sé que “en lengua guaraní, ñe’e significa «palabra» y también significa «alma». Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma”, tal y como lo conocí a través de Eduardo Galeano en una obra sugerente, Las palabras andantes (1), que recomiendo como manual de supervivencia en estos tiempos tan modernos, en los que se falta tanto a la palabra con alma, verdadera, en los que tanto se miente. Es un mal endémico, “un mundo sin alma, desalmado, que practica la superstición de las máquinas y la idolatría de las armas: un mundo al revés, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies”, en palabras suyas también.

Como casi todos los días, he entrado en mi clínica del alma, mi biblioteca, buscando desesperadamente este libro de Galeano, que publicó en 1993 como un conjunto de reflexiones personales -ventanas e historias las llamaba él-, que me recordó algo que aprendí cuando me acerqué hace ya muchos años a la filosofía presocrática y descubrí que los atenienses, que amaban las palabras quietas y andantes, corrían todos los días hacia el Areópago porque estaban “ávidos de las últimas noticias”, que “volaban” también, aunque su primer deseo, el de los emisores de aquellas palabras fugaces, fuera andar acompañando a la ciudadanía política, en su sentido primigenio, a los que a través de ellas conformaban con sus actos la Ciudad. Era un círculo saludable y perfecto.

En este contexto, comprendo mejor que nunca lo que significa “mentir la palabra” y las traiciones que vivimos cada día tan cerca y en este aquí y ahora. En la resaca de los sucedido en las recientes elecciones en Galicia y como demócrata convencido, con conciencia plena de lo que significa serlo y vivirlo a diario, he vuelto a abrumarme con  las mentiras escuchadas en las diferentes interpretaciones de los resultados oficiales ya publicados, la mayoría de las veces sin mezcla alguna de autocrítica en uno u otro sentido, no salvando a casi ninguna sigla, porque he comprobado que tanto por parte de la izquierda, como de la derecha y su más allá, son incapaces de hacerla en beneficio de todos. En esta situación, es cuando he recordado la conceptualización doble de los guaraníes para expresar al mismo tiempo palabra y alma. Galeano lo explica también en este sentido, cuando abre su ventana del libro que quería escribir con palabras andantes, con alma, que, personalmente, me sobrecogió cuando lo leí por primera vez: “Una mesa remendada, unas viejas letritas móviles de plomo o madera, una prensa que quizás Gutenberg usó: el taller de José Francisco Borges en el pueblo de Bezerros, en los adentros del nordeste del Brasil. El aire huele a tinta, huele a madera. Las planchas de madera, en altas pilas, esperan que Borges las talle, mientras los grabados frescos, recién despegados, se secan colgados de los alambres. Con su cara tallada en madera, Borges me mira sin decir palabra. En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas. Yo he venido a su taller para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. Y yo hablo y hablo, explicando. Y él, nada. Y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace”.

Al final, las auténticas palabras deben ser cuentos, porque las palabras no se explican, son auténticas cuando se mueven y van a todas partes, así como las noticias decimos que “vuelan”, aunque nosotros “volemos” menos para escucharlas a diferencia de los atenienses en el Areópago. Es lo que le ocurrió a Galeano en su encuentro con José Francisco Borges y así lo transmito: “Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace”. O lo que es lo mismo, hoy, en este artículo: las palabras que lo integran nacen llevando el alma dentro, porque cuentan lo escuchado contando palabras, voces, que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto. Lo que tengo claro es que al comunicarlas, no traiciono el alma humana, porque no miento, son verdaderas.

(1) Galeano, Eduardo, Las palabras andantes. Madrid: Siglo XXI, 2003.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

En Galicia se comprende bien la última sonrisa del caos humano asomándose al infinito

NUNCA MAIS

Sevilla, 18/II/2023

Hoy se vota en Galicia su presente y futuro. La democracia nos enseña a respetar la importancia del voto, que nunca es inocente en este país, en un mundo que muchas veces se percibe al revés. El resultado, incierto a la hora que escribo estas líneas, debería ser un camino esperanzador para esta Comunidad a la que tanto aprecio, donde el Estado de Bienestar debería ser la piedra angular para salvaguardar el interés general gallego. Comprendí bien una frase de Camilo José Cela en mi visita a esa maravillosa comunidad en 2017, «Finisterre es la última sonrisa del caos del hombre asomándose al infinito», sintiendo hoy que las urnas permitirán a los electores gallegos, asomarse también al infinito amable del futuro digno y su más allá de ese extraordinario territorio.

He actualizado, a continuación, las palabras que escribí en este cuaderno digital sobre aquél viaje, profundizando hoy en que «nunca máis» se deben producir hechos que dañen el progreso de Galicia, siendo en el mundo un modelo de grito unánime de denuncia en las respuestas populares a situaciones incomprensibles para la dignidad humana.

«Hice el “camino” por Galicia, en aquella ocasión, por la Costa da Morte. Tenía una razón de fondo: la expresión “nunca máis” perdura en el tiempo de las respuestas populares gallegas a situaciones incomprensibles. Es verdad, nunca máis debe resonar siempre ante las injusticias de este mundo diseñado a veces por el enemigo. Fisterra, Muxía y Camariñas eran tres puntos de interés en aquella etapa. Eran bastantes kilómetros por recorrer en una sola etapa y solo quise aproximarme a una expresión de la naturaleza que no me defraudó ni en el fondo ni en sus formas. Las carreteras mostraban el verde “constancia” de Galicia, nunca mejor dicho en el año dedicado por Pantone a este color, su vegetación alterada por los eucaliptos (el «árbol del Estado», invasivo, que decía el sociólogo Mario Gaviria), sus colores vivos en las casas azules, verdes y violetas de cada Concello, de cada parroquia, los sempiternos hórreos, los difíciles límites territoriales porque todo se une en una expresión de proximidad lejana entre parroquias.

Llegué a Fisterra, el fin de la tierra española por Galicia, después de sentir el último abrazo de los pinos autóctonos. Es impresionante la aproximación al faro, presagiando que algo se oculta allí que se presenta ante nuestros ojos de forma descarnada, aunque no sean horas de luscofusco (crepúsculo). El camino estaba rodeado en sus arcenes por peregrinos de todo tiempo y lugar. Muchas preguntas me hago, con el debido respeto reverencial a quienes lo protagonizan, sin respuesta alguna. Cerca, en Serra, hay una placa dedicada a Camilo José Cela, con una frase programática: “Finisterre es la última sonrisa del caos del hombre asomándose al infinito”. Es verdad porque así lo sentí. Se sabe que en un chalé cercano recibió la noticia del Premio Nobel en 1989 mientras escribía páginas de Madera de boj, como una premonición existencial: «Ahora ya no es como antes, ahora la gente ha descubierto que la novela es un reflejo de la vida y la vida no tiene más desenlace que la muerte”.

Siguiendo la recomendación del libro de viaje por Galicia, Galicia, de Manuel Rivas, aparqué el coche para hacer el camino del faro, dejando de ser «volantista» por un tiempo. Es un edificio que acoge, desde 1853, el faro que protege la Costa da Morte, donde se reconocen hoy en día centenares de naufragios, siendo recordado especialmente por el gravísimo incidente del Prestige que comenzó el 13 de noviembre de 2002. Se divisa desde 31 millas (57 kilómetros). He conocido posteriormente que existe un edificio anexo, llamado eufemísticamente La Vaca de Fisterra, que también entró en funcionamiento en el siglo XIX para los días en los que la niebla impedía ver la luz del faro, pero que ya no se utiliza. Emitía sonidos estridentes cada minuto. ¡Qué sugerente! ¡Estábamos en el Finis Terrae de los romanos, donde los fenicios ya habían estado! Paseé de oriente a occidente y viceversa, asomándome a los acantilados, para descubrir el Océano Atlántico en su dimensión más oculta. Silencio sepulcral, solo roto por las olas al romper en el acantilado.

Continué el viaje haciendo «camino al andar» hacia Muxía, porque tenía claro que le debía una presencia de respeto para repetir una y mil veces su “nunca máis” ante cualquier situación intolerable en la vida ordinaria. Accedí al paseo marítimo, que me recibió en una tarde de agosto muy plácida, con el mar calmo y aproximándose a su limpia playa con delicado oleaje, muy lejos de lo que supuso para este enclave marino el desastre del Prestige. En la página web del Concello había leído días antes que “Muxía es una de las primeras localidades que afrontó las consecuencias [de este desastre] en forma de chapapote primero y de marea blanca de voluntarios que vienen a ayudar, después”. En Muxía, triste recuerdo, se hacían encajes para el Titanic. Fatales coincidencias de la historia del mar.

Finalicé el viaje en Camariñas, en busca del encaje perdido. Quería contemplar otra cara de la Costa da Morte, a través de una tradición que ha marcado épocas de gloria para este Concello. Contemplé en directo cómo se trabaja el encaje de bolillos, con una demostración sencilla pero admirable. El puerto me pareció especialmente bello, acompañado por el viento que presagia siempre la forma de ser y estar en esta Costa. Comprendí cómo ante situaciones difíciles de la vida, se entiende bien por qué hay que solucionarlas como haciendo encaje de bolillos.

