¿Qué significa ser antisocial?

Sevilla, 20/II/2021

Anoche estuve viendo durante unos minutos las graves algaradas callejeras en Barcelona y Valencia con motivo del encarcelamiento del rapero Hasél y a mi mente vino una catarata de preguntas del porqué de estas actitudes tan agresivas en jóvenes y menores, que representan tanto odio, hasta extremos verdaderamente preocupantes. ¿Qué está pasando en la sociedad para que haya este tipo de altercados en la calle? ¿Es sólo un problema de hartazgo social de una juventud sin salida en miles de casos? ¿Qué papel juegan las redes sociales en este tipo de convocatorias para defender la libertad de expresión, como hilo conductor del odio? Ya no nos partimos de risa sino de odio, aplicando el principio de realidad en esos jóvenes tan agresivos, que según los informativos y la propia policía provienen de grupos antisistema, de movimientos independentistas, de la ultraderecha y de radicales de izquierda de todo tipo, es decir, del conjunto del desencanto juvenil organizado en redes sociales sin mezcla de bien y horizonte alguno, utilizando solamente la radicalización de una emoción transitoria, a modo de conciencia de clase, por la falta de libertad que controla exclusivamente el Sistema o el Orden Establecido.

Sé que el problema es complejo y que requiere un análisis profundo y de cabeza fría, para no dejarse llevar por lo primero que se escucha y se ve en los informativos y en variados medios de comunicación que, por cierto, nunca son inocentes en la forma de comunicar lo que pasa en este país, recordando siempre una frase que leí en 2014 en un artículo de Juan Cruz, citando a Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica, diario romano por excelencia, en una intervención suya ante estudiantes españoles en la Escuela de Periodismo de EL PAÍS: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”, de una forma especial, con compromiso social y navegando el desvío que nos impone la vida a cada uno.

Afirmo una vez más que nada de lo que se ve y cuenta es inocente y quien lo cuenta tampoco, como no lo son las ideologías de cualquier tipo que están detrás de estos fenómenos de masas donde la razón pública del interés general debe presidir cualquier información. Como tantas veces lo he escrito en este cuaderno digital, lo comprendí muy bien, en su aplicación a la vida de cada uno y de todos, el día que leí unos párrafos inolvidables de Lukács, en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

Se ha publicado recientemente un libro en nuestro país, Antisocial (2), que analiza el poder de las redes sociales en Estados Unidos, aunque su autor da la impresión de que ocurriendo ahora lo que está ocurriendo con ellas, a él que no le llamen desde la ortodoxia americana para explicar lo inexplicable: “Marantz encarna todo lo que odia la extrema derecha pero se codeó tres años con sus gurús, que le confiaron sus técnicas para emponzoñar la red con mentiras y hacer avanzar sus intereses. Sí había aún alguna duda, el asalto al Capitolio rompió definitivamente el sueño de las redes sociales como portadoras de democracia y verdad a los rincones más oscuros del planeta. Más bien está siendo lo contrario. En un apasionante relato a ratos espeluznante, Marantz disecciona cómo ha ocurrido. Y no apunta sólo a los ultras, sino también a Silicon Valley, los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades. Incluso al periodismo convencional que, aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad, se deja arrastrar por el peligroso juego de la viralidad (3).

Soy un bloguero en la actualidad, que intenta mostrar la realidad tal y como lo es, amplificada automáticamente en Twitter y Facebook, aunque también participo del gran principio de Lukács: no hay ideología inocente en este blog y en sus post, pero lo que está pasando en la trastienda de las grandes plataformas de redes sociales es una encrucijada social de enorme interés general que debo atender desde mi ética personal e intransferible. En el fondo, los jóvenes de Cataluña y Valencia que anoche manifestaban su odio ante las fuerzas de seguridad, bancos y todo lo que representaba de alguna forma el Sistema, lo interpretaban en la calle siguiendo al pie de la letra los mensajes del manual breve para antisistemas y desencantados globales que acababan de leer en sus móviles ante un grito coral muy claro: defendamos la libertad de expresión. Las redes sociales no son inocentes y ahora están recogiendo la manipulación constante de lo que éstas han sembrado durante muchos años siguiendo la propuesta impresentable del “todo vale” y “no pongamos puertas al campo”.

Me parece extraordinariamente duro contemplar cómo estos jóvenes se parten de odio sin control, partiendo de la base de que no sólo los ultras, sino también Silicon Valley, donde residen “los nuevos guardianes de la información que rehúyen sus responsabilidades” a diario con el socorrido lema para tibios y mediocres de “a mí que no me llamen”, controlan a su antojo y sin supervisión alguna el mundo alegal de las redes, incluso ayudados en muchas ocasiones por un periodismo amarillo que, como decía anteriormente, está “aturdido por sus penurias económicas y su pérdida de autoridad”, dejándonos todos arrastrar por el peligroso juego de la viralidad, que es, en definitiva, el que mueve el dinero de los hombres de negro a nivel mundial.

La sinopsis oficial del libro no tiene desperdicio: “Una crónica profundamente inmersiva de cómo los empresarios de Silicon Valley se propusieron crear un Internet libre y democrático y cómo los cínicos propagandistas de la extrema derecha explotaron esa libertad para impulsar estos extremismos en la masa social. Marantz explora dos mundos: el de los emprendedores de las redes sociales, que con ingenuidad y una imprudente ambición, cambiaron los medios tradicionales de recibir y transmitir información; y el de «los intrusos»: conspiradores, supremacistas blancos y trolls nihilistas, que se han hecho expertos en el uso de redes sociales para promover su corrosiva agenda”.

Lo verdaderamente preocupante es que lo antisocial no sólo es eso. Es el dolor de millones de jóvenes que saben de verdad lo que les pasa, porque el mundo, con su sociedad concreta y el orden establecido que le corresponde, tal y como está montado en la actualidad, les da la espalda. A partir de ahí, los intereses espurios de millones de mediocres, inundan las redes de mensajes troleados que aparentan la verdad absoluta, pero que son tan solo una manipulación más de sus conciencias. La irresponsabilidad, entonces, está servida, aunque desde Silicon Valley o Wall Street miren para otro lado, partiéndose de risa y contemplando cómo millones de jóvenes de todo el mundo se parten de odio. Como dice Marantz en su libro, el auténtico problema es que “los señores del extremo social” les han secuestrado la conversación diaria, teledirigida por un grupo no inocente de fanáticos, personas de mala fe y nihilistas de todo cuño que aprovechan las vulnerabilidades múltiples del Sistema y de las redes sociales sobre las que casi siempre soportan su forma de hacer política. Luego pasa lo que pasa y cómo nos lo cuentan. Esa es la cuestión.

(1) Lukács, G. El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5, 1976.

(2) Marantz, A. Antisocial. Madrid: Capitán Swing, 2021.

(3) Andrew Marantz: “Twitter creó el monstruo de Trump y ahora se desentiende” (lavanguardia.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Decir Marte es decir Bradbury

Prólogo manuscrito de Borges, a la edición de Crónicas marcianas (1955)

Sevilla, 19/II/2021

Los marcianos existen y somos nosotros. Esta frase enigmática resumen bien la filosofía implícita de Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) sobre el planeta rojo, tan de moda en estos días en los que una nave americana ha amartizado en él con gran éxito, en una misión de la NASA cuyo objetivo es encontrar rastros de vida microbiana de hace miles de millones de años. ¿Perseverancia humana, como el nombre de la misión espacial o intrepidez marciana, sustituyendo a la palabra miedo de Bradbury? Borges lo explicó muy bien en el prólogo a la primera edición de Crónicas marcianas en español, en 1955, en la editorial Minotauro: “ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero… ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?”. En 2012, la ausencia de este escritor, maestro de la ficción interplanetaria, dejó huérfanos a quienes intentaban responder a una pregunta multisecular: ¿la condición marciana, si es que existe, sería diferente a la humana? Inquietante pregunta para los que nos preocupa indagar sobre la traída y llevada condición de las personas en el planeta Tierra, porque después de muchos siglos seguimos constatando que no nos llevamos demasiado bien unos con otros, incluso habiendo mirado durante tantos años a los Cielos para responder a preguntas tan concretas como la expuesta anteriormente.

