Cataluña, una calle hermosa de encuentros

GARCIA LORCA

Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.

Federico García Lorca (1931), Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

En las horas previas a las 6 de la tarde, hora exacta en la que se iniciará la sesión del Parlamento de Cataluña para informar el presidente Puigdemont sobre la “situación política”, leo una y otra vez el discurso dedicado a las floristas de La Rambla de Barcelona, que Federico García Lorca leyó en una cena en el hotel Majestic de esa ciudad, el 22 de diciembre de 1935. Lorca estaba en Barcelona porque se estaba representando allí su obra Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, junto a la compañía de Margarita Xirgú.

Desde Andalucía, sueño con el paralelismo de las palabras de Lorca, pero haciéndolas extensivas a Cataluña, porque en la quintaesencia de La Rambla (Las Ramblas) está una Comunidad a la que apreciamos mucho desde Andalucía y que no queremos que se independice. Todo es un símbolo, pero se me antoja necesario pensar en Cataluña como una calle rodeada de flores, que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros y antigua de sangre. ¡Qué mejor reconocimiento a una extraordinaria Comunidad, con palabras de un andaluz universal que supo cantar la quintaesencia de un pueblo al que tanto amamos!

Cuando la poesía y la escritura es compromiso activo, comprendemos bien para qué y a quién sirve, porque no son inocentes. Afortunadamente. Lo aprendí también de otro poeta andaluz, Juan Cobos Wilkins, en un libro precioso, Para qué la poesía, que intenta despejar muchos interrogantes al respecto. Se refiere, con bellas palabras, a la forma de expresarse cada persona en vida, de muchas formas posibles: desvivir, revivir, convivir, conmorir con todo eso, lo de siempre, sobrevivir y vivir, eso invisible que le sucede a otros. Después, preguntas que preparan la respuesta de para qué la poesía, para justificar por qué el cerebro necesita poesía. La mejor respuesta, la final: para sanar, para vivir

Comparto hoy estas palabras como un transeúnte desconocido por las calles imaginarias y reales de Cataluña, para aprender de ellas cómo puede persistir el espíritu propio de una Comunidad, aunque ahora sea con una rosa de pena y palabras, que aún nos quedan.

Salud.

Sevilla, 10/X/2017

A las floristas de La Rambla de Barcelona

Federico García Lorca

Señoras y señores:

Esta noche, mi hija más pequeña y querida, Rosita la soltera, señorita Rosita, doña Rosita, sobre el mármol y entre cipreses doña Rosa, ha querido trabajar para las simpáticas floristas de la Rambla, y soy yo quien tiene el honor de dedicar la fiesta a estas mujeres de risa franca y manos mojadas, donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina.

La rosa mudable, encerrada en la melancolía del Carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que la vean las flores de la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona.

Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos. Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son el regalo del ramblista y su recreo y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado que parece decir al noctámbulo: “Levántate mañana para vernos, nosotros somos el día”. Nadie que visite Barcelona puede olvidar esta calle que las flores convierten en insospechado invernadero, ni dejarse de sorprender por la locura mozartiana de estos pájaros, que, si bien se vengan a veces del transeúnte de modo un poquito incorrecto, dan en cambio a la Rambla un aire acribillado de plata y hacen caer sobre sus amigos una lluvia adormecedora de invisibles lentejuelas que colman nuestro corazón.

Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad.

Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer.

Yo también tengo que pasar todos los días por esta calle para aprender de ella cómo puede persistir el espíritu propio de una ciudad.

Amigas floristas, [con] el cariño con que os saludo bajo los árboles, como transeúnte desconocido, os saludo esta noche aquí como poeta, y os ofrezco, con franco ademán andaluz, esta rosa de pena y palabras: es la granadina Rosita la soltera.

Salud.

Es imprescindible salir de la zona de confort

En la maravillosa película Cinema Paradiso, hay unas escenas inolvidables en las que Alfredo aconseja a Totó que salga de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo. Lo he recordado especialmente porque estamos viviendo unos días complejos en nuestro país y la principal tentación es aislarse cada uno en su zona de confort, que no está en los mapas de supervivencia existencial, porque suele ser personal e intransferible. Es perfectamente comprensible esta actitud, aunque personalmente no la comparta.