Fue un día especial. Regresé a Cambados en silencio para intentar asimilar todo lo visto y no visto. Fue una lección espléndida de historia antigua y contemporánea. También, de la importancia que tiene la solidaridad humana, el nunca máis ante cualquier injusticia humana. Comprendí mejor que nunca el significado de la última sonrisa del caos cuando nos asomamos al infinito de la vida haciendo «camino» al andar, al viajar».

Cómo contrapunto a lo expuesto, me acerqué también a un lugar, San Andrés de Teixidó, que representa la Costa da Vida, donde el amor encuentra su verdadero sitio. El conjunto folk Luar na lubre, lo elevó a los cielos, poniendo una letra maravillosa a una canción milenaria, Romeiro ao lonxe, que hace tan sólo unos meses han vuelto a editar para que no se olviden las creencias gallegas, a las que hay que cuidar y respetar, porque nuestro caminar es, a veces, una peregrinación en busca del sentido de la vida.

Hoy, en el gran día de la democracia en su Comunidad, cobra un sentido especial. Votar es, al fin y al cabo, construir entre todos el milladoiro feliz de la canción, unas montañas de piedras que cada uno, cada una, con su voto responsable, ayudan a elevar a Galicia como ejemplo de democracia y dignidad humana para nuestro país, transformándola en un territorio mejor, sin dejar a nadie atrás, sobre todo a los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, como nos recuerda siempre Eduardo Galeano.

NOTA: la imagen del cartel se recuperó de http://estaticos.elperiodico.com/resources/jpg/4/6/twitter-vuelve-reivindicar-nuncamais-1350403353064.jpg

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

¡Galicia, abre España a la libertad y al progreso!

Banco de Loiba, Ortigueira (La Coruña)

Sevilla, 16/II/2024

Hoy finaliza la campaña electoral en Galicia, con atisbos de cambio de signo político si las urnas lo permiten el próximo domingo. En democracia éstas son las reglas del juego, aunque no ha sido demasiado limpio durante la campaña electoral por parte de la derecha ultramontana y el desembarco masivo de la división acorazada del PP centralista, desenterrando la terrible experiencia de ETA, para sembrar inquietud y miedo entre los votantes. Por esta razón electoral, rememoro mi experiencia en la visita que hice a esa Comunidad en 2017, a la que tanto aprecio y a la que dediqué una serie de artículos en este cuaderno digital bajo el título de Luar na Galiza o lo que es lo mismo, resplandor de la luna en Galicia. Destaco, concretamente, la reflexión que dediqué a mi recorrido por Santiago de Compostela, que creo nos sirve para dar justo sentido a una seña de identidad que tradicionalmente se ha presentado de forma torticera cuando decimos que Galicia es “conservadora”, en su acepción más trasnochada y reforzada por la perspectiva política, pero no entendida en la legítima lucha de sus habitantes más progresistas por conservar sus tradiciones, su cultura tan rica y variopinta, su amplio conocimiento del mundo, la de sus viajeros hacia muchas partes cuando atraviesan la línea del horizonte, esa separación de la tierra y el mar como decorado permanente en sus almas de exilio. Admiro en este contexto su palabra “luar”, el resplandor de la luna, que da continuidad a la vida, iluminándola en cualquier momento como si fuera el faro de Fisterra, perpetuo en el alma, para facilitar un viaje interior caminando siempre hacia adelante.

Fue en ese viaje a Santiago de Compostela cuando pensé muchas veces en una frase que a lo largo de su historia ha sufrido interpretaciones contrapuestas dependiendo de dónde se situaban las comas: Santiago, cierra, España, que casi siempre la hemos conocido tal y cómo lo escribieron e interpretaron Cervantes en Don Quijote de la Mancha o el mismo Valle-Inclán en Luces de Bohemia. La traducción correcta de la frase es la que justifica su origen, rememorando a Santiago Matamoros, en la Reconquista, como grito de guerra: Santiago (él ayuda a exterminar a los musulmanes), cierra (forma de interpretar que el ejército o las tropas están preparadas para atacar) y, por último, España, todas por separado, siendo la defensa e integridad de España la razón que justificaba la acción contra el mundo musulmán. Sinceramente, no me gusta nada esta versión que muchos dan por auténtica, aunque es verdad que la he simplificado mucho para que se entienda bien lo que quiere decir. Me quedo hoy día con la que nos ofreció Cervantes en Don Quijote de la Mancha y la que nos aportó Valle-Inclán en Luces de Bohemia. En primer lugar, porque el diálogo entre el bueno de Sancho Panza y el Quijote no tiene desperdicio:

—Yo así lo creo —respondió Sancho— y querría que vuestra merced me dijese qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: «¡Santiago, y cierra España!». ¿Está por ventura España abierta y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?

—Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se cuentan» (1).

En la segunda versión, porque la ideología estaba detrás de lo que quería decir un protagonista de la obra citada de don Ramón, Dório de Gádex (andaluz, por más señas), defendiendo el modernismo ante el integrismo del país: “Voy a escribir el artículo de fondo, glosando el discurso de nuestro jefe: «¡Todas las fuerzas vivas del país están muertas!», exclamaba aun ayer en un magnífico arranque oratorio nuestro amigo el ilustre Marqués de Alhucemas. Y la Cámara, completamente subyugada, aplaudía la profundidad del concepto, no más profundo que aquel otro: «Ya se van alejando los escollos». Todos los cuales se resumen en el supremo apostrofe: «Santiago y abre España, a la libertad y al progreso” o lo que hoy podría ser lo mismo pero pasando por el túnel de tiempo democrático, en un momento electoral crítico: ¡Galicia, abre España con tus votos a la libertad y al progreso!, ayudados por el resplandor de la luna (luar) que da continuidad a la vida, iluminándola en cualquier momento como si fuera el faro de Fisterra, perpetuo en el alma, omnipresente en el país, para facilitar a todos los que amamos esa tierra un viaje interior caminando siempre hacia adelante. Nosotros, desde Andalucía, junto a ellos también.

Unas horas antes de entrar en la jornada de reflexión en Galicia, me retiro a mi persona de secreto para escuchar una canción emblemática, Tú, gitana, que la relaciono inmediatamente con esta tierra: Tú, gitana que adivinas / dímelo, pues no lo sé / si saldré de esta aventura / o si en ella moriré. La canta Sara Vidal, acompañada por un conjunto al que admiro mucho, Luar na lubre (Resplandor de la luz en el bosque celta), grupo coruñés de música folk. Como casi nada es inocente en la vida, esta canción tampoco lo es, conociendo al autor de su música, Jose Zeca Afonso, el carismático líder de la revolución silenciosa de los claveles en Portugal, cantando como nadie Grándola, vila morena. Él recogió la letra de la canción, que pertenece al Cancioneiro popular de Vila Viçosa, de la que recojo una estrofa que no olvido: porque el pueblo es quien más ordena, a la sombra de una encina de la que yo no sabía su edad.

El domingo, el pueblo gallego, con sus votos, ordenará su vida política, a la sombra del resplandor (luar) de su tierra. No me cabe la menor duda.

(1) Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario, 2004. Madrid: Real Academia Española, 2ª Parte, Capítulo LVIII, pág. 988s.

NOTA: la imagen, el banco de Loiba, se ha recuperó el 25 de agosto de 2017 de: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/sociedad/2015/06/17/famoso-banco-loiba-noche-verano/0003_201506G17P28993.htm

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Mienten, sin compasión alguna, porque saben que algo queda

Sevilla, 15/II/2024

Vivimos rodeados de falsas noticias, falsas declaraciones, acusaciones falsas y así sucesivamente sin solución de continuidad, que se amplifican en los medios de comunicación y en su más allá, las redes sociales de cualquier marca, contaminadas por la mentira despiadada, caiga quien caiga y cueste lo que cueste a nivel personal. La verdad de lo que está pasando y viendo todos los días, se esconde, manipula y privatiza por doquier, por lo que el resultado está servido, convirtiéndose casi todo en públicas mentiras.

Decía Mark Twain, con cierto desdén, en La decadencia del arte de mentir que “Nadie podría vivir con alguien que dijera la verdad de forma habitual; por suerte, ninguno de nosotros ha tenido nunca que hacerlo», lo que no justifica la situación actual en la que estamos envueltos a diario ante tan poderosa señora, la mentira, junto a los profesionales que viven de ella, que incluso están en nómina por practicarla a diario sin mezcla de verdad alguna.

La retranca gallega me ha enseñado algo importante y a tener en cuenta en este momento delicado para salvaguardar la democracia decente, que haberla hayla: si alguna vez los profesionales de la mentira intentaran decir la verdad de lo que está ocurriendo, estoy seguro de que mentirían, fundamentalmente porque están incapacitados para llevar la ética profesional hasta las últimas consecuencias.