Tengo que reconocer que la ficción planetaria nunca me supo levantar al igual que la música militar, porque de Bradbury sigo admirando -sobre todo- una obra vinculada con la existencia de los libros y su mensaje multisecular, Fahrenheit 451, tan recordada siempre y que se hizo muy popular a través de la excelente versión cinematográfica de François Truffaut. Pero al César lo que es del César y a la NASA lo que es de Marte, porque ayer consiguió amartizar una nave espacial en una operación interplanetaria sin precedentes. Afortunadamente, ya no hay bomberos que apaguen el incendio del alma de quienes leen, aunque hay otros bomberos actuales, pirómanos virtuales, que incendian las redes con falsas noticias y bulos sin com-pasión (así) alguna.

Borges planteó en su Prólogo a Crónicas marcianas interrogantes muy serios sobre la experiencia marciana: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo -que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena”. Es quizás , la tercera expedición, la que todavía puede inquietarnos más al estar cada día más próximo el desembarco de un o una astronauta en Marte: “Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo”.

Borges explicó con cierto sarcasmo el término cienciaficción (sciencefiction), aunque el simbolismo de la realidad marciana, tanto para Bradbury como para Borges, es parecida: la condición humana ya venía de lejos. ¿De Marte? Probablemente, porque como decía Tom, el hijo querido de La Farge y Anna (tercera expedición), querido en Tierra y soñado en Marte: “cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños”, es decir, imitar a Proteo, el dios del mar, descrito por Homero en La Odisea como ‘anciano hombre del mar’ (halios geron) y pastor de las manadas de focas de Poseidón, cuya principal virtud era ver a través de las profundidades y de predecir el futuro, aunque en un mitema familiar a varias culturas, cambiaba de forma para evitar tener que hacerlo, contestando sólo a quien era capaz de seguirlo a través de sus metamorfosis. Predecir el futuro o no, sabiendo eso sí cuál es la condición humana, tanto en la Tierra, en Marte o la separación de los Cielos sumeroacádicos que contaban los ancianos de Mesopotamia, en las riberas del Tigris y del Éufrates, a los nietos sentados en sus piernas y con la mirada puesta siempre en la Tierra. Soñar despiertos, esa ha sido siempre la cuestión.

El amartizaje de ayer ha sido otro pequeño paso del hombre, de la mujer y un gran paso de la Humanidad, para intentar descifrar quienes somos, cuál es nuestra condición, aunque Bradbury ya nos avisó a tiempo: los marcianos existen y somos nosotros. Es nuestra condición o el natural, carácter o genio de cada persona, tal y como lo aprendí del profesor Vinaty, un francés muy particular, en la Universidad romana de la que fui alumno durante un tiempo marciano, en el pleno sentido del adjetivo tan bien tratado por Bradbury.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Bonhams : BORGES (JORGE LUIS) Autograph manuscript, signed (“Jorge Luis Borges”), of his Prologue to Ray Bradbury’s Martian Chronicles, 1955

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Mendel y su amor a los libros

Sevilla, 18/II/2021

Leer es un arte y una pasión que alumbra la vida. Federico García Lorca me enseñó a amar la lectura y a valorar el significado de tener un libro en las manos: Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? ¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras” (1).

Con este eco lorquiano, he recordado que guardo en mi biblioteca de secreto una obra preciosa de Stefan Zweig, Mendel, el de los libros (2), un autor al que me he referido en diversas ocasiones en este cuaderno digital, sobre todo porque dijo en su visita a Sevilla en la primavera de 1905 que aquí se podía ser feliz, a pesar de la pobreza que estaba presente en esta semblanza que tiene ya más de cien años y que también denunció. En este cuento de Zweig, citado por Irene Vallejo en su excelente publicación, El infinito en un junco, recoge una cita al finalizar su obra que dice textualmente: “Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a todos los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Es verdad que en tiempos de coronavirus la lectura es un gran bálsamo ante el desconcierto vital que está suponiendo esta situación sobrevenida. He vuelto a leer el cuento de Zweig y sigo descubriendo en él elementos de enseñanza profunda sobre el comportamiento humano en sociedad, sobre todo cuando sufre individual y colectivamente y se necesita alguna explicación que pueda estar en los libros: “En Jakob Mendel, aquel pequeño librero de viejo de Galitzia [Polonia], contemplé por primera vez, siendo joven, el vasto misterio de la concentración absoluta, que hace tanto al artista como al erudito, al verdadero sabio como al loco de remate, esa trágica felicidad y desgracia de la obsesión completa”. Jacob Mendel era un judío de Galitzia, que solo confiaba su concentración a la lectura de los libros, porque fuera de ellos casi nada existe: “Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilizado”.

La guerra en 1915 le jugó una mala pasada, al ser detenido por sospechoso ruso que campaba libremente por Viena, porque su origen suponía un peligro público para Austria, sin que aquello lo pudiera comprender en el interrogatorio al que fue sometido el día que lo detuvieron en el café Gluck y acabara unos días después en un campo de concentración de prisioneros civiles rusos cerca de Komorn, sin poder leer al haberse roto sus gafas, su único medio de conexión con el mundo exterior de su vida: “Dejando a un lado los libros, aquel hombre singular no sabía nada del mundo, pues todos los fenómenos de la existencia sólo comenzaban a ser reales para él cuando se vertían en letras, cuando se reunían en un libro y, como quien dice, se habían esterilizado”.

La señora que cuidaba los aseos de la cafetería Gluck era la memoria viva de lo que había pasado con Jakob Mendel, el de los libros. Ella cuenta en primera persona su liberación del campo de concentración y su regreso a su adorada mesa con tapa de mármol del café Gluck: “Un día, Jesús, María y José, no puedo creer lo que ven mis ojos, se abre la puerta, ya sabe usted, de refilón, tan sólo una rendija, como solía abrir el siempre, y el pobre señor Mendel entra en el café dando un tropezón. Llevaba puesto un raído capote militar lleno de zurcidos, y en la cabeza algo que alguna vez debió de ser un sombrero, uno que habrían tirado. No tenía cuello de camisa, y parecía la muerte, con el rostro y el pelo grises, y tan flaco que daba lástima. Pero entra, directo, como si nada hubiera ocurrido. No pregunta nada, no dice nada. Va hacia su mesa, allí, y se quita el abrigo, pero no como en otro tiempo, con agilidad y sin esfuerzo, sino respirando con dificultad. Aquella vez no traía ningún libro. Se limita a sentarse y no dice nada. Tan sólo clava la vista ante él con los ojos vacíos por completo, resecos. Sólo poco a poco, cuando le llevamos todo el paquete con los escritos que habían llegado para él desde Alemania, se puso de nuevo a leer. Pero ya no era el mismo”.

Tanto dolor por aquél trato inhumano ya no le permitió a Mendel volver a ser quien era: “Y en la memoria de Mendel, en aquel teclado único del conocimiento, las teclas, a su regreso, estaban atascadas. Cuando de vez en vez alguien venía a recabar información , él se quedaba sentado, inmóvil, agotado, y ya no comprendía con exactitud, no oía bien, y olvidaba lo que le habían dicho. Mendel ya no era Mendel, como el mundo ya no era el mundo”.

Aquella mujer que limpiaba los aseos y que vio por última vez a Mendel el de los libros, que durante veinticinco años le había cepillado el abrigo y le había cosido los botones y que le había visto por última vez antes de morir en la puerta del café Gluck, al que había vuelto en un regreso furtivo, me ha recordado a la limpiadora del cuento de la isla desconocida de José Saramago, porque los libros nos hacen salir de nosotros mismos para conocer el mundo: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Es lo que comprendieron los dos protagonistas junto a Mendel de una historia mágica y sorprendente sobre la lectura, sobre todo la señora Sporschil, al haberse quedado con el libro que había dejado en su mesa Mendel el día que lo echaron definitivamente del café Gluck por robar panecillos para comer, porque no tenía dinero para pagarlos, y que le creaba mala conciencia a ella: “Quédeselo tranquila. A nuestro viejo amigo Mendel le habría encantado que al menos una entre los muchos miles de personas que le deben un libro aún se acuerde de él. Después me marché y sentí vergüenza frente a aquella anciana y buena señora que, de una manera ingenua y sin embargo verdaderamente humana, había sido fiel a la memoria del difunto. Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para unir, por encima del propio aliento, a todos los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Muchos años después de conocer a Mendel he ido a buscarlo de nuevo, al igual que aquel personaje del relato de Zweig intentaba recordarlo en sitio habitual, porque en estos momentos de pandemia, un azote mundial, necesito buscar refugio en los libros: “Veinte años después había ido a parar de nuevo a su cuartel general, el café Gluck, en la parte alta de la Alserstraße. Jakob Mendel. ¿Cómo había podido olvidarle? Era impensable. Durante tanto tiempo. A aquel ser humano de lo más particular, a aquel hombre legendario. A aquel peculiar portento universal, famoso en la universidad y en un círculo reducido y respetuoso… Cómo había podido olvidarle, a él, el mago, el corredor de libros que, imperturbable, se sentaba allí día tras día, de la mañana a la noche. Símbolo del conocimiento. ¡Gloria y honra del café Gluck!”.