En estos momentos es imprescindible salir de esa zona de confort individual y pasar a la acción de participación social, cada uno donde mejor sepa hacerlo o pueda. Lo que es seguro es que debemos hacerlo, porque tenemos un recurso que si estamos atentos todavía no controla la mercadotecnia mundial, nuestra inteligencia, que es la única responsable de interpretar el cuaderno de instrucciones para actuar en la vida. Además, no existen todavía dos cuadernos humanos iguales. De ahí nuestra responsabilidad individual y colectiva, tal y como la explico más adelante.

Desde mi punto de vista hay un modo de participar socialmente en procesos de denuncia individual y colectiva ante situaciones límite, que es lo que se llama habitualmente “compromiso intelectual”, sobre el que ya he escrito en otras ocasiones en este blog, reafirmándome hoy en lo dicho anteriormente, respetando tres argumentos fundamentales para complicarnos la vida (si me permiten la expresión) de alguna forma digna:

1º. El primero nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo tranquilo que nos rodea en la zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en la clave que aprendí hace ya muchos años del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Todo lo que hemos vivido estos días sobre Cataluña son imágenes y palabras grabadas en nuestros cerebros para toda la vida, junto a miles de páginas grabadas con anterioridad a lo largo de la vida. Nuestro compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre acción o silencio cómplice. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carné, dependiendo de nuestros aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

2º. La segunda vertiente a analizar es la del compromiso activo. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso (engagement) o diversión (divertissement), en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas, centro y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carné. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

3º. Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar ¡eureka! a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima, su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario.

Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos o peor tratados por la sociedad en un determinado momento político o social, desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver, pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en venta en el mercado mundial de la indignidad.

Al tiempo, aunque no olvido las palabras de Alfredo a Totó para salir a diario de la zona de confort: hagas lo que hagas, ámalo.

Sevilla, 9/X/2017

NOTA: para activar los subtítulos en español, en el vídeo de cabecera, hay que pulsar en Subtítulos.

La luna, Barcelona y yo

Estamos viviendo unos días de corte machadiano, que no debemos olvidar en nuestra historia todavía cercana, porque estamos contemplando cómo una parte de España se aleja, Cataluña, con la impresión que la otra solo bosteza en silencios cómplices. Por ejemplo, muchos españolitos que vinimos al mundo a mediados del siglo pasado, del que a algunos nos guardaba Dios, conocimos cómo era Barcelona a través de Serrat. He recordado en estos días tristes, tristes días, aquella canción que describía una ciudad diferente, que alertaba del crecimiento desmedido, porque la ciudad “va llenándose de prisioneros, / de robinsones de andar por casa, / náufragos en medio del barullo / que viven vidas pequeñas / en pequeños mundos de hormigón”.

Hoy he vuelto a escucharla de nuevo, fijándome en su letra y como homenaje a Serrat, que tanto está sufriendo por su tierra estos días. Deseo que se recupere su forma de cantar a la vida, a un territorio que él nos mostró como un lugar precioso, con sus aciertos y errores (los de Porcioles, un alcalde de infeliz memoria para muchos catalanes), pero que tiene mil perfumes, mil caras y mil colores:

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

He recordado estos días esa gran ciudad, por múltiples viajes profesionales y por una ocasión especial, cuando con 21 años, en la primavera prolongada ideológicamente del 68, viajé desde su puerto hasta Génova, en un viaje que en principio no tenía vuelta atrás, en busca de islas desconocidas de solidaridad.

De esos días y porque escucho su queja, repasando ahora sus arrugas independentistas con la puntita del dedo, me vuelven a silbar sus esquinas lo que sentí aquellos días previos al embarque, que sólo sabemos la luna, Barcelona y yo. Por eso no quiero que se vaya de España y que se levante sin sentido alguno una muralla (con tantos andaluces dentro) de las que hielan el corazón. Yo, un españolito andaluz que vino al mundo, del que ni siquiera sabía que me debía guardar Dios.

A medida que llegan hombres
se hace grande la ciudad.
A medida que los pies le crecen
se le achica la cabeza.
A medida que crece olvida,
hinchada de vanidad,
que bajo el asfalto está la tierra
de los antepasados.