Por desgracia, el modelo de comunicación social que abunda en nuestro país, a través de los altavoces de los medios financiados por el capital y su más allá, es el de la mentira descarada o camuflada en relación con casi todo lo que se mueve, salvando a miles de personas que hacen todos los días su trabajo con una dignidad encomiable. También es verdad que determinados representantes políticos de nuestro país dejan mucho que desear a la hora de analizar la verdad en su quehacer diario. En estos momentos, aplicando de forma tozuda el principio de realidad que asola nuestras vidas, soy consciente de que estamos sobrepasados por experiencias políticas pasadas y presentes, enmarcadas en mentiras que parecen, en el mejor de los casos, verdades a medias, muy lejos del interés general. Ahora hace falta altura de miras, sensatez extrema, diálogo donde la búsqueda de la verdad sea un esfuerzo común, guardándose cada uno la suya en aquello que no une, no toda la verdad, aunque comprendamos ahora mejor que nunca algo que experimentó en su experiencia vital el gran político canadiense Michael Ignatieff en su frustrada carrera hacia la presidencia de su nación: “Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad”. Porque si no, solo nos quedará en nuestro pensamiento y sentimiento una reflexión […] que se podría convertir los próximos días en trending topic popular a todas luces: si nos dijeran la verdad algunos políticos, algunos medios de comunicación y sus comunicadores, no todos, mentirían. Aprendiendo con humildad de la paradoja de Epiménides, cuando afirmó que todos los cretenses eran unos mentirosos, porque casualmente…, él también lo era.

En este contexto, recuerdo de nuevo un libro aleccionador, El Ministerio de la Verdad: Una biografía del 1984 de George Orwell, de Dorian Lynskey, porque pone bastantes cosas en su sitio en el momento actual, a pesar de su distopía intrínseca. Su sinopsis oficial no deja lugar a duda alguna: “La fascinante obra 1984, de George Orwell, se ha convertido en un relato definitorio del mundo moderno. Su influencia cultural puede observarse en algunas de las creaciones más notables de los últimos setenta años, desde El cuento de la criada de Margaret Atwood hasta el hito televisivo Gran Hermano, mientras que ideas como «Policía del Pensamiento», «doblepensamiento» y «nuevalengua» están arraigadas en nuestro discurso. El Ministerio de la Verdad traza la vida de uno de los libros más influyentes del siglo XX y una obra que es cada vez más relevante en esta tumultuosa era de «noticias falsas» y «hechos alternativos». Dorian Lynskey investiga las influencias que confluyeron en la escritura de 1984, desde las experiencias de Orwell en la guerra civil española y en el Londres de la guerra hasta su fascinación por la ficción utópica y distópica. Lynskey explora el fenómeno en que se convirtió la novela cuando se publicó por primera vez, en 1949, y las formas cambiantes en que se ha leído desde entonces, revelando cómo la historia puede orientar a la ficción y cómo la ficción a su vez puede influir en la historia”.

El ocaso de la democracia tiene una misión muy próxima a la creación de un Ministerio de la Verdad, en términos orwellianos. La derecha cerril y la ultraderecha crean, poco a poco y a modo de gota malaya, un “nuevo lenguaje”, equívoco casi siempre, para defender su supuesta Verdad con mayúscula, manipulando todo lo que toca, convirtiendo todo en el contrario que haga falta, sin escrúpulo alguno y utilizando la maquinaria orwelliana de la única verdad posible. Creo que se puede llegar a entender así ya que los tres lemas del Ministerio de la Verdad de Orwell, (el lema del Ingsoc, acrónimo del “socialismo inglés” en la novela de Orwell), es decir, «La guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza», se puede trasladar a cualquier partido totalitarista de corte de derechas y su más allá, como hemos podido visualizar y escuchar estos días atrás en el Congreso de los Diputados y en el Senado de nuestro país. Triste experiencia que va más allá de una distopía con visos de realidad, porque también frecuentan un lema que me horroriza: “Quien controla el pasado controla el futuro”, es decir, no conviene en este país que se respete la memoria democrática, porque los guardianes de la Verdad son ellos, a través de su propia policía del pensamiento político. Si hay que cambiar la verdad de la Historia se cambia, porque para eso está detrás la maquinaria del partido ultraderechista. El totalitarismo social y político está cerca y estamos avisados.

Visto lo visto estos días pasados en el devenir político de este país, entro de nuevo en mi Clínica del Alma, mi biblioteca, para leer a  Marco Fabio Quintiliano, abogado y profesor de retórica, nacido en Calahorra en el siglo I d. C., porque es rotundo en su Instituciones oratorias (1): “Por lo común, el discurso manifiesta las costumbres y descubre los secretos del corazón, y no sin razón dejaron escrito los griegos que cada uno habla en público según la vida que tiene” (XI, 1), es decir, el orador será honrado si es creído o creíble, como manifiesta también en el mismo libro, en el capítulo IV, 2: “Nunca habla mejor el orador que cuando parece hablar con verdad”. Lo que de verdad me llama la atención en Quintiliano es la contundencia a la hora de unir oratoria con ética, tal y como lo demuestra de forma reiterada en su libro: “No separo el oficio de orador de la bondad moral” (II, 18),  “Porque no solamente digo que el que ha de ser orador es necesario que sea hombre de bien, sino que no lo puede ser sino el que lo sea. Porque en la realidad no se les ha de tener por hombres de razón a aquellos que habiéndose propuesto el camino de la virtud y el de la maldad, quieren más bien seguir el peor; ni por prudentes a aquellos que no previendo el éxito de las cosas, se exponen ellos mismos a las muy terribles penas que llevan consigo las leyes y que son inseparables de la mala conciencia. Y si no solamente los sabios, sino que también la gente vulgar ha creído siempre que ningún hombre malo hay que al mismo tiempo no sea necio, cosa clara es que ningún necio podrá jamás llegar a ser orador” (XII, 1).

El que quiera entender que entienda, pero necesitamos buena oratoria de hombres buenos y mujeres buenas en política, para acabar con los escándalos y sonrojos parlamentarios. Lo que puedo asegurar es que hay que blindar la Verdad en el Congreso de los Diputados y en el Senado para responder de la mejor forma posible y no desde un Ministerio de la Verdad no inocente, de la derecha cerril y ultraderecha, a la pregunta que deja entrever lo sucedido: ¿No será que no hablan bien algunos padres y algunas madres de nuestra patria, que mienten más que hablan, porque no son buenas personas? En Quintiliano se puede encontrar alguna solución a esta realidad que nos asola.

(1) López Navia, Santiago A. (ed.), El arte de hablar bien y convencer. Platón, Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, 1997. Madrid: Ediciones Temas de Hoy. Sobre la obra de Quintiliano, he utilizado la citada por el autor en su libro, Quintiliano, Instituciones oratorias, en la traducción de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier, editada en Madrid en 1916 por la Librería de Perlado y Páez, sucesores de Hernando, a la que se puede acceder online en la Biblioteca Virtual de la Universidad de Sevilla, en la siguiente dirección: Instituciones oratorias – Universidad de Sevilla (us.es), con alguna corrección sintáctica para facilitar la comprensión del texto.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Hablemos de tecnofeudalismo, digital por supuesto

Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital

Nicholas Negroponte, El mundo digital

Sevilla, 15/II/2024

Ayer se publicó en nuestro país un nuevo libro, Tecnofeudalismo, con un subtítulo calculado, El sigiloso sucesor del capitalismo, escrito por Yanis Varoufakis, autor a quien conocimos bien en 2015 como ministro de Finanzas en el gobierno heleno, una época en que Grecia resurgió serena y democráticamente en un amanecer hacia nuevos horizontes políticos que, por desgracia, no tardaron mucho en desaparecer estrepitosamente. El planteamiento reflejado en esta obra nace de un hilo conductor claro y contundente, sobre la base de que “el capitalismo ha muerto y el sistema que lo reemplaza no es mejor”, según se plantea en la sinopsis oficial del mismo: “Las dinámicas tradicionales del capitalismo ya no gobiernan la economía. Lo que ha matado a este sistema es el propio capital y los cambios tecnológicos acelerados de las últimas dos décadas, que, como un virus, han acabado con su huésped. Ésta es la principal conclusión a la que ha llegado el prestigioso economista Yanis Varoufakis tras años de estudio dedicados a desentrañar el origen y la transformación del sistema económico mundial. Los dos pilares en los que se asentaba el capitalismo han sido reemplazados: los mercados, por plataformas digitales que son auténticos feudos de las big tech; el beneficio, por la pura extracción de rentas. A partir de esta observación, confirmada por la crisis de 2008 y la provocada por la pandemia, Varoufakis ha desarrollado su teoría del «tecnofeudalismo», según la cual los nuevos señores feudales son los propietarios de lo que llama «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el medievo. Es este nuevo sistema de explotación lo que está detrás del aumento de la desigualdad. Sirviéndose de ejemplos que van desde la mitología griega y Mad Men hasta las criptomonedas y los videojuegos, este libro ofrece un arsenal analítico de valor inestimable para poder esclarecer la confusa realidad socioeconómica actual. Comprender el mundo que nos rodea es el primer paso para poder tomar el control, quizá por primera vez, de nuestro destino colectivo”.