(1) Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros.

(2) Zweig, Stefan (2009). Mendel, el de los libros. Barcelona: Acantilado

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Joan Margarit o la dignidad de no asustarnos de nuestro destino

Miguel Poveda canta a Joan Margarit – Telediario RTVE / 16/II/2021

Sevilla, 17/II/2021

No me gustan los panegíricos ni los efluvios cantores cuando una persona nos deja para siempre. Ayer falleció el poeta Joan Margarit, no conocido por mí como merece, pero le tengo un gran respeto a su vida y obra poética y arquitectónica, aunque no se sabe bien cual fue antes. Anoche, intenté seguir de cerca la letra de su poema No te veré más (1) que interpretó excelentemente el cantor Miguel Poveda, con el sentimiento que le caracteriza, como cierre de las noticias del día en el informativo de la noche de RTVE, la televisión pública que, una vez más, tuvo altura de miras en su edición y realización:

Es la piel violeta de una noche
Que dejamos pendiente.
Tu silencio suena como un saxo
De oro negro al fondo de los días sin ti.
Como jadea en tu pecho el contrabajo,
Y el flanco cálido de oscuridad
Que por siempre soñaré avanzando
Con mi mano lenta hacia ti.
Músicos en la penumbra, instrumentos de oro
En las bocas lilas: ya, la vida
Nunca más me devolverá lo que me he jugado
En tu cuerpo desnudo desde que fuiste una fiesta
Sólo queda, al piano, un negro ciego,
Nuestro amor.
Toca solo en este poniente de oscuridad
Y mi sueño se adormece en sus dedos.

Bellas palabras para un triste momento. Sólo recuerdo ahora las respuestas que dio en 2019 a Babelia, dos semanas después de recibir el prestigioso Premio Cervantes, porque sintetizaba muy bien su pensamiento y sentimiento, donde siguiendo a Rafael Alberti descubrí aquel día que escuchaba siempre al corazón, porque en esa dialéctica sabía que era más fuerte que el viento. Él dijo que lo que le hizo querer ser poeta fue el amor, porque “con 17 años me enamoré de una chica y le escribí el único poema mío que me sé de memoria (y el único que nunca he recitado ni recitaré en público). Que le hubiera gustado escribir, como poema ajeno, Un español habla de su tierra, de Luis Cernuda. Que le hubiera gustado ser Neruda, de joven, porque “me influyó tanto que, si me descuido, se me come y dejo de existir como poeta”. Sorprendentemente y ante la pregunta “De no haber tenido la arquitectura como oficio y la poesía como vocación, ¿qué habría sido usted?”, contestó de forma tajante: “¡Nada! Me temo que un vago, un mendigo o un aprovechado”. Confesó que utilizaría como autorretrato Les feuilles mortes, cantada por Yves Montand y que tarareó en ese momento: “Oh! je voudrais tant que tú te souviennes”. Pensaba que “todo lo social está sobrevalorado. Lo único que tiene verdadero valor es lo individual, lo personal, lo secreto”. Y también respondió a una pregunta, entre otras, que cobra hoy plena actualidad: “¿Una solución para el problema catalán? Tengo 81 años y ya no veré esa solución… Cuando dos discuten, tiene más culpa el que más poder tiene. Dicho esto, ni los políticos catalanes ni los españoles han hecho nada durante años para que pudiera solucionarse”.

Este retrato de Margarit me parece entrañable y esclarecedor. Seguiré leyendo con respeto su obra porque es el mejor homenaje que le puedo hacer a partir de ahora, sabiendo que no le veremos más pero que lo recordaremos siempre. Sobre todo por su concepto de la dignidad: “Por lo que a mí respecta, en este otro exilio que es, por su propia naturaleza, la etapa final larga o corta de la vida, siento que yo soy mi propio interlocutor. Ahora, ya no se está a tiempo de improvisar, debo haber hablado ya, desde hace mucho tiempo, con los sabios antiguos o modernos para que, efectivamente, y en muchas ocasiones a través de mis propios poemas, pueda reencontrarme conmigo mismo en el territorio de la dignidad. La dignidad de no asustarme de mi destino” (2).

(1) Margarit, Joan (2003). Poesía amorosa completa. Madrid: Hiperión.

(2) Joan Margarit, del epílogo a No estaba lejos, no era difícil, Visor libros, col. Palabra de honor, Madrid, 2011.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando en lo alto está la vida

[…] con sus predicadores
sus gases que envenenan
su escuela de chicago
sus dueños de la tierra
con sus trapos de lujo
y su pobre osamenta
sus defensas gastadas
sus gastos de defensa
con su gesta invasora
el norte es el que ordena 
[…]

Mario Benedetti, El Sur también existe

Sevilla, 16/II/2021

En este tiempo tan difícil y complejo, con tantos interrogantes abiertos porque cuando creíamos tener todas las respuestas de la vida, el coronavirus nos cambió casi todas las preguntas, he recordado con altura de miras un poema de mi juventud, Enuma Elish (Cuando en lo alto), en escritura acádica, que simbolizaba la relación que la humanidad ha tenido siempre con la naturaleza, con el cielo y la tierra. El orden y el caos están representados de forma magistral en este poema escrito en el siglo séptimo antes de Cristo, en unas tablillas halladas en las ruinas de la biblioteca de Asurbanipal (669 a. C. – 627 a. C.), en Nínive, que yo intentaba descifrar en mis años jóvenes aprendiendo los caracteres sumeroacádicos como la antesala del hebreo puro. En aquél tiempo no se escribía o dibujaba nada que no se hubiera experimentado antes y los mayores de cada comunidad supervisaban los mensajes que mantenían siempre frescos en su memoria y que algunos amanuenses trasladaban a tablillas de barro. Era una especie de auditoría del principio de confianza en la palabra.

Recuerdo como si fuera ayer cuando aprendí a descifrar el famoso trigrámmaton (núcleo de tres letras básicas en toda palabra hebrea), que según mi profesor era la quintaesencia de la palabra, porque cuando se sabía descomponer la grafía de ese trazo imposible (para algunos) en hebreo, mejor que en el arameo de los masoretas porque incorporaba vocales que hacían más fácil su intelección, ya sabías casi todo de lo que cualquier palabra quería representar. Y es verdad, porque una de las primeras palabras que aprendí a identificar fue “casa”, en hebreo “בת” (que se lee “bet”, de derecha a izquierda), donde si la observan detenidamente, la oquedad de ambas letras me dejó claro que antes fueron las experiencias sumero-acádicas del hueco, posiblemente en las riberas del Tigris y del Éufrates (Mesopotamia), de la acogida (sin puertas), que después se expresó mediante la maravillosa palabra “casa”. También aprendí el alefato o abecedario hebreo, por ser la letra “a” (alef), la que da comienzo al mismo. Verdaderamente fascinante para respetar la historia sana de las experiencias y palabras de los que nos anteceden (personas sanas, no tóxicas o tosigosas, nunca mejor dicho).

