Noche en Lusitania

Durante unos días he experimentado sensaciones históricas de la condición humana que supera fronteras y tiempos modernos. El pasado 11 de agosto, asistí al estreno de la obra “Viriato Rey”, de João Osorio de Castro, en el teatro romano de Mérida, donde pude compartir vivencias con la cercanía del expresidente de Portugal, Mario Soares y de muchas personas que en su condición de espectadores buscaban el paralelismo del sinsentido de las guerras ante los poderosos, como recogía una noticia de agencia (EFE) del día siguiente: “Roma y sus malas artes doblegaron de nuevo a Viriato en Mérida, pero no lograron aplacar el ansia de tregua, diálogo y paz del héroe lusitano que consiguió dejar una estela de esperanza en la condición humana, pese a las marchas triunfales de los vencedores”.

Suena como muy actual este mensaje y la representación dejó en el auditorio sensaciones suficientes para la reflexión en tiempos de guerra. Los cuarenta y cinco actores mostraron un esfuerzo especial para hacer llegar el teatro clásico a la experiencia sentida y vivida en el cada día que nos acompaña. La escena inicial, donde la desnudez de la verdad y de la inocencia de la niña-guerrero deja paso a lo largo de la obra, al auténtico amor y a la carga que supone la lealtad, culmina con un final de la más pura tragedia romana al uso.

Estuve muy expectante con la aparición de un amigo de juventud, Roberto Quintana, en el papel de Quinto Servilio Cepión, cónsul romano, embaucador, que supo comprar lealtades y traiciones, anulando tratados de paz con risa sardónica: Roma no paga a traidores. Me gustó mucho su interpretación, aunque sentí no poder saludarle al finalizar la representación. Roberto me trajo muchos recuerdos, sobre todo cuando compartía con él ilusiones, proyectos de vida y algún que otro reparto teatral.

Me impresionó la participación de la mujer en la gran obra de Viriato. Así lo simboliza el autor de la obra, João Osorio: “Un coro de mujeres lusitanas, presente durante toda la obra, apoyará el combate de Viriato, aprobando o condenando el comportamiento de los distintos personajes, comentando la esperanza que otorgan los dioses con sus treguas o el temor de los inminentes infortunios que deben afrontar además de un justo elogio a la mujer en su abnegada tarea de “compañera del hombre”.

Viriato lo intentó. Roma lo impidió. La inocencia se inmoló. ¿Por qué? La respuesta quedó clara y evidente, en una noche lusitana: la paz nunca será posible mientras suenen cerca las marchas de los supuestos triunfadores.

Gocé con el espectáculo. Así lo pedía el autor en sus palabras de presentación. 

Sevilla, 14/VIII/2006

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