Es verdad que casi todo lo que nos rodea está en la nube, fundamentalmente nuestra propia vida, porque nuestros datos vitales los poseen unos pocos y casi sin darnos cuenta. Estos nuevos propietarios o reyes digitales, son los dueños actuales del mundo y casi nada se mueve sin que ellos lo “autoricen” de una forma u otra. Ante esta realidad inexorable, vuelve a ocupar un primer plano la teoría del doble uso de los avances tecnológicos y digitales en el mundo digital, porque lo peor que puede ocurrir ante la lectura de este libro, que nos puede servir de ejemplo para otras lecturas, es que pasemos a formar parte de los tecnófobos radicales, que también existen, porque enfrentarnos a esta realidad sin criterio o principio ético alguno es como poner puertas al campo digital. La defensa sensata de la ética digital, como elemento revolucionario y transformador de la sociedad actual, que también existe en todas las proyecciones posibles, me lleva a leer con mesura lo expuesto por Varoufakis en su libro. Muestra de ello es que en 2001 ya lo expuse en este cuaderno digital, en un momento especial en mi vida profesional: “No pertenezco a la legión de embajadores del tratamiento de la informática como los proclamadores de la buena nueva digital, del evangelio digital, en frase de Hans Magnus Enzensberger, aquellos que declaran a los ciudadanos como ignorantes molestos. No soy tampoco vendedor de cajas de trucos pragmáticas, en expresión del mismo autor. No me gustan las brechas digitales… Lo que he venido haciendo desde que tengo uso de razón es buscar sentido a la vida cualquiera que sea la posición que se ocupa en ese momento en el vivir diario”.

Hoy, al aproximarme al libro de Varoufakis, he vuelto a encontrarme con Enzensberger, en una entrevista realizada por el maestro Juan Cruz, que he leído varias veces, porque me volvió a sorprender su frescura mental cuando ya había alcanzado 87 años de experiencia vital, en el marco temporal de la publicación de su último libro, Reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes. Han pasado veintitrés años y he recordado de forma entrañable un artículo suyo, El evangelio digital, publicado en Revista de Occidente, que me conmocionó en momentos transcendentales de mi carrera pública digital, fundamentalmente porque hacía una defensa de la ciudadanía tildada presuntamente de “ignorante”, “sierva” según Varoufakis, que ha vuelto a rescatar en el libro citado, sobre todo por las precauciones que hay que tomar en la llamada sociedad de la información y del conocimiento, así como por lo que fabrican algunos intelectuales a través de los departamentos de tonterías [sic], que incluso algunas pueden ser digitales por el uso y abuso desordenado de medios electrónicos (teléfonos inteligentes, tabletas, televisión, nube, etc.): “Sí, en ese sentido hay una parte reaccionaria del señor Z. Naturalmente estos aparatos no le gustan: no tiene móvil, lo rechaza, por tanto no tiene Twitter, ¡no, por favor, qué horror! En él hay todos los aspectos: el sabio, pero también el provocador, el gurú, el payaso… ¡Sí, está entre Sócrates y Jeff Koons! [risas]. Y sí, esta es una enciclopedia que alerta contra la estupidez humana. Pero tengo la cortesía de escribir libros breves; creo que es más amable que imponerle al público libros de mil páginas”.

Indiscutiblemente, hay que leer entre líneas estas afirmaciones sin darles patente de corso, porque es indudable que no dice tonterías de intelectual de tres al cuarto. Me ha preocupado siempre su reflexión acerca de que a veces digitalizamos tantos procesos humanos que se llega a considerar a los ciudadanos como ignorantes molestos por el mundo analógico en el que creemos que están instalados, pasando a formar parte del macromundo de torpes digitales, por qué no, siervos digitales también en el tecnofeudalismo actual. En todo se debe marcar siempre una delgada línea roja, sobre todo cuando la equidad digital sigue siendo una quimera en la sociedad actual donde se están tomando decisiones desde determinados centros de poder digital, por personas que caben en un taxi (digital, por supuesto) y que pueden llegar a afectar a la quintaesencia del ser humano (1), magníficamente expuesto también por Varoufakis. 

Juan Cruz aborda con delicadeza una cuestión esencial para una persona de tan dilatada vida intelectual, con la prevención digital que tanto lo ha caracterizado. Su protagonista, el señor Z, “dice que la avalancha de información se evaporará. Y añade que “existe vida más allá de los medios”. Ante esta observación, Enzensberger se muestra en estado puro: “Yo también digo que en este momento todos los medios hablan de la digitalización y predicen que todo ha de ser digital. ¡Abajo con el papel, es demasiado analógico! No estoy de acuerdo: yo como analógicamente, duermo analógicamente… Este es un sistema analógico. La rodilla es analógica, la lengua no es un ordenador. ¡No hay que exagerar con lo digital, no es la solución de todo! Los industriales dicen que hay que digitalizar lo más posible, porque hay capacidad de reducir el tamaño de las máquinas… ¿No te parece que se muere también analógicamente, no digitalmente?”.

Con esta reflexión, he vuelto a pensar en el maravilloso avance de la sociedad digital, aquél mundo que preconizó Negroponte y que ha aportado a la humanidad avances tan espectaculares y que, personalmente, fue un revulsivo en mi vida personal y profesional. Pero tengo que reconocer que tengo una profunda inquietud sobre la deriva digital que se está viviendo en el mundo actual, centrado todo en la acumulación de ese poder -digital por supuesto- en sólo unas cuantas personas que lo detentan sin compasión humana alguna y que se refugian en la llamada “nube”, que no se sabe a ciencia cierta dónde está, ni se la espera en el llamado “principio esperanza” para alcanzar la libertad en democracia, digital también, por supuesto. Voy a leer con intención sana este nuevo libro de Varoufakis, fundamentalmente porque vivo una ardiente impaciencia digital (Neruda, dixit), ya que lo que verdaderamente me preocupa es que todo está tan maravillosamente bien planificado desde la revolución digital en este siglo XXI, superando por goleada a la industrial de antaño, en sus sucesivas versiones, que lo único que sobra realmente es la persona “ignorante molesta”, “sierva digital” en definitiva, a la que no se le suelen ocurrir las tonterías de los intelectuales altaneros, tecnofeudales de nuevo cuño,  a los que criticó hace ya muchos años Hans Magnus Enzensberger.

Ya que hablamos del mundo digital, una cosa más, que diría Steve Jobs en sus intervenciones clásicas. Estoy convencido de que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, incluso la todopoderosa Nube, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas que son el corazón de las máquinas, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, en la Nube, porque sé que la inteligencia humana, digital, es decir, la base de la inteligencia artificial, puede y, sobre todo, debe, desarrollar la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, fundamentalmente cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal de su «doble uso», es decir, la utilización de los descubrimientos digitales para tiempos de guerra y paz, como en el caso de los drones que sobrevuelan hoy de forma mortífera sobre Ucrania y Gaza o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola PlayStation que para los misiles Tomahawk. Ese es el principal reto de la inteligencia en la Nube: superar el tecnofeudalismo digital, que sí es verdad que nos invade y que ha venido para quedarse entre nosotros, para que podamos tomar de nuevo el control democrático del mundo actual, humano, por supuesto, en beneficio de todos y sin excepción alguna.

En el contexto comentado anteriormente, la reflexión de Negroponte que encabeza estas líneas sigue estando muy presente en mi vida, después de un largo recorrido digital: Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital.

(1) Morozov, Evgeny (2015, 16 de mayo). Siervos y señores de Internet, El País.com. Artículo extraordinario que demuestra que Internet tampoco es inocente.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

13 y martes, ni te cases ni te embarques

Sevilla, martes y 13 de febrero de 2024

A pesar del pronóstico histórico de los agoreros mayores de nuestro Reino actual, he decidido hacer hoy, ante la pantalla digital en blanco, una singladura corta por islas conocidas de este cuaderno digital, encontrándome en esta bitácora tan especial un mapa muy importante para comprender bien este día de infortunio, con un título muy atractivo, En martes y 13, ni te cases ni te embarques, que conservo tal cual, en su día y año de autos, 13 de diciembre de 2022, martes por supuesto.

He vuelto a leerlo como si fuera hoy lo que escribí ayer y he decidido compartirlo con la Noosfera, la malla pensante de la humanidad, tal como la definieron en el siglo pasado Teilhard de Chardin y Tom Wolfe, cada uno con su cadaunada existencial. Espero que a todos nos sirva hoy para seguir navegando por los mares procelosos del miedo a la libertad.

Dicen algunos miembros de lo que llamo el ‘Club de los tristes, tibios y mediocres’, que hoy, martes y 13, era lo que nos faltaba, en una superstición reflejada en una paremia (refrán, proverbio, adagio o sentencia), con una larga historia, que es constatable en muchos lugares del mundo, es decir, que no ha sido una “tontería humana más”, como algunos la tildan, sino que en compañías aéreas como Iberia, entre otras internacionales, pude constatar muchas veces que suprimía esa fila 13 en su flota de aviones, justificándolo como muestra de respeto hacia pasajeros que sufren una fobia con un nombre bastante raro: triscaidecafobia, definida como “miedo irracional al número 13”, en todas sus manifestaciones posibles.