Las dos palabras, Enuma Elish, que después se hilvanaron en el tiempo con Berechit bará en hebreo, En el principio, como comienzo del relato del Génesis, traducen la preocupación humana constante por comprender la vida a través de la tierra, los cielos, el aire y el mar, sumiéndonos a lo largo de los siglos en una gran contradicción porque no se han cuidado bien y hoy nos encontramos con el cambio climático como la expresión más rotunda del maltrato que estamos dando a los cielos, la tierra, el aire y las aguas de los mares y océanos contaminados. Es lo que nos ha intentado explicar de forma muy gráfica y durante muchos años, el gran fotógrafo brasileño, Sebastião Salgado, que salió a buscar lo que había en lo alto del Enuma Elish y del Génesis, en 2005 para “emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

Esta reflexión viene a colación ahora por el último libro de Bill Gates, que se publica hoy por la editorial Penguin Random House en veinte países bajo el título “Cómo evitar un desastre climático”, en el que el autor establece un plan amplio, práctico y accesible sobre cómo el mundo puede llegar a cero emisiones de gases de efecto invernadero a tiempo para evitar una catástrofe climática. La editorial presenta el libro con las siguientes palabras: “Bill Gates ha pasado una década investigando las causas y efectos del cambio climático. Con la ayuda de expertos en los campos de la física, la química, la biología, la ingeniería, las ciencias políticas y las finanzas, se ha centrado en lo que se debe hacer para detener el deslizamiento del planeta hacia cierto desastre ambiental. En este libro, no solo explica por qué debemos trabajar hacia emisiones netas cero de gases de efecto invernadero, sino que también detalla lo que debemos hacer para lograr este objetivo profundamente importante”. También “Nos da una descripción clara de los desafíos que enfrentamos. Basándose en su comprensión de la innovación y lo que se necesita para introducir nuevas ideas en el mercado, describe las áreas en las que la tecnología ya está ayudando a reducir las emisiones, dónde y cómo se puede hacer que la tecnología actual funcione de manera más eficaz, dónde se encuentran las tecnologías innovadoras, dónde es necesario desarrollar tecnologías punta y quién está trabajando en estas innovaciones esenciales. Finalmente, presenta un plan práctico y concreto para lograr el objetivo de cero emisiones, sugiriendo no solo las políticas que los gobiernos deberían adoptar, sino lo que nosotros, como individuos, podemos hacer para que nuestro gobierno, nuestros empleadores y nosotros mismos seamos responsables de esta empresa crucial”.

Einaudi se lamenta en el Ártico – “El mundo sólo tiene interés hacia adelante…”, Pierre Teilhard de Chardin (joseantoniocobena.com)

Escuchando a Ludovico Einaudi en su interpretación personal e intransferible de su obra de compromiso social activo, Elegía por el Ártico, , es imprescindible que recordemos hoy el esfuerzo de nuestros antepasados por intentar comprender el lado más brillante de la creación de los cielos, la tierra, el mar, el aire y el agua, como suelo firme de nuestra existencia. Depende de nosotros respetarlos y hacerlos viable para que esta generación y las que sigan después puedan disfrutar de un mundo más accesible y amable para todos. Estamos avisados, porque ellos nos transmitieron el lenguaje del respeto a la Naturaleza, porque “en lo alto” está la vida, cada uno con su ideología no inocente y que nos siguen aportando a diario vestigios para no olvidar que un día tuvimos que salir de un paraíso en el que muchos nacimos por tradición y creencia, para volver diariamente a él, a veces perdidos y solos.

NOTA: La imagen es de elaboración propia, que recoge dos portadas de libros, el primero sobre el poema Enuma elish,  de Lluís Feliu Mateu, publicado en la editorial Trotta y el segundo, el referenciado en las líneas anteriores y escrito por Bill Gates. La imagen central se desarrolla en el post No vamos todos en el mismo barco y corresponde al documental In the same boat (En el mismo barco), que resume en su título una idea muy brillante del ecologismo actual de vanguardia, del sociólogo Zygmunt Bauman:  “ya estamos todos en el mismo barco, pero lo que nos falta son los remos y los motores que puedan llevar este barco en la dirección correcta”.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Me enseñaron a tener la paciencia del santo Job

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Sólo Dios basta!

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), Nada te turbe

Sevilla, 15/II/2021

Estamos viviendo en tiempos de coronavirus y de paciencia infinita. Cuando era niño me enseñaron que el modelo de paciencia que debía adoptar en mi vida era la del santo Job, al que desconocía por completo. Cuando dejé de hacer y pensar las cosas de niño, comprobé que había sufrido un engaño monumental porque Job tenía de todo menos la paciencia infinita que me habían inculcado desde que tuve uso de razón. Lo que pasó es que usé la razón de forma audaz y verifiqué qué pensaba Job de las injusticias del mundo, dándome cuenta de que tenía muy poca paciencia cuando contaba sus penas, que no alegrías: los terrores se vuelven contra mí, como el viento mi dignidad arrastra; como una nube ha pasado mi salud. Y ahora en mí se derrama mi alma, me atenazan días de aflicción (Job, 30, 15s), hasta el punto de que el joven Elihú le reprende y lo lleva de la mano para ser paciente (Job, 32-37), para que busque, curiosamente, la sede de la Inteligencia [sic]: huir del mal, claro objeto del deseo impaciente de Job, porque lo que declaraba como sede de la inteligencia, reaccionar ante cualquier tipo de agresión, resolver problemas, era un elemento diferenciador esencial de la búsqueda desesperada de la sede de la sabiduría: temer a Dios, es decir, para los no creyentes hay que aceptar que algo pasa ahí fuera, a veces, que no controlamos y que nos hace sufrir mucho. La conclusión de Job ante tanto sufrimiento en su vida es que Dios se había pasado con él.

Si la inteligencia humana es la capacidad de resolver problemas para que la paciencia sea ardiente pero no nos queme, voy a repasar la historia de la inteligencia paciente en la humanidad, con brevedad para que sea dos veces buena para mi alma impaciente, fundamentalmente para aprender de sus errores y horrores que se han cometido, planteándome si es posible averiguar dónde se aloja la paciencia en el cerebro (la sede de la inteligencia que nos hace ser pacientes) y como se configuran las manifestaciones humanas de una realidad existencial que, al menos, la gran mayoría de las personas, conocemos como virtud refrendada por el santo Job que, recuerdo, no la tuvo durante los momentos difíciles en su vida ni era un dechado de esa virtud. Gran empresa, sin ánimo de escribir las bases de un libro de autoayuda, que no me gusta nada.

¿Cómo nace la paciencia? Sin lugar a dudas porque el cerebro actual ha vencido al cerebro reptiliano, es decir, la corteza cerebral que configura hoy la realidad existencial de cada persona permite controlar los impulsos más primitivos de los seres humanos, de nuestros antepasados, que solucionaban cualquier beligerancia y adversidad (infortunios y trabajos) con agresividad total. Hay una realidad histórica: se han necesitado millones de años para “preparar” la configuración del cerebro que posibilite “tener paciencia” y “aprender” a convivir con ella si tener que llamarla necesariamente “virtud”, porque es una posibilidad que ofrece históricamente la estructura global del cerebro humano. Job fue una prueba palpable de ello.

¿Dónde reside la paciencia? En todas las estructuras del cerebro que interactúan para dar órdenes pacientes e impacientes a través de la corteza cerebral, reflejadas en la conducta implícita o explícita de cada persona, aprendida o genéticamente fundada, con un control férreo del sistema límbico donde se alojan las centralitas de los sentimientos y emociones, sabiendo también que los ojos están grabando permanentemente miles de ocasiones para provocar la paciencia e impaciencia, en un debate ético que hacen trabajar a destajo a las neuronas en lo que saben hacer: alimentar acciones humanas pacientes e impacientes en milisegundos. Sabiendo, que no descansan nunca a pesar de que dormimos y soñamos desesperadamente. Científicamente se sabe que las neuronas no se permiten nunca la licencia para descansar. A no ser que las obliguemos farmacológicamente a cambiar su rumbo desestructurado cuando, a veces, la impaciencia no nos deja vivir como personas y nos provoca algún trastorno mental que nos inhibe la posibilidad de ser y estar en el mundo dignamente.

Y yendo de mis asuntos a mi corazón, repaso, por último, el Diccionario de la Lengua Española (edición el Tricentenario), encontrándome con definiciones de paciencia (del latín patientia) de amplio calado cultural: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas, facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho, lentitud para hacer algo, […] y tolerancia o consentimiento en mengua del honor. De todas ellas, me quedo con una: saber esperar, aunque sea con ardiente paciencia (Neruda). Creo que la propia necesidad cerebral de autoformarse a lo largo de la vida, con más de cien mil millones de posibilidades (neuronas) de hacer cosas y sentir nuevas vibraciones de sentimientos y emociones, acotadas en el tiempo vital de cada persona, son un reflejo de que las estructuras del cerebro necesitan a veces esperar, con más o menos paciencia aprendida o inducida genéticamente, para que nos mostremos tal y como somos, para que alcancemos nuestros proyectos más queridos y deseados, porque oportunidades tenemos de forma personal e intransferible a través de una estructura que dignifica por sí mismo a cada ser humano: la corteza cerebral que venció al cerebro original de los reptiles, otorgándonos genéticamente la posibilidad de ser inteligentes.