A medida que pierde la medida
va llenándose de prisioneros,
de robinsones de andar por casa,
náufragos en medio del barullo
que viven vidas pequeñas
en pequeños mundos de hormigón.
Así están las cosas
entre Barcelona y yo.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

A medida que la camino
bajo los pliegues de su vestido
y le repaso las arrugas
con la puntita del dedo
me silban las esquinas
aquella vieja canción
que sólo sabemos la luna,
Barcelona y yo.

La quiero desnuda y entera
resbalando entre los dos ríos,
con sus fantasías y sus cicatrices.
La quiero con el entusiasmo
de un recluta enamorado
porque está viva y porque se queja
mi ciudad.

Mil perfumes y mil colores.
Mil caras tiene Barcelona.
La que Cerdá soñó,
la que malogró Porcioles,

la que devoran las ratas,
la que vuelan las palomas,
la que se remoja en la playa,
la que trepa por las colinas,

la que por San Juan se quema,
la que cuenta para bailar,
la que me vuelve la espalda
 y la que me da la mano.

En Sevilla, enamorado de aquella tierra catalana, un siete de octubre de dos mil diecisiete.

Si hay fronteras, no dejes de venir a verme

nicolas-guillen.jpg

Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la yerbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla…

Alcemos una muralla
juntando todas las manos;
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa,
allá sobre el horizonte…

Nicolás Guillén (1902-1989), La Muralla

La frase que encabeza estas palabras la escuché ayer en el microespacio del periodista y escritor Juan Cruz, El revés y el derecho, en la Cadena SER, referida a la situación en Cataluña, que transcribía la que le había dicho un viejo amigo suyo la tarde anterior. Me pareció que encerraba en sí misma la locura en la que nos hemos instalado en este país por culpa de muchos, por la ceguera política de unos y otros, de independentistas radicales y políticos ciegos al color del diálogo con visión de Estado, a la hora de enfocar un problema latente y manifiesto, según se mire, en relación con el tratamiento del llamado eufemísticamente “proceso de Cataluña”.

Rápidamente asocié fronteras a murallas, que solo reconozco la sentida por Nicolás Guillén, no las territoriales de ahora. Estamos en la cuenta atrás para la declaración unilateral de independencia y no tengo tranquilidad ni sosiego para vivir con dignidad de ciudadano de este país llamado España, cosido a duras penas por un hilo conductor llamado Constitución, que acusa el desgaste de más de cuarenta años soportando sus desgarros por tanto usarla. Por esta razón, sigo pensando que sería un error que la independencia de Cataluña fuera una realidad, en un mundo globalizado que va más allá de nuestras fronteras geográficas, como si se quisiera poner ribetes de acero o puertas blindadas al campo de la libertad. Me gustaría, por tanto, ir a ver a mis amigos en Cataluña como lo he hecho siempre, sin tener que cruzar una frontera levantada por signos evidentes de odio y segregación histórica.

Estoy en situación de ardiente im-paciencia [sic], porque de nuevo me separo unos segundos vitales de Neruda, cuando pronunció una frase gloriosa al finalizar su discurso en el acto de entrega del Premio Nobel: “En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres”. Hoy, no disfruto de ella en su expresión paciente, sino modulada por el prefijo negativo “im”, con el significado que a través de los siglos conocemos: intranquilidad producida por algo que molesta o que no acaba de llegar. Reconozco que estoy instalado en ella, en la impaciencia ardiente, porque me temo que, con las nuevas fronteras en Cataluña, de todo tipo, será difícil que podamos ver con tranquilidad y sosiego a nuestros vecinos catalanes que pertenecen también al Club de las Personas Dignas, que no tiene fronteras y que en Cataluña son millones, por cierto.

A partir de aquí he ido a mi estantería preferida y he cogido un libro de Nicolás Guillén, con la música de Quilapayún de fondo, para recordarlo mejor en su poema “La Muralla”: Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos… Y cuando he llegado al verso “¡Tun, tun!, ¿quién es?”, he recordado símbolos del mal que justifican, para muchas murallas de hoy, que no deberían existir: veneno, puñal y dientes de serpientes, cuando lo que se espera hoy de una muralla es que solo sea humana, juntando las manos de personas dignas, que la abran solo al mirto y a la yerbabuena, al ruiseñor en la flor.