El Centro Virtual Cervantes, que cuida con esmero nuestro idioma, dedica unas palabras al enunciado básico de este refránEn martes, ni te cases ni te embarques, explicándolo con las siguientes observaciones: “Se recomienda no hacer nada arriesgado el martes, por considerarse un día aciago, de mala suerte”, este refrán como tal se usa con alta frecuencia, la fuente es oral y de transmisión boca a boca, aunque tiene un especial interés por sus observaciones: “Como el martes estaba consagrado a Marte, el dios de la guerra en la mitología latina, se consideraba día de mal agüero para emprender algo importante. A esa superstición aluden también los refranes En todas partes tiene cada semana su martes y Para un hombre desgraciado, todos los días son martes. En otras culturas, como la egipcia o la turca, era considerado asimismo día aciago. Algunos historiadores españoles relacionaban esta superstición con el hecho de que en martes se produjeron algunas importantes derrotas de los moros a las tropas cristianas. En otros países, el día aciago es el viernes. Este refrán es uno de los pocos refranes supersticiosos que se dicen en la actualidad”. Igualmente, en el enunciado desarrollado, en tal día como hoy, En martes y trece, ni te cases ni te embarqueslas variantes que publica son muy curiosas: En martes, ni tu tela urdas ni tu hija cases (Correas1627 1816); En martes, ni te cases ni te embarques, ni de los tuyos te apartes (Cuba, Panamá) (1001 nº 431); En martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes (Colombia, México, Puerto Rico, Rep. Dominicana) (1001 nº 431) y En martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu mujer te apartes (Argentina) (1001 nº 431). Merecería la pena conocer los contextos históricos en los que se enraízan estas variantes y una oportunidad comienza con la consulta de los hiperenlaces descritos.

Para completar este día aciago para muchos, no para mí precisamente, traigo a colación una reflexión ya publicada en este cuaderno digital, en torno a este refrán básico y sin variantes. En una sola frase, ¡Cuénteme la verdad!, está encerrado un bello relato de la escritora Diane Setterfield, El cuento número trece, que nace en las primeras páginas de la novela cuando la afamada escritora inglesa Vida Winter escribe una carta a Margaret Lea, persona muy vinculada a una librería de su padre que ha trasteado desde que era pequeña, biógrafa de “perdedores” no de personajes de gran relumbrón y “cuidadora” de libros, pidiéndole que vaya a su casa para hacer algo que siempre está dando vueltas en su cabeza desde que un avispado periodista del Banbury Herald le solicitó en una entrevista que le contara la verdad: “Señorita Winter, cuénteme la verdad”. Ella tenía su propio criterio sobre la verdad con mayúscula y minúscula y así lo manifiesta en la carta citada: “Mi queja no va dirigida a los amantes de la verdad, sino a la Verdad misma. ¿Qué auxilio, qué consuelo brinda la Verdad en comparación con un relato? ¿Qué tiene de bueno la Verdad a medianoche, en la oscuridad, cuando el viento ruge como un oso en la chimenea? ¿Cuándo los relámpagos proyectan sombras en la pared del dormitorio y la lluvia repiquetea en los cristales con sus largas uñas? Nada. Cuando el miedo y el frío hacen de ti una estatua en tu propia cama, no ansíes que la Verdad pura y dura acuda en tu auxilio. Lo que necesitas es el mullido consuelo de un relato, la protección balsámica, adormecedora, de una mentira”.

La carta finaliza comunicando a Margaret Lea que ha llegado ese ansiado momento de contar la verdad, citándola para ese primer encuentro un lunes, en un lugar determinado y a una hora concreta. Lo que viene después hay que trabajarlo con la mente, los sentimientos y las emociones, hasta llegar a descubrir cuál es el cuento número trece, camino que no voy a desvelar hoy por razones obvias. ¿Por qué esta referencia de esta novela en un día como hoy? Fundamentalmente, porque es una fecha y un día de calendario que tiene mala fama, que casi todo el mundo conoce, sobre todo las personas que fijan bodas y cruceros, por ejemplo, por el evidente riesgo popular que corren. Conocer la verdad de por qué esta mala fama, es una búsqueda de la verdad con minúscula que tiene múltiples interpretaciones aunque las más arraigadas culturalmente son las vinculadas con el valor simbólico de los números, donde el doce ocupa un lugar estelar y porque el uno y el tres, cada uno por separado, han jugado un papel muy importante en la historia de la humanidad. La elección de esta novela, de nuevo, es un guiño al poder de la literatura para convertir algo aparentemente inútil en una muestra de nueva interpretación de la vida, de sus secretos más allá de los números queridos u odiados por sí mismos.

El secreto de la distinción entre la verdad y la mentira del número trece lo refleja muy bien Vida Winter en la primera página de la novela, como cita premonitoria y a modo de dedicatoria, que aparece como referencia de sus cuentos famosos: “Todos los niños mitifican su nacimiento. Es un rasgo universal. ¿Quieres conocer a alguien? ¿Su corazón, su mente, su alma? Pídele que te hable de cuando nació. Lo que te cuente no será la verdad: será una historia. Y nada es tan revelador como una historia” (Cuentos de cambio y desesperación). 

Hoy, cuando nos hemos despertado, este cuento sobre el día trece y martes de este tiempo tan complejo sigue con nosotros, esperando su lectura y la mejor interpretación posible de la Verdad. Probablemente, podría ser tu historia, la mía o la nuestra jamás contadas, llenas de verdad, revelación y misterio en un día de calendario normal, según se mire. Eso sí, sin superstición alguna.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Josep Renau y su visión no inocente de la sociedad de consumo

Sevilla, 12/II/2024

He visitado hoy la exposición Visiones expandidas, una isla desconocida para mí, aunque con el hilo conductor del maravilloso mundo que ofrece siempre el hecho de poder fotografiar la vida, actividad cultural no inocente a la que he dedicado bastantes páginas en este cuaderno digital.

En su página web oficial, se presenta la exposición como “una lectura cronológica lineal de la historia de la fotografía experimental desde finales del siglo xx hasta la actualidad. […] A principios del siglo xx, dadaístas, surrealistas y constructivistas exploraron los límites del lenguaje fotográfico como un medio para plasmar el espíritu de los tiempos modernos. Imágenes abstractas, fotomontajes o fotogramas obtenidos sin intervención de la cámara permitieron expresar las inquietudes formales, sociales y políticas del momento. Desde la segunda mitad del siglo xx, la experimentación fotográfica sigue desdibujando los límites entre pintura, escultura, cine y performance. Un recorrido desde los inicios de la experimentación fotográfica a partir de obras de la colección del Musée National d’Art Moderne – Centre d’Art Georges Pompidou, estructuradas en seis secciones temáticas: Luces, Movimiento, Alteraciones, Recrear mundos, La visión a prueba y Anatomías”.

Josep Renau, Sociedad de consumo, 1972

La experiencia ha sido extraordinaria y he podido constatar el recorrido histórico de las técnicas fotográficas y las ideologías que siempre han llevado dentro, eligiendo para esta isla desconocida y descubierta hoy, una obra de Josep Renau (1907-1982), fotomontador, muralista y cartelista valenciano, con un título muy significativo, Sociedad de consumo (1), que se explica por sí mismo. Creo que se entiende muy bien su mensaje, cuando se lee, con el detalle que se merece, la biografía del autor, a quien tengo que reconocer que no conocía hasta el encuentro de hoy, que traigo al puerto seguro de una singladura especial, ideológica sin duda alguna, no inocente, como homenaje a la memoria democrática de este país.

Efectivamente y como ocurre con las ideologías, las fotografías nunca son inocentes, porque siempre hay un ojo humano detrás que ordena. Me pasó cuando supe del fallecimiento del fotógrafo francés Marc Riboud en 2016, que muchas personas recordarán por su famosa fotografía de la chica con la flor, por cierto, no inocente. He conocido el hilo conductor de su profesión, por una frase de un especialista en los cuidados del ojo, del siglo XIII, Pietro Spanno, que llegó a ser Papa bajo el nombre de Juan XXI: “El ojo es un miembro noble, redondo y radiante. Ver es el paraíso del alma”. Ese es el secreto y la magia del ojo humano cuando ordena el clic que fija momentos especiales de la vida para la posteridad. Igual que cuando se fotografía el dolor o la muerte, muchas veces con alto riesgo personal de profesionales excelentes, comprometidos, facilitando imágenes recientes, por ejemplo de las guerras de Ucrania y Gaza, entre otras, que desgraciadamente ya son habituales para el procesamiento de nuestra retina y que tanto nos hacen pensar, cumpliendo su función.

