Los ultrasociales

Desde el miércoles estoy buscando razones de ser a esta afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: «Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida».

La verdad es que de nuevo salta a la opinión pública la eterna dialéctica del creacionismo y el evolucionismo. Siempre me ha interesado sobremanera el estudio del ser humano. Soy antropólogo por vocación, aunque también ha sobrevolado sobre mi cabeza la eterna duda –más bien afirmación- del rabino jasidista Bunam de Przysucha: pensaba escribir un libro cuyo título seria «Adán», que habría de tratar del hombre entero. Pero luego reflexioné y decidí no escribirlo. Estas experiencias del profesor Call me han llenado la vida de nuevo, me han pre-ocupado (el guión no es inocente) con nuevos interrogantes y me ponen sobre la mesa las eternas preguntas sobre la primera maravilla del mundo: el cerebro humano. Los humanoides, que son legión, siguen sorprendiéndonos con reacciones de comprensión inmediatamente anteriores al “salto” del lenguaje. La mano abierta, con la palma hacia arriba, es un gesto de hambre, necesidad de comer algo, en el mundo de los primates. Pero la cognición voluntaria, es decir, la decisión de cómo voy a pedir de comer es una superestructura del conocimiento que solo corresponde a la especie humana. Es más, la construcción mental de qué va a ocurrir con la comida, la decisión de comer solo o acompañado, poner la mesa, rodear de encanto personal con objetos y palabras el acto de comer es lo que nos sigue volviendo locos a los que nos gusta investigar su por qué.

Agradezco a Josep Call que siga trabajando en el Instituto Max Planck de Antropología de la Evolución de Leipzig. Está demostrando a través del lenguaje cómo desde España y desde Cataluña, su país natal, un ser humano puede volver a su territorio natural a contarnos cómo a los chimpancés, por mucho que nos empeñemos, no les gusta conversar. Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo.

Mientras, voy a leer de nuevo un libro de mi mesilla de noche que recomiendo: “El arte de callar”, del abate Dinouart (Editorial Siruela). Se llamaba exactamente José Antonio Toussaint Dinouart (¡qué casualidad!). Quizá entienda mejor ahora al chimpancé de Atlanta que a los que, a menudo, me tiran de la lengua porque no respetan a las personas. Como se dice en Andalucía: “tú ya sabes…”. Claro, es que no son ultrasociales.

Nota: El título original del libro es “El arte de callar, principalmente en materia de religión” (1771). Inteligente aclaración del editor.

Sevilla, 18/III/2006

Gemelos y relojes

Acabo de cerrar el Magazine de 4 de diciembre de 2005. He leído la portada, su contenido interior y la contraportada, provocándome las siguientes reflexiones:

PORTADA: la inteligencia de los gemelos sigue vinculada siempre al patrón genético que permite desarrollar la vida de cada uno. Importará mucho el entorno, pero las posibilidades están marcadas, tal y como se deduce de los últimos avances científicos.

CONTRAPORTADA (anuncio): la leyenda propia de cada uno se tiene que iniciar al comprar un determinado reloj de marca, con proyección en los hijos: se puede confiar a un reloj que se custodia de generación en generación.

Problema de valores. Ser una gran persona es siempre una posibilidad que viene asociada al patrón genético de todos, sin distinción. Desarrollar la inteligencia, también. Es cuestión de suerte, dicen algunos. Y del verdadero patrón económico de cada cual, elevado al grado de valor distintivo en la sociedad actual, dicen otros, los más. ¿Razones?. Se confunde gen, valor y precio.

Enviada a «Magazine», 4/XII/05

Ética andaluza

En el Magazine del 10/08 aparecía una frase en el reportaje sobre “El verano a ritmo de rumba” que decía algo importante para Andalucía: las canciones que triunfan cada verano siguen teniendo raíz andaluza. Las Niñas han hecho temblar al poder adulto, al que está en el hipotético Centro del país: ojú! Y como contraste en este verano ardiente ha triunfado también una ética pública andaluza muy poco edificante, en el ámbito de las Marbellas de turno, que emite al país en una frecuencia desvergonzada y que pone en tela de juicio la credibilidad de la política más sencilla y creíble por los ciudadanos. Creo que existe también una ética andaluza, muy arraigada en los estilos árabes, donde la verdad histórica es irrenunciable y compatible con visiones modernas del bien hacer y mirando a quién, con una espera en la verdad y en lo bello y sabiendo que como las alas de las mariposas, que van por el mundo volando, con trajes de fiesta, puede permitir a los ciudadanos de bien de este país considerar la posibilidad de que otro Estado es posible, de que otra Marbella -como símbolo- es alcanzable, en una nueva visión de utopía de las nuevas ideologías tan maltrechas en los tiempos que corren. Es una magnífica ocasión que se nos ofrece para buscar horizontes de salud mental, como ética andaluza que permite pisar suelo firme (así nos la enseñó el profesor López Aranguren) en nuestras convicciones más íntimas y en aquellas que acompañamos al voto municipal. ¡Ojú!.

Enviada a «Magazine», 10/VIII/05