Y refiriéndome al sentimiento de gratitud cuando juntamos todas las manos, suelo sentir especialmente lo que aprendí de mi literatura de cabecera, agradeciendo a Nicolás Guillén que me ayudara a identificar las auténticas murallas. Sobre todo, porque he bebido agua y no se me ha olvidado nunca la fuente. Como la de ayer, que me enseñó Juan Cruz en treinta y cuatro segundos mágicos de radio.

Sevilla, 5/X/2017

NOTA: la imagen Nicolás Guillén se recuperó de http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Guillen/index.shtml, el 22 de septiembre de 2007.

La respuesta no está en el viento

Escribo estas líneas recordando íntegramente unas palabras que entregué a la Noosfera hace once años, porque necesitamos reflexionar, en millones de rincones de pensar en este país y cada día presente y de después, sobre lo que está pasando en Cataluña. Salvando lo que haya que salvar, solo actualizo determinadas palabras para contextualizarlas hoy de la mejor forma posible. Nos tenemos que ayudar los miembros del Club de la Personas Dignas, ante tanta indignidad pública y privada, donde paradójicamente los vicios suelen ser privados, pero públicas las virtudes. Para lo que nos pueda servir, reescribo estas palabras. Creo que las necesitamos.

“Vicios privados y públicas virtudes” es una expresión que va más allá del título de una película famosa de los años setenta del siglo pasado, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, también políticas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar cualquier tipo de violencia, robar dinero público, quitar legitimidad a una Constitución, a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño y creencia de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien para que esos “dioses salvadores” o nuevos Mesías (de cualquier tipología religiosa. Política o social) pongan orden en este mundo tan enloquecido.

Bob Dylan volvió en 2006, diez años antes de recibir el premio Nobel de Literatura, con un álbum que llevaba un título con reminiscencias cinematográficas de gran calado: Tiempos Modernos, aquella prodigiosa película que toda buena cinéfila o presunto cinéfilo sabe valorar en su justa medida. Pero mi recuerdo no va hoy por esos derroteros, sino por aquella hermosa letra de su canción, inolvidable, Soplando en el viento (Blowin´in the wind):

¿Cuántos caminos tiene que andar un hombre antes de que le llaméis hombre?
¿Cuántos mares tiene que surcar la paloma blanca antes de poder descansar en la arena?
Sí, ¿y cuánto tiempo tienen que volar las balas de cañón antes de que sean prohibidas para siempre?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?
Sí, ¿y cuántos oídos tiene que tener un hombre para que pueda oír a la gente gritar?
Sí, ¿y cuántas muertes se aceptarán, hasta que se sepa que ya ha muerto demasiada gente?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

Sí, ¿y cuántos años puede existir una montaña antes de ser bañada por el mar?
Sí, ¿y cuántos años deben vivir algunos antes de que se les conceda ser libres?
Sí, ¿y cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver lo que ve?
La respuesta, amigo mío,
está soplando en el viento
La respuesta, está soplando en el viento

En ese año, el Profesor Stephen Hawking se decantó por una respuesta muy optimista –de las 25.000 que obtuvo- a la pregunta del millón de dólares que lanzó al ciberespacio en los primeros días de Julio de 2006: ¿cómo sobrevivirá la especie humana los próximos 100 años? La solución escogida es “la confianza en el ser humano”. Prodigioso. Queda claro que la respuesta no es inocente y alberga una gran esperanza respaldada por un sabio no distraído, sino pre-ocupado [sic] por el sentido de la vida y su futuro. La respuesta está en las personas. Así de expeditivo. Y la dio un internauta muy particular, Semi-Mad Scientist (científico casi loco), tal y como lo recogió como reportaje muy impactante el diario El País, en su edición de 24 de agosto de 2006: “el caos no es algo nuevo, sino que “ha estado con nosotros desde hace mucho tiempo”, y que, a pesar de todo, el ser humano ha logrado sobrevivir. Afirma que somos una especie que siempre se ha adaptado y que seguiremos haciéndolo. Aunque reconoce que ahora hay peligros nuevos e identifica tres amenazas graves: una guerra nuclear, una catástrofe biológica y el cambio climático. Está convencido de que “los recursos que tenemos ahora probablemente no existirán en 100 años”, pero añade que “tampoco existían en el siglo pasado”. El científico casi loco sostiene que, si Europa sobrevivió a la peste negra del siglo XIV, que se llevó por delante a un tercio de la población, el ser humano logrará superar cualquier catástrofe que pueda ocurrir. Después, él mismo se interroga sobre su optimismo: “¿Que por qué tengo está fe en la humanidad? Porque debo tenerla. (..) Creo tan firmemente que sobreviviremos como que el sol saldrá mañana”. Si no hay fe en la supervivencia, no puede haberla en nada más, concluye”.