(1) Sociedad de consumo, 1972. Fotomontaje original de fotografías a las sales de plata sobre papel, coloreadas a mano, recortadas y pegadas sobre cartón. Fundación Josep Renau – IVAM.

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

En memoria de Seiji Ozawa, el maestro que prestó siempre atención reverencial a la música

Seiji Ozawa (1935-2024)

Sevilla, 11/II/2024

El pasado 6 de febrero falleció en su casa de Tokio, a los 88 años, como consecuencia de un paro cardiaco, Seiji Ozawa, gran maestro de la música y director de orquesta de fama internacional. Suya es una reflexión sobre la música con la que me identifico plenamente: «La música es tan internacional como una puesta de sol. Se puede ver desde Paris o desde Tokio, pero siempre habrá gente que la disfrute o aprecie más. Todo el mundo puede disfrutar de Mozart, pero no todas las mentes están dispuestas a prestarle atención». Fundamentalmente, porque cuando se vive cerca de la música, se descubre que es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum), tal y como aparece en la tapa de mi clave.

En 2020 dediqué unas palabras, en este cuaderno digital, a un diálogo extraordinario entre dos grandes maestros de la literatura y de música, respectivamente, Haruki Murakami y Seiji Ozawa, unidos por su nacionalidad japonesa y experiencias personales y vitales. Hoy vuelvo a publicarlas como pequeño homenaje a su vida y obra, consolidada en la Orquesta Sinfónica de Boston (1973-2002), a la que dedicó prácticamente toda su vida.

Murakami y Ozawa: un diálogo magistral

Se ha publicado en la editorial Tusquets un libro muy esperado en su traducción al español, Música, sólo música, que recoge las conversaciones mantenidas por dos maestros de la literatura y de la música, Haruki Murakami y Seiji Ozawa, a lo largo de dos años, desde 2010. Es una joya bibliográfica, porque resume una vida de amor y respeto mutuo, de ambos maestros, a la música y a la literatura. Como adelanto, adjunto a continuación un fragmento facilitado por la editora, que simboliza muy bien el alcance de estos encuentros y su legado en favor de la cultura para todos. Me han parecido memorables las palabras de Leonard Bernstein en la presentación del Concierto para piano y orquesta n.º 1 de Brahms, a cargo de Glenn Gould y bajo la dirección del propio Bernstein con la Filarmónica de Nueva York, que se puede escuchar en directo en la playlist que adjunto a continuación.

FRAGMENTO

PRIMERA CONVERSACIÓN

En esencia, sobre el Concierto para piano y orquesta n.º 3 en Do menor de Beethoven.

Mantuvimos esta primera conversación en mi casa de Kanagawa, al oeste de Tokio, el 16 de noviembre de 2010. Nos dedicamos a sacar vinilos y cedés de las estanterías, los escuchábamos y después los comentábamos. Para evitar que la conversación saltara de un asunto a otro mi plan era abordar un tema concreto. En esta primera ocasión decidimos, por tanto, centrarnos en el Concierto para piano y orquesta n.º 3 en Do menor de Beethoven. Después decidimos comentar la interpretación de Gould y Bernstein del Concierto para piano y orquesta n.º 1 en Re menor de Brahms, que ya he mencionado antes. Se daba la circunstancia de que Ozawa tenía programado un concierto de la obra de Beethoven con la pianista Mitsuko Uchida al mes siguiente en Nueva York. 

Finalmente, a causa de una dolencia crónica de espalda agravada por el largo viaje hasta Nueva York y una neumonía como consecuencia de la ola de frío que azotaba la ciudad ese invierno, Ozawa se vio obligado a ceder la batuta a un sustituto y la misma tarde del concierto tuvimos la oportunidad de hablar durante tres horas seguidas de esa obra. Hicimos algún que otro descanso para evitar que se fatigara en exceso, a fin de que él tomase sus medicamentos y pudiera comer algo, como le había prescrito el médico.

Comienzo de la playlist por el Concierto para piano y orquesta n.º 1 en Re menor de Brahms, acompañando la lectura del libro.

MURAKAMI: Recuerdo que hace tiempo me habló de una interpretación del Concierto para piano y orquesta n.º 1 de Brahms a cargo de Glenn Gould y con Leonard Bernstein al frente de la Filarmónica de Nueva York. Antes de comenzar, Bernstein se dirigió al público y anunció que se disponían a interpretar el concierto de acuerdo con el criterio del señor Gould, con el cual él no estaba de acuerdo.

OZAWA: Sí, yo estaba allí como asistente de dirección de Lenny (Leonard). De pronto, antes de empezar, Lenny salió al escenario y se dirigió al público. Por aquel entonces yo no entendía bien el inglés, así que le pregunté a la gente de mi alrededor qué decía y pude hacerme una idea general.

MURAKAMI: Ese episodio está incluido en el disco que tengo aquí.

Palabras de Bernstein

No se apuren. El señor Gould está aquí (el público ríe con cierto disimulo). Enseguida vendrá. Como ya sabrán ustedes, no tengo costumbre de hablar antes de los conciertos, a excepción de los pases de los jueves por la noche, pero ha ocurrido algo peculiar que merece, creo, una o dos palabras por mi parte. Están a punto de escuchar una interpretación, digámoslo así, poco ortodoxa del Concierto para piano y orquesta n.º 1 en Re menor de Brahms, muy distinta de cualquier otra que yo haya podido escuchar, o incluso soñar, hasta ahora por sus notables y amplios tempi, así como por sus desviaciones respecto a las dinámicas indicaciones del propio Brahms. No puedo decir que esté totalmente de acuerdo con el señor Gould, y eso pone en evidencia una importante cuestión: ¿qué pinto yo aquí dirigiéndolo? (Murmullos de la audiencia.) Lo dirijo porque el señor Gould es un artista tan serio e importante que no me queda más remedio que tomar en consideración cualquier cosa que se le ocurra de buena fe, y en este caso su concepción es lo suficientemente interesante como para convencerme de que ustedes deberían escucharlo. Pero la pregunta anterior sigue en pie. ¿Quién manda en un concierto, el solista o el director? (El público ríe cada vez más abiertamente.) La respuesta, obviamente, es que unas veces manda uno, y otras el otro, dependiendo de quien se trate. Casi siempre, ambos se las arreglan para trabajar juntos, ya sea mediante la persuasión, el encanto o incluso las amenazas. (Risas.) Eso permite ofrecer una interpretación coherente. En toda mi vida profesional sólo en una ocasión me he visto obligado a someterme por completo a la concepción radicalmente nueva, e incompatible con la mía, de una obra, fue la última vez que interpreté junto con el señor Gould. (El público estalla ahora en carcajadas.) Hoy, sin embargo, las discrepancias entre nuestros puntos de vista son tan enormes que creo necesario permitirme este pequeño descargo de responsabilidad. Por lo tanto, y volviendo a la pregunta de antes, ¿por qué lo dirijo? ¿Por qué no aprovecho para organizar un pequeño escándalo y busco un solista que lo sustituya, o dejo a mi asistente que se haga cargo de dirigirle? Pues porque estoy fascinado, encantado, de tener la oportunidad de ofrecerles una nueva visión de una obra tantas veces interpretada. Más aún, porque el señor Gould interpreta en muchos momentos con una frescura y una convicción sorprendentes. También porque todos nosotros podemos aprender algo de este extraordinario artista y sesudo intérprete. Y en último lugar porque en la música existe lo que Dimitri Mitrópoulos llamaba «el elemento deportivo», una curiosidad, un ansia de aventura, de experimentación, y les aseguro que toda esta semana de ensayos ha sido una verdadera aventura trabajar con el señor Gould para preparar este concierto. El resultado de ello es lo que les presentamos hoy aquí. (Aplausos sostenidos.)

OZAWA: Sí, sí. Fue algo así, aunque ya entonces no me pareció oportuno que lo dijera antes del concierto. De hecho, aún lo pienso.

MURAKAMI: Al menos Bernstein se lo tomó con sentido del humor y el público se rio a pesar de cierta confusión inicial.

OZAWA: Sin duda. A Lenny se le daba muy bien hablar.

MURAKAMI: No hay nada que objetar a su discurso. No revela nada malo entre ellos dos, tan sólo advierte de antemano que el tempo de la obra es de Gould, no suyo.

Empieza la música.

MURAKAMI: Mmm… Es verdad, el tempo resulta extrañamente lento. Creo entender lo que quería decir Lenny con su advertencia.

OZAWA: Esta parte es claramente un amplio compás de dos por dos, y en cada una de las secciones hay que contar un, dos, tres / cuatro, cinco, seis. Pero Lenny dirige como si fueran las seis seguidas porque los compases de dos por dos son demasiado amplios para mantener un intervalo consistente entre los golpes. No le quedaba más remedio que hacerlo así. Lo normal es uno… y dos…, y él lo dirige como uno… dos… Seguramente hay muchas formas de ejecutarlo, pero es así como se ejecuta casi siempre. Aquí, por el contrario, con un tempo tan lento no podía mantener un intervalo consistente entre los golpes, por lo que debería ser un, dos, tres / cuatro, cinco, seis. Por eso no fluye bien y se para todo el tiempo.