Aprendamos por tanto de ella, de su forma de ser en cada una, en cada uno. Por aquello de las posibilidades que se abren a través de las cadaunadas, de la ética del cerebro. Sin alterarnos, escuchando a Teresa de Jesús en el momento actual, reinterpretándola, por si nos alumbra algo en tanto desconcierto que nos derrama el alma, tal y como lo describía el ciudadano Job: porque la vida a veces nos turba, nos espanta, porque estas situaciones pasan, porque Dios se muda en la conciencia de muchas personas, porque la paciencia casi nada alcanza. Porque muchas personas no tienen a Dios, no tienen nada, todo les falta ¡Y sólo Dios no basta!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cataluña, una calle hermosa de encuentros en su jornada electoral (II)

García Lorca, Margarita Xirgu y Cipriano Rivas Cherif / Brangulí – Arxiu Nacional de Catalunya / 12/11/1935

Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.

Federico García Lorca (1931), Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 14/II/2021

Vuelvo a escribir unas palabras desde Andalucía, porque nada catalán -por humano- me es ajeno, sobre la base de las que publiqué ante la jornada electoral de las anteriores elecciones celebradas en Cataluña el 21 de diciembre de 2017. No quiero alterar el texto de lo que ese día escribí en este cuaderno digital, aunque sí ha cambiado el contexto en el que se desarrollan estas elecciones de febrero de 2021, porque en aquellas reflexiones suspiraba por una Cataluña integrada en España, cuestión que sigo defendiendo hoy con ardor guerrero y con la ardiente paciencia de Neruda. Es lo que sigo pensando ahora ante una oportunidad democrática tan importante como son unas elecciones. Por esta razón, en las horas previas a las 8 de la tarde, hora exacta en la que se iniciará el recuento de votos en las elecciones que se están celebrando hoy en Cataluña, vuelvo a leer una y otra vez el discurso dedicado a las floristas de La Rambla de Barcelona, que Federico García Lorca leyó en una cena en el hotel Majestic de esa ciudad, el 22 de diciembre de 1935. Lorca estaba en Barcelona porque se estaba representando allí su obra “Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores”, junto a la compañía de Margarita Xirgu.

Desde Andalucía, sueño con el paralelismo de las palabras de Lorca, pero haciéndolas extensivas a Cataluña, porque en la quintaesencia de La Rambla (Las Ramblas) está una Comunidad a la que apreciamos mucho desde Andalucía y que nunca hemos querido que se independice. Todo es un símbolo, pero se me antoja necesario pensar en Cataluña como una calle rodeada de flores, “que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros y antigua de sangre”. ¡Qué mejor reconocimiento a una extraordinaria Comunidad, con palabras de un andaluz universal que supo cantar la quintaesencia de un pueblo al que tanto amamos!

Parafraseando una frase de Gaudí en relación con un símbolo cultural muy querido en Cataluña, el trencadís, “A puñados se tienen que poner [las piezas rotas de cerámica], si no, no acabaremos nunca”, es decir, una forma de unir piezas rotas de cerámica de forma aleatoria, es urgente recordar hoy esta técnica catalana como metáfora, salvando lo que haya que salvar, para unir de una vez por todas a las partes implicadas en el proceso catalán e intentar buscar la mejor argamasa para unir piezas rotas hoy pero que en un futuro pueden brillar en todo su esplendor. Trencadís político en estado puro, porque si no, “no acabaremos nunca” con esta situación política de ruptura civil del pueblo catalán y, por extensión, de este pueblo con España.

Cuando la poesía y la escritura es compromiso activo, comprendemos bien para qué y a quién sirve, porque no son inocentes. Afortunadamente. Lo aprendí también de otro poeta andaluz, Juan Cobos Wilkins, en un libro precioso, Para qué la poesía, que intenta despejar muchos interrogantes al respecto. Se refiere, con bellas palabras, a la forma de expresarse cada persona en vida, de muchas formas posibles: desvivir, revivir, convivir, conmorir con todo eso, lo de siempre, sobrevivir y vivir, eso invisible que le sucede a otros. Después, preguntas que preparan la respuesta de para qué la poesía, para justificar por qué el cerebro necesita poesía. La mejor respuesta, la final: para sanar, vivir…, cada día.

Comparto hoy estas palabras, de nuevo, como un transeúnte desconocido por las calles imaginarias y reales de Cataluña, para “aprender de ellas cómo puede persistir el espíritu propio de una Comunidad” [ciudad], porque queremos superar las rosas de pena y palabras, que aún nos quedan.

¡Salud para el pueblo catalán en momentos difíciles de la pandemia, para que su decisión democrática nos una a partir de ahora en un proyecto común de convivencia pacífica!

A las floristas de La Rambla de Barcelona

Federico García Lorca

Señoras y señores:

Esta noche, mi hija más pequeña y querida, Rosita la soltera, señorita Rosita, doña Rosita, sobre el mármol y entre cipreses doña Rosa, ha querido trabajar para las simpáticas floristas de la Rambla, y soy yo quien tiene el honor de dedicar la fiesta a estas mujeres de risa franca y manos mojadas, donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina.

La rosa mudable, encerrada en la melancolía del Carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que la vean las flores de la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona.

Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos. Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son el regalo del ramblista y su recreo y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado que parece decir al noctámbulo: “Levántate mañana para vernos, nosotros somos el día”. Nadie que visite Barcelona puede olvidar esta calle que las flores convierten en insospechado invernadero, ni dejarse de sorprender por la locura mozartiana de estos pájaros, que, si bien se vengan a veces del transeúnte de modo un poquito incorrecto, dan en cambio a la Rambla un aire acribillado de plata y hacen caer sobre sus amigos una lluvia adormecedora de invisibles lentejuelas que colman nuestro corazón.

Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad.

Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra ala abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer.

Yo también tengo que pasar todos los días por esta calle para aprender de ella cómo puede persistir el espíritu propio de una ciudad.

Amigas floristas, [con] el cariño con que os saludo bajo los árboles, como transeúnte desconocido, os saludo esta noche aquí como poeta, y os ofrezco, con franco ademán andaluz, esta rosa de pena y palabras: es la granadina Rosita la soltera.

Salud.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Sonata para Caronia (el instrumento de viento más antiguo del mundo)

Caronia (caracola) de Marsoulas (izqda. y dcha.) y caracola de Nueva Zelanda (centro)
Sonido Caronia, Do, Re y Do sostenido

Sevilla, 12/II/2021

Los amantes de la historia de la música estamos de enhorabuena porque se ha publicado recientemente, en la revista Science Advances (Febrero, 2021), un artículo sobre el descubrimiento del instrumento de viento más antiguo del mundo hasta nuestros días, la caronia, una concha de caracol que tiene una antigüedad de alrededor de 17.000 años, en una cueva de Marsoulas (Francia, región de Mediodía-Pirineos, departamento de Alto Garona, en el distrito de Saint-Gaudens y cantón de Salies-du-Salat).

El resumen científico del mismo atestigua que estamos ante un hallazgo excepcional que corrobora la atención que el ser humano ha prestado desde siempre a la música: “Antropólogos y etnomusicólogos afirman que no hay sociedad sin canto, y más específicamente, no hay ritual o celebración sin acompañamiento del sonido. La producción de sonidos en contextos sociales es muy antigua. Aquí, informamos sobre el estudio de una concha marina de la cueva decorada de Marsoulas y demostramos que los homínidos magdalenienses de este sitio transformaron esta concha en un instrumento de viento. Es uno de los ejemplos muy raros, si no el único para el paleolítico, de un instrumento musical confeccionado a partir de una gran concha, y la primera caracola de este uso hasta ahora descubierta. Ya sabemos que las personas de la prehistoria transformaron muchas conchas en ornamentos portátiles y que, por lo tanto, les atribuyeron un simbolismo corporal sustancial. Este cuerno de concha marina, con su sonoridad única, profunda y fuerte con una reverberación duradera, arroja luz sobre una dimensión musical hasta ahora desconocida en el contexto de las sociedades del Paleolítico Superior”. Verdaderamente fascinante para el conocimiento del ser humano y su inteligencia musical, que también existe, como ya demostró en el siglo pasado Howard Gardner a través de las llamadas “inteligencias múltiples”.