La respuesta, decididamente, ya no está en el viento. Desde aquel aprendizaje ilusionante de 1972, donde todos los progresistas tarareábamos la canción de Dylan, han pasado 45 años, en el convencimiento de que merecía la pena luchar por dar respuesta a aquellas preguntas tan llenas de interés en un país que buscaba la libertad desesperadamente. Aunque sigamos preguntándonos con una actualidad rabiosa cómo podemos responder aquellas nueve cuestiones que cantaba Dylan, a las que seguimos obligatoriamente obligados a atender a pesar del tiempo transcurrido. Aunque cuestionemos, cada vez más, el porqué de la separación entre las personas, barrios, y naciones del planeta Tierra en estos tiempos modernos, más o menos como el protagonista de la película del mismo nombre (estrenada hace ochenta y un años) y cuya sinopsis nos recuerda la respuesta del científico casi loco que ha entusiasmado a Hawking: “un obrero de la industria del acero acaba perdiendo la razón, extenuado por el frenético ritmo de la cadena de montaje de su trabajo. Después de pasar un tiempo en el hospital recuperándose, al salir es encarcelado por participar en una manifestación, en la que se encontraba por casualidad. En la cárcel, también sin pretenderlo, ayuda a controlar un motín por lo que gana su libertad. Una vez fuera de la cárcel reemprende la lucha por la supervivencia, lucha que compartirá con una joven huérfana que conoce en la calle”. Fe en la supervivencia.

Por enésima vez, en homenaje a Chaplin, Dylan y Hawking, cualquier parecido con la realidad actual en este país ya no es tampoco pura coincidencia. Ahora, sigo apostado en la puerta del Club de las Personas Dignas, sabiendo que la respuesta a lo que está ocurriendo ya no está en el viento.

Sevilla, 2/X/2017, en el día después de un país desolado

¡Salgamos del Estado del Malestar!

EL CUARTO PODER
Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901). El Cuarto Estado.

Hemos recorrido muchos caminos de democracia, hemos abierto muchas veredas; hemos navegado en cien mares y atracado en cien riberas, todo ello para llegar hasta aquí, en un momento de desazón territorial muy importante en el país. La jornada de hoy en Cataluña refleja el fracaso de la Política de Estado en asuntos que tienen una larga trayectoria y que se han mirado de lado en numerosas ocasiones. Cualquier conversación que se inicie en terreno político refleja hoy la desazón y el desánimo que se ha instalado en la ciudadanía y que ha venido para quedarse. Ha nacido una gran fractura social entre los Gobiernos y la ciudadanía que, desde el principio de los tiempos, es dueña de sus decisiones mediante los votos en democracia.

Lo que está ocurriendo en Cataluña es una consecuencia lógica y clara del Estado del Malestar en el que estamos instalados, que va más allá de un problema territorial concreto. Llevamos ya muchos años de desastre político que traspasa nuestras fronteras y que aquí ha tenido un efecto demoledor en ideales y creencias. Se ha interiorizado una conciencia de ciudadanía descreída ante lo divino y lo humano, siendo tarea ciclópea encontrar personas que quieran seguir creyendo que otro mundo es posible. Se ha universalizado el pandemonio político ante la creencia de que todos los políticos, absolutamente todos, son iguales. Lo más grave radica en que esperándose una reacción popular ante el desastre anunciado, se constata que se ha instalado en la sociedad, ante el estado de malestar general (en esta ocasión con minúscula), una especie de absolutismo de sentimientos y conciencias de clases pasotas, en el dejad hacer, dejad pasar más absolutista que podamos pensar, porque “nosotros” los ciudadanos, no podemos hacer nada ante la miseria que nos invade y que nos traen los políticos y su política. Los principales perjudicados de este estado del arte democrático somos los que soñábamos en el estado del bienestar, que hace ya muchos años creímos que todavía era posible. Los “idiotas”, que llamaba Calicles.