MURAKAMI: ¿Y el piano? OZAWA: Estoy seguro de que pasa lo mismo.

Empieza el piano (4:29).

MURAKAMI: Es verdad, el piano va muy lento.

OZAWA: Sí, pero tiene un sonido excepcional, sobre todo si no lo has oído nunca. Das por hecho que así es como funciona la pieza, como si fuera una hermosa melodía del campo.

MURAKAMI: No debe de ser fácil interpretarlo alargándolo de esa manera.

OZAWA: No. Escuche cuando llega a esta parte. Uno no puede dejar de maravillarse.

MURAKAMI: Por aquí (el volumen aumenta y entran los timbales) (5:18) la orquesta suena como si fuera por su lado.

OZAWA: Cierto. Esta no es la grabación del Manhattan Center, ¿verdad? ¿Es la del Carnegie Hall?

MURAKAMI: Sí, es la grabación en directo del concierto en el Carnegie Hall.

OZAWA: Claro. Por eso el sonido es tan apagado. Al día siguiente se hizo otra grabación ya programada en el Manhattan Center.

MURAKAMI: ¿De la misma obra?

OZAWA: La misma, pero nunca llegó a comercializarse.

MURAKAMI: No, estoy bastante seguro de que no se puede encontrar.

OZAWA: También estuve en esa grabación. Era ayudante del director. Cuando Lenny decía que podía haber dejado la dirección en manos de su asistente, se refería a mí. (Risas.)

MURAKAMI: De no haber llegado a un acuerdo entre ellos, usted habría ocupado el puesto de Bernstein… En cualquier caso es un concierto en el que se nota mucha tensión.

OZAWA: Sin duda. No está muy pulido.

MURAKAMI: Al tocar tan lento da la sensación de que, en cualquier momento, todos se van a poner a tocar como les parezca.

OZAWA: Exacto. Está a punto de que ocurra.

MURAKAMI: Por cierto, cuando Gould tocó con la Orquesta de Cleveland, George Szell y él no llegaron a ningún entendimiento y al final Szell renunció en favor de su ayudante. Lo leí en alguna parte.

Empieza a sonar la sección de piano del primer movimiento (5:56).

OZAWA: Suena extrañamente lento, pero si Gould toca así, la cosa funciona, ¿no le parece? La impresión no es mala.

MURAKAMI: Debía de tener un sentido del ritmo muy desarrollado. No sé cómo explicarlo, pero me da la sensación de que es capaz de alargar el sonido y ajustarlo todo el tiempo al marco de la orquesta.

OZAWA: Entendió a la perfección el flujo de la música, pero Lenny también. Ambos se dedicaban en cuerpo y alma.

MURAKAMI: Pero ¿no es una pieza que suele interpretarse como un estallido de pasión?

OZAWA: Sí, tiene razón. Aquí no se aprecia demasiada pasión.

El piano toca el hermoso segundo tema del primer movimiento (7:35).

OZAWA: Esta parte, por ejemplo, con este ritmo funciona bien. Me refiero al segundo tema. ¿No le parece?

MURAKAMI: Sí, está bien.

OZAWA: La parte anterior con un sonido más fuerte produce una sensación un tanto áspera, poco sofisticada, pero esta parte seduce.

MURAKAMI: Acaba de decir que Lenny también entendía perfectamente el flujo de la música, que se dedicaba en cuerpo y alma a ella, y a pesar de todo no está usted de acuerdo con el hecho de que un director se dirija al público antes del concierto como hizo él, ¿verdad?

OZAWA: No, no. Nunca me ha parecido una buena idea, pero se trataba de él y más o menos convenció a todo el mundo.

MURAKAMI: Quiere decir que es mejor escuchar la música tal cual, sin prejuicios, ¿verdad? Sin embargo, yo entiendo que Bernstein quería aclarar de quién era la idea de interpretar así.

OZAWA: Supongo.

[…]

Continúa este apasionante diálogo abordando temas tan sugerentes como los coleccionistas de discos y la segunda conversación, sobre Brahms, en el Carnegie Hall, la interpretación de Ozawa con la Saito Kinen Orchestra y la mágica relación de la escritura con la música. También abordan el trabajo de Ozawa como director asistente a las órdenes de Leonard Bernstein, el significado de las partituras, la interpretación sorprendente de La consagración de la primavera, algo parecido a una historia oculta. Más adelante, hablan sobre tres grabaciones de la Sinfonía fantástica dirigidas por Ozawa, la batuta de Eugene Ormandy y una nueva conversación, sobre la música de Gustav Mahler, curiosidades de los encuentros de Bernstein con Mahler y la evolución histórica de este compositor a la que dedican grandes tramos de sus diálogos interminables y profundos.

Finaliza su interludio IV, del blues de Chicago a Shinichi Mori y la quinta conversación, sobre las alegrías de la ópera (la ópera es divertida), con la confesión de Murakami de que no había nadie tan alejado de la ópera como él. La anécdota de Milán en 1980, de la que fue protagonista Ozawa por un abucheo anunciado y del que ya había sido advertido por von Karajan, se recoge también, situación en la que la madre del director creía que cuando le abucheaban le estaban reconociendo su gran talla internacional, cuando era todo lo contrario. Una situación delicada que Pavarotti resolvió con su inmensa delicadeza y ternura: «Seiji, si te abuchean es porque has alcanzado la cumbre».

Los diálogos culminan con la sexta conversación, con un mensaje aleccionador y sugerente: no existe una única forma de enseñar porque uno la inventa a medida que avanza, concluyendo estos intercambios del alma con un emocionante epílogo de Seiji Ozawa.

Es un libro para leer de forma pausada, compartiéndolo con las obras maestras de grandes compositores referenciadas en su diálogo. Es la razón de por qué acompaño la playlist proporcionada por la editora del libro, Tusquets, para deleite de los amantes de la música y de la literatura que, cuando caminan juntas, ennoblecen el alma humana. Gracias a ambos maestros, Murakami y Ozawa, aunque el libro nos haya llegado nueve años después de su publicación en japonés a nivel mundial. Nunca es tarde, porque la música y la literatura son intemporales para el alma…, su gran intérprete.

(1) Murakami, Haruki y Ozawa, Seiji (2020). Música, sólo música. Barcelona: Tusquets Editores.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

Lucía, una niña singular, merece hoy el mejor Goya

Sevilla, 10/II/2024

En abril de 2023 dediqué un pequeño homenaje a una película rodada en este país, 20.000 especies de abejas, que me conmovió, porque contaba una historia especial sobre la singularidad trans desde la perspectiva de una niña y su pequeño mundo íntimo y personal, en una sociedad tan proclive a las etiquetas y prejuicios de todo tiempo, sin mezcla de comprensión alguna.

Como manifiesto más adelante, esta película no es inocente, hay una ideología en ella y cumple una misión muy importante: contar, de forma especial, una historia cercana, honesta y sincera, impregnada de valores humanos, que ayuda en definitiva a transformar la sociedad actual.

Por este motivo, vuelvo a publicar aquellas palabras sobre la historia de Lucía, declarando, horas antes del comienzo de la ceremonia, que es mi candidata a la mejor película de los premios Goya 2024, aunque más allá de este reconocimiento cinematográfico, sólo sirva para dignificar a los niños y niñas de este país que no son aceptados socialmente en su singularidad trans.

Lucia o el encanto de una niña singular

Desde hace bastantes meses sigo de cerca una aventura apasionante, la de la película dirigida por Estibaliz Urresola Solaguren, autora también de su guion, 20.000 especies de abejas, multipremiada a pesar de su corta vida, que hoy se estrena en las salas de nuestro país, en la que se narra algo de especial interés por su trasfondo humano en un mundo en el que se vive de forma difícil la diversidad y la singularidad, tal y como la explica la sinopsis oficial de esta obra de arte: “Cocó [Sofía Otero], de ocho años, no encaja en las expectativas del resto y no entiende por qué. Todos a su alrededor insisten en llamarle Aitor pero no se reconoce en ese nombre ni en la mirada de los demás. Su madre Ane, (Patricia López Arnaiz), sumida en una crisis profesional y sentimental, aprovechará las vacaciones para viajar con sus tres hijos a la casa materna, donde reside su madre Lita (Itziar Lazkano) y su tía Lourdes (Ane Gabarain), estrechamente ligada a la cría de abejas y la producción de miel. Este verano que cambiará sus vidas obligará a estas mujeres de tres generaciones muy distintas a enfrentarse a sus dudas y temores. Y sobre todo, a Ane a ser por fin honesta consigo misma”.