Me ha gustado conocer que este descubrimiento está muy cerca de la costa cantábrica. Tal y como lo manifiestan los científicos que informan detalladamente sobre el hallazgo: “[…] Aunque raro, [este molusco] sigue presente en el Golfo de Vizcaya y en las costas vasca y asturiana de España. Este animal habita en fondos rocosos, a veces intercalados con espacios arenosos de hasta 80 m. de profundidad. Charonia también existe en el mar Mediterráneo, pero estos especímenes son más pequeños y delgados (18, 19cm.). Su tamaño (31 cm de largo y 18 cm de ancho) y su robustez, especialmente el espesor de la concha, alcanzando los 0,8 cm en algunas zonas, argumentan a favor de una adaptación a las condiciones de agua templada/fría (20 grados). Arqueológicamente, el vínculo entre los habitantes de Marsoulas y la costa atlántica está respaldado por algunos artefactos encontrados en la entrada y el interior de la cueva; en la industria ósea, hay un fragmento de punta de lanza hecho de un hueso de cetáceo, y, entre las conchas, el origen atlántico de dos especímenes de Capulus ungaricus, perforados por la abrasión y encontrados en la misma capa que los lampas de Charonia, es cierto”.

También llama la atención la intervención humana para que la caracola emitiera sonidos, es decir, su sonido característico y combinado con un mensaje, que desconocemos, no tuvo que ser inocente: “Nuestro análisis detallado de la Charonia reveló numerosas pistas de intervención humana. Para caracterizarlos y describirlos en su superficie, digitalizamos el caparazón a través de fotogrametría y realizamos (con DStretch Image) una observación de las imágenes de superficie para resaltar los pigmentos menos visibles. Además, las tomografías computarizadas (TC) proporcionaron una visualización muy detallada de las partes internas del caparazón o concha, como la columella y los verticilos de aguja. Estas observaciones sugieren que se hicieron transformaciones considerables en la caracola para permitir que se pudiera soplar en ella”.

A continuación recojo el detalle de la morfología de la caronia descubierta en la cueva de Marsoulas, según la publicación citada:

(A) Sección sagital del modelo tridimensional (3D) de la concha que permite visualizar el agujero perforado a la altura de la sexta cavidad (después de abrir el ápice; véase la Fig. 2), probablemente para introducir un tubo para facilitar el montaje de una boquilla. (B) Detalle de la perforación circular realizada desde el ápice. Las rayas en el borde se deben a una herramienta de frotación. (C) Vista superior del modelo 3D que muestra la perforación. (D) Sección transversal tridimensional (3D) a nivel de la séptima cavidad. (E) La caracola de las Marsoulas en su contexto magdaleniano (restitución hipotética). (F) Caracola del Sudeste Asiático, cuya boca está cubierta con una capa negra, destinada a proteger los labios del soplador. (G y H) Concha de Siria y detalle de su boca astillada, cerca de la de Marsoulas. (I y J) Caracola de Nueva Zelanda y su boquilla hecha de un tubo óseo decorado. [Capturas de modelos 3D (A D): C. Fritz; dibujo (E): G. Tosello; fotos (F a J): Musée du Quai Branly-Jacques Chirac/E. Kasarhérou.

He escuchado el sonido real de la Caronia y pude transportarnos 17.000 años atrás aunque desconozcamos el lenguaje musical que llevaba dentro y en boca de nuestros antepasados: “De acuerdo con los científicos, esta concha también muestra la capacidad de los antiguos grupos humanos para transformar un objeto complejo en un instrumento de viento. “Aún debemos meditar sobre la función del sonido en el Paleolítico, pero podemos decir que la relación entre la música y el simbolismo humano es muy fuerte. En Marsoulas es difícil no establecer el paralelismo entre el sonido y el arte rupestre. Las caracolas han servido como instrumentos musicales, dispositivos de llamada o señalización, y objetos sagrados o mágicos según las culturas”, escriben los autores. Y concluyen: “Hasta donde sabemos, el caparazón de Marsoulas es único en el contexto prehistórico, no solo en Francia sino a la escala de la Europa Paleolítica y quizás del mundo” (1). Excepcional hallazgo.

A modo de libreto para una partitura imaginaria de palabras, he escrito estas líneas. Si Mozart hubiera conocido la Caronia, aunque ya estaba allí, en Marsoulas, en su lugar de origen, la habría rescatado y habría compuesto una “Sonata para Caronia”, en Do mayor, de belleza incalculable, porque él amaba los instrumentos de viento, habiéndonos dejado muestra de ello en composiciones inolvidables.

(1) La concha de caracol más antigua del mundo suena por primera vez en 18.000 años | Ciencia | EL PAÍS (elpais.com)

NOTA: las imágenes se han tomado de la revista Science Advances y corresponden al artículo citado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Artemisia Gentileschi, una pintora imprescindible

Sevilla, 11/II/2021

Se ha estrenado un documental recientemente, Artemisia Gentileschi, pintora guerrera, sobre la vida y obra de esta pintora del barroco, con un título que intenta sintetizar en un adjetivo el perfil de una mujer extraordinaria e imprescindible por su aportación excelente a la historia de la pintura. Así lo ha presentado un artículo magnífico de Berta Gómez, en elDiario.es, que resume a la perfección la atractiva vida y obra de la Gentileschi y el retrato que hacen de ella en el citado documental.

La plataforma Filmin presenta también el documental con palabras sencillas y esclarecedoras: “En el 1618, a los 23 años, Artemisia Gentileschi es la primera mujer en ser admitida a la Academia de Diseño. Fue la primera mujer artista italiana en tener una carrera internacional, siempre bien integrada en los ambientes intelectuales y artísticos más sofisticados. Tuvo importantes contactos con los mayores genios de la época, entre ellos Caravaggio. El film recorre toda la vida de la artista, símbolo del feminismo mundial por su carácter y por la ferviente defensa de su dignidad profesional, que surgen en la correspondencia con coleccionistas y personalidades de la época, entre ellos Galileo Galilei”.

Siento una satisfacción especial cada vez que el mundo de la cultura se detiene en la trayectoria vital y profesional de esta pintora, a la que ya he dedicado algunas páginas en este cuaderno digital, que reproduzco a continuación, en un artículo que escribí el año pasado sintiendo su proximidad pictórica por albergar el Museo de la catedral de Sevilla una obra suya excelente,  María Magdalena como la melancolía, sobre el que reflexiono en su relación con la copia de la misma pintora que se encuentra en la actualidad en México y donde se interpretan dos variaciones sobre el mismo tema, no una mujer que está apoyada sobre su brazo, como figuraba en los catálogos primigenios, sino cómo una mujer sufre de melancolía, sentimiento que pintó como ningún otros artista, hombre o mujer, ha hecho a lo largo de los siglos.

Artemisia Gentileschi pintó la melancolía

Artemisia Gentileschi, Autorretrato como alegoría de la pintura, (Ca. 1638-1639) Palacio de Buckingham (Reino Unido)

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Pablo Neruda, Me gustas cuando callas

Sevilla, 16/VII/2020

La cultura en este blog va por barrios. La melancolía, también. A Mozart, melancólico por naturaleza propia, le entusiasmó la idea de estrenar su preciosa y enigmática ópera La flauta mágica en un teatro de barrio de Viena, la ciudad de los palacios reales. He escrito bastante sobre esta “debilidad ética” de Mozart poco tiempo antes de fallecer muy joven. Hoy, la cultura en este cuaderno digital va por la pintura y por la melancolía. Verán. Les presento en esta ocasión a una pintora barroca extraordinaria, Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1654), que he procurado conocer en profundidad a través de la historia del arte y de biógrafos solventes. Hay un motivo que me ha impulsado a conocer con detalle a esta pintora y ha sido la elección de una obra de la misma en la exposición que actualmente se está desarrollando en el Museo del Prado bajo un título muy sugerente, Reencuentro, con motivo de la reapertura de sus salas el pasado 6 de junio y que se mantendrá abierta hasta el 13 de septiembre, reubicando más de 190 piezas que evocan la museografía existente cuando el Prado abrió sus puertas por primera vez.  En esta colección se presenta una obra de Artemisia Gentileschi, Nacimiento de San Juan Bautista (ca. 1635), en el que se representa a San Juan, desnudo, atendido por un grupo de mujeres. Salvo error por mi parte, es la única obra de una mujer pintora que se recoge en esta muestra tan especial. De ahí que me llamara tanto la atención.