En el libro de José Luis Pardo, Estudios del malestar (1), encontré a finales del año pasado una aclaración conceptual entre bienestar y malestar que me ayuda hoy a discernir dónde nos encontramos exactamente como ciudadanos. Todo radica en comprender qué es el contrato social que permite a los seres humanos durante un tiempo declarar la paz y no la guerra, así como pasar del estado de naturaleza pura, donde todo vale, al estado civil, donde imperan las leyes que regulan la convivencia humana a todos los niveles. Creo que en la realidad catalana actual, se ha roto el contrato social escrito en la Constitución, en diferentes artículos y ahora es difícil, con el paso del tiempo, intentar recuperar los pasos perdidos en renovar el contrato social que nos permita construir un Estado amable, políticamente hablando, el mismo que defendía Sócrates frente a Calicles, enemigo de acuerdos y pactos y que en una ocasión le dijo estas palabras cargadas de ira, porque su interlocutor era partidario del acuerdo frente la pugna, el conflicto y el enfrentamiento en sí mismos: “Qué amable eres, Sócrates, llamas “moderados” a los idiotas”.

Efectivamente, el conjunto de “idiotas” para los partidarios de Calicles redivivo, queremos que se hable urgentemente de “acuerdos” en este país, en muchos ámbitos, porque amamos el contrato social que dignifica al ser humano, pasando del imperio de lo natural a lo social (Estado del Bienestar), del todo vale como seña de identidad de la ley de la selva (Estado del Malestar) al respeto de la Ley que regula la convivencia pacífica entre seres humanos.

Sevilla, 1/X/2017

(1) Pardo, José Luis (2016). Estudios del malestar. Políticas de autenticidad en las sociedades contemporáneas. Barcelona: Anagrama.

Para la libertad…, en Cataluña

Me duelen las críticas recientes a Serrat por posicionarse con claridad rotunda en relación con el denominado conflicto de Cataluña, que crea “[…] una situación de una gran fractura social que, a mi modo de ver, va a costar muchísimo tiempo recuperar”. Me duelen también los insultos que ha recibido, sobre todo porque recuerdo cómo resuenan en su voz las palabras de Miguel Hernández en un poema muy profundo (El Herido), para la libertad, que tantas veces hemos escuchado con silencio reverencial, aunque muy pocos conocían su contexto en la mente y corazón del poeta de Orihuela. Especialmente en aquel año, 1972, en plena dictadura, cuando la escuchamos por primera vez con la voz de Serrat y cuando no era fácil hablar de esta palabra en una de las dos Españas, con el corazón helado y secuestrada por el régimen franquista.

Las escucho estos días una y mil veces, como andaluz agradecido, con la música y voz de Serrat, un catalán confeso, que deberían resonar en miles de altavoces situados en Cataluña, para no adulterar palabras tan valiosas que en boca de todos no significan lo mismo. Todos no somos iguales, ni las personas que forman el pueblo catalán tampoco. Pero no deberían tocar esta palabra, libertad, para mancharla con actitudes impresentables algunos o muchos, porque la auténtica libertad es la que te permite decidir y expresar libremente tus opiniones, respetar la Ley, la Constitución, para expresar algo que durante millones de años se ha comprendido muy bien por el ser humano de bien y como ciudadanos del mundo, más allá de muchas fronteras.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

MIGUEL HERNÁNDEZ, El herido (II)

Antes del 1 de octubre, aún tenemos la vida para reconsiderar una situación que se ha desbordado y que necesita, con urgencia, una futura mirada. La del día siguiente.

Sevilla, con inmenso respeto al pueblo catalán, el 28/IX/2017