He leído todo lo que podido sobre la génesis de la película y he encontrado algo de marcado interés ante la realidad pura y dura del mercado cinematográfico, porque esta película no es mercancía sino un producto que nace a través de una productora también singular, Gariza films, que tiene intereses muy diferentes a los que fomenta ese mercado y sus mercancías, de las que la industria del cine tampoco se libra: “es una productora feminista e independiente que crea y produce proyectos audiovisuales desde 2010. El cine es nuestra manera de vivir, nuestra pasión. Por eso, realizamos nuestros proyectos siempre desde la cercanía y la sinceridad”. Sus características principales son: el apoyo al talento joven “porque creemos en el talento de los jóvenes emergentes que como nosotras crean proyectos de gran calidad que tienen muchas, pero muchas cosas que contar al mundo”, ser una productora feminista, es decir, “un espacio libre para poder dar voz a las historias que tienen que ser contadas. Apostamos por nuevas directoras que proyectan diferentes perspectivas. Queremos un cine igualitario, en el que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades de mostrar su creatividad e ingenio cinematográfico y trabajamos por conseguirlo. ¡Y lo conseguiremos!”, así como hacer un cine independiente y de autor: ”visibilizamos las películas que crecen al margen del epicentro de la industria. Cuidamos cada detalle de cada proyecto en el que participamos y garantizamos la diversidad”. Y, por último, defienden la escucha, la cercanía y la honestidad: “nos encanta escuchar nuevas historias, el vértigo que se siente al principio de un proyecto y formar parte de pequeños y grandes equipos de trabajo. Para nosotras cada proyecto tiene unas necesidades diferentes, y es nuestra labor reconocerlas y responder adecuadamente a cada una de ella, de forma individualizada y personalizada”.

Todo lo anterior es lo que está detrás de una historia tan hermosa como la que narra esta bellísima película, porque es un hecho constatable que la producción de la misma no es inocente, hay una ideología detrás de cada producción y llevan a cabo algo muy importante: contar, de forma especial, una historia cercana, honesta y sincera, impregnada de valores humanos, que ayude en definitiva a transformar la sociedad actual. La película tiene ya un amplio reconocimiento cinematográfico mundial, como ganadora en la Berlinale del Oso de plata 2023 a la mejor interpretación de la jovencísima actriz con sólo nueve años, Sofía Otero y la Biznaga de oro en el Festival de Málaga de este año a la mejor película, en la que la directora lanzó un mensaje reivindicativo: «Creo que cada vez más hay una voluntad de poner en valor y visibilizar las infancias trans. Es muy importante que estos niños encuentren su sitio en el mundo. Con esta película he querido hablar de ello desde el enfoque de la familia y cómo se transforman todos sus miembros cuando tienen que acompañar a una persona que se está expresando de una forma distinta a la que todos habíamos concebido«. También obtuvo la Biznaga de Plata a Mejor Actriz de Reparto para Patricia López Arnáiz.

Conocí hace dos meses la intrahistoria de esta película, que me conmovió: “Un proyecto que nació cuando Urresola conoció el caso de Ekai, un niño trans de 16 años que se suicidó tras luchar por un tratamiento hormonal que nunca logró. “Dejó una carta y me conmovió”, recuerda la directora. “Era una carta de despedida, pero al mismo tiempo me conmovió la esperanza que proyectaba él en esa carta hacia la generación de las niñas y los niños que vinieran detrás de él, que vivieran un escenario de más aceptación y donde lo tuvieran más fácil que él. Recuerdo que, a raíz del caso de Ekai, hubo un despertar, por lo menos en la sociedad vasca, sobre esta temática, que yo creo que no formaba parte de la agenda social ni del imaginario. No pensábamos que lo trans pudiera estar ya presente desde las infancias más tiernas”, […] Un despertar que luego se multiplicó por toda España y que también provocó movimientos reaccionarios como “ese autobús naranja que intentaba preservar los pensamientos más rígidos de la idea del género y de las identidades”. “Creo que justamente lo que logró ese autobús fue dar mucha más repercusión y altavoz a esta realidad”, dice la autora sobre la campaña que impulsó HazteOír. 20.000 especies de abejas nació en 2018, cuando Urresola comienza el proceso de investigación y las entrevistas a las familias de niñas y niños trans. Su proceso de creación ha ido en paralelo con la evolución de la sociedad española que ha concluido en la aprobación de la ley trans que coincide en el tiempo con la presentación del filme en la Berlinale”.

Leí ayer una reseña en RTVE sobre esta película en la que se hacía una comparación con otra obra maestra de este país, El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, por la mirada tan cautivadora de Ana Torrent, como ahora es la de Sofía Otero: “El simbolismo del universo de las abejas vuelve a llevarnos a la cinta de Víctor Erice. De la colmena a las abejas. Aunque la de Erice no representaba con ellas la diversidad, en ambos casos sí entraña la complejidad en los enlaces familiares y busca mostrarse la sorpresa que encierra la infancia, el descubrimiento del mundo adulto a temprana edad, de la conciencia de uno mismo. Una distancia de 50 años entre ambos títulos, que se enlazan también a través de la hechizante mirada de sus protagonistas, porque, al igual que ocurrió con la de Ana Torrent, la de Otero se quedará para siempre en la historia de nuestra retina cinematográfica”.

Amo el cine y deseo que esta película, 20.000 especies de abejas, haga un recorrido maravilloso de divulgación de la parte más ejemplar del mundo cinematográfico, como escuela de vida. Escribí en este cuaderno digital, tiempo atrás, que cuando era pequeño me emocionaban las dos palabras inglesas, The End, que aparecían siempre en los últimos planos de las películas de sesión continua, en los cines refrigerados del ferragostomadrileño. Fue especial el día de Candilejas, porque Chaplin era un ídolo de mi vida en el barrio Salamanca, en Madrid, para un niño del Sur que soñaba con su tierra de origen, viviendo el discreto encanto de la burguesía, tan lejana de la ternura triste de Charlot, de los cómicos, como el que representaba el payaso Calvero en aquella hermosa película. También, el de El chico, con un mensaje que debido a mi corta edad me situaba más cerca del niño John en su experiencia vital al vivir separado de su madre. Todas las películas tienen un final (es lo que tienen de malo…), 20.000 especies de abejas, también, pero la vida sigue dispuesta a ofrecernos siempre miles de oportunidades para creer que todavía es posible ser y estar en el mundo de otra forma, soñando despiertos para volver a verlas como en el caso de “El chico” o la protagonizada por la realidad de Lucía, porque deseamos cambiar aquello que no nos hace felices, que mina a diario la persona de todos o la de secreto que llevamos dentro.

El cine de mi infancia contemplaba siempre descansos pero, cuando soñamos, la vida no se detiene sino que solo esperamos, mientras caminamos, que se cumplan los deseos irrefrenables de alcanzar resultados pretendidos en cuestiones de tanto calado como las que se tratan en esta película. Descansar es, a veces, despertar a nuevas experiencias de lo que está por venir, donde cualquier parecido con la realidad, a diferencia de lo que ocurre con las películas, no es pura coincidencia, sino el fruto de un sueño realizado, porque es legítimo que así sea. Es lo que esperaba siempre en su mundo tan singular, Lucía, la protagonista de 20.000 especies de abejas, una bella película para el siglo XXI, en un país tan controvertido como el nuestro que, afortunadamente, ya dispone de un marco legal propicio para salvaguardar la diversidad de género, a través de la recientemente promulgada Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, que deberíamos conocer todos para respetarla y llevarla a la práctica en nuestra azarosa vida diaria. Fundamentalmente, porque en 20.000 especies de abejas, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

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UCRANIA Y GAZA, ¡Paz y Libertad!

La zorra y la oveja negra

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso

Sevilla, 7/II/2024

Voy a intentar emular a Augusto Monterroso en su brevedad a la hora de escribir sobre una fábula que tiene que ver con las ovejas negras y las zorras, aprovechando el vendaval que ha azotado nuestro país, a una de las dos Españas, “horrorizada” por el triunfo de una canción, Zorra, que lo representará en Eurovisión 2024, así como del dúo que la canta, Nebulossa, en un ataque de edadismo sin compasión alguna. Monterroso, en una obra suya, La oveja negra y demás fábulas (1), que guardo como oro en paño en mi clínica del alma, mi biblioteca, ha salido a mi encuentro y me ha recordado que su oveja negra aparece en la letra de Zorra: Ya sé que soy solo una zorra / Que mi pasado te devora / Ya sé que soy la oveja negra / La incomprendida, la de piedra / Ya sé que no soy quien tú quieres (lo sé) / Entiendo que te desespere (lo sé). También, que a su fábula, La oveja negra, que da título a su obra, sería importante ponerle música hoy, eso sí como cantores, no cantantes, puesto que los cantores o cantoras deben hacerlo, porque entregan siempre un mensaje dentro de la canción, mientras que los cantantes pueden hacerlo también (Facundo Cabral dixit), pero muchas veces sin alma dentro:

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Sustituir oveja negra por zorra, la de la canción, ayuda a comprender la nueva fábula en pleno siglo XXI, en nuestro país por supuesto. Sobran más palabras, aunque cuando me he despertado, la España de siempre, la que hiela el corazón, todavía sigue aquí (como el dinosaurio).

(1) Monterroso, Augusto. La oveja negra y demás fábulas, Madrid: Santillana, 2002 (4ª ed.), p. 25.

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