Me interesó esta obra porque desde hace tiempo estaba estudiando la presencia de Artemisia Gentileschi en España y, concretamente, en Sevilla, con una obra enigmática, María Magdalena como la melancolía,  que me consta que era muy querida por su autora por su identificación con ella como mujer “pecadora” (?) que sufrió mucho en su vida ajetreada y singular aunque ha sido muy maltratada por la historia y por la Iglesia oficial. Artemisia sufrió un triste episodio de juventud, concretamente la violación cuando solo tenía 17 años, en 1612, por parte del mentor propuesto por su padre, Agostino Tassi (1566-1644), ya que al ser mujer no podía cursar los estudios oficiales de pintura en las Academias correspondientes, solo para hombres, lo que propició un juicio promovido por su padre, muy estudiado, que ganó y que se puede conocer con detalle en una obra muy interesante dedicada a esta pintora (1).

Esta pintura se encuentra en la actualidad en el Museo de la Catedral de Sevilla, considerándose el original de las dos versiones que existen en la actualidad con el mismo título, siendo la segunda versión la que se encuentra en el Museo Soumaya de Ciudad de México, como segunda interpretación de la melancolía de María Magdalena, no una copia, cuestión que hoy es el eje de este artículo.

Artemisia Gentileschi, María Magdalena como la melancolía / Detalle (Ca. 1622)  Museo de la Catedral de Sevilla
Artemisia Gentileschi, María Magdalena como la melancolía / Detalle (Ca. 1625) Museo Soumaya (Ciudad de México)

Las principales diferencias entre las dos obras estriban en que la pintura original, la que se encuentra en la catedral de Sevilla, sufrió una intervención de la censura por haberla considerado con graves faltas de recato. Pruebas radiográficas han demostrado que se cubrió el hombro y el pecho izquierdos con un lienzo en el que se aprecia el cambio de color en la zona agregada por la censura: “Este último cuadro [el que está en Sevilla] es el original, y el otro, que se encuentra en el museo Soumaya en la ciudad de México, es una copia de la misma época. Pero es evidente que la copia revela que el original fue intervenido después de ser copiado, para que pudiese entrar sin escándalo en los recintos sagrados. En efecto, radiografías de la pintura muestran que el ropaje fue ampliado para cubrir lo que la Iglesia consideraba indecente y lujurioso. Lo más interesante es que, muy probablemente, fue la misma Artemisia quien pintara la copia hacia 1622, antes de que el comprador del cuadro, el duque de Alcalá y virrey de Nápoles, se llevara el cuadro [original] a su colección (según lo explica la historiadora Mary D. Garrard en su libro Artemisia Gentileschi around 1622: The shaping and reshaping of an artistic identity, Oakland, University of California Press, 2001). Seguramente tuvo una nueva encomienda de pintar a una Magdalena melancólica, y por ello copió ella misma su obra primera. La obra fue a dar, no se sabe cómo, a una colección privada en Lyon; después fue adquirida por Carlos Slim para el Soumaya” (2).

En el establecimiento de las diferencias entre ambas obras, me ha gustado mucho la reflexión localizada al respecto en el documento citado anteriormente: “Se cree que la copia de la Magdalena melancólica fue hecha por la misma Artemisia porque en ella la santa tiene un rostro diferente; un copista normalmente hubiese copiado los rasgos originales, sin crear un personaje nuevo, con la cara más redonda, la nariz más puntiaguda, la boca más curvada hacia abajo y los ojos más grandes con párpados pesados. La primera Magdalena tiene una actitud soñadora y sensual; en la copia su rostro es adusto y desconsolado. Las dos caras de la melancolía que pintó Artemisia reflejan posiblemente su propia experiencia como “pecadora”, ya que sufrió de muy joven una violación y tuvo que enfrentar un largo y penoso juicio promovido por su padre contra el violador que se negó a casarse con ella”.

He profundizado en conocer cómo llegó a Sevilla el cuadro de “María Magdalena como Melancolía”. Varios estudios coinciden en la trazabilidad histórica del mismo desde la compra hasta su llegada a la catedral, es decir, que la pintura pertenecía a la colección de Fernando Enríquez-Afán de Ribera y Téllez-Girón (1583-1637), III duque de Alcalá de los Gazules, V marqués de Tarifa, VI conde de Los Molares y virrey de Nápoles (1629-1631), años en los que coincidió con Artemisia Gentileschi en la citada ciudad. Se sabe que la obra llegó a la catedral procedente de la Casa de Pilatos, donde atesoraba el virrey de Nápoles un importante fondo artístico de pinturas y antigüedades. Como dato curioso, esta obra aparecía en el inventario como “una Magdalena sentada en una silla durmiendo sobre el brazo”. Nada más.

Estamos viviendo una etapa muy alargada en el tiempo en torno a la melancolía y podemos incluso dar la razón a Víctor Hugo cuando decía que la melancolía era la felicidad de estar triste. La melancolía es un talante, una forma de ser talantoso o no. El adjetivo “talantoso” es el claro exponente de lo que queremos decir cuando una persona tiene talante, es decir, se asegura que la persona está de buen humor o semblante. Y aquí es donde quería llegar: al humor o semblante. Ya lo decía Nebrija y el Padre Alcalá en sus Vocabularios y acertaban en su análisis, porque, al final, de humores se trata cuando hablamos de talante. La melancolía o el humor proveniente de la bilis negra (eso significa la conjunción de las dos palabras de raíz griega, “melan” (negra) y “colía” (bilis) es en definitiva un estado de humor anímico. La visión clásica de la melancolía se encuadra en la teoría de los cuatro humores, “adoptada por los filósofos y físicos de las antiguas civilizaciones griega y romana. Desde Hipócrates, la teoría humoral fue el punto de vista más común del funcionamiento del cuerpo humano entre los físicos europeos hasta la llegada de la medicina moderna en el siglo XIX. En esencia, esta teoría mantiene que el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores, cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra [melancolía], bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban que cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas”.

La melancolía se entiende popularmente y según la RAE, en una primera acepción como “Estado anímico permanente, vago y sosegado, de tristeza y desinterés, que surge por causas físicas o morales, por lo general de leve importancia”. Cuando deriva hacia una enfermedad, la cuarta acepción del Diccionario de la lengua española la define como “Estado patológico caracterizado por una depresión profunda acompañada de diversas alteraciones físicas y de comportamiento”. La melancolía que retrató a la perfección Artemisia Gentileschi corresponde al primer sentimiento expresado y sentido a nivel popular, pero que suele remitir una vez pasado un tiempo de aceptación del hecho causante y el duelo correspondiente. Casi siempre deja huella y hay que aprender a vivir con ese estado de humor o de ánimo. En ocasiones deriva en una patología que necesita atención profesional para salir de ella.

En este contexto y a pesar del dolor interno que experimentó Artemisia por la violación sufrida, dedicó su obra a ensalzar la figura de la mujer representándola con gran coraje y valor, siendo la obra titulada Judit decapitando a Holofernes la que se considera más icónica de la venganza que quiso expresar por la citada violación. Junto a esta obra, en muchas otras figura siempre el protagonismo de la mujer a través de acciones y expresiones muy sorprendentes para la época en las que las pintó. Mujeres, siempre, que actúan solas o en común reivindicando su papel en la historia, alejadas de elementos sacros y con un viso laico de pintura reivindicativa rompiendo el canon de la época.

La investigadora principal de la obra de Artemisia Gentileschi, Mary Garrad, sintetiza en la dedicatoria de su libro Artemisia Gentileschi. The Image of the Female Hero in Italian Baroque Art (1989), lo que significa esta artista en el devenir de los siglos: “Este libro está dedicado al tema tratado en él, Artemisia Gentileschi, artista prima inter pares, con admiración, gratitud y afecto”. Fue el primer texto académico que abordó con objetividad plena la vida y obra de la excelsa pintora.

En cualquier caso, la figura de María Magdalena fue muy querida por Artemisia, a la que llegó a representar en sus cuadros hasta en cuatro ocasiones (incluyendo también su cuestionada María Magdalena Penitente, ¿arrepentida o melancólica?) Si tuviera que elegir entre sus interpretaciones de esta mujer, representada siempre como mujer sola y libre ante Jesús de Nazareth, me quedaría -por admiración y respeto a su obra melancólica- con la titulada María Magdalena en éxtasis, sola, sin ropajes especiales ni ungüento divino, de la que se ha conocido su existencia hace muy poco, concretamente en 2014, ya que solo se tenía una referencia de ella por una fotografía en blanco y negro tomada a principios del siglo XX que se conservaba en el fondo artístico de un marchante de arte italiano. Más de ochenta años después, el óleo de 81 x 105 centímetros, descubierto en una colección antigua del sur de Francia, fue subastado por la Galería Sotheby’s, adjudicándose finalmente por 850.000 euros, cuando el precio de salida estaba entre 200.000 y 300.000 euros.

El mensaje del cuadro no deja duda alguna sobre la autoría de Gentileschi y puedo dar la razón en este momento a la expresión ya citada de Víctor Hugo: la melancolía es la felicidad de estar triste, porque no creo tanto en la situación de éxtasis de la Magdalena como en la de su auténtica melancolía, es decir, un estado de soledad y tristeza que puede inundar el alma humana y recrearnos en él porque siempre queda la esperanza de la espera de algo o alguien que estuvo o que llegará a tiempo para hacernos felices. Contemplando esta María Magdalena, suenan muy bien las palabras de Neruda en este momento: Mariposa de sueño, te pareces a mi alma y te pareces a la palabra melancolía.

Artemisia Gentileschi, María Magdalena en éxtasis

Un detalle de última hora nos puede dar una idea de la importancia mundial de esta pintora barroca. El pasado 8 de julio, Google dedicó su doodle del día a Artemisia Gentileschi, recordando el 427 aniversario de su nacimiento. Millones de personas abrieron su sesión con una recreación del autorretrato que encabeza estas líneas y tuvieron la oportunidad de conocerla gracias al mágico mundo de Internet. ¡Feliz coincidencia y homenaje implícito!

Me consuela históricamente pensar que podré visitar aquí, en Sevilla, a Artemisa y María Magdalena, tanto monta monta tanto, habiendo comprendido qué significa el poder reparador de su melancolía.

(1) Gentileschi, Artemisia (Edición de Eva Menzio). Cartas precedidas de las actas del proceso por estupro, 2016. Madrid: Anaya (Cuadernos de Arte Cátedra).

(2) https://www.letraslibres.com/mexico-espana/artemisia-y-la-melancolia

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Salvemos a las personas!

Sevilla, 10/II/2021

Visto lo visto no hay duda alguna: ¡salvemos a las personas en esta pandemia, Estado y Gobiernos de las Comunidades Autónomas! Hay que decirlo alto y claro, sólo debemos salvar a las personas en esta pandemia tan letal y con tantos daños colaterales, alejando el fantasma de salvar la semana santa, las ferias múltiples del país y prepararnos y mentalizarnos de que hay que afrontar el verano con responsabilidad plena, antes de salvarlo a palo seco, porque estamos sufriendo las consecuencias terribles de haber salvado el verano y la navidad. Comprendo perfectamente que la dialéctica qué hacer y qué medidas tomar en relación con el binomio salud/economía, está sobre muchas mesas de grandes decisores, pero creo que no hay duda alguna: puestos a elegir, hay que salvar a las personas y no hay término medio salvo los que se marquen por las autoridades sanitarias, en su caso.

Refuerza esta posición el dato del comportamiento social en muchos ámbitos de nuestro país. Conocer que sólo en Madrid se han celebrado casi 300 concentraciones de personas para celebraciones de todo tipo, sin medida alguna de control sanitario, desoyendo todo tipo de normas y recomendaciones saludables, estremece el alma, porque radiografía una parte de nuestra sociedad que sí está de verdad enferma, pero de ausencia de valores de todo tipo, fruto de una educación pésima en el sentido más puro de la palabra educación.

Cuando llegue el momento oportuno de evaluar todo lo que ha ocurrido en torno a la pandemia habrá que hacerlo, sobre todo, del comportamiento de la sociedad española en general, para reconocer que la inmensa mayoría ha sido responsable y que otra parte importante del país se ha puesto el coronavirus por montera por decirlo en términos muy castizos y para que lo entienda todo el mundo. Este reconocimiento de alta responsabilidad se corresponde con los resultados del último barómetro del CIS correspondiente al mes de enero de este año, en los que se puede ver cómo en las dos primeras preguntas del cuestionario publicado, el índice de preocupación es muy alto, desde las respuestas de entrevistados a partir de los 18 años hasta el rango superior de 65 años y más, siendo también un dato de interés que el grado de preocupación de los efectos de la pandemia sobre la salud y la economía, es inversamente proporcional en el resultado de las respuestas de los jóvenes y de las personas mayores, por razones obvias de impacto sobre el futuro personal inmediato.

Asimismo, la pregunta séptima del cuestionario tiene un valor incalculable atendiendo a los resultados obtenidos:

De forma notoria, el índice total de respuestas se reparte, en un porcentaje similar entre la reacción con civismo y solidaridad a la pandemia, junto al poco civismo e indisciplina que se viene observando, 47 y 44,3% respectivamente, lo que se traduce en una percepción de que la mitad del país está condicionando las olas sucesivas de la pandemia frente a la otra mitad cívica, lo que permite hacer una reflexión seria sobre lo que de verdad está ocurriendo en todo el territorio nacional. Además, llama la atención el diferencial de casi diez puntos entre las respuestas de hombres y mujeres, predominando el porcentaje en hombres en relación con la respuesta más positiva, cuestión no baladí por la influencia de género en estas actitudes, frente al porcentaje mayor en mujeres cuando se trata de reconocer que la mayoría está siendo cívica y solidaria. También, es un dato revelador de lo que está ocurriendo, el de valoración de la población más joven de 18 a 34 años, cuando reconoce con porcentajes bastante altos, del 59,2 en jóvenes de 18 a 24 años y del 55,9 en los de 25 a 34 años, que la mayoría está siendo bastante poco cívica e indisciplinada. El dato se invierte en porcentajes cuando ambas preguntas se responden por parte de las personas mayores en los rangos de edad de 55 a 65 años y más.

Los datos anteriores nos permiten concluir que hay un reconocimiento de la juventud, con un diferencial de 27,1 puntos, en el tramo de 18 a 24 años, de que la mayoría está siendo poco cívica e indisciplinada. Lo que no sé es si es un autorreconocimiento de lo que está sucediendo a ellos mismos, pero contra hechos no valen argumentos, que decían los clásicos y basta leer y analizar con atención estos datos para comprobar lo que está siendo un clamor popular, teniendo en cuenta también que en el rango por debajo de los 18 años hay una población no encuestada en el país que también ha mostrado un comportamiento nada ejemplar en bastantes ocasiones, no siendo así, mayoritariamente, en niños y adolescentes, hasta los 14 años, aproximadamente.

Volvemos al eslogan que deberíamos grabar a fuego en nuestra conducta personal y social: ¡hay que salvar a las personas! Sólo se debe salvar la economía cuando las autoridades sanitarias recomienden actuaciones personales y grupales ponderadas y respetando los juicios científicos sobre los riesgos aceptables porque no existe el riesgo 0. La tentación de rememorar la célebre respuesta del asesor de la campaña a la presidencia de los Estados Unidos de Bill Clinton en 1992, ¡es la economía, estúpido!, no debería aparecer nunca en las tomas de decisiones actuales sobre qué hacer ante la pandemia. Es lo que deberían valorar hasta sus últimas consecuencias el Estado y los Gobiernos Autonómicos correspondientes que, por cierto, también han sido un claro objeto de pregunta en el barómetro citado, como se puede apreciar en el cuadro adjunto, correspondiente a los datos de respuesta a la pregunta 6, en la que los resultados de colaboración entre el Estado y los gobiernos de las comunidades autónomas son muy equilibrados, reforzando la idea de que hay que salvar a las personas y atender al comportamiento “poco cívico e indisciplinado” por parte de muchos ciudadanos y ciudadanas de este país, con la colaboración siempre entre ambos gobiernos:

Un dato más para la reflexión. En este barómetro se ha preguntado también sobre cuál es a su juicio el principal problema que existe hoy en España y la respuesta de “poca conciencia ciudadana (falta de civismo, de sentido espíritu cívico)” figura en 8º lugar, detrás de los peligros para la salud (COVID-19, el coronavirus), la falta de recursos suficientes para hacer frente a la pandemia; la crisis económica, los problemas de índole económicos; los problemas políticos en general; el paro; el mal comportamiento de los/as políticos/as; el Gobierno y partidos o políticos/as concretos/as; la falta de acuerdos, unidad y capacidad de colaboración y la situación e inestabilidad política. De las diez primeras respuestas, las dos últimas que siguen a la analizada de poca conciencia ciudadana, siguen lo que hacen los partidos políticos y la sanidad.

Recomiendo la consulta de este barómetro especialmente centrado en la pandemia actual en nuestro país. No nos dejará indiferentes, porque el conocimiento de lo que está pasando, escuchando las respuestas de otros, nos permitirá evaluar a nivel personal lo que está pasando y emitir juicios bien informados.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.